Señora editora:
El interesante artículo de Peredo y Pinto1 sobre el conocimiento y uso de plantas medicinales en comunidades yuracares invita a reflexionar sobre la relevancia de preservar el saber ancestral asociado a la flora medicinal sudamericana. La relación entre pueblos originarios y biodiversidad ha cobrado creciente atención, especialmente en contextos contemporáneos2 donde salud, cultura y territorio se integran en sistemas de conocimiento tradicional. El objetivo de esta Carta es visibilizar el valor del conocimiento medicinal ancestral del pueblo diaguita, resaltando su continuidad, vigencia y potencial articulación con la salud pública intercultural. Además, se reportan de manera sistemática los efectos de algunas plantas medicinales utilizadas por dicho pueblo originario.
La etnobotánica estudia estos saberes medicinales como patrimonio cultural de gran valor, basándose en conocimientos locales ancestrales estrechamente ligados al entorno natural y social3. Resulta relevante destacar los aportes del pueblo diaguita al conocimiento etnobotánico, especialmente en el uso medicinal de flora nativa y cultivada (Tabla 1). Estos saberes han sido transmitidos de generación en generación, con las mujeres como portadoras centrales de este legado4.
El territorio comprendido entre los ríos Copiapó y Choapa, conocido como Norte Chico, fue históricamente habitado por los diaguitas chilenos5, cultura que floreció en el siglo X6. Los diaguitas se expandieron por los valles de Elqui, Limarí y el mencionado Choapa y su desarrollo incluye dos fases: una preinca (900-1470), con familias extensas, asentamientos dispersos y agricultura de subsistencia, y otra de interacción inca-diaguita (1470-1536)6. En ambas se observa una cultura material sofisticada, prácticas funerarias diversas y, en ciertos contextos, uso ritual de alucinógenos. Bajo el dominio inca los diaguitas introdujeron cambios tecnológicos y estilísticos en la cerámica (formas e iconografía, e.g., vasijas ornitomorfas), junto con mejoras en riego, minería y metalurgia6. Diversos relatos orales y crónicas coloniales dan cuenta, a ambos lados de los Andes, del conocimiento diaguita sobre plantas medicinales y la elaboración de remedios naturales7.
Una investigación en 2021 documentó 23 especies usadas con fines terapéuticos por la comunidad diaguita Cacanchic (Copiapó), entre ellas Rosmarinus officinalis (romero), Parastrephia quadrangularis (tola), Peumus boldus (boldo), Mentha piperita (menta) y Azorella compacta (llareta), utilizadas para tratar afecciones digestivas, respiratorias e inflamatorias8. Estas se preparan como infusiones, emplastos, cataplasmas y tinturas, evidenciando un conocimiento tradicional vigente (Tabla 1). Contreras et al.5 también identificaron especies del desierto de Atacama con aplicaciones medicinales reconocidas por comunidades indígenas, como Fabiana imbricata, Cristaria spp. y Baccharis linearis (romerillo), lo que refuerza la continuidad histórica del uso medicinal de flora xerofítica. Asimismo, Cestrum parqui (palqui o palo hediondo), empleada por comunidades rurales del Limarí con ascendencia diaguita, contiene compuestos psicoactivos y hepatotóxicos como la solasonina y la carboxiparquina3, lo que destaca la necesidad de articular el saber ancestral con el conocimiento toxicológico moderno.
Desde una perspectiva de género, Rodríguez y Duarte4 abordaron el papel de las mujeres diaguitas como sanadoras y transmisoras del saber, documentando el uso de Borago officinalis (borraja), Origanum vulgare (orégano) y palqui en afecciones ginecológicas, musculares, respiratorias y rituales de purificación (Tabla 1).
Otro estudio, efectuado en comunidades pastoriles del Norte Chico, entre ellas Las Vegas de la quebrada de Tulahuén, evidenció un conocimiento profundo sobre el uso de plantas nativas para tratar dolencias humanas y animales9. Entre las especies figuran Buddleja globosa (matico), Haplopappus remyanus (bailahuén) y Chenopodium ambrosioides (paico), reconocidas por sus propiedades antiinflamatorias, digestivas y cicatrizantes (Tabla 1). Este saber se adapta a las condiciones socioambientales locales y se transmite mediante prácticas cotidianas, lideradas por mujeres mayores.
En el marco del Programa Especial de Salud y Pueblos Indígenas del Servicio de Salud Viña del Mar - Quillota, integrantes diaguitas participan en la Mesa de Salud Intercultural. En el Hospital Santo Tomás de Limache se han desarrollado espacios de cultivo de plantas medicinales y una huerta de alimentos saludables10.
Durante COVID-19 estos saberes cobraron renovada vigencia. La borraja, por ejemplo, fue ampliamente utilizada en comunidades de la Sierra y Selva peruanas por sus propiedades antiinflamatorias, antivirales y antitusígenas2, evidenciando la conexión entre medicina ancestral y salud pública contemporánea.
Al igual que en Bolivia, donde comunidades indígenas emplean especies como Petiveria alliacea (anamú) y Mansoa alliacea (ajo sacha) para tratar afecciones digestivas, respiratorias y dérmicas, se observa un claro paralelismo sudamericano que refuerza el papel de las plantas medicinales como pilares terapéuticos en contextos rurales1,2,3.
En conclusión, la medicina ancestral diaguita es un sistema comunitario basado en sabiduría popular y respeto por la naturaleza. Su articulación con la ciencia aporta a la salud intercultural. Documentarla e integrarla en políticas públicas es un desafío ético para lograr sistemas sanitarios más inclusivos.















