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Revista Ciencia y Cultura

versión impresa ISSN 2077-3323

Rev Cien Cult vol.30 no.56 La Paz jun. 2026  Epub 23-Sep-2026

https://doi.org/10.35319/rcyc.2026561419 

IDEAS Y PENSAMIENTOS

La aventura del libro boliviano

The adventure of the Bolivian book

Juan Carlos Salazar del Barrio* 
http://orcid.org/0009-0009-3639-0251

1*Periodista, escritor y docente universitario. Es Miembro de Número de la Academia Boliviana de la Lengua y Académico Correspondiente de la Real Academia Española en Bolivia. Es autor de varios libros de crónicas, como A la guerra en taxi, La guerrilla que contamos, Semejanzas y Genio y figura; de cuentos, como Figuraciones y Presagios, y de historia del periodismo. Contacto: jsalazar@ucb.edu.bo


RESUMEN

13.

La publicación de un libro en Bolivia suele ser un quehacer ingrato, una verdadera aventura. Detrás de cada libro, hay dos historias, el tema del texto y la que ocultan sus páginas sobre las peripecias que vivió el escritor antes de enviarlo a la imprenta, sea por las carencias materiales o por los obstáculos de todo tipo que enfrenta la producción intelectual y editorial. La aventura del libro en Bolivia es una historia por contar, desde sus primeros años, en tiempos de la Colonia, hasta nuestros días. Cada obra tiene su propia historia y cada autor guarda la suya.

Palabras clave: Bolivia; bicentenario; libros; historia; literatura; periodismo

ABSTRACT

18.

Publishing a book in Bolivia is often a thankless task, a true adventure. Behind every book lie two stories: the subject of the text itself, and the story hidden within its pages about the trials and tribulations the writer endured before sending it to the press, whether due to material shortages or to the many obstacles faced by intellectual and editorial production. The adventure of the book in Bolivia is a story yet to be told, from its earliest years in colonial times to the present day. Each work has its own history, and each author keeps their own.

Keywords: Bolivia; bicentennial; books; history; literature; journalism

Nada más ilustrativo de la aventura de publicar un libro en Bolivia que la odisea de La Historia de la Villa Imperial de Potosí, la monumental obra historiográfica y literaria de Bartolomé Arzáns de Orsúa y Vela (1676-1736), cubierta por el silencio y el olvido durante dos siglos. Escrita entre 1705 y la muerte de su autor, en 1736, salió a la luz en el siglo xx, primero en Buenos Aires, en 1943, y después en Estados Unidos, en 1965.

23.

El escritor potosino, figura señera de las letras coloniales del Alto Perú, no vio el resultado de su trabajo de tres décadas ni disfrutó de la fama que cosecharon en vida muchos de los cronistas de su época. No solo eso, sino que su propia identidad estuvo envuelta en la duda y la polémica durante años, puesto que fue identificado indistintamente con diversos apellidos: Arzáns, Martínez, Dapífer, Orsúa y Vela, hasta que Gunnar Mendoza (1914-1994) y Lewis Hanke (1905-1993) dieron por correcto el que firma la edición impresa en la Brown University de Providence, Estados Unidos.

24.

De hecho, la primera edición, publicada en Buenos Aires en 1943 y prologada por Gustavo Adolfo Otero, lleva la firma de Nicolás de Martínez Arzánz y Vela.

25.

Si el millón de palabras de la obra de Arzáns de Orsúa y Vela tuvo que esperar dos siglos para ser impresa, la Guía Histórica, geográfica, física, política civil y legal del Gobierno e Intendencia de la Provincia de Potosí, de Pedro Vicente Cañete y Domínguez (1749-1816), fue publicada un siglo y medio después de ser escrita (1787). En la introducción a la primera edición, publicada en 1952, Don Armando Alba, director de la naciente Colección de la Cultura Boliviana, decía que publicar un libro en Bolivia era un “quehacer afanoso y complejo, susceptible de convertirse en dolorosa lid” y una “labor ingrata por las dificultades materiales y por la indiferencia de muchas gentes hacia tales esfuerzos” (Cañete, 1952, p. XIII).

26.

Cada libro tiene su propia historia y cada autor guarda la suya. Detrás de cada libro, hay dos historias, el tema de la obra y la que ocultan sus páginas sobre las peripecias que vivió el escritor antes de enviarla a la imprenta, sea por las carencias materiales o por los obstáculos de todo tipo que enfrenta la producción intelectual y editorial.

27.

Gabriel García Márquez dijo alguna vez que “publicar un libro es una forma de suicidio”. En el caso de Bolivia, es la imposibilidad de publicar la que lleva al frustrado escritor al borde del suicidio.

28.

En su Historia de la novela boliviana, Augusto Guzmán (1903-1994) lamenta que no haya en Bolivia ni un solo escritor que “hubiese consagrado exclusivamente la suma de sus empeños intelectuales” al género de la novela, “tan copioso en las literaturas extranjeras” (Guzmán, 1938, p. 2). A diferencia de lo que ocurre en otros países, el escritor boliviano no puede consagrarse por entero a su obra porque difícilmente puede vivir de ella.

29.

La aventura del libro en Bolivia es una historia por contar, desde sus primeros años, en tiempos de la colonia, hasta hoy.

30.

La imprenta llegó a lo que hoy es Bolivia en las primeras décadas del siglo xvii, entre 1610 y 1611, con un retraso de 80 años en relación a México, cuando ya se imprimían textos en el resto de ciudades de América, según el bien documentado trabajo sobre los orígenes de la imprenta en Bolivia de Ramiro Duchén Condarco.

31.

Llegó a la casa de la Compañía de Jesús de Juli, un pueblo ubicado a orillas del Lago Titicaca que por entonces pertenecía a la Audiencia de Charcas y a la jurisdicción eclesiástica del obispado de La Paz, aunque hoy pertenece a la provincia Chucuito del Perú (Duchén, 1996, p. 456).

32.

Su estreno en el Alto Perú no pudo ser más auspicioso, puesto que fue en ese taller donde el sacerdote jesuita, lingüista, lexicógrafo, escritor y traductor italiano Ludovico Bertonio (1557-1625) imprimió en 1612 cuatro libros fundamentales, los primeros sobre la lengua aymara, como el Vocabulario de la lengua aymara y el Arte de la lengua aymara, textos que José de Mesa y Teresa Gisbert consideraban “insustituibles e indispensables” para el estudio de ese idioma.

33.

Sin embargo, no todos están de acuerdo en tomar a Juli como el punto de partida de la historia de la industria editorial boliviana.

34.

En su Historia de la literatura boliviana, Enrique Finot (1890-1952) sostiene que atribuir a los libros de Bertonio un origen altoperuano es “forzar los argumentos” en aras de “vedados recursos de mal entendido nacionalismo”, puesto que, como se ha dicho, Juli pertenece hoy al Perú (Finot, 1981, p. 28).

35.

En el prólogo a la edición facsimilar de El Cóndor de Bolivia, el primer periódico de la Bolivia independiente, Alberto Crespo Rodas (1917-2010) recuerda que, salvo el caso de la efímera imprenta de Juli, la imposibilidad de imprimir escritos en lo que hoy es Bolivia era “casi absoluta (…), hasta muy entrado el período republicano”. Tan es así que obras fundamentales, como Crónica moralizada, de Fray Antonio de la Calancha (1584-1654), nacido en Chuquisaca, o El arte de los metales, del padre Álvaro Alonso Barba (1569-1662), escritas en Charcas y publicadas en 1638 y 1640, respectivamente, “tuvieron que atravesar manuscritas los mares para llegar a las prensas de España” (Crespo, 1995, p. 2).

36.

El libro de Barba, el “único metalúrgico célebre del siglo xvii” -como dice Finot-, “revolucionó la metalurgia” de su época, con numerosas reimpresiones y traducciones en América y Europa (Finot, 1981, p. 48), pero recién se publicó en Bolivia en 1939, con base a una edición publicada en Chile 60 años antes, en 1877. Aunque nació en Lepe, un pueblo de Andalucía, Barba pasó la mayor parte de su vida en el Alto Perú, razón por la cual muchos autores lo tienen como altoperuano. Gabriel René Moreno lo sitúa sucesivamente como párroco en Tiahuanacu, San Cristóbal de Lípez y Tarabuco antes de radicarse en Potosí.

37.

En su Crónica Moralizada, Calancha se ocupa de la fundación de las ciudades del Alto Perú, describe las características de cada región, sus poblaciones, sus riquezas, su paisaje, su flora, su fauna, etc., “con paciencia de historiador y sociólogo”, como dice Augusto Guzmán, citado por Carlos Castañón Barrientos (Castañón, 1990, p. 28). Como ocurrió con El arte de los metales, el libro de Calancha vio a luz en Bolivia en 1939, en una edición coordinada por Gustavo Adolfo Otero, muy criticada por cierto por Humberto Vázquez Machicado.

38.

Si Crónica Moralizada tiene un “significado tan alto como puede citarse al nivel de la Historias de Indias del padre (Bartolomé) de las Casas”, dice Gustavo Adolfo Otero, El arte de los metales es “el libro colonial del Alto Perú por excelencia, no solo unido a la vida económica de nuestro país fundamentalmente minero, sino a la imagen de su pasado ingente y glorioso que proyecta su sombra hacia las realidades de hoy” (Martínez, 1943, p. XXI).

39.

Ante “la dificultad de enviar los originales a España” y las circunstancias de la época, Crespo Rodas se pregunta: “¿qué ingente cantidad de obras escritas en Charcas habrá que dar por perdidas?” (Crespo, 1995, p. 2).

40.

Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912), citado por Finot, escribió en su Historia de la poesía hispano-americana que Bolivia no tenía “historia independiente (…) ni mucho menos tradiciones literarias” en la época colonial, y que, en ese período, no hubo en el Alto Perú “ningún escritor de monta”, con excepción de Antonio de la Calancha (Finot, 1981, p. 9).

41.

A Crespo Rodas le llamaba la atención la escasa producción bibliográfica en un territorio como el Alto Perú, donde desde 1624 existía una universidad (San Francisco Xavier), la de ciudad de La Plata, cuyo “prestigio y nombradía se extendía cuando menos a los países del extremo sur del continente”, y una audiencia, la de Charcas, “con jurisdicción de océano a océano, formada por ilustres letrados venidos de España” (Crespo, 1995, p. 2).

42.

Tal vez por esa misma razón, la tardía llegada de la imprenta, el periodismo, como la producción bibliográfica, nació igualmente tarde, en vísperas de la independencia. Los periódicos y los libros son hermanos de tinta. Hablan el mismo idioma, el idioma de la tipografía.

43.

El primer periódico de que se tiene noticias, El Telégrafo, se publicó en 1822 en Mojo, una aldea vecina a Tupiza, un siglo después de La Gaceta de México, publicada en 1722, y 80 años después de La Gaceta de Lima, que salió en 1743. Era un boletín de una sola hoja, vocero del Ejército realista, editado bajo la dirección del general español Pedro Antonio de Olañeta en una pequeña imprenta volante denominada “Vanguardia”, aparentemente la única que existía en esa época en el Alto Perú.

44.

En los hechos, el periodismo boliviano nació con la República, en 1825, primero con El Chuquisaqueño, publicado por la imprenta del Ejército Libertador en febrero de ese año, y después con La Gaceta de Chuquisaca, publicada el 30 de julio, precursores ambos del primer gran periódico nacional, El Cóndor de Bolivia, que nació el 12 de noviembre de 1825 bajo la inspiración del Mariscal Antonio José de Sucre.

45.

Con la imprenta llegó la censura.

46.

Como recuerda León Manuel Loza (1878-1955), uno de los primeros historiadores del periodismo boliviano, España impuso deliberadamente “trabas de la más torpe estructura para impedir, no solo retardar, la instrucción y la ilustración de sus colonias”. Introdujo la imprenta tardíamente y con grandes restricciones, hecho al que Loza atribuye “el estado de tupida ignorancia en que yacieron por tiempos prolongados” los pueblos americanos (Loza, 1926, p. 2).

47.

En su Bosquejo histórico del Periodismo Boliviano, publicado en 1926, cita varias cédulas reales, expedidas por las autoridades coloniales, para restringir el uso de la imprenta y la circulación de los libros. Menciona, por ejemplo, las registradas en los archivos del Virreinato de Lima bajo los números 342, 675, 1672, 1688, 2157 y 2559, aprobadas entre 1686 y 1688.

48.

La número 2157 disponía la censura previa para toda clase de publicaciones; la 2559 ordenaba la supresión de la libertad de imprenta. Otra, fechada el 11 de febrero de 1688, prohibía la impresión de cualquier libro que tratara de la historia de Indias, sin previa licencia del Consejo de Indias, y también su transporte sin dicha autorización. Una más prohibía la impresión de libros en lenguas vernáculas y la tenencia y venta de libros que tuvieran como temas materias profanas o historias fabulosas y fingidas.

49.

Loza escribe:

50.

Un país tenido en estas condiciones tiránicas, un país carente de escuelas y colegios, un país donde apenas existía una universidad pontificia para el estudio de las llamadas ciencias teológicas, claro está que no podía aspirar a la fundación, sostenimiento y circulación de este poderoso vehículo denominado prensa”, ni mucho menos de un libro. (Loza, 1926, p. 2)

51.

A pesar de tales restricciones e impedimentos, los luchadores por la independencia se valieron de papeles manuscritos, entonces llamados pasquines, para difundir sus ideales y promover la emancipación del poder colonial.

52.

En vísperas de los movimientos revolucionarios del 25 de mayo y del 16 de julio, ambos en 1809, circularon muchos de esos pasquines en Chuquisaca y La Paz, al punto de provocar la alarma de las autoridades coloniales. En una carta dirigida al virrey, el alguacil de corte de la época, Manuel Antonio Tardío, denunció como “cooperantes y verdaderos cómplices del alboroto” a los autores de “los pasquines y papeles sediciosos que se fijaron y corrieron en Chuquisaca muchos días antes de la conmoción” revolucionaria.

53.

Pedro Domingo Murillo era uno de los autores de esos pasquines, textos que él mismo redactaba y los mandaba a fijar en lugares públicos, a los que el historiador Manuel María Pinto, citado por Loza, describe como tatarabuelos de los periódicos actuales. A consecuencia de las proclamas sediciosas de los pasquines, el único medio de publicidad de entonces por falta absoluta de imprentas, y alarmado por su repercusión, el gobernador de La Paz, Antonio Burgunyo, ordenó en 1805 el arresto de Murillo junto a otros cuatro patriotas.

54.

En su libro Nacionalismo y coloniaje, Carlos Montenegro (1903-1953) afirma que en más de un sentido los pasquines fueron los precursores de la prensa nacional; describe a Murillo como el primer periodista boliviano y sostiene que el proceso que le instauró la justicia española a instancias de Burgunyo es la primera persecución oficial desatada contra el pensamiento escrito en lo que hoy es Bolivia (Montenegro, 2016, p. 51).

55.

Así también, en hojas manuscritas, en pasquines de reducida tirada, circularon las primeras obras literarias de autores altoperuanos.

56.

Como dice Irene Vallejo, la autora de El infinito en un junco, antes de la invención de la imprenta, cada libro era único, porque para que existiera un nuevo ejemplar, alguien debía reproducirlo letra a letra, palabra por palabra, en un ejercicio paciente y agotador.

57.

Juan Siles Guevara (1937-1995) descubrió que el primer trabajo literario escrito en lo que ahora es Bolivia es un poema anónimo de 1540, titulado Coplas a la muerte de Don Diego de Almagro, una protesta por el trato que recibió Almagro de los hermanos Pizarro. El Instituto Boliviano de Cultura lo publicó cuatro siglos después, en 1975 (Castañón, 1990, p. 26).

58.

Jesús Lara (1898-1980), a su vez, encontró y publicó La tragedia del fin de Atawallpa, escrita a mediados del siglo xvi en lengua quecha y representada en Potosí en 1555. También en la segunda mitad del siglo xvi, el escultor indígena Tito Yupanqui (1550-1616), que modeló la imagen de la Virgen de Copacabana, escribió su autobiografía, la primera de alguien nacido en el Alto Perú, transcrita en la historia de la virgen del cronista Alonso Ramos Gavilán (1570-1639) en 1601 (Castañón, 1990, p. 26).

59.

En 10 hojas manuscritas y un puñado de ejemplares, en 1809 circuló en Chuquisaca el Diálogo entre Atawallpa y Fernando VII en los Campos Elíseos, una breve obra de teatro en un solo cuadro o escena, cuyo autor era el joven abogado Bernardo Monteagudo (1789-1825), miembro de un grupo universitario confabulado en la lucha por la independencia junto a Mariano Moreno y otros patriotas (Castañón, 1990, p. 26).

60.

Así nació el libro boliviano, en hojas manuscritas, una a una, y en unos pocos puñados de ejemplares.

61.

Durante el debate de la denominado “Ley de la libertad de imprenta, sus abusos y penas”, aprobada el 7 de diciembre de 1826, 16 meses después de la proclamación de la independencia, el autor intelectual de esa disposición, el diputado constituyente Mariano Calvimontes, dijo que en la naciente república había “deseo y capacidad para escribir en muchos de los bolivianos”, pero apenas dos imprentas (Loza, 1926, p. 15).

62.

Obviamente ambas eran estatales, una característica que se extiende a lo largo del primer medio siglo de vida republicana, que dejaba a los periodistas y escritores de la época a merced de los gobernantes de turno en función de su afinidad política.

63.

Según un recuento de Carlos Castañón Barrientos (1931-2018) en Literatura de Bolivia, en el primer cuarto de siglo de vida republicana, es decir entre 1825 y 1850, se publicaron solo dos novelas, y 17 en todo el siglo xix (Castañón, 1990, p. 93).

64.

Y en este caso, no por falta de imprentas, porque, entre 1825 y 1855, circularon 215 periódicos, y cerca de mil hasta fines de siglo. El dato, consignado por Fernando Unzueta en su libro Cultura letrada y proyectos nacionales - Periódicos y literatura en Bolivia en el siglo XIX, tiene su explicación en la orientación abiertamente política-partidista de los periódicos de la época, sustentados en su mayoría por los gobiernos de turno (Unzueta, 2018, p. 64).

65.

Ya Manuel Rigoberto Paredes (1870-1951) había advertido en su discurso de la sesión inaugural de la Asamblea Nacional de la Historia, el 9 de julio de 1929, sobre la ausencia de periódicos independientes, “redactados por escritores no afiliados a bandos políticos y editados por empresas particulares”, durante el primer siglo de vida republicana (Paredes, 1962, p. 153).

66.

El escritor, historiador y bibliógrafo Vicente Ballivián y Roxas (1810-1891) tenía 18 años y estudiaba humanidades en Londres cuando escribió Claudio y Elena.

67.

Castañón Barrientos la señala como la primera novela boliviana, publicada en 1834 (Castañón, 1990, p. 93), 18 años después de El Periquillo Sarniento (1816), del escritor mexicano José Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827), considerada la primera hispanoamericana, pero 17 años antes de Amalia (1851), del argentino José Mármol (1817-1871), la primera rioplatense. Es decir, Claudio y Elena sería la segunda en la historia de la novela latinoamericana.

68.

Guzmán le atribuye importancia cronológica, antes que literaria, y la define como una típica historia “romántica y juvenil de argumento amatorio”. En Bolivia se publicó en 1969.

69.

Para Guzmán, la primera novela de autor boliviano propiamente dicha es Los misterios de Sucre, de Sebastián Dalenze, publicada en 1861, una “pobre imitación” -según Finot- de Los misterios de París, de Eugenio Sue. Como en el caso de Claudio y Elena, Guzmán le atribuye un “escaso” valor literario, un “intento aislado” de un género hasta entonces no ensayado en Bolivia (Guzmán, 1938, p. 29).

70.

Para otros historiadores, la primera novela escrita por un autor boliviano fue, y así se la consideró durante mucho tiempo, La isla, de Manuel María Caballero (1819-1866), publicada en 1864, de la que Guzmán dice que no alcanzaba la perfección, pero que sí se la podía considerar como un relato del género novelístico. Como muchas obras, salió inicialmente en una revista, La autora literaria de Sucre, y posteriormente en otra de Chile, antes de ser editada como libro (Guzmán, 1938, p. 29).

71.

Trece años después de la publicación de Claudio y Elena, en 1847, un famoso escritor, historiador y político argentino exiliado en Bolivia, Bartolomé Mitré (1821-1906), publicó como folletín del diario La Época de La Paz la novela Soledad, un relato descrito por él mismo como un “primer ensayo” de un “género de literatura tan difícil como poco cultivado” en América del Sur.

72.

Mitre integraba la redacción de La Época junto a otros ilustres intelectuales argentinos exiliados por la dictadura de Juan Manuel de Rosas. Escribió su novela en Cebollullo, una hacienda situada en los alrededores de La Paz. “Al colocar la escena en Bolivia” -según explicó en la presentación-, quiso hacer “una manifestación pública de gratitud por la agradable acogida” que mereció en este país y por los días de paz que le negó el país que lo vio nacer (Unzueta, 2018, p. 96).

73.

No era boliviano, es cierto, pero Alcides Arguedas describe a Mitre como “el prestigioso evocador del sombrío drama altoperuano”, y afirma que nadie como él supo dar a ese drama el relieve de una epopeya.

74.

Años después, el hijo de otro exiliado argentino, el escritor, periodista, médico, político y diplomático Eduardo Wilde, nacido en Tupiza en 1842, legó otra novela emblemática, Aguas abajo. No la vio publicada, puesto que salió de la imprenta en 1914, un año después de su muerte.

75.

Wilde evoca su infancia en Tupiza, pueblo al que describe como una villa “modesta, elemental y rara”, con solo dos calles, la calle izquierda y la calle derecha, donde “no había periódicos, ni demagogos ilustres, ni tribunos hipócritas y abnegados, ni defensores profesionales de los derechos del pueblo, nombrados por sí mismos” (Wilde, 1914: 18).

76.

Bolivia podría armar toda una bibliografía con los libros del exilio y los autores del destierro. Si los hombres son sus circunstancias, como dijo Ortega y Gasset, los libros con mayor razón. El embrujo del oro, de Adolfo Costa du Rels (1891-1980), nació en París y en francés; Los deshabitados, de Marcelo Quiroga Santa Cruz (1931-1980), en Santiago de Chile, solo para citar dos ejemplos.

77.

Juan de la Rosa, la primera gran novela boliviana, calificada por Menéndez y Pelayo -esta vez más generoso- como “la mejor novela americana del siglo xix”, también se publicó en París, en una segunda y pulcra edición. Su autor, Nataniel Aguirre (1843-1888) no la conoció, puesto que salió 21 años después de su muerte, en 1909.

78.

Como Bartolomé Mitre, Nataniel Aguirre publicó su novela por entregas, entre el 18 de enero y el 29 de agosto de 1885, en 85 números consecutivos del diario El Heraldo de Cochabamba, periódico que culminó la serie con la entrega de un libro de modesta edición el 14 de septiembre de ese mismo año.

79.

La autoría de Juan de la Rosa tampoco está exenta de polémica, resultado tal vez del anonimato de la publicación inicial en El Heraldo. El propio periódico se vio obligado a aclarar, tras la muerte de Aguirre, que el autor no era “Don Juan de la Rosa” ni el “coronel benemérito Juan de la Rosa”, como muchos suponían, y que tampoco era un seudónimo. Incluso hoy hay quien sostiene que Aguirre no es el autor, sino el “editor” de las memorias de un soldado de la independencia, que sí existió y que dejó escrito lo que Aguirre posteriormente publicó.

80.

En todo caso, los laureles que cosechó Nataniel Aguirre, como ocurrió con otros escritores, fueron igualmente póstumos en razón de su temprana muerte, a los 45 años.

81.

En La palabra y la trama, el libro de ensayos sobre literatura boliviana de Carlos Mesa Gisbert, el autor recuerda que la narrativa boliviana no se benefició del famoso “boom” latinoamericano de los años 60, “en parte por nuestro aislamiento internacional y en parte porque su calidad no estaba, en conjunto, en el nivel de otras literaturas del continente”. Pero también por el hecho “incontrovertible” de que el “escaso número de lectores potenciales de literatura en Bolivia” prefería las obras extranjeras y mostraba un “desprecio olímpico” por las nacionales.

82.

El prejuicio ante nuestra literatura era una extensión distorsionada de la subvaloración de lo que nuestros creadores realizaron a lo largo de los siglos (…). De ese modo, nuestros novelistas se vieron recluidos a la caridad de ser considerados en los programas escolares de lo que entonces se conocía en los colegios como niveles intermedio y medio, para garantizar la venta de sus obras y la lectura -casi siempre desinteresada y aburrida- de escolares a los que la lectura les era dosificada como el aceite de bacalao. (Mesa, 2019, p. 238)

83.

El ensayo tuvo un similar desarrollo, aunque llegó más rápidamente a las imprentas para convertirse en libro. Según Castañón Barrientos, “los antecedentes más claros parecen encontrarse en las postrimerías del siglo xviii y comienzos del siglo xix, cuando declinaba el poder colonial y empezaba a dibujarse un nuevo orden de cosas”, con textos - “apariencias de ensayos”-escritos por “jóvenes revolucionarios de Charcas”, abogados todos.

84.

Cita como ejemplos los libros Discurso sobre la mita de Potosí, de Victoriano de Villalba; Disertación jurídica sobre el servicio personal de los indios, de Mariano Moreno, y Catecismo público para la instrucción de los neófitos o recién convertidos al gremio de la sociedad patriótica, de Jaime Zudáñez.

85.

Constituida la República, “el ensayo no encontró un desarrollo muy visible”, en parte porque “no había llegado aún el período de auge para este género” y porque “la intensidad de las luchas internas (…), no dejó mucho tiempo a nuestros escritores y a veces más bien les quitó el papel y el lápiz para hacerles atender las guerras civiles”.

86.

Avanzado el siglo XX, surgieron los grandes ensayistas, como Alcides Arguedas (1979-1946), quien publicó Pueblo enfermo en Barcelona, en 1909, obra muy elogiada por Miguel de Unamuno. Otro ensayo que vio la luz en el exterior fue La filosofía en Bolivia, el primer libro de Guillermo Francovich (1901-1990), publicado en Buenos Aires, en 1945 (Castañón, 1975, p. 409).

87.

Según el crítico y poeta Juan Quirós (1914-1992), los “portaliras” de las primeras décadas de la República, desde 1825 hasta avanzado el siglo xix, “eran rematadamente malos”. Cita a Menéndez Pelayo, quien “encontró varios versificadores y poetrastos (…), a juzgar por las muestras que quitan la gana de consignar sus nombres”.

88.

Sin embargo, “a medida que el tiempo avanza, la cosa se pone un poco mejor”, con Manuel José Cortés, Néstor Galindo, Ricardo José Bustamante, Daniel Calvo, Mariano Ramallo, Félix Reyes Ortiz y, sobre todo, María Josefa Mujía, quienes encontraban espacio en las páginas de periódicos y revistas.

89.

“En aquellos tiempos, tiempos heroicos, en que vivieron y escribieron -escribió Quirós-, eran llamados bardos, a boca llena, y al cúmulo de sus composiciones lo denominó ‘Parnaso’ nada menos que el mismísimo Menéndez Pelayo” (Quirós, 1975, p. 434).

90.

María Josefa Mujía (1812-1888), la más famosa de todos, elogiada por Menéndez Pelayo, publicó su primer libro en Perú, Correspondencia de un ciego a una ciega, con Pedro Alera, en 1867, según el Diccionario Cultural Boliviano.

91.

He citado solo algunos ejemplos de la aventura que supone escribir y publicar un libro en Bolivia. La historia de los libros es la historia de sus autores. Y la de los bolivianos espera al historiador que se ocupe de ellos.

92.

Umberto Eco (1932-2016) dijo alguna vez que “el mundo está lleno de libros preciosos que nadie lee”. Su frase adquiere mayor sentido en Bolivia, donde hay decenas de libros que esperan ser descubiertos y donde el libro no solo se enfrenta a la indiferencia del público lector, sino que es víctima del acoso y el boicot de las autoridades y las instituciones llamadas a protegerlo.

93.

Guardo en mi biblioteca un libro publicado en Madrid en 1779, escrito en estilo epistolar, con una delicada tapa de cuero curtido, bajo el título de Cartas Críticas sobre varias questiones eruditas, científicas, physicas y morales, a la moda y al gusto del presente siglo. Su autor es el abogado Josef Antonio Costantini (1692-1772), escrito originalmente en toscano y traducidas al castellano por Don Antonio Reguart.

94.

El libro aborda temas que estaban en el centro del debate público de la época, incluidas las especulaciones sobre la existencia de vida en la Luna.

95.

Cuando contemplo ese precioso ejemplar, recuerdo las palabras de Jorge Luis Borges (1899-1966), quien solía decir que “de todos los instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro”, porque “el libro es una extensión de la memoria y la imaginación”.

96.

Es lo que explica la porfiada existencia del libro a lo largo de la historia.

97.

Y si el hermoso ejemplar de las Cartas Críticas sobre varias questiones eruditas, científicas, physicas y morales, a la moda y al gusto del presente siglo pudo sobrevivir más de dos siglos después de haber sorteado quién sabe cuántas calamidades humanas y materiales, incluido el paso por las manos de cientos o quizás miles de lectores doctos y profanos, creo que el libro, incluido el boliviano, tiene una larga vida.

Referencias

Cañete y Domínguez, Pedro Vicente (1952). Guía de la Provincia de Potosí. Potosí: Editorial Potosí. [ Links ]

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