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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Avance de Investigación Trabajo Final de Master de Escritura Creativa en Español]]></article-title>
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<institution><![CDATA[,Universidad de Salamanca  ]]></institution>
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</front><body><![CDATA[ <p align="right"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif"><b>ARTICULOS</b></font></p>     <p align="right">&nbsp;</p>     <p align="center"><b><font size="4" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Suicidios cotidianos</font></b></p>     <p align="center"><b><font size="4" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Avance   de Investigación Trabajo   Final de Master de Escritura Creativa en Español</font></b></p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif"><b>Magela Baudoin</b>    <br>   Maestrante de Escritura creativa en la Universidad de Salamanca. Comunicadora Social,           <br>   escritora y docente universitaria. <a href="mailto:magelabaudoin@gmail.com">magelabaudoin@gmail.com    <br> </a><b>Fecha de recepción: </b>02-12-2018 <b>Fecha de aceptación: </b>22-12-2018</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="center">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif"><i>Lo autora declara no   tener   conflictos   de interés con la Revista APORTES.</i></font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify">&nbsp;</p> <hr>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Al inicio   de este trabajo, se proponía   la creación de un   libro de cuentos que trabajara alrededor   de las huellas de la lectura   en la conformación de la identidad y como una vía de aprehensión, comprensión e intervención en la realidad,   más allá del espacio consciente.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Se entendería “lectura” no sólo como la decodificación del lenguaje literario y/o artísticos sino de la vida. Así, la intención primera fue pesquisar las presencias fantasmáticas que produce la ficción en la memoria y que intervienen y modifican (tal como ocurre con los recuerdos) el devenir de los personajes.</font></p>      <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">¿Cuál  es  el  límite  entre  ficción  y  realidad?  ¿Cuál la  verdad  que  produce  la  fantasía?  ¿Qué  es  la verdad?,  podríamos  preguntarnos  al  leer  el  libro y,   posteriormente,   responder   como   Nietzsche: (La verdad es) “un ejército móvil de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas, adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, a un pueblo le parecen fijas, canónicas, obligatorias; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son, metáforas que se han vuelto gastadas y  sin  fuerza  sensible,  monedas  que  han  perdido su troquelado y no son ahora consideradas como monedas, sino meramente como metal”.</font></p>      <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">En cuyo caso, la verdad vendría a ser un lugar gastado por el ojo, que no se puede seguir mirando porque ya no nos dice gran cosa o porque lo que nos dice creemos saberlo, como la música de esas bellas canciones que la publicidad ha prostituido y que vuelve inaudible. Y la mentira, en cambio, un territorio dúctil, un ensayo de clarividencia, un ejercicio de exploración.</font></p>      ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Este libro de cuentos pretendía indagar en aquellas “ilusiones”, en aquellas “metáforas”, “metonimias” y “antropomorfismos”, en definitiva, en aquellas dudas que produce la lectura. Y, sin embargo, en el camino, se ha convertido en otra cosa. O en aquella visión primigenia y en algo más: la idea del absurdo, del suicidio y de la esperanza, a la manera en que Camus los concebía.</font></p>      <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">De ahí que se haya decidido el cambio de nombre de este volumen de “Los fantasmas que leo” a “Suicidios cotidianos”. En cada cuento hay un apego a la vida, una suerte de resiliencia en los personajes —para nada altisonante— que no deja, sin embargo, de conversar con la muerte como una posibilidad de abismamiento o de liberación. Dicho de otro modo, en este territorio, que siempre es el de las emociones crudas, cabalga la memoria como condena o como redención y aparece la esperanza ya sea afirmando la vida o negándola.</font></p>      <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Es por ello que los personajes, de distintos orígenes y en muy distintas situaciones, parecen describir con sus historias ese gran cansancio que sentía Alejandra Pizarnik, no de la muerte absoluta, sino de ese “lento naufragio cotidiano en las aguas del pasado”.</font></p>      <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">En este punto es interesante recuperar la idea del “absurdo” existencial, que surge cuando el hombre desea y el mundo lo decepciona, dejándolo arrasado, extranjero y sin esperanzas. El absurdo es, pues, la náusea de la que hablaba Sartre y que surge cuando el individuo toma conciencia de que no es parte del mundo.</font></p>      <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Tanto Albert Camus como Arthur Schopenhauer reconocen que lo absurdo está ligado a la toma de conciencia de ese “no lugar” en el mundo y produce, como consecuencia, la ausencia de porvenir y un individuo —un extranjero— sin esperanzas. Para Camus, lo importante es reconocer, entonces, el dolor y entenderlo como una carga, acaso la de Sísifo, que “aplasta contra la tierra” y que deberá soportar por el tiempo que dure la vida. Pero, claro, aquel que no puede o no quiere soportar esa carga se puede llegar a plantear el suicidio como una alternativa radical para renunciar al absurdo y alcanzar un estado de sosiego o tranquilidad. El suicidio, en el sentido existencialista, puede considerarse como un paso para alcanzar un estado diferente al del sufrimiento.</font></p>      <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">La alternativa al suicidio es, de otra parte, la esperanza.  Entendiéndose  ésta  como  un  acto  de voluntad que se sostiene en la fe, igual que una promesa. Empero, al no ser una certeza, el individuo no puede estar seguro de que llegará. Solo se atiene a su voluntad de trascender el dolor.</font></p>      <p align="right"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif"><i>Las historias de &ldquo;Suicidios cotidianos&rdquo;    <br>   cuentan las vidas de cuerpos    <br>   vulnerables, cuerpos &ldquo;absurdos&rdquo;,    <br>   expuestos al da&ntilde;o y a la exclusi&oacute;n cuyas    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>   salidas son unas veces la vida y, otras,    <br> su contrario exacto</i></font></p>      <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Pero, ¿cuántas veces en la vida la esperanza es opacada por la visión del suicidio y a la inversa? ¿Cuántas veces podemos llegar a suicidarnos en un mismo día? ¿Qué cuerpos son más vulnerables al absurdo del mundo? Estas son algunas de las preguntas que surgen del ejercicio creativo planteado en este trabajo y que cada historia se anima a responder, no sin dejar de incorporar el tema de los cuerpos en la reflexión.</font></p>      <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">La vida humana es tenida aquí, siguiendo los planteamientos de Judith Butler, como una entidad corpórea vulnerable a fuerzas externas. Lo cual implica, como es obvio, que hay cuerpos más dañables que otros. Factores como la pobreza, el género, la marginalidad, las preferencias sexuales, la raza, la edad, la guerra hacen que los estados de desprotección sean más patentes y, por lo tanto, que ciertas vidas sean mucho más frágiles y estén más expuestas a una “muerte lenta”.</font></p>      <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Las historias de “Suicidios cotidianos” cuentan las vidas de cuerpos vulnerables, cuerpos “absurdos”, expuestos al daño y a la exclusión cuyas salidas son unas veces la vida y, otras, su contrario exacto. En todos los casos, podrá constatarse, la imaginación es una vía de oxígeno o de resiliencia; y nos permitirá, en última instancia, arribar a las motivaciones estéticas y conceptuales de este trabajo que está interesado en explorar, como se ha dicho, en la memoria, en la identidad y en el cuerpo como espacios de conformación conflictivos/disruptivos y como detonantes sicosociales y, también, poéticos.</font>    <br> </p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align=center><font size="4" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif"><b>Mengele y el amor</b></font>    <br> </p>      <p align=center><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">(Cuento elegido para la publicación de la Revista    ]]></body>
<body><![CDATA[<br> Aportes de la Cultura y la Comunicación – UPSA)</font></p>      <blockquote>       <blockquote>         <blockquote>           <blockquote>             <p align="right"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif"><i>Y si prefieres           aún te puedo    <br>           inyectar lo           que tú y yo sabemos,    <br>           puedo hacer de           tu cuerpo un    <br>           estuche           de cristal.</i></font>    <br>           <font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif"><b><i>Klaus &amp; Kinski</i></b></font></p>       </blockquote>     </blockquote>   </blockquote> </blockquote>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">&nbsp;</p>      <blockquote>       <blockquote>         <blockquote>             <blockquote>               <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">El             conserje alemán la besó. Era la primera vez en tantos años.             Había sido un choque de labios torpe, que luego había acontecido mansamente. María lo             dejó hacer, sin oponer las dudas del pudor, tratando             de leer las claves de aquel             impulso rudo y sorpresivo. Con algo de discernimiento apretó           los párpados,             como si se resistiera a la luz; y era que María             no podía creer que estuvieran donde             estaban, en el despacho del             Señor, y no en el baño de alguna de las habitaciones del hotel. Los abrió, sin embargo, después             que él. Reducida por la claridad glacial de su mirada, salió corriendo             hacia los cambiadores. Al rato,             tras haberse calzado el uniforme, se preguntó si debía seguir             llamándolo “sir”. La respuesta             era obvia. A ella le habría gustado tanto             decirle “amorcito corazón”, cantársela al oído, abrazada a él, pero… ¿Y si me echa? Despertó, con             el sonido refinado del ascensor.</font></p>               <p align="right"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif"><i>Arami,             el hotel cinco estrellas tiene sus gracias,             escúchame. Si estuvieras             aquí te     <br>           pasearía, sin que             el conserje te             viera,             para mostrártelas.             Yo sé que te gustaría             todo:    <br>           la alfombra           gorda, “imperial”,             me han             dicho             que se llama; los espejos             de piso             a techo,     <br>           no           esa macanita que teníamos             en el cuarto; los suspiros             de azúcar, gratis,             en grandes     ]]></body>
<body><![CDATA[<br>           bolas           de cristal; las luces           como           de fiesta, sin que           sea Navidad ni nada; y los           ascensores,     <br>           si vieras           los ascensores, Arami,           tú nunca te subiste             a nada             igual,             muchacha…</i></font></p>               <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">María, que debía bajar piso por piso limpiando             las habitaciones,             estaba segura de que el ascensor             era la mayor de las gracias del             hotel. No por nada. Se le hacía pesado empujar el             carro atestado de toallas             y de artículos de limpieza. Santo Dios,           ¡66 años son muchos años!             Se le hacía pesado y no,             reconoció           para sí misma. De qué iba a quejarse. Después de todo,             había cosas tan bonitas allí y ella había pasado tantas y tan feas, que este trabajo estaba bien nomás, incluso en los días en que el conserje la hacía llorar; aunque             también, como ahora, los días eran... ¡Ay! Mejor era ni pensar.</font></p>               <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Al principio, cuando recién había comenzado en el hotel, María llamaba el ascensor             para             bajar y hasta los botones le resultaban elegantes porque eran planos y no de             plástico sino de metal. A María le parecían             de pobre los botones redondos,             como los del edificio donde vivía; nunca faltaba un ocioso que los quemaba             y el plástico se iba curtiendo con el tiempo y la suciedad.             Si ella pudiera limpiarlos… Sí, como hacía             en el hotel, con todos esos             productos que le daba el conserje,             que era alto y castaño, con             ese inglés tan lleno de escombros             que, por más que ella le ponía atención, la hacía dudar.</font></p>               <p align="right"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif"><i>Pero no             es solo el hotel, Arami,             lo que             te gustaría; si pudieras verlo con tus propios    <br>           ojitos, sabrías a qué me             refiero sin que             te lo             dijera.             Te recordaría             a él, hermana. Es     <br>           imposible           verlo           y no acordarse. Habla idéntico, lo             juro, como cuando tú le             enseñabas     <br>           guaraní, allá en el pueblo.</i></font></p>               <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">El parecido era cierto. En otro tiempo y en otro país, Arami le había             enseñado a otro hombre las palabras             del guaraní, como si él fuera ciego. La muchacha gesticulaba,             se ponía las grandes, blancas y pesadas             manos del alumno sobre los             labios: «Juro es boca», le decía. Él la empujaba hacia la mesa de             metal, le amarraba los brazos, le sujetaba la cabeza con             firmeza debajo de la luz, después acercaba             el rostro tanto, tanto, que las pestañas de ambos se chocaban.</font></p>               <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">María suspiró pensando otra vez en los botones: si ella pudiera             limpiarlos… Limpiar             era un modo de arrasar la mugre             de su existencia. «¡Limpiar puede             salvarte la vida!», le había dicho tantísimas veces su hermana Arami, que era idéntica a ella, gemela,             salvo porque tenía             un ojo verde y el otro celeste,             como un gato quesú: «Quesú es             malo». Por eso, quién sabe, María no hallaba             nada más perfumado que el olor a lavandina. Todo, hasta la sangre puede borrarse con             lavandina, decía, pero no el querer. Las manchas de las axilas en la ropa, sí; los líquidos de otro cuerpo sobre tu piel, también…           Eso lo aprendió bien chica. Las mujeres pueden volver a oler a nuevo.             La memoria puede blanquearse en una ponchera llena de lavazas. Una se mete entera, como             la ropa sucia, se refriega y             no es más. Lástima que no se pueden hacer gárgaras             con lavandina. Una vez, en el pueblo, María había bebido lavandina             porque un hombre —aquel hombre— no la había querido, no la prefirió           nunca, así que terminó en el hospital,  con  el  esófago            hecho  jirones.  «Muchacha  dañina», fue lo primero que escuchó cuando abrió los ojos.             Era la voz de Arami: «¡Dañina!».</font></p>               ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="right"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif"><i>No tenías de qué           reprocharme, Arami.           Tú menos que             nadie.             Lo que yo quería             era    <br>           quitarme del medio.           Haz tus cuentas, fue antes, mucho antes           de que           él se fuera del    <br>           pueblo. Antes           de que           llegara           toda           esa gente enojada,           preguntando,           grabando, tomando    <br>           fotos.           Era gente venida de           lejos,           Arami, gente que no           viste porque te           echaste al monte    <br> </i> <i>la misma noche que   él te dijo adiós para   siempre.</i></font></p>               <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Los botones del ascensor del hotel le             gustaban, los recorría con             los dedos. ¡Lo liso es bello! El pelo lacio, el olor a recién planchado de la tela, la cama recién tendida, el piso             del ascensor..., de mármol, tan claro             y perfecto, por el que el carrito rodaba más fácil             que la camilla en el linóleo del hospital.             María también había             trabajado en un hospital.</font></p>               <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Allí los ascensores             no eran modernos, no tenían música, ni intercomunicadores para             cuando se atascaban, ni tampoco luz. Es decir, no             esa luz del hotel cinco estrellas,             que le parecía a María de escenario             y en donde no se le quedaba en la             nariz el olor a metal oxidado de la sangre. El ascensor, por lo demás, era tan amplio que entraba el carrito sin aplastarla, dejándole espacio para mirarse de cuerpo entero en los espejos             que la rodeaban. María elevó la cabeza y dejó que la luz del escenario le bañara el rostro. Tenía tema con los escenarios o más bien con cantar. Bajo la regadera o en el ascensor             lo hacía. Bueno, cantar, lo que se             dice cantar, únicamente en el baño.             En el ascensor solo movía los             labios. Es que alguien podía oírla,           ¿no? Y María cuidaba mucho su trabajo.             Lo cuidaba del conserje             alemán, que le gustaba tanto y que, sin embargo, no sabía cómo tratar.</font></p>               <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Al pueblo llegó un día el hombre             al que Arami llamaba «tío Fritz». La gente decía, después de que huyó, que pinchaba en los ojos, que había             hervido niños, que tenía un cementerio tras de su casa,             que había venido de más allá del mar y la guerra. Arami             no sabía por qué decían todo eso, solo que sus manos eran pesadas, que era médico y que             sabía dejar en tu cuerpo su semillita perfecta.             La muchacha le susurraba «rohayhu», que era mucho más que querer,             que era como decir «te amo», porque él la prefería a ella antes que a María.             Sería por los ojos de gato malo, diabólico. «Arami, mi pedacito             de cielo», le cantaba él y su acento marcial             hasta parecía un bolero.           «Arami» era el nombre que le habían             puesto sus padres por esos ojos dispares, que él miraba y volvía             a mirar obsesivamente.</font></p>               <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">María todavía era muy guapa. Potra, le habían             dicho desde que se abrió paso en la             pubertad. Una potranca mestiza             y de ojos negros. Frente al espejo se contoneó, afinó           la cintura, irguió la espalda, como             si fuera todavía una muchacha. El conserje le había puesto el ojo desde el primer día. Pensó otra vez en el beso. Viejo nazi, picarón. “Nazi”,             dijo de nuevo con el candor melancólico             de su ignorancia, como si se tratara de un sobrenombre infantil, venido de un lugar remoto en la memoria,             de un cielo húmedo e infestado de mosquitos             y borracho de fruta podrida. El conserje revisaba             las habitaciones de María. El baño: Dirty,             dirty, decía… Pero             no estaba sucio. Era solo para entrar             y mirarla hacer y trabarla contra el mesón de mármol y vaciarse en ella... María sabía que era una excusa, que sus baños quedaban siempre impecables, pero al mismo tiempo ese tonito… Nadie             iba a humillarla. Nadie. Pero se aguantaba porque             tenía que cuidar su trabajo. No le había             sido fácil conseguir             aquel empleo, después             de tantos años de ilegal. Lo cuidaba,             incluso ahora, que ya tenía hechos los             papeles y no necesitaba aguantarse nada; se aguantaba, ¿acaso igual             que Arami?, a pesar             de que la enfurecía la forma como a veces el conserje pronunciaba su nombre. Magrriiia, decía, con             esa “ere” pasada por asco             y que no se sabía si era desprecio u             otra cosa.</font></p>               <p align="right"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif"><i>Si lo escucharas Arami,             me sabrías aconsejar.</i></font></p>               ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">María             se entristecía porque “María” era su nombre artístico, querido.             En sus años de cabaret se cambió el «Panambi» de nacimiento por María. Cabaretera, sí, y a mucha             honra, aclaró con su envejecido             garbo, no porque le tuviera remilgos a la cama sino por razones artísticas. Qué puta sabe cantar, ¿eh?,             requirió y es que ella cantaba y había sido, en sus tiempos, tan             bella como María Félix. El mismo lunar, las mismas cejas, dijo frente al espejo, aproximándose             hasta chocar el rostro             con su reflejo. El lunar ya no             lucía igual con la piel arrugada. María se alejó y estiró con             los dedos los pliegues profundos             de sus ojos. María como María Félix, pero nunca como la Virgen. Dios             me libre, qué carga, pensó.             La luz del ascensor la transportó,             pudo verse sin uniforme y con un gran escote, empujándose los senos hacia adelante, para que se             le notaran bien los latidos             del corazón, después de cantar.             Para que él notara aquella palpitación             y la invitara a la pista de baile.</font></p>               <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Pero él             nunca lo hizo. Arami siempre estaba             allí primero. Igual que María, era de             las más solicitadas en el cabaret,             pero a diferencia suya no cantaba. Su naturaleza             era reservada y salvaje.             Tenía un pájaro en el esternón, un batir de alas recién nacidas             en el corazón huesudo y frágil.             Andaba descalza por el campo, abrazando el viento. Cielo, universo, relámpago, llovizna.             Se iba de la casa, se tendía en una mesa alta y helada, se dejaba pinchar y luego: «Tío» aquí y «tío» allá. «Sabio», le decía porque él había querido fundar un nuevo             mundo, otra naturaleza de futuro.             Decía que él le arreglaría los ojos, que le plantaría su semillita mejor. A María le vino un escalofrío, se             jaló el uniforme hacia abajo.</font></p>               <p align="right"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif"><i>Dañina vos, Arami. Y mala: quesú.             Te fuiste. Me dejaste             sola.</i></font></p>               <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">María  elevó  el  rostro            a  los  reflectores.  Ahora  el  conserje  es  solo  para            mí,  dijo. Recordó una tarde             en que Arami habló. «Panambi,             déjamelo a mí. Vete a volar             como una mariposa, Panambi», le había suplicado su hermana porque pelear no era su naturaleza.             Ya no iban al cine juntas. Ya             ni Pedro Infante, ni Agustín Lara ni el propio Jorge Negrete,             que se casó con María Félix, le causaban gracia a Arami. «Es lindo», lloraba Aramí, «déjamelo a mí».</font></p>               <p align="right"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif"><i>¡Lindo             nada!,             Arami. ¡Ya, deja             de llorar!             Que no             ves las             manos             grandes, la             cabeza    <br>           cuadrada,           la quijadita, los dientes de           conejo, que           no ves           que es casado, que           no sabe    <br>            querer, que           hasta           su propio hijo           le dice “tío             Fritz”…</i></font></p>               <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Nada de eso importaba, María lo sabía, porque cada             noche, a la misma hora marcial, Fritz venía             y sacaba a bailar a su             hermana. Daba vueltas con Arami, haciéndola volar un poco,             rozando la punta de sus pies con el piso. María cantaba para él y él para Arami, en el oído:</font></p>               <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">«Amorcito corazón». Semejante tamaño de hombre, todo el mundo podía verlo, agachaba la cabeza hacia el cuello de Arami, solo para             escucharla decir: «Sos lindo, ne porã». A cambio él le había             dicho, la noche antes de su partida: «Tu carne no es un mal pasajero, Arami. Eres mía».</font></p>               <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Marrriiia, la voz del conserje, en ese inglés basto             que la atormentaba... De dónde             provenía, cómo era que no lo había visto. Siempre             ponía mucho cuidado de estar completamente sola. Sacó la cabeza hacia afuera del ascensor y nada; puso la oreja en             el intercomunicador y nada;             por un segundo pensó que la voz provenía de la cámara, pero no… Marrriiia, se escuchó nuevamente en el walkie talkie             que había olvidado             en el bolsillo de su uniforme. Respondió. No la llamó a su despacho. El baño de la 205 estaba sucio. María iba             a sacar el carrito del ascensor             para ir a su encuentro y nuevamente se             miró, pero esta vez bajo otra luz. Una oxidada y vacilante, en la que Arami se rompía en el grito de un alumbramiento, acompañando la llegada de un niño             de ojos azules y muertos. «Añamby, hijo de diablo»,             había dicho la partera y en María las imágenes de la sangre, de             la mesa alta y fría, de los brazos             de Arami púrpuras, tantas veces ensayados… La lavaza sana, se dijo entonces y refregó a su hermana con             el mismo trapo con que se habría de lavar el cuerpo posteriormente. Pero a María le tomó mucho sanarse; volver a oler a nuevo. Salirse de ese             cuerpo.</font></p>               ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Roipota, Arami, te quiero. Cielo, universo, relámpago, llovizna, repitió varias veces en un rezo que a la vez era un exorcismo, sentada en la esquina             del ascensor, con             el carrito atascado en la puerta,             el walkie talkie llamándola y los             brazos,             bajo los reflectores,             hendidos de viejas promesas de gloria y perfección.</font></p>               <p align="justify">&nbsp;</p>               <p align="justify">&nbsp;</p>         </blockquote>     </blockquote>   </blockquote> </blockquote>      ]]></body>
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