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</front><body><![CDATA[ <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center"><b><font face="Verdana" size="4">Apuntes y reminiscencias</font></b></p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center"><b><font face="Verdana" size="2">Agustín Fernández</font></b></p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center">&nbsp;</p> <hr noshade>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Al comenzar su novela <i>El libro de mi amigo </i>(1885), Anatole France exalta el valor de la memoria y propone que recontar el pasado es un don humano subestimado, pese a ser algo más admirable y maravilloso que el don opuesto y más codiciado: el de predecir el futuro. Me resulta fácil estar de acuerdo con France ahora que, sentado frente a una computadora en Newcastle, Inglaterra, me pongo a rememorar vivencias de mi vida musical en Bolivia a fines del siglo XX, y veo desfilar ante mí un mundo de personas, lugares y escenas. Muchos de estos recuerdos me visitan a menudo, pero otros ni siquiera creía olvidados, porque simplemente no había pensado en ellos por un largo tiempo. Me sorprende que ahora, a invitación del maestro Carlos Rosso, vuelvan tan vividamente, aunque su acompañamiento emocional se haya atenuado y la distancia facilite su comprensión.</font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="Verdana" size="3"><b>Primeros recuerdos</b></font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Empiezo el ejercicio de escarbar la mente en busca del primer recuerdo, de la página que inaugura esa autobiografía que tenemos impresa</font> <font face="Verdana" size="2">en la memoria. El primer recuerdo data de alrededor de 1960 y —quizá de forma predecible— es sonoro: los perros ladrando en la noche de Cochabamba. Despierto en la oscuridad, presa ya de lo que debe de haber sido una forma precoz del insomnio, oigo los ladridos y aullidos de una jauría que me imagino feroz. Mentiría si dijera que no me asustaba ese ejército canino que sitiaba mis noches, pero la verdad es que tampoco me desagradaba. Si hubiera podido escoger, habría querido que callaran los perros, pero ya que no callaban, los escuchaba con interés —su presencia lejana me resultaba entretenida al mismo tiempo que algo siniestra. Aunque hoy en día la densidad de la población canina ha descendido, es notable volver a Cochabamba y constatar hasta qué punto los perros todavía determinan el paisaje sonoro de sus noches.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Mi familia se mudó a Montero en 1960 y en esa ciudad tuve mis primeras experiencias musicales. En la radio y las guitarreadas abundaba la música mexicana (corridos, rancheras y boleros), cubana (más boleros, guarachas y sones) y colombiana (cumbias). Aunque en menor cuantía,</font> <font face="Verdana" size="2">se escuchaba también el folclor oriental, sobre todo en arreglos de banda de <i>buri, </i>que era la forma más generalizada de música en vivo, invariablemente en el contexto de la fiesta. Con este repertorio hice mis primeras incursiones en el canto. En la peluquería de la calle Warnes, don Abundio el peluquero me regalaba guayabas cuando iba a cantar mientras él atendía a sus clientes.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Después de la calle Warnes viví en otra casa, digna de recordar por tres razones: estaba cerca del cementerio, ese magneto de la imaginación popular montereña; en el patio de la casa se erguía un frondoso árbol de mango, en cuyas ramas me instalaba para cantar a mis anchas; y al frente vivía don Rubén, quien solía reunirse con un amigo para tocar a dos guitarras. Don Rubén, corpulento fisiculturista, rasgueaba el acompañamiento de los taquiraris mientras su amigo, pálido y encorvado tocaba las melodías con algo parecido al trémolo de la mandolina. Estas sesiones eran estrictamente instrumentales y no las acompañaba ni la parranda ni el bullicio. Era música de cámara en el sentido exacto del término, y yo la disfrutaba como tal.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">En 1965, de nuevo en Cochabamba, fui conducido a casa de don Rafael Anaya para someterme a la prueba de ingreso al Instituto Laredo. Un personaje de gran fineza y cultura, don Rafito tocó, con una mano huesuda, unas notas al piano que me ordenó repetir, y luego me permitió cantar algo de mi repertorio montereño. Terminada la prueba, don Rafito decretó mi admisión con una frase que daba a entender, sin dejar su típica elegancia, lo mucho que me</font> <font face="Verdana" size="2">hacía falta estudiar: &quot;tiene una voz silvestre&quot;.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">En primaria el Laredo me instruyó en canto, solfeo y teoría. No todo esto inspiraba entusiasmo, pero las semillas germinarían más tarde. Lo más inspirador de esa época fue entrar en el coro —los Niños Cantores del Valle— que don Franklin Anaya regía con mano firme. Sus ensayos exigentes y rigurosos fueron mi primer contacto con este hombre excepcional. Cuando hubo que escoger un instrumento, yo quise aprender clarinete, pero, rechazado de esa clase, encontré acogida en la de violín.</font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="3"><b>Folclor</b></font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Cuando yo tenía diez u once años, irrumpió el folclor en Cochabamba. Por supuesto que la música folclórica había estado siempre presente, pero en los años sesenta era un movimiento de reivindicación de los huayños, yaravíes y bailecitos que —lo supe después— formaba parte de una ola en todo el cono sur americano que jerarquizaba lo propio contra el producto internacional comercializado del Norte. Dónde se inició este movimiento, si en Argentina, en Chile o en Bolivia sería interesante investigar, pero tal vez el uso de la palabra &quot;ola&quot; sea la metáfora más acertada para referirse a él: un movimiento cuya dirección se conoce, pero no su origen. Los Jairas fueron la primera cresta visible, pero cuando la ola llegó a Cochabamba ya Los Jairas eran historia, en ambos sentidos de la expresión.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">La peña Ollantay, en la calle Baptista, era el centro del quehacer folclórico valluno, y un vínculo fortuito —la amistad de mi padre con los dueños— me abrió sus puertas, primero como espectador y poco después como artista en el tablado, junto al inolvidable <i>Toño </i>Canelas. El Dúo Los Kallawayas, nombre desproporcionadamente largo para el tamaño y la trayectoria de sus integrantes, abrió el programa una y mil veces, siempre a mano para llenar cualquier laguna inesperada y casi siempre sin remuneración —tal vez haya alguna justicia poética en el hecho de que fueron más las veces que asistí como oyente y que nunca pagué por entrar.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Mi ingreso precoz en el mundo del folclor me deparó sorpresas. La primera fue la calidad de la música y el profesionalismo de los ejecutantes que pasaban por la peña. La segunda me la dieron los músicos fuera del tablado. Prácticamente sin excepción —no importa cuan prestigiosos— eran personas sencillas, amigables e inexplicablemente pacientes con Toño y conmigo, dos curiosos incansables que los importunaban por doquier. Al excelente charanguista de Los Chaskas, Basilio Guarachi, debo mis primeras y hasta ahora únicas lecciones de charango. A él y a todos los demás debo la inmerecida generosidad de su amistad y su consejo: Los Rupay, Los Caballeros del Folclor, Los Caminantes, Trío Souvenir, Andrés Fossati, Las Kori Majtas, Willy Sevillano, Los Cuatro de Córdoba y otros. Escuchándolos, conversando con ellos y asistiendo a sus ensayos aprendí a armonizar con tríadas paralelas o, en la jerga del gremio, &quot;sacar segunda&quot; y &quot;sacar tercera&quot;. &quot;Sacar  cuarta&quot;,   como  me  enteré</font> <font face="Verdana" size="2">cuando llegaron Los Cuatro de Córdoba, casi siempre no era sino duplicar la melodía una octava más abajo. El que esta gente cotizada me dedicara tiempo y atención no deja de sorprenderme. Tal vez veían en mí —y en mi amigo Toño, que era más visible— una especie de mascota, o acaso mi interés despertara en ellos el impulso natural de nutrir al colega en ciernes.</font></p>     <p align="center"><img src="/img/revistas/rcc/n11/a02_figura_01.jpg" width="550" height="705"></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Además de Basilio Guarachi, hubo dos músicos cuyas dotes artísticas y humanas me dejaron huellas indelebles: Zulma Yugar, por su voz hermosa y expresiva y por su sencillez que contrastaba con su <i>status </i>ya icónico, y Benjo Cruz. Benjo vestía un elegante poncho rojo, se peinaba hacia atrás con gomina y tocaba una guitarra inusual de doce cuerdas. Su voz vibrante y enérgica y la intensidad de sus interpretaciones causaban un fuerte impacto, aun en aquellos que no aceptaban su mensaje de rebelión o que, como yo, lo entendían sólo a medias. La noticia de su partida a la</font> <font face="Verdana" size="2">guerrilla de Teoponte y, poco después, de su muerte en combate, sacudió a muchos, obligándonos a recapitular todo lo que sabíamos de él. Entonces cobró un sentido estremecedor la advertencia con la que solía iniciar sus actuaciones:</font></p>     <blockquote>       <p align="justify"><font face="Verdana" size="2"><b>quiero cantar una copla por si acaso muera yo porque nosotros los hombres hoy somos, mañana no.</b></font></p> </blockquote>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Aquello que, visto retrospectivamente, había sido el avance inexorable pero voluntario de Benjo Cruz hacia un final predeterminado —su inmolación— es hasta hoy el ejemplo más grande de integridad artística que he conocido. Cuando, casi veinte años después, se me encargó una ópera sobre un tema latinoamericano, no me hizo falta pensarlo para escoger a Benjo Cruz y la guerrilla de Teoponte.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Los Kallawayas hicieron dos viajes a Santa Cruz, uno con Benjo y el otro con Zulma. Benjo salvó una actuación prestándome su guitarra de doce cuerdas. Zulma fue, como siempre, generosa con su arte, cantando donde y cuando se diera la ocasión. En especial recuerdo <i>Sombras, </i>que ella vertía con expresión incomparable. En ese segundo viaje los visitantes gozamos de la amistad y hospitalidad de Los Palmarinos —Edith, su hermana y su padre— cuya versión de <i>Alfonsina y el mar </i>era de una profundidad exquisita.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Mi cambio de voz puso fin a Los Kallawayas, pero <i>Toño </i>Canelas, para quien esas nimiedades fisiológicas pasaban desapercibidas, continuó, que yo sepa, sin interrupción, y pasó a ser miembro fundador de Los Kjarkas,</font> <font face="Verdana" size="2">hasta su trágica y prematura muerte. Yo, por mi parte, probé suerte como instrumentista en un viaje a La Paz, donde René Noda —el <i>Chino </i>Noda de Los Caballeros del Folclor— me consiguió presentaciones en la peña Naira y en la Televisión Boliviana, que era entonces el único canal. Poco después, un concurso interprovincial de charango en Cochabamba, que gané en la categoría infantil, cerró esta fase de mi carrera.</font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="3"><b>Epifanía</b></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Mi jubilación del folclor me dejó con tiempo para pensar y considerar qué hacer con el superávit de energía que quedaba, pero no tardó en ocurrir una epifanía. Fue en 1971 en el Palacio de Portales.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Los viernes a las siete de la tarde, don Tito Jiménez, por entonces Presidente de la Sociedad Filarmónica de Cochabamba, presentaba audiciones de música grabada en una radio local, según un programa que él preparaba y comentaba. Saliendo un viernes de la biblioteca de Portales, entré a curiosear. En esta ocasión el programa se iniciaba con el Trío para corno, violín y piano de Brahms, continuaba con <i>Gesang der Jünlinge </i>de Stockhausen y terminaba con el <i>Cuarteto </i>de Debussy. Descubrir de un solo golpe ese ámbito sonoro que se extendía del romanticismo al modernismo fue vislumbrar un universo nuevo, con posibilidades técnicas y expresivas infinitas. Este descubrimiento determinó el curso de mi vida, ya que al terminar la audición la decisión se había tomado sola: yo tenía que ser compositor. Inmediatamente me puse a planear</font> <font face="Verdana" size="2">un tr&iacute;o en estilo brahmsiano, pero no tard&eacute; en darme cuenta de que no ten&iacute;a las herramientas t&eacute;cnicas para llevarlo a cabo. Resuelto a adquirirlas, me volqu&eacute; con pasi&oacute;n a mis estudios en el Laredo, que hasta entonces hab&iacute;a realizado con tibio entusiasmo.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Mi nueva avidez musical fue vista con benepl&aacute;cito por don Franklin Anaya, aunque al mismo tiempo le presentaba un problema. En aquella &eacute;poca el Instituto Laredo brindaba instrucci&oacute;n musical y numerosas oportunidades para tocar y cantar, pero esa provisi&oacute;n no bastaba para un alumno resuelto a ser profesional e impaciente por aprender mucho, y r&aacute;pido. El que don Franklin haya reconocido el problema y bosquejado soluciones antes que yo mismo me diera cuenta es una de las muchas muestras de su inteligencia educativa. Me dio consejos, me prest&oacute; libros y me entretuvo con largas conversaciones sobre m&uacute;sica y ciencia, esto &uacute;ltimo no porque yo tuviera ninguna inclinaci&oacute;n cient&iacute;fica, sino porque &eacute;l cre&iacute;a apasionadamente en la complementariedad de estas dos disciplinas. Don Franklin me present&oacute; a Eduardo Laredo, cuyo nombre &mdash;y no el de su hijo Jaime&mdash; lleva el Instituto. Don Franklin consideraba a don Eduardo un educador nato, que hab&iacute;a demostrado su sabidur&iacute;a en el largo, sistem&aacute;tico y sacrificado proceso que hab&iacute;a sido la educaci&oacute;n musical de Jaime. Conmigo fue generoso brind&aacute;ndome atenci&oacute;n y consejo. Otro frecuente visitante en casa de los Laredo era don Mario Estenssoro, cuyo car&aacute;cter histri&oacute;nico y locuaz hac&iacute;a la conversaci&oacute;n muy amena.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">No s&oacute;lo fue don Franklin el primero en</font> <font face="Verdana" size="2">sugerir que yo fuera a La Paz a estudiar con Alberto Villalpando. Cuando lleg&oacute; el momento, la siguiente vacaci&oacute;n de invierno, fue &eacute;l quien llam&oacute; por tel&eacute;fono &mdash;cuando llamar a larga distancia era una medida excepcional&mdash; al Director de la Orquesta Sinf&oacute;nica Nacional, para pedirle apoyo para este alumno que viajaba.</font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="3"><b>La Paz</b></font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">En el invierno de 1973 la Sinf&oacute;nica preparaba la opera <i>Aida</i>. El proceso de preparaci&oacute;n, f&eacute;rreamente encabezado por Rub&eacute;n Varta&ntilde;&aacute;n, tuvo para m&iacute; la fascinaci&oacute;n de una serie policial. Otra vez mir&oacute;n encandilado, asist&iacute; a todos los ensayos desde mi llegada hasta el ensayo general, tres semanas despu&eacute;s. Por entonces conoc&iacute; a Walter Montenegro, quien llegar&iacute;a a ser un amigo entra&ntilde;able. Una de las personalidades m&aacute;s respetables y respetadas de la vida boliviana de esa &eacute;poca, don Walter era una persona cuya fineza, calidez y fino sentido del humor cautivaban a quien lo conociera. El viol&iacute;n fue la llave que me abri&oacute; la puerta de su casa, ya que don Walter, conocido periodista, escritor y diplom&aacute;tico, era adem&aacute;s un buen violinista, aunque no siempre lo admit&iacute;a. Tocaba con una musicalidad refinada y su facilidad para las cuerdas dobles estaba fuera de toda proporci&oacute;n al tiempo que ten&iacute;a para practicar. Cuando este ocupado se&ntilde;or accedi&oacute; a darme clases de viol&iacute;n me sent&iacute; afortunado, y m&aacute;s al ver que, con el paso del tiempo, la relaci&oacute;n entre profesor y alumno se convert&iacute;a en amistad. Al margen del afecto y el viol&iacute;n, me un&iacute;a a don Walter una gran admiraci&oacute;n   por  su   capacidad   de</font> <font face="Verdana" size="2">exposici&oacute;n, la transparencia con la que expresaba sus pensamientos y la naturalidad con la que los concatenaba. Usaba un vocabulario colorido y preciso, propenso a las met&aacute;foras vibrantes, muchas veces traviesas. Su sentido del humor se basaba no en chistes ni frases hechas, sino en un modo original de ver las cosas, a veces exagerando, a veces minimizando y casi siempre ironizando. Este arsenal de ingenio, al servicio de una sensibilidad c&aacute;lida y generosa, daba a don Walter Montenegro una dimensi&oacute;n humana poco com&uacute;n.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">El atractivo de La Paz, con sus conciertos, su Orquesta y las clases de don Walter, era irresistible, y yo viajaba toda vez que pod&iacute;a, con gran sacrificio econ&oacute;mico. En una de aquellas visitas, me atrev&iacute; a pedir permiso para sentarme con los segundos violines de la Orquesta en un ensayo de la obertura de <i>Fidelio. </i>Cu&aacute;n poco preparado estaba y cu&aacute;n pocas notas alcanc&eacute; a tocar, puede juzgarse   por   la   reacci&oacute;n   de   mi</font> <font face="Verdana" size="2">compa&ntilde;ero de atril, quien me ofreci&oacute; una caja de f&oacute;sforos para que quemara mi viol&iacute;n. Una vez superada la consiguiente crisis, mi reacci&oacute;n fue trabajar m&aacute;s, forz&aacute;ndome a practicar ocho horas diarias. (A&ntilde;os despu&eacute;s me enterar&iacute;a que mi t&iacute;o Natalio, quien amablemente me hospedaba en esas visitas, opt&oacute; por hacer la siesta en su auto para poder descansar cuando yo estaba).</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">La vacaci&oacute;n final de 1973 permiti&oacute; una visita m&aacute;s larga. Ahora mejor preparado, pude servir de supernumerario en la Sinf&oacute;nica, que entonces preparaba el ballet <i>Giselle </i>con el joven maestro Carlos Rosso, reci&eacute;n graduado por el Conservatorio de Varsovia. Al mismo tiempo se efectu&oacute; al fin mi ansiado contacto con el maestro Alberto Villalpando, quien me admiti&oacute; en el grupo que iba a su casa a pasar clases de composici&oacute;n. &Eacute;ramos Juan Antonio Maldonado, Freddy Terrazas, Willy Pozadas y yo. A partir de este momento los eventos se sucedieron a un paso vertiginoso.</font></p>     <p align="center"><img src="/img/revistas/rcc/n11/a02_figura_02.jpg" width="650" height="366"></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Tener la gu&iacute;a de un compositor profesional y compa&ntilde;eros con intereses similares era la realizaci&oacute;n de un sue&ntilde;o. El modesto pago que el maestro Varta&ntilde;&aacute;n dispuso por mis dos meses de trabajo al t&eacute;rmino de <i>Giselle </i>suger&iacute;a la posibilidad de empleo remunerado en La Paz. Para mayor atractivo, Villalpando y Rosso anunciaron su decisi&oacute;n de crear un Taller de M&uacute;sica en la Universidad Cat&oacute;lica Boliviana a partir del a&ntilde;o entrante. Decir que en febrero de 1974 era yo un orgulloso habitante de la ciudad de La Paz, miembro de la Orquesta Sinf&oacute;nica Nacional y estudiante universitario, conlleva aligerar esta narrativa de muchos detalles, en su mayor&iacute;a relacionados con la penuria y con la generosidad de parientes y amigos, impidiendo mi muerte por inanici&oacute;n.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Si trabajar en la Sinf&oacute;nica, con sus dram&aacute;ticos altibajos y sus apretadas limitaciones, fue un buen aprendizaje pr&aacute;ctico, el Taller de M&uacute;sica lo fue acad&eacute;mico. Varios aspectos distinguen a este proyecto singular de cualquier otro semejante. El binomio de Rosso y Villalpando era el n&uacute;cleo en torno al cual gravitaba todo. Bien preparados, carism&aacute;ticos y osados, los dos compart&iacute;an una fe casi m&iacute;stica en la importancia de la misi&oacute;n que hab&iacute;an emprendido, y su compromiso con la idea &mdash;y la pr&aacute;ctica&mdash; del Taller era total. Esto a su vez atrajo un n&uacute;cleo de alumnos fuertemente identificados con el proyecto, que no tardaron en conformar una especie de vanguardia dentro del alumnado. No me atrevo a enumerarlos por temor a omitir a alguien importante. Al estudio le sobraba en pasi&oacute;n y amenidad lo que le faltaba en m&eacute;todo, pero  debo  destacar  las  clases  de</font> <font face="Verdana" size="2">Villalpando &mdash;armon&iacute;a, contrapunto y composici&oacute;n&mdash; siempre bien preparadas, claramente explicadas y por lo tanto una fuente infalible de inspiraci&oacute;n.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Villalpando ense&ntilde;aba con una autoridad serena que infund&iacute;a respeto, y sus observaciones dejaban entrever una sensibilidad amplia, irreverente y curiosa por lo nuevo. Exudaba una espontaneidad casi infantil y su entusiasmo por la m&uacute;sica, la literatura y la vida era contagioso. Empapado en un modernismo de tendencias atonales, a veces politonales y aleatorias, me daba la impresi&oacute;n de desear que yo escribiera en un lenguaje m&aacute;s vanguardista que el que yo utilizaba, pero su respeto por la individualidad del alumno le impidi&oacute; presionarme o ser destructivo con mi trabajo. En lo que mi maestro y yo converg&iacute;amos plenamente era en el inter&eacute;s por destilar sustancias nuevas del folclor boliviano. Esto Villalpando no lo predicaba, pero sus obras lo pon&iacute;an de manifiesto con sobrada claridad.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Entre otros excelentes profesores del Taller estaban: Blanca Wieth&uuml;chter en literatura, Varta&ntilde;&aacute;n en direcci&oacute;n, Carlos Seoane en historia de la m&uacute;sica, Luis Espinal en cine y m&uacute;sicos visitantes como el compositor Edgar Alandia y los pianistas Andrzej Dutkjewicz y Peter Roggenkamp. El Taller de M&uacute;sica fue una experiencia educativa que brind&oacute; a sus participantes lo mejor que se pod&iacute;a ofrecer dentro de los l&iacute;mites de la &eacute;poca y de los recursos con que se contaba. Me considero afortunado por haber participado de aquella aventura. Su ep&iacute;logo, en lo que a m&iacute; respecta,   fue   la   presentaci&oacute;n   y</font> <font face="Verdana" size="2">defensa, en 1980, de una memoria de estudios la escrib&iacute; sobre la m&uacute;sica cristiana en Bolivia que seg&uacute;n el reglamento me habilit&oacute; para obtener la licenciatura.</font></p>     <p align="center"><img src="/img/revistas/rcc/n11/a02_figura_03.jpg" width="550" height="797"></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="3"><b>Aleatorio</b></font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Del n&uacute;cleo de alumnos, al que me refer&iacute; anteriormente, surgi&oacute; en 1977 el grupo Aleatorio. Unidos por el deseo de promover nuestra propia m&uacute;sica, y hasta cierto punto de crear un movimiento generacional de renovaci&oacute;n, cuatro alumnos del Taller resolvimos organizar proyectos fuera del &aacute;mbito de las instituciones existentes. Eramos Jos&eacute; Luis Prudencio, Cergio Prudencio, Freddy Terrazas y yo. Al recordar, pienso en varias otras figuras que por su capacidad y por compartir esas metas podr&iacute;an haber estado en el grupo &mdash;como Franz Terceros o Nicol&aacute;s Su&aacute;rez&mdash; pero a esta distancia en el</font> <font face="Verdana" size="2">tiempo no sabr&iacute;a precisar la causa de su ausencia.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">A fuerza de entusiasmo, Aleatorio consigui&oacute; suficiente apoyo para montar un espect&aacute;culo en el Teatro Municipal titulado <i>Concierto-Ballet. </i>Los cuatro miembros del grupo estrenamos sendas obras, tres de ellas coreografiadas por la joven bailarina Yvonne Stahlie, quien empezaba a probar su fuerza en el campo de la coreograf&iacute;a. Fue un proyecto ambicioso que atrajo considerable atenci&oacute;n y que, pese a las limitaciones circundantes, alcanz&oacute; sus objetivos con holgura.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">La experiencia art&iacute;stica y administra</font><font face="Verdana" size="2">tiva del <i>Concierto-Ballet </i>fue </font><font face="Verdana" size="2">instructiva y por dem&aacute;s divertida, gracias al esp&iacute;ritu de cooperaci&oacute;n y amistad entre los miembros del grupo. Fortalecidos por el primer &eacute;xito, nos correspond&iacute;a seguir actuando, seg&uacute;n nos hab&iacute;amos propuesto, como un foco de renovaci&oacute;n.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Ten&iacute;amos ideas, de las cuales varias prosperar&iacute;an en los pr&oacute;ximos meses. Sin embargo, en aquel momento yo resolv&iacute; retirarme de Aleatorio. Hab&iacute;a participado con entusiasmo, disfrutando mucho de la comuni&oacute;n creativa con mis tres amigos, pero al contemplar la estrategia a largo plazo decid&iacute; que para mi desarrollo deb&iacute;a continuar solo. Esto no fue bien recibido por ellos, pero huelga decir que mi partida no impidi&oacute; que Aleatorio continuara activo, especialmente a trav&eacute;s de su programa de m&uacute;sica contempor&aacute;nea en Radio Cristal titulado <i>Ventana a la m&uacute;sica.</i></font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Mi separaci&oacute;n de Aleatorio podr&iacute;a haber dado lugar a una de aquellas</font> <font face="Verdana" size="2">enemistades tradicionales que abundaban, tristemente, en el ambiente musical boliviano, pero felizmente no fue as&iacute;. Quiero creer que mi generaci&oacute;n tiene otra manera de relacionarse. Aleatorio s&iacute; public&oacute; una dura cr&iacute;tica del estreno de mi <i>Misa de Corpus Christi, </i>en la que a este correligionario de unos meses antes se lo describ&iacute;a como un compositor de poca imaginaci&oacute;n y dudosa &eacute;tica. Pero esto comparado con las diatribas que sol&iacute;an intercambiar nuestros mayores resultaba ben&eacute;volo.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Poco despu&eacute;s hubo un &uacute;ltimo amago de colaboraci&oacute;n, cuando miembros de Aleatorio y yo coincidimos en presentar proyectos y hojas de vida para trabajar en Extensi&oacute;n Universitaria de la Universidad Mayor de San Andr&eacute;s. Eran tiempos de apertura democr&aacute;tica: las nuevas autoridades universitarias quer&iacute;an renovar las estructuras con un enfoque progresista y popular. Mi propuesta fue la creaci&oacute;n de la primera Orquesta Experimental de Instrumentos Nativos (OEIN). Supe que la idea entusiasm&oacute; a las autoridades de Extensi&oacute;n, aunque su evaluaci&oacute;n de mi candidatura fue m&aacute;s bien baja, y me vi nombrado, s&iacute;, pero en un tercer o cuarto lugar. En esa coyuntura lo honorable me pareci&oacute; retirarme y dejar que otros realizaran el proyecto. Esta nueva deserci&oacute;n me vali&oacute; alg&uacute;n merecido reproche de mis amigos, pero los eventos que siguieron demostraron que el proyecto hab&iacute;a ca&iacute;do en las mejores manos.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">No me corresponde a m&iacute; contar la historia de los comienzos de la OEIN, aunque las andanzas y tribulaciones que me refer&iacute;an mis amigos Prudencio,  me hacen esperar que</font> <font face="Verdana" size="2">alguien la cuente. Dir&eacute; que en poco tiempo me toc&oacute; asistir a su primer concierto. Fue en 1979 en el Paraninfo Universitario, y fue un suceso memorable. La alineaci&oacute;n de los intrumentos por familias y registros, la seguridad de la ejecuci&oacute;n, las novedosas sonoridades resultantes, la calidad de las obras que se estrenaban &mdash;una de Jos&eacute; Luis con un largo t&iacute;tulo en aimara y otra de Cergio, <i>La dudad</i>&mdash; testificaban la magnitud de la tarea que los dos hermanos hab&iacute;an realizado. La intensidad creativa y el esfuerzo que hab&iacute;an conducido a ese momento pueden medirse por una de las escenas que le sigui&oacute;: cuando sub&iacute; al escenario a decirles a mis amigos mi embelesada opini&oacute;n, Cergio estall&oacute; en sollozos, en mis brazos. As&iacute; romp&iacute;a la represa de la emoci&oacute;n, el caudal de energ&iacute;a y creatividad acumulado durante casi un a&ntilde;o de</font> <font face="Verdana" size="2">trabajo tit&aacute;nico. Cuando, unos d&iacute;as despu&eacute;s, los hermanos, conscientes de la magnitud de lo que hab&iacute;an iniciado, me sugirieron que escribiera un art&iacute;culo sobre el tema, les repliqu&eacute; que no pod&iacute;a, porque el art&iacute;culo ya estaba escrito y enviado a <i>Presencia. </i>Yo lo hab&iacute;a titulado: &quot;Orquesta Universitaria de Instrumentos Nativos: nace un gigante&quot;, pero en redacci&oacute;n moderaron mi ret&oacute;rica y pusieron: &quot;Instrumentos nativos San Andr&eacute;s&quot;. Sigo creyendo que el t&iacute;tulo original era m&aacute;s apropiado.</font></p>     <p align="center"><img src="/img/revistas/rcc/n11/a02_figura_04.jpg" width="550" height="831"></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="3"><b>Balada malhadada</b></font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Uno de los muchos avances instigados por Carlos Rosso fue la creaci&oacute;n de la Orquesta de C&aacute;mara Municipal, que en aquellos a&ntilde;os hab&iacute;a alcanzado un auge de calidad. Sus conciertos eran uno de los mejores aportes al quehacer musical de la &eacute;poca, gracias al &eacute;xito del maestro Rosso en reclutamiento de personal y en disciplina de ensayos. Los conciertos eran quincenales, se realizaban en el Sal&oacute;n de Recepciones del Teatro Municipal, y ten&iacute;an un p&uacute;blico leal, encabezado por el empresario Fernando Illanes, a quien se ve&iacute;a sin falta sentado en primera fila con su familia. Rosso se march&oacute; del pa&iacute;s en 1979, dejando una acefal&iacute;a cubierta en principio por Johnny Gelernter y luego por una sucesi&oacute;n de directores invitados. Uno de ellos fui yo, en un concierto en el que estrenamos mi <i>Balada de Carla </i>para trompeta y orquesta de cuerdas con el excelente Daniel Limache como solista. Daniel fue brillante y la orquesta, por lo menos en mi obra, se desempe&ntilde;&oacute; muy bien, pero el p&uacute;blico aquella noche no fue leal: hubo poca gente y faltaron,</font> <font face="Verdana" size="2">por primera vez, Fernando Illanes y su familia. Era el 31 de octubre de 1979. En esos precisos momentos en el hotel Sheraton un congreso de la OEA en su sesi&oacute;n final aprobaba una declaraci&oacute;n proclamando a Bolivia: &quot;cuna de la democracia americana&quot;. Al d&iacute;a siguiente Bolivia despert&oacute; de su cuna con estrepito de tanques y ametralladoras; el coronel Alberto Natusch hab&iacute;a derrocado al presidente constitucional interino Walter<b> </b>Guevara Arze. Con la tinta de su declaraci&oacute;n todav&iacute;a fresca en el papel, los delegados de la OEA tuvieron que cruzar barricadas para llegar al aeropuerto y volver a sus pa&iacute;ses.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Despu&eacute;s de dos semanas tristemente inolvidables, retorn&oacute; &mdash;una semblanza de calma y democracia&mdash; ninguna de las dos fue completa con Garc&iacute;a Meza a la cabeza de las Fuerzas Armadas&mdash; la Orquesta Municipal organiz&oacute; un viaje a Cochabamba con el mismo programa del 31 de octubre. Una gira con otro grupo de C&aacute;mara &mdash;tres voluntarios japoneses, Johnny Gelenter y yo&mdash; me llev&oacute; a Cochabamba por una v&iacute;a distinta del resto de la Orquesta Municipal. Llegamos los del grupo de C&aacute;mara, pero la Orquesta no: el ferrob&uacute;s en el que viajaban hab&iacute;a chocado contra un tren estacionario. Felizmente no hubo fatalidades. Por si fuera poco, todav&iacute;a en Cochabamba, uno de los amigos japoneses fue embestido por una motocicleta y tuvimos que llevarlo inconsciente al hospital Viedma. No se ha vuelto a tocar mi <i>Balada de Carla, </i>ni creo que me arriesgue a volver a programarla.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">El segundo gobierno democr&aacute;tico interino fue un periodo tenso, marcado por signos enigm&aacute;ticos y</font> <font face="Verdana" size="2">amenazas que no auguraban nada bueno, como la infausta desaparici&oacute;n del padre Luis Espinal. En lo musical se percib&iacute;a un extra&ntilde;o vac&iacute;o. Era innegable que la apertura democr&aacute;tica hab&iacute;a enriquecido la vida cultural, y que la nueva generaci&oacute;n musical empezaba a producir resultados con creciente confianza en s&iacute; misma. Sin embargo, parad&oacute;jicamente, se hab&iacute;a producido un &eacute;xodo de figuras importantes. Alberto Villalpando, Carlos Rosso y Walter Montenegro estaban en misiones diplom&aacute;ticas fuera del pa&iacute;s; pronto partir&iacute;an Jos&eacute; Luis Prudencio, Rub&eacute;n Silva y los amigos japoneses. Los grandes proyectos parec&iacute;an haber quedado atr&aacute;s y faltaba la electricidad de a&ntilde;os anteriores. Yo dedicaba todo mi tiempo libre a componer una obra orquestal que sab&iacute;a imposible para nuestra Sinf&oacute;nica. Nunca hab&iacute;an parecido tan frustrantes las limitaciones del entorno. &iquest;Era la ausencia de los que se hab&iacute;an ido? &iquest;O era &mdash;como est&aacute; de moda preguntarse ahora en Europa&mdash; porque, una vez librada de la represi&oacute;n, la sociedad hab&iacute;a perdido su principal acicate creativo? Alguien deber&iacute;a estudiar este tema. En cuanto a m&iacute;, hab&iacute;a llegado el momento de encarar lo inevitable y emprender un viaje de estudios. Part&iacute; pocos d&iacute;as despu&eacute;s de votar en las elecciones de 1980.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="3"><b>A&ntilde;os de peregrino</b></font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Me abstengo de narrar aqu&iacute; mis aventuras en Jap&oacute;n. S&oacute;lo dir&eacute; que estudi&eacute; viol&iacute;n y composici&oacute;n con dos profesores japoneses admirables y volv&iacute; a La Paz en 1983. La tempestad de Garc&iacute;a Meza hab&iacute;a pasado, pero encontr&eacute;   un   pa&iacute;s   sumido   en   la</font> <font face="Verdana" size="2">turbulencia que presid&iacute;a la UDP. Trabaj&eacute; en la Orquesta de C&aacute;mara Municipal y ense&ntilde;&eacute; en el Conservatorio, pero aun con dos empleos era dif&iacute;cil subsistir. En lo cultural reinaba un cierto caos creativo, pero el desaf&iacute;o de la vida diaria obstaculizaba la creatividad. Era dif&iacute;cil que fluyera la inspiraci&oacute;n cuando no hab&iacute;a pan en la tienda y cuando los gremios se turnaban para paralizar un servicio p&uacute;blico, luego otro y luego todos juntos en un paro general.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">En este ambiente ca&oacute;tico me sostuvieron algunas cosas positivas. Un grupo entusiasta en la clase de armon&iacute;a en el Conservatorio. Un proyecto de recopilaci&oacute;n y arreglos de m&uacute;sica jud&iacute;a, que realic&eacute; alentado y guiado por mi amigo Johnny Gelernter, el cual culmin&oacute; en un concierto de la Sinf&oacute;nica y Coral Nova, dirigidos por Ramiro Soriano. Un concierto de canciones turcas a cargo de F&uuml;s&uuml;n Birced, para el cual hice algunos arreglos en colaboraci&oacute;n con el inolvidable Marcelo Urioste. Una colecci&oacute;n de taquiraris que el inspirad&iacute;simo Rogers Becerra me hab&iacute;a mandado del Beni con el encargo de orquestarlos. Fue, pues, un periodo de arreglos y orquestaciones. La &uacute;nica composici&oacute;n original que pude realizar, una <i>passacaglia </i>por encargo de mi profesor japon&eacute;s de viol&iacute;n, la retir&eacute;, insatisfecho, inmediatamente despu&eacute;s de su estreno en Tokio. Y en octubre de 1984 part&iacute; a Inglaterra. La primera obra que compuse all&iacute; fue el inicio de una nueva fase, pero tambi&eacute;n un exorcismo de experiencias recientes: se llama <i>Conversaci&oacute;n en el cruce </i>y es una escena semi-teatral en la que se discute una sucesi&oacute;n de paros e interrupciones.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Resumiendo dieciocho a&ntilde;os de actividad, dir&eacute; que en el Reino Unido curse una maestr&iacute;a y un doctorado, trabaje como compositor en residencia en la Universidad de Belfast y luego fui docente en Dartington College y en la Universidad de Newcastle, donde trabajo ahora, en 2002. He compuesto sin pausa y, con un par de excepciones, todas las obras compuestas se han ejecutado.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Mis retornos a Bolivia fueron espor&aacute;dicos y breves al principio, pero en los &uacute;ltimos a&ntilde;os han aumentado en frecuencia y en duraci&oacute;n. Fue Carlos Rosso quien, no por primera vez, me abri&oacute; la puerta de la oportunidad, al invitarme en 2001 a ense&ntilde;ar en la versi&oacute;n resucitada del Taller de M&uacute;sica de la Universidad Cat&oacute;lica Boliviana. Este Taller me ha permitido reincorporarme a la vida &uacute;til del pa&iacute;s, y, a trav&eacute;s de &eacute;sta y otras experiencias, me estoy familiarizando con un ambiente renovado. Villalpando ha consolidado su posici&oacute;n como el compositor emblem&aacute;tico del pa&iacute;s, habiendo realizado una traves&iacute;a larga y prol&iacute;fica de evoluci&oacute;n t&eacute;cnica y estil&iacute;stica. Es, ahora m&aacute;s que nunca, el padre de la m&uacute;sica contempor&aacute;nea boliviana. Cergio Prudencio ha perseverado con la OEIN, con la cual &mdash;adem&aacute;s de grandes logros creativos independientes&mdash; ha adquirido una s&oacute;lida reputaci&oacute;n nacional c internacional. Nicol&aacute;s Su&aacute;rez, aparte de madurar como compositor, se ha hecho cargo del Conservatorio desde el cual ejerce una influencia beneficiosa y renovadora, Han hecho valiosas contribuciones Franz Terceros y Willy Pozadas.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Con grata sorpresa, he comprobado el advenimiento   de   compositores</font> <font face="Verdana" size="2">nuevos, que se han preparado con seriedad y que son ahora interlocutores v&aacute;lidos en el di&aacute;logo de la creaci&oacute;n actual: Oldrich Halas, Javier Parrado, Gast&oacute;n Arce, Juan Siles y otros. Mayor que ellos, Roberto Williams ha puesto a Sucre en el mapa con sus obras y proyectos innovadores. Entre los int&eacute;rpretes, la pianista Mariana Alandia y el guitarrista Pastor Villca pertenecen a esa rara especie de ejecutantes de primera clase que promueven lo nuevo. El flautista Alvaro Montenegro cruza g&eacute;neros y repertorios con volatilidad atl&eacute;tica, y veo con placer la llegada de inmigrantes capacitados, sobre todo de Rusia, cuya presencia e influencia ya se siente en La Paz y en Cochabamba. Con un ej&eacute;rcito as&iacute; se puede librar grandes batallas por la m&uacute;sica contempor&aacute;nea boliviana.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Entretanto, el Instituto Laredo ha tenido tiempo para crecer y consolidar sus funciones. Habiendo sobrevivido el terremoto que signific&oacute; la muerte de Franklin Anaya, ahora es un foco indiscutible de formaci&oacute;n y promoci&oacute;n art&iacute;stica, ya no s&oacute;lo en m&uacute;sica sino tambi&eacute;n en danza y teatro. Gracias al Instituto, Cochabamba vibra con m&uacute;sica de todo tipo y la Orquesta Sinf&oacute;nica Municipal, de una calidad nunca antes o&iacute;da en Bolivia, consiste en su absoluta mayor&iacute;a en alumnos, ex-alumnos o profesores del Laredo. El Tr&iacute;o Apolo, iniciativa del admirable pianista y astrof&iacute;sico Emilio Aliss, ha hecho conciertos y grabaciones de alta calidad, en los que la m&uacute;sica de compositores bolivianos tiene un sitio de prioridad. La obra que estoy componiendo actualmente es un encargo de ellos.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Concluir&eacute; con una reflexi&oacute;n sobre la posici&oacute;n de compositores como Edgar Alandia, Jorge Ib&aacute;&ntilde;ez y yo mismo. Establecidos fuera del pa&iacute;s, nos hallamos en la situaci&oacute;n ambigua de ser visitantes en Bolivia y extranjeros en el pa&iacute;s anfitri&oacute;n. Esto podr&iacute;a verse, con malicia o compasi&oacute;n, como un estado de alienaci&oacute;n, pero tambi&eacute;n, visto m&aacute;s positivamente, como un rol de emisarios de Bolivia en el resto del mundo y del resto del mundo en Bolivia. Aun cuando no trabajamos con tem&aacute;tica boliviana&mdash;y no siempre lo hacemos, ni los expatriados ni los que viven en el pa&iacute;s&mdash; el mundo nos identifica con nuestro origen. Los factores de identidad, como rostro, nombre,   car&aacute;cter,   cultura,   los</font> <font face="Verdana" size="2">ten&iacute;amos formados antes de salir del pa&iacute;s. Somos demasiado pocos para hablar de una di&aacute;spora, pero s&iacute; se puede decir que la m&uacute;sica, como el resto de la cultura boliviana, es un &aacute;rbol cuyas ramas se extienden por el mundo.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Por mi parte, s&eacute; que por encima de los experimentos y las transformaciones t&eacute;cnicas y estil&iacute;sticas, mis obras son una destilaci&oacute;n de los ingredientes que me han formado: el sonido del brillante empedrado de las calles de Sopocachi bajo la lluvia, la voz vibrante de Benjo Cruz, el acompa&ntilde;amiento &aacute;gil y flotante de un taquirari, los perros de la noche cochabambina, y muchos otros que ahorro al lector, que o no s&eacute;, o no recuerdo.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="center"><img src="/img/revistas/rcc/n11/a02_figura_05.jpg" width="550" height="669"></p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="justify">&nbsp;</p>      ]]></body>
</article>
