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</front><body><![CDATA[ <p align="right"><b><font face="Verdana" size="2">Textos de</font> <font face="Verdana" size="2">Ricardo Jaimes Freyre</font> <font face="Verdana" size="2">no difundidos en Bolivia</font></b></p>     <p>&nbsp;</p>     <p align="center"><font face="Verdana" size="4"><b>Ecos</b></font></p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center">&nbsp;</p> <hr noshade>     <div align="justify"></div>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2"><i>La Naci&oacute;n de Buenos Aires, al d&iacute;a siguiente de la muerte de Jaimes Freyre, insiste en un retrato en el que se destacan rasgos que probablemente le hubiesen gustado o&iacute;r:</i></font></p>     <blockquote>       <p align="justify"><font face="Verdana" size="2"><i>Era un gran poeta y un gran hidalgo. Bastaba divisar su silueta en la calle Florida para darse cuenta de que ese hombre no pertenec&iacute;a a tiempo alguno ni su vida se sujetaba a normas ordinarias de relaci&oacute;n. Su vasto y oscuro sombrero ahondaba la palidez de su rostro enjuto y sus ojos, en que brillaba una mirada vaga y triste, revelaban esa llama interior que anuncia la fecunda turbaci&oacute;n del esp&iacute;ritu. Y su mano, que parec&iacute;a leve en su fina largura, sosten&iacute;a la capa espa&ntilde;ola con grave donaire de caballero, surgido bruscamente de un lienzo antiguo y mezclado al tumulto de la ciudad como en la resurrecci&oacute;n de un sue&ntilde;o. Los transe&uacute;ntes se volv&iacute;an para mirarlo; las mujeres lo contemplaban con la instintiva adivinaci&oacute;n de lo que era y le ofrec&iacute;an, al pasar, el tributo de una sonrisa, como si hubiesen comprendido que esa ofrenda fugaz compensaba las silenciosas cavilaciones del viandante.</i></font></p> </blockquote>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2"><i>Tan s&oacute;lo es aparentemente cierto el que Jaimes Freyre hubiera sido un hombre fuera de su tiempo. Si su ropaje y la turbaci&oacute;n de su esp&iacute;ritu entrevistos por el redactor de La Naci&oacute;n eran la se&ntilde;al de una</i></font> <font face="Verdana" size="2"><i>resistencia al presente que expresaba su deseo de vivir en otra &eacute;poca </i>&mdash;<i>m&aacute;s heroica con seguridad</i>&mdash;, <i>toda su obra confirma m&aacute;s bien lo contrario. Era un hombre profundamente tocado por el tiempo que le destinaron a vivir. Aqu&eacute;l fue un mundo en crisis. Pero no basta con decir simplemente que el fin del siglo XIX y principios del XX fueron cr&iacute;ticos. Lo cierto es que en aquellos fines de siglo se sucedi&oacute; lo que se llam&oacute; </i>la desmiraculizaci&oacute;n <i>del mundo, resultado de una racionalizaci&oacute;n de la vida. La desmiraculizaci&oacute;n se llam&oacute; a </i>un proceso por el cual partes de la sociedad y trozos de la cultura se liberan del dominio de las instituciones y s&iacute;mbolos religiosos. <i>(.....)</i></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="Verdana" size="2"><i>Es indudable que es por la conciencia que ten&iacute;a Jaimes Freyre de esta fractura </i>&mdash;<i>entre Dios y Ser, entre raz&oacute;n y revelaci&oacute;n, en t&eacute;rminos de Octavio Paz</i>&mdash;<i>que se convierte en cr&iacute;tico del cristianismo, del lenguaje y de las tradicionales certidumbres de lo real. Esta conciencia lo obliga a desnombrar lo nombrado, a cambiar las representaciones, a denunciar la historia un&iacute;voca, a fundar otro lenguaje, a batallar con el paso del tiempo que todo lo destruye y a buscar, rom&aacute;nticamente, lo que no perece y se alza sobre los escombros del pasado. Pero, sobre todo, a responder al desaf&iacute;o siguiente: &iquest;c&oacute;mo sostener el presente sobre un pasado que se disuelve en sus ruinas?</i></font></p>     <p align="right"><font face="Verdana" size="2"><i>B. W. Vol. II &quot;El hospitalario&quot;     <br>   en Hacia una Geograf&iacute;a del Imaginario en Bolivia</i></font></p>     <p align="center"><img src="/img/revistas/rcc/n9/a09_figura_01.jpg" width="343" height="555"></p>     <p align="center"></p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center"><font face="Verdana" size="2"><i>Verdugo y Sultán</i>—<i>Las corridas de toros</i>—<i>El desprecio de la vida en la guerra de Oriente. </i>—<i>Concurso de muecas</i>—<i>El silencio australiano.</i></font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Casi al mismo tiempo que moría en Paris Estanislao Deibler, verdugo retirado, moría en Constantinopla Murad V, desposeido Comendador de los Creyentes.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">La vida del honrado verdugo se extinguió en paz, en medio de sus jazmines y de sus lilas, dulcemente cuidadas por su mano de octogenario, hecha á mas altos menesteres. ¡Noble y gloriosa vida! La gratitud de la República aseguró la tranquilidad de sus últimos dias; su herencia y su nombre pasan intactos á su hijo,—hijo y nieto de verdugos;—su pecho no fué condecorado porque las cintas rojas habrían sido imperceptibles entre las manchas de sangre.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Murad ha muerto en la prisión; una espantable prisión de veintiocho años, acechada en todos los instantes por el suplicio. Pagó con esa larga agonía su breve paso por el trono, mientras en él se afirmaba el sombrío Abdul Hamid, su hermano.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="Verdana" size="2">La política europea tiene dos nombres: se llama Deibler, se llama Abdul Hamid. El <i>Great old man </i>aplicó en la frente del Sultán de Turquía una marca de fuego: <i>el gran asesino. </i>Pudo añadir: <i>Caín. </i>Murad V quiso arrancar de su pueblo el alma del pasado; quiso empujar mas allá de los Taurus y de los desiertos sirios las fronteras asiáticas. Estaba loco como su contemporáneo Luis de Baviera, que empujó tambien otras fronteras, nebulosas y extrañas: las fronteras del ensueño. Abdul Hamid vigilaba en el dintel de la razón. Veintiocho años hace que prueba el perfecto equilibrio de su espíritu saqueando y asesinando á sus súbditos á los ojos de la Europa asombrada.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Pero Abdul Hamid es una necesidad, como lo era Deibler. Cuando Dios lo lleve á su seno, habrá que reemplazarlo con un príncipe digno de él, como por especial favor de la Fortuna ha podido reemplazarse al verdugo de Paris. ¿Quien, si no, degollaría á los armenios? ¿Quien, si no, guillotinaría á los anarquistas?</font></p>     <p align="center"><img src="/img/revistas/rcc/n9/a10_figura_01.jpg" width="646" height="286"></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Ese pobre Murad con sus trajes occidentales, con su educación occidental; saludando con signos de su mano, forrada de piel de Suecia á los graves islamitas, que dejaban caer las pipas de las bocas en el paroxismo de la sorpresa, viéndolo pasear á pié por el barrio de Pera ó por el Cuerno de Oro; ese pobre Murad merecía ciertamente, sus veintiocho años de martirio. Porque el trono de los sucesores del Profeta no debe aburguesarse como el trono de los sucesores de Carlomagno, con un Luis Felipe que desafía bravamente la lluvia, armado de un paraguas ó con un Mr. Loubet que recibe periódicamente el enérgico <i>skake hand </i>de su amigo el alcalde de Montelimart. Y es Mr. Deibler el encargado de conservar la tradicíon sagrada, con su cesta y su cuchilla; esa misma cuchilla que parece una dolorosa concesion cuando se piensa en la cuerda, en la rueda ó en el hacha, noble y señorial.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Tambien la vieja España defiende la tradición. La tradición española está representada por las corridas de toros. El torero—<i>el toreador, </i>de los franceses—es el tipo español por excelencia; es el símbolo de España. Pasad los ojos por los álbumes de todos los caricaturistas de la tierra; por todas las revistas regocijadas ó satíricas del mundo: ese robusto viejo de chaleco estrellado, con una enorme moneda de oro en la cadena del reloj, es el tio Sam; ese soldado de bigotes retorcidos y casco de hierro sobre las cejas, es Alemania; ese personaje alto y flaco, que lleva monóculo y una valija de viaje en la mano, es Jhon Bull; ese moceton ó esa pendona de chaquetilla bordada, calzón ó falda corta y redondo sombrero sobre la oreja, eso es España.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Imaginad á España sin corridas de toros; á Francia sin <i>boulevards y sin cocottes; </i>á los Estados Unidos sin fábricas y sin multimillonarios y sin casas de veinticinco pisos; á Italia sin museos y sin ruinas; á Rusia sin policía secreta y á Suiza sin alpinistas de bastones ferrados: habreis suprimido la literatura de los viajes, habreis sacrificado el color local, habreis desorientado al excelente público que os pedirá más tarde estricta cuenta de vuestra excentricidad.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Respetad pues, en España, ¡oh gobiernos!. las corridas de toros. Pensad cual sería el despecho del globe trotter si al pasar las fronteras helvéticas descubriera que se había suprimido los lagos azules y las montañas blancas; en Noruega, que estaban abolidos el sol de media noche y las auroras boreales; en Paris que las <i>demimondaines </i>se habían convertido á la más austera virtud... Tais, Magdalenas, Marias Egipciacas ....!</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Porque la supresión de las corridas dominicales es el primer golpe asestado á la diversión nacional. Un Enrique IV ibero <i>habría </i>limitado asi sus aspiraciones: que cada español pueda asistir el domingo á una corrida de toros. Pan y circo. Pero antes circo y después pan.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Recordad la historia gloriosa de las lidias; los gallardos caballeros de los viejos tiempos, sus corceles briosos, sus trajes resplandecientes, sus soberbias lanzas, su bello gesto; el golpe de la pica que se hunde en el testuz de la fiera, los pañuelos de las damas agitándose alegremente, el estallido de los aplausos, la nube de polvo en cuyas entrañas hay un largo bramido....</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Los profesionales han desalojado de las plazas á los señores, pero no los han reemplazado, como los danzantes de los teatros no han reemplazado á los danzantes de los salones. En la península y especialmente en Andalucía, no es arco de iglesia para un jóven caballero capear á un novillo.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="Verdana" size="2">¿Porque no? No creeis que vale más sortear ágilmente, serenamente, á una bestia furiosa, burlar la fuerza con la destreza, hacer latir de emoción los corazones femeninos, afirmar la fé en si mismo con el desprecio del peligro, que lanzar en carreras fantásticas caballos de largas piernas, que derribar á un hombre con un puñetazo bajo la barba ó que aplicar interminables puntapiés á una pelota de cuero?</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Y&nbsp;aún podría hablaros de los automóviles asesinos, que jadean en su atmósfera </font><font face="Verdana" size="2">asfixiadora.....Y de los santos-dumont, empujados al cielo por la suave brisa</font> <font face="Verdana" size="2">que levantan las alas de la Muerte, dulcemente agitadas....</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Y&nbsp;del sport de barbarie del Extremo Oriente. Ninguna de las guerras modernas ha tenido el cortejo de horrores de la guerra ruso-japonesa; ni aún las desoladoras campañas napoleónicas que bañaron en sangre la Europa desde Lisboa á Moscú. El desprecio de la muerte, la extraña ferocidad de los combatientes de la Mandchuria, no tienen nada de humano. Esos ejércitos retroceden ó avanzan, pero ni triunfan ni huyen. Una victoria significa un aniquilamiento. No hay héroes. Todos matan y todos mueren.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Su andacia está tan distante de la civilización como la reflexión del impulso. Ni el Japon ni Rusia pudieron ofrecer jamás una prueba más palmaria de la irrealidad de sus progresos morales. La noción clara del precio de la vida haría imposibles esos suicidios colectivos. Se encontrará siempre egoistas y ambiciosos que arrastren á las muchedumbres á todos los peligros; habrá<i> </i>siempre enloquecidos ó fascinados; habrá<i> </i>instrumentos y máquinas humanas, habrá soldados; pero si esos soldados pudieran comparar el valor del sacrificio con el del objeto perseguido; si alcanzaran á darse aproximada cuenta del insignificante peso que cae en la balanza cuando arrojan en ella la inmensidad de su muerte, entónces desaparecerían esas guerras que traen á la memoria á Genserico y sus vándalos, á Gengis Khan y sus mongoles.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Ni la disciplina ni el valor explican tales actos. Crea la una la obediencia silenciosa, el otro lleva á desafiar el peligro; pero la entrega voluntaria de la vida, el sacrificio cierto, obscuro, aislado, solo se llaman fanatismo, locura, ó como en la guerra de Asia, barbarie.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">No tienen mayor mérito esos hombres que así van á clavarse en las bayonetas enemigas ó á dejarse exterminar, empujando con sus pechos las empalizadas de las trincheras, que las legiones de hormigas que nivelan una zanja con sus pequeños cuerpos, hacinados y deshechos, para que sobre ellos pasen las industriosas compañeras. Detened su avance; tendreis para ello que aniquilar hasta la última.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">La marcha de los japoneses sobre Mukden y el sitio de Port Arthur son solamente una continua y espantosa matanza. No hay proporción entre el número de existencias sacrificadas y los éxitos obtenidos; no la hay entre el estado actual de la guerra y el esfuerzo que se realiza. Solo el desprecio absoluto por la vida de sus soldados, que demuestran los generales y el desprecio absoluto de la propia vida que los soldados demuestran, puede hacer comprender el horrible balance de la campaña.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">No es ya la piedad, la compasión los sentimientos humanitarios lo que es preciso provocar en esas hordas; es simplemente el instinto de conservación, como el de los más ínfimos seres del mundo animal; la inconsciente defensa propia de los árboles y de las plantas.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Apartad la mirada de ese cuadro sombrío y extremecedor. Apartadla porque acabareis por creer que la fiera ancestral despierta en el hombre al olor de la sangre—aunque nuestro glorioso antepasado, el Pithecantropos de los darwinistas, protestaría quizá de este temor, acusándonos de la degeneración de la especie.-Apartad, apartemos la mirada de la roja Mandchuria. Hay aún mucha alegría, muchas sonrisas en el mundo y sueña con ellas el miserable, al sentir la fuga de su vida en el hilo de sangre que se escapa de su cuerpo, cuando en la noche de la batalla, rodeado de cadáveres, contempla el cielo resplandeciente de estrellas.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Ved á esos alegres burgueses de Champigny-sur Marne, que han restablecido, para regocijo de los ojos, los concursos de muecas. Ellos no piensan, ciertamente, en la locura suicida de los sitiadores de Port Arthur. Sus gestos no estan destinados, como los gestos de los soldados chinos, á petrificar al enemigo. Simplemente, buscan la risa, como la buscan las cosquillas ó los chistes; la sana, la gruesa risa, la risa sonora y estruendosa, que pone lágrimas en el extremo de las pestañas. El polvo de Cuasimodo debe sentirse lisonjeado en la espita del barril de cerveza.... ¿Porque nó, oh Shakespeare?</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="center"><img src="/img/revistas/rcc/n9/a10_figura_02.jpg" width="513" height="677"></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">El arte de hacer muecas tiene sus reglas y sus preceptos, como las demás artes. Los fabricantes de monstruos, que inmortalizó Victor Hugo, habrían podido reemplazar sus cortaduras y sus desgarramientos—su teratología artificial—con una serie de sabios ejercicios. Asi Gwymplaine seria bello ú horrible, </font><font face="Verdana" size="2">á voluntad; desataría ó refrenaría la risa de los lores y de los ciudadanos de Inglaterra cuando les diera la noticia de que existe el pueblo. Y si los comediantes clásicos hubieran conocido ese arte, la invención de las caretas les fuera poco menos que inútil. Una buena mueca habría dado á los espectadores un Júpiter, un Edipo, un Cleón, ó un Sócrates. Algo saben de eso Zaccone, Novelli y Coquelin.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Pero los organizadores del concurso de Champigny no tenían propósitos trascendentales. Ignoran probablemente la historia del teatro antiguo y reconocen que carece de actualidad la designación de nuevas vias á los fabricantes de monstruos. Querían reir, nada más que reir.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">La paz ama la risa. Y la paz es la felicidad. Los antiguos la buscaron en la filosofía ó en el placer; la Edad media creyó descubrirla en el claustro—¿Qué buscas aquí? preguntaba á Dante el religioso que le abría las puertas del convento.—La paz, respondió el gibelino. Los modernos han dejado de creer en ella ó la persiguen en la atmósfera pura de la ciencia ó en la del arte. -&quot;Está en la soledad&quot;, ha dicho un poeta español. Pero ¿dónde está la soledad?</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Vive con el silencio, en el centro de la gran isla australiana. &quot;En el interior de Australia, región boscosa pero privada de agua,—escriben de Sydney—no hay otros animales que pájaros afónicos. Un silencio casi absoluto reina en la floresta&quot;. Y añaden: &quot;Una comisión de médicos partirá en breve para esos parajes, á fin de examinar de cerca la exitación nerviosa que produce el silencio&quot;. Es la misma, la vieja historia de la camisa del hombre feliz. Siempre arrojaremos sobre la paz ambiente nuestra tempestad interior.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Pero no sería necesario para nosotros los americanos, buscar la soledad y el silencio en las selvas de la Nueva Holanda. Largas, muy largas horas he pasado en las montañas de los Andes sin que el rumor más leve llegara á mis oídos, sin que se descubriera á mis ojos el menor rastro de vida.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Imaginad una región sombría y árida; el lomo sinuoso de la altiplanicie limitado por anchos y elevados picos; abismos profundos donde la mirada se pierde en el vértigo; delante la llanura interminable; la espalda sobre las cimas que traspasan el firmamento con sus crestas blancas y brillantes; bajo los piés la tierra infecunda; el horizonte frío y pálido, juntando las dos desolaciones del </font><font face="Verdana" size="2">cielo y de la tierra. En el espacio ni rumores de alas ni un soplo de viento.....</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Decidme si las florestas de Australia, donde tiene el hombre la compañia de los vegetales, de los troncos abrazados por las enredaderas, de las ramas entrelazándose amorosamente, de las hojas que caen á sus piés, de los pájaros silenciosos que lo miran desde las copas de los árboles; decidme si esta soledad, llena de vida, puede compararse á la soledad de las altiplanicies andinas, donde en la extensión inmensa que la vista <i>abarca, </i>todo está petrificado, todo vacío, todo muerto!</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">Y cuando cae la noche y se ilumina el cielo, con las vivas y alegres miradas de las estrellas y cruzan el espacio saetas fugaces y las tinieblas se esconden bajo las rocas, decidme si el latido de vuestro corazón no acabará por romper el silencio profundo de la naturaleza......</font></p>     <p align="center"><img src="/img/revistas/rcc/n9/a10_figura_03.jpg" width="563" height="860"></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="center"><img src="/img/revistas/rcc/n9/a10_figura_04.jpg" width="435" height="635"></p>     <p align="center">&nbsp;</p>      ]]></body>
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