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</front><body><![CDATA[ <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center"><b><font face="Verdana" size="4">Fragmento</font> <font face="Verdana" size="4">de una novela en preparación</font></b></p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center"><b><font face="Verdana" size="2">Alberto Villalpando</font></b></p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center">&nbsp;</p> <hr noshade>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">La calzada húmeda reflejaba la luz de las luminarias y conformaba un camino de color naranja, resplandeciente. Algunos automóviles bajaban presurosos por la avenida Saavedra y a la par que se perdían a la vista se llevaban el sonido de las llantas pegadas al asfalto mojado. Ruido inquietante, casi premonitorio de algún demorado lance amoroso o de una angustia urgente. Y ese tránsito nocturno, en noches de lluvia, con el suelo mojado, se vuelve casi sospechoso y da la sensación de que se puede leer en el ruido de las gomas los misterios de los conductores y sus acompañantes, cuando los tienen. Algunos son sibilantes y parecieran llevar el engaño en el mismo ruido. Otros, apenas audibles, casi siempre llevan amores ocultos. Y hay otros, insolentes, que se llevan el mundo por delante, salpicando agua a las aceras y a los peatones demorados. Y estos ruidos se mezclan con lejanos gritos, con risas perdidas, a veces con sollozos, como si buscaran proponer formas más complejas de leer los ruidos de las llantas.</font></p>     <p align="justify"><font face="Verdana" size="2">—Pero hasta mis zapatos suenan de modo distinto. Mis pisadas no son las mismas. Mi marcha tampoco es la misma. Todo suena magnificado, tal vez por este extraño silencio y el aire húmedo, pero a la vez los ruidos son precisos, inconfundibles, y se conforma una especie de símbolo sonoro, cuya lectura nos propone seguramente el destino de la ciudad y de sus habitantes. Una indagación en el asfalto mojado y el aire húmedo. El momento es propicio y el mago, con una oreja gigantesca, cuyo lóbulo se arrastra por el suelo, oye, solamente oye y traduce en un lenguaje poco comprensible, porque es casi mudo, los destinos del mundo. Y luego el mago se acuesta, como en colchón de plumas, sobre</font> <font face="Verdana" size="2">su magnífica oreja y duerme el sueño de los justos hasta que un nuevo conjuro lo despierte para oír, sólo oír, y desvelar nuevos misterios, que los hombres nunca entendemos o no queremos entender. Y una pareja de jóvenes amantes, separados por una pared de fuego que un empecinado brujo ha creado por sus inconfesables deseos, logra despertar al mago de la oreja y hacerle oír sus penas de amor. La inmensa oreja percibe el dolor de los lamentos, en noche de lluvia, y toma cartas en el asunto. Un instrumento, parecido a una trompa montañesa, llega a manos del amante y al tocarlo se oyen ruidos de todas clases, donde el asfalto mojado y su gama de ruidos es apenas uno de ellos, y la pared ígnea se extingue. Los amantes se abrazan; el brujo pérfido, oculto enamorado de la doncella, se envuelve en su propio fuego y cae fulminado, derrotado una vez más por el amor. La trompa montañesa suena una última vez, pero ahora tocada por el viento, y anuncia la futura dicha de los amantes. El mago de la oreja, indiferente al mundo, oculta la trompa montañesa, se arropa y vuelve a dormirse, acostado sobre su propia carne.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font face="Verdana" size="2">—Historia sobre la cual podría hacer un pequeño ballet, entretejiendo ruidos de todas clases; discretos, sutiles, y una pequeña orquesta de cuerdas tocando melodías modales simultáneamente. Y la trompa montañesa, como una caja de Pandora que oculta todos los sonidos posibles, sonaría como una voz humana, remota, con un murmullo de fondo, inquietante a la vez que aterrador.</font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>      ]]></body>
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