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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[Mujeres de prostíbulo: los avatares bolivianos del reglamentarismo]]></article-title>
<article-title xml:lang="en"><![CDATA[Brothel women: Bolivia&#8217;s avatars of regulationism]]></article-title>
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<abstract abstract-type="short" xml:lang="en"><p><![CDATA[This article analyses the contradictory coexistence of legal brothels with Bolivia&#8217;s adherence to the main international abolitionist conventions. It examines the laws, but also recruitment methods and social relationships inside the establishment. This reveals an original arrangement whereby what seems at first sight to be the formal persistence of nineteenth-century coercive regulationism has become more complex]]></p></abstract>
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</front><body><![CDATA[ <p align="right"><font size="2" face="Verdana"><strong>INVESTIGACIONES</strong></font></p>     <p align="right">&nbsp;</p>     <p align="center"><b><font size="4" face="Verdana">Mujeres de prost&iacute;bulo:    <br> &nbsp;los avatares bolivianos del  reglamentarismo </font></b></p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center"><b><font size="3" face="Verdana">Brothel women: Bolivia&rsquo;s avatars of regulationism</font></b></p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center"><font size="2" face="Verdana">Pascale  Abs<sup>1</sup>    <br> Traducci&oacute;n  al espa&ntilde;ol Gudrun Birk</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="center"><font size="2" face="Verdana">Fecha de recepci&oacute;n:  febrero de 2014    <br>   Fecha de aprobaci&oacute;n: marzo de 2014    <br> Versi&oacute;n final: mayo  de 2014</font></p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center">&nbsp;</p> <hr>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Este art&iacute;culo analiza la coexistencia contradictoria de los lenocinios  legales con la adhesi&oacute;n de Bolivia a las principales convenciones  abolicionistas internacionales. El examen de las leyes, pero tambi&eacute;n de los  modos de reclutamiento as&iacute; como de las relaciones sociales dentro de los  locales, pone de manifiesto una configuraci&oacute;n original en la que lo que a  primera vista parece ser la persistencia formal del reglamentarismo coercitivo  del siglo XIX, se ha vuelto m&aacute;s complejo.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Palabras clave: prostituci&oacute;n / trabajadora sexual /  reglamentarismo / comercio sexual / situaci&oacute;n jur&iacute;dica&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; </font></p> <hr>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">This article analyses the contradictory coexistence of legal brothels  with Bolivia&rsquo;s adherence to the main international abolitionist conventions. It  examines the laws, but also recruitment methods and social relationships inside  the establishment. This reveals an original arrangement whereby what seems at  first sight to be the formal persistence of nineteenth-century coercive  regulationism has become more complex.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Key words: prostitution /  sex workers / regulationism / sex trade / legal situation</font></p> <hr>     <p align="justify">&nbsp;</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">En Bolivia, pese a la reciente proliferaci&oacute;n de espacios  alternativos, la prostituci&oacute;n en&nbsp;  lenocinios sigue ocupando un lugar central en el comercio sexual. La  mayor&iacute;a funciona como bares, algunos ofrecen espect&aacute;culos, otros se parecen a  tabernas populares de mala muerte; finalmente los hay donde las mujeres  trabajan en cadena sin salir de sus habitaciones. Todos tienen en com&uacute;n el  estar destinados a una clientela local, el emplear casi exclusivamente a  mujeres y el funcionar sobre la base de los vestigios de un sistema  reglamentario importado de Europa entre fines del siglo XIX y principios del  XX. De hecho, la mayor&iacute;a de las ordenanzas municipales que regulan la  prostituci&oacute;n en prost&iacute;bulos no han sido actualizadas desde entonces. Disponen  la ubicaci&oacute;n de los establecimientos, las obligaciones sanitarias de sus  residentes, as&iacute; como el rol de la polic&iacute;a, de los locatarios, y de los  servicios m&eacute;dicos, bajo las mismas inquietudes higienistas y morales que el  reglamentarismo franc&eacute;s (Corbin, 1982), en el que se inspiran al pie de la  letra<sup>2</sup>.     <br> &Uacute;ltimamente, sin embargo, la aplicaci&oacute;n de estas reglas ha experimentado  importantes cambios, especialmente el fin del r&eacute;gimen de enclaustramiento de  las mujeres. Lejos de programar su obsolescencia, estos acomodos han favorecido  la supervivencia de un reglamentarismo tradicional, en el sentido de que, a  diferencia de lo que se observa en Alemania o en Holanda, no se basa en el  reconocimiento profesional de las prostitutas ni en su inserci&oacute;n en la  legislaci&oacute;n laboral. El sistema ha ganado aun mayor legitimidad: la obligaci&oacute;n  de los controles sanitarios y la naturaleza de la relaci&oacute;n entre las mujeres y  los due&ntilde;os es motivo de consenso, incluso entre las prostitutas. Para estas  &uacute;ltimas, las recientes evoluciones que limitan la autoridad de los propietarios  y de las autoridades han significado mayor autonom&iacute;a y una posici&oacute;n m&aacute;s  ventajosa de cara a los clientes, los locatarios y las autoridades.     <br> El objeto de este art&iacute;culo es comprender por qu&eacute; y c&oacute;mo el  reglamentarismo boliviano sobrevive a una redefinici&oacute;n menos rigurosa y m&aacute;s  favorable para las prostitutas. Para ello vamos a ocuparnos de su evoluci&oacute;n y  su coexistencia ambigua con la adhesi&oacute;n de Bolivia a las principales  convenciones abolicionistas internacionales. A continuaci&oacute;n abordaremos el  funcionamiento de los lenocinios y su modo de reclutamiento. Se pone de  manifiesto, entonces, una configuraci&oacute;n original donde lo que a primera vista  parece ser la persistencia formal del reglamentarismo coercitivo del siglo XIX  se ha vuelto algo mucho m&aacute;s ambiguo, hasta el punto de desdibujar las l&iacute;neas de  lo que podr&iacute;a identificarse como trata pero que muchas mujeres viven como una  oportunidad.     <br> La presente  reflexi&oacute;n es resultado de una investigaci&oacute;n etnogr&aacute;fica llevada a cabo entre  2006 y 2009, principalmente en Potos&iacute; y Sucre.</font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font size="3" face="Verdana"><b>Cuando las prostitutas     toman las calles </b></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">&ldquo;Local clausurado&rdquo;. Ya han pasado  varios d&iacute;as desde que la decena de lenocinios de la zona San Roque de Potos&iacute;  fue cerrada por agentes municipales. Los precintos fijados en la entrada de los  establecimientos, sin embargo, no han durado mucho. Pues la vida debe  continuar; los clientes, que pasan las puertas y las cierran cuidadosamente  detr&aacute;s de s&iacute;, lo tienen claro. Sin embargo, la situaci&oacute;n no puede durar mucho.  La asfixia econ&oacute;mica amenaza y varias mujeres ya han hecho su maleta.    <br>   No es la primera  vez que el conflicto enfrenta a los propietarios de los lenocinios con los  vecinos, quienes exigen su reubicaci&oacute;n. En otros tiempos perif&eacute;rico, el barrio  se ha densificado y sus habitantes ya no soportan el constante ir y venir de  los veh&iacute;culos y de los borrachos, los esc&aacute;ndalos y las ri&ntilde;as. Hay que decir que  desde la flexibilizaci&oacute;n de las medidas de confinamiento de las mujeres en el  transcurso de los a&ntilde;os 1990, las antiguas asiladas (como se sol&iacute;a denominar a las  mujeres enclaustradas) han tomado posesi&oacute;n de la calzada y de las calles  adyacentes. La primera movilizaci&oacute;n de los vecinos se remonta al a&ntilde;o 2001.  Desde entonces, la Alcald&iacute;a ha destinado un nuevo emplazamiento para los  establecimientos de prostituci&oacute;n pero los locales no se quieren mover hasta que  se instale agua y electricidad. Los propietarios, que cuentan con aliados entre  las autoridades, tambi&eacute;n juegan con la divisi&oacute;n de los vecinos: algunos se  contentar&iacute;an con una compensaci&oacute;n econ&oacute;mica, otros (comerciantes, lavanderas,  ni&ntilde;eras) no tienen inter&eacute;s alguno en ver mudar a su clientela.     <br>   Mientras la situaci&oacute;n se est&aacute; atascando, el 28 de octubre de 2005  algunos minibuses dejan a los residentes, mujeres, meseros, locatarios y su  abogado, cerca del peaje de la carretera a Sucre. Con las caras cubiertas, las  mujeres se enfilan con sus pancartas. En ellas se leen esl&oacute;ganes sobre la  necesidad de trabajar, sobre su condici&oacute;n de madre y sobre su rol social.  Acostumbrados a los frecuentes bloqueos de caminos, los primeros veh&iacute;culos se  detienen por miedo a que una lluvia de piedras caiga sobre sus parabrisas.  Pronto son algo m&aacute;s de una docena cuyos resignados pasajeros intentan llegar a  pie a la ciudad. La prensa se lanza a cubrir este evento excepcional. Frente al  micr&oacute;fono, las mujeres alternan reivindicaciones con amenazas. Emplean todos  los argumentos de la ideolog&iacute;a del reglamentarismo, desde la multiplicaci&oacute;n del  n&uacute;mero de violaciones que el cierre de los prost&iacute;bulos acarrear&iacute;a hasta el  fantasma de la invasi&oacute;n del espacio p&uacute;blico por la prostituci&oacute;n clandestina y  las enfermedades ven&eacute;reas. Llegado al lugar, el fiscal trata en vano de  negociar, bajo las burlas de las mujeres, quienes le recuerdan que no siempre  ha sido hostil a sus servicios&hellip; Dos horas despu&eacute;s se pide a la polic&iacute;a que  intervenga. Los agentes de polic&iacute;a que empiezan a retirar las piedras que  cubren la calzada parecen desorientados frente a las mujeres que forcejean y  gritan cada vez que tratan de desalojarlas. Finalmente, el Comandante de la Polic&iacute;a,  que, se ve, es un viejo conocido de las mujeres, logra levantar el bloqueo a  cambio de una nueva reuni&oacute;n con el Alcalde. Mientras las mujeres se disponen a  tomar el camino de regreso, un representante del Defensor del Pueblo y un  dirigente de la Central Obrera Boliviana (COB) llegan para informarse.  Finalmente se firma un nuevo acuerdo, el cual retrasa la mudanza hasta octubre  de 2006. Seis a&ntilde;os y varias tentativas de expropiaci&oacute;n m&aacute;s tarde, los  prost&iacute;bulos segu&iacute;an ah&iacute;.     ]]></body>
<body><![CDATA[<br>   Este episodio presenta un buen panorama de la configuraci&oacute;n  institucional de la prostituci&oacute;n en Bolivia en una ciudad mediana como Potos&iacute;.  Aqu&iacute; uno vuelve a encontrar a los actores tradicionales del reglamentarismo:  por un lado, los propietarios o locatarios (del negocio), los administradores y  los residentes (mujeres y algunos meseros masculinos), y, por otro, los  empleados municipales, la polic&iacute;a y el m&eacute;dico encargado de los controles  m&eacute;dicos, que ha venido a darse una vuelta por el bloqueo. Las dem&aacute;s  instituciones presentes son de creaci&oacute;n m&aacute;s reciente. Desde hace unos quince  a&ntilde;os, el Defensor del Pueblo protege a las prostitutas frente a los abusos de  los funcionarios. En colaboraci&oacute;n con la Organizaci&oacute;n Panamericana de la Salud  y la COB, alent&oacute; la creaci&oacute;n de las organizaciones de prostitutas. Este proceso  y el apoyo institucional recibido han reforzado el poder de movilizaci&oacute;n de las  prostitutas. Como se&ntilde;al de la nueva legitimidad que atribuyen a sus  reivindicaciones, las mujeres han adoptado los instrumentos t&iacute;picos de los  movimientos sociales bolivianos: los bloqueos de carreteras, la mediaci&oacute;n de la  prensa y de instituciones del mundo laboral (como la COB) y de los derechos  humanos, e incluso las huelgas de hambre. En la actualidad, los argumentos de  sus luchas conjugan la ret&oacute;rica de los derechos humanos -entre ellos el de  satisfacer sus necesidades econ&oacute;micas- con las instrucciones higienistas del  reglamentarismo, de las que las mujeres se presentan como garantes en tanto no  se rompa el pacto con las autoridades. Mientras las mujeres reivindicaban en  sus pancartas su rol de contenci&oacute;n moral y sanitaria, segu&iacute;an prostituy&eacute;ndose  clandestinamente, neg&aacute;ndose a cumplir con sus visitas m&eacute;dicas y proclam&aacute;ndolo  en voz alta y fuerte por la prensa.    <br>   El chantaje respecto al control sanitario recuerda cuanto el  reglamentarismo depende ahora de la buena voluntad de las prostitutas  oficiales. Desde el fin del enclaustramiento, la polic&iacute;a ya no tiene la  facultad de sancionar el incumplimiento de la visita m&eacute;dica; son los servicios  sanitarios los que se encargan de ello. Por lo tanto, las mujeres ya no temen  encontrarse en el calabozo, a lo m&aacute;ximo se arriesgan a pagar una multa. De esta  manera, el aflojamiento de la coerci&oacute;n permite a las prostitutas posicionarse  como actoras plenas del reglamentarismo y ya no como sujetos sumisos. La  posibilidad de instrumentalizar a su favor su instituci&oacute;n central (la <em>libreta de sanidad</em>) favorece su adhesi&oacute;n al funcionamiento actual de  la prostituci&oacute;n en lenocinios (tambi&eacute;n percibida como m&aacute;s segura, menos  precaria y m&aacute;s leg&iacute;tima que la prostituci&oacute;n clandestina). As&iacute;, y siguiendo el  modelo descrito en Potos&iacute;, la mayor&iacute;a de las movilizaciones de prostitutas  apuntan a garantizar o a mejorar el ejercicio de la prostituci&oacute;n sin que hasta  ahora se haya atacado directamente al reglamentarismo o a la existencia de los  locatarios. Se&ntilde;al de su apego al sistema, las mujeres de Potos&iacute; rechazaron la  propuesta del alcalde de poner a su disposici&oacute;n una casa donde ejercer de  manera independiente. </font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana"><b><font size="3">La apertura de los  prost&iacute;bulos </font></b>    <br> &nbsp;&nbsp;    <br> En la l&iacute;nea del reglamentarismo  definido en Francia en el siglo XIX, la mayor&iacute;a de las grandes ciudades  bolivianas cuenta por tanto con ordenanzas municipales que rigen el  funcionamiento de los establecimientos de prostituci&oacute;n dentro de su  jurisdicci&oacute;n. El Estado, a trav&eacute;s de la polic&iacute;a, los servicios de salud y los  impuestos, tambi&eacute;n es un actor omnipresente.     <br> En tanto negocio  p&uacute;blico, los lenocinios deben registrarse en la Alcald&iacute;a. Es ella la que emite  las licencias que autorizan indistintamente los establecimientos de  prostituci&oacute;n, las discotecas y cualquier otro tipo de local que sirve bebidas.  Estos permisos son ratificados por la Direcci&oacute;n de Saneamiento Ambiental, la  cual vela por el cumplimiento de las normas de higiene. Regularmente, los empleados  de la Alcald&iacute;a controlan las habitaciones de las mujeres. En estas ocasiones el  burdel se parece a un internado para muchachas el d&iacute;a de la revista del  director. Las instalaciones sanitarias, el sal&oacute;n y el patio han sido limpiados.  En las habitaciones, los armarios y los estantes est&aacute;n abarrotados de productos  de belleza ordenados al apuro. Sentadas en sus camas hechas de modo impecable,  las mujeres esperan el veredicto de los agentes municipales, m&aacute;s interesados en  bromear con ellas que en preocuparse por la ausencia de agua caliente en la  &uacute;nica ducha del establecimiento. El Departamento de Espect&aacute;culos P&uacute;blicos de la  Alcald&iacute;a, a su vez, debe hacer respetar los horarios de apertura (generalmente  entre 20:00 y 03.00h), lo que en un establecimiento que tambi&eacute;n es un lugar de  vida es cuanto menos complicado.     <br> En el d&iacute;a, el sal&oacute;n y el bar est&aacute;n cerrados, pero no as&iacute; las  habitaciones de las mujeres, quienes siguen recibiendo a sus clientes. Pero la  licencia de funcionamiento depende, sobre todo, de la posesi&oacute;n de la libreta de  sanidad, que el personal m&eacute;dico controla durante sus visitas. En caso de no  presentarla, hay una sanci&oacute;n econ&oacute;mica y se cierra el establecimiento. Cada  semana las residentes deben, por tanto, someterse a un examen ginecol&oacute;gico en  el centro de salud que alberga el programa MST-Sida del Gobierno Municipal. Hoy  en d&iacute;a, las preocupaciones que justifican la continuidad del reglamentarismo  son por lo tanto menos morales que ven&eacute;reas. La autoridad del m&eacute;dico sustituye  ahora a la del polic&iacute;a.     <br> El r&eacute;gimen de  enclaustramiento ha ca&iacute;do poco a poco en desuso desde los a&ntilde;os 1990. Ahora las  mujeres son libres de transitar, de cambiar de prost&iacute;bulo, de ciudad o de vida,  como mejor les parezca. S&iacute;, antes los lenocinios estaban verdaderamente  cerrados. Recluidas a la fuerza, las internas com&iacute;an, a menudo en la mesa del  locatario o la locataria (due&ntilde;os o administradores), dorm&iacute;an y se entreten&iacute;an  entre las cuatro paredes de la casa, en la que resid&iacute;an a veces tambi&eacute;n sus  hijos. Comerciantes ambulantes pasaban para ofrecer alimentos, ropa, art&iacute;culos  de higiene. Las mujeres solo pod&iacute;an salir con un salvoconducto policial. Los  locatarios, quienes reten&iacute;an sus documentos de identidad, pasaban la lista de  las <em>asiladas</em> al departamento de matr&iacute;culas de la Polic&iacute;a T&eacute;cnica Judicial.  All&iacute;, las mujeres marcaban tarjeta cada semana despu&eacute;s de la visita m&eacute;dica. Era  el &uacute;nico permiso de salida que se adquir&iacute;a autom&aacute;ticamente. Las visitas m&eacute;dicas  obligatorias y las matr&iacute;culas se pagaban. El registro sanitario en el que se anotaba  (y sigue anot&aacute;ndose) informaci&oacute;n personal, junto a la historia cl&iacute;nica,  duplicaba el fichaje policial. El matrimonio -bajo garant&iacute;a de una persona de  &ldquo;buena moral&rdquo;- era la &uacute;nica manera de borrar un nombre de los registros. La  multiplicaci&oacute;n de los actores (polic&iacute;a, alcald&iacute;a, servicios de salud) ofrec&iacute;a  muchas oportunidades a la corrupci&oacute;n y al abuso de poder. En la mayor&iacute;a de los  casos, las multas y las detenciones provisionales (entre 24 y 72 horas) que  amenazaban a las infractoras se transformaban en sobornos y servicios  dom&eacute;sticos y sexuales gratuitos. Aquellas de mis interlocutoras que conocieron  esa &eacute;poca a&uacute;n recuerdan el hostigamiento del que eran objeto. Cristina, que  ahora tiene unos cincuenta a&ntilde;os, habla de la estrategia viciosa de los polic&iacute;as,  quienes se las arreglaban para pasar lista el d&iacute;a de la visita m&eacute;dica, seguros  de pillarlas paseando. Excepto en caso de deudas, era posible negociar con los  locatarios y la polic&iacute;a un permiso -&iexcl;cronometrado!- para ir al mercado, a los  ba&ntilde;os p&uacute;blicos o al cine. Sin embargo, su alto precio incitaba a las mujeres a  jugar al gato y al rat&oacute;n. El riesgo era considerable: Evelia ni siquiera tuvo  permiso de vestirse cuando fue detenida en la piscina de aguas termales. &iexcl;Se  encontr&oacute; temblando en el calabozo, en traje de ba&ntilde;o, por varias horas, a m&aacute;s de  4.000 metros de altura! El personal m&eacute;dico que controlaba las libretas de  sanidad no se quedaba a la zaga. Los controles sorpresa a menudo terminaban en  la barra tomando la ronda a la que invitaba la patrona. La casa misma estaba  lejos de ser un refugio. Las comidas, la ducha, la televisi&oacute;n, los permisos, la  venta de art&iacute;culos a precios sobrevaluados, una contabilidad truncada&hellip; todo  serv&iacute;a de pretexto a los locatarios para gravar los ingresos de las mujeres y  crear una deuda que las encerraba todav&iacute;a m&aacute;s. En tanto trabajadoras cautivas  soportaban adem&aacute;s presiones respecto al n&uacute;mero de prestaciones que deb&iacute;an  asegurar. Lugar cerrado de trabajo y de vida, en el que la cotidianidad de las  asiladas estaba completamente entregada a la buena voluntad de los  propietarios, el prost&iacute;bulo funcionaba como una de esas &ldquo;instituciones totales&rdquo;  descritas por Erving Goffman (1968). A pesar de la apertura de los lenocinios,  la ausencia de distinci&oacute;n entre vida privada y p&uacute;blica, as&iacute; como la confusi&oacute;n  entre las relaciones personales y las relaciones laborales han dejado una  huella duradera, visible a&uacute;n hoy en d&iacute;a en su funcionamiento.     <br> Maltrato, abuso de poder, corrupci&oacute;n, im&aacute;genes filmadas y publicadas por  los medios de comunicaci&oacute;n sin autorizaci&oacute;n: todas estas quejas fueron  presentadas por las mujeres al reciente Defensor del Pueblo durante el primer  encuentro de trabajadoras sexuales de Bolivia, a cuya organizaci&oacute;n, en 1998,  contribuy&oacute; esta instituci&oacute;n. Previa investigaci&oacute;n, a fines de 2000, el Defensor  logr&oacute; la supresi&oacute;n del fichaje y la institucionalizaci&oacute;n de la libreta de  sanidad a nivel nacional (y ya no por localidad, como era anteriormente el  caso)<sup>3</sup>.  La polic&iacute;a vio reducirse su competencia a la lucha contra la trata de personas,  especialmente de&nbsp; menores, contra la  presencia de inmigrantes clandestinos, as&iacute; como la sanci&oacute;n de las  perturbaciones del orden p&uacute;blico en las inmediaciones de los lenocinios. El fin  del r&eacute;gimen de enclaustramiento no ha limitado &uacute;nicamente el poder de los  funcionarios p&uacute;blicos. Ahora el riesgo de ver huir la mano de obra en caso de  malos tratos obliga a los locatarios a mostrarse m&aacute;s respetuosos con las  mujeres y con las cuentas. Esta victoria dio inicio al proceso de organizaci&oacute;n  de las trabajadoras sexuales bolivianas, impulsado dos a&ntilde;os antes por el propio  Defensor del Pueblo. En 2004, la instituci&oacute;n tambi&eacute;n obtuvo la gratuidad de los  ex&aacute;menes m&eacute;dicos.     ]]></body>
<body><![CDATA[<br> No he logrado determinar las circunstancias exactas del final del  r&eacute;gimen de enclaustramiento, que mis interlocutores sit&uacute;an entre 1996 y 1997  para Potos&iacute;<sup>4</sup>. La  rotaci&oacute;n de los funcionarios y del personal de los lenocinios limita el n&uacute;mero  de interlocutores y las mujeres no se acuerdan de movilizaciones particulares.  &ldquo;Un d&iacute;a fui a matr&iacute;culas [servicio de la polic&iacute;a del mismo nombre] y s&oacute;lo me  dijeron: &lsquo;no, ya no se hace&rsquo;&rdquo;, resume lac&oacute;nicamente Cristina, que entonces  trabajaba en Cochabamba. La escasa memoria colectiva sobre los detalles del  evento est&aacute; relacionada con su naturaleza. La apertura de los lenocinios no  parece haber ido acompa&ntilde;ada por un debate p&uacute;blico. Tampoco ha dado lugar a un  cambio en la normativa. Esto es l&oacute;gico: las ordenanzas municipales que he  podido consultar (La Paz 1906, La Paz 1927, Potos&iacute; 1997) nunca mencionan la  prohibici&oacute;n a las mujeres de transitar libremente. Solo est&aacute; consignada la  obligaci&oacute;n de se&ntilde;alar a los servicios de salud el cambio de domicilio y el  abandono de la prostituci&oacute;n. La reclusi&oacute;n de las mujeres y su control por los  locatarios y la polic&iacute;a correspond&iacute;an por lo tanto a una costumbre, no a la  ley. Esto es lo que ha permitido al Defensor del Pueblo anular la matr&iacute;cula por  su car&aacute;cter anticonstitucional: la polic&iacute;a no tiene el poder de fichar a  personas que no han cometido delito alguno.     <br> El rol de las asociaciones de derechos humanos empez&oacute; antes. Betty  Pinto, en esa &eacute;poca adjunta al Viceministro de Asuntos de G&eacute;nero, evoca una  creciente preocupaci&oacute;n por la situaci&oacute;n de las <em>asiladas</em> a ra&iacute;z de la Conferencia Mundial sobre la Mujer de Beijing en 1995.  Parad&oacute;jicamente, la epidemia del Sida, que reforz&oacute; la legitimidad del control  sanitario, tambi&eacute;n favoreci&oacute; la cr&iacute;tica al enclaustramiento. El doctor Rengifo,  encargado del control m&eacute;dico de las prostitutas de Potos&iacute; desde 1991, recuerda  que en aquel entonces las autoridades sanitarias consideraban la promiscuidad  como un factor de propagaci&oacute;n. &Eacute;l personalmente particip&oacute; en las reuniones en  las que los locatarios fueron incitados a liberar a las mujeres. A las  presiones sociales y de salud finalmente se sum&oacute; el contexto econ&oacute;mico: en los  a&ntilde;os de 1990, mientras los d&oacute;lares de las privatizaciones y del narcotr&aacute;fico  irrigaban todos los estratos de la econom&iacute;a, se multiplicaban los  establecimientos de prostituci&oacute;n. Los tiempos en que los agentes conoc&iacute;an a  cada mujer por su nombre se terminaron y los efectivos de polic&iacute;a destinados al  control de los lenocinios resultaron insuficientes. Despu&eacute;s de un periodo de  transici&oacute;n en el que las mujeres pudieron aumentar las salidas a condici&oacute;n del  acuerdo de los locatarios y de una compensaci&oacute;n econ&oacute;mica, la supresi&oacute;n de las  matr&iacute;culas en la polic&iacute;a puso fin al enclaustramiento a principios de los a&ntilde;os  2000. Hoy en d&iacute;a se puede trabajar en un prost&iacute;bulo sin residir en &eacute;l, aunque  en los hechos la mayor&iacute;a de las mujeres sigue siendo residente y sigue  restringiendo sus desplazamientos por miedo a ser reconocidas (a pesar de que  es usual prostituirse fuera del lugar de origen). La interiorizaci&oacute;n del  estigma ha sustituido las fronteras f&iacute;sicas del reglamentarismo.     <br> Desde que los establecimientos ya no encierran m&aacute;s a su personal, la  legitimidad del ejercicio de la prostituci&oacute;n ha dejado de concernir a los  espacios para centrarse en las mujeres mismas. Desde el momento en que una es  adulta, basta con poseer una libreta de sanidad actualizada para poder ejercer  oficialmente<sup>5</sup>donde  sea. El fin del r&eacute;gimen de enclaustramiento ha tenido como consecuencia la  extensi&oacute;n del comercio del sexo fuera de los establecimientos tradicionales:  anuncios en los peri&oacute;dicos, salones de masaje, karaokes, Internet, agencias de  damas de compa&ntilde;&iacute;a&hellip; Por supuesto que siempre ha existido un mercado paralelo,  pero ahora se ha legalizado de hecho. Hoy, mujeres circulan de una forma de  prostituci&oacute;n a otra. Evidentemente, estas trayectorias est&aacute;n guiadas por la  adecuaci&oacute;n entre lo que las mujeres tienen para ofrecer (su f&iacute;sico, su edad, su  escolaridad, su origen) y la especializaci&oacute;n de los espacios de prostituci&oacute;n.  El Internet, las agencias de damas de compa&ntilde;&iacute;a, los salones de masaje y los  clubes nocturnos m&aacute;s prestigiosos se jactan de ofrecer mujeres j&oacute;venes que  responden a criterios de modelaje, tienen un buen nivel educativo y, en el caso  de los clubes nocturnos, dominan el striptease; entre ellas extranjeras  (argentinas, brasileras, peruanas, colombianas, etc&eacute;tera). En cambio, no se  encuentran mujeres vestidas seg&uacute;n los usos de las poblaciones urbanas de origen  ind&iacute;gena, quienes ejercen en establecimientos de menor categor&iacute;a. Aparte del  lugar de trabajo, la cuesti&oacute;n &eacute;tnica influye, sin embargo, poco en las  trayectorias de las prostitutas bolivianas. Ya sean originarias de las tierras  altas o bajas, ya sea que sus padres hayan sido campesinos o no, siempre se  trata de mujeres originarias de medios populares y que fueron reclutadas en  esos mismos circuitos.</font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font size="3" face="Verdana"><b>Las contradicciones de una     legislaci&oacute;n y un reglamentarismo&nbsp; </b></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Conforme a lo que ocurre en los  pa&iacute;ses abolicionistas -o sea que se niegan a legislar sobre la prostituci&oacute;n-,  la ley boliviana mantiene silencio sobre la prostituci&oacute;n misma. El C&oacute;digo Penal  de 1972 (actualizado en 2010) se contenta con condenar el proxenetismo, la  trata de personas y la corrupci&oacute;n de menores. Los t&eacute;rminos de esta censura se  han tomado de las convenciones abolicionistas de las Naciones Unidas que  Bolivia ha firmado, especialmente la de Nueva York (1949, ratificada en 1983) y  la de Palermo contra la trata de personas (2000, ratificada en el 2001). Si el  esfuerzo de adecuaci&oacute;n a las disposiciones de las convenciones internacionales  de los legisladores bolivianos reflejaba un deseo real de cambiar las cosas,  este ha tropezado con la inercia de los usos y costumbres. Atrapada entre un  abolicionismo oficial y un reglamentarismo de hecho, la actual legislaci&oacute;n  nacional entra en conflicto con la aplicaci&oacute;n de las normas locales sin afectar  el funcionamiento de los prost&iacute;bulos.     <br>   As&iacute;, las ordenanzas municipales han sobrevivido sin tropiezos a la firma  en 1983 de la Convenci&oacute;n de 1949 que prescribe a los Estados a no reglamentar  la prostituci&oacute;n y a sancionar a quienes sacan provecho de ella (por lo tanto,  los locatarios y la administraci&oacute;n boliviana a trav&eacute;s de las licencias de  funcionamiento, las multas y, hasta hace poco, los pagos a los servicios de  salud y a la polic&iacute;a). Y mientras que el Art&iacute;culo 321 del C&oacute;digo Penal condena  &ldquo;el que por cuenta propia o de tercero mantuviere ostensible o encubiertamente  una casa de prostituci&oacute;n o lugar destinado a encuentros con fines lascivos&rdquo;,  las alcald&iacute;as siguen extendiendo licencias de funcionamiento con el t&iacute;tulo de  &ldquo;lenocinio&rdquo;.</font></p>     <p align="center"><font size="2" face="Verdana"><img src="img/revistas/rbcst/v17n35/a07_figura_01.GIF" width="473" height="350">    <br> &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;  Gustavo Lara. <em>Interior</em>. Acr&iacute;lico, 1997.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Al implicar la subjetividad de las mujeres a trav&eacute;s de la idea del  consentimiento, la cuesti&oacute;n de la trata subraya esta ambig&uuml;edad. Antes  confundido con la condenaci&oacute;n del proxenetismo, el reclutamiento es ahora sancionado  por la ley sobre la trata y el tr&aacute;fico de personas, aprobada en enero de 2006.  Conforme a la Convenci&oacute;n de Palermo, su art&iacute;culo 281 bis (reformado por el  art&iacute;culo 34 de la ley 263 de 2012) condena a quien &ldquo;por cualquier medio de  enga&ntilde;o, intimidaci&oacute;n, abuso de poder, uso de la fuerza o cualquier forma de  coacci&oacute;n, amenazas, abuso de la situaci&oacute;n de dependencia o vulnerabilidad de la  v&iacute;ctima, la concesi&oacute;n o recepci&oacute;n de pagos por si o por tercera persona  realizare, indujere o favoreciere la captaci&oacute;n, traslado, transporte, privaci&oacute;n  de libertad, acogida o recepci&oacute;n de personas dentro o fuera del territorio  nacional, aunque mediare el consentimiento de la v&iacute;ctima&rdquo;, particularmente a  fines de prostituci&oacute;n. En este sentido amplio, la lucha contra la trata no es  aplicable. Una revisi&oacute;n de la prensa escrita muestra que solo se moviliza  cuando las pr&aacute;cticas proxenetas y de reclutamiento inherentes al  reglamentarismo entran en conflicto demasiado evidente con la moral, con la  condena de otras formas de delito (la prostituci&oacute;n de menores o de extranjeras  indocumentadas) o el control sanitario de las prostitutas<sup>6</sup>.  A pesar de su orientaci&oacute;n abolicionista, la legislaci&oacute;n boliviana asume por lo  tanto de <em>facto</em> en su aplicaci&oacute;n la existencia de un  proxenetismo y de un reclutamiento no criminales.     ]]></body>
<body><![CDATA[<br>   El proyecto del legislador de restringir la explotaci&oacute;n de la  prostituci&oacute;n por terceras personas se encuentra as&iacute; completamente subsumido en  la l&oacute;gica sanitaria del reglamentarismo. Para una instituci&oacute;n p&uacute;blica, extender  un permiso que autoriza el ejercicio de la prostituci&oacute;n como es la libreta de  sanidad no es en la pr&aacute;ctica considerado como algo que la facilita. Condenar  legalmente a los locatarios de prost&iacute;bulos podr&iacute;a significar la voluntad de  volver la prostituci&oacute;n independiente, si ellos no fueran los primeros garantes  del control m&eacute;dico de las mujeres. &iexcl;Consecuentemente, no sorprende que en 2011  la Polic&iacute;a Boliviana solo haya registrado 22 casos de supuesto proxenetismo y  nueve en 2010! (Chacon Mendoza, 2011). Estas cifras son rid&iacute;culas en  comparaci&oacute;n con el n&uacute;mero de establecimientos solventes -de una docena hasta  m&aacute;s de cincuenta en cada una de las grandes ciudades del pa&iacute;s-, sin contar los  locales clandestinos. En cuanto a los 250 casos de trata registrados el a&ntilde;o  pasado (<em>Ib&iacute;d</em>.), lastimosamente las estad&iacute;sticas  no especifican si esta ten&iacute;a fines de prostituci&oacute;n. El que las instituciones  que luchan contra los abusos cometidos por los locatarios o los funcionarios  p&uacute;blicos no recurran al C&oacute;digo Penal sugiere que tambi&eacute;n ellas asumen las  contradicciones jur&iacute;dicas del Estado boliviano. As&iacute;, el Defensor del Pueblo  s&oacute;lo recurri&oacute; a la prohibici&oacute;n de fichar a personas no criminales para anular  las matr&iacute;culas en la polic&iacute;a y fue un financiamiento del Fondo Mundial de Lucha  contra el Sida el que permiti&oacute; la gratuidad de los ex&aacute;menes m&eacute;dicos. Insinuar  que los servicios de salud, la polic&iacute;a y las municipalidades ganaban dinero a  costa de las prostitutas habr&iacute;a significado atacar a un Estado proxeneta que  finge no serlo.    <br> En el contexto boliviano, descalificar -mediante la ley 263 contra la  trata de personas- la idea de que una persona pueda consentir en ser reclutada  para la prostituci&oacute;n carece de sentido, al igual que condenar toda forma de  intermediaci&oacute;n. La libreta de sanidad ratifica el reconocimiento oficial de una  prostituci&oacute;n voluntaria dependiente de un tercero. Su primera extensi&oacute;n no va  acompa&ntilde;ada de ninguna entrevista orientada a evaluar las motivaciones de la  principiante, su consentimiento y las modalidades de su reclutamiento<sup>7</sup>.  Al igual que en el caso del proxenetismo, la descalificaci&oacute;n del consentimiento  solo se aplica a las formas m&aacute;s coercitivas del reclutamiento o si se trata de  menores y de extranjeros indocumentados. </font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Los silencios del sistema penal son tambi&eacute;n los de las mujeres con las  que me he encontrado. A pesar de que los modos de reclutamiento observados  coinciden con los esquemas de la presentaci&oacute;n cl&aacute;sica de la trata, callan  sistem&aacute;ticamente la existencia de coacci&oacute;n. La influencia del reglamentarismo y  de sus pr&aacute;cticas limita probablemente la emergencia de la figura de la v&iacute;ctima  interpuesta por el discurso abolicionista. Pero el entorno legal no lo es todo:  los discursos de las mujeres sobre su entrada a la prostituci&oacute;n muestran que si  hay coerci&oacute;n, esta no enajena todo margen de maniobra y de elecci&oacute;n. Entender  esto permite comprender mejor el apego de las mujeres a un sistema que de otra  manera podr&iacute;a ser percibido como una extensi&oacute;n de las coerciones del  reclutamiento.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana"><b>El reclutamiento visto    por las mujeres </b></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">En Bolivia la trata existe en el  sentido estricto del t&eacute;rmino: muchachas que sufrieron abusos son despojadas de  sus documentos de identidad, aisladas y obligadas por amenazas a prostituirse  por lo menos hasta reembolsar los gastos de viaje y los anticipos concedidos  bajo el pretexto de un empleo en otros sectores, especialmente el de la  gastronom&iacute;a. No obstante, en el transcurso de los cuatro a&ntilde;os de investigaci&oacute;n  nunca he recogido un testimonio de este tipo y los pocos casos que me han sido  reportados correspond&iacute;an todos a menores<sup>8</sup>.  He conversado de las condiciones de su entrada a la prostituci&oacute;n con m&aacute;s de  cincuenta mujeres de todos los or&iacute;genes. Casi todas mencionan un encuentro -con  una persona que las deslumbr&oacute; con su dinero antes de proponerles trabajar como  mesera o lavandera en un establecimiento de prostituci&oacute;n- como el  acontecimiento desencadenante; el resto (y su n&uacute;mero no es nada despreciable)  dice haber tomado la iniciativa de contactar a alguna persona del ambiente.  Para las dem&aacute;s, una vez en el lugar, el puesto de mesera se volvi&oacute; un trabajo  de dama de compa&ntilde;&iacute;a, y luego de prostituta. La exposici&oacute;n de los modos de  reclutamiento permite entender mejor las sutilezas de estos itinerarios al  final de los cuales las mujeres presentan su entrada a la prostituci&oacute;n como el  aprovechar una oportunidad. As&iacute;, he escuchado testimonios ambiguos, en los que  la frontera anal&iacute;tica entre la coerci&oacute;n, la resignaci&oacute;n, la aceptaci&oacute;n y la  estrategia a menudo parece ineficaz para restituir la ambivalencia de la experiencia  de mis interlocutoras.     <br>   La mayor&iacute;a de los  reclutadores son intermediarios informales. Ellos mismos trabajan en un  lenocinio o son conocidos del locatario, por ejemplo los taxistas. M&aacute;s que  profesionales son oportunistas. Las mujeres a las que enganchan pueden ser su  vecina, una antigua compa&ntilde;era de escuela, la empleada de la pensi&oacute;n en la que  almuerzan, muchachas con las que se encontraron en un bar o una discoteca, en  muchos casos trabajadoras dom&eacute;sticas que salen a divertirse en su d&iacute;a libre. Estos  intermediarios a menudo cobran una comisi&oacute;n, aunque no siempre. Muchos creen  sinceramente que est&aacute;n haciendo un favor a la recluta. Ayudar a una conocida o  a una pariente, a veces la propia hermana, a salir de una mala racha es tambi&eacute;n  el principal motivo de las mujeres de los prost&iacute;bulos, quienes en &uacute;ltima  instancia son sus principales enganchadoras. Los profesionales del  reclutamiento son menos numerosos. Estos tienen un buen conocimiento del  mercado y ofrecen sus servicios a los diferentes establecimientos del pa&iacute;s,  cuando no son ellos mismos locatarios. Operan principalmente en los prost&iacute;bulos  (a cuyo personal recontratan), los lugares de diversi&oacute;n, pero tambi&eacute;n las  terminales de buses donde llegan a diario migrantes de provincia en busca de  trabajo, y los alrededores de las agencias de empleo (donde colocan tambi&eacute;n  anuncios). Las mujeres que parecen estar solas (especialmente las j&oacute;venes  fugitivas), un poco perdidas, aparentan no lograr llegar a fines de mes o  atrevidas se detectan r&aacute;pidamente. Si los padres est&aacute;n en los alrededores, a  veces se les contacta y se les da un anticipo.     <br>   La revelaci&oacute;n que  tiene lugar a la llegada al establecimiento de prostituci&oacute;n es a veces brutal.  Ordenan a la mujer que se cambie y la lanzan al mercado. Otras veces los locatarios  intentan prolongar la ilusi&oacute;n creada por el reclutador, alternando entre  coerci&oacute;n y demostraci&oacute;n de las promesas de la prostituci&oacute;n. He aqu&iacute; c&oacute;mo un  locatario de Cochabamba presentaba la manera en que convence a las  principiantes a dar el paso, en colaboraci&oacute;n con el resto del personal: </font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Para recibirlas,  preparas un espect&aacute;culo, se chupan, bailan y luego duermen. Al d&iacute;a siguiente  est&aacute;n felices. Ah&iacute; las ri&ntilde;es, les dices que tienen que atender mejor a los  clientes, les explicas c&oacute;mo funciona el negocio. Luego las llevas a comer bien.  Un cacho mal&hellip; un cacho bien. Al principio las tratas bien, haces fiesta y para  esto est&aacute;n los garzones y las otras chicas. Tratan de hacerles pasar buenos  ratos. [&hellip;] Pero lo m&aacute;s jodido es cuando empiezan a hacer pieza y no se  acostumbran a los clientes. Unos dos d&iacute;as est&aacute;n raras. Sabes como es eso,  tienes que explicarles bien, y &iquest;c&oacute;mo se les explica?, con pr&aacute;ctica. Yo ya no  las inicio. No me gusta&hellip; pero yo tengo algunos garzones que saben, les ense&ntilde;an,  as&iacute; se dan cuenta c&oacute;mo tienen que hacer (Roth y Fern&aacute;ndez, 2004).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Sin embargo,  generalmente se invita a la reci&eacute;n reclutada a empezar como dama de compa&ntilde;&iacute;a,  con la promesa de que no tendr&aacute; que aceptar relaciones sexuales. Otras veces  ella ocupa un empleo dom&eacute;stico sin contacto con los clientes. Este es el caso  de Mar&iacute;a a la que conoc&iacute; en Sucre. Originaria de un pueblo de los alrededores,  se hab&iacute;a presentado en una agencia de empleo privada en Santa Cruz. All&iacute; se  top&oacute; con una mujer que le propuso un puesto de mesera en un restaurante de La  Paz. Durante nuestro primer encuentro en 2008, Mar&iacute;a me cont&oacute;, sin emoci&oacute;n  aparente, los acontecimientos que han desembocado en su primera relaci&oacute;n sexual  remunerada. Entonces ten&iacute;a 16 a&ntilde;os: </font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">&lsquo;&iquest;No quieres viajar a  La Paz?&rsquo; [pregunt&oacute; la se&ntilde;ora a Mar&iacute;a]. Yo quer&iacute;a. Me hablaba de lo bonito que  era La Paz, me dijo que era para trabajar en un restaurante de mesera. &lsquo;Quiero  viajar&rsquo;, le dije, &lsquo;pero no tengo documentos&rsquo;. &lsquo;No importa, all&aacute; te voy a sacar  documento&rsquo;.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Varias otras mujeres hab&iacute;an sido reclutadas. Mar&iacute;a dice que eran m&aacute;s  despiertas que ella, sab&iacute;an d&oacute;nde se estaban metiendo. La locataria pag&oacute; los  pasajes para La Paz, tomando el cuidado de separar a las mujeres dentro del bus  para no llamar la atenci&oacute;n. Mar&iacute;a la describe como muy amable y comprensiva.  Mientas sus compa&ntilde;eras empezaron de principio como prostitutas, Mar&iacute;a entr&oacute;  primero a la cocina.     <br>   Las otras chicas me  dijeron: &lsquo;Ah&iacute; adentro no ganas nada. Salite afuera que vas a ganar propina&rsquo;. Yo  miraba la plata que agarraban. Ve&iacute;a chicas bien vestidas, bien bonitas, bien  cambiaditas&hellip; Nosotras, en Santa Cruz camin&aacute;bamos con chinelas, las otras con  botas y taconcitos. Y me anim&eacute; a salir de la cocina para trabajar de mesera.  Habl&eacute; con la se&ntilde;ora, me hizo mi trajecito [una falda y una blusa], y empec&eacute; a  trabajar de mesera, ganaba yo la plata&hellip; [&hellip;] Primero me compr&eacute; zapatos y un  pantal&oacute;n. Despu&eacute;s [la locataria] me sac&oacute; mi carnet [falso], como ten&iacute;a que ser  mayor de edad para que pueda trabajar [y tener la libreta de sanidad]. [&hellip;] Un  d&iacute;a para que yo entre al ambiente a trabajar [vender servicios sexuales] sucede  que un cliente vino bien encorbatado. Toma asiento, me mira de pies a cabeza,  pide un whisky, le traigo, le pregunto qu&eacute; desea, me mira y dice: &lsquo;Te deseo a  vos&rsquo;. &lsquo;Yo soy garzona, no trabajo&rsquo;. </font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Una semana m&aacute;s  tarde, el hombre volvi&oacute;. No hab&iacute;a muchas mujeres y el patr&oacute;n le dijo a Mar&iacute;a:  &ldquo;Anda. Ati&eacute;ndelo, est&aacute;s perdiendo plata, vas a ganar tus extras&rdquo;. Animada por  el alcohol, Mar&iacute;a pronto se encontr&oacute; en la habitaci&oacute;n reservada a las  relaciones sexuales con &ldquo;su&rdquo; primer cliente:    <br>   &nbsp;    <br>   Estaba hablando sus cosas, y yo estaba en otro planeta. Me hab&iacute;a dado  200 y mi brazo est&aacute; lleno de fichas [sus vales sobre el consumo de alcohol del  cliente]. Le tom&eacute; inter&eacute;s al trabajo, me gust&oacute; agarrar plata, me sal&iacute; de  garzona y entr&eacute; al ambiente a trabajar nom&aacute;s.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Como tantas otras  de mis interlocutoras, Mar&iacute;a relata los hechos como si fueran banales. Esta  banalizaci&oacute;n refleja el proceso ambivalente, en el que la seducci&oacute;n del dinero  r&aacute;pido es un motor esencial, que lleva a las mujeres a recordar como suave la  presi&oacute;n de los due&ntilde;os y de los colegas, quienes les incitan a dar el paso. Los  enga&ntilde;os, las presiones, la necesidad de reembolsar al due&ntilde;o que confisca los  documentos de identidad, se relatan con un tono informativo, nunca vengativo.  Otros testimonios se&ntilde;alan una decisi&oacute;n m&aacute;s r&aacute;pida ligada a una necesidad  urgente de dinero debido a la p&eacute;rdida de un empleo, la enfermedad de un  pariente o una deuda. Sigue una fase de transici&oacute;n, que las mujeres eval&uacute;an  entre una semana y un mes, el tiempo de acostumbrarse. Luego, una vez la rutina  instalada, e independientemente del grado de coerci&oacute;n que se ha ejercido sobre  ellas, todos los relatos convergen en una reinterpretaci&oacute;n de la entrada a la  prostituci&oacute;n en t&eacute;rminos de un encuentro con un mediador oportuno.    <br>   Los discursos  recogidos no se parecen entonces al testimonio t&iacute;pico de la v&iacute;ctima que  alimenta las posiciones abolicionistas. Presentar al reclutador como a un  auxiliar bienvenido, ocultar la coerci&oacute;n para destacar la elecci&oacute;n, preferir  presentarse como actor de su vida antes de mostrar la cara destrozada de una  v&iacute;ctima heter&oacute;noma forman parte de un proceso de idealizaci&oacute;n cl&aacute;sico dentro de  los relatos de vida. No obstante, me parece que el hecho de que se oculten la  violencia y la coerci&oacute;n no se puede analizar &uacute;nicamente como un procedimiento  narrativo que participa de la estructuraci&oacute;n ps&iacute;quica del narrador. Siempre es  problem&aacute;tico interpretar la relaci&oacute;n de una tercera persona con su experiencia.  Sin embargo, creo que omitir la coerci&oacute;n responde tambi&eacute;n al hecho de que la  entrada a la prostituci&oacute;n puede ser vivida efectivamente como el  aprovechamiento de una oportunidad con beneficios reales.     <br>   Aunque algunas de  ellas reconocen haber sido enga&ntilde;adas, no lo invocan para justificar su entrada  a la prostituci&oacute;n. Ponen sistem&aacute;ticamente el acento en la decisi&oacute;n de  continuar. Afirman que hubieran podido dar marcha atr&aacute;s, pero que tomaron otro  camino. Por supuesto, el hecho de que les confisquen sus documentos o de haber  tenido relaciones sexuales remuneradas vergonzosas, as&iacute; como la presi&oacute;n de los  locatarios para obtener el reembolso de los anticipos complican la fuga. Las  m&aacute;s j&oacute;venes, especialmente las menores, a menudo no tienen los recursos  &ndash;ps&iacute;quicos y monetarios&ndash; para resistir su influencia. &iquest;Pero qu&eacute; pensar de las  m&aacute;s mayores, que han empezado entre los 18 y 20 a&ntilde;os y que constituyen la gran  mayor&iacute;a de mis interlocutoras? Generalmente conocieron un tiempo de latencia  antes de entrar en acci&oacute;n, un tiempo durante el cual, una vez entendido lo que  les esperaba, pod&iacute;an decidir irse. De hecho, algunas lo hacen. Los archivos de  los servicios de salud muestran que hay mujeres que solicitan ayuda del  personal m&eacute;dico para salir del medio. En este sentido, los controles sanitarios  obligatorios limitan la posibilidad de los locatarios de los establecimientos  oficiales de secuestrar a sus residentes.    <br>   Si la exposici&oacute;n de  los procesos de enrolamiento en la prostituci&oacute;n en el contexto particular de  Bolivia aporta a la reflexi&oacute;n sobre la interiorizaci&oacute;n de la coerci&oacute;n que  desemboca en el consentimiento es porque muestra que el proceso no es un&iacute;voco.  Van y vienen sentimientos contradictorios. Hay mujeres que ceden a las  presiones, se resignan, antes de presentarse a s&iacute; mismas consintiendo y, finalmente,  como satisfechas de haber aprovechado esta oportunidad. Se niegan  conscientemente el estatus de v&iacute;ctima que ciertos actores de las ONG, de las  fundaciones religiosas y de la prensa gustar&iacute;an hacerles jugar. Por supuesto,  las reinterpretaciones <em>a</em> <em>posteriori</em> pueden ser tranquilizadoras. Al mismo tiempo, hay que admitir que  la decisi&oacute;n de permanecer en la prostituci&oacute;n moviliza un grado real de  autonom&iacute;a. El hecho de que muchas abandonen la actividad cuando han logrado  determinados objetivos (acumular un capital, adquirir una vivienda, encontrar a  un hombre que las mantiene, etc&eacute;tera) rebate la hip&oacute;tesis seg&uacute;n la cual la  degradaci&oacute;n (f&iacute;sica y psicol&oacute;gica) y la marginalidad social no permitir&iacute;an  considerar una salida. Desde la apertura de los lenocinios, muchas mujeres  llevan una doble vida, pasando largos ratos con su familia y sus hijos. Algunas  poseen un comercio. La juventud de las mujeres, entre 20 y 30 a&ntilde;os en promedio,  tambi&eacute;n demuestra que hay una vida despu&eacute;s de la prostituci&oacute;n. Las idas y venidas  que salpican algunas trayectorias (despu&eacute;s del fracaso de un negocio para  aumentar su capital o enfrentar otros gastos) complican a&uacute;n m&aacute;s el an&aacute;lisis. En  este caso, las mujeres sab&iacute;an indudablemente donde se met&iacute;an. Evidentemente,  considerando la ausencia de alternativa profesional y econ&oacute;mica favorable, se  trata de un consentimiento limitado en lo que respecta a la elecci&oacute;n. Pero no  es totalmente alienado y se entiende porque, una vez vencidas las resistencias,  a ojos de las mujeres la actividad ofrece ventajas que superan las p&eacute;rdidas que  ocasiona (en t&eacute;rminos de calidad de vida en la cotidianidad, de mirada sobre s&iacute;  misma y del peso del secreto).    <br>   Por lo tanto, la resignaci&oacute;n no es incondicional, tampoco es el mero  resultado de circunstancias externas. Moviliza intereses que en cierto momento  de la vida de las mujeres les parecen prioritarias. Comprender esto supone  tener en cuenta su probable vida fuera de la prostituci&oacute;n, tal como lo hacen  ellas mismas. La prostituci&oacute;n suele suceder a otras experiencias laborales que  comenzaron mucho tiempo antes, generalmente a los 12 o 13 a&ntilde;os de edad. Por lo  tanto, ellas conocen su posici&oacute;n en el mercado laboral convencional, y las  dificultades de poder ahorrar para abrir un comercio, un proyecto de muchas  mujeres de su medio social. Aunque los ingresos de la prostituci&oacute;n son  precarios, son bastante superiores a los que se perciben en el trabajo  dom&eacute;stico y el sue&ntilde;o de &ldquo;hacer una buena noche&rdquo; renueva continuamente la  movilizaci&oacute;n de las mujeres. A trav&eacute;s de su actividad encuentran tambi&eacute;n  hombres, a veces bien posicionados, dispuestos a darles una mano e inclusive a  mantenerlas. As&iacute;, cuando se habla de adhesi&oacute;n de las mujeres, esta no se debe  entender tanto como adhesi&oacute;n a la prostituci&oacute;n misma, sino a que posibilita un proyecto  de ascenso social dif&iacute;cilmente viable en otras condiciones. Como propone Paola  Tabet (2004: 118), comparar &ldquo;los grados de coerci&oacute;n o de autonom&iacute;a de las  mujeres en las diversas formas de relaci&oacute;n tiene un sentido preciso: respectar,  intentar comprender y analizar las elecciones que hacen las mujeres mismas,  incluso si todas estas elecciones permanecen dentro de los sistemas de  dominaci&oacute;n masculina y no permiten escapar de ellos&rdquo;. En un mundo de  oportunidades limitadas, las mujeres cambian una forma de dominaci&oacute;n, -la de  las coerciones del ejercicio de la prostituci&oacute;n-, contra otra, la de ser  empleadas subalternas por toda la vida o el depender de un c&oacute;nyuge. El dinero  generado por la prostituci&oacute;n permite pagar los estudios de los hijos, comprar  una casa, invertir en un comercio y renegociar su lugar en la sociedad y dentro  de la familia. Yuli, una mujer madura que hizo su entrada a la prostituci&oacute;n  relativamente tarde, compara en t&eacute;rminos elocuentes la violencia que sufr&iacute;a  como esposa con su nueva posici&oacute;n: &ldquo;Antes de entrar en el ambiente, mi marido  no me bajaba de &lsquo;puta&rsquo;. Ahora los clientes me dicen: &lsquo;Hola princesa, me gustas,  &iquest;quieres tomar algo?&rsquo;&rdquo;.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana"><em><b>Mamas grandes</b></em><b> y locatarios&nbsp; </b></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Poseer un lenocinio es a menudo un  negocio de familia. En el momento de la investigaci&oacute;n, ocho de los diez  propietarios de los establecimientos de prostituci&oacute;n de Potos&iacute; resid&iacute;an en el  lugar o cerca. Tanto entre los propietarios como entre los administradores hay  claramente m&aacute;s mujeres que hombres. Esta feminizaci&oacute;n parece estar relacionada  con una antigua obligaci&oacute;n reglamentaria. Efectivamente, las ordenanzas del  siglo pasado solo hablan de &ldquo;regentas&rdquo;. La mayor&iacute;a son mujeres del ambiente que  han subido de grado. En cambio, los establecimientos m&aacute;s exclusivos  generalmente est&aacute;n en manos de hombres. Se trata a menudo de antiguos meseros o  de hombres de negocio ligados al mundo de la noche y del narcotr&aacute;fico. De la  relaci&oacute;n entre los propietarios y las autoridades depende el buen  funcionamiento del establecimiento. De hecho, los propietarios est&aacute;n bastante  bien integrados en la sociedad local; &iexcl;en Potos&iacute;, incluso, est&aacute;n afiliados a la  Federaci&oacute;n de Microempresarios!     <br>   El locatario (due&ntilde;o o administrador) gestiona el negocio y vela por el  orden. Detr&aacute;s del mostrador, cobra, registra el n&uacute;mero de relaciones sexuales,  y distribuye las pulseras que corresponden a las comisiones de las mujeres por  las bebidas. En las horas muertas, a menudo la administraci&oacute;n se conf&iacute;a a una  mujer de confianza de la casa. Un sistema de multas regula el trabajo: cuando  las mujeres llegan tarde, se pelean o no atienden las reuniones convocadas por  el locatario. Sin embargo, ahora se acepta que las mujeres tienen derecho a  rechazar ciertos servicios y clientes. La participaci&oacute;n en los beneficios  refuerza su lealtad y raras veces el locatario ejerce presi&oacute;n para obligar a  las mujeres a ser m&aacute;s activas. Sobre todo, ha surgido una nueva figura: la de  la prostituta que reside fuera del lenocinio y que decide sus d&iacute;as y horarios  de trabajo. Estas mujeres que tienen una vida fuera de los prost&iacute;bulos son sin  duda las que mejor salen adelante.    <br>   La apertura de los  lenocinios ha reconfigurado la relaci&oacute;n de fuerzas entre las mujeres y los  locatarios sin poner en tela de juicio la primac&iacute;a de las relaciones  interpersonales en relaciones laborales que, en ausencia de contratos escritos,  se rigen por la costumbre. Los locatarios, tratados de usted y nunca llamados  de otra manera que no sea la de Don y Do&ntilde;a (seguido por su nombre), son  personajes a los que se debe respeto. Afirman que esa es la base de su  autoridad y el garante de la tranquilidad del establecimiento constantemente  amenazada por los efluvios del alcohol. Esta autoridad pasa por una  manipulaci&oacute;n, no necesariamente c&iacute;nica, de los afectos que atraviesan la relaci&oacute;n  con las residentes. T&iacute;pico del proxenetismo, la alternancia entre lo maternal y  la aplicaci&oacute;n de la disciplina, entre sanciones y recompensas (financieras y  emocionales), evoca los engranajes de la relaci&oacute;n patrona/empleada dom&eacute;stica en  el contexto latinoamericano. La relaci&oacute;n con los locatarios masculinos tambi&eacute;n  puede tener una dimensi&oacute;n er&oacute;tica. Muchos mantienen relaciones sexuales con  algunas mujeres, lo que complica a&uacute;n m&aacute;s el entramado entre afectos y  relaciones de trabajo. Ya sea que ellos mismos se encargan o que delegan este  rol a los meseros, los locatarios juegan con el sentimiento amoroso para  enrolar y retener a las principiantes, sobre todo las m&aacute;s j&oacute;venes. Pero ya sean  hombre o mujer, las artima&ntilde;as de los locatarios son primero configuradas por el  modelo protector autoritario de la <em>madame</em>, que a veces a&uacute;n es llamada &ldquo;mama grande&rdquo;. Es en contrapunto a  esta figura y de lo que ella representa de la infantilizaci&oacute;n de las mujeres  intr&iacute;nseca al reglamentarismo, que estas &uacute;ltimas, independientemente de su  edad, son denominadas <em>las chicas </em>-m&aacute;s  popularmente <em>las ni&ntilde;as</em>-, tambi&eacute;n  por los funcionarios p&uacute;blicos.    <br>   El estatus de la  locataria est&aacute; ligado a su capacidad de generar deuda, tanto emocional como  econ&oacute;mica. Se encarga del arribo de las nuevas reclutas llegadas sin un centavo  (y a veces ya endeudadas) y distribuye los anticipos. Otras le conf&iacute;an sus  ahorros. Los d&iacute;as feriados, los locatarios organizan una parrillada o llevan a  toda la casa a ba&ntilde;arse en las aguas termales de los alrededores de Potos&iacute;. En  Navidad, se distribuyen panetones o cubrecamas a modo de aguinaldo. Por lo  tanto, la locataria dispensa favores -dinero,  una buena habitaci&oacute;n, una noche libre, la autorizaci&oacute;n de llevar a un cliente a  la habitaci&oacute;n, una ayuda extra en caso de enfermedad o de embarazo, etc&eacute;tera- pero tambi&eacute;n consejos sobre temas tan  diversos como la relaci&oacute;n con los hombres, la interpretaci&oacute;n de los sue&ntilde;os, el  robo organizado o la educaci&oacute;n de los ni&ntilde;os. Ella conoce a todos por su nombre  y distribuye sonrisas a los que hacen sus primeros pasos en el patio del local.  En torno a los locatarios y a las mayores, la casa funciona como una familia de  sustituci&oacute;n para mujeres, a menudo muy j&oacute;venes y alejadas de sus familias.  Ofrece un espacio de vida social y de camarader&iacute;a que extra&ntilde;an quienes han  salido. Algunas residentes eligen institucionalizar ritualmente la deuda  tomando como madrina o padrino a un locatario o una locataria (para s&iacute; mismas o  para sus hijos), reforzando as&iacute; la traducci&oacute;n de las relaciones de trabajo en  el parentesco. Los locatarios tambi&eacute;n se ocupan de la organizaci&oacute;n de los  rituales que, por lo menos una vez al mes, confirman la comunidad de destino de  todos los residentes en una misma dependencia de las deidades de la  prosperidad.     <br>   Por supuesto, todo esto no impide fricciones y conflictos. Las  principales quejas de las mujeres no se dirigen sin embargo a la figura del  locatario. Se quejan sobre todo de la dificultad de que les paguen puntual y  cabalmente. La aparici&oacute;n de organizaciones de prostitutas introduce la  posibilidad de que esos conflictos ya no se resuelvan &uacute;nicamente a nivel  interpersonal. Tras la oposici&oacute;n inicial, hoy los propietarios se han resignado  a su existencia. No ten&iacute;an otra opci&oacute;n ya que su supervivencia depende de las  instituciones sanitarias que apoyan a estas organizaciones. Hoy, su legitimidad  se basa &uacute;nicamente en su capacidad de garantizar el proyecto sanitario del  reglamentarismo, por lo cual son los primeros en recordar a las mujeres su  visita m&eacute;dica y acuden servilmente a las reuniones convocadas por el personal  de salud. Las reivindicaciones respecto al reconocimiento del trabajo sexual  les resultan igualmente propicias, aboca a favor de su estatus de  microempresarios.     <br>   La lealtad, incluso  el afecto, que las mujeres a menudo muestran hacia los locatarios se ha  interpretado como una especie de s&iacute;ndrome de Estocolmo, un lazo traum&aacute;tico  creado por la alternancia entre buenos y malos tratos<sup>9</sup>.  Roth y Fern&aacute;ndez (<em>Ib&iacute;d</em>.)  subrayan con raz&oacute;n que esta interpretaci&oacute;n no toma en cuenta lo que esta  relaci&oacute;n representa en la vida de las mujeres. Sin embargo, reducen esta  constataci&oacute;n al hecho de que las mujeres encontrar&iacute;an en ella la ilusi&oacute;n de una  atenci&oacute;n y un apoyo de los que habr&iacute;an estado privadas en sus familias. La  interpretaci&oacute;n, criticada por Dominique Vidal (2007), seg&uacute;n la cual las  prostitutas, como los sirvientes, reproducir&iacute;an un modelo tradicional donde el  subalterno se somete a su patr&oacute;n a cambio de protecci&oacute;n es igualmente  reduccionista. Por supuesto, algunas mujeres son emocionalmente vulnerables, y  en un contexto en el que la ayuda social no viene del Estado todas aprecian la  ayuda de los locatarios. No obstante, del mismo modo que la imagen  simplificadora de la v&iacute;ctima heter&oacute;noma, estas explicaciones omiten el proyecto  econ&oacute;mico de la prostituci&oacute;n y su peso en la manera en la que las mujeres viven  su presencia en los lenocinios. De hecho, es a partir de la adecuaci&oacute;n de las  actuaciones de los locatarios a su objetivo de ascenso social -su honestidad,  la rapidez con la que pagan, su solidaridad- que las mujeres eval&uacute;an su  relaci&oacute;n con ellos. La manipulaci&oacute;n de los afectos no lo explica todo. El  discurso de Marisol, dirigente de la organizaci&oacute;n de Potos&iacute;, en la reuni&oacute;n que  sigui&oacute; al bloqueo de caminos atestigua que si hay una dependencia afectiva,  esta no es incondicional: </font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Es un favor que est&aacute;n haciendo las chicas de apoyar a los due&ntilde;os de los  locales. Porque nosotras podemos trabajar en otra parte, llevar nuestro trabajo  con nosotras. &iquest;Por qu&eacute; de do&ntilde;a Lola no se han ido sus 10 chicas? Porque nos da  almuerzo. No estaremos pidiendo sopa y segundo, pero a lo menos que se nos d&eacute;  comida. Nosotras, si estamos ac&aacute; apoy&aacute;ndoles a ustedes es que nos hemos sacado  pr&eacute;stamo del banco. Pero al a&ntilde;o vamos a devolver esta plata, al a&ntilde;o ya no vamos  a poner nuestros hijos en los colegios de Potos&iacute;, y nos iremos.    <br>   &nbsp;    <br>   <b>Prostitutas y  clientes&nbsp;&nbsp; </b></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Peque&ntilde;os funcionarios y mineros son  los pilares de los lenocinios del barrio de San Roque. La multiplicaci&oacute;n de los  espacios alternativos como los karaokes o los anuncios en la prensa han  terminado por absorber a la clientela de m&aacute;s categor&iacute;a. Hoy, las mujeres de los  establecimientos populares y sus clientes pertenecen por lo tanto a las mismas  capas sociales. Esto favorece el establecimiento de relaciones bastante particulares,  orquestadas por las mujeres, quienes intentan neutralizar el poder de los  clientes y de su dinero a trav&eacute;s de lo que llaman su dominaci&oacute;n sobre los  hombres (Absi, en prensa). Tal y como lo entienden las prostitutas, dominar  consiste en obligar a los clientes a terminar su dinero por todos los medios,  incluido el robo y, de esta manera, en construir el intercambio  econ&oacute;mico-sexual como una deuda infinita que anula la idea de tarifa. Tambi&eacute;n  consiste en humillarlos con bromas y reflexiones despectivas. Estos mecanismos  castradores atacan a las pretensiones triunfalistas de una sexualidad masculina  fundada en el dinero. En presencia de testigos, las mujeres suben el tono,  haciendo p&uacute;blica una transacci&oacute;n que recuerda a los hombres que su presencia no  es un favor que hacen a las prostitutas. Obviamente opera el efecto de grupo; a  solas, las mujeres est&aacute;n a menudo m&aacute;s relajadas y pueden jugar a las seductoras  (o dejarse seducir). La &ldquo;dominaci&oacute;n&rdquo;, sin embargo, constituye el marco ideal de  la relaci&oacute;n prostituta/cliente. Este comportamiento viene facilitado por la  organizaci&oacute;n de las casas, donde la vigilancia permanente del locatario les  permite multiplicar sin miedo sus provocaciones. Regularmente planteada por la  prensa, la cuesti&oacute;n de la violencia de los clientes se ve autom&aacute;ticamente  respondida por un &ldquo;hay que saber hacerse respetar&rdquo;.    <br>   La regulaci&oacute;n de las relaciones entre prostituta y cliente pasa tambi&eacute;n  por el uso colectivo de mecanismos coercitivos. Las que no juegan el juego de  la dominaci&oacute;n o se ofrecen demasiado (enganchando ostensiblemente a los  clientes o bajando precio) se exponen a sanciones f&iacute;sicas. Los principales  blancos de las palizas colectivas son las nuevas reclutas. &ldquo;Cuando llegas,  todas tienen el derecho de partirte la cara&rdquo;, explica Karina. Eso hasta que las  nuevas tomen su sitio, por carisma o por violencia, dentro de la jerarqu&iacute;a que  distingue a las novatas de las mujeres experimentadas. Estas normas que las  mujeres se imponen y sancionan vienen a llenar los vac&iacute;os de una reglamentaci&oacute;n,  que solo se interesa por las relaciones de las prostitutas con la sociedad y no  por sus condiciones de vida y de trabajo dentro de los prost&iacute;bulos.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana"><b>Un sistema que parece  estar destinado a la permanencia</b></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Desde el final del r&eacute;gimen de confinamiento y la desaparici&oacute;n de  los registros policiales, la regulaci&oacute;n de la prostituci&oacute;n en Bolivia est&aacute;  organizada en torno a la tenencia obligatoria de la libreta de sanidad.  Mientras que las directivas internacionales de la Organizaci&oacute;n Mundial de la  Salud (OMS), del Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/Sida  (ONUSIDA) o del Fondo Mundial contra el sida, consideran este documento  discriminatorio por ser contrario a una salud p&uacute;blica universal y poco eficaz;  estos organismos se acomodan a ello cuando act&uacute;an como financieras en Bolivia.  Al parecer cualquier cambio solo podr&iacute;a venir de la sociedad civil y de las  prostitutas mismas.     <br>   Desde 2009, la organizaci&oacute;n nacional de las prostitutas bolivianas  (ONAEM) se ha emancipado de los discursos de las instituciones que se dirigen  contra la profesionalizaci&oacute;n para reclamar el reconocimiento del trabajo sexual  (ver: www.onaem.org; Absi, 2010). Este giro se debe en gran parte a la  influencia de la ONG danesa IBIS-HIVOS, que gestiona los financiamientos del  Fondo Mundial contra el Sida para Bolivia, y de la Red TraSex<sup>10</sup>,  pero coincide con el sentimiento profundo de las mujeres de ser trabajadoras.  La reivindicaci&oacute;n de la profesionalizaci&oacute;n no pone en tela de juicio la  existencia de los lenocinios. De hecho, la dependencia hacia los locatarios es  uno de los argumentos que incita a las mujeres a considerar su actividad como  un trabajo: los horarios y las multas aparecen como coerciones cl&aacute;sicas del  mundo laboral. Al mismo tiempo, la idea de convertirse legalmente en  trabajadoras sometidas al C&oacute;digo del Trabajo no es un&aacute;nimemente aceptado. Al  tiempo que reconocen la importancia de contar con una jubilaci&oacute;n y la seguridad  social, muchas mujeres temen que la contractualizaci&oacute;n restrinja su autonom&iacute;a  actual. He aqu&iacute; lo que dec&iacute;a Luz sobre el tema -entonces era dirigente  nacional-, durante el congreso fundador de la ONAEM en 2005 (despu&eacute;s la  posici&oacute;n de la organizaci&oacute;n ha cambiado, pero los temores persisten): </font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">Qu&eacute; m&aacute;s le conviene al due&ntilde;o del local decir: &lsquo;Muy bien se&ntilde;orita, usted  me est&aacute; pidiendo que le reconozca como trabajadora sexual. Ven, firma aqu&iacute;&rsquo;. Y  no te va a hacer firmar por un mes, dos meses, el contrato de trabajo es un a&ntilde;o  m&iacute;nimo. Dense cuenta, si ser&iacute;a mi patr&oacute;n, yo no tuviera voz ni voto de decidir  cu&aacute;ndo voy a trabajar, cu&aacute;nto voy a cobrar, ni cu&aacute;nto tiempo voy a estar, ni  qu&eacute; voy a hacer. En vez de salir beneficiadas, vamos a salir con p&eacute;rdida. Si  cobramos 100, &iquest;cu&aacute;nto vamos a cobrar?; &iquest;El 5%, el 10%? Ya no podremos decidir,  &eacute;l va a decidir de nuestro sueldo. Por ahora nosotras nos ponemos precio. Si  queremos rebajamos, si queremos aumentamos&hellip; Pero si fuera trabajo, no podr&iacute;amos  decidir, &lsquo;yo quiero cobrar tanto&rsquo;. &lsquo;Si t&uacute; est&aacute;s trabajando, tienes que cumplir  a todo lo que te diga yo&rsquo;, dir&iacute;a el due&ntilde;o, &lsquo;tienes que acudir a tal hora&rsquo;. Qu&eacute;  m&aacute;s no quiere el due&ntilde;o: &lsquo;Bueno, est&aacute; bien, yo le voy a pagar mensual tanto, t&uacute;  te vas a acostar con &eacute;ste, con &eacute;ste&rsquo;. Y t&uacute; ya no tienes derecho a reclamar.  &iquest;Por qu&eacute;? Porque ya has firmado un documento, tienes que seguir all&iacute;. </font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">No importa la manera con la cual Luz represente las regulaciones que  conllevar&iacute;a el reconocimiento legal del trabajo sexual (y omita la posibilidad  de un ejercicio independiente), su discurso atestigua el apego de las mujeres  al sistema establecido por la libertad que ofrece. Aunque algunas dirigentes  han tomado recientemente una posici&oacute;n en contra, la mayor&iacute;a de las mujeres  sigue siendo igualmente favorable a la libreta de sanidad. Es que este  documento, que funciona como un permiso de trabajo, es entendido como una  licencia profesional que formaliza lo que las mujeres consideran ser sus  competencias particulares y su rol social (Robert, 2012). As&iacute;, en el sitio de  la ONAEM, la revista en l&iacute;nea <em>Emancipaci&oacute;n</em> (2011: 18) proclama: &ldquo;Las Trabajadoras Sexuales le damos batalla abierta y  frontal a la epidemia de VIH/SIDA, tanto en nuestro rol como activistas y  promotoras del uso del cond&oacute;n, como en nuestro diario devenir entre un cliente  y otro&rdquo; (www.onaem.org). Reforzada por la epidemia del Sida, esta  reinterpretaci&oacute;n de la principal obligaci&oacute;n del reglamentarismo probablemente  no sea &uacute;nica en el contexto boliviano. Lo que es m&aacute;s particular es el margen de  maniobra del que disponen las mujeres desde la apertura de los lenocinios, el  fin de las matr&iacute;culas policiales y la existencia de una libreta &uacute;nica: la  elecci&oacute;n de los clientes y de los servicios, un mejor acceso a los beneficios,  el ir y venir entre los establecimientos, las ciudades y las formas de  prostituci&oacute;n en busca de mejores oportunidades, o el salir definitivamente del  ambiente. Todas estas mejoras ayudan a superar las restricciones de la  prostituci&oacute;n al punto de represent&aacute;rsela como una elecci&oacute;n en un proyecto de  ascenso social. Es esta subversi&oacute;n del sistema la que asegura parad&oacute;jicamente  su persistencia. Ni las posiciones abolicionistas ni las que apuntan al  reconocimiento del trabajo sexual han vencido a los vestigios del  reglamentarismo boliviano. Este funciona ahora como una co-construcci&oacute;n donde  se articulan la influencia de las instituciones nacionales e internacionales  con las obligaciones reglamentarias y sus reinterpretaciones instrumentales por  las prostitutas. El chantaje al control sanitario es la prueba tangible de la  subversi&oacute;n por las mujeres de un sistema que apuntaba a despojarlas de su agentividad  de sujeto.</font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font size="3" face="Verdana"><b>BIBLIOGRAF&Iacute;A</b></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana"> Absi, Pascale 2010 &ldquo;La  professionnalisation de la prostitution : le travail des femmes (aussi) en  question&rdquo;. En:&nbsp; <em>L&rsquo;Homme et la Soci&eacute;t&eacute;</em>, n&uacute;meros 176-177, pp. 193-212. 2014 &ldquo;De la  subversion &agrave; la transgression. La valeur de l&rsquo;argent dans les maisons closes de  Bolivie&rdquo;. En : Deschamps, Catherine y Broca, Christophe. <em>Transacciones sexuales</em>. Par&iacute;s: EHESS. En prensa. </font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana"> Bizarroque Hidalgo, Lourdes S.f.  &ldquo;Regulaci&oacute;n de la prostituci&oacute;n en relaci&oacute;n a los Derechos Humanos&rdquo;. Ver: <a href="http://www.monografias.com/trabajos12/tscddhh/tscddhh2.shtml" target="_blank">http://www.monografias.com/trabajos12/tscddhh/tscddhh2.shtml</a>.  Consultado el 3 mayo de 2012.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana"> Chac&oacute;n Mendoza, David 2011 &ldquo;Modificaci&oacute;n al art. 281 bis  del C&oacute;digo Penal Boliviano&rdquo;. Ver: <a href="http://www.monografias.com/trabajos93/modificacion-al-art-281-bis-del-codigo-penal-boliviano/modificacion-al-art-281-bis-del-codigo-penal-boliviano6.shtml" target="_blank">http://www.monografias.com/trabajos93/modificacion-al-art-281-bis-del-codigo-penal-boliviano/modificacion-al-art-281-bis-del-codigo-penal-boliviano6.shtml</a>.  Consultado el 15 de noviembre de 2012. </font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">  Corbin, Alain 1982 <em>Les Filles de noces. Mis&egrave;re sexuelle et prostitution au  XIXe si&egrave;cle</em>. Paris:  Flammarion.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=652018&pid=S1990-7451201400010000800003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">  Goffman, Erving 1968 <em>Asiles</em>. Paris: Minuit.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=652020&pid=S1990-7451201400010000800004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana"> Robert, F&eacute;licit&eacute; 2012 &ldquo;Le livret sanitaire des  prostitu&eacute;es boliviennes&rdquo;, M&eacute;moire de master en anthropologie, Universit&eacute; Paris  Descartes. </font></p>     <!-- ref --><p align="justify"><font size="2" face="Verdana">  Roth, Erick y Fernandez, Erik 2004 <em>Evaluaci&oacute;n del tr&aacute;fico de mujeres, adolescentes y ni&ntilde;os/as</em>. Ver: <a href="www.oas.org/atip/oas/bolivia%20report.pdf." target="_blank">www.oas.org/atip/oas/bolivia%20report.pdf.</a> OIM, Bolivia/OEA.    &nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=652023&pid=S1990-7451201400010000800006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">  Tabet, Paola 2004 <em>La grande arnaque. Sexualit&eacute; des femmes et &eacute;change  &eacute;conomico-sexuel</em>.  Paris: L&rsquo;Harmattan, Biblioth&egrave;que du f&eacute;minisme.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana">  Vidal, Dominique 2007 <em>Les Bonnes de Rio. Emploi domestique  et soci&eacute;t&eacute; d&eacute;mocratique au Br&eacute;sil</em>. Lille: Presses universitaires du  Septentrion, colecci&oacute;n &ldquo;Le regard sociologique&rdquo;.</font></p>     <p align="center"><img src="img/revistas/rbcst/v17n35/a07_figura_02.GIF" width="345" height="350"></p>     <p align="center"><font size="2" face="Verdana">Gustavo Lara. Sin t&iacute;tulo. Acr&iacute;lico, 1997.</font></p>     <p align="justify"><font size="3" face="Verdana"><b>Notas</b></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">1 Antrop&oacute;loga en el IRD, UMR CESSMA, Universidad Paris 7, Francia.  Correo electr&oacute;nico: <a href="mailto:Pascale.absi@ird.fr">Pascale.absi@ird.fr</a>. Agradezco a Lilian Mathieu, editora de  una primera versi&oacute;n en franc&eacute;s de este art&iacute;culo, publicado en les <em>Actes  de la Recherche en Sciences Sociales</em>, n&uacute;mero 198,  2013. </font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">2 Probablemente a trav&eacute;s de  la reglamentaci&oacute;n argentina implementada en 1875. </font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">3 Resoluci&oacute;n  LPZ/00059/2000/DH, 3 de octubre de 2000.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">4 El proceso probablemente  haya sido concomitante en las dem&aacute;s grandes ciudades. En los lugares de  provincia, en cambio, algunas mujeres todav&iacute;a deben pagar a los propietarios  para salir. </font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">5 Al menos en las grandes  ciudades, pues en las provincias las residentes a menudo no son controladas.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">6 A finales de los a&ntilde;os  1990, poco antes de la supresi&oacute;n de los registros policiales, el jefe nacional  de la Divisi&oacute;n de Matr&iacute;culas explicaba que s&oacute;lo se consideraba proxenetas a las  personas que tratan con prostitutas no matriculadas (Bizarroque Hidalgo, sf.);  hoy en d&iacute;a a las que ejercen sin libreta de sanidad. </font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana">7 El hecho de no contemplar  la incitaci&oacute;n en la legislaci&oacute;n boliviana -considerada como un argumento para  demostrar que existe trata de personas por la Convenci&oacute;n de Palermo-&nbsp; deja una puerta abierta para considerar que  el alistamiento fue voluntario, a&uacute;n cuando el intermediario fuese el que dio el  primer paso.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">8 El nomadismo entre los  establecimientos y las ciudades confiere a la muestra de mujeres encontradas en  Potos&iacute; o Sucre (pero no solamente) una verdadera representatividad.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">9 Dutton, Donald y Painter,  Suzanne. &ldquo;Traumatic bonding: the development of emotional attachments in  battered women and other relationships of intermittent abuse&rdquo;. En: Victimology:  an International Journal, n&uacute;mero 6, 1981, pp. 139-155, citado por Roth y  Fern&aacute;ndez (2004).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana">10 Desde su creaci&oacute;n, en 1997,  bajo los auspicios de la ONUSIDA y de HIVOS, la red TraSex lucha por el  reconocimiento profesional de la prostituci&oacute;n.</font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>      ]]></body><back>
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