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<article-title xml:lang="es"><![CDATA[“Queremos una democracia para ¡nosotros!” Representación y democracia:: debates actuales en y sobre Bolivia]]></article-title>
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</front><body><![CDATA[ <p align=right><font size="3" face="Helvetica">SECCIÓN V</font><font size="3">    <BR>    <font face="Helvetica">RESEÑAS Y COMENTARIOS</font></font>     <p align="center">     <p align="center"><font size="4" face="Helvetica"><strong>“Queremos una   democracia para ¡nosotros!”    <BR>   Representación y   democracia:    debates actuales en y sobre Bolivia<sup>1</sup></strong></font>     <p align="center"><font size="4" face="Helvetica">“We want a democracy for ourselves!”    <BR> Representation and   democracy:  current debates in and about Bolivia</font>     <p align="center"><font size="3" face="Helvetica"><strong>Ton Salman<sup>2</sup></strong></font></p><HR align="center" size="4" noshade>     <blockquote>       <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">&nbsp;</font><font size="2" face="Helvetica">•  John Crabtree y Laurence     Whitehead (eds.): <i>Unresolved       Tensions - Bolivia Past and Present</i>. Pittsburgh:     University of Pittsburgh Press, 2008, pp. 309</font></p>       ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">•  Sian Lazar: <i>El Alto, Rebel City - Self     and Citizenship in Andean Bolivia</i>. Durham/London:     Duke University Press, 2008, pp. 328.</font></p>       <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">•  José Antonio Lucero: <i>Struggles of Voices - The     Politics of Indigenous Representation in the Andes</i>. Pittsburgh: University of Pittsburgh Press, 2008, pp. 236.</font></p>       <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">•  Luis Tapia <i>et al</i>.: <i>Bolivia,     25 años construyendo la democracia - Visiones sobre el proceso democrático en     Bolivia 1982-2007</i>. La Paz: Vicepresidencia de la     República. CIDES/UMSA, FBDM, FES-ILDIS, PADEP/GTZ, Idea Internacional,     PNUD-Bolivia, pp. 226.</font></p>       <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">•  Álvaro Zapata: <i>Ciudadanía, clase y     etnicidad - Un estudio sociológico sobre la acción colectiva en Bolivia a     comienzos del siglo XXI</i>. La Paz: Ediciones     Yachaywasi, 2006.</font></p>       <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">•  <i>Fondo Indígena</i> (Pelagio Pati Paco, Pablo Mamani Ramírez, Norah Quispe Chipana): <i>Aportes al Estado     plurinacional en Bolivia</i>. La Paz: <i>Fondo Indígena</i>/Plural, 2009, pp. 269.</font></p>       <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">•  <i>Fondo Indígena</i> (varios autores): <i>Pueblos Indígenas y Ciudadanía - ‘Los Indígenas Urbanos’</i>. La Paz: Fondo Indígena/Dirección General de la Cooperación al     Desarrollo del Gobierno del Reino de Bélgica, 2007, pp. 229.</font></p> </blockquote>     <p align="center"><font size="2" face="Helvetica">&nbsp;</font><font size="2" face="Helvetica"><img border=0 width=360 height=448 id="Imagen 1" src="/img/revistas/rbcst/v12n27/a09_figura_01.jpg"></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">Los libros que reseño son lo suficientemente   distintos como para justificar y disfrutar la lectura de todos ellos, y lo   suficientemente parecidos como para argüir que conviene examinarlos en el mismo   ensayo. En cierta forma todos ellos abordan asuntos de la democracia en   Bolivia, conjuntamente el surgimiento no sólo de movimientos y demandas   indígenas en los Andes en general, sino también de una intervención a menudo   explícitamente indígena en los debates sobre el mejoramiento y la profundización   de las democracias, principalmente de Ecuador y Bolivia. Puede que este último   país juegue un papel principal en estos procesos, pero las comparaciones con   Ecuador (Lucero 2008, ver más adelante) demuestran ser muy esclarecedoras. El   tema central en los libros que reseño aquí es una combinación de dos procesos.   En primer lugar, la democracia ha desencantado a muchos en varios países   latinoamericanos y también en Bolivia. La democracia electoral se demostró   incapaz de proveer crecimiento económico y empleo, reducir la pobreza y la   desigualdad, reconocer las diferencias étnicas, y cumplir las expectativas en   relación a los servicios y la protección del Estado. Además, la gente percibió   que tales democracias formales, y los sistemas de partidos que las sostienen,   tenían un carácter crecientemente elitista, excluyente y corrupto. En Ecuador y   Bolivia esto desencadenó el surgimiento de nuevos movimientos-partidos que   denunciaron tanto las políticas oficiales como las ineficaces prácticas y   estructuras democráticas. En ambos países, los gobiernos que actualmente detentan el poder han prometido hacer de la democracia algo “más auténtico”.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">En segundo lugar,   los temas del debate sobre la democracia se han desplazado, entre tanto, más   allá de simplemente ampliar algunos canales de participación, de abogar por una   mayor transparencia en las organizaciones partidarias o las cortes electorales,   de cierta autonomía en enclaves específicos, o incluso de la descentralización.   Varias intervenciones conciernen nada menos que a las bases conceptuales o   epistemológicas de las instituciones democráticas y los procedimientos   liberales heredados. Actualmente muchos cuestionan las trilladas tradiciones y   los supuestos sobre mayorías y minorías, sobre el voto secreto, sobre la representación   como única base medular de la democracia, sobre las identidades y   comportamientos “correctos” de los ciudadanos, y sobre la separación de la   institucionalidad política y la independencia de los tres poderes. Los   argumentos que respaldan tales cuestionamientos se inspiran en una forma   alternativa de razonamiento basada en una otra cosmología sobre la sociedad, la   participación y la toma de decisiones. ¿No debería la conformación cultural de   un país tener una buena acogida en la forma en que están diseñadas su   constitución y estructura democrática? ¿No tendría que tener el entorno natural   (la <i>Pachamama</i>) también cierta incidencia en las visiones y proyectos de   desarrollo? ¿No debería <i>cualquier     persona</i> (en vez de solamente algunos   profesionales e individuos carismáticos) asumir su responsabilidad, en un   sistema rotatorio, para dirigir y conducir a la comunidad? ¿No debería el <i>trabajo compartido,     colectivo</i> estar acompañado de la idea de un   derecho igual a influir políticamente? ¿No deberían las diferentes <i>colectividades</i> ser tan iguales titulares de derechos como los individuos? ¿No   deberían las resoluciones de la comunidad sobre un asunto específico ser   resultado de una <i>deliberación     general y plena</i>, en vez de provenir del voto   mayoritario de un cuerpo de representantes desconectado, compuesto por supuestos expertos? </font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">Obviamente, los   argumentos contrarios abundan. Según la opinión de muchos, no sólo los   mecanismos establecidos y el edificio institucional de la democracia liberal   han demostrado su valor y su capacidad de autoregulación, sino  también se   necesita reconocer que tales principios y prácticas alternativas, no importa   cuán bonito puedan funcionar al nivel de la comunidad de pequeña escala,   simplemente no resultarán para los Estados nación. Se plantea que la aplicación de los mecanismos de participación directa de la <i>democracia comunitaria</i> es impracticable por los estados.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">Este debate se ha   desatado en y sobre Bolivia, donde por primera vez en la historia del país un   indígena fue investido en 2006 como Presidente. Desde entonces, Evo Morales   impulsó una serie de reformas y mantuvo su mayoría, ganando con un apoyo   incluso más amplio su reelección en 2009. Sin embargo, surgieron críticas a sus   presuntas políticas contra el libre mercado, su visión estatal centralista e   “intervencionista”, su inclinación a favor de los indígenas por encima de   “cualquier otro” ciudadano, y por la nueva Constitución que impulsó,   particularmente debido a que esta última debilitaría la democracia   institucional y socavaría la igualdad garantizada por el “Estado de derecho”.   Son estos dos últimos temas de una ciudadanía cultural diversificada y de una   reforma de la democracia los que me ocupan en el presente ensayo. En lo que   sigue, tengo la esperanza de situar y desenredar el debate, además de   identificar la conformación societal e histórica de las diferentes contrapartes que participan del mismo.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica"><strong>LAS TENSIONES PERMANENTES EN BOLIVIA </strong>&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">Para poder presentar un resumen de los diferentes   aspectos inherentes a los actuales procesos y controversias en Bolivia,   empezaremos por una compilación que precisamente pretende hacer eso: <i>Unresolved     Tensions: Bolivia Past and Present</i> (Tensiones irresueltas: pasado y presente en   Bolivia), editada por John Crabtree y Laurence Whitehead. El libro<sup>3</sup> tiene una corta introducción de los editores, y se divide en seis secciones:   sobre las etnicidades, el regionalismo, las relaciones Estado-sociedad, el   constitucionalismo, las estrategias de desarrollo económico, y Bolivia y la   globalización; termina con una conclusión de Lawrence Whitehead. La mayor parte   de los autores son bolivianos, invitados a una conferencia en Oxford en 2006.   El libro ofrece un buen trabajo de revisión de los temas en actual debate en Bolivia.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">Puede que la primera sección, sobre las etnicidades, sea una de las más   relevantes para nuestra actual preocupación: la <i>etnización </i>del debate sobre la democracia. El   primer artículo de Xavier Albó es un resumen muy claro de los episodios   históricos de represión, invisibilización y resurgimiento constante de la   diferencia étnica indígena en el país, terminando en la presente coyuntura de   hegemonía indígena. Como siempre, Albó es un magnífico “reconstructor” y   analista de los muchos factores y confluencias que tanto histórica como   contemporáneamente pueden ayudar a explicar no sólo el hecho de <i>que</i> la fuerza y afirmación indígenas   surgieran sino también <i>cómo</i> llegaron a hacerlo. En su opinión, el proyecto de Evo tiene que ver,   entre otras cosas, con “la búsqueda de una mayor complementariedad entre los derechos   ciudadanos individuales -que apuntan a la unidad nacional- y los derechos   colectivos” (30). Pero esta búsqueda está llena de vueltas y complicaciones   debido a que los titulares de derechos colectivos ya no son exclusivamente   comunidades rurales tradicionales, o pueblos con una clara demarcación étnica   que habitan un territorio específico y bien delimitado. La migración y el   mestizaje dieron más bien como resultado una mezcla indisoluble de “todo”. Pero   las actuales dicotomías políticas, a pesar de la pérdida de los vínculos con   los lugares de origen familiar y de la fluidez en el propio idioma indígena   originario, así como a pesar también de la pérdida de fronteras étnicas y   culturales inequívocas, promueven la identificación ya sea con las identidades indígenas o las no-indígenas. </font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">La naturaleza de la diferencia étnica, a menudo planteada como respaldo   para la demanda de derechos étnicos específicos, es aun más cuestionada en la   contribución de Carlos Toranzo (Capítulo 2), con un título destacable: <i>Let     the Mestizos Stand Up and Be Counted</i> (Dejen que los mestizos se levanten y sean   contabilizados). En clara alusión a la posición de Albó, Toranzo rebate la idea   de que Bolivia es mayoritariamente indígena: él cree que el “proceso de   mestizaje que se ha dado en el transcurso de los siglos (hace que) (…) muchos   bolivianos -tal vez la mayoría- se sienten formando parte de esta mezcla étnica   y cultural” (38). Sus argumentos giran en torno a unos cuantos elementos: la   homogeneidad étnica es ilusoria, los resultados de encuestas y censos son   contradictorios, y la migración masiva a la ciudad más la pérdida de la   capacidad de hablar los idiomas originarios podrían no resultar en que alguien   descarte su identidad, pero al menos “las vidas cotidianas de la gente son   cambiadas, enriquecidas y tornadas más complejas” (46). Él insiste que muchos   bolivianos son “muchas cosas diferentes al mismo tiempo, a un tiempo <i>originarios</i> pero también bolivianos y mestizos”   (<i>Idem.</i>). Toranzo acusa al actual gobierno de reificar a veces la identidad y   las raíces indígenas, otorgándoles derechos exclusivos, y de ignorar la real   mezcla “cultural, política, económica, racial, lingüística” (48) de que está   hecha la sociedad. Y su argumento político es que “aun si en el pasado los   indígenas eran objeto de discriminación, esto no puede ser un pretexto para   sacar a los mestizos actuales del escenario” (47). El argumento de Toranzo se   lo reitera en su mayor parte en el Capítulo 3 aportado por Diego Zabaleta que   discute las <i>categorías</i> de indígena y mestizo. Afirma que “cada ser   humano está conformado por una multiplicidad de identidades relevantes” (55) y   subraya la importancia de los contextos sociales -cambiantes- para la   importancia de tales identidades. A continuación, pasa a elaborar sobre la   fuerte tradición de acción colectiva en Bolivia (proporcionando “un poderoso   sentido de pertenencia”, 56), sobre la migración, las ocupaciones de la gente   como vehículos para los procesos de mestizaje y la proximidad de los grupos   étnicos en la vida cotidiana  (lo que resulta en “niveles menores de   desigualdades culturales de lo que uno podría esperar dadas sus desigualdades   institucionales”, 58). Su conclusión es que “el uso de dicotomías tales como   blanco versus indígena, moderno versus tradicional, o mercado versus   reciprocidad son ejemplos de simplificaciones comunes que nublan el análisis de   la etnicidad en Bolivia” (59). Sin embargo, él admite que tales dicotomías   -altamente politizadas en la presente coyuntura- son importantes, porque la gente <i>cree</i> que son ciertas.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">El principal tema que surge de estos aportes tiene que ver con el   estatus y la naturaleza de las identidades y grupos indígenas que actualmente   demandan y tienen concedidos derechos y privilegios específicos. Estas demandas   están respaldadas discursivamente por referencias a diferencias étnicas y   culturales esenciales, a “otredad” lingüística, a tradiciones milenarias, a   distintas cosmologías, a usos y costumbres comunitarias, a cohesión interna,   como si estas cosas estuvieran todas intactas. Según los autores antes   mencionados, no lo están. Entonces surge la pregunta: ¿qué es lo que ocurre con   estas demandas cuando el “solicitante” ya no cumple de entrada con los   parámetros que invocan y sustentan sus demandas? ¿Qué sentido darle a la “administración   comunitaria de la justicia” toda vez que la comunidad en parte emigró, hay   “foráneos” que ingresaron y los títulos sobre la tierra son una mezcla de   utilización colectiva tradicional, de títulos individuales y familiares   obtenidos después de la revolución de 1952 que depuso al sistema de hacienda, y   de parcelas vendidas a los residentes urbanos que construyeron su casa de fin   de semana dentro de ellas? ¿Qué sentido tiene el derecho a ser consultados   sobre la explotación de los recursos naturales en el territorio de un pueblo   una vez que el territorio también está habitado por muchos recién llegados?   ¿Qué sentido darle a la celebración de la tradicional armonía indígena con la   naturaleza, si se reconoce que también las comunidades indígenas contaminan y   adoptaron toda una serie de técnicas y cultivos “exógenos” que actualmente   amenazan este equilibrio milenario? ¿Qué hacer respecto al hecho de que muchas   demandas indígenas aluden a tradiciones y valores rurales, cuando la mayoría de   los indígenas viven en la ciudad? En otras palabras, ¿quién es exactamente el   beneficiario o “sujeto” de las medidas que diferencian entre los bolivianos   indígenas y los no indígenas, toda vez que ese sujeto se volvió híbrido? ¿Cuál   democracia “diferenciada” podía ser justa si las diferencias se desvanecieron y   actualmente se yuxtaponen? A pesar de tales preguntas, sería demasiado fácil   descartar las intervenciones indígenas como anacrónicas: lo que está en juego   no es la recuperación de un pasado inmemorial, sino un papel y voz iguales en   los debates públicos y políticos sobre el diseño del Estado nación, un diseño   que otorgaría, por primera vez en la historia, una auténtica igualdad a los   diferentes grupos étnicos en el país. El desafío de Bolivia entonces parece ser   construir una democracia y un orden ciudadano que refleje la pluralidad todavía   muy viva, visible, real, aunque enmarañada, de su constitución como sociedad, y   que desarticule la imposición neocolonial que gobernó hasta ahora. En el resto   del texto, exploraré tanto los hallazgos etnográficos como los discursos   locales que inspiran este desafío, para continuar con la revisión de la compilación de Crabtree/Whitehead.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">Después de la sección sobre etnicidades, esta compilación aborda una   serie de otros temas que actualmente se debaten en Bolivia. En la sección sobre   el regionalismo, el papel asignado a dos invitados, José Luis Roca y Rossana   Barragán (capítulos 4 y 5), tiene que ver básicamente con la defensa y el   cuestionamiento, respectivamente, de la demanda cruceña por una mayor autonomía   y contra un centralismo opresor. El aspecto más interesante respecto al tema   del regionalismo para nuestro propósito es el de la etnicización de la   controversia. Aunque reconociendo que han habido factores raciales y culturales   (74) que jugaron un papel en la controversia y que esto la torna “peligrosa”   (81), Roca culpa de ello básicamente al breve gobierno del presidente Mesa   (2003-2005) (él “buscó aprovecharse de la ola indigenista”, 77), antes que al   racismo histórico. A contracorriente de la constatación de la mezcla y   migración histórica y presente, él añade que en el Oriente “las poblaciones de   origen europeo y aquellos de raza híbrida son una mayoría” (74) y que los   “Guaraní y otros grupos étnicos más pequeños (…) no alientan serias quejas   hacia las elites urbanas” (<i>Idem.</i>). En este sentido, respalda implícitamente la   idea de que la tensión se da entre la población del Occidente que invoca “los   derechos ancestrales de los grupos indígenas cuyas costumbres y valores están   fuertemente influenciados por el tradicionalismo” y el Oriente “donde existe un   amplio apoyo al desarrollo neocapitalista y las economías de mercado” (<i>Idem.</i>). Esto sugiere de modo erróneo que   los grupos o las regiones son relativamente homogéneos, y que existe una   correlación “natural” entre lo étnico y la visión económica. Barragán insiste   en que básica e históricamente las regiones del Oriente siempre fueron   respaldadas desproporcionadamente por el gobierno central (en términos de   ingresos impositivos y de representación). Y añade que, al menos en el siglo   XIX, “la contribución impositiva de los pueblos indígenas fue la principal   fuente de ingresos fiscales” (102) y que todavía en la década de 1920 “los   pagos de impuestos representaban el 19% de los ingresos indígenas pero sólo el   4% de los de la clase alta” (<i>Idem.</i>). Si éste fue el caso, entonces los indígenas   probablemente soportaron el peso de los costos del “tratamiento privilegiado”   (103) que recibió Santa Cruz, haciendo que las voces xenofóbicas presentes a   menudo en las actuales demandas de autonomía suenen injustificadamente   amargadas. Sin embargo, esto no debería cegarnos a los sentimientos de   descontento que surgen entre los no indígenas -tanto en el occidente como el   oriente- que perciben muy poco reconocimiento de <i>otras</i> propuestas que no sean las indígenas para la “refundación” del país.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">En cuanto a las relaciones Estado-sociedad, dos autores encaran algunos   temas fundamentales relacionados con el debate sobre la democracia. George Gray   Molina (Capítulo 6) elabora sobre el concepto de Bolivia como un “Estado con   huecos” (110). Antes que caracterizar al Estado como “débil”, él prefiere   entenderlo como un Estado desigual, desarticulado, que logró preservar la   unidad nacional y la paz precisamente porque compartía su autoridad con muchas   organizaciones civiles “mediante múltiples mecanismos institucionales” (112).   Esto no era tanto un fracaso estatal en tanto mostraba el involucramiento del   “Estado con la sociedad civil en su diversidad étnica y regional. En esta   perspectiva, la proliferación de instituciones paralelas no sería una   disfunción a corto plazo de la construcción estatal sino más bien un rasgo   estructural de acomodo político en un contexto de elites débiles” (112). Es   este rasgo particular de la construcción estatal en Bolivia que Gray Molina   considera responsable tanto de las deficiencias como las desigualdades, así   como de la continuidad y eficacia de este “pluralismo institucional” (<i>Idem.</i>). Lo más importante, sin embargo,   es que él lo ve como un punto de partida tanto posible como necesario para los   actuales esfuerzos por diversificar y enriquecer, “multiculturalmente”, los   canales de participación democrática; aunque esto no será fácil: “reconciliar   las diferencias multiculturales en un conjunto de procedimientos mutuamente   reconocidos -interculturales- para la resolución de disputas en torno a la   pobreza, los asuntos civiles e incluso penales es un (…) desafío al modus   vivendi existente… Las recientes discusiones acerca de un cuarto poder de control   social que proporcionaría los pesos y contrapesos a los poderes ejecutivo,   legislativo y judicial parecerían poner a prueba los límites del diseño   institucional multicultural” (123). A pesar de estos problemas, las   idiosincrasias de Bolivia podrían, en opinión de Gray Molina, representar   exactamente el punto de arranque preciso para el esfuerzo de inventar algo   nuevo: siendo las características típicas del país, deberían ser el punto de partida para nuevas iniciativas políticas (Molina: 123-124)</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">En el siguiente capítulo (7), Franz Barrios es más cauto. El “cuarto   poder” mencionado por Gray Molina, por ejemplo, es para él motivo de   preocupación. El hilo de su argumentación es que cualquier democracia necesita   distinguir entre la participación democrática, por un lado, y el Estado de   derecho, además de otras esferas estatales más “apolíticas”, por el otro; una   “clara separación entre el aspecto de pesos y contrapesos del Estado liberal y   el componente democrático” (127-128). En su opinión, el actual gobierno   descuida esta distinción: “en la Bolivia actual el impulso democrático tiende a   tragarse al Estado de derecho”(128). El “cuarto poder” ya mencionado es un   claro ejemplo: el gobierno de Evo está muy inclinado a otorgar el poder final y   absoluto a los movimientos sociales y/o la ciudadanía (siendo la vaga   distinción entre los dos en el discurso gubernamental otra razón para que   Barrios se preocupe…); “el cuarto poder podría ejercer un control político y   administrativo sobre los poderes ejecutivo, legislativo y judicial y (…)   colocarse por encima de los poderes clásicos puesto que se lo concibe como un   poder del pueblo” (136). Si bien al final, en la versión última de la nueva   Constitución, la idea fue diluida, el dilema persiste: ¿en qué momento una forma   de democracia “directa”, radical, altamente participativa, descentralizada,   comunal empieza a amenazar el equilibrio institucional, e incluso la idea de <i>igualdad</i>? ¿Cuándo empieza a usurpar la idea   misma del “Estado”, puesto que se lo ve a este último como algo a ser   “capturado” (129), “un espacio que puede ser uniformemente sustituido, sin una   debida consideración de cómo esto podría afectar sus funciones y dinámica   especializada”? (132). Barrios alude a prácticas actuales como la usurpación de   la esfera judicial, la designación de los funcionarios estatales no por sus   capacidades sino debido a que ellos “cuentan con el apoyo… de la confederación   campesina” (133), y el    <br>   acceso privilegiado de “los movimientos sociales” (en los hechos: movimientos   sociales escogidos) a los círculos de gobierno. La democracia se convierte   entonces en “la forma en que los excluidos y desfavorecidos de la sociedad, y   especialmente su gente indígena” (138) obtienen beneficios exclusivos,   resultando en “el desmantelamiento de un régimen de servicio civil estatal por   los movimientos sociales” (138-139). No obstante, un defecto en la   argumentación de Barrios es que olvida la historia: en Bolivia nunca hubo la   designación meritocrática de los funcionarios de gobierno, un sistema judicial   apolítico, o un banco central, tribunal constitucional, contraloría,    ]]></body>
<body><![CDATA[<br>   etcétera apolíticos. El Estado “weberiano” caracterizado por Barrios como el   ideal nunca existió en Bolivia. La interferencia del gobierno actual en estos   ámbitos es por tanto muy comprensible, y probablemente necesaria. Aunque la   pregunta del millón es por supuesto una cuestión de “medida”, y de reemplazar las entidades deficientes del pasado con otras nuevas y mejores.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">Otro defecto es que, en su línea de razonamiento, este Estado “ideal”   deviene una entidad incuestionable: inclusive las sociedades multiculturales   necesitan sucumbir a su sabiduría superior (aunque debiera añadirse que Barrios   considera a los actuales acontecimientos como procesos de democratización e   inclusión muy necesarios). Dicho esto, debería admitirse que la preocupación de   Barrios por el “equilibrio democrático” es muy justa: la democracia tiene que   ver tanto con las garantías para que todos y cada ciudadano individual se   asocie y tenga acceso al sistema político, independientemente de su estatus   (étnico) o de su pertenencia a la oposición, como con los actuales esfuerzos   por reparar exclusiones centenarias de los ciudadanos y las   etnicidades/culturas, exclusiones que sin duda “cuajaron” en un (neo)   colonialismo internalizado. De la lectura de los diferentes puntos de vista,   uno empieza a creer que la búsqueda en Bolivia por lograr un equilibrio entre los dos aspectos no ha producido soluciones convincentes hasta el momento.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">Una fricción   similar surge de los dos capítulos (8 y 9) sobre constitucionalismo en la   sección IV. Aquí la oposición se manifiesta en términos de la <i>naturaleza</i> de una constitución. Eduardo Rodríguez, quien fuera Presidente   interino en 2005 y previamente presidente de la Corte Suprema, arguye   básicamente que una constitución es algo que debería ir más allá de la política   y las particularidades societales. Una constitución debería principalmente   “otorgar (…) garantías de libertades y derechos individuales, entre ellas la   separación de poderes (con todos sus pesos y contrapesos) y un sistema judicial   independiente que sea tanto accesible como eficiente en dispensar justicia”   (159). Por otro lado, Luis Tapia arguye que, en los hechos, “muchas   constituciones -o partes de ellas- (…) sirven para suministrar un discurso   jurídico y justificar o proyectar una imagen política de un país que tiene poco   que ver con las formas en que el poder se ejerce en realidad a través de   estructuras económicas, sociales y políticas” (163). Para añadir que “una de   las características de las (anteriores) constituciones de Bolivia fue la forma   en que ignoraban la diversidad social dentro del país, ellas definían el orden   institucional predominantemente liberal que no reflejaba la manera en la que el   país era gobernado en los hechos” (<i>Idem.</i>).   La negación de Tapia respecto a la supuesta naturaleza neutral de cualquier   constitución abre el camino para permitir o alentar la idea de constituciones   que hagan justicia a conformaciones culturales y sociopolíticas específicas de   los países. Como lo formula Tapia, los poderes <i>constituyentes</i> en un país deberían ser permitidos de influir en la emergencia   del poder <i>constituido</i>, o constitución. Plantea que no hay necesidad de tenerle miedo a   que las fuerzas antidemocráticas, con mentalidad retrógrada en la sociedad   boliviana, abusarán de la oportunidad de socavar las bases de la democracia:   “lo que conocemos como democracia representativa es (…) algo que forma parte de   la cultura política de los sectores populares y comunitarios aunque, por   supuesto, no es la única forma de democracia que la gente tiene en mente…”   (168). Esto podría ser cierto, pero deja sin responder la pregunta acerca de   una cierta regulación de las fuerzas constituyentes. Sin importar cuán   justificada y legítima pueda ser la actual hegemonía de los sectores sociales   tradicionalmente subalternos, e independientemente de cómo puedan reivindicarse   los actuales cambios de poder para refundar los edificios democráticos y   judiciales de tal manera que reflejen auténticamente la diversidad cultural y   étnica, de todos modos sigue siendo una tarea de la Constitución garantizar la igualdad en condiciones  de diversidad.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">Las siguientes   secciones de este libro versan sobre estrategias de desarrollo económico, y   sobre Bolivia y la globalización. Como estos temas tienen una relevancia menos   directa para el tema de democracia y etnicidad, y por razones de espacio, me abstendré de examinarlos aquí.                </font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica"><strong>INTRODUCIENDO LA ETNOGRAF&Iacute;A </strong>&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">Cualquier debate   sobre democracia, justicia y ciudadanía empieza a aterrizar recién cuando se lo   complementa con atisbos de cómo funcionan las cosas en las percepciones y   prácticas de la base. Es por ello que ahora recurrimos a la etnografía. El   libro de Sian Lazar, <i>El     Alto, Rebel City – Self and Citizenship in Andean Bolivia</i> (El Alto, Ciudad Rebelde: Identidad y Ciudadanía en la Bolivia   Andina)<sup>4</sup>, es una magnífica investigación etnográfica de un barrio   específico en la ciudad de El Alto, en los años previos a la asunción de Evo Morales   como Presidente. La autora afirma que sus hallazgos establecen que la   ciudadanía, en la zona Rosas Pampa de El Alto donde  estuvo trabajando, es algo   más que “un estatus legal conformado por la propiedad individual de un conjunto   de derechos y responsabilidades frente al Estado”, y que más bien “las   tradiciones colectivistas, enraizadas en las prácticas comunales indígenas, el   sindicalismo trotskista, el anarcosindicalismo y otras venas”(3) deberían   considerarse en nuestro intento por comprender cómo <i>funciona</i> exactamente la ciudadanía en una ciudad y un país donde nunca se   tuvo un Estado que honrara plenamente los derechos de la ciudadanía clásica, ni tampoco tienen la adecuada conformación cultural para ejercerla.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">Después de la introducción y un primer capítulo introductorio a la   ciudad de El Alto, la monografía se divide en dos partes. El primer capítulo   merece un cumplido en sí mismo, al retratar de un modo muy vivaz y atractivo   una ciudad colorida y única. El Alto es la única “ciudad indígena” de su tamaño   (con toda probabilidad, entre 700 a 900&nbsp;mil habitantes) en el mundo. Está   ubicada a una altura de más de 4&nbsp;000 m.s.n.m, justo encima de la hoyada   donde se encuentra La Paz. Es una ciudad joven, es pobre y muchos habitantes   carecen de los servicios básicos. Sin embargo, El Alto es también vibrante,   inventiva, pionera y resistente; en muchos lugares está abarrotada de   vendedores ambulantes, puestos de comida apenas a un metro del caos vehicular,   y muchos talleres de todo tipo, todo ello en medio de un impresionante   bullicio. Sin embargo, muchos alteños trabajan en la ciudad de La Paz, lo cual   provoca un colosal flujo de transporte vehicular “bajando” en la mañana, y   “subiendo” de nuevo al final de la tarde y al anochecer. En el escenario   político de Bolivia, El Alto ocupa un lugar prominente. Su ubicación   prácticamente como guardián (y algunos dicen: secuestrador) de La Paz, su   orientación hacia el campo, pues la mayor parte de sus habitantes preservan   lazos estrechos con sus comunidades de origen, y su predisposición y capacidad   para movilizarse, la convierten en un actor clave, con rasgos   político-culturales propios, en el escenario político boliviano. Todas éstas y   muchas otras cualidades de El Alto, se presentan de una manera expresiva e ilustrativa en el primer capítulo.</font></p>     <p align="center"><font size="2" face="Helvetica"><img border=0 width=397 height=501 id="Imagen 2" src="/img/revistas/rbcst/v12n27/a09_figura_02.jpg"></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">La primera parte se   concentra en las identidades y prácticas ciudadanas en tanto relacionadas con   la pertenencia a un lugar o barrio; la segunda en las identidades y prácticas   ciudadanas conectadas con la pertenencia a un grupo de ocupación específica, en   este caso los comerciantes de la calle. Ambas dimensiones de la identidad   ciudadana son caracterizadas mediante mecanismos específicos de ejercerla, en   los cuales el colectivismo fuerte se combina con formas específicas de defender los intereses individuales.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">Los capítulos 2, 3, 4 y 5 de la primera parte nos sitúan en la zona de   Rosas Pampa en El Alto. Al discutir temas como “ser un vecino” y las formas de   expresar este ser insertado, y al trabajar sobre el clientelismo local, sobre   las organizaciones locales como la junta vecinal y el consejo de padres de   familia, y sobre los vericuetos de su funcionamiento, y por último sobre las   características de la fiesta anual, surge una imagen muy gráfica de cómo se   practica la ciudadanía en esta zona de El Alto. Los elementos de esta   ciudadanía son, entre muchos otros, los votos de la mayoría para los políticos   que hacen las promesas más creíbles en una constelación de “clientelismo   colectivo” (113-117) y las danzas que desfilan durante la fiesta anual, en cuya   ocasión “moverse por el espacio… constituye la relación de la persona con la   localidad; en este sentido, el bailar en la Entrada refleja la naturaleza   altamente espacial de la terminología local de ciudadanía, a saber, ‘zona’,   ‘vecino’ y ‘pueblo’” (129). Luego de unas cuantas páginas, Lazar añade que “si   la danza es una práctica ciudadana, entonces la ciudadanía aquí no es un   estatus o categoría abstracta de pertenencia, sino algo concreto, físico y   encarnado…” (143). Ésta y otras observaciones revelan que la comprensión de la   ciudadanía en El Alto (y muy probablemente en todo Bolivia) es mucho más que   sólo una conciencia de pertenencia y/o de derechos; se la practica con actos   concretos, en códigos no escritos que funcionan en encuentros informales y   reuniones formales, en mecanismos como el rumor para “advertir” a los   dirigentes locales a no exagerar en su corrupción, a compartir la comida y las   bebidas, y cosas como esas. En este caso, tales formas se parecen tanto a las   prácticas que la gente recuerda de su vida comunitaria en el campo, de las   tradiciones sindicales que ellos han aprendido como mineros o en otros oficios,   como a los procesos de aprendizaje comprendidos en las experiencias de la gente   con el Estado y sus representantes. Sin embargo, Lazar advierte repetidamente   respecto a asumir una suerte de comunalismo o colectivismo en el que no hay lugar para el individualismo ni aun la disidencia individual.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">Los capítulos 6, 7   y 8 se encuentran en la segunda parte, en ellos la ciudadanía tal como se la   ejerce en organizaciones de tipo sindical asume un papel central. Otra vez,   este es un asunto sincrético, en el que “el sindicalismo, el populismo y los   valores democráticos indígenas” (174) se combinan. La atención está dirigida a las/os   vendedoras/res en las calles y la forma en que ellas/os, a pesar de ser   competidores en sus negocios cotidianos, crean una organización colectiva para   promover sus intereses frente a un Estado arbitrario o negligente. Este   elemento último complica aun más el ejercicio de ciudadanía, por cuanto las   organizaciones sindicales no sólo median las relaciones con el Estado sino que   hasta cierto punto también lo sustituyen. La organización aquí no sólo defiende   intereses, sino también necesita (inter)mediar y regular. Al cumplir estas   tareas, la organización demuestra cómo, y satisfaciendo qué valores, la   ciudadanía encarna en formas particulares. Especialmente importantes para esto   son, por ejemplo, las asambleas generales, la elocuencia, el consenso (241-247)   y la subordinación de los dirigentes. Pero Lazar está lejos de la tentación de   romantizar: “…las bases tienden de entrada a sospechar de sus dirigentes…” (237).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">El libro es una   mina de oro para los investigadores atrapados entre su adhesión a los valores -incuestionables-   de la democracia liberal clásica y la conciencia de que la realidad es   diferente y podría enseñarnos algo acerca de otras formas posibles de <i>hacer</i> democracia en la realidad, pero sin inclinarse a “embellecer”   estas prácticas. De este modo, se subrayan los rasgos salientes de las   prácticas colectivas, así como las nociones internalizadas de la obligación. De   igual modo, se abordan las penurias pero también la corrupción de los   dirigentes, así como su sacrificio y los mecanismos grupales de control. De   manera similar, se discute sobre la solidaridad pero también sobre el   autoritarismo. Como muy pocos, este libro nos lleva al taller de trabajo de la   democracia: las instancias donde de veras se la practica. Cualquier intento por   comprender o cambiar las costumbres democráticas, en Bolivia y posiblemente también en otros lugares, debería empezar por la lectura de libros como éste.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica"><strong>RETROSPECTIVA SOBRE 25 A&Ntilde;OS DE DEMOCRACIA </strong>&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">A comienzos de 2008, la Vicepresidencia de   Bolivia, junto a una constelación de instituciones universitarias y de   investigación, ONG y agencias de la cooperación internacional, organizó un   simposio y una serie de grupos de trabajo en los diferentes departamentos del   país, para evaluar los 25 años de democracia. La compilación <i>Bolivia,     25 años construyendo la democracia. Visiones sobre el proceso democrático en     Bolivia 1982-2007</i> es el resultado de esa iniciativa, e incluye tanto seis artículos de   importantes investigadores bolivianos como los informes de los debates en los   grupos de trabajo. En este libro, encontramos de nuevo a Albó y Tapia, también   incluidos en la compilación de Crabtree/Whitehead. El libro ofrece un excelente   resumen de diferentes análisis de los logros y limitaciones en ocasión de las   bodas de plata de la democracia en Bolivia. Abordaré brevemente algunos de los   artículos y los informes de talleres más salientes. El primer artículo, “Las   olas de expansión y contracción de la democracia en Bolivia”, escrito por Luis   Tapia, enfatiza desde el inicio que para entender la democracia boliviana, uno   necesita recordar que la democracia plena o el sufragio universal se estableció   en Bolivia recién en 1952, que el sindicalismo y la acción colectiva organizada   fueron más importantes para la restauración de la democracia en 1982 que la   ciudadanía individual articulada en los partidos políticos, y que de ello   resulta una cultura política que combina varios tipos de actores políticos   (entre ellos las organizaciones colectivas) y de espacios, en vez de una   cultura pública o práctica de ciudadanía homogéneas (12-14). Procede luego a   explicar que los cambios recientes en los equilibrios de poder político y los   consecuentes cambios institucionales fueron concebidos en espacios <i>exteriores</i> al Estado; pues el Estado,   representado por la lógica de una -distorsionada- competencia   político-partidaria, no “sintonizaba” con las <i>diferentes</i> culturas políticas en el país. La   razón para ello fue que, aunque formalmente democrático, el Estado boliviano   neoliberal terminó en un proceso de pérdida de “autogobierno”, abandonando los   requisitos que lo habilitarían para responder a las demandas e intereses   nacionales. Abandonó así su capacidad (y predisposición) para atenuar las   desigualdades internas. En gran medida, según Tapia (19 - 21), 1982-2005 fue un   período de contracción de lo democrático. Produjo una demanda poco convencional   por democratizar, no sólo políticamente sino también socio-económicamente, y no   menos culturalmente: un deseo de democratización que rebasó los parámetros estatales y partidarios existentes.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">En su artículo “25 años de democracia, participación campesino indígena   y cambios reales en la sociedad” incluido en la compilación, Xavier Albó   reconstruye históricamente la forma en que los pueblos indígenas y sus   organizaciones lograron acceder al sistema político y, en el proceso,   cuestionaron los mecanismos democráticos establecidos que fueron restituidos en   1982. Identifica las características de las diversas formas y fases en que la   población indígena conquistó una presencia política en Bolivia, distinguiendo   como otros entre las estructuras organizativas más sindicalistas y las más   étnicas, y demuestra el modo en que ambas tomaron forma <i>antes</i> del retorno de la democracia en   1982, habiendo contribuido activamente a este retorno. Evidentemente, fue esta   misma democracia la que en los siguientes años recibió críticas no sólo por   estar acompañada de las reformas neoliberales, sino también por su   insensibilidad a las diferencias culturales, lingüísticas y étnicas (48-51). Al   combinarse con las críticas a la corrupción y la incapacidad estatal, estos   cuestionamientos llevaron a una serie de protestas masivas, al derrocamiento de   dos presidentes y al final a la victoria de Evo Morales, sin desconocer que   este último resultado también fue facilitado por la ley descentralizadora de la participación popular (LPP) que “catapultó” a Evo y el MAS (52).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">Un aporte que da que pensar es “Entre el <i>ch’enko</i> y el rentismo: democracia y   desarrollo en Bolivia” de Roberto Laserna. Éste comienza recordando el escaso   progreso logrado por el país: el ingreso per cápita en el presente, en términos   de poder adquisitivo, es prácticamente el mismo que en los años de 1950. Las   condiciones de vida mejoraron únicamente debido a los avances tecnológicos, no   por un crecimiento real. La hipótesis de Laserna es que dos rasgos de largo   plazo son los responsables de este empate económico: la tradición del <i>ch’enko</i> y la del rentismo. El <i>ch’enko</i> se refiere a la mezcla e   interdependencia de varias racionalidades culturales-económicas que, aparte de   “ayudarse entre sí”, también producen bloqueos. Esta heterogeneidad de lógicas   económicas sale a la superficie en una variedad de valores y actitudes respecto   al comportamiento económico: al estar a cargo del tiempo, amistades y lealtades   propias, las celebraciones y la pertenencia (a un colectivo) son tan   responsables por las decisiones respecto al empleo, las inversiones y la   planificación, como lo son los cálculos económicos. Como resultado, las esferas   económicas “de base natural”, “de base familiar” y “de mercado” coexisten en   Bolivia (94), y se retroalimentan entre sí, promoviendo tanto la incapacidad   del mercado laboral para absorber la fuerza laboral disponible como una   resistencia a la disciplina laboral que requiere el mercado. El resultado es   que muchos “cuenta propias” prefieren los bajos rendimientos de los pequeños y   temporales trabajos informales a los salarios (a menudo también muy bajos) que   corresponderían a los estrictos requisitos de los trabajos formales en términos   de horarios y “confiabilidad”. Y la gente puede permitirse seguir con estas   estrategias porque estas actividades informales, gracias a las relaciones con   la economía de mercado, proporcionan justo lo suficiente para sobrevivir más o   menos satisfactoriamente. El precio que el país paga son bajos niveles de productividad y crecimiento.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">El fenómeno se complementa con el rentismo. Con mayor frecuencia en su   forma corporativa, se trata de un comportamiento que busca generar ingresos a   través del ejercicio del poder político o administrativo sobre la riqueza   existente, obteniendo de este modo ventajas, beneficios o ingresos. El Estado   es crucial aquí: un Estado políticamente débil, aunque económicamente rico   (debido a los ingresos principalmente provenientes de los recursos naturales),   es vulnerable a los “asaltos” continuos de los grupos de poder o las   organizaciones fuertes de la sociedad civil, a fin de obtener una parte del   botín. Cuanto más ingresos genera el Estado (siendo, por ejemplo, el   propietario exclusivo de un recurso con precios de mercado internacional altos   o crecientes) tanto más feroz se volverá la lucha por controlarlo, a menudo   malinterpretada como una politización de la sociedad boliviana, según Laserna   (97). Él afirma que los dos mecanismos combinados explican la fuerte   focalización existente en Bolivia en el Estado, la tradición corporativista, la   débil adhesión a la ley, el poco impulso para dedicar los propios esfuerzos a   la “producción”, y una ciudadanía conformada principalmente por las   expectativas respecto del Estado y con poca conciencia de las obligaciones   hacia él (98-100). Y el sistema persiste porque todavía quedan recursos   naturales en Bolivia. Por consiguiente, la orientación hacia el bien común y la   adhesión a la democracia, por sus valores intrínsecos antes que por la   conveniencia de aquellos que se benefician, permanecen débiles; mientras que la   desconfianza en la democracia entre aquellos imposibilitados de sacarle ventaja   se fortalece. Es esta ciudadanía frágil -oportunista- la que Laserna considera responsable de la débil democracia en Bolivia.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">Estos tres análisis   tienen tres focos de interés diferentes y todos ellos apuntan a las debilidades   de la democracia boliviana. Pero aquí termina el consenso. En gran medida,   Laserna descuida la dimensión étnica y sugiere que una redistribución directa e   individualizada de los ingresos por la explotación de los recursos naturales   podría ayudar a crear una ciudadanía que se <i>ejerza</i> más que una redistribución efectivizada (monetizada) mediante mecanismos   corruptos, clientelistas y prebendalistas. Albó evade el tener que hacer   recomendaciones, pero Tapia claramente sugiere que el desafío consiste en crear   un Estado que sea capaz de entenderse con la conformación pluricultural del   país y de responder a la misma. Sin embargo, no avanza a sobre cómo él   considera que se pueda concretar el objetivo de resolver las desigualdades   socio-económicas (24), dejando así abierta la posibilidad de limitarse a   cambiar los beneficiarios de los procesos rentistas. Por otro lado, Laserna   ignora que detrás las múltiples racionalidades económicas que esquematizó   también hay rasgos culturales que juegan un papel. Puede que la gente no <i>quiera</i> entrar en una lógica de acumulación, sin que ello los convierta   automáticamente en parásitos estatales. Y su poca predisposición a ser “actores   económicos racionales” ha de entenderse en el contexto de un marco   político-económico que nunca honró la idea de repartir “los frutos según el   trabajo de cada quien”, debido a las extremas desigualdades socio-económicas, y   con el telón de fondo de valores culturales tales como el “vivir bien” en vez de la riqueza o la acumulación.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">Un último punto   interesante a tomar en cuenta a estas alturas es la idea compartida por Albó,   Laserna y Lazar que las costumbres políticas en Bolivia no están   predominantemente conformadas por las instituciones, los canales y la   “disciplina” impuesta por el Estado. Junto a estos mecanismos, al mismo tiempo   que luchando y colaborando con ellos, existe una serie de códigos, estrategias   y prácticas que aparentemente no se percatan mucho de lo “prescrito   oficialmente” para intervenir en política o ejercer ciudadanía. La capacidad   del Estado para coexistir pacíficamente con estos códigos es precisamente lo   que parece hacer de la política boliviana algo tanto explosivo como fuera de lo ordinario, asimismo algo relativamente pacífico y, en cierto modo, eficiente.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica"><strong>OTRA VEZ UNA PIZCA DE ETNOGRAF&Iacute;A </strong>&nbsp;</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">Una interesante segunda parte del libro comprende   las actas de una serie de “mesas de reflexión”. Aquí, participantes de base   evalúan los últimos 25 años de democracia en Bolivia. Como era de esperarse,   muchas afirmaciones son alabanzas devotas y políticamente correctas a la   democracia que rinden tributo a “la libertad, el voto y el pluralismo”. Sin   embargo, hay también una serie de observaciones que no congenian fácilmente con   las ideas sofisticadas de los aportes académicos. Muchos comentarios revelan   que la gente espera de la democracia no únicamente elecciones y libertades,   sino también resultados socio-económicos: la gente quiere que se termine la   “democracia del saqueo” (158), ellos demandan “avanzar en otros valores…   igualdad… equidad y… justicia social” (147), “igualdad de oportunidades” (118),   “empleo” (160), y “poder vivir en buena forma” (160). Y algunos van inclusive   más allá afirmando que la democracia, debido a que le faltó responder a estos   temas y promover el respeto a la diferencia, ha sido una farsa: “la burguesía   aporta con valores individualistas” (124), porque “el hecho mismo de ser   indígena vulnera nuestros derechos” (126), porque esta democracia “ha sido un   camuflaje para la dominación” (208) y porque “el capitalismo ha usado a la   democracia” (140). Por lo visto, mucha gente no se siente realmente formando parte   de la democracia tal como ha funcionado en Bolivia; el sistema democrático fue   incapaz de integrarlos e incluirlos en algo de lo que pudieran sentirse   formando parte o reconocerse como agentes valiosos. Hace decir algo resentido a   uno de los participantes: “esa democracia no la queremos, queremos una democracia para <i>nosotros”</i> (127).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">Este es un asunto clave muy a menudo descuidado en los análisis de la   democracia en la región: el hecho de que la gente aprendió a desconfiar de la   democracia, de que se sienten excluidos de sus mentados beneficios con tanta   frecuencia, de que ellos, si bien de una manera ambivalente, no reconocen que   hubiera una verdadera significación para sus vidas en este sistema democrático.   Las causas de este profundo desencuentro entre el ideal y la percepción que la   gente tiene del mismo podrían encontrarse, por un lado, en la impotencia que   siente la gente debido a las enormes desigualdades societales que ellos   perciben como invencibles y que la “democracia” deja intactas y, por el otro,   en los sentimientos de exclusión ocasionados por la incapacidad de la   “democracia” para corregir la discriminación étnica, y su incapacidad para escuchar y responder a las voces cultural y étnicamente distintas.</font> </p>     <p align="justify"><strong><font size="2" face="Helvetica">INTRODUCIENDO LA COMPARACI&Oacute;N </font></strong></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">Esa idea nos   lleva al libro de José Antonio Lucero: <i>Struggles of Voice – The Politics of     Indigenous Representation in the Andes</i> (Luchas de   la voz: la política de representación indígena en los Andes). El libro indaga   sobre los vericuetos de la representación indígena, tanto de modo empírico como   con una gran sofisticación conceptual, haciendo una comparación entre los   procesos de Ecuador y Bolivia. Su propósito es entender cómo llegaron a   formarse los movimientos indígenas o “sus luchas por ser escuchados”, no   únicamente en términos de alcanzar suficiente fuerza para desafiar a los que   detentan el poder (la “voz vertical”, 3), sino también en términos de la “voz   horizontal”, de “armonizar las identidades horizontales y el interés” (Idem.),   un proceso que el autor cree que nunca es completamente exitoso. Su enfoque es   “constructivista pragmático” (21-23), señalando la necesidad de concentrarse en   el hecho de que las ideas “son mejor comprendidas por las consecuencias que   tienen en la experiencia de la gente que realmente existe” (177-178), y la   necesidad de combinar estrategias analíticas de naturaleza racionalista,   estructuralista y culturalista. Únicamente de este modo podremos tener la   esperanza de comprender la combinación de los procesos de construcción de los   sujetos políticos, y la selección simultánea y cronológica de construcciones   específicas para conformar la representación política. La ventaja importante de   este enfoque es que nos permite evitar nociones predeterminadas de cómo debería   verse la representación. El asunto es encarar la representación como “un   conjunto de procesos culturales y sociales a través de los cuales ciertas   ideas, identidades y relaciones se construyen e institucionalizan en formas que   vinculan a ciertos sujetos (individuales o colectivos) con comunidades   políticas más grandes” (29). La representación “más allá de los filtros y   espejos” debería concentrarse en el modo en que los grupos subalternos,   habiendo adquirido “mayores recursos de formación de la identidad… empiezan a   alterar las estructuras de representación de la política y la sociedad” (35).   La separación tradicional de las esferas culturales, sociales y políticas de la   representación puede así ser cuestionada (47), lo cual es precisamente la idea   planteada por Laserna, Lazar, Gray Molina y Albó. Después de haber introducido   el enfoque y los basamentos teóricos y conceptuales de su libro en los   capítulos 1 y 2, Lucero pasa a su análisis más empírico en los capítulos 3 al   6. La estructura de estos capítulos es más o menos cronológica, aunque   combinada con una organización de tipo temático. La reconstrucción de cómo se   dieron los movimientos indígenas y las luchas por una representación en ambos   países es rica, detallada e ilustrativa gracias a la estrategia comparativa, y   también admirable por la riqueza de los datos y los análisis convincentes. El   otro lado de la medalla es que hay cierta repetición y un ir hacia atrás y   adelante en el tiempo. De todos modos, la estrategia analítica es efectiva para   explicar las razones por las cuales un éxito relativamente temprano en Ecuador,   para lograr la unión de las federaciones indígenas de las tierras bajas y   altas, se vino abajo después de la alianza desastrosa con el presidente   Gutiérrez, y por qué la división de larga data entre las federaciones   regionales, así como las de clase versus las étnicas, en Bolivia fue finalmente   superada en la estrategia indígena-popular del Movimiento al Socialismo (MAS)   liderada por Evo Morales. Estas explicaciones cubren diferencias demográficas y   regionales, discursos sobre las identidades y estrategias, vehículos históricos   de “administración étnica”, conceptos para nombrar la “naturaleza” de uno   mismo: entre “indígenas”, “originarios”, “naciones” u otros, y también cubren   las oportunidades y contingencias políticas, y los grados de radicalismo o   moderación. Al combinar en este asunto las contribuciones del énfasis   racionalista, estructuralista y culturalista en el análisis de la construcción   de los movimientos indígenas, Lucero logra proporcionar un retrato abarcador de   las vicisitudes de estos movimientos tanto en Bolivia como Ecuador.   Adicionalmente, este amplio análisis ayuda a entender cómo y por qué ciertas   demandas específicas para representar (tanto de parte de dirigentes   individuales como de historias y discursos colectivos) tienen éxito y otras no   lo tienen. Lo que está en juego no es denotar “de modo veraz” los intereses de   uno u otro grupo o <i>pueblo</i> ni ser “auténtico”, como si esa fuera una característica   estática, sino manejar los recursos discursivos y materiales disponibles de tal   modo que surgen prácticas “que habilitan a algunos sujetos a situarse como más   auténticos que otros culturalmente y también más consecuentes políticamente”   (155). Esta dependencia del contexto, a nivel local, regional, nacional y   transnacional, hace que “algunos modelos organizativos, tácticas políticas y   discursos culturales se vuelvan representativos, principalmente adaptándose dentro de las estructuras de coyunturas culturales y políticas clave” (174).</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">El análisis de Lucero destaca algunos de los mismos temas analizados   por Lazar. Ambos autores concluyen que no hay una relación de tipo “o esto/o   aquello” entre los marcos clasista y étnico de unificación y movilización, y   ambos concuerdan en el hecho de que uno debería mirar no únicamente a las   luchas por ser escuchados y cobrar visibilidad en términos de las estructuras   político-institucionales establecidas (que a menudo llevan a debates estériles   respecto a si esto resulta en inclusión o cooptación), sino a las maneras en   que las búsquedas de ciudadanía y participación democrática desestabilizan los   parámetros mismos de los edificios democráticos clásicos y las esferas diferentes de representación.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">En cierto modo, el   libro <i>Ciudadanía,     clase y etnicidad</i> de Álvaro Zapata comparte el   empuje del análisis de Lucero. Sin embargo, la organización y el diseño del   libro lo hacen bastante más difícil de digerir. El estilo es complejo, las   oraciones prolongadas y los subtítulos a veces enigmáticos. Se basa   principalmente en la teoría de Touraine para caracterizar y categorizar la   naturaleza de los movimientos sociales del siglo XXI en Bolivia. Esto trae   consigo un largo capítulo teórico y una serie de terminologías, y de   distinciones y enumeraciones -al estilo de Touraine- que no siempre convencen   como herramientas para la comprensión de estos movimientos. Además, la   literatura consultada para este ambicioso análisis no cubre bastantes trabajos   importantes publicados recientemente sobre las turbulentas vicisitudes del   país. A pesar de estas observaciones críticas, el libro también tiene sus   méritos. Desenvuelve hábilmente las orientaciones que guiaron los movimientos   de protesta entre el 2000 y 2003 (de clase/étnicas/ de ciudadanía) en el   contexto de la historia boliviana y las vincula con la naturaleza específica de   las reformas post 1985. Como Lucero, intenta entender el surgimiento de los   movimientos en conexión con las condiciones socioeconómicas y culturales, así   como en conexión con los modelos políticos, los discursos y las oportunidades   disponibles tanto histórica como contemporáneamente, enfatizando que <i>status quo</i> y resistencia necesitan compartir orientaciones culturales hegemónicas específicas.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">Su esquema de   revelar, una y otra vez, las tres dimensiones que Touraine caracterizó como   decisivas para poder cumplir el estatus de movimiento social de la acción   colectiva (el eje de la identidad, el eje de la definición del adversario y el   eje de la “historicidad”; o la ambición de dirigir las orientaciones de   desarrollo/culturales de una sociedad, 40 y por todo el texto), demuestran ser   efectivamente útiles para describir y categorizar a las diferentes fases y   formas de la acción colectiva. Sin embargo, Zapata llega a conclusiones   discutibles, aunque al evaluar estas conclusiones hay que tomar en cuenta que   el análisis de Zapata no cubre 2005 y los procesos post 2005. Su conclusión es   que las orientaciones de las protestas del período 2000-2003 fueron tanto con   base en la clase (campesinos rurales que demandaban la “modernización”) como en   la ciudadanía (sectores urbanos excluidos, como los alteños, que demandaban   “inclusión”). Afirma que, por el contrario, la orientación étnica era débil   (188, 190) o, en el mejor de los casos, simbólica o instrumental: “las   orientaciones de acciones colectivas estudiadas consisten en las de un   movimiento social que se gesta apropiándose de las orientaciones culturales   modernizante y democratizante de las clases dominantes que administran el   modelo de desarrollo. La razón por la cual no se despliega en su totalidad la   orientación étnica en el altiplano más allá del elemento simbólico parecería   residir en la profunda desarticulación de la comunidad producto de la   minifundización de la propiedad de la tierra, de la gran penetración del   mercado y del innegable éxito aculturizante de 50 años de reformas agrarias y   educativas” (189). En el caso de El Alto, las demandas de la vida urbana,   cuando chocaban con las tradiciones, plantearon “desechar las costumbres   tradicionales o, para decirlo de alguna manera, “tematizar su validez” en tanto   expresión de una identidad legítima” (190-191). Por esas razones, la motivación   étnica siguió siendo débil tanto en el campo como en la ciudad de El Alto. Más   aun, Zapata pretende que en caso de que las protestas hubieran recaído en   “movimientos de identidad (étnica)”, ellos habrían perdido la posibilidad de   satisfacer la tercera condición de Touraine para constituir un movimiento   social genuino: aquella de la “historicidad” (<i>Idem.</i>). A   la luz de los sucesos más recientes, sería interesante por cierto escuchar la reevaluación que pudiera hacer Zapata de estas afirmaciones.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica"><strong>LA VOZ IND&Iacute;GENA </strong>&nbsp;</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">De una   naturaleza muy distinta son los últimos dos libros discutidos aquí. Ambos   fueron editados por el Fondo para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas de   América Latina y El Caribe,  un fondo de cooperación latinoamericano con una   sucursal en Bolivia, como en muchos otros lugares. Ninguna de estas   publicaciones menciona (un) autor(es) en la tapa. El libro <i>Aportes al Estado     Plurinacional en Bolivia</i> reúne tres estudios por   y sobre organizaciones (principalmente) indígenas en Bolivia, tres de las   cuales contribuyeron al diseño y desarrollo de la idea de un Estado   plurinacional, tanto antes como durante el trabajo de la Asamblea   Constituyente. Estas tres organizaciones son la Confederación Sindical Única de   Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB), el Consejo Nacional de Ayllus y   Markas del Qullasuyu (CONAMAQ), y la Federación Nacional de Mujeres Campesinas Indígenas y Originarias de Bolivia Bartolina Sisa (FNMCIOB - BS). </font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">Al ser una   intervención y aporte político, este libro no debería ser juzgado nada más que   por sus méritos académicos. El libro tiene sin duda una serie de deficiencias   conceptuales y analíticas. De manera visible evita un conjunto de cuestiones   claves que giran en torno a los asuntos de la población indígena, caracterizada   como “comunal”, aunque viviendo en su mayoría en las ciudades y no ya en   comunidades rurales; en torno a la problemática de “subir de escala” los   principios de gobierno indígena hasta el nivel nacional; en torno a cuán   “foráneas” son en verdad las ideas occidentales acerca de la democracia, la   justicia y las libertades individuales en Bolivia; en torno a las   delimitaciones entre las jurisdicciones local (<i>ayllu) </i>y   nacional; y en torno a la discriminación de género dentro de las poblaciones   indígenas. Esboza también un cuadro demasiado optimista del progreso   supuestamente inexorable que los indígenas hicieron tanto política como   ideológicamente, y tal vez más importante, guarda un evidente silencio sobre   las relaciones precisas con la población no indígena del país -particularmente   cuando se trata de las prerrogativas para definir el carácter de la nación, la   construcción democrática y los canales de participación-, y las formas de   gobierno en territorios demográficamente mestizos. Sin embargo, nos dice   bastantes cosas sobre las demandas indígenas y las motivaciones y racionalidades detrás de ellas.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Helvetica"> Uno de los aspectos más salientes es la profunda frustración respecto a   la forma en que los “blanco-mestizos”, a los ojos de los autores, construyeron   en el pasado la identidad, el proyecto futuro (económico) y la democracia. En   todos estos ámbitos, los indígenas sienten que han sido categóricamente   excluidos. Su formulación de alternativas (a menudo algo asertiva) ahora que   “ellos” están en el poder) refleja tanto un poco de resentimiento como una   mentalidad de “retribución”, aunque también pensamientos valiosos sobre   arreglos estatales que podrían, por primera vez en la historia, reflejar y   respetar verdaderamente las diferencias culturales, que podrían reflejar las   tradiciones de gobierno y judiciales diferentes, y que en los hechos podrían   incrementar enormemente la verdadera “soberanía” de (¡todos!) los bolivianos   sobre el futuro del país y las estrategias para lograr que ello se haga   realidad. En ese sentido, la pluri-nacionalidad es vista como una forma donde   “estaríamos reconociendo nuestra deuda histórica como país con los pueblos y   naciones originarias” (67), y una forma de garantizar que “los indígenas, los   que tienen color de piel oscura, tengan igualdad de oportunidades (políticas,   económicas, sociales, culturales e ideológicas)” (75). Permitiría también un   espacio legal para la ancestral forma indígena de gobierno local en los Andes,   el <i>ayllu</i>, definida como  “la territorialidad social y antropológica concreta y   una lógica o forma de pensamiento para producir y vivir la vida social, que de   ese modo es un tiempo-espacio diverso y complejo” (109). Sin embargo, a pesar de   que se hace referencia de pasada al hecho de que las condiciones de vida de los   indígenas ya no son lo que solían ser antes de que todas estas “imposiciones   foráneas” fueran forzadas sobre ellos, y que ahora una relación con el Estado   nación boliviano necesita ser reincorporada en cualquier proposición de   “reconquistar” lo que fue reprimido en el pasado, sigue omitiéndose un   reconocimiento más sistemático de estos hechos. Por ejemplo, refiriéndose a los <i>ayllus</i>, el   texto menciona que muchos miembros del <i>ayllu</i> podrían haber, en el transcurso del   tiempo, migrado a otro lugar, y que en ese caso la “especificidad territorial   propia” (109) no corresponde. Sin embargo, sigue sin responderse cuáles podrían   ser las consecuencias de esto para la revitalización de los <i>ayllus</i>. De modo parecido, la propuesta de   incorporar en la nueva Constitución principios democráticos indígenas como “el   ejercicio de cargos en las diferentes escalas y niveles de espacios públicos”   (57), difícilmente se concilia con el hecho de que este sistema ha sido difícil   de mantener incluso en muchas comunidades que han sufrido un éxodo   considerable, y con criterios como el derecho a escoger las autoridades propias   a través de la papeleta del voto. En otras palabras, buena parte del   razonamiento y muchas de las propuestas asumen como su punto de partida un   mundo indígena que ya no existe más, y tiende a desconocer y no tomar en cuenta   a la población no indígena, y a sus perspectivas y preferencias. Por un lado es   comprensible (¿‘entendible’?) una tal postura y un tal tono. Pero por otro lado   hace menos viables los aportes y sugerencias que se basen en una tal realidad que ya no se da. </font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">Otro libro   publicado bajo los auspicios del Fondo Indígena tiene un carácter diferente. La   compilación <i>Pueblos     indígenas y ciudadanía - Los indígenas urbanos</i> salió de una conferencia realizada en Bruselas en 2007, sobre la problemática   de aquellos indígenas que ya no viven en sus “territorios ancestrales”, pero   que optaron por buscar su futuro en las ciudades. De algún modo, parece así   retomar las omisiones del libro que acabamos de examinar. También tiene una   ambición mucho más analítica, bien que en este libro la voz indígena suena   fuerte y claramente. Después de las presentaciones, el primer aporte   sustantivo, un artículo titulado “Emergencia indígena y la presencia de los   indígenas en las ciudades de América Latina”, está a cargo de José Bengoa. Él   subraya un par de hechos a menudo descuidados: en la mayoría de los países   latinoamericanos la mayor parte de los indígenas viven en las ciudades (45), la   tendencia a volverse “cholos” (blancoides) una vez asentados en la ciudad ha   disminuido (43), a menudo surgió una especie de “continuum” entre las ciudades   y las comunidades indígenas (46), las culturas rurales son tanto reproducidas   como transformadas en las ciudades (por todo el texto), el papel del   “territorio” como subyacente a los cambios de identidad étnica (55), pero   simultáneamente nuevas oportunidades como la radio, el Internet e incluso la   migración internacional parecen fortalecer “la identidad indígena” antes que   debilitarla (54-55). Después de la conferencia introductoria de Bengoa, se   presentan los aportes leídos durante dos paneles. El primer panel cubría la   inclusión social y económica; el segundo tenía que ver con asuntos de lenguaje   y educación. En el primer panel, se presentaron documentos sobre pequeñas   empresas indígenas Mapuche en ciudades chilenas, y sobre las inspiraciones   espirituales y milenarias detrás del surgimiento del enorme mercado al aire libre,   la feria “16 de Julio” en El Alto, un <i>qhathu</i>   convertido en feria comercial. Se presenta al <i>qhathu</i> como la respuesta espiritual-material a la “lógica capitalista-empresarial   privada (acompañada por) la ideología liberalista/neoliberal” (84), lo que no   resulta plenamente convincente, y como respuesta a las condiciones de pobreza y desempleo (85), lo cual es muy convincente. </font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">El segundo panel   aborda los temas del lenguaje y la educación. Una ponencia sobre Colombia   discute las políticas y principios desarrollados por el Consejo Regional   Indígena del Cauca (CRIC) en el campo de la educación, definiendo que la misión   del sistema educativo propio “identifica y construye una educación comunitaria,   intercultural, bilingüe, fundamentada en una relación de armonía y equilibrio   con nuestra Madre Tierra, creativa y autónoma, que brinda espacios de   aprendizaje y reconstrucción del saber colectivo…” (143-144), pero contándonos   poco acerca de los problemas que semejante idea podría encontrar en contextos   urbanos mestizos. El segundo texto nos lleva a Guatemala, esbozando brevemente   los enormes problemas políticos e injusticias que enfrenta el país e   introduciéndonos a algunos experimentos para incluir el mundo maya en las escuelas. </font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">En conjunto, esta   compilación tiene algunas deficiencias serias: sus textos son divergentes en   alcance, enfoque y calidad, y muchos de ellos no abordan, o escasamente tocan   el tema de los indígenas urbanos, confirmando primero que se trata de un campo   de investigación incipiente, y segundo las sospechas de que un desconectarse   cultural y lingüístico (“para preservar la identidad”) es una idea muy   complicada y posiblemente incongruente en un contexto caótico como el de las   ciudades latinoamericanas. Por otro lado, y también gracias al hecho de que las   preguntas y comentarios del taller se incluyen en el libro, una vez más este   libro nos ayuda a entender las visiones indígenas sobre los temas de   interculturalidad, identidad y demandas que van más allá de pedir “enclaves” en   los cuales se conceda la indigenidad. Hoy necesitamos ir más allá de un cambio   político que se conforma con tolerar o crear espacios para la diferencia   étnica; lo que está en juego es la misma <i>doxa</i> de   los mecanismos y supuestos societales que hasta aquí -a menudo en forma engañosa- orientaron el multi- y el inter-culturalismo.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica">Todos   estos libros abordan así, de una forma u otra, esta interrogante: ¿de qué modo   la voz indígena puede llegar a aportar y ser interlocutor igual en las   búsquedas por una democracia que ya no se aferra testarudamente al canon   liberal occidental, en una época en que la voz indígena está ella misma en un   proceso de cambio y transformación? Si bien, dada la historia de represión,   desdén y discriminación, la fuerza de afirmación y presión de las demandas por   respeto y una participación igual (o incluso algo mayor) en las decisiones   sobre la identidad nacional y el futuro del país es muy comprensible y en   cierto modo justificada, parece empero necesario reconocer que no es el pasado   sino el presente indígena la contraparte legítima en las deliberaciones sobre cómo debería ser una democracia nacional múltiple, polifónica y diversa.</font></p>     <p align="center"><font size="2" face="Helvetica"><img border=0 width=453 height=371 id="Imagen 3" src="/img/revistas/rbcst/v12n27/a09_figura_03.jpg"></font></p>     <p align="justify"><strong><font size="2" face="Helvetica">NOTAS</font></strong></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica"><b>1&nbsp;&nbsp; </b>Una versi&oacute;n anterior, en   ingl&eacute;s y m&aacute;s corta de este texto fue publicada en la <i>Revista Europea de     Estudios Latinoamericanos y del Caribe</i>, 87, CEDLA   Amsterdam, octubre 2009, pp 121-132. El autor agradece a Hernando Calla por la traducci&oacute;n.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica"><b>2</b>&nbsp;&nbsp; Ton Salman estudi&oacute;   filosof&iacute;a y antropolog&iacute;a en la Universidad de Amsterdam, donde tambi&eacute;n hizo su   PhD (1993). Actualmente trabaja en el departamento de Antropolog&iacute;a Social y   Cultural de la Universidad Libre de Amsterdam, y desde 2008 vive parte del a&ntilde;o   en Bolivia. <a href="mailto:aj.salman@fsw.vu.nl">aj.salman@fsw.vu.nl</a></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Helvetica"><b>3&nbsp;&nbsp; </b>En 2009 tambi&eacute;n fue   publicado en espa&ntilde;ol, por Plural Editores. Aqu&iacute; las referencias son sobre la   versi&oacute;n en ingl&eacute;s.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Helvetica"><b>4&nbsp;&nbsp; </b>Se estima que la versi&oacute;n   en espa&ntilde;ol de este libro ser&aacute; publicada en 2010 por Plural Editores.</font></p>      ]]></body>
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