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<publisher-name><![CDATA[Carrera de Ciencias de la Comunicación Social - Universidada Católica Boliviana San Pablo Cochabamba]]></publisher-name>
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</front><body><![CDATA[ <p align="left"><font size="2" face="Verdana"><b>ARTICULO</b></font></p>     <p align="center"><font size="4" face="Verdana"><b>WALTER BENJAMIN O LA HISTORIA A CONTRAPELO</b></font></p>     <p align="center"><font size="3" face="Verdana"><b>Sergio Villena Fiengo</b></font></p>     <p align="center"><font size="2" face="Verdana"><b>Dedicado a Luis H. Antezana</sub></b></font></p> <HR> </font> </p>     <p><font size="2" face="Verdana">La “Tesis de historia de la filosofía”   constituyen el último texto escrito por Walter   Benjamin antes de su trágica muerte en 1940. Este documento había sido redactado con el   fin de constituirse en una introducción de carácter teórico metodológico a la   obra más ambiciosa que éste filósofo   y crítico literario judío-alemán se había propuesto realizar y a la cual dedicó más de una década de arduo trabajo: los Passagenwerk. La obra de los Pasajes   pretendía conocer, en los   términos de Benjamin, la “prehistoria   de la modernidad” a través de un estudio de historia socio-cultural sobre la ciudad de París, considerada por él la capital del siglo XIX. Hasta donde   se sabe, debido a las dificultades de la guerra y a las propias vicisitudes de   su atormentada vida, Benjamin nunca pudo terminar esta investigación1.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Las Tesis son un documento de extraordinario valor, a la vez que presentan, por su   estructura aforística y críptica, grandes dificultades para su interpretación,   lo que ha dado lugar a constantes y a menudo polémicas reinterpretaciones. En este breve   ensayo presentaremos nuestra interpretación   de las Tesis, considerando   aquellos comentarios que nos parecen relevantes bajo la perspectiva de realizar   una lectura actual de las Tesis,   buscando aplicar en este ejercicio los mismos principios metodológicos que el   propio Benjamin plantea como pertinentes para lograr un acercamiento políticamente productivo a la historia.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Leer a Benjamin   hoy, cuando han transcurrido   poco más de siete décadas de su desdichada muerte, en un remoto poblado de la frontera   franco-española donde la fatalidad se le atravesó en su deambular de judío   errante en camino hacia el exilio americano, debería ser un ejercicio   consecuente con sus propios propósitos: acudir al pasado para iluminar el presente y, de esa forma, redimir el propio pasado. Se trataría, entonces, de intentar   una lectura de Benjamin no destinada a destacar la grandeza de su genio,   sino a recuperar su obra como un fragmento   de historia y ponerlo en   constelación con otros elementos, de manera tal que nos ayude a iluminar   nuestro presente, ya que no a hacer estallar en pedazos la historia. En este ejercicio, apelaremos con frecuencia a los comentarios críticos de Habermas   y Adorno sobre la   obra de Benjamin.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">En general, la obra de Benjamin puede considerarse como una acción   de resistencia contra la barbarie   desencadenada por la modernidad y que, en los años que le tocó vivir, tomaba forma hiperbólica en el   despliegue voraz del fascismo, así como en la brutalidad del socialismo real   soviético, por el cual había sido seducido, durante un breve periodo de su vida, el propio Benjamin.   Las Tesis de filosofia de la historia representan   el momento   culminante de este compromiso emancipatorio que   constituye el trasfondo de las angustiantes búsquedas de su autor y en ellas   convergen, en una “afinidad electiva” y dialéctica, los dos caminos por los que   Benjamin había realizado su búsqueda filosófica: la teología judía y el   materialismo histórico2.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Las Tesis están redactadas   casi a la manera de un manifiesto   sobre la importancia política que tiene para la emancipación de la clase obrera el conocimiento del pasado.   En esta perspectiva, la tesis fundamental, es que el conocimiento de la   historia es, desde la perspectiva benjaminiana, no sólo una forma de hacer historia,   sino la forma de hacer la Historia. Conocer el pasado es una tarea   ineludible del crítico social no sólo en tanto se aprende de él, sino   principalmente porque es la única forma de desencadenar, actualizando, la energía mesiánica que está contenida en ese   mismo pasado, energía de la cual depende el materialista histórico para lograr   la reducción de ese pasado.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Pero el cumplimiento   de una tarea tan ambiciosa no puede lograrse mediante cualquier forma de acercamiento al pasado. Por el contrario, se hace necesario producir “un giro copernicano en   la forma de entender la historia”, es decir,   “hacer la historia a contrapelo”. Para aclarar cuál es la manera   políticamente productiva de interpretar el pasado desde   la perspectiva del materialismo histórico, Benjamin recurre al   auxilio de la teología, con la cual busca establecer una unidad dialéctica: según la alegoría que cita el propio Benjamin en la primera de sus   Tesis, el materialismo sería como un autómata jugador de ajedrez   movido por un jorobado (la teología judía) que se encuentra oculto en una caja que aparenta   estar vacía gracias a un juego de espejos. El contrincante contra el cual este “autómata” se enfrenta en   esta partida de ajedrez es, explícitamente, la socialdemocracia alemana y el   historicismo, aunque probablemente Benjamin pensaba   también en el fascismo y en el stalinismo. Veamos cuáles son   estas diferencias fundamentales que se dan en la forma en que se trata a la historia entre la posición de Benjamin y la socialdemocracia y el historicismo.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="2" face="Verdana">Nos   parece que un buen punto de entrada a esta problemática es destacar la diferencia que   tienen el materialismo histórico/teología judía respecto a la socialdemocracia en tanto al lugar en el   que sitúan su horizonte de expectativas. El materialismo histórico, así como la   teología judía, centran su interés no en un futuro encantado, sino en un pasado de   opresión, el cual buscan redimir en el presente. El   materialismo histórico, como la teología judía, “se alimentan de la imagen de   los antecesores esclavizados”, mientras que la socialdemocracia lo hace “del   ideal de los descendientes liberados”.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Esta “drástica   inversión” entre el “espacio de experiencia” y el “horizonte de expectativas” ha sido destacada   por Habermas (1989).   Según este autor, R. Koselleck   habría caracterizado la conciencia modernidad del tiempo, entre otras cosas,   por la creciente diferencia entre el “espacio de experiencia” y el “horizonte   de expectativas”. La originalidad de la propuesta de Benjamin consistiría en   que, a diferencia de lo que era usual entre los filósofos de su época, no sólo   consideraba posible y necesario aprender del pasado, sino que orientaba esa   fuerza hacia la redención del mismo pasado y no hacia el futuro.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Del anterior   planteamiento se derivan   una serie de consecuencias fundamentales, que exponemos a continuación. En primer lugar, podríamos   decir que para la socialdemocracia recurrir al pasado no   es un asunto de mayor interés, al menos en cuanto se refiere al cumplimiento de   sus expectativas, mientras que para el materialismo histórico/teológico judío   de Benjamin ese recurso al pasado es una necesidad ineludible para llevar   a buen término su autoimpuesta tarea de lograr   la emancipación.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Ahora bien, ese acercamiento al pasado es radicalmente   opuesto al que realiza el historicismo, que hace de su oficio un acercamiento   empático a la historia de los vencedores, un tratamiento estetizante de la   historia, a la cual se despoja de toda trascendencia y fuerza liberadora. El escrutinio del pasado que realiza el   materialista histórico consiste, por el contrario, en romper con esa forma de   continuar la opresión de los vencidos, para lo cual es necesario, precisamente,   “pasarle a la historia el cepillo a contrapelo”, es decir, realizar una crítica de la ideología del historicismo con el   fin de mostrar la otra cara de la historia: la historia de los vencidos, de sus   sufrimientos y de sus resistencias.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Liberar del olvido   la historia de los vencidos tiene por fin aprender la tradición de resistencia de los oprimidos, haciendo evidente que la normalidad que se pretende   de orden y paz no es sino una normalidad en la que la regla es el Estado   de excepción. No resistimos la tentación de recordar aquí el cacareado Orden,   Paz y Progreso del que han hecho alarde las dictaduras de América del Sur mientras   libraban la guerra sucia contra cualquiera de quien se   sospechara que tenía la sangre un poco más roja de lo “normal”. Retornando a Benjamin, el cometido del   materialismo histórico sería hacer que esta normalidad de la excepción se   invierta dialécticamente en una verdadera excepción de la normalidad, es decir, en un cuestionamiento radical de la   normalidad3.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">De esta forma se pondría   en evidencia que la grandeza   de los vencedores que con   tono laudatorio cantan los historicistas no es, como pretenden mostrarlo, una   muestra del avance del progreso de la humanidad. Como señala Benjamin, inaugurando con ello la muy fructífera y   aún vigente “dialéctica de la ilustración” que posteriormente desarrollaron   Adorno y Horkheimer: “Jamás se da un documento de cultura que no   sea también un documento de barbarie” (T. 7) Detengámonos un poco en esta   sentencia, por su gran importancia: señalar   que el reverso dialéctico de la cultura es la   barbarie significa, ante todo, poner en cuestión   a la filosofía de la historia positiva, la cual se enseñoreó del espíritu   Estatal-nacional en la modernidad, sobre todo en las ideologías nacionalistas4: la   filosofía del progreso, convertida en una religión estatal que había logrado seducir no sólo a la clase política, sino   también, de manera trágica, a la propia clase obrera5.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Gran parte   del desinterés de la socialdemocracia por la historia, a no ser bajo su forma   de apología heroica de la victoria de los dominantes, se explicaría,   precisamente, por esa fe ciega   en el progreso, al cual se le atribuyeron, como características intrínsecas, el que fuera un progreso de la humanidad   misma, inconcluíble y, finalmente, incesante (T. 13) Benjamin plantea,   por contrario, que el materialismo histórico tiene como tarea   investigar el pasado para mostrar que el progreso técnico, que se transforma en   dominio –y destrucción— de la naturaleza por el hombre, no se equipara con el   desarrollo humano, sino que, por el contrario, produce   una continua pérdida   de libertad de hombres y mujeres. Benjamin   no alcanzó a conocer la que sería la mejor ilustración de su tesis: Auschwitz, Hiroshima   y Nagasaky.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Ahora   bien, puede señalarse que pese al sombrío diagnóstico de la modernidad que   realiza Benjamin tiene antecedentes y posiblemente esté en parte inspirado en   las tesis de Weber -sobre todo vía   la apropiación de las propuestas de éste por Luckacs, que se convierte a su vez   en una fuente importante para Benjamin- sobre el desencantamiento del mundo y la “jaula de hierro”,   el autor de las Tesis no asume una postura resignada -que adelanta el   desencanto postmoderno que hoy se ha hecho lugar común-, sino que se propone   la tarea de someter a crítica la filosofía del progreso, tarea que, como hemos   señalado, es proseguida por los teóricos críticos de la llamada “Escuela de Frankfurt”, sobre todo Adorno,   Horkheimer y Marcuse.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">La   crítica de Benjamin a la filosofía   del progreso   asume la forma de un   cuestionamiento de la concepción del tiempo que le subyace: la representación del tiempo como homogéneo   y vacío, de un tiempo lineal que transcurre inalterable en su ruta hacia la   nunca totalmente lograda perfectibilidad humana, recorrido en el que el   presente no puede ser sino un momento   de tránsito. A esta concepción del tiempo,   Benjamin contrapone aquella   que él mismo denomina “tiempo   pleno” o “tiempo-ahora”, en la que el presente adquiere   un nuevo y fundamental estatuto: el de un momento en el que, como prescribía el   judaísmo, se detiene el tiempo y se asoma el Mesías, haciendo que de esta forma estalle el continuum   de la historia.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Como se concluye de esta concepción del tiempo, el recurso benjaminiano al pasado tiene como propósito no sólo redimir a los oprimidos de   las generaciones pretéritas. Tiene   también como fin, y esto es fundamental, extraer del pasado el soplo de fuerza   mesiánica que en él se halla enquistado para liberarlo y hacer que se filtre por el   presente de forma catastrófica.   Esa forma de actualizar, potenciándola, la fuerza   mesiánica que nos ha legado   el pasado exige,   precisamente, que seamos capaces de identificar en el pasado las mónadas   (que se presentan bajo la forma de imágenes dialécticas), esto es, las   “estructuras [en las que] se reconoce el signo de una detención mesiánica del   acaecer, o dicho de otra manera: de una coyuntura revolucionaria en la lucha a favor del pasado oprimido”. (T. 17)</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="2" face="Verdana">Para   lograr ese propósito, no hay que proceder,   como el historicismo, de manera aditiva, puesto que este afán no tiene otro   propósito que “llenar el tiempo homogéneo y vacío”. Hacer que la fuerza   mesiánica del pasado ingrese con su fuerza redentora por el presente y lo   convierta en un “tiempo pleno”, requiere un acercamiento a la historia bajo un principio constructivo y no así aditivo: el historiador   materialista debe ser capaz de hacer que el pasado entre en una constelación   con el futuro, haciendo que una época “salte del curso homogéneo de la   historia” (T. 17). El “tiempo ahora”, como modelo mesiánico,   “resume en una abreviatura enorme la historia de toda la humanidad” (T. 18) De esta forma, según   Habermas, Benjamin trata de descifrar   dos cosas en los rasgos arcaicos de la modernidad, que se han congelado   en “imágenes dialécticas”: “tanto la   repetición destructiva de la vieja fatalidad como, también, una fuerza original   dirigida contra esa modernidad destructiva, una fuerza original que sería capaz de torcer esa fatalidad.”</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Es este   último aspecto, el de acudir a la fuerza mesiánica con el fin de lograr la   redención del pasado haciendo estallar el continnum de la historia en un   presente pleno, el que ha provocado   más controversias y ha desencadenado agudas críticas   a las Tesis. Restringiremos aquí nuestro interés a la crítica de Adorno, en la versión que Habermas   presenta de la misma tras una revisión de la correspondencia que ambos   filósofos sostuvieron durante un tiempo prolongado alrededor del proyecto de la   Obra de los Pasajes.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">El autor de “La dialéctica del Iluminismo” postula,   al igual que Benjamin, que lo arcaico es algo que sin residuos viene   históricamente producido -de lo que se desprende que no existe la prehistoria-; pero Adorno se separa ahí de su maestro y amigo, puesto que   “se prohíbe el recurso a algo original que pudiese quitar enteramente la razón   de la modernidad a la que, sin embargo, eso original tendría   también que pertenecer.[...] En una   palabra, no hay nada originario detrás de la modernidad, que no se deba a las   propias tendencias regresivas   de ésta.” (143) Adorno encontraría en el recurso a los   orígenes de Benjamin “huellas de la auratización de las formas primitivas”, las   cuales acercaban peligrosamente al pensamiento mítico y arcaizante, del cual Adorno   buscaba apartarse por todos los medios por considerarlo regresivo y   adialéctico: &#699;Así pues, a mí me parece que la categoría   bajo la cual lo arcaico   asoma en la modernidad   no es   la de edad de oro, sino la de catástrofe&#700;” (146)6.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Así, Adorno   no habría compartido –más bien habría criticado duramente— los residuos metafísicos en los que se apoya   el recurso al origen en el cual Benjamin deposita sus últimas esperanzas para hacer frente   al huracán destructivo del progreso, que impulsa   hacia el futuro al Ángelus   Novus, mientras deja sólo ruinas tras su paso. Pero Adorno,   como lo destaca Habermas, al concentrar su atención crítica en los residuos   místicos en la teoría de Benjamin, a la cual había atribuido la misma intención   de crítica ideológica que él ejercitaba, “no se da cuenta de lo legítimo que es   tratar de llevar a efecto el propósito de una prehistoria de la modernidad –que   tiene por objetivo el desciframiento de una semántica sepultada y amenazada de   olvido— con medios hermenéuticos, es decir,   justo por la interpretación de imágenes dialécticas [...] se equivoca al pensar que el desencantamiento de la imagen dialéctica tiene que conducir necesariamente a una continuación del pensamiento mítico” (Habermas, 1972: 323)</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Adorno, en su afán de mantenerse separado de las tentaciones   místicas que abrumaban a Benjamin, no   habría comprendido el potencial que tenía el proyecto de “prehistoria de la   modernidad” de Benjamin para sustentar un programa político que trascendiera el   ejercicio radical de la negatividad, en la cual él se había recluido. Así, Adorno, por un lado, nunca habría renunciado a la razón, al “trabajo   del concepto” para hacer frente a la dialéctica del   iluminismo, una vez que descubrió que el mismo iluminismo se había convertido   en su opuesto dialéctico, en mito; pero, por otro, no había logrado vislumbrar   en las intuiciones de Benjamin una piedra de toque que le permitiera un apoyo   para abandonar el carácter exclusivamente negativo de su filosofía y asumir una posición políticamente afirmativa. Esta ausencia   de “positividad” en su   pensamiento le valdría, a su vez, enconadas críticas por parte de los   activistas de los movimiento estudiantiles de la segunda mitad de los 60s, que   se enfrentaron - sin éxito- a la urgencia de encontrar fórmulas para hacer que   su movimiento trascendiera a la revuelta cultural. La salida del pantano de la “dialéctica sin identidad”, como llamó Bück Morss a la filosofía de Adorno, habría sido encontrada, al menos en teoría, por un discípulo   suyo: Jürgen Habermas.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">De forma irónica, la posibilidad   de hacer efectivas las tareas incumplidas por la   modernidad, reposarían, según Habermas, en un ámbito en el que el propio   Benjamin había depositado   inicialmente sus esperanzas: el lenguaje. Claro que en Habermas el lenguaje es despojado de las   adherencias mesiánicas a las cuales Benjamin otorgaba capacidad redentora; ya no se trata, como para el joven autor del “Lenguaje en   general y el de los hombres en particular”(1916), de encontrar el “verdadero”   (divino) sentido de las palabras, las cuales habrían perdido su capacidad de   revelar la “verdad” de las cosas debido a la perversa incontinencia nominativa de los hombres.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Para Habermas, si bien también   se trata de purificar el lenguaje, el propósito no es que el lenguaje recupere su transparencia   mimética original, como cuando era un medio de comunicación entre los dioses y   de los hombres con los dioses, como un medio de “revelación”. La tarea consiste, más bien, en liberar al   lenguaje de sus distorsiones ideológicas con el fin de desplegar todo su potencial   como un medio de entendimiento sustantivo entre los hombres   y mujeres, bajo el principio procedimental de la validez del mejor argumento. De   esa forma, el horizonte   utópico de la modernidad, ahora sin el auxilio   de las fuerzas mesiánicas,   recurre nuevamente a la razón, en su forma comunicativa, capaz de posibilitar   tanto nuevos entendimientos sustantivos como de limitar los efectos   catastróficos para la naturaleza y   la sociedad que tiene el desarrollo   descontrolado de la razón instrumental.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">La siguiente cita del propio   Habermas resume su posición filosófica: “No hay nada más   alto, ni tampoco más profundo a lo que pudiésemos apelar, sino sólo a una razón a la que se la han abierto los ojos   sobre su limitado alcance, y que sólo puede entenderse ya en términos   procedimentales, como una razón que procede sólo con argumentos, como una razón que en tales términos procede incluso contra sí misma.   Es lo que ya dijo Kant: la   crítica de la razón es obra de la razón   misma [...] la dialéctica de la   ilustración [no es igual al   viejo racionalismo porque] se ve   movida por una desconfianza   radicalmente antiplatónica contra el consuelo ideológico de las falsas   universalidades” (Habermas, 2000-B: 92-93).</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">Pero, y aquí es donde entra   en escena nuevamente el aporte de Benjamin, el ejercicio   de la razón comunicativa no puede llegar a sustentar un acuerdo societal de   orden normativo a menos que abreve del pasado, para lo cual es necesario que la   razón realice su tarea crítica también respecto al pasado, despojando a la   tradición del aura épica que le ha investido   el historicismo (y, en su propia versión, el propio Benjamin) y haciendo que “la continuidad   del plexo que representa la tradición” comprenda tanto a la barbarie como a la cultura.   Como lo señala Habermas (2000-A), la teoría crítica–y aquí la huella de   Benjamin es obvia— tiene como uno de sus fundamentos el considerar al pasado como   magistra vitae en un sentido que transciende al propuesto por la historia, el historicismo   y la   hermeneútica, esto es, partiendo   de la premisa de que se puede aprender tanto o más de los propios fracasos   del pasado que del pasado “positivo”. Toda vez que la   fuerza mesiánica del pasado se ha diluido, la tarea de recorrer la historia a   contrapelo con el fin de iluminar el presente se despoja de toda pretensión “salvadora” para asumir un más modesto papel “conscienciador”.</font></p>     <p><font size="3" face="Verdana"><b>NOTAS</b></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p><font size="2" face="Verdana">1 Hace   algunos años, Susan Bück Morss, una de las comentaristas más lúcidas de la obra   de Benjamin, publicó su propia versión   de la Obra de los Pasajes, con el título   The Dialectics of the   Seeing: Walter Benjamin and The Arcades   Project, London, MIT Press, 1989.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">2   Habermas considera que este intento de conciliar ilustración (en su versión   materialista histórica) y mística   fracasó, “porque el teólogo que pervivió en el no consiguió   arreglárselas para poner la experiencia mesiánica de la experiencia al servicio   del materialismo histórico” (Habermas, 1972: 321-322).  Esta crítica, que modestamente compartimos, en modo alguno   significa, empero, que Benjamin no haya realizado   una contribución sustantiva a la teoría crítica.   En este ensayo tratamos de destacar la vigencia de ése aporte para nuestro   presente.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">3 En   esta forma de relación con el pasado que establece Benjamin, Habermas destaca   dos ideas: “La convicción de que la continuidad del plexo que representa la   tradición viene fundada tanto por la barbarie como por la cultura; y la idea de   que cada generación actual no sólo es responsable de las generaciones   futuras, sino también del destino   que sin merecerlo sufrieron las generaciones pasadas”. (1989: 26).</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">4   Anderson (1993), siguiendo   a Benjamin, ha señalado que una de las características del nacionalismo es que asume una concepción del tiempo como “homogéneo, vacío”,   es decir, una   concepción del progreso lineal. Podría   decirse que el nacionalismo también busca articular el pasado con el futuro,   haciendo de la tradición una fuente de inspiración.  Pero, a diferencia de Benjamin, esa tradición sería de tipo   historicista, positiva, gloriosa; en el fondo, se trataría tan sólo de recurrir   con propósitos ideológicos a una tradición que, por lo demás, es en gran parte   inventada con el fin de ser venerada. Pero, como dice Adorno, “la cultura no puede divinizarse más que en cuanto es neutralizada y cosificada” (1973: 213)</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">5 Habermas   (1972) ha criticado esta posición de Benjamin por considerarla extrema, en   tanto no reconocería los logros reales de la modernidad en términos de beneficios sociales,   desarrollo cultural y libertades democráticas, incluso para la clase   obrera. Desde luego, hay que recordar   que Habermas desarrolla sus reflexiones en el contexto del auge económico de la   postguerra, así como en el periodo   de la implantación de políticas sociales por parte   del llamado “Estado   de bienestar”. En los tiempos   de Benjamin, el panorama era bastante más sombrío...como lo es hoy en la mayor parte del “tercer mundo”.</font></p>     <p><font size="2" face="Verdana">6 Benjamin,   impresionado por las objeciones de Adorno, habría admitido “no dominar todavía bien el tema de lo arcaico”. Con el fin de superar   esa falencia, aparentemente había proyectado el plan de escribir un artículo sobre C. G. Jung que “marque con claridad los límites   entre la imagen arcaica y la imagen dialéctica” (Habermas, 2000-B: 143). Ese texto nunca habría sido escrito y Benjamin habría tratado de superar el impasse recurriendo a Baudelaire.</font></p>     <p><font size="3" face="Verdana"><b>BIBLIOGRAFÍA</b></font></p>     <!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana"><b>1. ADORNO</b>, Theodor   (1973), “La crítica   de la cultura y la sociedad”, en Crítica cultural   y sociedad. Barcelona. Ed. Ariel.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=195330&pid=S1815-0276200400020000600001&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana"><b>2. ADORNO</b>, Theodor W. (2001), Sobre Walter Benjamin.    Madrid. Ed. Cátedra.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=195331&pid=S1815-0276200400020000600002&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana"><b>3. ADORNO</b>, Theodor W. y Max Horkheimer (1987), Dialéctica del   iluminismo.  Buenos Aires: Ed. Suramericana.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=195332&pid=S1815-0276200400020000600003&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana"><b>4. ANDERSON</b>, Benedict   (1993), Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la   difusión del nacionalismo. México: F.C.E.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=195333&pid=S1815-0276200400020000600004&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana"><b>5. BENJAMIN</b>, Walter (1916),   “Sobre el lenguaje   en general y sobre el lenguaje de los hombres”.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=195334&pid=S1815-0276200400020000600005&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana"><b>6. BENJAMIN</b>, Walter (1940), Tesis de Filosofía   de la Historia</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=195335&pid=S1815-0276200400020000600006&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana"><b>7. BÜCK MORSS</b>, Susan (1981),   Origen de la dialéctica negativa.   Theodor W. Adorno, Walter   Benjamin y el Instituto de Frankfurt. México.   Ed. Siglo XXI.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=195336&pid=S1815-0276200400020000600007&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana"><b>8. BÜCK MORSS</b>,   Susan (1989), The Dialectics of Seeing:   Walter Benjamin and the Arcades   Project, London. Ed. MIT Press.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=195337&pid=S1815-0276200400020000600008&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana"><b>9. HABERMAS</b>, Jürgen (1972), “Crítica   conscienciadora o crítica   salvadora”, en Perfiles político   filosóficos. Madrid. Ed. Península.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=195338&pid=S1815-0276200400020000600009&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana"><b>10. HABERMAS</b>, Jürgen (1989) “Excurso sobre las Tesis de Filosofia   de la Historia de Benjamin”, en El discurso filosófico de la modernidad. Buenos Aires. Ed. Taurus.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=195339&pid=S1815-0276200400020000600010&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana"><b>11. HABERMAS</b>, Jürgen (2000-A), “¿Aprender   de la historia?”, en Más allá del Estado Nacional. México. Ed. F.C.E.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=195340&pid=S1815-0276200400020000600011&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --><!-- ref --><p><font size="2" face="Verdana"><b>12. HABERMAS</b>, Jürgen (2000-B), “Sobre Benjamin y Adorno.   Lo falso en lo propio”, en Más allá   del Estado Nacional. México: F.C.E.</font>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;[&#160;<a href="javascript:void(0);" onclick="javascript: window.open('/scielo.php?script=sci_nlinks&ref=195341&pid=S1815-0276200400020000600012&lng=','','width=640,height=500,resizable=yes,scrollbars=1,menubar=yes,');">Links</a>&#160;]<!-- end-ref --> ]]></body><back>
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