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</front><body><![CDATA[ <p align="right"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif"><b>ART&Iacute;CULO ORIGINAL</b></font></p>     <p align="right">&nbsp;</p>     <p align="center"><b><font size="4" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">La Revolución   Nacional de 1952 en Bolivia: un Balance Crítico</font></b></p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center"><b><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">H.C.F. Mansilla</font></b></p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center">&nbsp;</p> <hr size="1" noshade>     <p>&nbsp;</p>     <p>&nbsp;</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Los paradigmas nacionalistas y socialistas de desarrollo gozaron tanto   de una popularidad masiva como de una notable reputación científica durante una   buena parte del siglo XX. Dos factores relacionados entre sí divulgaron estas   concepciones en extensas porciones del Tercer Mundo: la idea de que el orden   tradicional, rural y pre-industrial, constituiría un sistema político injusto,   carente de dinamismo e históricamente superado, y la ilusión de que la   modernidad traería consigo simultáneamente el progreso material y la justicia   social. Para comprender la fuerza que emanaba de la llamada Revolución Nacional   de abril de 1952 en Bolivia, su capacidad de movilización popular y su lugar   -hasta hoy- eminentemente positivo en las ciencias sociales e históricas, hay   que examinar primeramente esa opinión tan predominante hasta hoy acerca de lo   negativo del mundo premoderno, opinión que no fue cuestionada durante largas   décadas ni por los enemigos más recalcitrantes del partido político que tomó el   poder en 1952. Hay que reconstruir esa especie de consenso general para   entender la fuerza avasalladora que tuvo la Revolución Nacional en la escena   política boliviana y en las visiones elaboradas por los intelectuales. Como se   sabe, una vasta popularidad no garantiza la veracidad de las creencias   colectivas y de los mitos intelectuales, mucho menos la calidad y durabilidad de un experimento socio-político.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Algunos datos socio-históricos son imprescindibles para comprender esta   constelación, porque, como toda historia humana, los anhelos de modernización y   progreso estaban inextricablemente mezclados con disputas habituales por   espacios de poder y prestigio y con patrones groseros de comportamiento   colectivo. Después de la Guerra del Chaco (1932-1935) y el descalabro de los   partidos y las elites tradicionales, surgieron en Bolivia nuevos partidos de   corte nacionalista y socialista que jugaron un rol decisivo en las décadas   siguientes. Ellos eran la manifestación de sectores ascendientes de las clases   medias, sobre todo de las provincias, que hasta entonces habían tenido una   participación exigua en el manejo de la cosa pública. Los estratos altos   tradicionales y sus partidos ejercieron el gobierno por última vez en los   periodos 1940-1943 y 1946-1951 e intentaron a su modo modernizar las   actuaciones políticas, dando más peso al Poder Legislativo, iniciando tímidos   pasos para afianzar el Estado de Derecho y estableciendo una cultura política   liberal-democrática. Estos esfuerzos no tuvieron éxito porque precisamente una   genuina cultura liberal-democrática nunca había echado raíces duraderas en la   sociedad boliviana y era considerada como extraña por la mayoría de la   población. Por otra parte, esta cultura liberal-democrática fue combatida   ferozmente por las «nuevas» fuerzas nacionalistas y revolucionarias, que   estaban imbuidas del espíritu totalitario de la época; la lucha contra la   «oligarquía minero-feudal» encubrió eficazmente el hecho de que estas   corrientes radicalizadas detestaban la democracia en todas sus formas y, en el   fondo, representaban la tradición autoritaria, centralista y colectivista de la   Bolivia profunda, tradición muy arraigada en las clases medias y bajas, en el   ámbito rural y las ciudades pequeñas y en todos los grupos sociales que habían   permanecido secularmente aislados del mundo exterior. Ya que la historia la   escriben los victoriosos, los ensayos democratizantes de estos breves gobiernos han quedado premeditadamente en el olvido más completo.<sup>1</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Entre los sectores con vehementes anhelos de promoción social se   encontraban muchos de los oficiales del ejército derrotado en la Guerra del   Chaco y numerosos civiles de clase media que habían comba<sup>1 </sup>tido en   aquella epopeya. Potencialmente, conformaban una amplia contra-elite deseosa de   ascenso social y económico y de reconocimiento público, que no podía y no   quería contentarse más con roles subalternos. Entre ellos se hallaban los   partidarios de un incipiente nacionalismo revolucionario y de las diversas   ideologías de izquierda. Los dirigentes y militantes de base del Movimiento   Nacionalista Revolucionario (MNR), fundado en 1941, provenían de los estratos   medios del interior del país, estratos que durante décadas (y tal vez siglos) se   habían sentido discriminados por los miembros de las viejas elites y la   oligarquía terrateniente a la hora de ocupar posiciones en la administración del Estado.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">En sus comienzos, el MNR pretendió haber concebido una posición   nacionalista propia y específica para Bolivia, pero este nacionalismo era en   verdad una renovación del clásico espíritu centralista, autoritario y   anticosmopolita que predominaba en el país, mejorado entonces por tonos   protofascistas y pronazis que estaban en boga. El grupo de intelectuales del   cual emergió el MNR se destacó por atacar a todo sector sospechoso de algún   vínculo con el «extranjero»: masones, judíos, izquierdistas e imperialistas.<sup>2</sup>Hoy   en día, cuando el MNR parece encarnar una corriente modernizante y abierta a la   globalización mundial, a sus adherentes no les gusta que se les recuerde el   pasado del partido. Justamente por ello es conveniente mencionar que sus   fundadores, reunidos alrededor del periódico LA CALLE<sup>3</sup>,   propiciaron una ideología violentamente antisemita<sup>4</sup>,   decididamente pro-nazi<sup>5</sup>   y adversa a la democracia pluralista liberal.<sup>6</sup> Así fue también la programática del MNR   durante el gobierno de Gualberto Villarroel (19431946), aunque no lograron imponerla totalmente en la praxis.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Las transformaciones socio-económicas, que tuvieron lugar en Bolivia   como consecuencia de la Revolución Nacional iniciada en abril de 1952, pueden   ser calificadas de reformistas, si por reformismo se entiende un paradigma de   desarrollo histórico, basado en notorias modificaciones de las estructuras   políticas y sociales, modificaciones que intentan seguir un camino diferente   tanto del sistema socialista- estatista como del capitalismo convencional. Los   regímenes reformistas buscaron un adelantamiento económico y social en   dirección a una sociedad dinámica, urbanizada e industrializada y, consecuentemente,   una superación del estadio histórico premodemo, caracterizado por el   estancamiento evolutivo, las prácticas tradicionales y los valores rurales. Se   trató de un modelo de modernización muy extendido en todo el Tercer Mundo hasta   aproximadamente 1980, cuando se empieza a expandir el modelo neoliberal. El   reformismo fue a menudo acompañado de una ideología de tipo nacionalista, que   postulaba la existencia de una tercera vía entre capitalismo y socialismo.   Este modelo reformista incluyó el experimento de una armonización de clases   sociales, evitando los conflictos abiertos entre los diversos estratos de la   sociedad por medio de una política económica de redistribución de ingresos sin   demasiadas alteraciones en el régimen de propiedad. Los programas reformistas   tendían por un lado a cambiar la llamada sociedad tradicional mediante una   amplia intervención de instancias estatales, cuyo fin fue el de inducir un   proceso de industrialización y una diversificación equilibrada de la economía.   La aplicación de medidas intervencionistas, la introducción de una   planificación de carácter indicativo y algunas limitaciones o hasta supresiones   parciales de la propiedad privada, acercaron este modelo a los sistemas socialistas   de economía dirigida centralmente, pero la conservación del derecho a la   propiedad privada, la prevalencia de ésta última en algunos terrenos (como la   industria de bienes de consumo, la agricultura y algunos segmentos del rubro de   servicios), el respeto, muchas veces sólo formal, a instituciones como la   división de poderes y la pluralidad de partidos y la vigencia (muy limitada) de   los derechos cívicos y políticos, denotaron por otro lado una cierta afinidad con respecto a los modelos liberales.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Las alteraciones inducidas por la revolución de abril de 1952 marcaron   un importante corte en la historia de Bolivia, separando una época de carácter   eminentemente tradicional de una etapa modernizante claramente concebida para   el objetivo de un adelantamiento acelerado, aunque en la praxis surgió inevitablemente   una distorsión de las metas originales. En las vísperas de la revolución   (1952), la fuerza del orden tradicional era tan poderosa y las irrupciones de   la modernidad tan delimitadas, que Bolivia encarnaba él paradigma de un orden   pre-industrial en lo económico y premodemo en lo social. Al contrario de la   Argentina (1862-1943), Bolivia no conoció una era genuinamente liberal con   ensayos perdurables y fructíferos de modernización en las esferas política,   social y económica, así que las medidas reformistas de la Revolución Nacional   ocurrieron frente a un trasfondo percibido como atraso, tradicionalidad y   estancamiento. No cabe duda de que una parte de esta visión era cierta. Las   normas de actuación y las pautas de comportamiento colectivo estaban   particularmente alejadas de los patrones modernos. Lo tradicional se   manifestaba políticamente en la fuerza de atracción que ejercían caciques   locales y personas con un cierto carisma político, lo que explica la poca   importancia de que gozaban ideologías y programas políticos. Hasta hoy, en este   campo las cosas han variado muy poco. Por otra parte, normas y criterios   particularistas no experimentaron, principalmente fuera del radio de acción de   la cultura urbana, una limitación significativa mediante la introducción de   parámetros sociales de índole universalista: el énfasis recaía inequívocamente   sobre intereses parroquiales de corto plazo y los nexos familiares y las visiones   de carácter localista impidieron la aparición de metas y programas coherentes   con perspectivas de largo plazo. La validez del status social estaba regida por   criterios adscriptivos de atribución convencional y no por puntos de vista   derivados del rendimiento efectivo individual. La determinación del prestigio   social, la llamada carrera política y el reclutamiento de funcionarios de la   administración pública dependían en gran parte del status social de origen de cada persona.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Salvo en algunos focos de modernidad, como en las empresas relativamente   grandes, reinaba una notable difusidad de funciones y expectativas: la llamada   gente importante en las poblaciones medianas y pequeñas tomaba a su cargo los   más diversos roles y ocupaba los cargos más diferentes entre sí, sin que ello   fuese motivo alguno de crítica o sorpresa. Recién a partir de 1952 se puede   constatar una tendencia general a una diferenciación de los roles y a una   especificación de las funciones, lo cual se debe, entre otros factores, a una   mejor educación formal, a la labor de los medios masivos de comunicación y a la intensificación de los contactos con el exterior.<sup>7</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">La fragmentación regional del país y la existencia de estructuras   económicas muy dispares entre sí impidieron la formación de un sistema de   clases y estratos sociales homogéneo y válido para la totalidad de la   república. Fuera del radio de acción de la economía de mercado y de la cultura   urbana permanecieron más o menos intactas numerosas comunidades indígenas   dedicadas a una economía de subsistencia, que no poseían una organización   social diferenciada y no tenían contactos significativos con la esfera de los   valores y normas de proveniencia moderna. Al lado de estas zonas aisladas   fácticamente de la evolución histórica, se hallaban importantes territorios   pertenecientes también a una civilización tradicional, pero que tenían la   función de suministrar mano de obra barata y productos agrícolas para la   reproducción de los poquísimos sectores ya modernizados de la economía   boliviana, en primer lugar, para la explotación minera. La legitimación de las   jerarquías sociales en este mundo agrario-tradicional se basaba en valores   adscriptivos y convencionales, siendo aquí muy fuerte la resistencia a cualquier cambio social.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">El problema más agudo en el sector tradicional antes de 1952 estaba   representado por el sistema de tenencia y aprovechamiento de tierras. Aparte   del latifundio y el minifundio se habían mantenido, a pesar de múltiples   presiones, las comunidades campesinas, un modo de propiedad y producción de   Indole arcaico-tradicional. Dedicada primordialmente a la subsistencia, la   comunidad quedaba vinculada, empero, a los grandes terratenientes de la región   mediante nexos legalmente no definidos claramente, lo que dejaba un amplio   margen para abusos de todo tipo y la conservación de una pirámide de autoridad   de índole racista. La producción agraria para el mercado dependía del   latifundio, aunque también sus métodos laborales resultaban anticuados y su   rentabilidad haya sido generalmente muy baja. Antes de 1952, el 8,1 % de los   propietarios agrícolas poseían el 95 % de la superficie agraria aprovechable,   mientras que el 69,4 % de los propietarios debían contentarse con 0,41 % de las   tierras agrícolas.<sup>8</sup> Cuando más grande era la propiedad agraria, tanto menor resultaba la superficie   efectivamente cultivada; en los grandes latifundios se aprovechaba únicamente   un porcentaje reducido de la tierra, lo que demuestra la poca prevalencia de los principios modernos de producción y eficiencia técnico-administrativas.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Antes de 1952, los sectores ya modernizados eran como islas de la   modernidad en un mar del subde- sarrollo tradicional y se limitaban a una parte   del área minera y algunos núcleos urbanos, particularmente a la ciudad de La   Paz; en ellos se podía constatar no sólo la vigencia -muy limitada- de ciertas   pautas y normas contemporáneas de la cultura urbana, sino también un ritmo algo   más dinámico en la esfera económica y una orientación internacional a causa de   la exportación de los productos mineros. Pese a su relevancia en el marco de la   economía nacional, el sector minero empleaba a un número relativamente pequeño   de obreros en este sector; como muchas industrias extractivas, el quehacer   minero no contribuyó a generar un proceso importante de industrialización y   modernización ni tampoco promovió un mejoramiento del nivel general de vida.<sup>9</sup> Dentro de la estructura de la economía minera predominaban las propiedades de   tres grandes conglomerados (Patiño, Hochschild y Aramayo), que monopolizaban la   dinámica del crecimiento y ejercían una cierta influencia política (magnificada   dramáticamente por los intelectuales nacionalistas y socialistas). En el   limitado ambiente de entonces emergió el consorcio minero de Don Simón I.   Patiño, el principal magnate de este rubro, como una categoría esencialmente   mítica, difícil de ser percibida mediante conceptos racionales y sobrios. Hasta   ahora falta un análisis global de su obra que esté libre de resentimientos   políticos<sup>10</sup>;   a él se le deben, sin embargo, algunos efectos modemizadores de notable   relevancia, como la organización muy compleja de un sistema de comercialización   y producción en un medio geográfico muy hostil, la creación del Consejo   Internacional del Estaño&quot; y el desalojo del capital extranjero (mayormente   de proveniencia chileno-británica) en la gran propiedad minera, lo que   paradójicamente posibilitó la estatización de las grandes corporaciones mineras   en 1952. Esta acumulación sorprendente de riqueza y poder en tres pequeños   grupos familiares y la imposibilidad de comprender el éxito ajeno -un éxito   basado en la aplicación de principios modernos como la eficiencia   administrativa y la organización racional- fomentaron directamente la envidia   colectiva y el malestar socio-político y propiciaron un amplio ambiente revolucionario favorable a la nacionalización de las grandes propiedades mineras.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">A causa de su orientación exportadora y de su incapacidad para inducir   un dinámico desenvolvimiento económico en otros sectores, la gran minería fue   considerada por nacionalistas y socialistas como un enclave del sistema   internacional localizado en una sociedad periférica; uno de los argumentos primordiales   esgrimidos para su estatización fue la aparente carencia de impulsos   modemizadores y la consolidación de la dependencia con respecto al exterior,   factores que presuntamente representaban la responsabilidad histórica de las empresas mineras privadas.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">De todas maneras, esta situación de enclave y la prevalencia de   elementos tradicionales condicionaron igualmente una estructura social de   carácter marcadamente pre-industrial, en la que faltaban estratos medios   extensos, grupos con autonomía económica y un proletariado urbano importante;   la movilidad social era relativamente restringida. Dilatados segmentos de la   sociedad dependían de las funciones estatales. Este tipo de estratificación   social, rígido, poco diferenciado y proclive a producir conflictos violentos,   era la contraparte de un estado general de atraso, expresado en bajas tasas de urbanización, alfabetización y atención médica.<sup>11</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Como ya se mencionó, el inmovilismo político y el potencial de   conflicto en el sector minero crearon, sobre todo después de la Guerra del   Chaco, una situación de malestar social permanente, que provocó una   politización creciente de los estratos medios, tendiente, en forma muy general,   a exigir una participación substancialmente mayor en los privilegios económicos   y políticos de la clase alta. Debido a que la lealtad de las capas medias era   imprescindible para la preservación del orden tradicional, se puede aseverar   que el alejamiento de ellas con respecto a los valores convencionales de   orientación socio-política señaló el fin del antiguo régimen. El descontento   fue canalizado por el Movimiento Nacionalista Revolucionario, que a partir de   1946, fue adquiriendo paulatinamente caracteres izquierdistas y reformistas, lo   que amplió considerablemente su base de partidarios. La tendencia estrictamente   nacionalista fue desplazada de la programática del partido o mantuvo solamente   una función ornamental, incorporándose a los objetivos del mismo la reforma   agraria, la estatización de las grandes empresas mineras y el derecho universal de voto.<sup>12</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Después de la toma del poder en abril de 1952, el gobierno del MNR   declaró que la justicia social y el progreso económico representaban los dos   objetivos prioritarios del nuevo régimen. La consecución de justicia social y   soberanía nacional fue explícitamente ligada a un desenvolvimiento económico de   amplio alcance e índole dinámica, lo que, en el fondo, equivale a un inequívoco   programa de modernización, particularmente en lo que se refiere a la expansión   de la racionalidad instrumental en el ámbito de la vida económica.<sup>13</sup> Estas buenas intenciones florecían, sobre todo, en el campo de la teoría y en   la esfera de la propaganda y las relaciones públicas. Estas dos últimas áreas han alcanzado desde entonces una importancia sorprendente.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">La nacionalización de las minas tenía como objetivo alcanzar el llamado   control nacional sobre la producción y comercialización de los minerales, para   lograr un desarrollo a largo plazo de acuerdo a los paradigmas nacionalistas;   la estatización estaba concebida para canalizar las presuntas inmensas ganancias   de las empresas privadas hacia otros sectores económicos, con el fin explícito   de diversificar la estructura productiva del país.<sup>14</sup> En   la teoría y la propaganda las metas de la reforma agraria fueron la obtención   de la justicia social y la modernización de los sistemas de producción en el   campo. La reforma agraria conllevó efectivamente la concesión de tierras a los   campesinos que no las tenían, la devolución de predios incautados a las   comunidades campesinas, la abolición del latifundismo y la anulación de los   servicios personales gratuitos. Otras metas permanecieron, sin embargo, en el plano   de los buenos deseos, como la tecnificación de las labores del campo y la   ayuda financiera a los pequeños propietarios. La integración de las masas   campesinas en el sistema nacional constituyó uno de los principios motores de   la reforma agraria, lo que se trató de alcanzar mediante la extensión de los   derechos ciudadanos a los campesinos y la incorporación de los mismos a los   circuitos del mercado, de la instrucción básica y de la movilización política.   Aunque los datos estadísticos son contradictorios, se puede afirmar con cierta   seguridad que hasta 1970 se repartieron doce millones de hectáreas a 450.000   nuevos propietarios, lo que afectaba a unos dos millones de personas de una población total de 4,5 millones.<sup>15</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">En la praxis, la ideología nacionalista del MNR jugó un papel muy   secundario y se fue diluyendo con el paso de los años.'<sup>7</sup> Hasta es   posible que los dos actos revolucionarios más importantes del MNR, la   nacionalización de las minas y la reforma agraria, hayan sido llevados a cabo   por razones táctico- instrumentales -para ganar el apoyo de dilatados sectores   sociales- y no para acabar con los «obstáculos al desarrollo», tal como se   aseveraba cuando el MNR atacaba las políticas públicas de la «rosca minero- feudal».</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Pese a todo, no hay duda de que aspectos nítidamente modernizantes han   sido generados por la reforma agraria en una proporción más elevada que por la   estatización de las empresas mineras. Entre ellos se cuentan no sólo la   derogación de relaciones personales y laborales de tipo servil, sino la   apertura de los mercados agrícolas, la generalización de mecanismos   contemporáneos de intercambio (como el dinero) entre los campesinos, la   ampliación y mayor utilización de la red de transportes y comunicaciones en el   área rural, el incremento de la movilidad social y la expansión de oportunidades de educación básica.<sup>16</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Los diferentes proyectos en torno a la diversificación de la estructura   económica transcurrieron en forma menos dramática que las grandes reformas   sociales y empezaron a dar sus frutos después de la caída del régimen del MNR   en 1964. Estos aportes a la modernización, iniciados en condiciones adversas   de atraso y dificultades-técnicas, estaban destinados a la apertura de nuevas   tierras agrícolas y ganaderas en el Oriente del país, a la electrificación, al   fomento de la producción petrolera y al establecimiento de ciertas industrias   básicas. Sobre todo la integración y el desarrollo acelerado de las regiones   orientales, la base de una producción notablemente intensificada en los rubros   ganadero, agrícola, de la agro- industria y del petróleo, han modificado la   composición y la dinámica de la economía boliviana, creando nuevos polos de   desarrollo, cambiando paulatinamente la estructura del empleo en todo el país y efectuando un aporte a la modernización del mismo en varios ámbitos.<sup>17</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Las reformas socio-económicas llevadas a cabo durante el régimen del   MNR no han estado libres de aspectos negativos. La estatización de las empresas   mineras no generó los abundantes excedentes financieros que se esperaban para   acelerar el desenvolvimiento de otros rubros de la economía. Como en   innumerables casos acaecidos en las sociedades periféricas, la confiscación de   la propiedad privada no sirvió para aprovechar las ganancias supuestamente   legendarias de los capitalistas en favor de la comunidad; las declaraciones   posteriores del MNR trataron de restar importancia a esta función económica de   la nacionalización de las minas y resaltaron más bien la significación política   de aquella medida: la estatización habría acabado con el predominio de los   magnates mineros y posibilitado un nuevo régimen, politicamente democrático y   socialmente justo.<sup>18</sup> Las minas en poder del Estado tuvieron pronto que ser subvencionadas por el   gobierno, lo que fue agravado por la descapitalización de la Corporación Minera   de Bolivia, por la indisciplina de los obreros y la disminución general de la productividad.<sup>19</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">La reforma agraria tampoco estuvo exenta de momentos negativos. La   incautación y ocupación indiscriminadas de propiedades agrícolas impidió la   formación de explotaciones de tamaño intermedio y de alta productividad, que   hubiesen suministrado alimentos en cantidades y precios convenientes a los   mercados urbanos. Se pudo constatar asimismo un descenso de la productividad promedio   en el campo; por otra parte, la tecnificación y modernización de la producción agrícola no abandonaron, en lo esencial, el nivel de postulados verbales.<sup>20</sup></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">En el ámbito socio-político el régimen del MNR en Bolivia no significó   una modernización y ni siquiera un mejoramiento de las condiciones imperantes.   Al asumir el gobierno en 1952 el MNR dio paso a una constelación muy común y   popular en América Latina y en casi todo el Tercer Mundo. Lo que puede   denominarse la opinión pública prefigurada por concepciones nacionalistas,   populistas y antiimperialistas -es decir: la opinión probablemente mayoritaria   durante largo tiempo y favorable a un acelerado desarrollo técnico-económico-   asoció la democracia liberal y el Estado de Derecho con el régimen presuntamente   «oligárquico, antinacional y antipopular» que fue derribado en abril de 1952.   En el plano cultural y político, esta corriente desarrollista-nacionalista   (como el primer peronismo en la Argentina) promovió un renacimiento de   prácticas autoritarias y el fortalecimiento de un Estado omnipresente y   centralizador. En nombre del desarrollo acelerado se reavivaron las tradiciones   del autoritarismo y burocratismo, las formas dictatoriales de manejar   «recursos humanos» y las viejas prácticas del prebendalismo y el clientelismo   en sus formas más crudas. Todo esto fue percibido por una parte considerable   de la opinión pública como un sano retorno a la propia herencia nacional, a los   saberes populares de cómo hacer política y a los modelos ancestrales de   reclutamiento de personal y también como un necesario rechazo a los sistemas   «foráneos» y «cosmopolitas» del imperialismo capitalista. Recién a partir de   1985 el mismo MNR hizo algunos esfuerzos por desterrar esta tradición socio-cultural tan profundamente arraigada.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">La vida cotidiana, especialmente en el periodo 1952-1956, estaba   determinada por la represión y la demagogia. El tratamiento coercitivo de los   opositores políticos por parte del gobierno alcanzó tal grado que se necesitó   campos de concentración para encerrarlos -naturalmente sin proceso alguno y sin   que se pudiese apelar a una multitud de disposiciones constitucionales y   jurídicas que seguían en vigencia. Se crearon órganos estatales sin fundamento   legal para el control y la represión de la población, fenómenos, que si bien no   eran ajenos a la vida política del país desde la fundación de la república,   adquirieron a partir de 1952 el carácter de lo sistemático y tecnificado. Las   prácticas opresivas toleradas hasta entonces habían sido evidentemente brutales,   pero, al mismo tiempo, accidentales, momentáneas y dispersas; con el   advenimiento del MNR al poder aquéllas se tomaron ordenadas, eficientes y   despiadadas, ejecutadas por instancias todopoderosas, exentas de vínculos   legales, dotadas de amplia autonomía de gestión y libres de inspección de parte   de la administración pública. Esta eliminación fáctica del Estado de Derecho   no trajo consigo únicamente la supresión de garantías constitucionales y   derechos políticos, sino también un proceso manifiesto de regresión en el   ámbito del pensamiento socio-político y de los valores normativos de   comportamiento, lo que imprimió al régimen el estigma permanente de totalitario y despótico.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">La cultura política se distinguió, sobre todo, por el predominio de   elementos manipuladores y demagógicos; se repitió el lugar común de las   ideologías revolucionarias y nacionalistas del Tercer Mundo, que mediante una   crítica parcializante de la tradición liberal-democrática, justifican hábitos   arbitrarios y la negación efectiva de una democracia pluralista. El nivel de   cultura política anterior a 1952, aunque muy rudimentario, fue reemplazado por   un sistema, en el cual la conciencia política crítica fue transformada en la   capacidad de identificarse con las metas del Estado y en el cual las marchas   multitudinarias suplían el genuino diálogo político. El régimen estaba marcado   por una combinación híbrida de anti-imperialismo retórico y autoritarismo   práctico, que tampoco fue cuestionado por sus sectores izquierdistas. A partir   de 1952 se percibe un renacimiento del discurso político de la época del   caudillismo clásico, lleno de promesas que no serán cumplidas y de amenazas   dirigidas a todos los adversarios. La retórica del MNR se asemejó a lo que René   Zavaleta Mercado dijo de los doctores de Charcas: un «sistema tortuoso», donde   «el lucimiento del ingenio era más importante que la creación ideológica ,...».<sup>21</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">El mayor éxito modernizador del MNR puede ser estimado como paradójico   en alto grado, pues consistió en un fortalecimiento técnico de prácticas   tradicionales: la herencia burocrática, la propensión a la corrupción y los   hábitos policiales ilícitos resultaron rejuvenecidos de un modo notable. Como   escribió Huáscar Cajías, la policía política del MNR sistematizó «lo que antes   estaba disperso; introdujo orden en la anarquía represiva; tomó continuo,   permanente, lo que antes era accidental y momentáneo; adjuntó a las palizas   tradicionales, primitivas y temperamentales, los aportes de la ciencia moderna,   para lo cual construyó un estado mayor eficiente e idóneo ..,.».<sup>22</sup> Otros logros del MNR fueron la anulación del sistema jurídico y especialmente   de las garantías constitucionales. «Todo esto se justificaba y practicaba en nombre de la patria, de la justicia social, del progreso económico ....».<sup>23</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Durante el periodo 1952-1964 el MNR produjo una normativa oficial   «esquizofrénica»: por un lado la implementación de reformas radicales, y por   otro, la preservación de viejos valores convencionales.<sup>24</sup> Fue   un régimen con pretensiones totalizadoras e inclinaciones fuertemente   prebendalistas, que oscilaba entre las políticas reformistas y la sumisión a   los organismos internacionales.<sup>25</sup> Para el ciudadano común y corriente disminuyó el Estado de Derecho debido al   incremento de la arbitrariedad policial y al fuerte aumento de la burocracia   estatal. El MNR se destacó por multiplicar, complicar y encarecer los trámites   destinados al público, fenómeno que ha pervivido por más de medio siglo.<sup>26</sup> En todo caso, llama la atención la continuidad de rutinas y convenciones que   sobrevivieron muy robustas a todas las reformas modernizantes. El MNR combatió   sañudamente a las antiguas «roscas» (grupos sociales y empresariales muy   reducidos, privilegiados y excluyentes), pero a partir de 1952 y también de 1985 sobresalió por la creación de roscas de iguales o peores características.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">En 1952, una antigua convención, válida desde el comienzo de la era   colonial, experimentó un inusitado florecimiento: el aparato estatal fue visto   como el botín de guerra que debía ser utilizado sin contemplaciones para el   ascenso social. Como casi todos los adherentes del MNR no poseían fortuna   personal en el momento de «tomar el poder», creyeron que tenían el derecho de   apoderarse de fondos fiscales para mejorar de una vez y para siempre su situación   económica y su status social. En 1952 se inició así una era de corrupción   sistemática y de imparable apropiación ilegal de recursos públicos que dura   hasta hoy de modo ininterrumpido. Los otros partidos han seguido esta pauta de   comportamiento con una perseverancia digna de mejores causas. Günter Holzmann,   un inteligente observador que pasó la mayor parte de su vida en Bolivia,   escribió sobre este punto: «La corrupción siempre había sido endémica en   Bolivia, pero ahora 1952. se hacía sistemática. Fue el comienzo del fin de las   ideologías y de la credibilidad en los partidos políticos. El partido y la   política, en lugar de exigir abnegación, idealismo y sacrificios, se   convirtieron en un medio de vida para ascender y enriquecerse. .... Este   modelo caló hondo en la mentalidad de esta clase media urbana, sentando las bases para los posteriores golpes y vuelcos repentinos en los partidos ....».<sup>27</sup></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">El MNR y sus allegados jamás ftieron acosados por el aguijón de la duda   acerca de su actuación gubernamental. Siempre tenían y tienen razón en el   momento de emitir un juicio o realizar una actuación. No cambiarán sus hábitos   porque desconocen totalmente el moderno principio de la crítica y el autoanálisis.   El MNR jamás se distanció de los asesinatos de Chuspipata (1944) y nunca se   disculpó por los campos de concentración de Curahuara de Carangas y Corocoro   (1953-1956). En 1943-1946 estaba en lo correcto al apoyar el régimen de   Villarroel y propugnar un nacionalismo revolucionario claramente iliberal,   anticosmopolita y autoritario. La realización de las grandes reformas de   1952/1953 lo acercó aun más a la verdad histórica. El no participar en la   dictadura derechista de Hugo Bánzer a partir de 1971 hubiera sido obviamente un   craso error. El instaurar un régimen neoliberal en 1985 y realizar las reformas   de 1993-1997 fue un acierto indubitable. El partido está con la historia al   propugnar un liberalismo con rostro social al comenzar el nuevo siglo. Y tendrá   razón en las próximas décadas cuando retorne a un programa del nacionalismo   revolucionario, pues en el resto del mundo se habrá puesto de moda otra vez el estatismo.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">A lo largo de toda la historia del MNR esta constelación cambió muy   poco. Según un testimonio del propio partido, los dirigentes del MNR serían «conspiradores   de tradición»<sup>28</sup>,   maestros de la maniobra, la intriga y la zancadilla y campeones de la   manipulación de ingenuos.<sup>29</sup> Su democracia interna representa una mera pantalla, que favorece sólo la   rotación de las mismas elites y grupos privilegiados dentro del partido. En la   actualidad, el MNR se debería llamar Partido Autoritario Neoliberal; mantiene   el antiguo nombre para captar masas de simpatizantes manipulables que siempre   abundan en el seno de una población fuertemente convencional-rutinaria. Los   éxitos más notables del MNR residen en el campo de las relaciones públicas, o   dicho de modo más preciso: sus dirigentes son duchos en el arte de vender gato   por liebre. Todo esto se llevó a cabo con la ayuda de los intelectuales   progresistas cooptados por los gobiernos del MNR, lo que sucedió   invariablemente después de los ascensos del partido al poder en 1952,1985 y 1993.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">La principal herencia del MNR se halla muy activa en la configuración   actual de la vida política en general y en la realidad interna de todos los   partidos en particular.<sup>30</sup> Imitando al MNR de varias maneras los partidos políticos representan   instituciones donde predominan prácticas y normativas muy arraigadas y   difíciles de modificar, cuyo carácter es básicamente conservador-tradicional, como   el caudillismo y el prebendalismo, la propensión a la maniobra oscura y a la   intriga permanente. Esto vale asimismo para los partidos de ideología   revolucionaria y socialista. Estas rutinas y convenciones no están codificadas   por escrito, pero muy probablemente reglamentan la vida interna y cotidiana de   los partidos, establecen las diferencias reales entre dirigencia y masa,   determinan los canales fácticos de comunicación entre los diversos grupos,   atribuyen autoridad decisiva a ciertas personas y delimitan la verdadera   significación de programas e ideales. Estos hábitos perviven pese a todos los   intentos de modernización y democratización. Las elites dirigentes, y   justamente los militantes más exitosos, son probablemente aquellos que tienen   como metas normativas la consecución de dinero, poder y honor, y para quienes   los objetivos programáticos e ideológicos tienen un valor meramente   instrumental. El saber manipular símbolos es algo muy útil para consolidar y   mejorar la propia posición dentro del partido y eventualmente dentro del   gobierno, pero el cumplimiento real de metas programáticas no ocasiona preocupación alguna en el seno de estas agrupaciones.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Como conclusión, se puede afirmar que la Revolución Nacional de abril   de 1952 en Bolivia fue, en el fondo, innecesaria y superflua. Los efectos modernizantes   generados por este proceso hubieran tenido lugar, más tarde o más temprano,   bajo un régimen dominado por las elites tradicionales, como ocurrió en la   mayoría de los países latinoamericanos. En el área rural, la derogación de   relaciones personales y laborales de tipo servil, la apertura de los mercados   agrícolas, la generalización de mecanismos contemporáneos de intercambio y la   mayor utilización de la red de transportes y comunicaciones se hubieran hecho   realidad en años posteriores sin la violencia y las arbitrariedades que   acompañaron a la reforma agraria. El incremento de la movilidad social y la   expansión de oportunidades de educación básica se hubieran dado igualmente bajo   gobiernos de diverso signo. Y lo mismo puede aseverarse del desarrollo   acelerado de las regiones orientales. Cincuenta años después de los sucesos de   abril de 1952 Bolivia sigue siendo uno de los países más pobres y menos   desarrollados de toda América Latina. Los diferentes gobiernos del MNR, los   esfuerzos de sus presuntos estadistas y sus mutaciones ideológicas y   programáticas no han podido o no han sabido sacar a Bolivia del atraso y la   pobreza. Pero al mismo tiempo este partido / sus muchos desprendimientos e   imitadores han contribuido poderosamente a consolidar prácticas y /alores   convencionales, propios del mundo premoderno, que van desde el caudillismo   hasta el autoritarismo, rejuveneciendo así los elementos menos rescatables del   orden tradicional. El actual florecimiento «ie las formas más refinadas y   persistentes de corrupción no puede comprenderse sin las prácticas introducidas   por el MNR a partir de 1952. Y el análisis comparativo de lo alcanzado en   naciones comparables 'le América Latina y del Tercer Mundo nos muestra la poca   originalidad teórica y la mediocridad fáctica leí experimento iniciado en Bolivia en abril de 1952.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><b><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Notas</font></b></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">1. La historiografía boliviana ha estado dominada hasta hoy por   partidarios o simpatizantes del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR) y   por corrientes de izquierda del más variado carácter. Para una visión más   ponderada de la historia boliviana hay que recurrir a obras muy recientes o a   autores extranjeros: cfr. Rene D. Arzc Aguirre, «Visión histórica. Notas para   una historia del siglo XX en Bolivia» en: Fernando Campero Prudencio (comp.), Bolivia en el siglo XX. La     formación de la Bolivia contemporánea. Harvard   Club de Bolivia, La Paz, 1999, pp. 47-66; Erick D. Langer, «Una mirada desde   fuera. Una visión histórica de Bolivia en el siglo XX», en: ibid., pp. 67-88; Hcrbert S. Klein, Pariies andPolitical Change in Bolivia, 1880-1952. Cambridge University Press, Cambridge, 1971.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">2. James M. Malloy, «Revolutionary Politics», en: James M. Malloy   / Richard S. Thorn (comps.), Beyond the Revolution. Bolivia since 1952. Pittsburgh University Press, Pittsburg, 1971, p. 114; cfr. la obra   rica en pormenores: Luis Peñaloza, Historia del Movimiento     Nacionalista Revolucionario, 1941-1952. La Paz, 1963.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">3. Sobre La Calle, cfr. Ángel Torres, Cincuenta años de periodismo en   Bolivia, en: Ultima Hora (La Paz), edición «Bodas de Oro», conmemorativa de los cincuenta años, 30 de abril de 1979, sección 6, p. 8</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">4.  El judaismo capitalista, responsable de la guerra, en: La Calle   (La Paz) del 6 de marzo de 1940, p. 3: «El alma judía, proscrita y señalada por   el dedo de Dios .... busca su venganza y quiere que el mundo se ahogue en   sangre». La sombra de Judá, como signo maldito, se proyecta sobre nuestra   América, en: La Calle del 21 de abril de 1940, p. 3: «Los hijos invisibles del   judaismo capitalista, que estrangula a las naciones, se mueven incesantemente   en estas jóvenes repúblicas procurando su entrada en la guerra, para la más   rápida dominación del mundo por el pueblo elegido por Jehová. .... Gracias a la Providencia, Alemania se libró de ella».</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">5. Los judíos procuran arrastrar al conflicto a los pueblos de   America, en: La Calle del 1 de junio de 1940, p. 3:   «Integro y patriota, Hitlcr había desbaratado .... los siniestros planes del   pueblo judio en Alemania».- En nombre de libertad y democracia, los aliados   hacen la guerra al proletariado del mundo, en: La Calle del 7 de abril de 1940,   p. 3: «Hoy Italia y Alemania, países que cuentan con la adhesión unánime,   fervorosa y decidida de sus habitantes ...., han sabido resolver su cuestión   social. .... Nadie es explotado, nadie trabaja sin una justa remuneración. .... El Estado vela sobre todos».</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">6. Augusto Céspedes, ¿Qué dictadura? ¿Qué democracia?, en: La Calle del   13 de septiembre de 1939, p. 4, donde Céspedes hizo una defensa «intransigente»   de la dictadura (es buena si es «del pueblo») y se declaró contra la «democracia formal».</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">7. No existe lamentablemente un estudio fundamentado en datos empíricos   sobre las pautas generales de comportamiento y el arraigo de la tradicionalidad   en Bolivia. Algunos datos aislados se encuentran en: Herbert S. Klein, «Prelude   to the Revolution», en: Malloy / Thorn (comps.), op. cit. (nota 2), pp. 25-51;   James M. Malloy, Bolivia: The Uncompleted Revolution, Pittsburgh University Press, Pittsburg, 1970, pp. 15-68; Hans-Jürgen Puhle, Tradition und     Reformpolitik in Bolivien (Tradición y política de reformas en Bolivia), Hannover: VfLuZG 1970; Dietcr Nohlcn / Klaus Scháfflcr, «Bolivien»   (Bolivia), en: Dietcr Nohlen / Franz Nuschclcr (comps.), Handbuch der Dritten Welt (Manual del Tercer Mundo), Hamburgo: Hoffmann &amp; Campe 1976, t.   III: Latcinamcrika (América Latina), pp. 57-75. Como es lo usual en estos   casos, los conocimientos relativos a esta área tienen que ser extrapolados de   diversas fuentes, como las relaciones de viaje, las memorias, la narrativa y algunos documentos oficiales.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">8. Salvador Romero Pittari, Les mouvements sociaux   paysans en Bolivie, París, 1975 (disertación   E.P.H.E), p. 97. Sobre las comunidades campesinas cfr. ibid., pp. 41-44;   Hcrbcrt S. Klein, Prclude te thc Revolution, op. cit. (nota 7), p. 42; Nohlen / Scháffler, op. cit. (nota 7), p. 58</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">9. Cfr. Rolando Jordán Pozo, «Minería. Siglo XX: la era del estaño»,   en: Fernando Campero Prudencio (comp.), op. cit. (nota 1), pp. 219-239; Antonio   Mitre, Bajo     un cielo de estaño: fulgor y ocaso del metal en Bolivia, Biblioteca Minera Boliviana / Asociación de Mineros Medianos, La Paz,   1993; Orlando Capriles Villazón, Historia de la minería     boliviana, BAMIN, La Paz, 1977; Rene Ballivián   Calderón, Cincuenta años de minería en Bolivia, en: Ultima Hora, loe. cit. (nota 3)</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">10. Cfr. Hcrbcrt S. Klein, Thc Creation of thc Patiño Tin Empirc, en:   Intcr-Amcrican Economic Affairs, vol. 19 (1965), N° 2, pp. 323; Charles F.   Gcddcs, Patiño: The Tin King, Hale, Londres, 1972;   Sergio Almaraz, El poder y la caída. El estaño en la historia de Bolivia, Amigos del Libro, La Paz, 1976; Manuel Carrasco, Simón 1. Patiño. Un     procer industrial, Grassin, París, 1960; Roberto Quercjazu Calvo, Llallagua: historia de una montaña. Amigos del Libro, La Paz, 1978.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">11. Cfr. James S.   Coleman, «Thc Political Systems of thc Dcveloping Arcas», en: Gabriel A. Almond / J. S. Colcman (comps.), The Politics of the Developing Areas, Princcton University Press, Princcton, 1960, pp. 579-581. La cantidad y calidad de datos referentes a estas variables y para el   periodo anterior a 1952 son muy deficientes. Algunos materiales empíricos   pueden encontrarse en: Nohlcn / Scháffler,   op. cit. (nota 7), pp. 60-66; CEPAL, El desarrollo económico     de Bolivia, NN. UU., New Cork, 1957, vol. I;   CEPAL, Indicadores del desarrollo económico y social de América Latina (Cuadernos de la CEPAL), Santiago de Chile, 1976; Franklin Bustillos   Gálvez, Aspectos de la economía boliviana entre 1929 y 1979, en: Ultima Hora, loe. cit. (nota 3)</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">12. Cfr. «Bases y principios   de MNR 1941.», en: Mario Rolón Anaya (comp.), Política y partidos en     Bolivia, La Paz, 1966, pp. 273-275; y las dos historias scmi-oficialcs del   partido: Luis Pcñaloza, op. cit. (nota 2); Manuel Frontaura, Historia de la Revolución Nacional. La Paz, 1974   - En sentido crítico: Charles H. Wcston,   An Idcology of Modcmization. Thc Case of thc Bolivian MNR, en: Journal of   Inter-Amcrican Studics, vol. 10, N° 1, enero 1968, p. 93; Hcrbcrt S. Klein,   Orígenes de la Revolución Nacional boliviana. La crisis de la generación del Chaco, Juventud, La Paz, 1968, p. 392 ss. Para un enfoque de conjunto cfr.   Malloy, Bolivia..., (nota 7), p. 149; James M. Malloy, Rcvolutionary Politics, op. cit. (nota 2), p. 117</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">13. Víctor Paz Estenssoro, El pensamiento   revolucionario de Víctor Paz Estenssoro, La   Paz, 1954, p. 79   ss., 101 ss. Cfr. también Richard S. Thom, «Thc Economic Transformaron», en: Malloy / Thom (comps.), op. cit. (nota 2), p. 159, 169</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">14. Cfr. la compilación   oficial Bolivia: 10 años de Revolución, La Paz, 1962, p. 35. Una de las   primeras formulaciones de esta concepción en- Augusto Céspedes, El presidente colgado, Álvarcz Buenos Aires, 1966, p. 18. Existe una literatura muy amplia y   de calidad muy diversa sobre el proceso de la nacionalización y sus   consecuencias. Cfr Rcné Ballivián Calderón, op. cit. (nota 9); Orlando Caprilcs   Villazón, op. cit. (nota 9); CEPAL, La política económica en     Bolivia 1952-1964, en: BOLETIN ECONOMICO DE LA   CEPAL, vol. 12, New York 1967: Mclvin Burkc, Estudios críticos sobre     la economía boliviana, Amigos del Libro, La   Paz, 1973; Amado Canelas, Historia de una frustración: la nacionalización de minas en Bolivia. Amigos del Libro, La Paz, 1963; James W. Wilkic, The Bolivian Revolution     and U. S. Aidsince 1952. Financial Background     and Context ofPolitical Decisions. University of California, Los Angeles, 1969.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">15. Wilham E. Cárter,   «Revolution and thc Agranan Sector», en: Malloy /Thom (comps ), op. cit. (nota 2), p. 246. Cifras divergentes en: Manuel Frontaura, Trascendencia de la     Revolución Nacional de 1952, La Paz, 1973, p.   15; cifras oficiales para 1974 en: PRESENCIA (La Paz) del 6 de agosto do 1975,   p. 653; cfr. un ensayo de visión global: Juan Dcmcurc V., «Agricultura. De la   subsistencia a la competencia internacional», en. Femando Campero Prudencio (comp), op. cit. (nota 1), pp. 269-290.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">16. Sobre los efectos   modernizadores de la reforma agraria cfr. Salvador Romero Pittari, Les   mouvcmcnts sociaux paysans en Bolivie, op. cit. (nota 8), p. 185 sqq.; Salvador   Romero Pittari, «Bolivia: sindicalismo campesino y partidos políticos», en: Aportes,   N° 23 (enero de 1972), p. 89 sq., 94; María Inés Pérez Oropeza / S. Romero   Pittari, «Cambio y tradicionalismo», en: Aportes, N° 17, julio de 1970, pp.   80-120 (un estudio con extenso material empírico primario); M. B. Léons/   William Léons, «Land Rcform and Economic Changc in thc Yungas», en: Malloy /   Thorn (comps.), op. cit. (nota 2), p. 296 sq.; Arturo Urquidi, Bolivia y su   reforma agraria, Edit. Univ., Cochabamba, 1969; D. B. Hcath / C. J. Erasmus /   H. C. Bucchlcr, LandReform and Social Revolution in Bolivia, Pracgcr, New York, 1969; Antonio García, «Bolivia: la reforma agraria   y el desarrollo social», en: Oscar Delgado (comp.), Reformas agrarias en la     América Latina, proceso y perspectivas, Fondo de Cultura Económica México, 1965, pp. 403-445.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">17. Cfr. el exhaustivo   estudio de Comclius H. Zondag, La economía boliviana 1952-1965. La revolución y sus consecuencias, Amigos del Libro, La Paz, 1968, pp. 134, 193-205; Manuel Frontaura,   Trascendencia.., op. cit. (nota 16), p. 49, 52 ss. El desarrollo ulterior del   Oriente fue esbozado en el escrito programático de Waltcr Guevara Arzc, Plan inmediato de     política económica del gobierno de la Revolución Nacional, Ministerio de Relaciones Exteriores, La Paz, 1955, pp. 74-86. Datos   estadísticos sobre este proceso en: Richard S. Thom, op. cit. (nota 14), pp.   194-213.- Cfr. también dos criticas marxistas: Amado Canelas, Mito y realidad de la     industrialización boliviana, Amigos del Libro,   La Paz / Cochabamba, 1966; Ramiro Villarrocl Claurc, Mito y realidad del     desarrollo en Bolivia. Amigos del Libro, La Paz / Cochabamba, 1969.</font></p>     <p align=justify><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">18. Manuel Frontaura, op. cit. (nota 16), p. 13,29.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">19. Cfr. C. H. Zondag,   op. cit. (nota 19), p. 114; Thorn, op. cit. (nota 14), p.   172 sq.; una versión divergente en: Amado Canelas, Mito y realidad de la     Corporación Minera de Bolivia, Amigos del Libro, La Paz / Cochabamba, 1966.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">20. Cfr. Demetrio Canelas, Aspectos de la revolución   boliviana. La reforma agraria y temas anexos,   La Paz 1958, p. 30; Fausto Bcltrán / José   Fernández, <sub>c</sub>Adónde     va la reforma agraria boliviana?, La Paz, 1960,   p. 89 sq.; Leons / Leons, op.' cit. (nota 18), p. 296 sq.; William E. Cárter, op. cit. (nota 16), pp. 244-248,267 sq.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">21. Rene Zavaleta Mercado, La formación de ¡a   conciencia nacional  1967., Amigos del Libro,   Cochabamba / La Paz, 1990, p. 32; cfr. también Zavaleta Mercado, Lo nacional-popularen Bolivia, Siglo XXI, México, 1986.</font></p>     <p align=justify><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">22. Huáscar Cajías, San Román, sanromanismo y sanromanistas, en: Ultima Hora, loe. cit. (nota 3), sección 6, p. 7.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">23. Cajías, ibid. Los   aspectos políticos de este periodo están tratados extensamente en: James M.   Malloy, Bolivia..., (nota 7), p 216 ss.</font></p>     <p align=justify><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">24. James   M. Malloy, Bolivia..., (nota 7), p. 170.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">25. Cf. Franco Gamboa Rocabado, «La revolución del 52 bajo la luz del   presente», en: T'inkazos, La Paz, vol. 2, N° 3, abril de 1999. pp. 42-71;   Jcan-Picnc Lavaud, El embrollo boliviano: 1952-1982, HISBOL / CESU, Cochabamba, 1998.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">26. Mariano Baptista   Gumucio, Un legado conflictivo para el país mejor que construirán los bolivianos, en: Ultima Hora, loe. cit. (nota 3), sección 24, p. 6 sq.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">27. Günter   Holzmann, Más allá de los mares. Memorias de un supemvienle del siglo XX, Icaria, Barcelona, 2000, p. 209.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">28. Sergio Cáccrcs, Gonzalo   Sánchez de Lozada: el General Crisis, en: El Juguete Rabioso, La Paz, del 15 de   abril de 2001, año 2, N° 30, p. 8 (citando a los dirigentes más antiguos del partido).</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">29. Cfr. el testimonio de   un antiguo y destacado dirigente: Sinforoso Rojas Antezana, Los hombres de la   revolución. Memorias de un lider campesino, Plural / CERES, La Paz, 2000.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">30. CfV. el brillante articulo de Franco Gamboa Rocabado, El péndulo   desencajado: 50 años después de 1952, en: La Prensa, La Paz, del 9 de abril de   2002. Una visión diferente en: Rene Antonio Mayorga, «Sistema político. La   democracia o el desafio de la modernización política», en: Femando Campero Prudencio (comp.), op. cit. (nota 1), pp. 329-358</font></p>      ]]></body>
</article>
