<?xml version="1.0" encoding="ISO-8859-1"?><article xmlns:mml="http://www.w3.org/1998/Math/MathML" xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" xmlns:xsi="http://www.w3.org/2001/XMLSchema-instance">
<front>
<journal-meta>
<journal-id>0040-2915</journal-id>
<journal-title><![CDATA[Temas Sociales ]]></journal-title>
<abbrev-journal-title><![CDATA[Temas Sociales]]></abbrev-journal-title>
<issn>0040-2915</issn>
<publisher>
<publisher-name><![CDATA[Instituto de Investigaciones Sociológicas Mauricio Lefebvre (IDIS) de la Carrera de Sociología]]></publisher-name>
</publisher>
</journal-meta>
<article-meta>
<article-id>S0040-29152000000100006</article-id>
<title-group>
<article-title xml:lang="es"><![CDATA[CIUDADANÍA Y DEMOCRACIA EN BOLIVIA 1900-1998]]></article-title>
</title-group>
<contrib-group>
<contrib contrib-type="author">
<name>
<surname><![CDATA[García Linera]]></surname>
<given-names><![CDATA[Álvaro]]></given-names>
</name>
</contrib>
</contrib-group>
<aff id="A">
<institution><![CDATA[,  ]]></institution>
<addr-line><![CDATA[ ]]></addr-line>
</aff>
<pub-date pub-type="pub">
<day>00</day>
<month>00</month>
<year>2000</year>
</pub-date>
<pub-date pub-type="epub">
<day>00</day>
<month>00</month>
<year>2000</year>
</pub-date>
<numero>21</numero>
<fpage>85</fpage>
<lpage>99</lpage>
<copyright-statement/>
<copyright-year/>
<self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.bo/scielo.php?script=sci_arttext&amp;pid=S0040-29152000000100006&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.bo/scielo.php?script=sci_abstract&amp;pid=S0040-29152000000100006&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri><self-uri xlink:href="http://www.scielo.org.bo/scielo.php?script=sci_pdf&amp;pid=S0040-29152000000100006&amp;lng=en&amp;nrm=iso"></self-uri></article-meta>
</front><body><![CDATA[ <p align="right"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif"><b>ART&Iacute;CULO ORIGINAL</b></font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="center"><font size="4" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif"><b>CIUDADANÍA   Y DEMOCRACIA EN BOLIVIA 1900-1998</b></font></p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif"><b>Álvaro García Linera</b><b>*</b></font></p>     <p align="center">&nbsp;</p>     <p align="center">&nbsp;</p> <hr size="1" noshade>     <p>&nbsp;</p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p>&nbsp;</p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">¿Cuándo surge el   ciudadano? Básicamente, cuando un conglomerado de individuos vin­culados por   múltiples lazos de interdependencia supone que sus prerrogativas políticas   están incorporadas en la normatividad estatal y las practican en ese   entendimiento. Se trata de una eficiencia entre la vida civil y la manera de proyectarla como vida política, como vida com­partida y gestionada con otros.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Hablar de ciudadanía   es, por tanto, la verificación de una sensibilidad colectiva conver­tida en un   hecho estatal que transmuta un temperamento socializado en un dispositivo   público que norma la vida política de todos. No es casual entonces que los   procesos de formación ciudadana sean también los de la construcción de las   naciones, pues se trata de dos maneras de abordar el mismo problema de la constitución del yo colectivo.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Aunque la ciudadanía   evoca un conjunto de derechos políticos reglamentados y ejercidos por los   individuos (ciudadanos) de un determinado espacio social y geográfico, su   sustan­cia no es una ley, un decreto o una sanción; ley y sanción sólo regentan   una sustancia social producida en lugares más prosaicos y poderosos como la   aglomeración, la rebelión, la derrota o la muerte vividas en común. Por ejemplo,   Bolivia, como invención ciudadana de masas, sólo surgirá sobre los 50.000   muertos del Chaco y la Revolución de abril que interconectan, en la tragedia y   el destino, a personas que habían vivido la patria como una prolongación de la   hacienda, la mina o el ayllu. La ley, pálida transcripción de estos sucesos,   evocará a la larga los fuegos primigenios de las relaciones de fuerzas, de los   pactos, las osadías y servilismos que dieron lugar a los &quot;derechos&quot;, mas no será capaz de sustituirlos.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">En este sentido, el ciudadano no es un sujeto con derechos, aunque   necesite de ellos para verificar su ciudadanía: ante todo es un sujeto que se asume como un sujeto con derechos políticos que son   correspondidos por la normatividad estatal, es decir, es un sujeto en estado de autoconciencia de ciertas facultades políticas.   El acto de producir el derecho, de reconocerse   activamente en él, es lo decisivo de su cualidad ciudadana pues en el fondo no   hay ciudadano al margen de la práctica de la ciudadanía,   esto es, de la voluntad de intervenir en los asuntos que lo vinculan con los   demás conciudada­nos. Estamos hablando entonces de la ciudadanía como responsabilidad política ejer­cida, como forma de inter subjetivación política.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">De ello se desprenden dos   conclusiones. La primera: si bien es cierto que el ciudadano se constituye en   torno al Estado como espacio social de verificación institucional de sus dere­chos   ciudadanos, no es él quien puede crear por sí mismo el efecto de ciudadanía   porque el Estado es la síntesis expresiva de los procesos de ciudadanización   que bullen al interior de la estructura social. El Estado puede potenciar una   específica manera de ciudadanía para garan­tizar su papel dominante, puede   sancionar y subalternizar modos distintos o antagónicos al prevaleciente, pero   no puede inventarse al ciudadano. Cuando lo hace, una vulgar arbitrarie­dad   burocrática apoyada en el monopolio de la violencia física y simbólica se   extenderá sobre el cuerpo político de la sociedad sin más receptividad que la   indiferencia, el temor y la displi­cente tolerancia que, más pronto o más   tarde, harán brotar las ansias de una ciudadanía efec­tiva en la que las colectividades   se sientan efectivamente interpeladas por el ámbito público, perturbando la   estabilidad gubernamental hasta que ésta logre un mayor grado de eficiencia   respecto a las pulsaciones emanadas desde la &quot;sociedad civil&quot;. Una   buena parte de los proce­sos de ciudadanización neoliberales están marcados por   estas limitaciones burocráticas y las recurrentes búsquedas de adecuamientos   administrativos que agravan el distanciamiento en­tre voluntad social-general y gestión estatal.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">La ciudadanía requiere de   un ininterrumpido ritual de seducción y adhesión entre Estado y &quot;sociedad   civil&quot;, además de fluidos pactos y compromisos al interior de la propia   sociedad civil. Que las personas involucradas en esta producción de voluntad   colectiva sean un grupo definido por el linaje o que sean todos los miembros   abarcados por la soberanía administrati­va del Estado, habla del ámbito de   irradiación social del ejercicio ciudadano, y también de la medida de la ambición histórica de esta ciudadanía   estatalmente refrendada. Igualmente, el que la interconexión de las voluntades   se dé sobre la base de una previa comunidad laboral o de una caprichosa   abstracción de las diferencias económicas, refleja la densidad o superficia­lidad social del hecho de ciudadanía.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">En segundo lugar, el que la ciudadanía sea una disposición de poder, un   comportamiento político y una intelección ética de la vida en común, muestra   que el espacio de aplicación de las facultades ciudadanas va más allá y más acá   del espacio estatal, aunque lo abarque. El que las modernas formas de   ciudadanía se muevan en torno a la irresistible atracción del poder estatal, no   invalida que la inclinación a algún tipo de compromiso político ha sido habilitada   previamente por las cualidades civiles del sujeto de ciudadanización.   Predisposición o talento que se ha ejecutado en otras esferas de la vida   (económica, cultural, simbólica) al margen de la propia mediación estatal. La   voluntad práctica de ciudadanía se manifiesta en todos los terrenos de la vida   en común y lo que hace el Estado es o disciplinarla, o encumbrarla en oposición   a otras, o proscribirla en beneficio de una ya existente, o sancionarla, o   educarla a través de unos dispositivos de legitimación que convierten a una de   las prácticas difusas de ciudadanización en la ciudadanía estatalmente   reconocida y fomentada. Es en este punto que hay que ir a buscar la pertinencia de la crítica de Marx a Hegel, y luego entonces también a</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Bolívar, en su pretensión de crear sociedad y ciudadanía desde el Estaco cuando en verdad él es un producto de las primeras.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Por ello es que es   posible hallar formas de ciudadanización no estatales o al margen de los   circuitos estatales del recorrido del poder político. De hecho, el Estado tiene   como fun­ción el monopolio de normar lo políticamente lícito y domeñar o   extirpar los múltiples modos políticos y de ciudadanización diferentes o peligrosos para la arbitraria ciudadanía legítima.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">El ayllu republicano,   por ejemplo, o la asamblea obrera y barrial y sus maneras de unificación   política, son modos de ejercicio de derechos y responsabilidades públicas, aun­que   sean locales. Cuando ellos tienen vigor propio se desenvuelven al margen del   Estado y aunque distintas estructuras estatales han intentado utilizarlos como   modos de ciudadanización (el ayllu en el Estado colonial, el sindicato en el   Estado nacionalista), por épocas han desem­peñado el papel de auténticas   creaciones sociales de interunificación política que no requie­ren de mediación ni legalidad estatal para efectivizarse.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">En   todos los casos, la ciudadanía es el proceso de   producción del contenido y de la forma de los derechos políticos de una estructura   social. A través de ella, la sociedad se desnuda en sus capacidades e   ineptitudes para gestionar los asuntos comunes; pero también el Estado se   exhibe en su consistencia material para cooptar las iniciativas que se agitan en la &quot;sociedad civil&quot;.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Hasta hoy, la historia   política de Bolivia presenta al menos tres momentos de construc­ción de ciudadanía legítima en los que estas múltiples dimensiones sociales se han puesto en movimiento.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif"><b>LA CIUDADANÍA DE CASTA</b></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Desde   que la asamblea deliberante de 1825 y la constitución de 1826 otorgan derechos   políticos y jurídicos a quienes posean una elevada renta, una profesión, sepan   leer y escribir y no se hallen en relación de servidumbre, es claro quiénes han de ser interpelados como ciuda­danos por el naciente Estado y quiénes no.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">En   este orden, los indios son la nada del Estado, su   externalidad más fundamental. Mientras que los niños deben esperar la   herencia y el crecimiento biológico para acce­der a sus derechos y las mujeres,   que también están excluidas de los derechos ciudada­nos, pueden influir en el   curso de las estrategias matrimoniales para preservar y ampliar el patrimonio   familiar que garantice la ciudadanía, los indios, hombres y mujeres, se   presentan de entrada como la exterioridad más profunda e irreductible del   Estado. De hecho, el Estado republicano nace a   cabalgadura en contra de la indiada y todo su armazón argumental no hace más   que repetir, mediante disposiciones administrativas, este impe­rativo social de   unas clases pudientes que no tienen en común más que la misión de atrincherarse en el Estado en contra los indios.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">El   Estado republicano, conservador o liberal, proteccionista o librecambista, es   pues, de entrada, un Estado construido al modo de un sistema de trincheras y emboscadas en contra de la sociedad indígena, de los ayllus, de los comunarios.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">No hay en él ni un atisbo   de simulación de incorporar al indio porque lo que define al Estado, a las   fracciones sociales unificadas políticamente como poder guber­namental, es   precisamente la conjura permanente contra la indiada. Por encima de las   rencillas entre oligarcas mineros, comerciantes arribistas y gamonales   pueblerinos, está la contención del ayllu soliviantado considerado como el fin de la historia, como la hecatombe de la civilización.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">El   Estado republicano es entonces un Estado de exclusión; todos sus mecanismos ad­ministrativos   están atravesados por la exacción y la disuasión del tumulto comunal. Lo indio   es lo pre-social con sus amenazantes horrores desbocados, ocultos tras el manto de elusivos silencios y humildades.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Si el indio no es la   apetencia poblacional del Estado sino el límite de su comprobación, es claro   que el ciudadano es el sujeto que se construye en tanto antípoda de la   indianidad: propiedad privada contra propiedad común, cultura letrada contra   cultura oral, soberanía in­dividual contra servidumbre colectiva; he ahí los   fundamentos de la civilidad legítima. El ciudadano es pues el no-indio, esto   es, aquel que es capaz de dar fe pública de ser irreconcilia­ble con las estructuras comunales.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">No cabe   duda de que la ciudadanía en esta época se construye a través de la feroz   negación del mundo indígena. De hecho, la construcción de los símbolos de poder   que han de ser monopolizados por el Estado, se la hace por la vía de la   negación de la simbología del mundo indígena. Que esta exorcización social tome   la forma de estratificación étnico-racial sólo viene a validar el arquetipo   colonial de la realidad histórica en la que la división del trabajo, de los   poderes dominantes está marcada por las fisonomías raciales diferenciadas entre   colonizadores y colonizados. El social-darwinismo de principios de siglo, lejos   de inno­var esta secular escisión social, ha de adornar con retórico lenguaje positivista la sustancia de un secular espíritu colectivo.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">En   estas condiciones fundantes de la identidad colectiva de las clases dominantes,   la ciudadanía, como el poder, la propiedad y la cultura legítima, no son   prerrogativas que se deliberan sino que se ejercen como imperativo categóricos   pues son un derecho de conquista. La ciudadanía no se presenta entonces para   los ciudadanos como una producción de derechos sino   como una herencia familiar y en eso todas las fracciones dominantes   presentan un acuerdo tácito; de ahí que se pueda hablar en toda esta época republicana del ejercicio de una ciudada­nía patrimonial.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Los   únicos momentos en que esta ciudadanía hereditaria   se rompe, son aquellos cuando la plebe irrumpe en la historia como muchedumbre   politizada (los artesanos de Belzu, los comunarios aymaras de Willca). Mas   estos desbordes democráticos rápidamente serán anulados por un Estado y una   cultura política urbano mestiza cuya razón de ser es justamente la posesión patrimonialista del poder de Estado.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">La   ciudadanía se presenta entonces como una descarada exhibición de la estirpe; no   se hacen ciudadanos sino que se nace ciudadano, es un enigma de cuna y   abolengo; su realiza­ción es sólo un problema de madurez biológica porque el abolengo del apellido es aquí la garantía de los derechos políticos.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">El ejercicio de la   ciudadanía no es en esta época un modo de responsabilidad pública, a no ser que   tal compromiso sea la lealtad jurada a la perennidad de la casta; es por sobre   todo la exhibición de los blasones familiares, de la pureza de sangre que   convalida poder y buen gusto. En boca de los antiguos liberales, como hoy de   los advenedizos, la igualdad de los hombres es una impostura discursiva que   encumbra la más terrible segregación de los que no pueden lucir la blancura de sus ancestros y de sus caprichos pueblerinos.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Esto   no quita por supuesto la intrusión en este espacio cerrado y endogámico, de   cier­tos puñados de arribistas que son capaces de blanquear su linaje, por   tanto de hacerse partíci­pes de los reales códigos de ciudadanía, mediante el   abultado volumen de sus ganancias publicitadas. Son los comerciantes exitosos,   los dueños de pequeñas factorías, de haciendas cocaleras y trigueras, lanzados   al éxito económico por los procesos de urbanización y recupe­ración minera de   principios de siglo. Son también los frutos bastardos de los encholamientos   oligárquicos que, manipulando el rango simbólico del apellido del padre y   lucrando de las fidelidades laboriosas de la línea materna, logran puestos   burocráticos, juntan pequeñas fortu­nas o apresurados conocimientos letrados   con los que transar la legalidad del patronímico. Pero son ciudadanos de   sospechosa alcurnia pues siempre habrá en ellos, en su mal gusto para vestir,   en su afección por la gordura como emblema de bonanza, en su simpleza estética   o la insuficiente blancura facial, un motivo para comprobar su velada complicidad con una indianidad estigmatizada.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Sólo un mayor volumen de dinero del mestizo exitoso, junto con la   fuerza de las armas del caudillo militar de turno capaz de mostrar en la   ferocidad contra los indios sublevados la lealtad al linaje anhelado, serán   capaces de sobornar los airados reclamos de pureza racial y por tanto de su derecho a la ciudadanía.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Pero su densidad interna   será justamente la condición de su disolución. Ningún Estado que se precie de   ser tal, esto es, que pretenda perpetuarse, puede lograrlo mediante la impúdi­ca   exhibición de los privilegios privados que salvaguarda; tiene que camuflarlos   como interés general, como voluntad común de los habitantes incorporados en el   ámbito geográfico de su señorío. Por eso es Estado. Esto lo sabía Toledo y por   eso fundó las Leyes de Indias que no son más que la confirmación jurídica de   dos formas de ciudadanía hasta cierto punto autóno­mas, la de los españoles y la de los indios, pero con la última subsumida y tutelada por la primera.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">La ciudadanía de casta en   cambio, era una forma de politización social que clausuraba deliberadamente la   entrada de lo más amplio de la propia sociedad, los indios, a la ilusión de un   usufructo común de los fueros políticos. En tal sentido era una ciudadanía   decadente, sin decoro ni grandeza histórica y que sólo atinaba a insuflarse por   la lentitud de su ocaso. Su muerte, que paradójicamente no será otra cosa que   la extensión de la ciudadanía, precisamen­te será obra de esa masa de quien   hasta entonces, se había pensado que era incapaz de racio­nalizar lo que es el bien público: los indios y la plebe urbana.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif"><b>LA CIUDADANÍA CORPORATIVA</b></font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Que la plebe armada   conquiste lo que considera sus derechos habla más que de una insolencia épica,   de un contenido colectivo, muchedúmbrico, del concepto de ciudadanía. Esto fue lo que sucedió en 1952.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Fue un momento de la   historia en que los códigos jurídicos enmudecieron, los viejos prejuicios   señoriales parecieron desmoronarse y el linaje dejó de ser suficiente argumento para conservar el monopolio de la gestión del interés colectivo.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">La sociedad   subalternizada irrumpió como sujeto deseoso de hacerse responsable de su   porvenir, como sujeto cargado de intenciones frente al cometido de los asuntos   públicos, creando con ello una nueva legalidad de facto que se desbordó al   conjunto de la sociedad y que, por eso, esta sociedad, comenzó recién a actuar como parte de una entidad unificada.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">La enunciación práctica   de este sentido común de pertenencia se presenta, en este caso, como la   invención social de la nación que el Estado no podrá menos que corroborar y luego unilateralizar según sus fines.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">La   ciudadanía emergente de la insurrección de abril resulta entonces de la fusión   califica­da de tres aspectos. En primer lugar, de la acción autónoma de la   sociedad llana que decide intervenir sin pedir permiso a nadie en la gestión de   lo político. En segundo lugar, lo hace con tanta fuerza (el Estado oligárquico   ha sido derrotado militarmente) que la institucionalidad del nuevo poder   político no puede menos que incorporaren sus dispositivos la   impronta de esta energía colectiva. De hecho, la única manera de domarla ha de ser   precisamente la de cooptarla. En tercer lugar,   en tanto esta acción se generaliza a todo el espacio social de sobe­ranía   territorial del Estado, se trata de un hecho nacionalizados en la medida en que   es la primera construcción política verosímil   de aglutinamiento político de toda la sociedad civil. Expliquemos estos tres elementos y su entrecruzamiento.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Cuando decimos que una   cualidad de la ciudadanía emergente de la Revolución del 52 es la acción   autónoma de la plebe; no nos estamos refiriendo a que ella actúe al margen de   los pre-juicios o influencias de la época. Cuando los obreros armados congelan   a la puerta de las fábricas y bancos su envalentonamiento callejero, es claro   que el hábito de ser mandado se reconstruye desde lo más profundo de las   experiencias de una masa dominada, por lo que la autonomía en este terreno del poder económico y espiritual es inverificable.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Sin embargo,   políticamente la plebe explícita una ambición democrática que marca una ruptura   con el criterio emanado del Estado. La ruptura de los diques de abolengo que   restringían la práctica política mostrará una extraordinaria capacidad de   ruptura, de invención social del espacio público cuyo origen no es posible rastrear   en la mansedumbre a los podero­sos, sino en los ardores irreductibles de la   insumisión. Más aun, esta osadía con el porvenir, vendrá manifiesta por medio   de unas técnicas de organización, el sindicato, que es quizá lo más auténticamente propio que ha producido la plebe a lo largo de todo el siglo.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Que esta masa abra la   puerta de la historia política moderna bajo la forma de sindicato muestra que   no sólo se está creando los derechos políticos como una apetencia colectiva,   sino además, que la producción de este precepto social se lo hace bajo   estructuras organizativas igualmente propias, lo que una vez más remarca que   los auténticos momentos de democratiza­ción son simultáneamente épocas de autoconocimiento social.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">La   política, o mejor, lo que la sociedad civil ha de   interiorizar como política por propia voluntad práctica es pues la   agregación disciplinada por centro de trabajo, por rama de actividad y por   identidad laboral para interpelar en conjunto al Estado. La revolución ha sido   precisamente la eficacia suprema de esta manera de unificación, y el que la   revolución triun­fara ha de significar inapelablemente que ya nadie puede quedar al margen de esta manera particular de afiliación social.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">En   todo esto hay sin duda efectos de grandeza y miseria. De grandeza, porque hay   la invención real de un derecho colectivo que no reclama más legalidad que la   belicosa enuncia­ción práctica. La legalidad y la política son asumidas como   asunto que compete a todos en su elucidación, no simplemente a especialistas. Estamos   ante un nuevo concepto de democra­cia entendida como   intervención en los asuntos de Estado a través del sindicato, con lo que   los sujetos políticos legítimos se han de constituir a partir de ahora de   manera corporativa. La democracia no es entonces un derecho abstracto ni un   decálogo de comportamientos admi­nistrados por una elegante burocracia   política, como por ejemplo hoy. Democracia ha de adquirir el sentido común de   práctica sindical de cara a participar en las orientaciones de gobierno, con lo   que también el potencial significado de ciudadanía se ha de presentar como la   consagración de este hecho como un derecho   público. Durante 30 años, la separación entre democracia y dictadura no es un   hecho cuantificable en votos para elegir gobernantes; es el grado de   permeabilidad del Estado a la intrusión sindical que no es más que reclamar al   Estado la remembranza de que el nuevo Estado está ahí desde 1952 porque los sindicatos armados así lo quisieron.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Pero también hablábamos   de unas míseras colectivas que se trasminan en el decurso his­tórico. Si bien   la plebe armada, en un arrebato histórico, abroga el monopolio de las   decisiones políticas basadas en el linaje, el conocimiento letrado y el dinero,   jamás, a no ser en momentos extremos y cortos, ha de abandonar la creencia de   que el apellido, el dinero y el conocimiento letrado es el requisito   imprescindible para gobernar los asuntos públicos. Esto significa que la   democratización del espacio político es meramente interpelatorio, no ejecutivo,   esto es, que la plebe se siente con el nuevo derecho de hablar, de resistir, de   aceptar, de presionar, de exigir, de imponer un rosario de demandas a los   gobernantes mas jamás ha de poder verse a sí misma en el   acto de gobernar. Es como si la historia de sumisiones obreras y   populares se agolpara en la memoria como un hecho inquebrantable y, frente al   poder, la masa sólo pudiera reconocerse como sujeto de resistencia, de reclamo   o conminación, mas nunca como sujeto de decisión, de ejecución o soberanía   ejercida. La imagen que de sí misma habrá de construirse la sociedad trabajadora es la del querellante, no la del soberano.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Desde el 52, la historia   del poder es también la historia de conglomerados populares, de los sindicatos:   pero nunca como modo de aplicación misma del poder, sino tan sólo como   regulación de sus atribuciones, de su extensión, de su eficacia. Surge así una   relación de derechos y concesiones permanentemente negociados entre unos   gobernantes que están ahí porque hay unos gobernados que así lo desean, y unos   gobernados que están ahí porque nece­sitan a un gobernante para refrendar su situación de gobernados.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Esto   significa que el poder estatal es reconstituido por la acción colectiva en su   externalidad institucional, tanto respecto a la corporalidad física y cultural   de la plebe como a los hábitos organizativos que ella posee. El señorialismo   del poder resurge así de los gestos y los cerebros de quienes lo impugnaron,   sólo que ahora, por ello mismo, es un poder interpelable, presionable,   negociable. De ahí que la democracia, junto con la legalidad de la estructura   sindical en toda esta época, sea sólo la medida   de la permeabilidad, de los que se considera que siempre han de gobernar por   derecho consuetudinario, a las demandas corporativamente postuladas por la masa.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Uno se pregunta por qué   es que el Estado aceptó la manera de politización tan extrema de una sociedad   que le compele a verificar su autenticidad en la deliberación asambleística de los sindicatos. Inicialmente, porque no le quedó   otra opción; al fin y al cabo la violencia armada legítima estaba en manos de   los sindicatos y el Estado era, ante todo, un imaginario colectivo de poder   objetivado en prácticas de obediencia y muy poco un dispositivo institucional   de administración de obediencia que le permitiera imponer sus fueros de manera inconsulta.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Pero, como ya lo vimos,   no todo es desborde en la manera de proceder de la plebe. Hay en su   efervescencia un núcleo conservador que reconstruye al Estado como única manera   de entender el poder político, y al instrumentalismo privatizable como   exclusivo modo de ejer­cerlo; esto quiere decir que entre el encomendero   colonial, el caudillo republicano y el presi­dente elegido en urnas ha de haber   el mismo fondo común, acumulado en la experiencia de   los dominados, de conceptualizar el poder como una atribución   personalizada. Esta sustancia política tradicional-colonialista, que atraviesa   la fogosidad sindical, es precisamente lo que ha de permitir reconstituirse al   Estado a través del sindicato aunque para ello haya tenido que pagar, o   tolerar, a tal sindicato como forma histórica de presencia de la sociedad civil al interior del propio Estado o, si se prefiere, como modo de ciudadanía.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">El que el sindicato asuma la forma de ciudadanía legítima ha   de significar que, a partir de entonces, los derechos civiles bajos los cuales   la sociedad busca mirarse como colec­tividad políticamente satisfecha, tienen al sindicato como espacio de concesión, de dirección, de realización.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Pero para que esta   manera de filiación ciudadana se vuelva duradera y forje auténticos procesos de   identidad social, no basta que los de abajo les recuerden a los de arriba que   están ahí por obra de los primeros; se requiere que los de arriba les hagan ver   a los de abajo que hicieron bien en colocarlos arriba por el conjunto de   beneficios que por ello reciben. Se re­quiere entonces que las estructuras   sindicales canalicen un acervo de dividendos sociales que pueden ser tanto políticos, como culturales y económicos.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Desde   el momento en que empieza a suceder esto, el sindicato deviene en el modo del   ejercicio de la ciudadanía legítima, lo que significa que es una fuerza que   emerge de la socie­dad hacia el Estado pero también, una fuerza cuya legalidad emana del Estado para aplicarla a la sociedad.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Desde   entonces, ser ciudadano es ser miembro de un sindicato. Ya sea en el campo, la   mina, la fábrica, el comercio o la actividad artesanal, la manera de adquirir   identidad palpable ante el resto de las personas y de ser reconocido como   interlocutor válido por las autoridades gubernamentales, es por medio del   sindicato. Ahí queda depositada la individualidad social plausible. Se puede   decir que en todo este período, la sociedad boliviana se ha de componer de   sujetos sociales colectivos que, en cuanto tales, adquieren derechos de   ciudadanía los in­dividuos que la componen. Esto ciertamente no es nuevo; la   estructuración corporativa, o mejor, la subordinación de la individualidad a   formas colectivas de filiación pública es caracte­rística de sociedades con   influencia comunal agraria en su vida económica. Lo nuevo es que estas formas   de identidad sean reconocidas por el Estado también como formas legítimas de adquisición de derechos políticos.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Durante 30 años, lo poco   de la democratización política, de la democratización económi­ca y cultural   tuvieron al sindicato como mediador privilegiado. Ya sea la oposición a gobier­nos,   la movilización para defenderlos o la aquiesencia colectiva para tolerarlos, lo   que fuera a suceder pasaba por la resolución que tomaran los sindicatos más   importantes, y luego enton­ces la COB. Igualmente, la ampliación del salario   indirecto vía beneficios sociales, la seguri­dad en el empleo, el trámite de   propiedad de la tierra, la garantía de una educación gratuita, tenían al gremio   como lugar de concurrencia. Esto significaba que tanto la sociedad llana como   el Estado veían al sindicato como lugar donde ir a deliberar la amplitud de lo   que se considera ya un derecho público. Que esto lo hagan los trabajadores no   es extraño pues, al fin y al cabo, el sindicato es su criatura, es la manera   que encuentran para concretar sus ansias de unificación y el lugar donde por primera vez hacen de la historia lo que ellos quieren.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Lo que en cambio no ha de   ser normal es que sea el Estado el que regule el propio temperamento de la sociedad civil mediante la promoción del sindicato. Que esto   pueda suce­der supone que las sumisiones políticas arraigadas en el alma   colectiva comenzaron a servir de sustento tecnológico de una particular manera de acumulación económica, esto es, que la organización sindical tendió a formar parte de la composición orgánica media del capital so­cial.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Llegado a este punto, la   racionalidad del capital comenzará a expandirse por medio de la propia   interunificación de las fuerzas del trabajo, con lo que habrá tenido lugar una   eficaz subsunción general de la capacidad organizativa del trabajo a los   requerimientos de acumula­ción ampliada del capital. No ha de ser entonces   extraño que el sindicato sea, también, el intermediario de una serie de medidas   de homogeneización cultural requeridas para llevar adelante la consolidación de   una identidad nacional que el Estado intentó fundar aprovechan­do la amplia disponibilidad social que supone toda revolución.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">El que   el sindicato sea el modo en que la población adquiere ciudadanía ha de esculpir   un particular perfil del concepto de lo público. Inicialmente, que se trata de   una prerrogativa colectiva, fundada en una genealogía histórica (por ejemplo   los obreros) o una fidelidad vernácula (los comunario-campesinos). La   ciudadanía no se presenta por ello como una potes­tad individual, privada; es,   por sobre todo, un acto de socialidad enraizado en la historicidad palpable de un conglomerado que antecede y engloba al individuo que la compone.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Además,   la ciudadanía a través del sindicato dará lugar a una atribución de derechos   políticos fusionados a derechos sociales y laborales, en correspondencia a la   intromisión de una corporación creada por centro de trabajo en la esfera del Estado.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Con ello tenemos que   los derechos políticos vendrán amalgamados a los derechos labo­rales, la   democratización a la sindicalización y la ciudadanía al arquetipo del trabajador dis­ciplinado por el taller y el mercado.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Al igual que la primera   forma de ciudadanía mencionada, la debilidad de esta forma de ejercer los   atributos políticos radicará en la fuerza de legitimidad asumida a través de la   institucionalización estatal de esta ciudadanía corporativa. Bastará que sea el   mismo Estado quién quite de manera arbitraria la legitimidad del sindicato,   para que esta mane­ra de ciudadanización entre en crisis, incluida la forma de   nacionalización de la socie­dad que se había levantado sobre ella. Los últimos   13 años son justamente la historia de esta crisis y de los infructuosos   esfuerzos de unas remozadas castas codiciosas de los espacios públicos por   reformar el sentido de lo político, de lo democrático y de los procesos de ciudadanización.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif"><b>LA CIUDADANÍA IRRESPONSABLE</b></font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Desde   1986, un nuevo escenario político ha comenzada a erigirse. La consolidación del   voto como mecanismo de elección de los gobernantes, la continuidad reglamentada   del siste­ma de partidos, los pactos de gobernabilidad y. en fin, toda esa   parafernalia de compromisos administrativos entre élites adineradas y   arribistas, portadoras de capitales simbólicos y culturales, estructuran el moderno mercado de fidelidades políticas llamado democracia.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Paradójicamente,   no se trata de una ampliación de los derechos ciudadanos, de una de­mocratización   de nuevos espacios sociales sino precisamente de una sutil mutilación de dere­chos sociales adquiridos en las últimas décadas.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Claro,   si bien es cierto que las elecciones certifican la presencia de la voluntad de   las personas, cualquiera sea su rango y posición social, en el nombramiento de   presidentes y diputados, no menos cierto es que este poderío se transmuta en   impotencia cotidiana cuando su aplicación se constriñe a los escasos minutos en   que dura el acto de votar, pues el resto de los meses o años que ha de   interponerse entre un voto y otro, sencillamente el votante carece de   facultades políticas para gestionar o variar la decisión tomada. En este caso   tenemos que el tiempo democrático de la vida social se comprime a su mínima   expresión en tanto que el tiempo de la arbitrariedad estatal se amplía en términos absolutos.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">La democracia, como práctica recurrente y dilatada en el tiempo, practicada   por la vida sindical, barrial y comunal, pasa así a ser abruptamente sustituida   por una libertad de decisión comprimida en un acto ritual en el que la sociedad abdica voluntariamente de su decisión de gobernarse   y de autopresentarse como conglomerados colectivos, como fidelidades asocia­das, ya que el voto exige el aplanamiento individualizado del elector.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Pero para que este tipo   de achatamiento estratégico de la subjetividad popular funcio­ne, se requiere,   en primer lugar, la disolución de la anterior composición orgánica del trabajo   social en y para el capital, y de las formas organizativas de la sociedad bajo   las que adquiría presencia pública legítima. De ahí el cierre de las grandes   empresas que concentraban enor­mes contingentes de obreros, la flexibilización   de los contratos que vuelve más precaria la unidad laboral e intensifica la   competencia obrera. De ahí la generalización de los modos fragmentados del   trabajo familiar, que diluyen la separación formal entre propietarios y traba­jadores,   y que en conjunto buscan confeccionar un mundo laboral técnicamente atomizado,   materialmente despojado de los antiguos modos de aglomeración, de seguridad   laboral, que forjaron la cultura política de épocas pasadas y las maneras de   desplegar los derechos de ciudadanía. El eslogan de &quot;achicamiento&quot;   del Estado con el que se llenan la boca los pseudoliberales locales para   justificar la apropiación privada de los bienes públicos, tiene como   contraparte precisamente este agiganta miento de la función reguladora, disuasiva y normalizadora del Estado hacia la sociedad civil.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Estamos hablando   entonces, de una necesidad estatal de inducir un colapso en la forma   corporativa de la constitución de la sociedad llana y con ello, de toda una   tradición histórica de auto-representación política del trabajo, de todo un   patrimonio de luchas, de saberes, con­quistas e identidades, con los cuales -y   a través de los cuales- el trabajador vivió su vínculo con los suyos, con el   resto de la sociedad y con los gobernantes. Junto al debilitamiento de los   sindicatos en los últimos años está por sobre todo, la búsqueda incesante del   Estado de pros­cribir la manera corporativa de la constitución de los sujetos   políticos susceptibles de ser oídos y de influir subordinadamente en el manejo   de la cosa pública. El antiguo andamiaje de la filiación ciudadana (el   sindicato), a partir del cual el individuo adquiría identidad social y calidad   interpelante, trata de ser abolido por un Estado empeñado en enseñar que el ciudada­no público es el individuo aislado, votante y propietario.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Se trata ciertamente de una modalidad distinta de la constitución de la   ciudada­nía, que exige que la incorporación de los subalternos en el Estado ya   no se dé por el lado de la cooptación conflictiva de las estructuras grupales   para hacerlas intervenir en las disputas circulatorias del excedente social   (demanda salarial, beneficios sociales, estatizaciones...), sino por la   sumisión del individuo aislado a la normatividad institucionalizada de   elecciones de representantes cada determinado tiempo. Se trata pues del   tránsito del viejo Estado benefactor y prodigante, cuya legitimidad venía tanto   de la tácita incorporación de demandas corporativas en la gestión pública, como   de su capacidad de neutralizar, vía la prebenda, las infidelidades   antigubernamentales de las clases menesterosas; a un Estado neoliberal que pretende sustituir el soborno de las   identidades plebeyas locales por la mercantilización y prebendalización de las so­beranías individualizadas y fragmentadas del cuerpo social.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">En la medida en que   esta reconfiguración de la textura material y espiritual de la socie­dad desde   el Estado se lleva a cabo, lo democrático, su unilateralidad institucional, sus   dispo­sitivos participativos, sus modos de plasmarse en los hechos, de   practicarse, se muestran como un conjunto de técnicas sociales en gran parte   burocráticas que colonizan almas, retuer­cen hábitos y purgan unos conocimientos para imponer otros.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Claro, los modernos y   &quot;racionales&quot; modos de hacer política pactada entre representan­tes,   entre partidos, no sólo supone que quienes deben pactar y conversar a nombre de   los intereses sociales son unas élites cuyas intenciones en el fondo, y más   allá de la ilusión buro­crática, no se representan más que a sí mismas; sino   que también supone que la gente debe ser representada en el manejo del mundo   público, debe ser mediada en su acción política por los partidos. Más aún, todo   ello requiere que la cosa pública deba existir como esfera separada de la   sociedad civil. Más aún, que la sociedad civil sólo pueda existir como sociedad   política a través de mediadores o sacerdotes de la política. Pero estos   arcaísmos políticos que se remon­tan a Hobbes y Montesquieu, aparte de no tener   ya nada de modernos, expresan un tipo de ideologización inventada del quehacer   político cuyo racionalismo no radica en el vigor argumental sino en la fuerza estatal para legitimarlo.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">El liberalismo político   en el que el &quot;interés común&quot; se construye como transacción entre   iguales jurídicos, requiere tanto individuos ilusoriamente iguales y portadores de un bien comerciable (el voto), como   de sujetos carentes de fidelidades asociativas, parentales, para poder lanzar a   la circulación su bien transable (su soberanía). Esto que parece tan obvio y   aséptico necesita, sin embargo, de gente desprovista materialmente del bagaje   de los circui­tos de filiación comunal y de parentesco; supone al individuo en   estado de desprendimiento moral y en disposición al mercadeo de su historia, de su voluntad.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Es a   partir de este individuo abstracto que el &quot;interés general&quot; puede   formarse como suma de voluntades aisladas en una externalidad ajena a todos,   esto es, el Estado liberal. La elección voluntaria de   la sumisión requiere entonces, un imaginario histórico cercenado, una   auto-representación abstractalizada, una politicidad impalpable, externa, éticamente inverificable.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">La delegación de la voluntad política presupone por tanto un tipo   específico de sujeto, el sujeto delegante que no es   responsable de sus actos porque es impotente frente a sus   circunstancias, y queda compelido a desprenderse del manejo de sus intere­ses.   En otras palabras, requiere de individuos sometidos a una particular disciplina   de mandos tolerados, de sumisiones refrendadas, de expropiaciones soportadas y   de caren­cias padecidas como inevitables. Requiere pues, de la construcción   disuasiva o forzada de una cierta &quot;moralidad de esclavos&quot; que permite   arrebatar a los sujetos libres su im­pulso genérico y esencial de seguir siendo libres.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">La moderna ciudadanía es   descaradamente una ciudadanía irresponsable,   en la me­dida en que el ejercicio de los derechos públicos es simplemente una   ceremonia de dimisión de la voluntad política, de la voluntad de gobernar, para   depositarla en manos de una nueva casta de propietarios privados de la política   que se atribuye el conocimiento de las sofisticadas e impenetrables técnicas   del mando y del gobierno. Con ello, lo democrático, que ya desde 1952 no   significa gestión directa de los asuntos comunes sino tan sólo intervención   colectiva (bajo la forma de presión o reclamo movilizado) en el curso de los   asuntos comunes, ahora sufre una nueva mutilación por cuanto de lo que se trata   es de escoger, entre los que portan los símbolos señoriales del poder, a   quiénes han de administrar arbitrariamente la cosa pública. Se trata de una representación que simultáneamente es una suplantación de la   soberanía social y que viene a ampliar los procesos de expropiación política iniciados con la República.</font></p>     ]]></body>
<body><![CDATA[<p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">No cabe duda que esta   ciudadanía liberal es una ciudadanía fantasmagórica en la me­dida en que   propugna abusivos procesos de despolitización social   y de desarraigo histórico para depositar en unas élites burocráticas, en sus   felonías legalizadas, el concepto de política y juego democrático. De esta   manera, a lo que se intenta llamar ciudadano es a una individua­lidad   abstracta, a una conciencia sumisa guiada por los preceptos mercantiles del   regateo monetario de su soberanía. De ahí que la prebendalización de las   fidelidades y la moralidad de mercado que guían la elección de gobernantes hoy   día, no es un defecto transitorio enmendable con emplastos administrativos o   concienciales; es el basamento espiritual que lubrica estos modernos modos de enajenación política.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">En síntesis, se puede   decir que esta manera de estructurar la forma de gobierno y de ciudadanía está   atravesada por una doble impostura. La primera, porque lejos de ampliar los   territorios de intervención democrática de la sociedad dentro del propio   espacio político y hacia los espacios económicos, culturales, etc., se   restringen los derechos políticos a un mero nombramiento de los que habrán de   pensar y decidir por uno. La segunda, porque se simula la concurrencia de   individualidades privadas y en estado de desprendimiento asociativo, que son el   requisito para la eficacia de los modos liberales de construcción de la unidad   político- estatal. cuando en realidad la estructura social boliviana está   atravesada por innumerables segmentos corporativos, por múltiples filiaciones   comunales, por densas redes de agregación económicas y políticas locales de   larga tradición histórica que desnudan como una estafa el ideal liberal de la sociedad como mera aglomeración de propietarios privados desarraigados.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Esto   significa que la subsunción real de los procesos de trabajo bajo el capital,   esto es, la propiedad privada como fundamento de identidad social y la   tecnología como regulador de las disposiciones corporales, no es un hecho   consumado. Si la economía funciona, si existe producción, mercado, acumulación,   es porque gran parte de la sociedad urbana y rural marcha sobre lazos de   parentesco, sobre lógicas productivas no totalmente mercantilizadas, con   individualidades definidas por su entorno colectivo filial o comunal, con   saberes y técnicas económicas no-capitalistas,   etc. Las estructuras corporativas como formas de organización política local (sindicatos, juntas vecinales,   ayllus...), las redes de parentesco como recursos productivos que limitan la   abstractalización mercantil del uso de la fuerza de trabajo, etc., originan identidades políticas y prácticas políticas   que limitan estructuralmente la eficacia de los   dispositivos liberales de (des)politización social. En tanto se mantenga la   subsunción for­mal del trabajo al capital, la   individualidad liberal es una falsificación administrativa de com­plejas y abigarradas formas de individualización social.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">¿Cómo salir de este   atolladero de artificios democráticos sostenidos con alfileres? Lo más probable   es que la mediocridad intelectual de los que adulan lo existente se dedique a   maquillar por acá y por allá un cuerpo político desarticulado entre politicidad   social y despolitización estatal, manteniendo y ahondando más la escisión, que   podía ser catastrófica, entre gestión estatal y configuración social. La otra   opción, lúcidamente asumida por ciertas fracciones empresariales en el ámbito   de la economía, es la refuncionalización de comporta­mientos y estructuras   políticas colectivas al sistema de representación electoral. Ejemplos de estas   maneras más eficaces de subordinación política es lo que sucede en los llamados   &quot;muni­cipios indígenas&quot;, en los que prácticas políticas comunales   locales quedan cooptadas y luego inmediatamente refuncionalizadas por un sistema de administración representativa y delega­da de la gestión pública.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Sin embargo, reconocer   los &quot;usos y costumbres&quot; de una entidad local en un municipio perdido   en el mapa, no representa para los gobernantes el mismo peligro que el   institucionalizar esos hábitos políticos en los niveles ejecutivo y legislativo   del Estado y encima al 70 u 80 % de los ciudadanos. Hasta qué punto el Estado   estará dispuesto a arriesgarse a la formación de una real hegemonía, es algo   incierto aunque lo que hasta hoy acontece muestra que las &quot;tole­rancias&quot;   de las que hace gala toda la intelectualidad orgánica del Estado, no duda en   transmutarse en celoso despotismo no bien se pone en discusión la permanencia de sus privilegios emer­gentes de este liberalismo falseado.</font></p>     <p align="justify"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">Una tercera posibilidad es que las prácticas políticas plebeyas,   comunales y obreras, salgan del cerco en que se hallan y se expandan de manera   autónoma a todo el espacio públi­co. Con todo, esto requeriría la superación de   las estafas liberales pero también de las autoconstricciones políticas de la   época del capitalismo de Estado. Sería entonces una am­pliación de la   democracia a partir de un arranque de iniciativa social que reinventaría el   signi­ficado de ciudadanía como acto de responsabilidad permanente de cada persona en el destino de las demás.</font></p>     <p align="justify">&nbsp;</p>     <p align="justify"><font face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif"><b><font size="2">Notas</font></b></font></p>     <p align="left"><font size="2" face="Verdana, Arial, Helvetica, sans-serif">* Docente e investigador de la Carrera de Sociolog&iacute;a - UMSA</font></p>      ]]></body>
</article>
