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Revista Aportes de la Comunicación y la Cultura

versión impresa ISSN 2306-8671

Rev. aportes de la comunicación  no.25 Santa Cruz de la Sierra dic. 2018

 

ARTICULOS

 

Suicidios cotidianos

Avance de Investigación Trabajo Final de Master de Escritura Creativa en Español

 

 

Magela Baudoin
Maestrante de Escritura creativa en la Universidad de Salamanca. Comunicadora Social,
escritora y docente universitaria. magelabaudoin@gmail.com
Fecha de recepción: 02-12-2018 Fecha de aceptación: 22-12-2018

 

Lo autora declara no tener conflictos de interés con la Revista APORTES.

 

 


 

 

Al inicio de este trabajo, se proponía la creación de un libro de cuentos que trabajara alrededor de las huellas de la lectura en la conformación de la identidad y como una vía de aprehensión, comprensión e intervención en la realidad, más allá del espacio consciente.

Se entendería “lectura” no sólo como la decodificación del lenguaje literario y/o artísticos sino de la vida. Así, la intención primera fue pesquisar las presencias fantasmáticas que produce la ficción en la memoria y que intervienen y modifican (tal como ocurre con los recuerdos) el devenir de los personajes.

¿Cuál  es  el  límite  entre  ficción  y  realidad?  ¿Cuál la  verdad  que  produce  la  fantasía?  ¿Qué  es  la verdad?,  podríamos  preguntarnos  al  leer  el  libro y,   posteriormente,   responder   como   Nietzsche: (La verdad es) “un ejército móvil de metáforas, metonimias, antropomorfismos, en resumidas cuentas, una suma de relaciones humanas que han sido realzadas, extrapoladas, adornadas poética y retóricamente y que, después de un prolongado uso, a un pueblo le parecen fijas, canónicas, obligatorias; las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son, metáforas que se han vuelto gastadas y  sin  fuerza  sensible,  monedas  que  han  perdido su troquelado y no son ahora consideradas como monedas, sino meramente como metal”.

En cuyo caso, la verdad vendría a ser un lugar gastado por el ojo, que no se puede seguir mirando porque ya no nos dice gran cosa o porque lo que nos dice creemos saberlo, como la música de esas bellas canciones que la publicidad ha prostituido y que vuelve inaudible. Y la mentira, en cambio, un territorio dúctil, un ensayo de clarividencia, un ejercicio de exploración.

Este libro de cuentos pretendía indagar en aquellas “ilusiones”, en aquellas “metáforas”, “metonimias” y “antropomorfismos”, en definitiva, en aquellas dudas que produce la lectura. Y, sin embargo, en el camino, se ha convertido en otra cosa. O en aquella visión primigenia y en algo más: la idea del absurdo, del suicidio y de la esperanza, a la manera en que Camus los concebía.

De ahí que se haya decidido el cambio de nombre de este volumen de “Los fantasmas que leo” a “Suicidios cotidianos”. En cada cuento hay un apego a la vida, una suerte de resiliencia en los personajes —para nada altisonante— que no deja, sin embargo, de conversar con la muerte como una posibilidad de abismamiento o de liberación. Dicho de otro modo, en este territorio, que siempre es el de las emociones crudas, cabalga la memoria como condena o como redención y aparece la esperanza ya sea afirmando la vida o negándola.

Es por ello que los personajes, de distintos orígenes y en muy distintas situaciones, parecen describir con sus historias ese gran cansancio que sentía Alejandra Pizarnik, no de la muerte absoluta, sino de ese “lento naufragio cotidiano en las aguas del pasado”.

En este punto es interesante recuperar la idea del “absurdo” existencial, que surge cuando el hombre desea y el mundo lo decepciona, dejándolo arrasado, extranjero y sin esperanzas. El absurdo es, pues, la náusea de la que hablaba Sartre y que surge cuando el individuo toma conciencia de que no es parte del mundo.

Tanto Albert Camus como Arthur Schopenhauer reconocen que lo absurdo está ligado a la toma de conciencia de ese “no lugar” en el mundo y produce, como consecuencia, la ausencia de porvenir y un individuo —un extranjero— sin esperanzas. Para Camus, lo importante es reconocer, entonces, el dolor y entenderlo como una carga, acaso la de Sísifo, que “aplasta contra la tierra” y que deberá soportar por el tiempo que dure la vida. Pero, claro, aquel que no puede o no quiere soportar esa carga se puede llegar a plantear el suicidio como una alternativa radical para renunciar al absurdo y alcanzar un estado de sosiego o tranquilidad. El suicidio, en el sentido existencialista, puede considerarse como un paso para alcanzar un estado diferente al del sufrimiento.

La alternativa al suicidio es, de otra parte, la esperanza.  Entendiéndose  ésta  como  un  acto  de voluntad que se sostiene en la fe, igual que una promesa. Empero, al no ser una certeza, el individuo no puede estar seguro de que llegará. Solo se atiene a su voluntad de trascender el dolor.

Las historias de “Suicidios cotidianos”
cuentan las vidas de cuerpos
vulnerables, cuerpos “absurdos”,
expuestos al daño y a la exclusión cuyas
salidas son unas veces la vida y, otras,
su contrario exacto

Pero, ¿cuántas veces en la vida la esperanza es opacada por la visión del suicidio y a la inversa? ¿Cuántas veces podemos llegar a suicidarnos en un mismo día? ¿Qué cuerpos son más vulnerables al absurdo del mundo? Estas son algunas de las preguntas que surgen del ejercicio creativo planteado en este trabajo y que cada historia se anima a responder, no sin dejar de incorporar el tema de los cuerpos en la reflexión.

La vida humana es tenida aquí, siguiendo los planteamientos de Judith Butler, como una entidad corpórea vulnerable a fuerzas externas. Lo cual implica, como es obvio, que hay cuerpos más dañables que otros. Factores como la pobreza, el género, la marginalidad, las preferencias sexuales, la raza, la edad, la guerra hacen que los estados de desprotección sean más patentes y, por lo tanto, que ciertas vidas sean mucho más frágiles y estén más expuestas a una “muerte lenta”.

Las historias de “Suicidios cotidianos” cuentan las vidas de cuerpos vulnerables, cuerpos “absurdos”, expuestos al daño y a la exclusión cuyas salidas son unas veces la vida y, otras, su contrario exacto. En todos los casos, podrá constatarse, la imaginación es una vía de oxígeno o de resiliencia; y nos permitirá, en última instancia, arribar a las motivaciones estéticas y conceptuales de este trabajo que está interesado en explorar, como se ha dicho, en la memoria, en la identidad y en el cuerpo como espacios de conformación conflictivos/disruptivos y como detonantes sicosociales y, también, poéticos.

 

Mengele y el amor

(Cuento elegido para la publicación de la Revista
Aportes de la Cultura y la Comunicación – UPSA)

Y si prefieres aún te puedo
inyectar lo que tú y yo sabemos,
puedo hacer de tu cuerpo un
estuche de cristal.

Klaus & Kinski

 

El conserje alemán la besó. Era la primera vez en tantos años. Había sido un choque de labios torpe, que luego había acontecido mansamente. María lo dejó hacer, sin oponer las dudas del pudor, tratando de leer las claves de aquel impulso rudo y sorpresivo. Con algo de discernimiento apretó los párpados, como si se resistiera a la luz; y era que María no podía creer que estuvieran donde estaban, en el despacho del Señor, y no en el baño de alguna de las habitaciones del hotel. Los abrió, sin embargo, después que él. Reducida por la claridad glacial de su mirada, salió corriendo hacia los cambiadores. Al rato, tras haberse calzado el uniforme, se preguntó si debía seguir llamándolo “sir”. La respuesta era obvia. A ella le habría gustado tanto decirle “amorcito corazón”, cantársela al oído, abrazada a él, pero… ¿Y si me echa? Despertó, con el sonido refinado del ascensor.

Arami, el hotel cinco estrellas tiene sus gracias, escúchame. Si estuvieras aquí te
pasearía, sin que el conserje te viera, para mostrártelas. Yo sé que te gustaría todo:
la alfombra gorda, “imperial”, me han dicho que se llama; los espejos de piso a techo,
no esa macanita que teníamos en el cuarto; los suspiros de azúcar, gratis, en grandes
bolas de cristal; las luces como de fiesta, sin que sea Navidad ni nada; y los ascensores,
si vieras los ascensores, Arami, tú nunca te subiste a nada igual, muchacha…

María, que debía bajar piso por piso limpiando las habitaciones, estaba segura de que el ascensor era la mayor de las gracias del hotel. No por nada. Se le hacía pesado empujar el carro atestado de toallas y de artículos de limpieza. Santo Dios, ¡66 años son muchos años! Se le hacía pesado y no, reconoció para sí misma. De qué iba a quejarse. Después de todo, había cosas tan bonitas allí y ella había pasado tantas y tan feas, que este trabajo estaba bien nomás, incluso en los días en que el conserje la hacía llorar; aunque también, como ahora, los días eran... ¡Ay! Mejor era ni pensar.

Al principio, cuando recién había comenzado en el hotel, María llamaba el ascensor para bajar y hasta los botones le resultaban elegantes porque eran planos y no de plástico sino de metal. A María le parecían de pobre los botones redondos, como los del edificio donde vivía; nunca faltaba un ocioso que los quemaba y el plástico se iba curtiendo con el tiempo y la suciedad. Si ella pudiera limpiarlos… Sí, como hacía en el hotel, con todos esos productos que le daba el conserje, que era alto y castaño, con ese inglés tan lleno de escombros que, por más que ella le ponía atención, la hacía dudar.

Pero no es solo el hotel, Arami, lo que te gustaría; si pudieras verlo con tus propios
ojitos, sabrías a qué me refiero sin que te lo dijera. Te recordaría a él, hermana. Es
imposible verlo y no acordarse. Habla idéntico, lo juro, como cuando tú le enseñabas
guaraní, allá en el pueblo.

El parecido era cierto. En otro tiempo y en otro país, Arami le había enseñado a otro hombre las palabras del guaraní, como si él fuera ciego. La muchacha gesticulaba, se ponía las grandes, blancas y pesadas manos del alumno sobre los labios: «Juro es boca», le decía. Él la empujaba hacia la mesa de metal, le amarraba los brazos, le sujetaba la cabeza con firmeza debajo de la luz, después acercaba el rostro tanto, tanto, que las pestañas de ambos se chocaban.

María suspiró pensando otra vez en los botones: si ella pudiera limpiarlos… Limpiar era un modo de arrasar la mugre de su existencia. «¡Limpiar puede salvarte la vida!», le había dicho tantísimas veces su hermana Arami, que era idéntica a ella, gemela, salvo porque tenía un ojo verde y el otro celeste, como un gato quesú: «Quesú es malo». Por eso, quién sabe, María no hallaba nada más perfumado que el olor a lavandina. Todo, hasta la sangre puede borrarse con lavandina, decía, pero no el querer. Las manchas de las axilas en la ropa, sí; los líquidos de otro cuerpo sobre tu piel, también… Eso lo aprendió bien chica. Las mujeres pueden volver a oler a nuevo. La memoria puede blanquearse en una ponchera llena de lavazas. Una se mete entera, como la ropa sucia, se refriega y no es más. Lástima que no se pueden hacer gárgaras con lavandina. Una vez, en el pueblo, María había bebido lavandina porque un hombre —aquel hombre— no la había querido, no la prefirió nunca, así que terminó en el hospital,  con  el  esófago  hecho  jirones.  «Muchacha  dañina», fue lo primero que escuchó cuando abrió los ojos. Era la voz de Arami: «¡Dañina!».

No tenías de qué reprocharme, Arami. Tú menos que nadie. Lo que yo quería era
quitarme del medio. Haz tus cuentas, fue antes, mucho antes de que él se fuera del
pueblo. Antes de que llegara toda esa gente enojada, preguntando, grabando, tomando
fotos. Era gente venida de lejos, Arami, gente que no viste porque te echaste al monte
la misma noche que él te dijo adiós para siempre.

Los botones del ascensor del hotel le gustaban, los recorría con los dedos. ¡Lo liso es bello! El pelo lacio, el olor a recién planchado de la tela, la cama recién tendida, el piso del ascensor..., de mármol, tan claro y perfecto, por el que el carrito rodaba más fácil que la camilla en el linóleo del hospital. María también había trabajado en un hospital.

Allí los ascensores no eran modernos, no tenían música, ni intercomunicadores para cuando se atascaban, ni tampoco luz. Es decir, no esa luz del hotel cinco estrellas, que le parecía a María de escenario y en donde no se le quedaba en la nariz el olor a metal oxidado de la sangre. El ascensor, por lo demás, era tan amplio que entraba el carrito sin aplastarla, dejándole espacio para mirarse de cuerpo entero en los espejos que la rodeaban. María elevó la cabeza y dejó que la luz del escenario le bañara el rostro. Tenía tema con los escenarios o más bien con cantar. Bajo la regadera o en el ascensor lo hacía. Bueno, cantar, lo que se dice cantar, únicamente en el baño. En el ascensor solo movía los labios. Es que alguien podía oírla, ¿no? Y María cuidaba mucho su trabajo. Lo cuidaba del conserje alemán, que le gustaba tanto y que, sin embargo, no sabía cómo tratar.

Al pueblo llegó un día el hombre al que Arami llamaba «tío Fritz». La gente decía, después de que huyó, que pinchaba en los ojos, que había hervido niños, que tenía un cementerio tras de su casa, que había venido de más allá del mar y la guerra. Arami no sabía por qué decían todo eso, solo que sus manos eran pesadas, que era médico y que sabía dejar en tu cuerpo su semillita perfecta. La muchacha le susurraba «rohayhu», que era mucho más que querer, que era como decir «te amo», porque él la prefería a ella antes que a María. Sería por los ojos de gato malo, diabólico. «Arami, mi pedacito de cielo», le cantaba él y su acento marcial hasta parecía un bolero. «Arami» era el nombre que le habían puesto sus padres por esos ojos dispares, que él miraba y volvía a mirar obsesivamente.

María todavía era muy guapa. Potra, le habían dicho desde que se abrió paso en la pubertad. Una potranca mestiza y de ojos negros. Frente al espejo se contoneó, afinó la cintura, irguió la espalda, como si fuera todavía una muchacha. El conserje le había puesto el ojo desde el primer día. Pensó otra vez en el beso. Viejo nazi, picarón. “Nazi”, dijo de nuevo con el candor melancólico de su ignorancia, como si se tratara de un sobrenombre infantil, venido de un lugar remoto en la memoria, de un cielo húmedo e infestado de mosquitos y borracho de fruta podrida. El conserje revisaba las habitaciones de María. El baño: Dirty, dirty, decía… Pero no estaba sucio. Era solo para entrar y mirarla hacer y trabarla contra el mesón de mármol y vaciarse en ella... María sabía que era una excusa, que sus baños quedaban siempre impecables, pero al mismo tiempo ese tonito… Nadie iba a humillarla. Nadie. Pero se aguantaba porque tenía que cuidar su trabajo. No le había sido fácil conseguir aquel empleo, después de tantos años de ilegal. Lo cuidaba, incluso ahora, que ya tenía hechos los papeles y no necesitaba aguantarse nada; se aguantaba, ¿acaso igual que Arami?, a pesar de que la enfurecía la forma como a veces el conserje pronunciaba su nombre. Magrriiia, decía, con esa “ere” pasada por asco y que no se sabía si era desprecio u otra cosa.

Si lo escucharas Arami, me sabrías aconsejar.

María se entristecía porque “María” era su nombre artístico, querido. En sus años de cabaret se cambió el «Panambi» de nacimiento por María. Cabaretera, sí, y a mucha honra, aclaró con su envejecido garbo, no porque le tuviera remilgos a la cama sino por razones artísticas. Qué puta sabe cantar, ¿eh?, requirió y es que ella cantaba y había sido, en sus tiempos, tan bella como María Félix. El mismo lunar, las mismas cejas, dijo frente al espejo, aproximándose hasta chocar el rostro con su reflejo. El lunar ya no lucía igual con la piel arrugada. María se alejó y estiró con los dedos los pliegues profundos de sus ojos. María como María Félix, pero nunca como la Virgen. Dios me libre, qué carga, pensó. La luz del ascensor la transportó, pudo verse sin uniforme y con un gran escote, empujándose los senos hacia adelante, para que se le notaran bien los latidos del corazón, después de cantar. Para que él notara aquella palpitación y la invitara a la pista de baile.

Pero él nunca lo hizo. Arami siempre estaba allí primero. Igual que María, era de las más solicitadas en el cabaret, pero a diferencia suya no cantaba. Su naturaleza era reservada y salvaje. Tenía un pájaro en el esternón, un batir de alas recién nacidas en el corazón huesudo y frágil. Andaba descalza por el campo, abrazando el viento. Cielo, universo, relámpago, llovizna. Se iba de la casa, se tendía en una mesa alta y helada, se dejaba pinchar y luego: «Tío» aquí y «tío» allá. «Sabio», le decía porque él había querido fundar un nuevo mundo, otra naturaleza de futuro. Decía que él le arreglaría los ojos, que le plantaría su semillita mejor. A María le vino un escalofrío, se jaló el uniforme hacia abajo.

Dañina vos, Arami. Y mala: quesú. Te fuiste. Me dejaste sola.

María  elevó  el  rostro  a  los  reflectores.  Ahora  el  conserje  es  solo  para  mí,  dijo. Recordó una tarde en que Arami habló. «Panambi, déjamelo a mí. Vete a volar como una mariposa, Panambi», le había suplicado su hermana porque pelear no era su naturaleza. Ya no iban al cine juntas. Ya ni Pedro Infante, ni Agustín Lara ni el propio Jorge Negrete, que se casó con María Félix, le causaban gracia a Arami. «Es lindo», lloraba Aramí, «déjamelo a mí».

¡Lindo nada!, Arami. ¡Ya, deja de llorar! Que no ves las manos grandes, la cabeza
cuadrada, la quijadita, los dientes de conejo, que no ves que es casado, que no sabe
querer, que hasta su propio hijo le dice “tío Fritz”…

Nada de eso importaba, María lo sabía, porque cada noche, a la misma hora marcial, Fritz venía y sacaba a bailar a su hermana. Daba vueltas con Arami, haciéndola volar un poco, rozando la punta de sus pies con el piso. María cantaba para él y él para Arami, en el oído:

«Amorcito corazón». Semejante tamaño de hombre, todo el mundo podía verlo, agachaba la cabeza hacia el cuello de Arami, solo para escucharla decir: «Sos lindo, ne porã». A cambio él le había dicho, la noche antes de su partida: «Tu carne no es un mal pasajero, Arami. Eres mía».

Marrriiia, la voz del conserje, en ese inglés basto que la atormentaba... De dónde provenía, cómo era que no lo había visto. Siempre ponía mucho cuidado de estar completamente sola. Sacó la cabeza hacia afuera del ascensor y nada; puso la oreja en el intercomunicador y nada; por un segundo pensó que la voz provenía de la cámara, pero no… Marrriiia, se escuchó nuevamente en el walkie talkie que había olvidado en el bolsillo de su uniforme. Respondió. No la llamó a su despacho. El baño de la 205 estaba sucio. María iba a sacar el carrito del ascensor para ir a su encuentro y nuevamente se miró, pero esta vez bajo otra luz. Una oxidada y vacilante, en la que Arami se rompía en el grito de un alumbramiento, acompañando la llegada de un niño de ojos azules y muertos. «Añamby, hijo de diablo», había dicho la partera y en María las imágenes de la sangre, de la mesa alta y fría, de los brazos de Arami púrpuras, tantas veces ensayados… La lavaza sana, se dijo entonces y refregó a su hermana con el mismo trapo con que se habría de lavar el cuerpo posteriormente. Pero a María le tomó mucho sanarse; volver a oler a nuevo. Salirse de ese cuerpo.

Roipota, Arami, te quiero. Cielo, universo, relámpago, llovizna, repitió varias veces en un rezo que a la vez era un exorcismo, sentada en la esquina del ascensor, con el carrito atascado en la puerta, el walkie talkie llamándola y los brazos, bajo los reflectores, hendidos de viejas promesas de gloria y perfección.

 

 

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