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Revista de Investigacion Psicologica

versión On-line ISSN 2223-3032

Revista de Psicologia  no.22 La Paz  2019

 

TEORÍA Y ENSAYOS

 

Análisis de componentes y definición del concepto resiliencia: una
revisión narrativa
 

 

Analysis of components and definition of the concept of resilience: a
narrative review

 

 

Susana Lucia Aguilar-Maldonado 1, Andrea Gallegos-Cari 2
Sinuhé Muñoz-Sánchez 3

1 Susana Lucia Aguilar-Maldonado. Licenciada en Administración por la Universidad Nacional Autónoma de México; al momento de
escribir y enviar el artículo labora como Jefa de Unidad Departamental de Investigación en Ciencias Económico-Administrativas
en el Instituto para la Atención y Prevención de las Adicciones en la Ciudad de México, México.
Correo electrónico: saguilarm3@hotmail.com

2 Andrea Gallegos-Cari. Licenciada en Psicología por la Universidad Nacional Autónoma de México, Maestra en Ciencias en Neurofarmacología
y Terapéutica Experimental por el Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional; al momento de
escribir y enviar el artículo labora como Directora de Investigación y Evaluación en el Instituto para la Atención y Prevención de las Adicciones
en la Ciudad de México, México. Correo electrónico: neuro.cari@gmail.com

3 Sinuhé Muñoz-Sánchez. Licenciado en Psicología por la Universidad Nacional Autónoma de México, Maestro en Ciencias en Neurobiología
por la Universidad Nacional Autónoma de México; al momento de escribir y enviar el artículo labora como Subdirector de Investigación en
Neurociencias en el Instituto para la Atención y Prevención de las Adicciones en la Ciudad de México,
México. Correo electrónico: smsanch@gmail.com

 

 


RESUMEN 

Existen diversas definiciones de resiliencia, en los años 70 del siglo pasado se usó para describir a quienes a pesar de haber sufrido graves problemas económicos eran capaces de recuperar una estabilidad psicológica y afrontar la situación de forma sana. En los 80 fue empleado para referirse a la aptitud de aquellos que tras haber sufrido graves conflictos eran capaces de mantener un equilibrio mental. La Real Academia Española la define como capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador, estado o situación adversos. Tomando en cuenta los resultados de los diversos estudios hechos sobre el tema, parece que esta definición es insuficiente para determinar su significado. Por lo anterior se efectuó una revisión narrativa de definiciones de resiliencia hechas desde distintas perspectivas, reportadas en artículos, libros y páginas de asociaciones relacionadas, con objeto de identificar sus componentes y desarrollar una definición que los incluyera, encontrándose 32 definiciones, de 30 autores o conjunto de éstos, en 31 fuentes, identificando cinco componentes y una restricción. Se concluye que resiliencia es un proceso dinámico que puede ser impulsado en cualquier organismo al estar expuesto a la adversidad y el estrés generado por ésta. 

PALABRAS CLAVE. definición resiliencia, estrés psicológico, factores de protección, factores de riesgo, resiliencia psicológica.


ABSTRACT

There are several definitions of resilience, in the 70s of the last century it was used to describe those people who despite having suffered serious economic problems were able to recover psychological stability and face the situation in a healthy way. In the 1980s it was used to refer to the aptitude of those who, after having suffered serious conflicts, were able to maintain a mental equilibrium. The Spanish Royal Academy defines it as the adaptation capacity of a living being in front of a disturbing agent, state or adverse situation. Taking into account the results of the various studies on the subject, it seems that this definition is insufficient to determine its meaning. Therefore, a narrative review of resilience definitions made from different perspectives was carried out, reported in articles, books and pages of related associations, in order to identify their components and develop a definition that would include them, finding 32 definitions, 30 authors or set of these, in 31 sources, identifying five components and a restriction. It is concluded that resilience is a dynamic process that can be promoted in any organism when exposed to adversity and the stress generated by it.

KEYWORDS. definition resilience, Psychological Stress, protective factors, risk factors, psychological resilience.


RESUMO

Existem várias definições de resiliência, na década de 70 do século passado foi utilizado para descrever aqueles que, apesar de terem sofrido sérios problemas econômicos, conseguiram recuperar a estabilidade psicológica e enfrentar a situação de forma saudável. Na década de 1980, era usada para se referir à aptidão daqueles que, depois de terem sofrido sérios conflitos, conseguiam manter um equilíbrio mental. A Real Academia Espanhola define como a capacidade de adaptação de um ser vivo diante de um agente perturbador, estado ou situação adversa. Levando em consideração os resultados dos diversos estudos sobre o assunto, parece que essa definição é insuficiente para determinar seu significado. Para tanto, foi realizada uma revisão narrativa das definições de resiliência feitas a partir de diferentes perspectivas, relatadas em artigos, livros e páginas de associações relacionadas, a fim de identificar seus componentes e desenvolver uma definição que os inclua, encontrando 32 definições, 30 autores ou conjunto destes, em 31 fontes, identificando cinco componentes e uma restrição. Conclui-se que a resiliência é um processo dinâmico que pode ser promovido em qualquer organismo quando exposto à adversidade e ao estresse gerado por ele.

PALAVRAS CHAVE. definição de resiliência, estresse psicológico, fatores de proteção, fatores de risco, resiliência psicológica.


Conflictos de intereses: las autoras declaran que no tienen conflictos de intereses.


 

 

I. Introducción

Desde hace tiempo en el estudio y práctica tanto científico como empírico de las ciencias sociales está cambiando la orientación de paradigmas, ya que anteriormente se centraban solo en la evaluación, análisis y tratamiento de problemas sociales, y en la actualidad se están enfocando en los recursos y respuestas que los sistemas informales y formales activan para prevenir o disminuir los efectos de dichos problemas, el sistema es visto como un ente activo. La identificación, evaluación y fortalecimiento de capacidades en individuos, familias, grupos, comunidades y sistemas formales se está convirtiendo en un objetivo permanente de la intervención social (Villaba-Quesada, 2003). Estudios de seguimiento de varias décadas, indican que hay personas que habiendo pasado por circunstancias difíciles, extremas o traumáticas en la infancia, como abandono, maltrato, guerras, hambre, etc., no desarrollan problemas de salud mental, abuso de drogas o conductas criminales de adultos (Becoña, 2006); la suposición implícita ha sido que si supiéramos qué  permitió a las personas "escapar" del daño de las experiencias adversas tendríamos los medios a nuestra disposición para mejorar la resistencia de todos ante el estrés y la adversidad (Rutter, 1993). 

En los años 70 del siglo pasado para describir a las personas que a pesar de haber sufrido graves problemas económicos eran capaces de recuperar una estabilidad psicológica y afrontar la situación de una forma sana, se empezó a utilizar el término «resiliencia» (Rocamora-Bonilla, 2008), el cual se retomó de la ingeniería, disciplina en que se emplea para señalar la característica de algunos materiales para soportar un impacto y recobrar su forma original después de ser sometidos a grandes presiones (Manciaux, 2003 en Barcelata-Eguiarte, 2015). Posteriormente, en los años 80, se usó para referirse a la aptitud de las personas que tras haber sufrido graves conflictos eran capaces de mantener un equilibrio mental (Rocamora-Bonilla, 2008). En este sentido, «resiliencia» es un concepto interdisciplinario y holístico que explora enfoques alternativos en los procesos de ayuda en la intervención social; fomentando capacidades personales e interpersonales; y fuerzas internas que se pueden desplegar para aprender y crecer a través de las situaciones de adversidad (Villalba-Quesada, 2003). Si bien ha sido utilizado con dicho propósito desde hace cinco décadas, la Real Academia Española lo incorporó al Diccionario de la Lengua Española en su edición de 2014 (Bustos, 2017), definiéndola como la capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado o situación adversos (Real Academia Española, s.f. f.), aunque, tomando en cuenta los resultados de los diversos estudios que se han hecho sobre el tema, parece que esta definición no es suficiente para determinar su significado. 

En virtud de lo anterior se efectuó una revisión narrativa de definiciones de resiliencia, a fin de identificar sus componentes y desarrollar una definición que los incluya.

 

II. Método 

Se efectuó una revisión de definiciones de resiliencia hechas desde distintas perspectivas, reportadas en artículos, libros y páginas de asociaciones relacionadas con resiliencia publicasos en el periodo 1973 a 2018. Se utilizaron los términos relacionados con el tema tales como resiliencia, definición, concepto, estrés, adversidad.

 

III. Resultados 

Se encontraron 32 definiciones (ver tabla 1), de 30 autores o conjunto de éstos (en dos casos se consideraron dos definiciones de un mismo autor), en 31 fuentes (artículos, libros, páginas de asociaciones relacionadas con resiliencia), identificando cinco componentes (atribución, esencia, condición, objetivo, recursos) y una restricción (ambiente), mismos que se comentan a continuación.

 

IV. Componentes y restricción de la resiliencia 

Para comprender el uso del término, la etimología nos da la clave (Bustos, 2017): es una castellanización de la palabra inglesa resilience (Monroy-Cortés & Palacios-Cruz, 2011), que proviene del verbo latino resilire, cuyo significado es «rebotar», en éste identificamos el prefijo re- que indica repetición, y el verbo salire que aporta la noción de «saltar» (Bustos, 2017). A pesar de no haber una definición unívoca, a través de las distintas definiciones es posible comprender a qué se está haciendo referencia cuando hablamos de resiliencia (Muñoa-Ubis, 2015) aplicada a seres vivos, comunidades o sistemas, ya que en las múltiples conceptualizaciones, hechas desde distintos enfoques, podemos identificar algunos elementos o factores compartidos.

a)  Atribución 

En los documentos revisados se encontró que 27 autores atribuyeron la resiliencia a personas y cuatro a comunidades o grupos, de éstos, tres la adjudicaron a personas y comunidades o grupos; adicionalmente dos autores indicaban que es una propiedad de los sistemas y uno, de cualquier ser vivo.

Antes de continuar, es importante resaltar que, según lo encontrado, la resiliencia no es propia de las personas únicamente, puede atribuirse a cualquier organismo desde el nivel individual hasta el grupal, por ejemplo, la dimensión comunitaria de resiliencia nos orienta hacia la existencia de pueblos y comunidades (Uriarte-Arciniega, 2005) que tienen la capacidad de absorber las perturbaciones y reorganizarse mientras experimentan un cambio (Nystand, Spein, & Ingstad, 2014), saliendo fortalecidos tras haber sufrido desastres y desgracias colectivas (Uriarte-Arciniega 2005); la resiliencia familiar reafirma la capacidad de autoreparación de la propia familia, asimismo ayuda a identificar y fomentar ciertos procesos que les permiten hacer frente con más eficacia a las crisis y emerger fortalecidas de ellas (Villalba-Quesada, 2003). 

b)  Esencia 

Respecto a la esencia de la resiliencia, 14 de los autores revisados coinciden en que se trata de una capacidad, seguido de quienes la consideran un proceso o mecanismo de adaptación (siete), mientras uno la concibe de ambas formas. Otros la conceptualizan como característica, propiedad o función, resistencia, relación de discordancia, condición, habilidad, potencial, fenómeno, resultado, respuesta, retorno homeostático, o serie de actitudes. 

En relación a estas perspectivas es conveniente considerar la opinión tanto de Luthar (2003), al indicar que se espera que quienes cumplen con los criterios de resiliencia difieran de muchas otras maneras, y no que estén bien cada minuto del día, bajo todas las circunstancias imaginables, o a perpetuidad, pues la resiliencia no es un rasgo del individuo, aunque éstos la manifiestan en su comportamiento y patrones de vida; como de Trujillo García (2011), quien menciona que, tomando en cuenta las definiciones de capacidad (aptitud, talento, cualidad para algo) y proceso (acción de ir hacia delante, implica el transcurso del tiempo y supone fases sucesivas) de la Real Academia de la Lengua Española, pensar en la resiliencia como capacidad implícitamente supondría que los individuos la poseen en mayor o menor grado; en cambio, al entenderla como proceso, el énfasis es diferente, admitiendo otra panorámica, donde cabrían las capacidades como uno de los recursos disponibles para afrontar las adversidades en un determinado momento y a lo largo del tiempo, permitiendo articular en su interior otras miradas, exigiendo un cuidadoso esfuerzo de estudio y reflexión de los trabajos de investigación que ya se han hecho para integrar de una manera coherente la diversidad de enfoques y conceptos. 

Dentro de los enfoques podemos encontrar el de D´Alessio (s.f.) quien, desde la perspectiva biológica, concibe a la resiliencia como una función o propiedad compleja que opera, desde el nivel molecular y celular hasta el social y de adaptación ambiental de los seres vivos (sistemas biológicos), permitiendo al organismo adaptarse a situaciones y cambios permanentes, manteniendo la homeostasis de las funciones biológicas principales y haciendo posible que el sistema regrese a un estado previo de funcionamiento fisiológico y adaptativo cuando un factor estresante provoca daño o alteración. Por otro lado, Rutter (1999), enfocándose a experiencias de riesgo psicosocial, indica que el término se refiere al fenómeno de superar el estrés o adversidad, con un resultado relativamente bueno para alguien a pesar de haber experimentado situaciones que conllevan un riesgo mayor para el desarrollo de psicopatología, involucrando procesos que reúnen mecanismos que operan antes, durante y después del encuentro con la experiencia de estrés o la adversidad. Barcelata-Eguiarte (2015), con una orientación sistémica y ecológica, señala que es un constructo supraordenado, que incluye la adaptación positiva a pesar de la adversidad o situaciones de gran presión y estrés; y se desarrolla a través del tiempo con base en una combinación de atributos personales, ambientales, familiares, sociales y culturales. Finalmente, Holling (1973), con una visión de sistemas, conceptualiza  a la resiliencia como una medida de la capacidad de éstos para absorber los cambios de las variables de estado, variables impulsoras y parámetros, y persistir; es decir, una propiedad cuyo resultado es la persistencia o la probabilidad de extinción.

c)  Condición 

Con estos ejemplos podemos advertir la complejidad de la resiliencia, al identificar que se integra por una multiplicidad de influencias biológicas, psicológicas, sociales y ambientales (Fraser, Galinsky, & Richman, 1999); asimismo observamos otro componente: la condición. En los conceptos revisados, dentro de los cuales están los anteriores, se encontró que 12 autores refieren la presencia de resiliencia ante la adversidad, siete mencionan al estrés, y de estos dos grupos, tres indican la necesidad de la exposición a ambos; otros elementos que se citaron en menor medida fueron problemas, situaciones difíciles, presión, angustia, factores de riesgo, desafíos, cambios, tragedias, amenazas, fuentes de tensión, traumas, conductas, destrucción, riesgos, cabe mencionar que dos autores calificaban a este último como significativo o alto, mientras que cuatro no especificaban la gravedad. 

Es necesario hacer un paréntesis para aclarar que los vocablos “estrés” (que se retomará en otro apartado) y “adversidad” son distintos, ya que el primero es la respuesta inespecífica del cuerpo a cualquier demanda, en condiciones agradables o desagradables (Selye H. , 1985), en la que se presentan una serie de cambios en el organismo (Selye, 1936) y adversidad se refiere a la cualidad de adverso, algo contrario, enemigo, desfavorable (Real Academia Española, s.f. b., c.); por otra parte, los acontecimientos estresantes son definidos como estímulos que generan respuestas de estrés (Martín-Hernández, Salanova-Soria, & Peiró-Silla, 2003), aspectos o variables del ambiente que representan una demanda para la persona (Rodriguez-Campuzano, Zamora-Jacobo, & Nava-Quiroz, 2009). El vocablo “estrés” es utilizado desde las orientaciones ambiental, psicológica y biológica, en las que se define de formas diversas en relación con acontecimientos “estresantes”, respuestas y apreciaciones individuales de las situaciones, teniendo en común un interés por el proceso mediante el cual las demandas del medio estimulan la capacidad de adaptación del organismo, originando cambios psicológicos o biológicos que pueden ponerlo en riesgo de sufrir enfermedades (Krieger, 2002) cuando la demanda persiste, ya que el organismo se mantiene en alerta permanente produciendo estrés crónico, en esta condición el organismo no cuenta con el tiempo necesario para su recuperación y comienza a agotar sus energías físicas y psíquicas (Cazabat & Costa, 2000). En resumen, la perspectiva ambiental del estrés se centra en las demandas, agentes estresantes o acontecimientos del medio; la psicológica en la percepción y evaluación que el organismo hace del potencial daño que suponen exposiciones ambientales objetivas; y la biológica en la activación de sistemas fisiológicos particularmente reactivos a las demandas físicas y psicológicas (Krieger, 2002). 

Ante estas dos definiciones (estrés y adversidad), podemos contemplar la posibilidad de englobar en la palabra “adversidad” al resto de los elementos referidos en el párrafo precedente (a excepción de factores de riesgo, de los que hablaremos más adelante), dejando aparte al estrés, ya que, retomando la perspectiva psicológica del estrés que lo percibe como una reacción individual ante una situación relacionada, percibida y valorada como un desafío o reto positivo, o como amenazante o dañina, a partir de la relación entre las demandas y los recursos necesarios para atenderlas (Durán, 2010), los factores cognitivos desempeñan un papel importante en las perturbaciones emocionales y en cómo las personas se enfrentan a problemas sociales de diversa índole, por lo que el mismo evento puede ser visto de manera distinta por diferentes personas (Rutter, 1993) representando o no una adversidad. Algunas veces los eventos comienzan como amenazas (sucesos malos o dañinos) y más tarde surge el sentido de desafío (reto), no obstante, es pertinente mantener ambos conceptos  separados, ya que puede ser útil examinar el curso temporal de los eventos y sus consecuencias para determinar si existe un momento predecible dentro del cual surja un desafío de una experiencia que, en esencia, fue amenazante (Carver, 1998), lo que posiblemente ayudaría a determinar el momento en que puede surgir la resiliencia.

La percepción y valoración de la amenaza son aspectos psicológicos relevantes ya que están mediadas por características personales frente a exigencias de las tareas en sus distintos grados, así como la apreciación de logro resultante; el estrés es inevitable al ser un esfuerzo de adaptación ante estímulos que se asumen como estresores: no solo los cambios percibidos como negativos sino también los percibidos como positivos producen estrés (Durán, 2010); sin embargo, la forma en que el evento es percibido y valorado hará que éste sea adverso o no. De igual forma, la percepción del apoyo puede intervenir entre el evento y la reacción al mismo, atenuando o previniendo que la situación sea evaluada como altamente estresante (Cohen & Wills, 1985).

Lo anterior no significa que hay una forma "correcta" de pensar sobre las cosas, o un estilo óptimo único de afrontamiento, es más importante abordar los desafíos de la vida con un estado de ánimo positivo con la confianza de que se puede manejar la situación y un repertorio de enfoques que se adaptan bien al propio estilo de hacer las cosas (Rutter, 1993), en este sentido, la práctica de abordar problemas y resolverlos con las herramientas con que se cuenta, conocida como bricolage (Mallak, 1998), puede ser útil para fortalecer la autoconfianza, un componente del autoestima, la cual según Grotberg (1995) es uno de los recursos propios que contribuyen a lograr los recursos personales resilientes.

d)  Objetivo  

Otro factor o elemento necesario para comprender la resiliencia es su objetivo, en la revisión efectuada se encontró que 12 autores postulaban como tal a la adaptación, ocho indicaban enfrentar o responder y siete se referían a superar o sobreponer, entre esos autores tres contemplaban como objetivo enfrentar y superar; y cuatro señalaron que la adaptación lograda con la resiliencia debía ser positiva o favorable. Otros términos identificados fueron recuperación; equilibrio o mantenimiento de salud; modificar efectos o transformar la realidad; éxito, autorealización o sociorealización; proporcionar recursos y experiencias de salud; desarrollo o desarrollo normal; fortalecer; transformar; persistir o resistir; comportamiento saludable; buenos resultados; comportamiento funcional; buen desarrollo, lograr condición previa. Las orientaciones del fin de la resiliencia tienen un enfoque positivo, es decir, apuntan a regresar al estado anterior o a mejorar, ya sea porque se superó o enfrentó lo que dio origen a la resiliencia; se retornó al estado de funcionamiento previo al suceso, o hubo adaptación como consecuencia del mismo, entendiendo adaptación como acomodarse, avenirse a diversas circunstancias o condiciones (Real Academia Española, s.f. a.), lo que puede incluir ser fortalecido, teniendo como resultado, retomando la visión de Holling (1973), la persistencia o disminución de la probabilidad de extinción.

En relación a los términos encontrados como objetivos de la resiliencia, es oportuno mencionar que, de acuerdo con Bonanno, Rennicke, & Deke (2005), hay diferencias entre recuperación y resiliencia, en la trayectoria de recuperación se experimentan síntomas psicológicos a niveles umbrales o subliminales, así como interrupciones significativas en el funcionamiento diario con las que se lucha durante muchos meses antes de regresar gradualmente a los niveles de referencia preadversidad. Por el contrario, en la resiliencia típicamente se experimentan solo interrupciones transitorias y leves en el funcionamiento (por ejemplo, varias semanas de variabilidad en afecto negativo, dificultad para concentrarse o insomnio) y se muestran niveles relativamente estables de ajuste saludable a lo largo del tiempo. Por lo que podemos considerar que recuperación difiere de resiliencia principalmente en dos aspectos: la velocidad de mejora, ya que la primera se lleva a cabo más gradualmente, en un intervalo de tiempo más largo (Norris, Tracy, & Galea, 2009); así como en las alteraciones que se presentan antes de lograr el estado previo, siendo pasajeras y sutiles en resiliencia, mientras en recuperación son considerables y duraderas. 

Para poder comprender el fin de la resiliencia, es conveniente citar algunas, en la definición de D´Alessio (s.f.), vemos que el objetivo es adaptarse manteniendo la homeostasis de las funciones biológicas principales, y haciendo posible que el sistema regrese a un estado previo de funcionamiento fisiológico y adaptativo. Mancini & Bonanno (2009) y Bonanno (2004) lo entienden como manejar las experiencias difíciles de tal manera que no interfieran en la capacidad para mantener el funcionamiento, es decir, mantener un equilibrio durante todo el proceso. Carretero-Bermejo (2010) expone que la resiliencia permite al individuo enfrentarse y resolver, de manera adecuada e integrada en su entorno cultural, situaciones de adversidad, riesgo o traumáticas, posibilitándole alcanzar una situación normalizada y adaptada a su medio cultural. Manciaux (2001), con un punto de vista similar, se refiere a abordar los problemas de manera constructiva y puntualiza que, la resiliencia es variable según las circunstancias, la naturaleza de los traumas, los contextos y las etapas de la vida, pudiendo expresarse de maneras muy diferentes, dependiendo de las culturas. Munist y Suárez-Ojeda (2004 en Barcelata-Eguiarte, 2015), van más allá, refieren que ésta implica hacer frente a las dificultades de la vida, superarlas y ser transformados por ellas en forma positiva, lo que se alcanza cuando se logra un desarrollo en función de las expectativas sociales o cuando no hay signos de “desajuste”; en este mismo sentido Grotberg (2001) refiere como objetivo enfrentar, sobreponerse y ser fortalecido o transformado por experiencias de adversidad. 

En lo expuesto antes observamos la respuesta a un evento adverso puede desencadenar varios resultados: ir hacia abajo y sucumbir, vivir con una condición dañada (recuperación incompleta), recuperar el nivel previo de funcionamiento (resiliencia), o lograr un nivel de funcionamiento superior al mostrado anteriormente (trhiving/prosperar). A veces la experiencia de la adversidad promueve el surgimiento de una cualidad que hace que se esté mejor que antes, pudiendo aplicar esa ganancia a nuevas experiencias, llevando a un funcionamiento posterior más eficaz (Carver, 1998), O 'Leary e lckovics (1995, en Carver, 1998) utilizaron el término thriving o prosperar (superar el estado previo) para referirse a esta posibilidad.

Carver (1998) plantea que este principio se aplica tanto al bienestar psicológico como físico y puede manifestar disminución de la reacción a los factores de estrés subsiguientes, una recuperación más rápida de los factores estresantes posteriores, o un nivel/funcionamiento consistentemente más alto. Respecto al thriving psicológico, refiere que puede reflejar ganancias en habilidades, conocimiento, confianza o sensación de seguridad en las relaciones personales; se asemeja a otros tipos de crecimiento; y probablemente no dependa siempre de la ocurrencia de un evento de trauma discreto o de un trauma a largo plazo aunque éstos pueden provocarlo.

Parece ser que aún no esta conceptualmente clara la diferencia entre resiliencia y thriving/prosperar, pues aunque este último implica superar el estado previo al evento adverso, algunos autores han considerado en el fin de la resiliencia componentes atribuidos a thriving/prosperar: Grotberg E. (2001) consideró como fin de la resiliencia ser fortalecido, González-Arratia López Fuentes, Valdez-Medina, Oudhof van Barneveld, & González Escobar (2012) explican que el objetivo es recuperarse impulsando los cambios y fortaleciendo las defensas; y “fortalecer” involucra estar a un nivel superior. Asimismo, si consideramos que thriving/prosperar implica aplicar lo aprendido a nuevas experiencias, la distinción entre éste y resiliencia es aún más complicada ya que, como indican Yates & Luthar (2009 en García et al., 2015) y Keye & Pidgeon (2013), en la resiliencia el individuo es capaz de utilizar sus recursos internos y externos para afrontar los desafíos de manera adaptativa y adquirir mayor conocimiento para enfrentar situaciones adversas similares en el futuro. 

Por otra parte, los resultados de un estudio en un condado de la costa oeste de los EE.UU en el que se investigaron, entre otras cosas, la relación entre resiliencia y thriving/prosperar, así como las percepciones de los participantes sobre esos conceptos, indicaron que son constructos relacionados y superpuestos, cuyas diferencias más finas, si están presentes, pueden ser culturalmente dependientes, esto probablemente se debe a que cuando se supera una adversidad se percibe que se es necesariamente mejor que cuando simplemente se sobrevive o enfrenta, y puede ser difícil diferenciar cómo se era antes del evento (Morgan-Consoli et. al, 2011). 

De las perspectivas de resiliencia mencionadas previamente surge otro elemento y una consideración fundamental para que ésta se dé, el primero es el recurso a través del cual se logra el fin, y la segunda, la importancia del entorno.

e)     Recursos 

Respecto a los recursos, se encontró que ocho autores mencionaban factores de riesgo, factores de protección, individuo, entorno o atributos individuales, precisando la interacción de los mismos como necesaria para lograr el objetivo de la resiliencia:  

•   Cinco consideraban la interacción de factores de riesgo y factores de protección, de los cuales:

o   Tres únicamente tomaron en cuenta esos dos recursos.

o   Uno señalaba, además de los dos recursos, al individuo y su entorno.

o   Uno consideraba los dos recursos y atributos individuales. 

•   Dos autores mencionaban solamente la interacción entre individuo y su entorno.

•   Uno precisaba la interacción entre factores de riesgo y atributos individuales.  

Elementos considerados por otros autores fueron combinación de factores (sin especificar de qué tipo); uso de recursos personales y sociales; uso de factores internos y externos; combinación de atributos personales y ambientales, familiares, sociales y culturales; uso de recursos internos y externos; apropiación de la realidad; impulsar cambios y fortalecer defensas. 

Al analizar los recursos, destaca la interacción entre el individuo y su entorno, pudiendo apreciar la concepción sistémica y ecológica de Barcelata-Eguiarte, el individuo constantemente interactua con el entorno y por lo tanto se ve influenciado e influye en él tanto positiva como negativamente. El pensamiento resiliente abarca el aprendizaje, la diversidad y principalmente comprender que las personas y la naturaleza están tan vinculadas que deben ser interpretadas como un sistema socio-ecológico conectado por completo (Moberg & Hauge Simonsen, s.f.)  

Los factores de riesgo se definen como situaciones contextuales o personales que incrementan la probabilidad de desarrollar problemas emocionales, conductuales o de salud (Rutter, 1985, 1999, en González-Arratia López Fuentes et al., 2012), los factores de protección son fuerzas internas y externas del individuo que impiden la aparición del riesgo, disminuyen la vulnerabilidad y favorecen la resistencia al daño, implicando variables genéticas, disposiciones personales y factores psicológicos, situacionales y sociales (González-Arratia López Fuentes et al., 2012).                                                                                                      

 Examinando estas definiciones notamos que la distinción entre factores de riesgo y protección es a menudo artificial, porque el mismo factor puede constituir un riesgo o una protección, dependiendo del contexto, naturaleza e intensidad, la persona, incluso los períodos de vida del mismo individuo (Manciaux, 2001), asimismo los factores que conforman las dimensiones de riesgo y proteccion no son generales y se tornan mas significativos segun la circunstancia (Morelato, 2011), por ello Rutter (1993) señala que debemos alejarnos de pensar en términos de características que siempre son riesgosas o protectoras en sus efectos y centrarnos en los procesos específicos que operan en circunstancias particulares para resultados particulares, ya que las habilidades y competencias que caracterizan el funcionamiento resiliente en un momento determinado pueden desaparecer ante nuevos desafíos de desarrollo o nuevas contingencias en el entorno (Fraser et al., 1999). Por lo tanto, tal vez sería más conveniente referirnos a factores internos y externos, es decir, aquellos asociados al ontosistema (componentes biologicos, psicologicos y neuropsicologicos del individuo) así como los asociados al micro (actividades y roles del individuo en su medio inmediato), meso (cruce o vínculo de varios microsistemas que envuelven a una persona), exo (entornos en los cuales la persona no está como participante activa pero cuyos eventos influyen su desarrollo) y macrosistema (patrones culturales vigentes en una particular cultura o subcultura), los cuales podrán pertenecer tanto a la dimensión de riesgo como a la dimensión de proteccion interactuando recíprocamente pudiendo dar lugar a la resiliencia (Morelato, 2011), reservando “factores de riesgo” y “factores de protección” para fines didácticos, teniendo en cuenta la ambivalencia de éstos. 

En consecuencia, el entorno como recurso para lograr la resiliencia es sumamente importante ya que, aunque existen componentes constitucionales que la favorecen en determinados contextos como temperamento, salud, sexo, apariencia física o inteligencia, algunas de las características individuales asociadas a la misma proceden de la educación y por lo tanto pueden aprenderse (Uriarte-Arciniega, 2005) o desarrollarse, el entorno se convierte en una fuente de elementos desde los que el individuo puede recibir el apoyo necesario para resistir y rehacerse frente a la adversidad (Puig & Rubio, 2013) , iniciando con la familia, puesto que desde antes de nacer su vida está asociada a las personalidades, historias, condiciones, expectativas y valores de los padres, factores que, si confluyen positivamente,  pueden favorecer la creación de un nicho ecológico estable y favorable para el apego seguro, uno de los factores de desarrollo de resiliencia. Asimismo, la construcción de la resiliencia trasciende hasta la comunidad: individuos y familias pueden encontrar apoyos sociales entre parientes, vecinos, grupos y asociaciones. Por lo anterior todas las personas pueden promover la resiliencia en cuanto que son responsables de otros y pertenecen al entorno de los demás, todo lo que contribuye a mejorar las relaciones de calidad, a comprender y aceptar a otros a pesar de las diferencias, favorece la resiliencia propia y la de los demás (Uriarte-Arciniega, 2005). 

Por otro lado, los componentes constitucionales también estan influidos directa o indirectamente por el entorno pues todas las características definidas a nivel de nuestro genoma, son sometidas a interacción con el medio ambiente, el cual puede introducir modificaciones (Pinto, 2008) ya que durante las primeras etapas del desarrollo, se tiene una alta capacidad de adaptación a éste, teniendo su máxima manifestación en la generación de un organismo multicelular complejo a partir de un único genoma que se constituye en el momento de la fecundación. Dicha plasticidad presenta una gran sensibilidad a factores medioambientales, los cuales a corto plazo definen el desarrollo inmediato, y a mediano y largo plazo representan señales predictivas del entorno biológico en el cual el individuo vivirá. Como resultado de esta interacción genoma-medio ambiente el organismo va generando un repertorio de respuestas a eventos probables con la finalidad de presentar un mejor ajuste al ambiente, restringiendo al mismo tiempo la plasticidad inicial, proceso conocido como “programación fetal” (Casanello, Krause, Castro-Rodriguez, & Uauy, 2015). 

Finalmente, la resiliencia puede expresarse de maneras muy diferentes, dependiendo de las culturas (Manciaux, 2001) permitiendo al individuo alcanzar una situación normalizada y adaptada a su medio cultural, entendiendo que la normalización se genera a través de la interacción entre variables o características personales con las variables contextuales en las que se produce el desarrollo de individuo (Carretero-Bermejo, 2010). La normalización se refiere a hacer que algo se estabilice en la normalidad, que por su naturaleza, forma o magnitud, se ajuste a ciertas normas fijadas de antemano (Real Academia Española, s.f. d., e.), es la expresión de exigencias colectivas cuyo conjunto, incluso si falta una toma de conciencia por parte de los individuos, define una sociedad histórica dada su manera de referir su estructura a lo que considera que es su bien propio, lo normal no es un concepto estático (Canguilhelm, 1986) quienes establecen las normas están influenciados por la cultura y ambiente en que se desenvuelven, originando visiones diferentes de lo que es o no normal dependiendo de la zona geográfica y el tiempo, incluso en un mismo país puede haber distintas concepciones de lo normal.

 

V. Conclusiones 

Una vez expuesto lo anterior, podemos concluir que la resiliencia puede atribuirse a cualquier organismo, desde el nivel individual hasta el grupal. 

En relación a su esencia, es conveniente referirnos a ella como un proceso, ya que esto implica una serie de pasos o etapas sucesivas (Trujillo García, 2011), es decir, se genera a través del tiempo y se compone de múltiples factores internos y externos. Concebir la esencia de la resiliencia como proceso permite considerar a los calificativos encontrados como recursos para afrontar las adversidades e integrar los distintos enfoques que hay sobre el concepto (Trujillo García, 2011): biológico, psicológico, social, sistémico, ecológico, entre otros, mismos que no son excluyentes sino que se complementan, enriqueciendo el estudio y comprensión de la resiliencia, la cual es compleja debido a los ámbitos en que puede aplicarse y la variedad de factores que intervienen en ella, desde el nivel micro (molecular) hasta el macro (ambiental). Este proceso es dinámico ya que, si bien en la resiliencia el individuo es capaz de utilizar sus recursos internos y externos para enfrentar los desafíos actuales de manera adaptativa y adquirir mayor conocimiento para enfrentar situaciones adversas similares en el futuro (Keye & Pidgeon., 2013, Yates et. al, 2009 en García et al., 2015), las propiedades que caracterizan el funcionamiento resiliente pueden desaparecer ante nuevas contingencias (Fraser et al., 1999). 

Respecto a la condición, se concluye que es necesario estar expuesto a la adversidad, pudiendo englobar en ésta a problemas, situaciones difíciles, presión, angustia, desafíos, cambios, tragedias, amenazas, fuentes de tensión, traumas, conductas, destrucción, riesgos. El que la situación sea calificada como adversa dependerá de cada individuo o comunidad, la forma en que el evento es percibido y valorado hará que sea adverso o no. 

Es importante recalcar que, a pesar de que diversos autores mencionan al estrés como condición se considera poco conveniente indicar que la resiliencia se da ante el estrés por sí mismo. Conocer los enfoques con que se estudia al estrés puede ser útil para evitar referirse a él con connotaciones negativas: la perspectiva ambiental se centra en demandas, agentes estresantes o acontecimientos del medio;  la psicológica en la percepción y evaluación que el organismo hace del potencial daño que suponen exposiciones ambientales objetivas; y la biológica en la activación de sistemas fisiológicos particularmente reactivos a las demandas físicas y psicológicas (Krieger, 2002). El estrés no siempre se da ante algo evaluado como adverso o nocivo por lo que es importante poner especial atención al contexto en que se usa la palabra. 

El objetivo de la resiliencia puede resumirse en regresar al estado en que se encontraba antes de la adversidad, enfrentarla o superarla, o adaptarse como consecuencia de la misma. En este elemento encontramos que a veces la adversidad promueve el surgimiento de una cualidad que hace que se esté mejor que antes, pudiendo aplicar esa ganancia a nuevas experiencias, llevando a un funcionamiento posterior más eficaz (Carver, 1998), situación denominada por O 'Leary y colaboradores (1995, en Carver, 1998) thriving/prosperar (superar el estado previo). 

Finalmente, es importante recordar las conclusiones del estudio de Morgan-Consoli y otros (2011), referentes a que resiliencia y thriving son constructos relacionados y superpuestos, cuyas diferencias más finas, si están presentes, pueden ser culturalmente dependientes, por lo que probablemente hace falta explorarlos más. 

Un elemento encontrado en el componente “objetivo de la resiliencia” es “recuperación”, encontrando a partir de las consideraciones de Bonanno y colaboradores (2005) que hay dos diferencias principales entre ambos conceptos: la velocidad de mejora, llevándose a cabo la recuperación más gradualmente, en un intervalo de tiempo más largo (Norris et al., 2009); y las alteraciones que se presentan antes de lograr el estado previo, siendo pasajeras y sutiles en resiliencia, mientras en recuperación son considerables y duraderas. 

En cuanto a los recursos necesarios para la resiliencia, se concluye que es precisa la interacción de factores internos y externos al individuo, evitando etiquetarlos permanentemente como factores de riesgo o protección debido a que el mismo factor puede constituir un riesgo o una protección, dependiendo del contexto, naturaleza e intensidad, la persona y sus períodos de vida (Manciaux, 2001), y no son generales, tornándose más significativos segun la circunstancia (Morelato, 2011). En la conceptualización de factores internos y externos, éstos podrán pertenecer tanto a la dimensión de riesgo como a la de proteccion, e interactuarán recíprocamente pudiendo dar lugar a la resiliencia (Morelato, 2011), siendo útiles los términos “factores de riesgo” y “factores de protección” únicamente para fines didácticos. 

Cabe destacar el elemento ambiente, ya que juega en dos sentidos, por un lado como recurso al ser una influencia en los componentes biológicos del organismo y una fuente de elementos desde los que el individuo puede recibir el apoyo necesario para resistir y rehacerse frente a la adversidad (Puig & Rubio, 2013), y por otro como restricción, pues la resiliencia depende de lo que considera como normal la cultura en que se desenvuelve el individuo (Carretero-Bermejo, 2010). Ser resiliente no quiere decir que la persona no experimenta dificultades o angustias, no es una característica que se tiene o no, incluye conductas, pensamientos y acciones que pueden ser aprendidas y desarrolladas (American Psychological Association, 2018). 

Conjuntado los conceptos revisados podemos definir a la resiliencia: como un proceso dinámico que puede ser impulsado en cualquier organismo al estar expuesto a la adversidad y el estrés generado por ésta, depende de la interacción de factores internos (biológicos y psicológicos) y externos (relaciones directas o indirectas con los componentes del ambiente) al organismo, mismos que pueden pertenecer tanto a la dimensión de riesgo como a la de protección, dando lugar a tres resultados posibles: mantenerse; enfrentar o superar; o adaptarse a la adversidad y estrés. En este proceso el entorno juega un papel ambivalente al ser un proveedor de recursos desde los que el organismo puede recibir soporte e influencia para su funcionamiento biológico y una restricción que indica los parámetros de normalidad a seguir por el organismo. La resiliencia es dinámica, aquel organismo que manisfestó resiliencia en alguna etapa de su vida ante determinado evento y el estrés generado por el mismo puede ser resiliente ante un evento y estrés similar, pero no necesariamente ante otro evento. 

La resiliencia sorprende a los médicos cuando algunos pacientes sobrepasan los límites de recuperación de sus enfermedades y prolongan sus vidas más allá de lo estimado, motiva a los educadores, trabajadores sociales y terapeutas al comprobar que el destino humano no está exclusivamente en los genes ni en las experiencias de la primera infancia, sino que se construye día a día cuando el entorno cree y ofrece posibilidades de recuperación. Favorecer la resiliencia es buscar el bienestar psicológico y promocionar educación de calidad, autoestima personal y habilidades comunicativas, y pensar que en todas las etapas de la vida se puede cambiar y mejorar, contando con la decisión de los implicados y el apoyo de los de su entorno (Uriarte Arciniega, 2005). 

El estudio, comprensión y aplicación de la resiliencia es importante a nivel social, al permitir proporcionar a los individuos herramientas que favorezcan el transitar adversidades (incluyendo al estrés generado por las mismas) sin presentar daño permanente, así como a nivel económico ya que al cumplir el objetivo social los individuos estan en posiblidad de fortalecerse y, como refiere Carver (1998) las personas más resilientes cuestan mucho menos al sistema de atención de salud (incluyendo la mental) que las personas menos resilientes.

 

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Notas de los autores

Financiamiento: Este trabajo fue financiado por el Instituto para la Atención y Prevención de las Adicciones en la Ciudad de México

Agradecimientos: los autores agradecen a la Profesora María del Rosario Tapia Medina por el apoyo brindado, y a Zeltzin Nalleli Mixcóatl Montoya, Carina Hortensia López Rivera, Eduardo Nazareno Molina Flores por sus valiosos comentarios para la construcción del manuscrito.

 

 

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