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Revista Ciencia y Cultura

Print version ISSN 2077-3323

Rev Cien Cult vol.29 no.54 La Paz  2025  Epub June 30, 2025

https://doi.org/10.35319/rcyc.2025541386 

ENSAYO VISUAL

Cementerio General: la paz en medio de La Paz

Franz Ballesteros Saravia* 
http://orcid.org/0009-0004-8402-5180

1* Arquitecto, músico, fotógrafo y diseñador gráfico. Ilustrador y dibujante. Gestor de Cultura y Arte de la Universidad Católica Boliviana “San Pablo”. fballesteros@ucb.edu.bo


Es de mañana, domingo, 7:30. La ciudad aún descansa. La lluvia no se ha ido del todo; se queda suspendida en el aire húmedo y espera. En el cielo, un azul turquesa se abre paso a brochazos, desgarrando ese tono gris inquieto que, por ahora, se aleja. Es una pausa breve, incierta, pero suficiente. Aprovecho el momento y reviso mi cámara: el sensor limpio, la batería cargada. Elijo dos lentes: uno para capturar imágenes panorámicas y otro para los detalles. Las tarjetas de memoria recién formateadas son cajitas vacías que pronto se llenarán de píxeles. Todo cabe en la mochila, además del monopie y un poncho de plástico -por si la lluvia decide traicionar la calma.

Al noroeste de la ciudad, sobre la avenida Baptista, vendedoras de flores se apiñan contra la fachada del Cementerio General. Sus puestos -improvisados altares de rosas, claveles y gladiolos- proveen un abanico de colores, en contraste con el muro blanco y las rejas verdes del camposanto. La multitud, sin embargo, se desvanece a la distancia: cerca del ingreso principal, mujeres ofrecen sus ramos a los dolientes a cambio de unas monedas; unos metros más allá, solo quedan cestas solitarias. Los autos transitan más escasos que en días hábiles. En la acera del frente, un hombre de gorra roja, sentado sobre un taburete descolorido, indiferente, espera un café caliente, una marraqueta crujiente y un trozo de queso.

Una imponente estructura de piedra domina la entrada, un arco del triunfo de catorce metros hacia el cielo -alto y severo- que se erige como frontera entre el bullicio de los vivos y el silencio de los muertos. Construido en 1835 bajo el estilo neoclásico, su diseño evoca una puerta de ingreso a “La Gloria del Reino de Dios”. Sus relieves, gastados por el tiempo, han presenciado más de un siglo de lágrimas y reciben cada día a una gran cantidad de personas, vivas y muertas. Los vivos, vestidos de negro como sombras de paso, y los muertos, inmóviles y pálidos, envueltos en lino blanco al interior de sus mortajas. Un atrio separa el arco de la capilla, conformándose un espacio intermedio antes de entrar, un purgatorio de cerámicas. Allí se mezclan los pasos apresurados de quienes ingresan con fl ores frescas y de quienes salen con las manos vacías, los que murmuran oraciones y los que solo cargan con el peso del recuerdo.

Mientras la recién nacida Bolivia intentaba ordenar su gobierno, su administración, sus instituciones y su futuro, debía ordenar también el descanso de sus muertos. El Mariscal Antonio José de Sucre fi rmó el Decreto Supremo del 25 de enero de 1826 -apenas 172 días luego de la creación de la República- ordenando la construcción de cementerios extramuros, fuera de los límites de las ciudades. Los muertos ya no acompañarían a los vivos en iglesias y catacumbas, tendrían su propio territorio, lejos del bullicio, bajo un cielo abierto. El 24 de enero de 1831, bajo la fi rma del Mariscal Andrés de Santa Cruz, La Paz recibió la disposición ofi cial de ejecutar la medida. Cinco años habían pasado desde el decreto de Sucre -cinco años en los que los muertos siguieron enterrándose en el corazón de la ciudad, en atrios de iglesias y al interior de capillas, entre rezos y mercados.

El Cementerio General se extiende como una analogía a la ciudad. Cubre más de 92.000 m², a los que se accede a través de nueve ingresos distribuidos a lo largo de su perímetro. Adentro, el silencio no es ausencia, sino presencia. Posee una calma intensa que inquieta. La naturaleza -indiferente ante el dolor de quien ya no está- actúa, se apropia y se entrelaza con las tumbas: enredaderas que abrazan cruces, raíces que rompen el mármol y musgos que borran nombres, arrastrándolos hacia el olvido, en una batalla lenta y paciente entre lo eterno y lo efímero. Los nichos se alinean en fi las y columnas dentro de bloques geométricos, formando cuarteles que se pierden en la distancia. Algunos exhiben ramos frescos de colores encendidos, muy bien cuidados, protegidos del polvo y el abandono; otros, solo guardan restos de fl ores marchitas, ahogadas en agua verduzca y maloliente. La estética, en cada tumba, es de modos y maneras variables, es cosa de vivos; ellos marcan las diferencias entre unos y otros. Por fuera, se aprecian revoques toscos y minimalistas, placas de aluminio pulido, sencillas rejas metálicas, cruces de mármol importado, pero por dentro -en un espacio de 0,90 por 0,75 y 2,60 de profundidad- no hay diferencias ni distinciones, solo despojos humanos. Las tumbas son memoria, el mármol guarda el recuerdo, pero no así la historia. Un nombre, una sigla y una fecha pretenden resumir una existencia entera: “Eloy Quenta Huanca, Q.E.P.D., 19-12-21”. ¿Quién fue Eloy? ¿Quiénes fueron sus padres, amó, sufrió, se casó, tuvo hijos, tuvo miedo antes de morir? Y, como Eloy, miles de vidas reducidas a simples inscripciones.

El hombre, desde siempre, le teme a la muerte, porque al aproximarse a ella contempla en este misterio un espejo de su propio fin. Caminar en medio de tumbas frías y lápidas mudas, conmueve y despierta la pregunta inevitable: ¿qué queda cuando el último aliento se apaga? Franz Kafka escribió: “El significado de la vida es que termina”. En su Cántico de las criaturas, Francisco de Asís llama a la muerte “hermana muerte”, la integra en la armonía de la creación como un paso necesario hacia Dios.

Fuente: Franz Ballesteros

Herbert Kirchhoff

“Oruro: La Catedral en la plaza 10 de Febrero” (Foto: Bolivia: Sus tipos y bellezas, fotografías de Herbert Kirchhoff . Guillermo Kraft Ltda. Buenos Aires, 1942) 

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