1. De la guerra sale la nación
Empieza con un arma. Un soldado dispara, el plomo sale y toda la historia que llega después parece acompañar el transcurso de esa bala. A quién se dispara, por qué se ha disparado, quién ha jalado el gatillo, todas esas cuestiones son germen y abastecedoras de las narrativas que una nación se cuenta a sí misma; son el porqué del nombre de esa calle, el porqué de aquel monumento, el porqué del feriado, la prehistoria del gorro frigio en el escudo de muchos países. No hay narrativas nacionales oficiales -y si las hay son escasas- que no remitan a un conflicto armado. La guerra establece puntos cero, ordena cronologías, define héroes, crea países, justifica naciones, cambia mapas, funda derecho, establece otredad. Así que podríamos ponerlo de la siguiente manera: del fusil, además de plomo, sale la nación.
Clausewitz señala que la guerra es la continuación de la política por otros medios (Clausewitz, 2003). Foucault, en su búsqueda de un análisis del poder alejado de los esquemas económicos, invierte la sentencia y afirma que el poder es la guerra continuada por otros caminos. En otras palabras, dice que el poder político y la supuesta paz que crea el orden no son más que el modo silencioso en el que actúan aquellas relaciones de poder que se injertan “en un determinado momento, históricamente precisable, la guerra” (Foucault, 2003, p. 24). El conflicto armado, de esa forma, aparece no sólo como la raíz que explica la estructura, las expresiones y los anhelos de la nación, sino que se presenta como pieza clave para entender las filigranas que chirrían en la paz, esa silenciosa paz que el poder político viabiliza e intenta mantener.
En su País de guerra, Martí Kohan afirma que la historia siempre ha sido contada siempre en clave de guerra. Es la guerra -y no otro fenómeno, como los descubrimientos o las fundaciones- la que establece el tono narrativo de la historia, la que sitúa los mitos de origen, la que alentó cierta disposición (¿tolerancia?) hacia los gobiernos militares dictatoriales de la década de los setenta (Kohan, 2014).
Parece un rito macabro: es como si la historia latinoamericana siempre necesitara desangrarse un poco para repensarse y establecer nuevos puntos cero. Así pasó en Bolivia en 2003, cuando los alteños e indígenas de la Guerra del Gas luchaban contra el régimen neoliberal sin saber que la sangre que derramaban serviría de justificativa ideológica para el surgimiento de un nuevo modelo de Estado (el Estado Plurinacional). Y así pasó hace más de setenta años, en la Guerra del Chaco, carnicería en la que murieron casi 90 mil soldados de ambos bandos y que fue el ritual que le sirvió a Bolivia para, años más tarde, generar un movimiento interpretativo que despuntaría en la Revolución de 1952. Coherentes con el tono al que Kohan hace referencia, ambas guerras agitaron el tablero de la historia, modificaron cronologías, generaron nuevos partos, mitos de origen en los que se apoyarían las reformas políticas que sobrevendrían algunos años después.
La Guerra del Chaco fue un conflicto armado entre Bolivia y Paraguay por el territorio del Chaco Boreal, donde se presumía que existían importantes reservas de hidrocarburos. Ocurrió entre 1932 y 1935, y sus números finales son brutales: según Querejazu (1992), Bolivia movilizó más de 200 mil hombres, de los cuales murieron 50 mil y 25 mil cayeron como prisioneros; mientras que Paraguay movilizó 150 mil soldados, con un saldo de 2500 prisioneros y 40 mil muertos. El terreno en disputa se caracterizaba por su sequedad, falta de lluvias y calor extenuante.
Además de la pérdida territorial, la guerra también dejó un saldo ideológico importante. Al ser la tercera desmembración territorial experimentada por el país en cincuenta años (antes había perdido la salida al mar en 1879 y el Acre en 1899-1903), el trauma del Chaco generó un movimiento interpretativo importante, sólo comparable con las corrientes de pensamiento generadas con posterioridad a la Guerra de la Independencia (1809-1825) y durante la Guerra del Gas (2003).
Mucha tinta se ha gastado intentando explicar la significación de la derrota en el Chaco para el imaginario social boliviano. René Zavaleta Mercado, por ejemplo, menciona que “fue en el Chaco, lugar sin vida, donde Bolivia fue a preguntar en qué consistía su vida” (Zavaleta Mercado, 1998, p.19). Otros autores, como Sanjinés (2005), señalan que esa guerra “remeció la conciencia de una sociedad atrasada”, pues puso “en contacto permanente a los soldados indígenas con los reclutas mestizo-criollos” (p. 122). El resultado fue un “efecto nacionalizador” que generó todo un movimiento interpretativo que cuestionó el Estado oligárquico y puso en evidencia que el país no reunía las características de una nación.
Augusto Céspedes es parte de ese “efecto nacionalizador” producto de la Guerra del Chaco. Periodista, excombatiente en tierras chaqueñas y militante del Movimiento Nacionalista Revolucionario, publicó el libro de cuentos Sangre de Mestizos en 1936, apenas un año después de terminada la conflagración bélica con Paraguay. La obra se compone de ocho cuentos más un poema, y el tema central es, precisamente, los avatares a los que se vio sometido el soldado boliviano durante la Guerra del Chaco. Naturalista por antonomasia, el libro no esconde su tenor político y su afán de denuncia. Si la guerra es un rito ineludible para la consecución de la nación, Sangre de mestizos surge como el grito que acompaña al rito, un retrato del alumbramiento, un puente más hacia la tan anhelada nación.
Con esta obra se inaugura lo que en la literatura boliviana se bautizó como “el ciclo del Chaco”, un periodo de producción literaria de corte realista que se extendió por casi treinta años y que se caracteriza por retratar las experiencias del frente de combate en tierras chaqueñas. Dada la escasa distancia de tiempo respecto al cese de fuego (el libro, recordamos, se publica en 1936), podría decirse que la obra se configura como una respuesta casi automática a la crisis que devino del trauma del Chaco. Así, lo “catártico” es transversal en los cuentos, en la medida en que se percibe cierta búsqueda de responsables y una canalización de “las necesidades analíticas propias de una situación de cercanía” (Jitrik, 1995, p. 20).
¿Cómo canaliza “esas necesidades” el libro de Céspedes? Ficcionalizando la realidad, disputando un lugar en la memoria histórica, haciendo visible la herida, buscando causas, descubriendo enemigos, destapando la inconexión entre pueblo y elites, abasteciendo a la nación. Todo en función de los objetivos políticos del Movimiento Nacionalista Revolucionario, partido que años más tarde lideraría la Revolución de 1952 y del que el propio autor era uno de sus fundadores.
Tanto desde el periodismo como desde las ciencias sociales, el criterio unánime es que la guerra fue innecesaria y que podía ser evitada. Innecesaria porque jamás se descubrió la presencia de hidrocarburos en la región en disputa; evitable porque, en contradicción con la voluntad del presidente de Bolivia de aquel entonces, Daniel Salamanca, el sentido común -respaldado, quién lo diría, por el Alto Comando Militar- mandaba que la vía diplomática era la más idónea para resolver el conflicto.
En su celebrada novela Soldados de Salamina, el escritor español Javier Cercas dice que, así como hay quien ve la guerra como horror, hay otros que la conciben como grandeza, como sinónimo de gloria. Esta gloria, según Cercas (2001), deviene de la “poesía” que palabras grandes, como “patria” u “honor”, contagian al espíritu joven.
Según muchos autores, alguien a quien el honor o poesía insufló en lo más profundo de su subjetividad fue el presidente Salamanca. Así lo hace ver Céspedes, quien, tanto en su obra periodística como literaria, no se cansa de criticar las decisiones del Presidente y llega a afirmar que la finalidad de la guerra fue “espiritual” y “deportiva” (Céspedes, 1975).
En esa línea, el sociólogo René Zavaleta (1998) señala que Bolivia y Paraguay dos países golpeados por la Guerra del Pacífico y la Guerra de la Triple Alianza, respectivamente- fueron a la guerra guiados por la necesidad de recuperar el honor perdido en los últimos sesenta años, algo así como un lavaje moral con la finalidad de mantener unido lo que quedaba de ambos pueblos y evitar su desmoronamiento final.
Quería regalar a Bolivia una victoria, algo que devolviera a este país (a lo que él pensaba como este país, a ese grupo de hombres sensuales y desalentados en su esencia) su fe en sí mismo, lo cual era, en realidad, un eco distante de la guerra del Pacífico (p. 39).
El fiasco de la guerra, entonces, nace precisamente de eso: de la búsqueda infructuosa de gloria, de un país que halló más enfermedad donde se suponía que encontraría la cura.
Pero no todo en esa enfermedad resultó negativo. El desangrar de la guerra sirvió para reunir en un mismo lugar a ciudadanos que nunca se habían visto entre sí. Fue en el Chaco donde los bolivianos tuvieron consciencia de la necesidad de una nación en los términos establecidos por Anderson: “una comunidad política imaginada como inherentemente limitada y soberana” (2000, p. 23). Sobre esto, González (2014) señala:
Lo primordial en la guerra era establecer la presencia boliviana y que el Chaco ingresara en el imaginario social, formando parte de la identidad de los bolivianos. La guerra, finalmente, logró un cambio en la conciencia del combatiente, cambio que se materializa en la conciencia de clase y en el abandono de la conciencia de etnia; en el protagonismo asumido desde la militancia sindical, como nueva posibilidad de construir una nación alejada de los preceptos de la élite y la clase oligárquica (p. 27).
La obra de Augusto Céspedes puede entenderse como fruto de esa toma de consciencia y a la vez como promotora y reproductora de la misma. En ese sentido, la guerra se sitúa como un referente ideológico del que se valdrán los intelectuales del nacionalismo boliviano. El Chaco se presenta como rito de iniciación para llegar a la tan anhelada nación: “La nacionalidad boliviana no se fecunda con palabras enfáticas sino con la sangre de la juventud que muere en el Chaco” (Céspedes, 1975, p. 147).
2. El enemigo invisible
Al hablar de sociedad y conflicto, los criterios que dominan la discusión son aquellos que promueven la neutralización de la violencia. Según estas visiones, la violencia es un factor asocial que suscita la disolución de la organización social. En ese sentido, al impugnar el orden social, el conflicto es un elemento indeseado que debe ser neutralizado y reemplazado por el consenso o el contrato, que es la base de la representación y la democracia. De esa forma, el grado de desarrollo de un determinado cuerpo social se mediría en función a la superación de la violencia, rasgo propio de sociedades primitivas y por tanto irracionales (Kohan, 2014).
Sin embargo, existen otras vertientes que conciben la violencia y el conflicto como factores constitutivos de la sociedad. Aquí la premisa se invierte: la violencia deja de ser un factor asocial y, en lugar de eso, crea relaciones, funda orden. Un elemento elemental de la violencia y el conflicto es la otredad y la identidad que se genera. Se crea un “nosotros”, y al decir “nosotros” también se establece un “ellos” Así pasa en la guerra, por ejemplo, donde el conflicto establece amigos y enemigos, reúne a los primeros en función de la identidad y agrupa a los últimos en función de la diferencia.
El sociólogo Georg Simmel (2000) llegó a decir que las controversias entre los seres humanos son tan frecuentes, que muchas veces no se sabe si el objeto en disputa crea el conflicto o si es nuestro espíritu conflictivo el que busca objetos/ excusas para contender con alguien. La hostilidad como naturaleza: “en general, es mucho más difícil al hombre medio inspirar a otro confianza y afecto hacia un tercero indiferente, que infundirle desconfianza y repulsión” (p. 107).
La presencia del conflicto o la posibilidad del mismo es uno de los elementos centrales de la teoría política moderna. El contractualismo clásico de Hobbes (2003), por ejemplo, parte de la premisa de que el ser humano es mezquino y egoísta por naturaleza. Esa cualidad lo conduce invariablemente al conflicto con los otros, poniendo a la humanidad en un estado de guerra generalizada, donde se aplicaría la ley del más fuerte. Para evitar esa posible violencia y ese instinto de destrucción se hace necesaria la intervención de una ley o una entidad superior que controle las pasiones y ponga freno a la naturaleza bestial de los seres humanos. Esa ley se manifiesta en un contrato social por el que todos los habitantes de un territorio renuncian a su fuerza violenta y deciden otorgársela al Estado. De esa forma, al abandonar su naturaleza conflictiva, el ser humano puede desarrollarse en armonía con sus semejantes y producir riqueza.
Frente a ese primer criterio, que se vio impugnado al inicio de la década de 1960 por su fuerte carga conservadora, existe otro enfoque que concibe al conflicto como factor constitutivo de la sociedad. Vista así, la lucha no diluye, sino funda; no desorganiza, sino ordena; crea relaciones donde antes no las había, promueve el progreso y genera cohesión dentro de un grupo.
Uno de los teóricos que más ha estudiado el conflicto como factor no disolutivo es Georg Simmel. Según su visión, el ser humano es poseedor de un espíritu de contradicción que opera en todos los ámbitos de la vida, “ya que en ella siempre hay elementos convergentes y divergentes que se expresan como fuerzas de atracción y repulsión, de asociación y de competencia” (Simmel, 2000, p. 649).
Extirpar el contenido eminentemente negativo de la noción de conflicto es una buena forma de entender su fuerza socializadora. De hecho, según el mismo autor, la lucha en sí misma ya se configura como una forma de socialización. Tal conclusión abre las puertas para un análisis de otras funciones del conflicto. Transversales las unas con las otras y coherentes con los temas macro a los que apunta este trabajo (guerra, nacionalismo, crítica social), las cuatro funciones del conflicto que identificamos son siguientes: de relación, de transformación, de cohesión y de otredad.
La función de relación parte de la misma esencia del conflicto. Así como el amor o la cooperación ponen en contacto a dos entidades, nos relacionamos con otros a partir del conflicto. Según Simmel (2000), la lucha es lo contrario a la indiferencia. Dado que entrar en disputa con el otro implica, sobre todo, conocer un poco de él (inmiscuirse en su mundo), el conflicto es un estadio posterior a la indiferencia. De hecho, hay culturas primitivas en las que la guerra constituyó la principal, y a veces única, forma de contacto con otros grupos. El conflicto proporciona un intercambio entre dos entidades que, de nunca haber chocado, jamás hubieran establecido algún tipo de relación.
La función de transformación sitúa al conflicto como un motor que impulsa al cambio social. Dahrendorf y Coser, citados por Silva García (2008), señalan que las grandes transformaciones ocurrirían de forma demasiado lenta (o simplemente no ocurrirían) si la sociedad se mantuviese en un estado de total armonía. En ese sentido, el conflicto se presenta como un componente dinamizador de las sociedades, inherente al desarrollo económico y social. Sobre ese punto, Silva García señala:
El progreso social, con frecuencia aparejado a la idea de cambio, es no pocas veces un efecto de las luchas sociales. Por ejemplo, el radar, el sonar, los aviones a reacción, el helicóptero, la energía nuclear, Internet, etc., son avances tecnológicos que han transformado la vida de las personas y han emergido de grandes choques bélicos, de la amenaza de ellos o de los preparativos para enfrentarlos (p. 29).
Por su parte, la función de cohesión genera un sentido de unidad en el grupo en torno a un objeto en común: la lucha contra el enemigo. La presencia de un conflicto une al grupo por encima de intereses individuales y discrepancias dentro del grupo (Simmel, 2000). Así, se genera una coherencia por la cual el grupo “cierra filas en sus ideas y prácticas sociales, con el objeto de propender por los intereses compartidos” (Silvia García, 2008, p. 38), imponiéndose un sentido de cohesión capaz de producir coaliciones entre elementos heterogéneos. Sobre este punto, Vold (1967) resalta los factores emocionales y mora- les envueltos en la cohesión. El conflicto promueve la lealtad entre miembros del grupo y el desarrollo de ideales y valores que, unidos a las demandas del conflicto social, generan relaciones de solidaridad social que perviven una vez acabada la lucha.
Finalmente, tenemos la función de identidad/otredad, que no es más que un des- doblamiento de la función de cohesión. Al colocar al grupo en una situación de conflicto con otro grupo, los engranajes de solidaridad y lealtad se activan y promueven una identificación dentro del grupo. La causa común, además de unir, genera la consciencia de cierta igualdad y correspondencia entre los miembros. Esta operación cultural ha resultado beneficiosa para las aspiraciones nacionalistas a lo largo de la historia. Según Gramuglio (2013), los nacionalismos abordan una dimensión metafísica que sería el elemento unificador que crea coherencia y correspondencia entre los miembros de un grupo: el alma de la nación. El conflicto exalta la metafísica que la nación reclama como propia, con lo cual reafirma la identidad del grupo y delimita la línea que divide al nosotros del ellos. Sobre este punto, Simmel (2000) opina lo siguiente:
Francia debe la conciencia de su nacionalidad, en primer término y esencialmente, a la lucha con los ingleses. La guerra contra los moros fue lo que convirtió en un solo pueblo a las comarcas españolas (…). Los Estados Unidos necesitaron su guerra de la independencia; Suiza la lucha contra Austria; los Países Bajos, el alzamiento contra España; la Liga Aquea, la guerra contra Macedonia (p. 336).
Además de unir al grupo, el conflicto crea la conciencia de un nosotros. Y si hay un nosotros, se supone que también existen unos otros. A esto se llama función de otredad, que es la otra cara de la función de identidad. El conflicto produce una otredad que dota de personalidad al grupo. Sin ese otro, los bordes de la identidad serían difusos y la cohesión estaría en riesgo. La dialéctica que deviene del conflicto abastece de suministros diferenciadores que moldean la identidad, resuelve o reduce las diferencias intestinas (que resultan mínimas, en comparación a las que surgen al oponer la otredad del adversario) y ayuda a mantener la cohesión a lo largo del tiempo.
“Conflicto”, “nación”, “violencia”, “ellos”, “nosotros” son términos combustibles que cuando se mezclan en un contexto guerrero, como lo es el de Sangre de mestizos, sugieren la idea de una entidad contra la quien ha de pelearse, un opuesto, es decir, un enemigo.
Hemos hecho énfasis en el hecho de que Sangre de mestizos forma parte de ese temblor de consciencia que siguió a la guerra y que sirvió como caballo de batalla ideológico para alimentar la certeza de que Bolivia no era una nación y que existía una necesidad imperiosa de encontrarla. Pues bien: si vamos a mezclar en la misma oración términos como “guerra”, “nosotros” y “nación”, es indispensable atribuir a alguien o algo el rótulo de “el otro”, de “el enemigo”.
Según Schmitt (2009), la guerra presupone “que está dada previamente la decisión sobre quién es el enemigo” (Schmitt, p. 64). En la Guerra del Chaco, ese enemigo dado -oficial, determinado de antemano- era Paraguay. No era una elección gratuita. Como señalamos líneas atrás, el presidente Salamanca quería regalarle una victoria al país, lavar la autoestima nacional luego de los desmembramientos territoriales del Acre y del Pacífico, para lo cual la rencilla con Paraguay presa fácil en el imaginario militar, pues se trataba de un país herido que todavía no se había recuperado de la guerra de la Triple Alianza, acaecida entre 1864 y 1870 parecía el medio más idóneo.
De tal forma que la Guerra del Chaco fue la guerra de la confianza. Céspedes lo hace notar en Sangre de mestizos cuando señala que Salamanca minimizaba las posibilidades paraguayas al momento que enardecía la idea de que una guerra implicaría una “hora genial y patriótica” para los bolivianos.
El presidente Salamanca, con la sencillez que le distingue, ha recorrido ese ca- mino con un mapa de bolsillo, con su índice de momia. Dentro de su infinita sabiduría, el Presidente pronostica que bastará cerrar ese camino como un cinturón para que automáticamente las hordas paraguayas, atemorizadas paralicen su invasión furtiva (p. 56).
El ejercicio que Céspedes hace en sus cuentos es el de separar el enemigo dado u oficial (Paraguay, escogido por Salamanca) del enemigo de la nación, que es el responsable de las muertes y aquél contra el que el nacionalismo deberá luchar. De esa forma, el discurso oficial y el discurso literario se disputan la memoria histórica a través de la designación de dos distintos enemigos. Mientras el Estado, a través del presidente Salamanca, designa al soldado paraguayo como enemigo-vehículo de resarcimiento moral para la preservación de la nación, Céspedes se encarga de vaciar de su otredad al soldado paraguayo y desplaza la cualidad de enemigo a diferentes entidades. De tal disputa surge nuestra conclusión: el Estado escoge un enemigo, pero la literatura elige otro.
Una de las primeras impresiones con las que el lector de Céspedes se encuentra es que los soldados bolivianos no sienten odio por el soldado paraguayo. No hay enemistad, no hay desprecio. Esto se detecta desde el primer cuento de la obra, “El pozo”, cuando el narrador dice que los soldados viajaban “con más sed que odio” (p. 18).
No hay enemistad y tampoco puede haberla: los rivales no se conocen entre ellos. Del paraguayo se sabe poco: que está en guerra con el boliviano, que no tiene zapatos (por eso lo llaman pila, apócope de patapila, descalzo en quechua) y que quien los dirige es Estigarribia. Ese desconocimiento general promueve la imposibilidad de crear una otredad sustentada en factores materiales. En el Chaco surge algo similar: odiar es imposible ya que el paraguayo es un misterio.
A raíz de la contienda del Chaco, los dos pueblos envueltos en la conflagración se conocen por primera vez. Distanciados por el inmenso desierto inhabitable, no han tenido relaciones de vecindad, viviendo uno respecto del otro en una mutua ignorancia apenas corregida por inciertas y difusas referencias. La guerra misma no ha favorecido el choque directo, el enfrentamiento personal. La selva ha seguido separándoles en media del duelo librado por las máquinas de guerra. Jesús Lara dice, por eso, que la bayoneta era un arma que casi nunca les fue dado utilizar a los soldados (Siles, 2014, p. 28).
Como lo resalta Siles, dos son los componentes que imposibilitan cualquier sentimiento de enemistad hacia el soldado paraguayo: a) la histórica escasa relación de vecindad entre ambos contendientes, producida en especial por la distancia entre los centros de poder de ambos países en aquel entonces, La Paz y Asunción; y b) las condiciones del terreno de la guerra, en la cual el enfrentamiento cuerpo a cuerpo era poco probable debido a la característica selvática del suelo del Chaco.
De modo que, al principio de la guerra, los paraguayos son sólo un rumor. Todavía no hay enemigo, y esa carencia hace que los soldados, acosados por la sed y el aburrimiento, padezcan más los azotes de la vida en el campo de batalla. En “La coronela”, que narra cómo el teniente Santiago Sirpa es traicionado por su mujer en La Paz en virtud de su estadía en el Chaco, Hinojosa, camarada del protagonista, se alegra cuando finalmente empieza el ataque a los paraguayos: “Está bueno el pisco, ché. Sea lo que sea, me alegro que ataquemos, por fin. Esta guerra de posiciones es indecente” (p. 90).
Dadas las condiciones del terreno, la primera información que los soldados bolivianos tienen sobre los paraguayos son sólo sonidos. En “La coronela”, por ejemplo, la “polifonía” del ruido de los bichos lo acapara todo, haciendo de las explosiones algo fuera del radio de los soldados. “Lejanas, se escuchan, de cuando en cuando, detonaciones aisladas” (p. 21).
Algo similar sucede en “Seis muertos en campaña”, cuento que narra la pelea de Aniceto, un soldado boliviano, contra un paraguayo. Antes del encuentro con el rival, además del acoso de las balas, el único vestigio paraguayo es el grito en guaraní de los paraguayos: “hui-já” (p. 109).
El paraguayo se forma a través de ruidos. De hecho, tanto es el desconocimiento que, cuando los protagonistas de “Seis muertos en campaña” se pierden en la selva, tienen miedo de ser heridos tanto por balas paraguayas como por balas bolivianas, porque los podían confundir con paraguayos. Y lo que es más interesante: pese al mensaje mortífero implícito en cada balazo -tal como ocurre en el cerco de Boquerón, en el que 600 bolivianos tuvieron que resistir el ataque de 12.000 paraguayos- los sonidos no alcanzan para devenir en un clima de enemistad u odio.
Si en “El pozo” Céspedes admite que los soldados no tienen odio, en el cuento “La paraguaya” vemos cómo un objeto perteneciente a un paraguayo -una foto de mujer- rescata y “condensa” la sensualidad de un amor pasado en la imaginación de un soldado. El relato narra la historia de un soldado boliviano que encuentra una foto de una mujer paraguaya en la billetera de un oficial muerto. Cansado por el aburrimiento generado por la guerra de posiciones, que impide el enfrentamiento cuerpo a cuerpo, el soldado se dedica a observar la foto de la mujer, atribuyéndole nombres distintos (Alicia, Agar, Antonia) y transformándola en un motor que evoca el pasado y la nostalgia.
Le encantó la figura. La monotonía de la guerra de posiciones, en el bosque al que se pegaba el polvo de una lenta y tenaz ascensión de entierro, dejaba pasar la hora remachadas una tras otra por el periódico martilleo de ráfagas y ametralladoras y disparos de fusil. Tendido en su lecho de campaña, con la cabeza hacia la luz que penetraba por la abertura del techo del “buraco” formado de gruesos troncos de quebracho, aburrido de leer las mismas revistas o de dormir, contemplaba la fotografía de cuya tersa superficie se evaporaba su pensamiento como el agua de un lago (p. 201).
Más adelante el narrador dirá que en la “homosexualidad del monte, esa foto era el único signo de mujer” y que “la presencia del objeto se le hizo natural, como si lo hubiese obtenido por un regalo voluntario de la ausente y no a costa de un homicidio” (p. 204). El “regalo” del soldado paraguayo implica un retorno a la masculinidad, una salvación en la monotonía y la homosexualidad del Chaco. Todo eso nos genera la pregunta: ¿qué clase de enemigo es aquel que, además de arrojar balas, te arroja presentes que te salvan del aburrimiento y te generan nostalgia?
El encuentro cara a cara con el paraguayo no servirá más que para vaciar de su otredad a un enemigo al que los bolivianos nunca miraron como tal. Hasta ese momento, lo único que se tenía de los paraguayos eran sonidos (los cañonazos y el grito de “¡hui-já!”) y el prejuicio de que los soldados paraguayos no usaban zapatos. El primer contacto será también el generador del primer sentimiento. Curiosamente, rencor es lo que menos habrá en los protagonistas de Céspedes.
Escuché un ruido de ramas aplastadas y a través de la masa grisácea divisó el bulto de un pila. Vi que Aniceto le apuntó y entonces hice lo mismo. Disparamos casi simultáneamente.
-¡Vámonos! Debe haber otros.
Nos incorporamos y echamos a correr, como si hubiéramos cometido un crimen (p. 119).
El narrador de “Seis muertos en campaña” cuenta que él y Aniceto, luego de apretar el gatillo, escaparon como si hubieran cometido “un crimen”. Ese crimen puede asociarse a la idea de que el autor considera que los paraguayos no son tan diferentes de los bolivianos. Los separa el color de piel y el uniforme, pero ambos padecen el mismo rigor del Chaco. Mueren de sed y saben poco del porqué de la batalla.
Esta noción se redondea en el libro de no ficción Crónicas heroicas de una guerra estúpida, en el que Céspedes señala que “en la victoria boliviana de Strongest sufrieron por igual de sed sitiados y los sitiadores” (1975, p.160). Páginas antes, el autor menciona que, en el cerco a los paraguayos, la única diferencia entre los soldados de ambos países era que “ellos se encuentran dentro de la alambrada y nosotros fuera” (p. 175).
Otro ejemplo, quizá el más contundente, es el que el relato “Opiniones de dos descabezados” ofrece. La historia cuenta la conversación entre un espectro (un soldado boliviano muerto) y un soldado vivo. El espectro revela que está en busca del paraguayo que ha jalado el gatillo y que lo ha dejado sin cabeza, mientras que el soldado vivo lo intenta convencer de que los responsables de la guerra son otros.
Yo.- Por otra parte, aparentemente usted fue herido por un pila, pero, realmente, por una fuerza irresponsable. El soldado no es autónomo, es sólo un instrumento auxiliar acoplado a la ametralladora o al fusil, y usted considerará lo ridículo que sería, a título de represalia, ir a turbar el sueño de una ametralladora.
Él.- ¡Pero habrá alguien, algún culpable de mi decapitación!
Yo.- Esa culpabilidad es imposible de concretarse individualmente. Es cruel pensar que si en época de paz la burguesía moviliza toda una maquinaria jurídica y policiaria para indagar la responsabilidad de un solo homicidio o una aislada estafa de 200 pesos, en la guerra de 1914 no se ha aplicado el mismo procedimiento porque los delitos cometidos en serie ya no son delitos sino fenómenos históricos. Es cuestión de estadística (pp. 119-120).
Lo que hace Céspedes en este cuento es despojar al paraguayo de toda su otre- dad. Elimina su capacidad de enemigo y, al desindividualizarlo, lo transforma en un igual. Si Schmitt decía que en una guerra el enemigo está previamente dado, la literatura de Céspedes se rebela contra esa imposición y traslada la figura del enemigo a otras entidades. Y en esa rebeldía, el “nosotros” que la guerra crea también incluye al soldado paraguayo.
La cuestión, ahora, es la siguiente: ¿quiénes son los “otros” con los que se combate en la guerra?, ¿quién es el responsable de la muerte del soldado decapitado del cuento?, ¿en quién o qué cae la figura del contrario, del enemigo?
3. Un enemigo para la nación boliviana
Como ya se mencionó líneas atrás, el saldo ideológico más importante de la Guerra del Chaco fue la consciencia de que Bolivia no reunía las características de una nación (en el sentido de unidad) y que la estructura estatal no se correspondía con el pueblo. Otra de las interpretaciones pos-conflicto es aquélla que dice que sólo en el Chaco los bolivianos se reconocieron entre capas sociales (blancos, mestizos e indígenas) y que, al lograr sensación de nación, se cimentaron las condiciones ideológicas que desembocaron en la Revolución de 1952, liderada por el Movimiento Nacionalista Revolucionario, del que Céspedes era miembro.
La desinteligencia del gobierno de Salamanca al creer que la guerra funcionaría como un fenómeno de unión nacional y la ineptitud de los diferentes militares a cargo de las operaciones en la zona en conflicto, ocasionó el tambaleo de la situación política y social en Bolivia. No existiendo congruencia entre la unidad nacional y la unidad política, el sentimiento nacionalista posibilitó la formación del Movimiento Nacionalista Revolucionario, que albergaba las nuevas ideas referidas al cambio político necesario para la época. Éste fue un largo y arduo proceso que se llevó a cabo entre los años del final de la guerra y 1952 (González, 2014, p. 10).
Según Wilmer Urrelo (2013), una nota característica de la producción literaria sobre el Chaco, en la que se encuentra la obra de Céspedes, es su compromiso con el momento traumático y su capacidad para exudar “lo políticamente correcto”. Se tenía una “mecha ideológica” que se había encendido con la guerra, y el deber de los escritores era mantenerla viva. Céspedes obedeció ese mandato.
Así como ahora se escriben novelas para un público estándar, para ese público con una pérdida abrumadora de ideología y demás vainas, también se escribió en aquellos para un público ansioso en que la mecha encendida en las trincheras estallase en lo que un tiempo después sería la Revolución de 1952 (Urrelo, 2013, p. 10).
Aquí es importante hacer una breve mención a una de las hipótesis historiográficas sobre los motivos de la guerra. Una de las más esparcidas sostiene que lo que en verdad movilizó a los presidentes de ambos países a enfrentarse por el Chaco fue la influencia de las empresas petroleras asentadas en ambos países la Standard Oil en Bolivia y la Royal Dutch Shell en Paraguay-, que pugnaban económicamente por establecer su dominio ahí donde la otra empresa ya había firmado contratos (Mesa, p. 2003). Céspedes, al dejar libre la vacante de enemigo en sus obras, traslada toda esa otredad hacia la figura de la oligarquía boliviana que, según su visión, en sincronía con los intereses transnacionales, envió a los soldados bolivianos a morir en una guerra absurda situada en un territorio desconocido.
En algunos pasajes de la obra, la denuncia suena como un chirrido en una no- che silenciosa. Se disfraza de metáforas, es indirecta: se detecta en los diálogos de la historia con minúscula y la Historia con mayúscula. En otras, sin embargo, el componente ideológico se manifiesta de tal forma que la narración, más que una pieza de literatura, parece una guía pedagógica del nacionalismo revolucionario disfrazada de cuento: nos referimos a los relatos “Las Ratas” y el ya mencionado “Opiniones de dos descabezados”.
En ese sentido, la designación de la oligarquía como el contrario o el enemigo siempre bajo el pacto interpretativo que libera al paraguayo de toda su otre- dad- aparece de dos formas: indirecta y directa. Cuando aparece de forma indirecta, Céspedes ahonda en las condiciones del territorio, que se caracterizaba por su falta de agua y sus temperaturas elevadas y que fue un gran obstáculo para el soldado indígena boliviano, acostumbrado a otros climas.
Según González (2014), el soldado indígena en la guerra fue movilizado a un territorio desconocido, sin entender qué se defendía. En Sangre de mestizos, este padecer del soldado indígena se manifiesta en el sufrimiento generado por las condiciones del terreno. El territorio gana fisonomía y atribuciones humanas: la prosopopeya se convierte en un elemento recurrente en los cuentos.
Un relato emblemático de esta situación es “El pozo”. La historia narra la excavación de un pozo en busca de agua por parte de los soldados bolivianos. Cuando los paraguayos se enteran de que sus rivales están cerca de la tan anhelada agua, se produce una confrontación que genera varios muertos. En la lucha, los bolivianos, que han pasado días cavando el pozo, defienden la excavación como si realmente existiese agua. El narrador menciona que el lugar “va adquiriendo una personalidad pavorosa, substancial y devoradora, constituyéndose en el amo, en el desconocido señor de los zapadores” (p. 28). Y páginas más adelante, señala que ese agujero (el pozo) “es en medio de nosotros siempre un intruso, un enemigo estúpido y respetable” (p. 34).
Se trata de un lugar hostil, al que los soldados bolivianos han sido enviados gracias a intereses empresariales. Así, el territorio, áspero y sin agua se convierte en el arma que la fuerzas “invisibles” utilizan para mantener el estatus quo y beneficiar intereses relacionados a la oligarquía boliviana e internacional. En ese escenario, la guerra, generada por manipulaciones empresariales, ha llevado a morir a los soldados al terreno del Chaco. Más que un arma, lo que los mata es el lugar, que adquiere una fisonomía quizá más real y peligrosa que el propio soldado paraguayo. En “Humo de petróleo”, por ejemplo, el lugar “atacaba” con mosquitos y calor (p.160); mientras que en “Las Ratas” las plagas son el elemento con el que se “solidifica el ciego apetito del Chaco para chupar la sangre del intruso, del hombre” (p. 186).
Ese espíritu de denuncia se manifiesta de forma más directa en otros pasajes. Aquí, la designación del enemigo se deja oír como un grito que sacude toda la obra y pone en evidencia todas sus implicancias políticas. Se trata de una mano que apunta con el dedo y que parece decir: “el responsable es éste”.
Veamos lo que se narra en “La Coronela”:
El ilustre aldeano no sospechaba que detrás de los indicios objetivo de ese avance (el avance de las tropas paraguayas), se esconde una poderosa oligarquía capitalista que desde los bufetes y oficinas de Buenos Aires se apresta a sacar castañas con la mano de semidesnudos paraguayos y, a su tiempo, usar los mismos caminos trabajados por los soldados bolivianos para llegar hasta el petróleo estancado en los repliegues de las montañas de Bolivia (p. 56).
Se trata de una acusación directa, exenta de las sutilezas de los anteriores ejemplos. Fiel a ese tenor, el cuento “Las ratas” funciona como ejemplo cabal de la mezquindad del enemigo oligárquico, según la visión de Augusto Céspedes. El cuento narra cómo Nicanor Lanza, un boliviano con grandes influencias en el gobierno de Salamanca, busca evadirse de la guerra y, al no conseguirlo, debe conformarse con recibir un trato preferencial (agua, comida) en los campamentos de batalla. El personaje es proveedor de varios productos al ejército boliviano, entre ellos harinas y ropa militar. En una de las conversaciones de Nicanor con un ministro del gobierno, éste pone en relieve la importancia de la guerra para la promoción de la industria nacional.
- Nosotros -le dijo el Ministro- habíamos decidido hacer nuestras contratas con elementos nacionales, siguiendo un elevado concepto de “proteccionismo”, que dicen, a la industria y naturalmente, a los ciudadanos bolivianos que, para fomentar así nuestra industria de que se obtendría un beneficio más de los muchos que traerá está guerra formidable. Formidable… (p. 176).
Es interesante cómo el autor, al hablar de los paraguayos, en ningún momento desliza sentimientos de hostilidad hacia los rivales a través de ningún narrador ni personaje. Eso no pasa cuando, por ejemplo, llega la hora de referirse a las personas relacionadas con el gobierno de Salamanca (el título “Las ratas” tiene que ver con esa cualidad miserable que el autor les atribuye). Céspedes los caricaturiza, al punto que el lector los encuentra mezquinos y execrables. En “Las ratas”, Nicanor aparece como un personaje ambicioso que desea que la guerra dure un año más sólo para obtener más beneficios. Los altos mandos militares, que comparten cabaña con el protagonista cuando éste ya ha sido trasladado al Chaco, también desean lo mismo. Dicen que la guerra es “formidable” y que le traerá “honor al país”. Curiosamente, es el único relato en todo el libro en el que no muere nadie (en todos los demás siempre hay un soldado indígena muerto).
El último cuento del volumen, “Opiniones de dos descabezados” deslinda de toda cualidad de enemistad al soldado paraguayo y con ello sitúa esa enemistad en lo que a juicio de Céspedes son los verdaderos responsables de la guerra. Ese enemigo no tiene rostro y remite a esferas que van más allá del ámbito guerrero y que pasan por el propio gobierno boliviano, la burguesía, la oligarquía sudamericana y el empresariado transnacional.
Él.- ¡Eso es intolerable! Dígame a quien hay que apretarle el cuello.
Yo.-¿Sabe usted quién es la Standard, desdichada osamenta? Algo múltiple y ubicuo como los dioses de la teogonía hindú. En el terrible arcano de sus oficinas ¿a quién acogotaría usted? ¿Y por qué? La Standard no está obligada a sernos leal. Ella sólo puede ser fiel a sus pozos, y su gangsterismo es tan peligroso para nosotros como lo son para el Paraguay los Casado, los Sastre y la Royal Dutch Shell (p. 223).
Como una síntesis en la que explota todo lo que se susurraba en los cuentos anteriores, éste sirve como una declaratoria de principios de Augusto Céspedes. Se trata de una visión que, si bien hoy en día puede ser confundida con un lugar común, en aquel entonces constituía una posición cuestionadora en un ambiente de crisis política. Al mismo tiempo, esta interpretación sirvió para delimitar bien quiénes eran parte de aquella nación descubierta en el Chaco y quiénes era su antítesis: la antinación (Sanjinés, p. 2004).
En uno de los diálogos, el narrador dirá que las empresas petroleras manejan “guerras a distancia, con ondas hertzianas, especulando con la sangre de dos pueblos y las cabezas de infelices como usted” (p. 223). Más adelante, concluirá que el responsable de las muertes es “una organización imperialista que en América hace subir y bajar bonos conforme a su stock de cadáveres” (p. 225). Ambas sentencias albergan el espíritu de las máximas que moverían a las masas años después en la Revolución de 1952: nacionalización de los hidrocarburos y eliminación de la oligarquía.
4. A manera de conclusión
Como pasa con toda guerra, la del Chaco fue pasible de muchas interpretaciones. La más aclamada nos dice que la conflagración con el Paraguay sirvió para agitar la consciencia política de los bolivianos, hecho que desembocó en una serie de textos políticos y literarios que influyeron decisivamente en la Revolución de 1952.
La obra de Céspedes sirve, en primer lugar, para establecer un nuevo punto cero en la historia boliviana y, en segundo, para dotar de cierta justificación mítica a la Revolución. También crea figuras heroicas: en Sangre de mestizos, como lo dice el título, el héroe es el soldado mestizo boliviano. Este sujeto se configura como la síntesis de la heterogeneidad boliviana, en la que los dos polos -blancos e indígenas- encontrarían la armonía que llevaría a la grandeza nacional (por algo la obra no se llama “Sangre de indígenas”).
La guerra genera una otredad que, a su vez, provoca una noción de unidad en cada uno de los bandos. En la versión boliviana de la guerra, el enemigo dado es el paraguayo y es designado por el Estado. Sin embargo, a medida que el lector se va adentrando en la obra, el soldado paraguayo pierde su otredad y ésta se desplaza hacia otras figuras. Eso lleva a concluir que, en la disputa por la memoria histórica, los enemigos que se configuran en cada discurso son radicalmente distintos: el paraguayo para el discurso oficial; la oligarquía (y todo lo que se asocia a ella: las empresas transnacionales, los militares, etcétera) para el discurso literario.
En la primera sección de este trabajo decíamos que “del fusil, además de la bala, sale la nación”. Pues bien: en el entendido de que la obra de Céspedes disputa un lugar en la memoria histórica con otros discursos (antropológicos, sociológicos, históricos, etcétera), no es descabellado decir que Sangre de mestizos, al ser la primera obra literaria sobre el tema, fue uno de los primeros engranajes que activaron la consciencia de nación y, con ello, la posibilidad de una futura revolución.
Todo eso nos lleva a pensar que la nación no sólo nace del fusil, sino que también, en algunos casos -la mayoría, quizá- también nace de las interpretaciones que surgen de los hechos históricos y que se plasman en el papel: la nación también sale de las palabras, es decir, de la literatura.














