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Revista Ciencia y Cultura

versión impresa ISSN 2077-3323

Rev Cien Cult vol.23 no.42 La Paz jun. 2019

 

Reseña

 

Días detenidos: las grietas de las mitologías familiares

 

 

Guillermo Ruiz Plaza

2019, Editorial 3600, La Paz, Bolivia

 

 


En un hermoso libro de homenaje a Blanca Wiethüchter titulado El lugar del fuego, editado por Marcelo Villena, hay un texto en el que Wiethüchter reconstruye su vida y oficio de escritora a partir de fragmentos. El texto se llama "Fragmentos de una trama". Alternando escenas de su vida con pedazos de sus libros de poemas, Wiethüchter construye la imagen de la escritora que ha sido. Ese gesto es conmovedor y revelador. Ese gesto, además, marca lo imbricado y enlazado que ha de estar el oficio y el vivir en la experiencia escritural, en la literatura. Es decir, da por el suelo con el mito de que escribir es escaparse de acá o de que la literatura es una realidad libre de pesos y tajos. En este texto, Wiethüchter dice lo siguiente: "En este país, 'tan solo en su agonía', como escribía Gonzalo Vásquez, la historia, lo quiera uno o no, se desliza por la ventana y es imposible vivir en la ignorancia de lo que sucede en las calles, en las plazas, en las esquinas, puertas afuera". Esta reflexión viene bien a cuento ahora para leer la novela Días detenidos de Guillermo Ruiz Plaza. En ésta, Lea, la protagonista y narradora, ordena a partir de su mirada particular, es decir, a partir de su lenguaje, las vidas privadas y públicas de quienes han entrado y salido de su vida. Si bien el relato marca la experiencia de la migrante boliviana en Francia, es central para la trama el regreso de ésta a una Bolivia en constante y sonante bullicio; un país sin pausa, un país que se convulsiona a cada momento. Lea narra en paralelo la historia del país y la historia de su familia. Desde una comprensión reducida se puede usar la palabra paralelo, porque en última instancia, los que leen, los que escriben, los que miran, saben que no existe una división. O que si la hay, es una división de humo, es un espejo de densidad.

Días detenidos es, también, la primera novela de Ruiz Plaza. Antes, este escritor boliviano publicó libros de poesía, crítica literaria y cuentos, la mayoría de ellos que se adscribían al género fantástico, género que también visitó desde la ensayística. Es por eso interesante leer esta novela frente a la obra de Ruiz Plaza. Frente a la brevedad de sus anteriores escritos, Días detenidos fluye, no como un río salvaje, sino como un cauce elaborado depuradamente por su autor. Por lo mismo, se puede marcar un corte con la forma de su escritura narrativa: de lo fantástico a una suerte de realismo. ¿Dónde, entonces, se puede encontrar el continuo de la obra? La respuesta puede ser ésta: en el lenguaje. Ruiz Plaza, desde su poesía y su narrativa breve, ha ido trabajando un estilo que se reconoce en Días detenidos. El lector podrá reconocer la influencia de la pulsión poética en este libro, así como la generación de relatos breves que se acoplan al mayor.

Para Lea hay dos telones de fondo predominantes: La Paz -la ciudad, el territorio, lo que la delimita- y la música. Si bien la literatura es el escenario más claro y directo al que alude Ruiz Plaza, la ciudad y la música son ese detrás. Es por esto, tal vez, que la idea del regreso es tan fuerte. Lea regresa, eso narra la novela. Regresa a la madre, regresa al hogar. La madre está muriendo, La Paz va mutando en algo raro. Es un regreso a un útero marchito. El retorno de Lea marca también el peso que tiene la familia; ese lugar de daño. Pero también se narra a la familia como una contención, como un colchón. Esta institución no funciona, lo experimenta la protagonista, pero es como si fuera la única salida para ella.

Lea como nombre nos acerca al sustantivo "leer". Si aceptamos que "leer" está relacionado en sus raíces con "recolectar", podemos inferir que, para la narradora y protagonista de Días detenidos, seleccionar, recoger y narrar recuerdos es lo que impulsa su lenguaje. La sucesión de palabras de Lea, que es lo que leemos en la novela, ordena el pasado desde la memoria y el olvido. Entonces, Ruiz Plaza parece decirnos que leer es también olvidar y recordar.

Lea es una escritora frustrada: lo dice ella, lo dice su madre. Hacia el final de la novela logra escribir, marcar el papel. Ella redacta fragmentos que transcribe y que muestra; este es uno de ellos:

¿De dónde viene, me pregunto, esta necesidad de inscribir la propia historia en la Historia, así, con una ridícula mayúscula? Las anécdotas que cuentan los abuelos y los padres suelen llevar el sello de lo histórico, como si, al rescatar el pasado, intuyéramos lo frágiles que son incluso las más asombrosas mitologías familiares y, a fin de protegerlas, las insertamos en algo más grande y más duradero. Nuestras historias serían, entonces, como esas casas que se levantan en las laderas de los cerros, desafiando la ley de la gravedad, aferrándose a la tierra deleznable con una obstinación conmovedora (p. 283).

La imagen, otra vez, la da la ciudad de La Paz: su territorio es también una puesta en abismo de la visión de mundo que tiene Lea. Las imposibles casas de las laderas son como las mitologías familiares, y viceversa. Así, el telón de fondo es el centro mismo. Nada se asume con inocencia, nada se recuerda sin querer modificar con violencia el presente. Las historias, familiar y la del país, son las ramas que se cruzan y se quitan hojas entre sí, sin tocarse, como las copas que tienen miedo o timidez de las otras. Toda cabeza es un árbol. Por esto también es sugerente la portada del libro: un árbol completo, con la copa frondosa, pero también con las raíces expuestas. Otra imagen más: la ramificación. Si más arriba se dijo que el lenguaje preciso que encontramos en la novela nace del ejercicio de textos breves, también se podría afirmar que el oficio de cuentista de Ruiz Plaza se pone en escena en la aparición de historias mínimas que se desprenden de la historia central, la del regreso, más o menos como las ramas y las hojas que se desprenden del tronco; ahí también está lo que no se cuenta, lo subrepticio que queda latente: las raíces. Todo esto permite que Días detenidos sea una novela que abarca mucho territorio y mucha historia. Las narraciones están modeladas por el tiempo, que es, en última instancia, donde se extiende esta novela.

Mauricio Murillo

 

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