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Revista Ciencia y Cultura

versión impresa ISSN 2077-3323

Rev Cien Cult  n.26 La Paz jun. 2011

 

 

 

Pasado, presente y futuro de los partidos étnicos en Bolivia

 

Past, present and future of ethnic parties in Bolivia

 

 

Cristian Coronado*

 

 


Resumen:

El surgimiento de partidos étnicos en Bolivia responde a un interés revisionista del Estado republicano, buscando tanto dar una voz al sujeto indígena como representar políticamente sus reivindicaciones largamente aplazadas. Se han ensayado ya definiciones claras sobre lo que son los partidos étnicos, incluso en el ámbito latinoamericano. Este trabajo pretende aportar en el tema a propósito del caso boliviano, poniendo especial énfasis en el rol hegemónico que el Movimiento al Socialismo (MAS) ejerce con respecto al sistema de partidos actual. Sin profundizar demasiado, se plantean consideraciones a modo de pistas de análisis que investigaciones sucesivas podrían confirmar o descartar.

Palabras clave: partidos políticos, sistemas de partidos, movimientos indígenas, katarismo, Movimiento al Socialismo (MAS).


Abstract:

the emergence of ethnic political parties is due to an interest of reviewing the Republican State and attempting to give a voice to the indigenous subject or to politically represent their long-term postponed demands. there have already been attempts to clarify a definition on ethnic parties, even in the Latin-American studies field. this paper pretends to contribute on the Bolivian case, emphasizing the hegemonic role played by Movimiento Al Socialismo (MAS) in relation to the current political parties system. Without intending an inepth study, considerations are given as basic clues that following investigations could either confirm or discard.

Keywords: political parties, party systems, indigenous movements, katarism, Movimiento al Socialismo (MAS).


 

 

1. Introducción

Los partidos políticos revelan las fracturas que atraviesan a las sociedades, pues éstos, por lo general, son una representación de las diferentes comunidades de intereses o valores que se vierten en ellas. En ese sentido, los sistemas de partidos se configuran en base a las oposiciones que esas fracturas crean; ejemplo de ello son las pugnas entre capitalistas y socialistas, clericales versus laicos, reformistas contra conservadores, etc. (Duverger, 1994); la mayoría de éstas coinciden generalmente con las revoluciones que transformaron la edad moderna y que se constituyeron en ejes de antagonismo ideológico (Lipset y Rokkan, 1990).

El caso boliviano es paradigmático al respecto. La Guerra del Chaco, la Revolución del 52, el retorno a la democracia, el rediseño del sistema económico con el D.S. 21060, los hechos de octubre de 2003, son algunos de los hitos que han dado identidad a los partidos políticos y cierta lógica al sistema de partidos. Aparte, a raíz de duros procesos de subyugación, marginación, explotación y discriminación, se dibuja una profunda grieta como una herida sin cicatrizar en la memoria larga de los pueblos indígenas, la cual, a través de la revisión historiográfica, se hizo cada vez más aguda. El surgimiento de partidos étnicos en Bolivia responde a ese interés revisionista, buscando tanto dar una voz al sujeto indígena como representar políticamente a sus reivindicaciones largamente aplazadas.

Pero el término partido étnico es todavía nuevo, pues no es generalizable a todos los países; tampoco, a nivel investigativo, esta rama del tema indígena ha recibido atención dedicada. Teorías clásicas sobre conformación de partidos y sistemas de ellos preconcebían la posibilidad de partidos étnicos. Maurice Duverger, por ejemplo, una emblemática figura académica en el área, estableció que las minorías étnicas, geográficas y/o religiosas, eran pasibles de crear estructuras partidarias pequeñas, con el fin de mantener en vigencia la atención a sus intereses particulares, no buscando  necesariamente el poder, sino simplemente su sobrevivencia en el tiempo (Duverger, 1994). Gracias a investigaciones posteriores, una incluso que se ha centrado en el caso latinoamericano, se han ensayado ya definiciones más claras sobre lo que son los partidos étnicos; es así que se podría entender a éstos como organizaciones autorizadas para participar en las elecciones locales o nacionales, cuyos líderes y miembros en su mayoría se identifican a sí mismos como parte de un grupo étnico no gobernante, y cuya plataforma electoral incluye demandas y programas de naturaleza étnica o cultural (van Cott, 2003).

Este trabajo pretende aportar en el tema, poniendo especial énfasis en el rol hegemónico que el Movimiento al Socialismo (MAS) ejerce con respecto al sistema de partidos actual. Sin profundizar demasiado, se plantean consideraciones a modo de pistas de análisis que investigaciones sucesivas podrían confirmar o descartar.

A continuación se procederá en el siguiente orden: primeramente será explicada la aparición de las primeras corrientes étnicas más un balance final de sus participaciones electorales; posteriormente se desarrollará brevemente el esquema estructural e ideológico del MAS; finalmente, se plantearán las consideraciones prospectivas mencionadas.

 

2. El surgimiento de las corrientes étnicas en el sistema de partidos boliviano

El sufragio universal abrió un nuevo contexto de participación a vastos sectores de la población, los mismos que también fueron el centro de las otras conquistas sociales que había traído consigo el espíritu revolucionario del 52; los primeros partidos étnicos emergen en ese momento de expansión democrática, transformación de la sociedad boliviana y brega (antagonismo) entre el corporativismo nacionalista y la búsqueda de una autodeterminación indígenacampesina.

De las características que vinculan a los partidos de su generación, la segunda del siglo XX, los partidos étnicos comparten la reflexión crítica en torno a los alcances de las promesas revolucionarias (Romero, 2011). El tipo de distribución parcelaria de pequeña producción familiar o de subsistencia por la que optó la Reforma Agraria, había generado una extrema pauperización del campesinado, debido a la subdivisión o parcelación de las tierras, extenuación del suelo por la alteración de los ciclos de rotación e inconveniencia de las políticas agropecuarias (Rivera, 1987). Por otro lado, la ilusión de una mayor inclusión quedó prontamente atrapada en las nuevas formas de control que el MNR creó1 como condicionamiento para el acceso y aprovechamiento de las nuevas políticas orientadas al desarrollo (Lavaud, 1998), de modo que el servilismo agrario del campesino sólo fue reemplazado por el clientelismo político. Entonces, la revolución se convirtió para el campesino en una oportunidad perdida que, para empeorar las cosas, intentó encasillarlo dentro del sujeto nacional, cuando la sociedad era abigarrada y culturalmente heterogénea, haciendo del propugnado mestizaje una mera meta ilusoria.

El fracaso al que había llevado el presidente Barrientos al Pacto militar-campesino tras la implementación de reformas fiscales como el Impuesto Único Agrario, fue el primer desencadenante para la conformación de una corriente política étnica-campesina2. Las comunidades rurales altiplánicas, en las cuales el sindicalismo estatizado no había llegado a sedimentarse ante la subsistencia de formas tradicionales de propiedad comunitaria, fueron las primeras en rechazar enérgicamente las medidas gubernamentales y en apostar definitivamente por un sindicalismo independiente al oficialista, lo que dio origen al Bloque Independiente Campesino (BIC). Entre 1969 y 1972, el BIC llegó a ocupar una posición de trascendencia como directo  opositor al Pacto militar-campesino, situación que se evidenció en su relacionamiento con la Central Obrera Bolivia (COB); no obstante, el BIC no pudo expandir sus redes más allá del área urbana y pocas comunidades en las provincias Aroma y Pacajes del departamento de La Paz.

En 1973 acontece lo que sería el segundo gran hito del surgimiento de la corriente étnica: la redacción del Manifiesto de Tiwanaku. Este hecho deviene de la conformación de un cúmulo duro de activistas comprometidos con la causa campesina, varios de ellos migrantes aymaras que llegaron a vincularse y relacionarse entre sí a través de grupos culturales dedicados a la revisión historiográfica y al rescate de íconos identitarios, y de líderes sindicales pertenecientes a la corriente independiente (BIC). Este documento establece los primeros lineamientos para la organización y programación de acciones colectivas orientadas a la consecución del poder político. Se podría decir que ése fue el primer pivote del movimiento étnico, pues a partir de entonces surgen programáticamente dos claras tendencias: el indianismo y el katarismo.

El primero se caracterizó por su posición radicalmente marcada. Los indianistas eran críticos del liberalismo y del socialismo por igual, no tanto por sus contenidos pero sí por su origen extranjero y ajeno al contexto excluyente al que ellos se enfrentaban. Su enfoque filosófico reemplazaba la visión marxista de la lucha de clases por una contraposición entre opresores y oprimidos ulturalmente definidos (blancos e indios), relación que había sido extraída del pensamiento reinaguista y su visión de las dos Bolivias paralelas (Reinaga, 1971). La proposición política de los indianistas, entre otros puntos, buscaba la reconfiguración del Estado en función a rasgos comunitarios y originarios, lo que no necesariamente significaba una refundación total, ya que en reiteradas oportunidades llegaron a valorizar parcialmente algunas de las características del modelo democrático moderno y de la vía económica de tipo progresista nacionalista

Pese a esas concesiones, el indianismo se posicionó lejos de la fuerza centrípeta que ejercía el nacionalismo-revolucionario, un lugar poco favorable para los intereses del común de la población y todavía no asumido como posibilidad factible por los contingentes campesinos a los que apuntaba; de hecho, como aseguran algunos investigadores étnicos, el campesino boliviano es bastante calculador y estratega, asumiendo las más de las veces aquella posición en la que su acción política, es decir su voto, sea de utilidad (Albó, Rojas y Ticona, 1995)

Los kataristas, por su parte, sin dejar de defender el enfoque culturalista en el cual se basaba el indianismo, entendieron más su problemática desde la condición empobrecida y excluida del campesinado. Los principales líderes e impulsores del katarismo comenzaron sus trayectorias políticas desde el sindicalismo, primero a bordo de la CNTCB, para luego enfilarse en el BIC y en la Central Obrera Boliviana; su dirigente más simbólico, Jenaro Flores, de hecho pudo destacarse lo suficiente como para ocupar la principal cartera de la matriz obrera, mientras varios otros líderes de renombre se mantenían en el exilio; esa vinculación fue determinante para que el katarismo adoptara para sí una lógica cercana al socialismo que preconizaba la unión entre proletarios y campesinos, lo que le permitió a sus cuadros aliarse con partidos de corte izquierdista. A nivel de objetivos políticos, esta corriente priorizaba la memoria corta en relación a las promesas inconclusas de la Revolución, haciendo de la representación política y la nivelación de condiciones sociales el mástil que sostenía su bandera reivindicativa.

Desde el aspecto electoral se puede decir que ambas corrientes sucumbieron entre cifras poco alentadoras. Los comicios generales de 1979 presenciaron el tímido advenimiento de los indianistas; éstos habían decidido lanzarse como fuerza independiente a pesar de que el puntal de los votos estaba orientado hacia la UDP, el MNR y en menor medida el recién creado ADN. La postulación de los indianistas a bordo del MITKA pudo haber resultado un tanto sorprendente debido a que la estrategia más común en esa época era la creación de partidos pequeños para su uso como materia de negociación entre coaliciones más grandes (Romero, 2011); ésta, de hecho, fue la que asumieron los kataristas al sumarse a la UDP en 1979.

La escasa votación obtenida por los indianistas (1.6% del total de votos) en 1979, develó serias dificultades y desventajas a asumir. Desde un primer aspecto, la falta de recursos económicos afectó en su casi invisible presencia en ámbitos más grandes que el radio urbano y periurbano; recordemos que en esa época dependía totalmente de los partidos la distribución de las papeletas de sufragio, por lo que resultaba imperante un gran despliegue logístico por parte de la militancia. En la misma línea, al ser el MITKA una organización sin base sindical, lo que no pasaba con los kataristas, su estructura partidaria era insuficiente para llevar a cabo la tarea mencionada.

Apenas un año después se organizaron nuevas elecciones a nivel nacional; esta vez los indianistas las encararon por doble partida, luego de que pugnas internas alrededor del liderazgo determinaran la separación del bloque central y la creación de un nuevo partido, el MITKA-1. Este hecho sólo los debilitó aun más: el MITKA llegó a concentrar 1%, mientras que el MITKA-1 el 1.2%. A pesar de tan exiguos números, ambos lograron colocar un representante cada uno dentro del Congreso Nacional. De allí en adelante, los indianistas no pudieron participar de manera independiente debido a la multa económica que se les impuso por no haber alcanzado los 50.000 votos requeridos por la normativa vigente.

Por su parte, los kataristas, aun sin haber sufrido las consecuencias de la candidaturas, que sí vivieron los indianistas, se fragmentaron igualmente, dando origen, por un lado al MRTK, encabezado por Macabeo Chila, y el MRTKL, liderizado por Jenaro Flores. El declive de la UDP debido a su incapacidad de resolver la crisis económica de esos años fue definitoria para la reconfiguración de fuerzas en el sistema de partidos: la derecha cobró impulso con la ADN, al mismo tiempo que el MNR se vio revitalizado; la izquierda, en cambio, palideció, permitiendo que algunos sectores campesinos se acercaran un poco más a los postulados kataristas. Uno de los mayores obstáculos para estos últimos pudo haber sido la pérdida de la hegemonía interna en la CSTUCB ante el surgimiento de grupos desmarcados, como el de Movimiento Campesino de Bases (MCB) (García, Chávez y Costas, 2005). De cualquier forma, el MRTKL llegó a sumar un total de 31.678 votos (1.8%), mientras que el MRTK  logró 12.918 votos (0.7%); al igual que en el caso de los indianistas, el partido secesionista logró superar al bloque original. También fue la primera vez que los partidos étnicos lograban ganar en algún municipio (el MRTKL se impuso en 5) (Romero, 2003), y además logró colocar dos diputados.

En el año 1989, en los nuevos comicios, se evidenciaron dos fenómenos contradictorios: un debilitamiento agudo de las tendencias étnicas, acompañado de una condensación del voto a nivel rural. El primero fue visible desde una nueva descomposición interna entre el ala de Víctor Hugo Cárdenas, quien conservó el MRTKL, y Jenaro Flores, quien junto a algunos rezagos del grupo indianista creó el FULKA; las cifras fueron 1.4% para el primero y 1% para el segundo.

En cuanto a la condensación, más que antes, la correlación entre votos obtenidos e indicadores sociales vinculados a áreas rurales y proporción de personas auto identificadas indígenas –especialmente aymaras– aumentó, esto de mano a un incremento de apoyo en el Altiplano (Romero, 2003). En las ciudades hubo un claro retroceso debido a la aparición de partidos populistas, como CONDEPA y UCS, especialmente el primero, pues se caracterizó por compartir algunos rasgos ideológicos con los partidos étnicos: retórica culturalista, electorado regionalizado, discurso crítico contra el modelo económico, etc.

Posteriormente, y hasta la aparición del MAS y del MIP, prácticamente una década después, el escenario para los partidos étnicos se torno difuso. El mayor hecho sobresaliente fue la insólita alianza del MNR con el MRTKL en el binomio presidencial. Esta acción dio una oportunidad crucial a los kataristas para poder influir en la agenda política, aunque de manera muy matizada con respecto a su discurso inicial; así, por ejemplo, se llegó a reconocer formalmente al país como multicultural y se aprobó la Ley de Participación Popular, un hecho de suma importancia.

Otros proyectos étnicos aparecieron por esos años, pero su paso por la arena política quedó prácticamente desapercibido. Fue el caso del MKN y el Eje Pachakuti, ambos contendientes en las elecciones de 1993 y con votaciones incluso por detrás de la de los indianistas.

En el 2000, la popularidad del ex guerrillero del EGTK y ex indianista, Felipe Quispe, debido a la atención mediática que logró como Secretario Ejecutivo de la CSTUCB y los bloqueos, le llevó a lanzarse al juego partidario a través de la creación del MIP. En un nuevo contexto, donde el comunitarismo y el misticismo indígena eran ampliamente debatidos, los postulados del MIP lograron tomar consistencia en algunas zonas altiplánicas, lo que se plasmó en el 6% y las 5 diputaciones ganadas.

 

3.  Los intersticios históricos y electorales del MAS

No con poca sorpresa, el MAS logró dar un positivo primer salto electoral a nivel nacional el año 2002 y dar vuelta a una competencia que parecía estar cerrada entre la candidatura de Gonzalo Sánchez de Lozada, del MNR, y Manfred Reyes Villa, del NFR. Su peleado segundo lugar, apenas algunos puntos porcentuales por detrás de la primera fuerza, fue sólo un atisbo del impulso que estaba cobrando y que le llevó a ocupar el importante lugar que ocupa todavía hoy.

El ascendente protagonismo del MAS fue oportuno con el momento histórico. Una aguda crisis de representatividad, en el marco de los acontecimientos del año 2003, y el desgaste de lo que se denominó la democracia pactada, había vapuleado al eje tripartidario tradicional compuesto por el MNR, ADN y MIR, dando así margen de maniobra a otras alternativas, más aun si éstas correspondían de algún modo con la exacerbada percepción antineoliberal. También el vacío dejado por los partidos populistas y de izquierda (CONDEPA,UCS, PS, IU) volvía ineludible el surgimiento de nuevos partidos que captaran ese público cautivo. Desde ese aspecto, entonces, el MAS se convierte en un abanderado del momento coyuntural y de la agenda política que se crea como respuesta a una profunda demanda de reforma del Estado boliviano.

El MAS es producto de un largo proceso fundacional cuyos hitos aparecen en distintas épocas y contextos. Antes de ser un partido, el MAS se preforma como la estrategia política de los movimientos sociales para obtener representación formal y poder así influir en los procesos de toma de decisiones a nivel estatal, idea que se rescata en la tesis del “instrumento político”. La CSTUCB es la primera organización que articula discursivamente la posibilidad de la postulación electoral, más o menos desde 1982; la iniciativa fue cobrando cada vez más contenido y cuerpo, hasta que el año 1994, con el apoyo de la Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia (CIDOB) y la Federación de Mujeres Bartolina Sisa, se crea formalmente lo que se denominó la Asamblea para la Soberanía de los Pueblos (ASP). No obstante, la ASP no llega a consolidarse en un proyecto real, en parte también por la dificultad de acceder a la personería jurídica.

Las coordinadoras sindicales de los cocaleros del Chapare habían adquirido, a raíz de su posición altamente contestataria al Gobierno y sus políticas antidrogas, cierto grado de necesidad de influir desde el Estado. Al mismo tiempo que apoyan a la CSTUCB para la creación de la ASP, son los cocaleros quienes terminan de impulsar el instrumento político y llevarlo a la práctica a bordo del partido Izquierda Unida (IU) en las elecciones generales del año 1997. Aunque el liderazgo cocalero no era todavía claro, se hizo más evidente para  los comicios municipales de 1999, cuando el ala del dirigente Evo Morales se separa de IU y adopta una vieja sigla, el MAS-U (Movimiento Al Socialismo Unzaguista), que había sido creado por el político David Añez en 1987. A partir de ese entonces, el MAS se convirtió en el principal representante de todo el movimiento campesino e indígena del país.

Una de las razones de la dificultad analítica del MAS es justamente el singular abanico ideológico del que se compone. El compuesto y complejo cuerpo estructural del partido, cuya caracterización es una suerte de movimiento político arraigado a organizaciones sociales de base pero flexiblemente yuxtapuestas y entretejidas a redes formales y elites políticas, ha permitido una alimentación doctrinaria de diferentes corrientes, de las cuales se distinguen por lo menos tres principales: nacionalismo-populista, indigenismo multiculturalista y marxismo guevarista (Geffroy y Komadina, 2007). Cada uno de estos pilares propone componentes diferentes que no llegan a sobreponerse, aunque evidentemente algunos contenidos se contradicen con otros, sino a concluir en una misma meta: el cambio como un proceso programático y crítico a un modelo anterior. A fin de cuentas, dicha convergencia discursiva le ha sido sobre todo útil al MAS para potenciar su captación de adherentes y simpatizantes, aunque también se propone como una de sus principales debilidades (Fuentes y Harnecker, 2008); en cuanto su cohesión interna, se encuentra limitada a la cuestión práctica más que a la convicción ideológica.

Empero, la mayor sorpresa causada por el MAS ha sido su incontenible fuerza electoral. Comparado incluso con otros partidos semejantes, el MNR y la UDP, los resultados logrados sobrepasan toda expectativa, lo que conlleva a plantear interrogativas indagatorias acerca de tal éxito. A diferencia del resto de los partidos étnicos, una seguidilla de factores han influido positivamente a la viabilidad del MAS en las urnas. Las reformas al sistema electoral, por ejemplo, especialmente en lo referido a la introducción de diputaciones uninominales, fue ventajosa, pues dio la posibilidad a que partidos de vocación pequeña y local puedan ejercer mayor presión en espacios o distritos territoriales condensados (van Cott, 2007). De manera similar, la Ley de Participación Popular y la municipalización ayudaron en la consolidación de bastiones electorales, acceso a puestos de poder y promoción de líderes representativos que luego se enfilaron en proyectos nacionales (Zuazo, 2008; van Cott, 2007). El funcionamiento de aparatos sindicales y movimientos sociales de respaldo fue crucial para que estas reformas pudieran impactar en las condiciones de competencia partidaria, ya que los mismos podían canalizar su comportamiento de manera más consistente y unitaria.

 

4. Consideraciones sobre los efectos post-MAS

La aparición del MAS ha reconfigurado en gran medida la estructura de competencia del sistema de partidos, tanto así que hasta las elecciones municipales de 2010, por poner un límite temporal, ningún partido podía dejar de formular su estrategia sin tener en cuenta el peso del MAS.
Esa gravitación hegemónica se debe en parte a la existencia de tres factores  principales. El MAS es en primer lugar una potencia electoral de magnitud, habiendo obtenido elevadas votaciones, incluso por encima de la mayoría absoluta, al mismo tiempo que concentrado bancadas parlamentarias lo suficientemente numerosas como para poder llevar adelante su programa político con relativa holgura. Por otro lado, y en relación al anterior punto, mantuvo una alta independencia política con respecto a sus contendientes y opositores, no teniendo que optar por el establecimiento o integración de coaliciones para asegurar gobernabilidad o su ascensión en el Ejecutivo. Tercero, ejerció un notorio peso táctico pues podía determinar por sí mismo las relaciones interpartidarias, polarizando y despolarizando a propia decisión, convirtiendo en opositores a unos y en próximos a otros, es decir, el MAS se convirtió en el referente para el posicionamiento de visiones más allá de los propios discursos.

El espectro ideológico que se configuró a partir de esa hegemonía fue sobre todo complejo, no sólo en relación al MAS sino, y hasta, a pesar de éste. Aunque el MAS ha tendido a convertirse en el centro de todos los centros (Molina, 2011), un elemento transversal a las vertientes doctrinarias que lo alimentan lo está, paradójicamente, trascendiendo. Se trata de la agenda del cambio, la cual enfatiza en la gestión e implementación de las reformas al Estado que fueron establecidas en la Nueva Constitución Política aprobada en enero de 2009, y en sí, en todo el bagaje por detrás a la realización de la Asamblea Constituyente de 2006.

De manera cercana a lo que pasó con el nacionalismo revolucionario, existe cierto contenido dentro de la agenda del cambio que simplemente no puede ser contravenido, pues es parte intrínseca de los procesos de transformación que todavía transcurren. Varios de esos elementos se han convertido en más que relatos, en grandes conquistas que el imaginario social ya no podría dar marcha atrás, tal como pasó con el voto universal o la Reforma Agraria en su época; las autonomías y la pluriculturalidad son claro ejemplos. En todo caso, los contendientes del MAS se encuentran magnetizados a ese contexto, pudiendo alejarse sólo a través de las críticas en la manera como se llevan adelante las reformas, pero no así en relación a sí éstas son pertinentes o no (Molina, 2011).

Con sus disquisiciones y ambivalencias, en tanto la agenda del cambio, o el proceso de cambio, como más comúnmente le llaman, se convierta en un fin en sí mismo más que un proyecto particular de un partido abanderado, algunos sectores u organizaciones podrán prescindir eventualmente de la macroestructura partidaria y seguir un propio camino sin dejar de acompañar los preceptos iniciales; tal como pudo evidenciarse en el caso del Movimiento Sin Miedo (MSM).

Esta posibilidad se vuelve más loable de lo que parece en la realidad, debido a tres factores que no pueden eludirse:

Si tomamos en cuenta las teorías más clásicas sobre partidos políticos, encontramos la existencia de una tendencia más o menos verificable al fraccionamiento interno de fuerzas políticas grandes (Duverger, 1994). Es decir, la aparición gradual de una sobre posición de intereses que desgasta las relaciones y puede acabar en escisiones al calentarse los temperamentos entre los militantes duros y blandos, conciliadores e intransigentes, extremistas y moderados, etc. Ésta sería una generalización propia del paso de sistemas bipartidistas a multipartidistas, cuya viabilidad se vuelve cercana, aunque no es el caso boliviano, ante la polarización que se viene dando últimamente. De hecho, si se examinan ejemplos históricos, podemos encontrar semejanzas con lo sucedido al MNR y su división en MNR-I, MNR-U, MNR-V, etc.

Por otro lado, la amalgama ideológica, que parece constreñirse para fines electorales dentro del MAS, es en realidad un armado difuso entre capas tectónicas pasibles de ceder y colisionar unas con otras. Últimamente se ha visibilizado la preponderancia de dos visiones internas, las cuales, no tanto en referencia a las bases doctrinarias sino en relación a su ejecución, son en alguna medida irreconciliables: el progresismo, que no puede prescindir del patrón de acumulación de tipo capitalista, y el tradicionalismo étnico, en sí orientado al sentido de comunidad. Siendo que la coherencia y la cohesión de los distintos grupos internos están subordinadas al objetivo por el cual se fundó en primer lugar el partido (la tesis del instrumento político), no se puede negar un alto grado de vulnerabilidad a una lenta o bien estrepitosa desvinculación interna.

Ahora bien, ninguno de los dos factores anteriores podría ser lo suficientemente determinante de no existir las condiciones impuestas por las reglas de juego. El sistema electoral, desde ese punto de vista, desempeña un rol esencial. En Bolivia se ha mantenido desde 1978 un multipartidismo moderado en parte, dejando de lado otras explicaciones, debido a que la fórmula elegida para la distribución de escaños en la Asamblea Legislativa, método D' Hondt o de divisores naturales, propia de algunos sistemas electorales de tipo proporcional, permite que incluso partidos pequeños, que no necesariamente apuntan a ganar la silla presidencial, puedan acceder a cuotas de poder. Es decir, la estrategia de conformación y condensación de bloques llega perder sentido ante las ambiciones más personalistas o individualistas. Al respecto, puede que la última reforma electoral que introduce la segunda vuelta mitigue los efectos del sistema proporcional, pero no llega a convertirse en una garantía definitiva.

Los primeros atisbos de un desgajamiento progresivo dentro del MAS ya se han manifestado, aunque a costos relativamente asumibles. Varias personalidades, por distintos motivos, fueron dejando uno a uno el denominado instrumento político. Resaltan el líder minero Filemón Escobar; el ex vocero presidencial, Alex Contreras; el fundador Román Loayza; el líder alteño Abel Mamani; el pensador indigenista Simón Yampara; el ex ministro de Educación Félix Patzi; el ex senador Lino Villca; entre varios otros. De todos ellos, los menos apostaron por proyectos en solitario, sin lograr ningún impacto: Loayza fundó el Movimiento de Unidad Social Patriótica (MUSPA), que se retiró prematuramente de la contienda electoral de diciembre de 2009, y Villca candidateó como Gobernador de La Paz con el Movimiento por la Soberanía (MPS). Empero, el quiebre más importante vino de parte del MSM, el cual se desvinculó del MAS para las elecciones de abril de 2010, atrayendo para sí a varios cuadros y dirigentes; este hecho, al menos, tuvo una alta significancia, pues el MSM se convirtió en un serio contendiente, llegando a disputarle varias alcaldías, incluyendo las de La Paz, Oruro, Llallagua y Uncía.

Algunos conflictos sociales también han deteriorado la consistencia orgánica del partido, al haber promovido el deslizamiento de sectores oficialistas hacia perfiles contestatarios. Los móviles detrás de ese flujo divergente son varios.

El cuoteo de listas electorales, por un lado, generó un descontento por parte de las bases, las cuales se mostraron inconformes con la designación de candidatos desde arriba y sin su consenso. Las manifestaciones de los Ponchos rojos de la provincia Omasuyos de La Paz, los pobladores de Atahuallpani, Patacamaya, colonizadores de San Julián e indígenas de las provincias Luis Calvo y Hernando Siles de Chuquisaca, se inscriben en esa línea (Fundación UNIR Bolivia, 2010). En determinados casos, las represalias fueron más allá de las movilizaciones de protesta, llegando a adoptarse el voto castigo.

Desde otro plano, la poca atención a las reivindicaciones sectoriales alejó a organizaciones sociales que en su momento se habían mostrado comprometidas con el proyecto masista. Entre ellas podemos mencionar a la CIDOB, cuyo rechazo a disposiciones específicas de la Ley Marco de Autonomías y Descentralización, y demandas de incremento en la cantidad de escaños destinados a circunscripciones indígenas y dotación de recursos económicos, dio lugar a una gran marcha hacia La Paz en el mes julio de 2010; la CONAMAQ y CNMCIO-BS conminaron al Gobierno más de una vez a revertir políticas atentatorias a los intereses indígenas y campesinos; bastiones electorales enteros como la provincia de Caranavi y algunas zonas del departamento potosino confrontaron al Ejecutivo en defensa de sus agendas regionales a través de violentos bloqueos, paros y enfrentamientos con fuerzas del orden5; en estos últimos, en particular, se observó un interesante fenómeno: autoridades electas que otrora defendieran la causa masista prefirieron su identidad territorializada (o regionalizada) a su línea política.

Cabe notar en estas situaciones un factor común de por medio: los sectores problemáticos están, en diferente grado, identificados con una extracción étnica. Al principio de este artículo se abordaron ligeramente las características de los partidos étnicos; aunque el MAS nunca fue enteramente uno, parte de su aquiescencia se construyó alrededor del discurso indigenista.

Sí a lo anterior agregamos el hecho de que en las últimas dos campañas el partido ha buscado el apoyo de las clases medias a través de la invitación de personalidades externas a sus cuadros y no necesariamente identificadas con su cuerpo doctrinario, podríamos argüir que quizás el componente étnico está sufriendo un desvanecimiento gradual. Estudios de geografía electoral y nuevos sucesos en torno al tema podrán dar mayor claridad a esta consideración. Después de todo, el discurso nacionalista-desarrollista, comparado al indigenista, resulta electoralmente conveniente (Molina, 2011)

Empero, no se puede afirmar que lo étnico, en tanto sea abandonado por el MAS, llegue a rebrotar, pues dos nuevos factores: la introducción de circunscripciones y autonomías indígenas, traerán grandes cambios al respecto. Se supone que ambos deberían crear impactos al nivel de gestión y autodeterminación, lo que llegaría a inferir en la desactivación relativa, o por lo menos la sofocación del tono incendiario de este tipo de movimiento.

 

5. Conclusiones

Los partidos étnicos emergen como consecuencia de la expansión democrática, representando aquellas fracturas sociales inherentes al propio contexto histórico boliviano, casi como un reflejo de esos dos lados de una misma sociedad que el pensamiento indianista plasmó. El principal punto de desencuentro fue el cuestionamiento a la desfavorable realidad socio-económica para los pueblos indígenas y los sectores campesinos, situación que a pesar de la Revolución del 52 y del Pacto militar-campesino, no pudo ser revertida sino sólo paliada en algunos aspectos.

Varios han sido los partidos étnicos que se fundaron a partir de finales de la década de los 70s, pasando desde opciones radicales, como los partidos indianistas, hasta las más conciliadoras (Katarismo y MAS). No obstante, su aparición resulta anticipada con respecto a su condición de posibilidad, pues eran más los factores en contra que la factibilidad real de su consolidación como fuerzas electorales representativas, lo que quizás pueda resultar paradójico tomando en cuenta la existencia de una relativa mayoría indígena en la población. Al final, ninguno de los partidos étnicos embrionarios pudo instituirse en el tiempo ni lograr impactos de consideración.

La década de los 90s, fuertemente dominada por partidos de derecha, vio el acabose de estas primeras corrientes, incluso subsumiendo a uno de sus más importantes representantes, el MRTKL, dentro de la vertiente neoliberal (alianza MNR-MRTKL). La era neoliberal tuvo que entrar en crisis para permitir la aparición de nuevas alternativas, oportunidad que fue debidamente aprovechada por el MAS, un partido de difusa estructura corporativizada y cuyo amplio abanico ideológico abarcaba también el indigenismo.

El MAS no sólo es favorecido por el momento histórico; su amplitud ideológica, así como su desarrollo fuertemente relacionado a bases sindicales, también le permitieron crear un asidero electoral potencial que poco a poco fue expandiéndose y adhiriendo una diversidad de sectores. Después de todo, este partido fue creado más como estrategia política (tesis del instrumento político) que como fervor doctrinario. Desde 2002 en adelante, el peso del MAS se hizo más evidente, logrando ganar las elecciones generales del año 2005 con un resultado inédito hasta entonces.

Empero, el programa político masista, afincado en la agenda del cambio que se constituyó en relación a la sumatoria de las demandas y reivindicaciones de todos sus sectores adheridos, ha ido cobrando su propio cuerpo tal cual lo hizo en su tiempo el nacionalismo-revolucionario. Esto significa que la estructura partidaria está siendo trascendida, lo que posibilita que en algún momento, si la tendencia a la fragmentación interna en el MAS continúa, surjan otros partidos igual o hasta más comprometidos con los contenidos de la agenda mencionada.

Lo étnico dentro de la agenda podría estar desactivándose a raíz de la introducción de las autonomías y circunscripciones indígenas; todo depende de que los resultados a nivel gestión permitan una canalización de las demandas indígenas y se mantenga vivo el derecho a la autodeterminación y a la expresión de esos pueblos, tanto en lo político como en lo cultural.

 

Referencias bibliográficas

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