SciELO - Scientific Electronic Library Online

 
 número19El nacimiento del intelectual en BoliviaProsistas bolivianos en la época del modernismo índice de autoresíndice de materiabúsqueda de artículos
Home Pagelista alfabética de revistas  

Servicios Personalizados

Articulo

Indicadores

Links relacionados

  • No hay articulos similaresSimilares en SciELO

Compartir


Revista Ciencia y Cultura

versión impresa ISSN 2077-3323

Rev Cien Cult  n.19 La Paz jul. 2007

 

 

 

Diario de Alcides Arguedas

 

 


Introducción

¡ Polvo eres! (Apuntes de un desmemoriado)1

Juventud, amor y bienestar, o sea, acaso, fuerza, dicha y riqueza, son circunstancias, accidentes y privilegios que impiden pensar en el viaje ineluctable por ese camino misterioso y sin polvo que sólo una vez se transita, y siempre de ida...

Cuando ninguno de esos dones viene a cerrarnos las perspectivas del lejano azul y la edad y la experiencia nos alejan o nos detienen al margen de las pasiones, entonces parece prudente tratar de quitar peso al fardo sentimental, más o menos encumbrante, que cada uno trae consigo, y arrumbar los recuerdos en algún discreto paraje de la ruta, para ya no tener la fatiga de volver los ojos atrás.

Aligerar el fardo antes de dejarlo en alguna parte, he aquí la gran cuestión para el que ya nada o muy poco espera.

El hombre de letras -tipo de rara especie en nuestros países criollos- no lleva en su carga peso de dineros, porque escribir en la América de estirpe ibera es oficio que no da de comer, es oficio sin beneficio y por ende malo, que diría el manco nuestro ejemplar y buen señor Don Miguel, el del caballero flaco y triste. Y quien no lo trae de herencia o por alianza y tiene la audacia de pensar que, así como el zapatero come, gana y ahorra clavando suelas, el abogado picando pleitos y embrollando las cosas, el albañil levantando muros o cavando cimientos, también el escritor debe comer, ganar y ahorrar edificando suntuosas moradas espirituales o dictando reglas prudentes de conducta humana, hace un mal cálculo y corre el grave e inminente riesgo de vivir en constante aprieto y morirse en la miseria, porque aún no se ha dado el caso en nuestra América, la bronceada y la parlera, que un escritor construya casa con su pluma, gaste carro mecánico o acreciente la dote de sus hijos... Y, oficio que no da de comer, ¿verdad, Sancho amigo?... mal oficio.

Yo he conocido y tratado varios escritores que vivieron en la necesidad y murieron casi indigentes. Citaré a algunos por orden de categoría y talla: Rubén, Rodó, Bonafoux...

Gómez Carrillo, que era listo en todo, hasta en los negocios, dejó al morir un pequeño capital, creo que de seis mil pesos, y los amigos de pluma quedaron maravillados y... escandalizados.

¿Ciento cincuenta mil francos? ¡Qué caramba! ¡No había derecho a ser tan metalizado....!

Sincera era su consternación y yo la explico porque el conocido 10 o 15% de los autores en nuestras ediciones muy limitadas -cuando los autores cobran, cosa no muy probada hasta hoy- es capital que se va en humo, porque basta apenas para comprar los cigarrillos del año, y no de la mejor marca, por cierto.

Y entonces nuestros escritores, no pudiendo coleccionar monedas, guardan recuerdos. Y, lo peor a veces, los guardan escritos....

Indudablemente ésta es una odiosa y fea manía.

Y es que, además, el hombre de letras está atacado de otro mal incurable: imaginarse que todo lo que le ocurre a él es particularmente excepcional y digno; que lo que él ve como testigo o asiste como actor son cosas que no tienen par en el mundo; que su yo, en suma, vale mucho y compendia el alma universal...

Yo también !ay! he cojeado de ese pie. Yo también, desde hace treinta años, he escrito para mí solo mis retacitos de papel. Y al cabo de ese tiempo los tales retacitos han llegado a formar cerros y hasta una montaña...

Devasté primero la montaña, hace poco, a raíz de una desgracia. Un amigo y paisano mío se mató en París2. Era escritor y de los buenos y había alcanzado triunfos que muchos, y de los mejores, le envidiarían. Él vivía huraño, taciturno, enfermo y profundamente triste. Huía las gentes cual si siempre de ellas habría de recibir males; temía las mujeres como si hubiese tenido la desgracia sin consuelo de no tropezar nunca con una buena, generosa, piadosa y amante...Y ¡claro! Se mató. Debía matarse. Era necesario que se matara porque no tenía amor.

El último gesto de un poco de ternura o de piedad por los hombres me lo dio a mí. Yo fui acaso el solo confidente del pobre Armando Chirveches. Y yo, algún día, si me queda tiempo, he de contar por lo menudo su pobre historia extrayéndola en parte de estos apuntes, pues así lo exige mi amistad y eso me lo ha pedido Laura, su hermana, que rueda y brilla por el mundo ligada en matrimonio a un fino diplomático brasileño...

E hice yo, con el cónsul, el inventario de los bienes de Armando; por mis manos trémulas y curiosas pasaron sus papeles... Y entonces tuve y sentí miedo... Y, bajo una impresión casi de terror, cogí mis papeles, los desmenucé para ir formando con los retazos tomos de materia distinta y deslindada y fui rompiendo aquello que era muy personal, muy íntimo o muy banal...

Pero acaso no destruí bastante, porque aún me quedaron unos veinte legajos.

Y ahora esos veinte cuadernos que siempre arrastro conmigo como la tortuga su caparazón constituyen mi pesadilla y quiero deshacerme de ellos, de cualquier modo y lo más rápidamente posible, porque voces que no engañan -algo así como el tañido de campanas invisibles y lejanas de que nos hablan los viajeros del desierto y anuncian el mortal siroco- otras campanas misteriosas, sólo perceptibles para los propios oídos porque resuenan en el corazón, me dicen que sería prudente, útil y hasta higiénico trillar todavía en la montaña, como en una hacina de trigo, y del polvo de cáscara y paja, extraer el grano, si queda alguno de la mala cosecha.

Y nada más fácil para esta labor paciente y aun penosa que los ocios de la diplomacia, a veces forzados cuando la vida social es apacible, o se la huye un poco y evita. Entonces el ánimo se conturba, acaso porque, así como sobre las piedras quietas de los barbechos prende el musgo, también sobre el alma del que se esconde prende ese otro musgo o sarro que aquí, en esta tierra del bien hablar3, llaman, algo feamente, guayabo, o neura allá, y en todas partes, fastidio de vivir...

- ¡ Oh Dios mío! ¡ Qué pobre cosa, qué animal tan presuntuoso y tan ridículo es el hombre!

Amiel, maestro de solitarios y de egoístas, escribió más de 14.000 páginas de su Diario en 60 años de vida, o sea, toda una biblioteca de cuarenta volúmenes de formato corriente. Sólo se han publicado tres tomos de fragmentos en la edición francesa, la más completa y la más decente hasta ahora...

Alfredo de Vigny dejó los manuscritos de su Diario en 78 cuadernos, muchos de los cuales se perdieron o destruyeron o fueron puestos a la venta. Impreso, queda únicamente el pequeño volumen conocido de los estudiosos.

Maria Baskirtseff, la virgen bella y la tísica famosa, ha dejado otro montón de cuadernos y de ellos han entresacado la materia de otros tres volúmenes, dolorosos por las ansias de inmortalidad que en ellos se confiesa.

Mauricio Barrés, ese obsesionado por la idea de la muerte, abarrotó un enorme armario normando con sus apuntes. Comenzó su Diario en 1896 y dejó cincuenta libros. Anotaba en ellos todo lo que se le ocurría, transcribía opiniones de prensa o lo que le decían sus amigos literarios en cartas y hasta pegaba recortes de periódicos...

Y entre nosotros, finalmente, entre mis amigos vivos, Rufino Blanco Fombona en La novela de dos años, ya nos ha dado el primer volumen de su Diario en 357 páginas, donde con estile simple nos cuenta las aventuras de su vida en los años de 1904 y 1905.

Pero, ¿ interesan de veras nuestras vidas a alguien? !Cómo quisiera uno creer, oh, Dios mío, que sí! Sólo que uno mismo hunde los ojos dentro y se pregunta: "Me importa algo a mí la vida de ese que pasa? ¡No; no me importa nada! ¡No sé siquiera quién es! Y si la vida de ese pasante no me importa nada, ¿por qué la mía ha de interesar a los otros?

Porque todos resultamos pasantes al fin y al cabo, y lo queramos o no. La humanidad cuenta, dicen los especialistas, con un millar 950 millones de seres vivos sobre la tierra. Si resultase tarea cómoda y segura preguntar a ese triste hormiguero humano quienes fueron Homero, Dante, Shakespeare o Cervantes, pongo por caso, seguro que, de cada cien personas, sólo unas cuantas, dos o tres, sabrían responder con certeza y convicción. Otras ocho o diez responderían vagamente y el resto no respondería rada.

¿Y entonces? Y por qué tú, sabiendo esto, nos amenazas con...

Pues ...Pues... ¡nada, en suma! ...Pues.... ¡caramba! ...pues que hoy se lee mucho la novela... En la novela, por lo general, se narran cosas que no han pasado, o que, si pasaron, no sucedieron exactamente como lo cuenta el novelista... Luego la novela es mentira; pero mentira que hace pasar el rato y a veces hasta agrada... Aquí las cosas que se cuentan no son mentira y se parecen, sin embargo, a la novela. Tampoco son mentira los nombres ni las fechas.

El único mentiroso resulta, a la postre, el autor; pero mentiroso con él mismo y no con los otros. Él mismo se mintió creyendo en la duración de sus amores, en la incorruptibilidad de sus ensueños, en la firmeza de sus convicciones y en la posibilidad de la dicha... Nadie ha sufrido de la mentira, sino él mismo; y sus males y sus dolores y sus tropiezos, a nadie han causado gran mal...

¿Qué ha de quedar de estos apuntes? Hoy, acaso un libro; mañana, si el libro resulta curioso, el título únicamente. Despues de mañana, otro día, ni el título siquiera...

Y yo también he de pasar, como el libro y antes que el libro. Pasamos casi todos los días, con sólo mudar de sitio. ¿Quién, por ejemplo, ha de acordarse de mí en esta buena ciudad, mañana , cuando el humo de mi barco se pierda en el horizonte? El deseo quisiera que alguien, siquiera, alguien de alma buena y fervorosa; pero no todos los deseos se cumplen y a espaldas vueltas...

Estos olvidos momentáneos son anticipación del otro, del definitivo y eterno.

Y entonces, para consolarse con la idea de que todos hemos de ser olvidados, temprano o tarde, que todos hemos de pasar lo mismo, sólo queda la frase san-ta y desolada que enseña a resignarse y ser humilde: ¡Polvo eres!...

 

Primera parte

La Paz, enero 1 de 19004

En este día de fiesta todos los pasantes lucen trajes nuevos y andan con cara alegre, como si el paso del tiempo les causase regocijo. Las campanitas de San Sebastián repican alborozadas. Grupos de indias ataviadas con trajes en que sobresalen los colores mas vistosos (rojo, verde, amarillo) van a la iglesia, en cuyo atrio ya han de estar instalados mis amigos para ver entrar a las chicas a la iglesia. Allí estarán el narigón Arturo, que le hace la corte a Concha; el valiente Exequiel, que persigue a Encarnación. Yo iré a ver a Julia, la linda morena. Estará también Elsa, la rubia teutona, con sus amigas las E...

Son las nueve de la mañana y debo vestirme. Me pongo mi traje nuevo de jaquet, y cuando entro a la iglesia la misa ya ha comenzado. Encuentro a mis amigos cerca de la lámpara de entrada, mezclados entre los indios que llenan toda la parte baja del templo, porque la parte superior de la nave está destinada a las mujeres únicamente. Las cholas e indias, que forman toda la masa, se arrodillan en el suelo pelado y enladrillado; pero las niñas decentes hacen llevar sus reclinatorios con la muchacha y al arrodillarse en ellos sobresalen y se destacan de la muchedumbre dibujando sus bustos envueltos en el mantón negro...

Después del almuerzo, a las doce y media, Arturo se presenta, como de costumbre, en casa para llevarme a la suya, que es como si fuera mía. Su madre, doña María, me trata con gran cariño sólo porque sabe que su hijo y yo somos inseparables. Y él, Guillermo, Exequiel y yo formamos una sola familia y jamas se nos ve separados. Donde está el uno tienen que estar los demás...

Salimos.

En la plazuela del barrio, sobre la que dan casi todas nuestras casas, hay ruedas de indios que bailan al son de sus flautas tristes. Los phusiphiyas están revestidos de la cintura para arriba, hasta el cuello, con pieles de jaguares; los choquelas llevan pollerines blancos de tela encarrujada y sombreros con especie de diademas de plumas. Solo los khusillos ágiles y graciosos llevan cubierto el rostro. Todos corren de un lado a otro, en fila, sin dejar de soplar en sus flautas, y las mujeres van al fin, también en fila, o bien alternadas con los hombres.

Todas las muchachas que tienen sus casas sobre la plazuela han abierto sus balcones con el pretexto de ver a los bailarines indígenas. Concha ha dejado la ventana de farol de la alcoba de sus padres y que es su habitual y constante mirador, para instalarse en el balcón abierto de su salón, cuyas ventanas miran a la Calle Ancha, llamada así porque es la única en la ciudad que tiene, creo, más de veinte metros de ancho, y a la plazuela; María, en la casa que hace ángulo con la de Concha, ocupó todo un ancho balcón con sus amigas; Carmen Rosa, mi vecina, parece una muñeca de cera por su palidez de cadáver, sus ojos negros y profundos, su tenebrosa y abundante cabellera y su sonrisa dulce y triste; Carmela, la dulce y buena Carmela, hermana de Exequiel, la tímida y huraña pero linda Carmela, también está en su balcón, muy formalita al lado de su madre, la otra doña María, acaso más buena conmigo que la madre de Arturo. Y por fin, Julia, mi adorado tormento, se muestra en las nubes, infinitamente lejos, infinitamente alto...

¡ Qué barbaridad vivir así!...

Los balcones de las otras casas están a una decente altura del suelo, es decir, a cuatro o cinco metros. Los de Concha son los más racionales porque, bajándose ella y poniéndose uno sobre la punta de los pies en la vereda, acaso sea posible confiarse un secreto en voz baja y hasta darse un cálido apretón de manos. Pero Julia queda arriba, colgada entre el cielo y la tierra, a una distancia imposible. Y no es que la casa tenga tres o más pisos, sino que es de dos, como todas las de la plazuela; pero el albañil ha tenido la fantasía de hacer un ensayo de altura y les ha puesto a los pisos techos creo que de ocho o diez metros, de manera que mi novia domina los tejados de todas las casas y están a la altura del llano de Cusipata, que se descubre al frente, junto a los campos de combate de Caja del Agua, donde algunas veces vamos a batirnos a honda con los rivales de esa región, y con éxito, porque siempre resultamos los más valientes...

Mis amigos y yo, trajeados de gala y de dos en dos, recorremos las veredas, luciendo nuestros doblados guantes de previl en el bolsillo del jaquet o de la americana, la flor en el ojal, el junquillo cimbrante en las manos y el pañuelo de seda de subido color verde o rojo, apareciendo junto a los guantes y cual otra flor. Nuestros pantalones tienen raya fresca, están bien cepillados nuestros sombreros y reluce al sol el charol de nuestros zapatos.

En las puertas de calle de algunas casas hay tiendas de suertes. Las chiquillas han sacado a lucir los adornos del salón para atrapar a los ingenuos compradores y el negocio es redondo, porque nunca sale ninguno, pues por cada cien papeles blancos se ponen cinco escritos con premios de chucherías baratas...

A eso de las dos, Arturo me lleva a su casa, que es la misma que ocupa Concha, de quien es inquilino. Charlábamos de nuestras novias, pero a poco se escuchó en la escalera ruido de menudos pasos. Me llego a la puerta y veo subir las gradas a Julia. Un temblor singular me sacude el cuerpo y me entran locas ganas de huir...

Julia es de regular estatura, regordeta. Moreno es el color de su rostro, tiene pequeña y sensual la boca, recta y bien formada la nariz. Sus ojos son oscuros y de mirada no muy elocuente y a mí me parece la mujer más bella del mundo. Viene de visita a lo de su amiga Concepción y posiblemente no sabe que estoy en la casa.

¿Entro? ¿No entro? Las dudas son crueles y mi timidez ha aumentado de volumen. Al fin, venciendo temores, me presento en la puerta del salón y la criada anuncia mi nombre. Julia lanza una exclamación consternada, se pone de pie y quiere escapar; pero la detiene Concha...

Los dos hemos enrojecido hasta la sofocación. Se diría que el vernos es una falta imperdonable. Y, sin embargo, hasta ahora sólo hemos cambiado miradas sostenidas, sonrisas tenues y algún apretón de mano en los encuentros ocasionales. Nunca hemos dicho la más inocente frase de amor; pero ella, por sus amigas, especialmente por Concha, sabe que la quiero; y yo, por los míos, sé que no le soy indiferente...

Concha, muy seria y fingiendo algo que hacer, nos deja a solas... Yo tiemblo y Julia enrojece y abre los ojos espantada y cual si de pronto se hubiese visto al borde de un precipicio insondable. Callamos un rato mirándonos con angustia y sólo se oye el latir de nuestros pechos. Julia baja los ojos al suelo y el rubor le cubre la frente. Yo, pensando que de un momento a otro puede venir Concha y que ya no tendría más oportunidad de verme a solas con ella, hago un poderoso esfuerzo de voluntad y con voz tímida y balbuciente le digo:

-Julia.... ¡Yo la quiero a usted!...

Ella tiembla, se estremece, enrojece aún más y levantando los ojos responde con voz queda:

- No creo... Yo soy incapaz de inspirar amor a nadie... Usted...

Concha reaparece con la misma seriedad y nosotros no podemos evitar un expresivo gesto de despecho. ¡Qué inoportuna, Dios mío! ¿Qué le costaba quedarse unos momentos más?...

La visita se prolonga hasta la oración. Julia se sale a las seis y yo una media hora más tarde.... Me voy hueco, orondo, hinchado de felicidad...

 

La Paz, enero 4 de 1900

Día tristón, opaco, lluvioso. He leído novelas toda la tarde y me siento con la cabeza hueca. En la tarde, a eso de las cinco, voy de visita a lo de doña Emilia, y su hija, la rubia Elsa, aprovechando un momento en que quedamos solos, me pregunta a boca de jarro:

- ¿Verdad que tu amigo Arturo se casa con Concha y tú con Julia?

Yo me callo y Elsa sonríe con cierta pena o despecho. Se me imagina que ha creído que algún día pudiera resultar yo su novio y deben molestarle mis asiduidades por Julia...

Y Elsa es linda. Le llamamos la gringa, porque es hija de alemanes y la conocí mozuela, apenas casi llegada a la ciudad donde el padre venía a curarse de una tuberculosis atrapada en Chile. Era una bella criatura y parecía una de esas pastas que nos vienen del extranjero y se exponen en las vitrinas de las tiendas de lujo, pues tiene los ojos azules, la cabellera dorada, fresco y rosado el cutis, la boca roja y pequeña, bien formada la nariz. Ahora es una moza muy alta y muy delgada, con las claras mejillas teñidas de rosa y sólo tiene feos los dientes: grandes y un poco salidos.

Moralmente es una chica buena, llana, simple, afectuosa. Seguramente sería una compañera llena de devoción, abnegada y solícita.

 

La Paz mayo 27 de 1900

Julia me jura con toda solemnidad que me ama, y yo me siento héroe. Mis amigos han querido celebrar este solemne acontecimiento y esta noche nos hemos ido más temprano que de ordinario al Hotel Americano, para jugar nuestras consabidas partidas de billar.

Es nuestra ocupación. Todas las noches, o las más de la semana, jugamos y bebemos cerveza. A medianoche, o hacia el amanecer, pedimos nuestros lomos montados, que es una chuleta preparada con salsa de cebollas crudas y revueltas en manteca, ají y tomate y un huevo frito encima. Este plato y los copiosos vasos de cerveza que bebemos nos ponen alegre el ánimo.

Arguedas y un grupo familiar

La Paz, junio 4 de 1900

A escondidas de mis padres, he pedido anoche la mano de Julia, y la madre, una matrona alta, seca, amarilla, de mirar torvo, severa, adusta, sonriendo con crueldad de pantera me ha dicho que ni ella ni su hija podían obrar libremente, porque ambas dependían de la voluntad de su hermano, alto y copetudo magistrado de la Corte Suprema. Luego me ha preguntado mi edad, y al saber que pronto he de cumplir 21 años, ha sonreído de manera extraña y me ha aconsejado que consulte primero con mis padres...

He aquí una cosa que yo no haré.

 

La Paz, agosto 6 de 1901

María está furiosa conmigo. Desde nuestra última entrevista no he vuelto sino una sola vez a su casa y esto para hacerla comprender que entre nosotros sólo deben existir relaciones de amistad y franca camaradería, pero no más.

Esta noche estuvo en la retreta. Andaba seria y parecía triste. Iba acompañada de uno de mis amigos, y como desafiándome. En una de las vueltas le hice con la cabeza una seña de inteligencia, cual si aprobase su conducta. En las otras vueltas me quitó los ojos y ya no volvió a mirarme más. Mejor, porque eso debe acabar

 

La Paz, agosto 25 de 1901

Pasando momentos difíciles para escribir la introducción de mi libro Pisagua.

Cosa muy fácil parece escribir bien y con naturalidad, pero no es así. Las ideas, acaso porque son pobres, no vienen bien vestidas, falta la palabra justa en lo mejor o a veces se desborda sin objeto...

 

La Paz octubre 13 de 1901

Recepción en casa de Concha para festejar el cumpleaños de su padre... La muchacha baila y coquetea con uno y otro. Se divierte y hace bien, porque parece que ha nacido para eso. Le gustan la amistad de gentes encopetadas, las fiestas y, sobre todo, vestirse bien.

A mí me da a veces la impresion de una muñeca. Una muñeca bien arregladita por la vanidad de la madre y el ciego cariño del padre; una muñeca agradable para verla y hablarla una hora, un día, pero no toda la vida...

Yo la quiero, pero le tengo miedo y yo no sé lo que haría con ella si fuera mi mujer...

 

La Paz, octubre 15 de 1901

Doy mi último examen del 5o año, que me libra ya del yugo de la Universidad, y algunos amigos, dándoselas de hombres mundanos, me llevan a una casa de mujeres para festejarlo. He pretendido resistir en un comienzo, pero me han saltado que era un afeminado y he tenido miedo al ridículo.

Entramos a eso de la medianoche y salimos al amanecer. Y permanecí limpio, pero salí entristecido y disgustado...

 

La Paz, noviembre 6 de 1901

Una semana de campo con Exequiel y familia. Todos los días baños y merienda a la orilla del estanque, a la sombra de un sauce llorón, o en las galerías adornadas con viejas enredaderas de madreselvas. Las jóvenes bañistas, al salir del estanque, cruzan las galerías envueltas en sábanas que ponen al claro las redondeces de las carnes mojadas; y así descubre Carmen una estatuaria magnífica y atrayente.

 

La Paz noviembre 11 de 1901

Recibo una carta de Chuquisaca, sin firma, pero conozco la letra y sé de quien es. Es de Julia y me dice:

Sucre, noviembre 4 de 1901

Señor: Felicito a usted por el lúcido examen de tribunal que había rendido usted.

Mi deseo ha sido, es y será que el cielo lo llene de bendiciones al principiar a ejercer su profesión. Sea constante en todo y conseguirá los lauros de que es acreedor.

¡ Sea constante en todo!

 

La Paz, enero 10 de 1903

Ayer rindió su examen de abogado mi condiscípulo Felipe Guzmán, y hubo con este motivo una comida en su casa. Yo no estuve, naturalmente, pero sé que a la hora de los postres se habló de mi ensayo de novela Pisagua. Se deslenguaron contra mí y los amigos eran los más afanosos en herirme y fijarse y poner de relieve mis defectos o inventarme los que no tengo. El único que me defendió fue mi joven profesor de literatura don José Palma y V., acaso porque se sentía algo tocado de la censura, porque Palma no deja de proclamar que yo fui uno de sus discípulos más aventajados...

 

París, mayo 6 de 1906

En el teatro Antoine he ido a ver representar El pato salvaje, de Ibsen, y el argumento de la pieza me ha preocupado mucho.

Cada hombre tiene su ideal y vive acariciándolo. Nada importa que ese ideal sea falso; la cuestión es tenerlo. Tampoco importa que tenga por base una mentira y sea una concepción falsa de la realidad o transija con el honor; lo esencial es sentirlo. Y el loco que pretenda arrebatárnoslo, aunque sea para ofrecernos uno mejor o más conforme con la equidad, la justicia o el mismo honor, comete una mala acción.

- No, contesta el idealista exaltado, hay ideales que degradan la especie humana y son aquéllos que se fundan en la transacción con el honor...

- ¡El honor! Bonita palabra. El honor para la mujer está en el sexo; para el ladrón, en robar sin hacerse coger.... Dejad que vivan los seres con aquello que creen constituir su dicha...

Y el exaltado, ante la razón fría del que no se apasiona, deja escapar su grito angustiado:

-  Si tienes razón y esa es la vida, no merece la pena de vivirse..

EI viejo Ekdal representa a los pobres de espíritu, a aquellos que se engañan a sí mismos pensando tener una alegría y se consideran dichosos. Tuvo antes el viejo Ekdal un espléndido bosque donde hacia sus cacerías de osos y en su espléndida vivienda gozaba de todo clase de comodidades y holguras; pero luego cayó en la miseria y ahora vive en el último piso de una casa de alquiler. Sus aficiones a la caza persisten y tiene una pistola y un fusil, y hace sus correrías imaginarias en un patiecito lleno de cajones de madera y donde hay unas gallinas y un pato salvaje que cuida y mima. Y se cree dichoso el viejo, y cada vez que se acuerda de sus bosques, de sus correrías, se entusiasma, coge su pistola, se encierra en el patiecito, se revuelca en la avena, da grandes gritos, dispara al aire y revive su vida pasada. Hay que dejarle y no pretender convencerle que eso que hace es ridículo y que su alegría nace de la ficción; no. La mayor parte de la humanidad está compuesta de esta clase de seres. ¿Por qué afanarse en cambiarlos?

Gregers Werte, el mancebo exaltado que cree en la justicia, en el honor, en la dignidad, que lucha por sus convicciones y las defiende contra todos y a pesar de todo, defendiéndose del padre y de la familia, simboliza a esa casta de soñadores exaltados, de iluminados y de ciegos que sólo tiene ojos para ver únicamente la luz proyectada por su ideal.

Y el doctor de palabra severa y grave y que con rudeza reprocha a Greger, que venga a destruir la ilusión de Exdal abriéndole los ojos a la realidad, es el pensador entristecido por el espectáculo de la vida pero que se conforma con sus contrastes y la toma como es; es el filosofo resignado y sereno que mira con piedad y simpatía a los hombres tan llenos de mentiras y de vicios. ¿Para qué luchar? Dejemos que cada cual viva como pueda y como mejor le cuadre; dejemos a cada uno con su mentira vital...

 

París, diciembre 31 de 1906

Hace más de quince días que los periódicos franceses disputan sobre un asunto de apariencia banal, pero que revela un profundo amor por conservar religiosamente el pasado, íntegro, sin variaciones, estrictamente cabal. Trátase de saber a ciencia cierta de qué color eran los bigotes de Napoleón; y hubo y hay todavía infinidad de escritores poetas, militares, artistas e historiadores que, encaramados en las columnas de los mejores y más elegantes periódicos, disertan largo y tendido sobre el tema, cuentan aventuras personales, narran anécdotas y evocan detalles menudos de la vida, costumbres, maneras y características del Emperador.

Esta disputa lleva trazas de resolverse satisfactoriamente para todos, o sea para los que creen que los bigotes eran morenos y los que dicen que eran rubios tirando a rojo, y hasta para los que sostenían que eran de un gris sucio, porque graves y eminentes personajes que gozaron de la intimidad del Emperador aseguran, gravemente también, que eran negros cuando el Emperador tenía 40 años y que fueron poniéndose grises y amarillos a medida que el hombre se hacía más viejo y más vicioso al cigarro.

Aparece ingeniosa y muy verosimil esta manera de dilucidar un delicado punto de la historia. Así tiene razón Emilio Faguet, que fue el iniciador de la polémica, y lo tiene igualmente el crítico de "Le Temps", que sostenía un punto de vista contrario. Cuando preparaba Pisagua, librejo cuya publicación fue un lamentable equívoco, me preocupé de averiguar de qué color eran los ojos de Melgarejo y me puse en busca de documentos sobre ese trascendental punto de historia; pero no pude encontrar uno solo decisivo. No existiendo documentos fehacientes sobre la materia, me puse a interrogar a las gentes viejas; pero mi confusión fue más grande todavía, porque unos me decían que eran negros; otros, pardos; estos, azules; aquellos, grises; y hasta no faltó quien me asegurara formalmente que eran rojos y juraba haberlos visto de tal color, con sinceridad y vehemencia, por lo que colegí que hubo de verlos en algún día en que el bueno de don Mariano estaba turbado por el alcohol y encendido por la llama de la concupiscencia, que ardía de continuo en él y violentamente...

Medio corrido por tanta incertidumbre, decidí, por último, recurrir a la única persona que, sin equivocarse ni vacilar un segundo podía darme razón cabal y exacta del color de los ojos de Melgarejo, pues los había visto siempre brillar sobre los suyos en raptos de pasión. Resolví dirigirme a doña Juana Sánchez, la amada de los mejores días y quizás la inspiradora del crimen... Y rogué a mi buena amiga doña María Calderón de Romecin, íntima suya, le pidiese aclarara este punto, de trascendencia histórica. Y así lo hizo y por ella supe que los ojos de Melgarejo eran... ¡verdes!

 

París, febrero 24 de 1907, domingo

La cosa marcha. Lentamente, pero marcha. Y es lo esencial.

Todas las noches, absolutamente todas, tengo sueños agitados y siniestros. Tan pronto caigo de alturas inconmensurables como lloro la pérdida de uno de mis padres. Mis sueños son amargos y tristes Siempre la familia en duelo, el hogar en ruinas y yo cayendo, cayendo, cayendo...

Mi nerviosidad ha aumentado y también mi indecisión. Un momento pienso una cosa; luego, otra. Imagino viajes, preparo planes, pero a nada me resuelvo. Antes de comer, por ejemplo, hago la formal resolución de salir a pasearme; pero, pasada la comida, me invade una pereza invencible. Y, entonces, me tumbo en la cama con un libro en la mano.

Esta mañana me he despertado con la idea de viajar por Suiza y he resuelto llevar a cabo mi deseo en el mes de mayo. Esto ha de durar poco: mañana o cualquier otro día se me meterá en la cabeza ir a Londres o Barcelona y concluiré por no ir a ninguna parte y por embutirme cada día más hondo en este agujero hediondo donde el olor de papel impreso me va matando lentamente.

¡Cuán pobre cosa es un hombre enfermo por falta de voluntad!

 

París, marzo 8 de 1907, lunes

Sé que un amigo íntimo de la infancia se ha casado. Él nada me ha escrito y lo supe por un extraño...

Todos mis amigos, las que fueron mis amadas, mis conocidos, se han casado. He quedado solo... más solo que nunca.

Y es que hay, o mejor, de mí se desprende cierta frialdad ahuyentadora. Jamás afectos puros han idealizado mi vida: siempre desconocido y desdeñado sin ser comprendido nunca. ¡ Yyo siento que hay caudal inmenso de cariño en mi alma! ¡ Siento que si me viera querido, tendría fuerzas para realizar muchas cosas!...

 

París, marzo 18 de 1907

Pereza, fastidio de todo, inquietudes vagas, tristeza.

La esterilidad de mis esfuerzos me espanta. Estoy condenado a ser irremediablemente vulgar como escritor. Escribir ya me da miedo: siempre el clisé usado, la uniformidad desesperante.

Quisiera ser rico. Vagaría por el mundo, en fiebre intensa. Compraría amigos, mujeres y perros, y éstos con preferencia a los otros. Soy pobre y débil: tengo por distracción el fatigar mis nervios con lecturas que no dejan su sedimento en mi espíritu colmado por el aburrimiento...

Ha pasado mi juventud y aún no tengo treinta años...

Melancólico por atavismo, casi enfermo, he recorrido los años de mi vida con los ojos fijos en las variaciones de mi alma siempre sedienta de emociones tiernas, intensas y durables; pero sin encontrarlas nunca...

No he sido útil a nadie ni a nada. Y pesa sobre mi un inmenso arrepentimiento.

 

París, marzo 22 de 1907

La primavera ha comenzado oficialmente ayer, a las 6 y 42 minutos de la tarde: así lo dicen los calendarios, documentos graves de profunda y paciente observación.

Es lo de menos, sin embargo, pues con sólo mirar este cielo de suaves y discretas tonalidades se sabe que hemos entrado al mes de las flores.

Pero el cielo aquí no ofrece la intensa coloración del cielo tropical, y menos del cielo andino. Allí tiene un azul casi agresivo, y en las noches calmadas, tórnase negro y sobre ese terciopelo oscuro, saltan potentes las estrellas.

Bello cielo es el cielo de mi tierra. Al decir del sabio Dereims, sólo el del África, sereno, placido, es comparable a ese mi cielo. Éste de Europa o, mejor, de París, es pálido, casi desleído: en las lejanías toma color gris y las estrellas no fulgen intensas en él. Nosotros miramos a las estrellas de más cerca; somos más vecinos...

¡La primavera! En los prados, en los bosques de estas tierras medidas, regladas, cultivadas, descoloridas y raras avecillas, discurriendo entre las ramas de los árboles semidesnudos, ensayan humildemente sus trinos, sofocados a menudo por el estridente piteo de los trenes fugitivos y por el taf-taf de los automóviles vertiginosos y malolientes.

Cuando se recorren estos bosques de monótona flora, plantados de intento, cultivados con esmero, en que los arroyos corren por cauces artificiales y se abisman en lagos hechos por artificio también, se sorprende uno de no oír el canto armonioso de las aves, alma y vida del follaje, y se siente poseído de discreta, calmada melancolía.

A veces, recorriendo estos prados y estos bosques de Fontainebleau, de Meudon, de Vincennes y otros, me siento nostálgico de la tierra.

Allí, en mi tierra, todo es natural, espontáneo, abrupto. En nuestras montañas agrestes, en el fondo de nuestros valles cerrados y de huraño aspecto, los bosques crecen en potente manifestación de fecundidad. Los arroyos repiquetean precipitándose impolutos sobre roca dura o blando césped; hay gama de colores en el paisaje y de voces en la fronda. Aves e insectos se asocian para poner actividad expansiva en sus zumbidos y en sus trinos; las flores silvestres abren sus broches e inciensan la atmósfera, y hasta en la vasta aridez de la puna inclemente y austera hay rumor de olas, zumbido de aves marinas y silbidos del viento.

Esto está muy refinado, muy medido, y yo prefiero el salvajismo agreste de los paisajes de mi tierra a estos prados magníficos. Al taf-taf de automóviles y motocicletas, prefiero el canto de un mirlo huraño; a los caminos llanos, limpios, de estos bosques artificiales, la áspera rusticidad de nuestros senderos abiertos a cuchilladas por en medio de la selva virgen; a los cómodos bancos de estos parques, el rugoso tronco de un árbol viejo derrumbado por el huracán o la carcoma del tiempo, siempre desvastadora....

!La primavera! Bella es. Todo adquiere nuevo aspecto: la sangre circula con precipitación y pone agilidad en los músculos; la savia, sangre de los troncos, triunfa en botones y éstos en flores; el césped adquiere nuevo color, la vida, en fin, parece que se hiciera más agradable, más comunicativa, más generosa, si cabe generosidad en la vida. Los ojos, el olfato, es decir, los sentidos, se recrean...

Los míos gozan en esta mañana, en esta estación; pero allá adentro, en lo íntimo, siento avecinarse prematuro otoño con el marchitamiento de pasiones y deseos, de fe optimista en las cosas y en los hombres, mis hermanos, según palabras divinas, pero mis enemigos, según mi experiencia de hombre...

 

París, abril 4 de 1907

Hoy, paseando por los muelles del Sena, he comprado por vil precio un lote de libros de escritores españoles y suramericanos. Fueron enviados estos libros por sus respectivos autores a un escritor famoso en el mundo, Max Nordau, el autor de Mentiras convencionales y de Degeneración, que tanto ruido metieron a la hora de su aparecimiento...

Nordau no se ha dado la molestia ni de hojear siquiera los libros, porque todos están sin recortar, y lo solo que hizo, acaso, fue leer las dedicatorias.

Las hay curiosas. La siguiente de José Enrique Rodó, en cabeza de Ariel, es notable. "Al eminente pensador Max Nordau envía respetuosamente esta 'profesión de fe' propuesta a la juventud hispanoamericana, con el deseo de que merezca la aprobación de su noble espíritu". Díaz Rodriguez, en sus Ídolos rotos, pone: "A mi querido e ilustre maestro Max Nordau, muy respetuosamente". Blanco Fombona, en su novela El hombre de hierro, dice: "al Dr. Max Nordau, con la admiración más entusiasta". Manuel Ugarte escribe en Enfermedades sociales: "A Max Nordau, son admirateur"... etc. etc.

Son ocho o diez los libros que he comprado en 2.50 Fr., y ninguno fue leído. El libro de Ingenieros, Las simulaciones de la locura, me ha costado 30 Cts; el Ariel, de Rodó, 20; Ídolos rotos, de Díaz Rodriguez, 75; La Duma, de Luis Morote, 10; Las enfermedades sociales, de Ugarte, 10. He leído dedicatorias de Bobadilla, Ingenieros, Gómez Carrillo, Arguelles, Rubén Darío y otros. Unas eran humildes, aduladoras, insinuantes. Otras, serias, graves y dignas...

¡La gloria literaria! Ha de costar mucho el conquistarla; mas, luego de conquistada, se me hace que no ha de aportar un lote seguro de alegría y satisfacciones, porque esta gloria es pasajera y pronto se esfuma.

No sé ni recuerdo si Taine o Renan ya lo dijeron: la memoria de la humanidad está recargada, porque es grande el catálogo de nombres célebres, y este catálogo aumenta todos los días de una manera formidable.

He aquí, por ejemplo, un cuadro estadístico publicado en estos días:

La producción literaria en Alemania ha sido de 44.398 obras nuevas de 1856 a 1860; de 109.788 de 1891 a 1895; de 156.607 de 1901 a 1905. La producción es más intensa que en Francia, donde, según Petermann, habría sido en 1901 de 10.133 obras; en Inglaterra, de 6.043; en Estados Unidos, de 7.141.

La excesiva producción intelectual hace caer en el industrialismo y el factor más importante de éste es la propaganda, el réclam. Y los literatos se lo dan hoy íntegro y despreocupado hasta el cinismo. He aquí, para que se vea, cuatro réclams tomados de dos periódicos"Le matin" y "L'Echo de Paris", del mismo día, o sea de 28 de febrero último:

" ¡Una buena nueva! Luis Dumont publica esta semana La Louve, una bella narración de amor, de voluptuosidad y de sangre, en la decoración más espléndida de la Roma decadente. El más bello triunfo espera a esta obra extraña, osada y magnífica, que el maestro. Paul Adam, cuyos Fuegos de Sabat obtienen un exito legítimo, ha precedido de un entusiasta prefacio".

Y otro, del mismo periódico, "L'Echo de Paris":

"Un nuevo escándalo acaba de estallar. El culpable es conocido, pero no será molestado. Es nuestro colaborador Alberto Boissier, autor del Escándalo de la calle Boissiere. Porque este escándalo es una novela alegre; y esta novela es un triunfo.

Ahora otro, de "Le Journal":

"En el curso de sus visitas nocturnas en los cuarteles parisienses, Mr.Cheron se asombró de encontrar las garitas de centinelas ocupadas por un soldado sin armas, el cual, a la luz de un linterna, leía la Novela de un joven bello.

¿Dónde están, mi amigo, tu fusil y tu bayoneta?

-  Ah, señor, respondió el funcionario, mostrando el alegre volumen de Willy-río, luego estoy desarmado.

Y un último, para concluir:

“La llave de la vida, de Leon Tinseau, es la muy picante novela de un solterón viejo, egoísta que, mezclado en intrigas complicadas, concluye por hacer un matrimonio de amor..."

 

París, mayo 26 de 1907

Carlos Morice, "el cerebro de la escuela simbolista", da una conferencia sobre la pintura de Carriére frente a la obra del artista reunida en exposición temporal en una sala exclusiva.

Morice es un hombre alto, seco, flexible, nervioso. Encuadra su rostro huesudo una barbilla rala, dos bigotes pequeños y también ralos y una cabellera escasa y canosa: diríase un D. Quijote joven y enérgico.

Fue Morice el discípulo ferviente, el amigo devoto de Carriére, y ha escrito todo un libro sobre la vida y las obras del artista. Ahora ha de condensar la materia de su libro en una charla sustanciosa a la que debe concurrir Mme. Carriere, la viuda, con sus hijas. Lentamente vamos llegando los curiosos y, al último, grave y triste, aparece la señora acompañada de sus hijas. Todo el mundo saluda poniéndose en pie.

Alta, gruesa, de continente sereno, grave, majestuoso, es la misma que aparece en la mayor parte de las telas del artista. La ha pintado con amor y respeto, acentuando los rasgos salientes, más que de su físico, de su fisonomía moral... Acaso para recordarnos la maravillosa escena del cuadro del Luxembourgo, La familia, al sentarse la hermosa señora inclina la cabeza sobre el hombro izquierdo y apoya la mano en la mejilla, en actitud pensativa y triste. Allí, delante de nosotros, está, pues, el gran modelo. Y, pásese en viata todas las teIas de Carriere y siempre se la verá a ella, así como ahora está delante de este público, poco numeroso, es verdad, pero devoto y comprensivo.

Esos sus ojos velados y melancólicos, esos sus labios místicos y hechos a besar cabezas de niños, esa nariz recta, bien perfilada, esa cabellera ondulada, abundante y hoy ya canosa, son los mismos que se ven en casi todos los cuadros pendientes ahora a lo largo de estos muros..

La preocupación constante de Carriere, según Carlos Morice, es la maternidad. Siempre han movido sus pinceles las intimidades familiares, el lazo afectivo que une en el hogar. Sus telas vaporosas y sombreadas poco dicen de materialidad: no se ve en ellas palpitar la carne; pero se adivina que quiso traducir más bien estados de ánimo y el momento psicológioo de intensidad afectiva del modelo. Recúerdese, sino, el retrato de Verlaine.

Según el profesor Seailles, "Carriere no quiere que el personaje vaya al encuentro del espectador, que sea pintado para los otros. Quiere que exista en él mismo y para él mismo, que respete el misterio de su propia vida, que guarde la sinceridad y la muda elocuencia de los seres que viven sin sentirse observados". "Desdeña lo que a primera vista se ve, todo aquello que de inmediato descubren los hombres, el brillo o el color de los ojos, el rosa de una boca, el matiz de una epidermis". "Lo esencial es la pasión donde la vida se concentra y se exalta, manifestando sus instintos primitivos no por signos superficiales sino por lo que hay de más real en las formas" (Prefacio al catálogo de las obras de Carriere).

Por eso los cuadros de Carriere turban y desconciertan a quienes están acostumbrados al colorido vigoroso de Delacroix, pongo por caso. En los cuadros de Carriere no hay sino dos o tres tonos: el blanco, el gris o el rosa, que se combinan y entremezclan hasta borrar las lineas del dibujo. No se ve sino una mancha gris o amarillenta, con contornos vagos, indecisos, simuladores de una cabellera desordenada, de un torso desnudo, de un seno lleno de savia pero ahogado en sombras, de un rostro, en fin, sumergido en la penumbra.

No hay pues, entonces, que ver en los cuadros de Carriere la representación sensible de lo externo. Carriere es un pensador y un poeta: ha pintado momentos psicológicos eligiendo siempre ése que se manifiesta vigoroso y sano en todo tiempo y lugar: la Maternidad.

Lo dice bellamente Morice:

"El artista recuerda a sus contemporáneos privado del consuelo de las revelaciones antiguas, que llevan en ellos mismos el principio eterno, eternamente fecundo, de la esperanza; que sus alegrías y deberes están inseparablemente mezclados. Él conoce y comparte su necesidad de vida intensa: les dice lo contrario de Tolstoi (la salud está en vosotros) y contra Ibsen (el hombre más fuerte es el que vive solo), que los elementos de una tal vida están en el centelleo inmediato de la personalidad, en su multiplicación por el amor y en esta perpetua presencia activa de todas las fuerzas que el amor y las peripecias del amor solicitan. Fiel a los principios que gobiernan su espíritu, invariablemente convencido que, por una parte, el consentimiento proyectado a las leyes de la necesidad y, de otra, el legítimo deseo de independencia y de reposo acondicionan al ser humano y su belleza, él nos muestra la más alta expresión concebible de belleza verdaderamente humana en esta sublime imagen de la Madre vigilante y repartida entre la orgullosa felicidad de sentir palpitar, de ver desarrollar en sus brazos el pequeño ser hecho de su carne y el terror de las numerosas posibilidades negras. "¡Enseñanza de heroísmo dado por la ternura!; ¡la Madre! ¡La Religión de la humanidad buscaría en vano objeto más digno de adoración! Ella prodiga el entusiasmo a las inteligencias superiores, a estas divinas encantadoras de la poesía y de las artes y a las cuales debemos el mejor testimonio que podamos dar a nuestra dignidad.

Y sobre estos dos esfuerzos que reclaman desigualmente las energías, ella funda su templo ideal: sobre el altar o en el santuario, o sobre la cima de la torre, ella pone la imagen de este otro esfuerzo donde colaboran incesantemente todos los elementos del compuesto humano, en que se encuentran el pasado y el porvenir y que afirman la fe de la especie en su continuidad".

(Mercure de France, año 1906)

"Carriere, según el mismo crítico, es el maestro del porvenir". Cuando se quiere estudiar los reflejos físicos de las impulsiones afectivas, habrá necesidad de consultar su obra....

Concluida la conferencia de Morice, he comprado el retrato de Verlaine, considerado por la crítica como obra perfecta. Este retrato tiene su historia y la cuenta el mismo Morice.

Verlaine estaba en los últimos años de su vida. Enfermo y melancólico (año 1891), la mayor parte de su tiempo se la pasaba en el hospital, situado en un barrio extremo de París y a donde había que ir para verle cuando la enfermedad le tenía recluido en el lecho. Carriere quiso hacer su retrato y le mandó invitar con Morice, y para recibirlo había hecho instalar en su taller algunos muebles de reposo donde pudiera descansar su amigo el poeta. Morice iba a buscarle todos los días en coche; pero Verlaine se negaba casi siempre a ir con él, porque en el hospital no le permitían sino contadas horas de ausencia y el prefería pasarlas con sus amigos íntimos o bebiendo licor en las tabernas. Al fin un día, instado por los ruegos de su joven amigo, consiente en atravesar París e ir al taller del artista; pero una vez llegado a él, no posa un solo momento. "Durante toda esta única sesión de algunas horas -dice Morice-no cesa de recorrer de un lado a otro el taller hablando en voz alta, con este verbo efervescente -el suyo- fuerte y bello, que arrollaba los pensamientos, las anécdotas, las imágenes, los poemas: descansaba riendo y rebotando en un sollozo el caprichoso monólogo, despreocupado de los oyentes -los suponía uniformes de tema-, la vida del poeta, o cuando más los iniciaba, por sugestiones rápidas a puntos esenciales, para en seguida escaparse en divagaciones de ironía dolorosa. De vez en cuando la replicaba yo para atraer su mirada y su rostro hacia el caballete. Carriere no cesaba de trabajar ni un solo instante. Verlaine partió, yo creo, sin haberlo visto siquiera".

Éste es el retrato que me he comprado. Los ojos del poeta parecen humedecidos de llanto y en sus rasgos todos hay algo que habla elocuentemente de miserias físicas y morales, de padecimientos fisiológicos, de una larga serie de martirios. En este retrato está el alma del pecador, su alma buena, inofensiva y generosa.

 

París, septiembre 8 de 1907

Ceremonia grave y solemne en el cementerio de Pere Lachaise. Mucho sol, muchas flores, mucho silencio. Como es domingo, paseantes en las avenidas blancas, de color de mármol. El sol no invita a pasear cementerios, que siempre hablan de tristezas.

Junto a la tumba baja y modesta, se detienen los peregrinos. Casi todos son viejos. Barbas blancas, rostros pensativos. En los ojos, cansancio infinito de haber contemplado pasar la vida con su cortejo de dolores; en las frentes marchitas, huellas profundas del tiempo. La mayor parte de estos viejos lucen en las solapas cintas rojas, azules, verdes: a no dudarlo, han realizado muchas acciones buenas.

El más viejo y, por lo mismo, el más curvado, toma la palabra y dice un discurso bello y sustancioso. Sus ideas son sugeridas por la experiencia; ¡pero dice tantas cosas tristes! ¡Hablaba con voz tan cansada, tan lenta, tan grave!

Encima del mármol de la tumba, flores frescas y coronas de porcelana. Se lee en la piedra en letras grandes:

Auguste Comte

Sobre el nombre, una divisa ejemplar y austera:

El amor por principio, el orden por base, el progreso por fin

Estos hombres graves y viejos son discípulos y amigos del filosofo. Hace cincuenta años justos, humilde, calladamente, trasladaron sus restos a este rincón, junto a los de sus devotos amigos, de sus santas compañeras.

Comte murió en la miseria, desdeñado y olvidado por la gran masa del público. Fueron sus discípulos quienes, por suscripción, pagaron sus modestas deudas e hicieron imprimir sus libros. Casado con una mujer de vida alegre, egoísta y cruel, su vida de hogar fue una constante y tremenda catástrofe. Al casarse con la mujer fácil y de pasado luctuoso, creyó que la vida serena del hogar la redimiría, es decir, se casó por mostrarse fiel a su creencia en la perfectibilidad humana; pero fue defraudado por la penosa realidad. Y se sintió vencido por un instante; mas su misma desgracia le dio fuerza para afirmarse en sus convicciones doctrinarias y, algunos años antes de morir, encontró otra mujer, diligente y desgraciada, que le inspiró su creencia mística de la religión del amor...

 

París, octubre 30 de 1907

El Constitucional de Caracas, periódico servil que defiende la dictadura, publica a menudo crónicas de Rubén Darío, Ramiro de Maeztu, Carrillo, Bona-foux, Blanco Fombona y otros escritores del día, y en su número de 28 del mes pasado trae una crónica de Gómez Carrillo alada de estilo, insinuante pero falsa y hasta embustera.

Se empeña Carrillo en describir con el mejor colorido posible una conferencia de la Sorbona, y al punto descubrimos, los que asistimos a ellas, que Carrillo nunca ha estado en la Sorbona y que suple su ignorancia con el vuelo de su fantasía, que es prodigioso e incontenible. No conoce Gómez Carrillo lo que son los cursos en la Sorbona hoy día. Acaso asomó alguna vez, hace mucho tiempo, cuando Renán daba sus lecciones de Historia Sagrada en una cátedra del Colegio de Francia (no en la Sorbona, como asegura Gómez Carrillo); pero hoy, preocupado de cosas más sugestivas, tales como saber la evolución de las ideas de Willette sobre la psicología montmartresca, le falta tiempo para enterarse personalmente de la corriente de ideas que circula por colegios y universidades de París, y, al pretender reflejar la vida universitaria, consigna burdas falsedades nada propias de quien hace gala de interpretar la vida de París en todas sus manifestaciones.

El primer error, el error inicial de Gómez Carrillo, es creer que todavía los suramericanos y aun los mismos españoles sienten pereza, miedo y repugnancia por los viajes, como sentían sus contemporáneos de hace quince o veinte años... Ahora unos y otros se sienten empujados por la fiebre locomotiva, y quien disponga de algunos cientos de pesos se lanza en aventuras por el mundo y se echa a recorrer las capitales europeas hartándose en toda clase y calidad de sensaciones, según el temperamento, la educación y las aficiones de cada uno. Quien viene hoy a París ya no resulta un ser extraordinario y digno de toda clase de prerrogativas, como acontecía antes. Sólo en mi tierra aún gozan de algún privilegio quienes se alejan de sus fronteras. Y es que Bolivia ocupa el corazón de la América tropical, se halla cerrada entre montañas y desiertos verdes, y las novedades llegan allí con alguna demora. Además, predomina todavía el elemento indígena, y los indios consideran ser superior al que va vestido a la europea, gasta anteojos y chapurrea alguna lengua extranjera.

Por eso al gringo le reciben con toda clase de honores y halagos, y el gringo nos embauca, se apodera de nuestras riquezas y hasta nos quita nuestras mujeres. El hijo del país que se lanza a correr por el mundo y vuelve al cabo de años simple de maneras, simple en sus trajes, simple en sus charlas, está perdido; pero el que simula, finge haber olvidado el idioma de sus padres legítimos, los indios, y desconoce ya el sabor de los platos criollos o los encuentra feos o insípidos, ese es considerado como un hombre superior y aprovechado, y le aplicamos la teoría vulgar y estúpida de que quien viaja a Europa cambia de hecho de estructura mental, muda de alma, doma sus instintos raciales e injerta, por fin, otra sangre en sus venas hinchadas por glóbulos de sangre incásica...

Gómez Carrillo sigue pensando en cosas viejas y se imagina que los suramericanos aún ignoran las cosas de París; pero como tuvo el mérito indiscutible de revelarnos hace algunos años, aunque apropiándose de lo ajeno, los secretos del simbolismo, decadentismo y parnasianismo literarios, y de hablarnos por primera vez en castellano de Baudelaire, Rimbaud, Verlaine, Samain, Oscar Wilde, Moreás y otros, quiere ahora iniciar a sus lectores habituales en el secreto de las universidades de París. Y véase la manera. Dice, por ejemplo, hablando de los anfiteatros de conferencias:

"Las butacas de las primeras filas nada tienen que envidiar a las de Vaudeville"

Y esto es del todo falso, porque ni en el Colegio de Francia ni en la Sorbona hay butacas. Sólo hay modestos bancos de madera con respaldos y, algunos, los delanteros, con mesillas para escribir.

Carrillo escribe maravillas del profesor Emilio Faguet y le supone único digno superviviente de una gloriosa falange de sabios; ridiculiza al profesor Dumas, y pone en sus labios frases galantes para halagar la vanidad de su público compuesto de la nobleza del barrio de Saint Germán, y no vacila en sostener que no hay entre ese público pálidas muchachas rusas que ponen nota alegre a las salas, por lo general, oscuras, con sus gorritas de astrakan.

Se lee esto y al punto se recuerda que Faguet emitió juicio en "Los Anales" sobre el libro de Gómez Carrillo en que relata su viaje imaginario al Japón... Y una alabanza se paga con otra. Y nada más...

Porque en esto de provocar alabanzas o de pagarlas en moneda corriente y de la misma ley es maestro Gómez Carrillo, como lo prueba esta anécdota que me ha contado mi amigo Luis Santullano y tiene sabor original y picante.

Siendo Carrillo casi desconocido como escritor en España, escribió una carta comedida a Clarín, que entonces llevaba con don Juan Valera la férula de la crítica española y daba el tono de las opiniones de América y hacía o deshacía reputaciones. Le decía Carrillo en su carta que, habiendo recibido invitación de unos grandes capitalistas interesados en fundar una revista de difusión cultural, le habían encargado la sección española y pedido invitase a colaborar a los principales escritores de España, ofreciéndoles una espléndida remuneración. Y él, Carrillo, lo primero que había hecho era pensar en el gran maestro Clarín, de renombre universal, el más sólido prestigio literario de la península, para pedirle su colaboración a la revista. Sus artículos le serían pagados en la más alta tarifa del periódico, o sea 150 francos cada uno, etc., etc...

Leopoldo Alas, Clarín, era pobre y terriblemente avaro; a decir del maldiciente Bonafoux, se mataba con Dios por una peseta. Naturalmente, Clarín recibió con júbilo la noticia y le respondió una carta llena de agradecimientos y ofreciéndole su amistad en términos corteses y hasta entusiastas. Replicó Carrillo con otra no menos férvida y llena de promesas y ofrecimientos. Pasó un mes y dos meses también pasaron, al cabo de los cuales Carrillo le envió los originales de uno de sus libros, creo que Almas y cerebros, pidiéndole prólogo. Entonces don Leopoldo, alucinado ya con las perspectivas de un buen negocio, escribió uno entusiasta que divulgó el nombre de Carrillo en España y fue un gran clarinazo en América, donde la autoridad de Clarín se ejercía sin control y hasta despóticamente....

Era lo único que esperaba Carrillo, porque inmediatamente le dirigió una carta de agradecimiento donde le anunciaba que, habiendo tropezado la empresa con dificultades invencibles, se había suspendido de pronto la publicación de la revista... que solo existió en la imaginación fecunda de Carrillo...

 

París, octubre 4 de 1908

La Revue, en su número del 15 de septiembre último, publica algunas cartas de Nietzsche, dirigidas a su madre, a su hermana, a la condesa Salis Marchlins y a Pedro Gast, el músico y autor, creo, de una documentada noticia biográfica de Nietzsche.

Trágicas son la cartas publicadas. Por ellas se puede seguir el curso lento de la enfermedad que ahogó su conciencia y parte de sus facultades.

He aquí el fragmento de una dirigida a la condesa Salis-Marchlins:

"He estado muy asiduo en el trabajo, al punto que tengo derecho de retractar el gemido de mi última carta sobre "el verano caído en el agua". Hasta he logrado conseguir más allá de lo que esperaba de mí.... Resultado: mi vida durante estas últimas semanas fue presa de algunos desórdenes. Me levantaba muchas veces en la noche a las dos "empujado por el demonio" y anotaba todo lo que me pasaba por la cabeza...".

Aquí, se ve, hay desorden en la sucesión de las ideas y frases absolutamente incomprensibles, salvo que esto sea debido a las dos traducciones, la una del alemán al francés y esta mía del francés al castellano.

En lo que no hay confusión y salta patentemente a los ojos es el hondo resentimiento que guardaba Nietzche contra sus compatriotas, por los que fue maltratado, y la conciencia de su desgracia y la seguridad que tenía de no haber sido jamás feliz. Es conmovedora la carta que a este respecto le escribe a su hermana el 20 de octubre de 1888.

"Tú deberías ver cómo todo el mundo, aquí y en todas las clases, se alegra cuando yo aparezco; cómo involuntariamente cada uno muestra la mejor cara y la más llena de tacto de su carácter, toma las maneras más educadas y las más amables. Pero, además, esto pasa no solamente aquí sino donde me encuentre. Excepto la Alemania: allí yo no he vivido sino de cosas feas".

"Cuando más tarde se escriba mi historia, será necesario decir: no fue maltratado sino por los alemanes. ¡Cielo! cuán bizarros son estos alemanes y ¡ay! cuán aburridos. Ninguna palabra inteligente no viene más de allí para mí".

Éste es un reproche doloroso. Como Schopenhauer, como Heine, se siente amargado y dolido por la injusticia de sus compatriotas, la más dolorosa en verdad...

En cuanto a su obra misma, tiene frases turbadoras. A su amigo Pierre Gast le escribe el 9 de diciembre de 1888:

"Desde hace días fojeo mi literatura, a la cual por la primera vez no me siento inferior. ¿Comprende usted esto? Todo lo he hecho muy bien, pero sin tener nunca la noción, ¡al contrario!"

Y es más explícito y más turbador todavía esto que le escribe al mismo amigo, trece días después, el 22:

" ¡Muy curioso!' Cuanto más comprendo mis escritos desde hace cuatro semanas, más los aprecio. Francamente yo no he sabido jamás lo que significaban. Mentiría pretendiendo que ellos me han impuesto, a excepción de Zaratustra. Es como la madre respecto de su hijo: acaso lo ama pero en la más estúpida ignorancia de lo que es el niño. Ahora tengo la más absoluta convicción de que todo ha venido bien, desde el comienzo todo concuerda y quiere concordar. Anteayer he leído El nacimiento... ¡Qué cosa de indescriptiblemente profundo, tierno, lleno de beatitud...!

El último billete a su amigo es trágico. Después cae en la locura y no escribe sino frases de imposible conexión, absurdas. Dice el billete:

A Pierre Gast 4.1.89. 4h.mañana. A mi maestro Pietri,

Cantadme un canto nuevo. El mundo está transfigurado y todos los cielos se regocijan.

El crucificado.

Nada más. Es la primera manifestación de su locura y el primer billete que firma con ese seudónimo que entraña una profunda amargura. Como Cristo, se siente mártir, solo, abandonado, crucificado. Ha padecido decepciones y angustias por la regeneración humana y muere loco, loco de atar...

 

Segunda parte

La Paz, marzo 24 de 1943

Polonia bajo el terror nazi

"Diez mandamientos para los nuevos alemanes". La campaña de exterminio contra los polacos. Un pueblo esclavo

Londres, marzo de 1943. a comienzos de diciembre de 1942, Ventzki, el alcalde de Lodz, anunció a comienzos de año se cerraría el registro en que debían inscribirse todas las personas que vivían en Polonia y que deseaban figurar como alemanes. Así se ha hecho. Un artículo del Gauleiter Forster, publicado en la "Deutsche Rundschau" del 19 de diciembre 1942, ha informado a estos añeamet que fueron forzados a inscribirse en el registro, aunque eran polacos, que desde el comienzo tendrían deberes, pero no derechos. "Me dirijo a aquellos, dijo Forster, que deseen volver a ganar su nacionalidad alemana, por el momento envuelve principalmente deberes. La gente debe dar prueba de que tiene sangre alemana por su disposición a trabajar y a hacer sacrificios, y por su activa cooperación. La indiferencia frente los grandes acontecimientos actuales, una actitud negativa respecto a la cooperación y la mala conducta hacia otros alemanes, y especialmente contra el propio germanismo, serán castigados con la expulsión de la comunidad alemana y la clasificación entre los elementos extranjeros y hostiles".

"Todo aquel que se siente alemán, dice Forster, y desee ser alemán, debe hablar alemán exclusivamente. Quien hable polaco, ya sea por pereza o por otros motivos, comete un crimen contra el germanismo. Quien no conozca bien el alemán, debe aprenderlo sin tardanza. Es particularmente importante que los niños aprendan solamente alemán. Una madre que habla polaco con sus hijos, sobre todo con los pequeños, comete un delito contra la causa alemana. Los niños deben ignorar el polaco por completo, incluso cuando son pequeños".

Este tercero y último artículo de "La esfera", que no pude obtenerlo completo porque en el dorso iba el de Wells, contiene retazos del artículo publicado por el Gauleiter Forster el 19 de diciembre del año pasado en la Deustche Rundschau, dando algunas instrucciones a las personas que viven en Polonia y se las obliga a inscribirse pidiendo la nacionalidad alemana.

"Aquellas personas -comenta el escritor que glosa este articulo, K. Novak- que no se creyeron obligadas a inscribirse en los registros y siguen siendo polacos, han sido castigados con la confiscación de todas sus propiedades. Decenas de militares han sido ejecutados. Cientos de miles han sido deportados a los campos de concentración. En la provincia de Zamosc solamente, 54 aldeas han sido expurgadas de polacos y 10.000 campesinos han sido privados de sus bienes y dejados en la calle. La Gestapo envió a estos desgraciados a campos de concentración especiales. Los niños menores de seis años son llevados a campos situados en el Reich, con el propósito de desnacionalizarlos. Las madres que se niegan a entregar a sus hijos son asesinadas a sangre fría".

Yo me resisto a aceptar que esto sea totalmente cierto. Algo debe de haber; pero, por poco que haya, es monstruoso y me subleva y me espanta. Y es por eso que he dicho, y no me cansaré de repetirlo, que el triunfo de los japoneses y alemanes sería catastrófico para nuestros para países y muy en especial para los que, como Bo-livia, el Perú, el Ecuador, Venezuela y otros, son de tipo indígena o negroide, pues si a pueblos de raza blanca pretenden aniquilarlos porque piensan que no son rigurosamente arios y sienten descarado desdén por los llamados latinos, sin excluir Francia, ¡lo que harían estos arios asesinos con nosotros, los pobres mestizos desarmados e indefensos! ¡Nos matarían y extirparían como se mata y extirpa una plaga de zancudos o de piojos!

 

Caracas, noviembre 4 de 1943

A medida que las mecanógrafas van copiando en cinco ejemplares estas notas, yo las releo y corrijo lo más cuidadosamente posible, aleccionado por la experiencia de las detestables copias hechas, primero en Bogotá, hace catorce años, por una chica que no sospechaba siquiera lo que era ortografía y, luego, en La Paz, años después, por un extranjero de buena voluntad pero que no conocía bien el idioma y que al copiar mis manuscritos cometieron los dos mil errores que sólo más tarde eché de ver....

Así, mal copiados y sin corregir, fueron despachados los volúmenes a las bibliotecas de Washington, Londres, París y Buenos Aires, antes de emprender viaje a Caracas. Y fue un error porque, repito, la copia de esos volúmenes está mal hecha, contiene faltas ortográficas y de sintaxis, hay supresión o cambio de palabras y mil otras cosas que en veces hacen ininteligible la comprensión de algunas frases.

Para evitar esto y enmendar las faltas que pudieran cometer ahora las nuevas mecanógrafas de Caracas, yo releo las copias y esta lectura no sólo no me divierte ni me interesa, sino que, la verdad, me produce un gran desasosiego porque recién echo de ver que he desperdiciado mi tiempo en un trabajo inservible que nunca ha de aprovechar a nadie porque nada hay en estas notas que sea digno de retener la atención, a no ser la chifladura de un maniático...

El deseo de imitar a Amiel, primero, y, luego, a la María Bashkirtseff me lanzó en el mal camino y en una edad en que lo único que podía ver era corazoncito latiendo por una chicuela y no sabía nada de nada, ni conocía otro horizonte que el cerrado de mi campanario, ni me importaban las agitaciones de los hombres públicos de mi país.

Las travesuras con mis amigos, nuestras famosas partidas de billar, nuestras borracheras con Exequiel, Oblitas, Prudencio, Lahore y otros en el Hotel Americano, que años después sería casa de los padres de mi mujer, paseos en las tardes por el pie de los balcones de Concha, Carmen Rosa, Julia y, de vez en cuando, los viajes al valle de Río Abajo, Caracato y Araca o al Lago Titicaca en excursión cinegética, eran los grandes sucesos que llenaban mi vida y ellos me dieron pie para escribir los primeros dos o tres cuadernos de estas notas y que luego, al cabo de años, destruí en Bogotá para formar dos o tres grupos de distintas materias. Lo que era muy personal lo hice desaparecer, creo que en mala hora, porque habría sido lo más sintomático y revelador de estas notas...

Fue pues, Amiel, leído en esa traducción fragmentaria de la España Moderna, que me fascinó de joven, pues le encontré profundo, poético y sentimental. Tenía veintiun años y yo también era sentimental... (¿era? ¡sigo siendo, Dios mío! )... tímido y enamorado.

A los veinticinco años me lancé a viajar por el mundo; y no bien estuve en París y pude comprender un poco del francés, compré el diario íntimo de la Bashkirtseff del que había leído referencias en los libros de Gómez Carrillo, el primero que dijo en América Hispana cosas sobre la literatura francesa de hace medio siglo -y es el solo mérito del pobre Carrillo. Por ese mismo tiempo leí la relación de la agonía y muerte de María hecha por su pariente, príncipe Kara-georgevitch en el número atrasado de La Revue, que me impresionó mucho. Y mi asombro no tuvo límites cuando me enteré de que la moza había comenzado a tomar nota desde muy niña (doce años) y las concluyó ocho días antes de su muerte y cuando apenas tenía veintitrés años de edad...

El ejemplo de María anotando con minucia y deleite sus impresiones literarias y de arte, el color de sus vestidos, sus travesuras en el taller, etc. etc., y sobre todo el deseo de retener en mi mala memoria las cosas nuevas que veía en Europa, arraigaron en mí el perverso hábito de escribir notas.

El hábito, con los años, se convirtió en manía. Y hoy acudo a este libro para consignar cualquier tontería y decir, por ejemplo, que me duelen las piernas, que no puedo dormir o que un dentista me curó una muela. ¿Hay derecho de gastar el tiempo en estas cosas? ¿Pueden tener interés para alguien?

Cuando se llega al convencimiento de la inutilidad de una labor, hay que dejarla, y es lógico. Únicamente dos cosas se oponen en mí para hacerme adoptar definitivamente esa resolución: el hábito adquirido y mis costumbres sedentarias y sobrias que me alejan de la cantina y del club y del espectáculo ordinario de la calle y del paseo. Y pues no tengo aquí la gran distracción del jardín propio, ni del árbol puesto por mis manos y que en mi tierra o en Francia me ocupan, me divierten y me apasionan, no me queda mas recurso, para matar el tiempo, que engolfarme en lecturas, encuadernarlas en volúmenes y luego ficharlas y escribirlas.

Pero ya estoy cansado y aburrido. Lo que sobre todo me apena ahora es saber que nada de lo que he escrito aquí vale la pena de publicarlo. Quedará, quien sabe, como una curiosidad en las bibliotecas donde he mandado las copias, y eso será todo.

Por lo mismo, me propongo desde ahora anotar solamente datos escuetos sobre gentes y sucesos y no coleccionar de los periódicos sino lo de veras curioso e interesante.

 

La Paz, febrero 1 de 1944, martes

¡Trabajar!

¿Por qué? ¿Para qué? ¿Qué se saca trabajando en mi país y en el género en que trabajo yo?...

El que cultiva la tierra, se hace rico; el minero, se hace millonario; el industrial, prospera siempre; el político, nada en la abundancia; hasta el director de periódicos edifica casas y tiene automóvil; pero el escritor de mi categoría tiene contados amigos, vive aislado y combatido y los falderillos siempre andan ladrándole y hasta se atreven a insinuar infamias y bajezas, que es su pasto de todos los días.

Los falderillos de la prensa no vuelven todavía de su asombro al verse en el gobierno. La idea sola de que pudiera cambiarse el pastel les produce pesadillas y los trae energúmenos y enloquecidos. Y escriben disparates y hasta sus sombras les ocasionan sustos y temblores. No saben qué hacer ni qué resortes tocar para asegurarse su segura permanencia en el gobierno. No permiten que nadie diga nada de ellos y la idea de que pudieran ser combatidos, o siquiera discutidos, les hace lanzar insultos y amenazas.

Y hay que leer "La Calle", su periódico, para saber hasta dónde va su miedo.

Todo su afán consiste en hablar de la rosca. Y llaman rosca al que tiene algo, y, sobre todo, al capitalista, y contra él excitan la cólera popular pintando a los ricos como a seres depravados, sin noción alguna de moral; egoístas, avaros, antipatriotas...

Halagando el instinto gregario y nivelador de las masas es como estos cínicos pretenden quedarse en el poder, pues les basta repetir a coro todos los días y en todos los tonos que la rosca ha hecho encarecer la vida y está matando de hambre al modesto y laborioso hijo del pueblo, para que la chusma, sin discernir, sin razonar, acepte la cosa y la dé como un hecho comprobado....

Que los bellaquillos que rodeaban a Peñaranda han hecho su agosto y todos han resultado ricos, unos más que otros, tampoco se niega y se discute, pero lo grave es que eso se dice solamente y no se prueba de una manera concluyente y con documentos.

 

La Paz, febrero 25 de 1944

El Oficial Mayor de la Cámara de Diputados, Alcázar, me envía veinticuatro volúmenes de redactores, proyectos de ley, informes y otros documentos parecidos que se publican en las cámaras y que nadie lee y desaparecen al cabo de años, podridos por la humedad, quemados por las gentes de servicio, retaceados para diversos servicios, incluso los higiénicos.

Unicamente los diputados y senadores guardan esos tomos porque allí aparecen sus peroratas y muchos los hacen encuadernar, creyendo salvar su nombre del naufragio. Y no saben los incautos que sus discursos se pierden en el aire y que son consultados por los especialistas y eruditos, al cabo de tiempo y cuando toda agitación se ha apaciguado, aquellos que con su palabra produjeron crisis sociales, armaron el brazo de las turbas y dieron nuevos rumbos a los negocios públicos de un país...

Yo he tenido curiosidad de echar un vistazo a lo que dije o me hicieron decir los redactores en la interpelación que me hicieron algunos diputados el año 40, y he quedado desconcertado por la pasión y el desplante con que muchos de ellos me trataron...

Sin embargo, todo eso es viento y ruido vano... ¿Quién se ha de interesar o a quién ha de importar mañana lo que unos y otros dijimos?... Eso se queda ahí, en el libro. Y el libro será pasto del polvo y del moho...

 

La Paz, marzo 10 de 1944

Toda la semana ocupado en revisar periódicos, señalar los artículos de alguna importancia política, desglosar las páginas, numerarlas y, por fin, ficharlas. Todo esto ha de ser perdido, con el tiempo, y es mi pena el haber trabajado inútilmente.

Algo que no dicen los periódicos es que la división entre los civiles y militares de la Junta de Gobierno es todos los días más profunda y que hay la intención de eliminar a los civiles, o concederles, cuando más, las carteras de relaciones y de finanzas, porque entre los militares no hay técnicos de estas materias....

Hubo en días pasados alguna agitación y el Ministro del Interior reveló un plan subversivo de los piristas. Se cogieron a muchos de sus dirigentes y se les confinó a la isla de Coati, menos al jefe, José Antonio Arze.

La tormenta parece que ha pasado.

 

La Paz, marzo 13 de 1944

Viaje de horas a la finca del valle, Lacalaca. Aquí, en mi jardín de la ciudad, tuve la sorpresa de cosechar algunos granos de almendras; allá, en la finca, de coger un kilo de nueces de arbolillos jóvenes puestos hace siete años.

Fue un momento de alegría que no tuvo el privilegio de borrar el hondo desencanto que sufrí al ver nuevamente la finca al cabo de casi tres años y en horas como éstas en que los huertos están con su fruto por madurar y peras, manzanos y duraznos llevan sus ramas rendidas por el peso de sus frutos.

Al ir, tropecé en la parte más fea, más tétrica y más peligrosa del camino. Una cruz blanca al borde del precipicio donde se deshizo el coche de la pobre y simpática Mme. Pinguet; a la vuelta y en otro lugar feo encontramos en el fondo de un barranco el coche desembarrancado del joven Burgoa, con quien en el camino sostuvo una breve charla mi yerno Pablo y, en media pendiente, el cadáver de un pasajero...

El camino, o lo que estas gentes llaman camino, es, pues, particularmente peligroso y al viajar por él uno expone la vida a cada vuelta de la rueda. Es de tierra, angosto, empinado, lleno de baches, cortes y bajos. No tiene cunetas y el agua de las lluvias corre por él abriendo grietas y zanjones que los viajeros tienen que rellenar a veces con piedras que recogen de los flancos del cerro o de los montones que los indios forman a la orilla de sus chacras. Este camino tiene la singular particularidad de que ha sido hecho por unos pocos propietarios de buena voluntad, casi sin dinero, y ofrece la sorpresa de sus curvas cerradas y, al cerrarse la curva, un precipicio horrendo. Tiene en las partes montañosas, que son las más, tres metros de ancho, y, de trecho en trecho, hay abiertos unos angostos desvíos para que los carros puedan cruzar...

Se emplean generalmente seis horas para salvar los 74 o 76 kilómetros que separan la ciudad del sitio donde antes se alzaba el alegre pueblecillo de Sapa-haqui, reducido hoy a unas seis casas y poblado por unos 20 vecinos. De donde resulta que los camiones de marcas afamadas emplean mayor tiempo en recorrer esa breve distancia que las pesadas diligencias del tiempo de Luis XIV, que hacían 14 kilómetros por hora...

Esto es absurdo; pero esto entusiasma y seduce a las gentes del valle, acostumbradas a recorrer a lomo de caballo, por senderos difíciles y en dos días de viaje, esa distancia que las máquinas modernas salvan en 40 o 50 minutos, a lo sumo, rodando por verdaderos caminos..

Y el mal camino, la mala vecindad, la constante amenaza del río y otras cosi-llas semejantes se reúnen para que yo vea ahora sin el menor entusiasmo la idea de irme a vivir en ese campo.

Muchos son los inconvenientes contra los que uno tiene que luchar: el mal camino, donde en cada viaje se arriesga la vida, indefectiblemente;

El río torrentoso y voluntarioso que rompe los pobres reparos, socava la tierra de cultivo y se la carga con sus árboles cargados de fruta o de pasto, sus casas y convierte en playa pedregosa lo que antes era tierra de pan llevar; la peonada indolente, perezosa y viciosa que se confabula contra el patrón y le ofrece la enorme fuerza de su inercia;

Los malos colindantes cholos que roban el agua, destrozan por envidia las plantas, saquean los huertos, roban árboles o hacen robar, exigen agua de riego sin contribuir o contribuyendo apenas a la limpia de la acequia o al reparo de la toma de agua después de las lluvias y que echan la carga de los defensivos al mayor propietario, que por cuidar de sus tierras tiene que defender las de sus vecinos pagando jornales y talando los cerros o los huertos para proveerse de madera;

Los pasajeros de coches y camiones que, al pasar por las huertas, detienen sus coches para cosechar los árboles, o desgajarlos en invierno para llevarse las púas;

Los vecinos indios y cholos, que de noche se lanzan al robo de frutas o verduras;

Las aves, que constituyen una plaga encantadora pero terrible que en primavera devoran la flor de los árboles y, en verano, se come la mejor fruta y no deja sino el hueso pegado a la rama;

Los chicuelos de la región, en fin, que forman otra plaga, más destructora que la de las aves y contra la que no se puede luchar en forma alguna...

¿Puede ser rincón apacible de retiro un sitio como éste, asediado por tanta clase de enemigos? ¿Hallará reposo quien haya de estar a la defensiva constante y con la vara en la mano para que no le roben las plantas, no cosechen las frutas, no desvíen el agua y no echen encima el río?

Compré esa hacienda buscando un retiro de paz, y he encontrado la guerra sórdida, desleal, pequeña, ruin y canalla. Y ya no puedo más...

 

La Paz, marzo 29 de 1944

Comienza a preocuparme mi pereza. Se me pasan los días y las semanas sin hacer nada y la lectura de los periódicos es mi única ocupación durante el día. En la noche, leo algunas páginas de un libro cualquiera, y, desde hace una semana, me distraigo y sufro siguiendo la pereza y el abandono del pobre Oblomov, ese hombre bueno, simple y desgraciado que ayer parecía personificar el tipo del señor ruso.

Patética es la historia de este pobre hombre que pasa toda su vida tendido en su cama, cavilando y soñando siempre. Nunca entra en acción de una manera decisiva y enérgica. Combina planes, madura proyectos, piensa en negocios. Y, cuando pretende realizarlos, todo se evapora porque le falta la voluntad y le repugna la acción... Así pierde primero el amor, luego la fortuna y, por fin, el deseo de vivir.

Éste es uno de los libros más hermosos y tristes que he leído...

 

La Paz, junio 8 de 1944

Me visitaron en la tarde y me encuentran de trapillo y sin afeitar Abraham Valdéz y el escritor y conferencista argentino Dardo Cuneo, que desea conocerme.

Yo, desde hace dos días, me hallo enfermo y me ocupo de abrir mi equipaje llegado de Caracas, o más bien de confrontar los manuscritos copiados por la señorita Maya Políak. Se ha quedado en el tercer volumen y en la página 395.

Este volumen abarca diez años, de 1912 a 1922, y han de pasar de 400 las páginas escritas en renglón ceñido y sin interlineas, y daría, caso de publicarse, unos tres volúmenes de 300 páginas cada uno... Por coquetería les muestro a mis amigos todo lo que tengo inédito, y los dos se quedan verdaderamente asombrados de la abundancia de mi obra.

Cuneo es un mozo más alto que bajo, fuerte, cejijunto, moreno, de simpático aspecto y de muy amena charla. Ayer dio una conferencia sobre Sarmiento y don Miguel de Unamuno ; y al saber que yo tenía algunas cartas de don Miguel, me pidió verlas, y se estuvo largo tiempo tratando de descifrar la algo enrevesada letra de mi querido e ilustre amigo.

Luego les enseñé algunas misivas de Rubén Darío, y los dos amigos hallaron que era poseedor de un tesoro de incalculable precio. Yo sé esto; pero ese tesoro se ha de dispersar y ha de desaparecer así que cierre yo los ojos.

Y esto puede ocurrir cualquier momento porque, la verdad, es que no me siento bien. Desde hace noches siento un dolor sordo y permanente en el occipucio y otro, rápido pero intenso, en la frente, cada vez que toso. Además, los calambres me han vuelto acaso con más frecuencia y no me dejan reposar tranquilo en la noche. Debo levantarme una o dos veces para dominar el dolor y desenredar los nervios anudados...

Todo estos son síntomas de que las energías vitales están seriamente afectadas y que la cosa puede agravarse cuando menos lo espere......

Juan Francisco5 ha viajado a Cochabamba también con motivos de salud. A mi viejo compañero lo encuentro de veras gastado, de veras viejo y caduco. Apenas anda y arrastrando los pies, y es menor mío de dos o tres años. Su caminar es lento y se le ve amoratado, porque el género de vida que observa ayuda la marcha de sus males, porque pocos llevan como él una vida tan sedentaria, tan sin movimiento.

Las hijas de Arguedas con sus primas, en un día de carnaval (1915).

Se la pasa sobre libros de estudio y entretenimiento. Le gustan los problemas lingüísticos y de gramaticalerías, y sus lecturas de distracción le hacen pasar horas de horas en su pequeño y modesto escritorio de ambiente envenenado por el tabaco.

 

La Paz, junio 23 de 1944

¡Fogatas de San Juan! De niño, me encantaban, de viejo, me abruman de tristeza.

Recuerdo mis primeros vacilantes pasos de enamorado, mis alegrías con los compañeros saltando sobre las fogatas encendidas en las calles de noche, mojándonos como patos en la fuente del viejo Challapampa, durante el día; recuerdo...

¿Dónde están los viejos amigos? El último se fue ayer y mi soledad se ha hecho más grande y más profundo el silencio que me rodea...

Siento cansancio, languidez, profunda desgana. Si no fueran mis hijitas, me iría lejos, buscando otros horizontes, otras gentes... ¡Y qué pena la que me agobia!

 

La Paz, agosto 1 de 1944

La novedad del día es que Hoschild, el minero, ha sido secuestrado y que hasta ahora nadie sabe nada de su paradero, desde el domingo... Así lo ha declarado el propio ministro de gobierno, teniente coronel Alfredo Pacheco, a un periodista de "La Razón". Le dijo:

"Como sospechaba que el señor Hoschild iba a retirar sus intereses de Bolivia, le pregunté sobre este punto, habiéndome respondido textualmente: Es falso, por el contrario, traeré mayores capitales para intensificar la agricultura y la minería en Bolivia". Con esta respuesta le manifesté al señor Hoschild que le otorgaba las más amplias seguridades y en presencia de él ordené al capitán Escobar le entregara sus pasaportes.

"A las l5 del domingo -nos dijo- recibió del jefe de policía, capitán Escobar, sus pasaportes. Según sabemos por otros medios, el señor Hoschild se dirigió al consulado de Chile, con objeto de obtener la visación respectiva.

"Lo misterioso -concluyó el teniente coronel Pacheco- es que el secuestro se produjo de día, pues el automóvil del señor Hoschild se vio desde esa hora frente al consulado de Chile. Desde ese momento nada más sabemos"...

Esta confesión del ministro, que es turbadora, por cierto, va dando lugar a una cadena de comentarios, entre los que sobresale la de que Hoschild ha sido asesinado.

 

La Paz, agosto 2 de 1944

El secuestro de Hoschild preocupa de veras a la opinión y ya veremos la actitud de la Convención, que ha elegido ayer su mesa directiva y ha designado por aclamación presidente a Tamayo, quien se ha declarado fanático partidario de la ley...

Es una de las leyes fundamentales, la de la libertad personal, la que se ha violado con el secuestro del millonario. Permanecer impasible ante el hecho es dar pruebas de una cobardía acabada, y pueden los hombres mostrarse tímidos y cobardes y callarse para no exponerse; pero un cuerpo representativo no puede ni debe callarse so pena de mostrarse servil, pequeño y ruin.

Los embajadores de Chile y de la Argentina han ido, me cuentan, a la Cancillería para ser informados sobre el paradero de Hoschild, y saber positivamente lo que le ha ocurrido. Baldivieso, con acento consternado, ha respondido que él no sabía nada y que luego de hacer averiguaciones en la presidencia y en el ministerio de gobierno, les comunicaría lo que supiese..

Y efectivamente se fue a ver al Presidente y a su colega de gabinete y ambos le confesaron, también contrariados, que ignoraban absolutamente lo que había ocurrido con el minero...

Sin embargo, aseguran las gentes que hay un testigo -una dama- que desde su ventana presenció la escena del secuestro. Y alegan que éste fue preparado por el Jefe de Policías, un mayor Eguino, que no conozco...

Sea lo que fuere, el hecho es que desde la revolución de estos señores de la izquierda revolucionaria el país atraviesa por días que nunca vio en su historia, pues a los presos políticos se les flagela, se les tortura y se les humilla; a los jefes de partido se les amenaza con eliminarlos o se pretende eliminarlos, como sucedió con el pobre Antonio Arze; a los adversarios políticos se les hace seguir sus pasos para saber qué hacen, dónde van y con quiénes se meten. El espionaje, la delación y la amenaza van haciendo estragos y todo el mundo siente miedo, se esconde o se calla.

A mi se me tiene entre ojos, y hace pocos días el muchacho Ignacio contó a mi hija que en el tranvía había oído la charla de dos sujetos que parecían agentes de la policía y que decían que era preciso no quitarme los ojos de encima y de tener mucho cuidado con mis artículos para descubrir lo que de subversivo había en ellos...

Por cierto que los míos inmediatos se afanan y esfuerzan en pedirme que se suspenda mi colaboración a "La Razón", pues temen que en lo mejor puedan cometer algún atropello conmigo....

Puede que esto sea así y yo comparto algo de sus temores; pero es la conciencia que me impone el deber de no guardar silencio ante las cosas enormes que se suceden ni de hacerme cómplice de las iniquidades que se cometen.

Pero lo que posiblemente me ha inclinar a prescindir de hacer comentarios políticos es ver la desfachatez, la impudicia y el cinismo con que proceden los correligionarios políticos que tienen asiento en la Convención, pues todos, o más bien los más, se han puesto a órdenes del Gobierno y han votado según sus directivas. Muchos que pasan por personajes y desempeñaban cargos diplomáticos vienen haciendo cabriolas para obtener una nueva misión...

¿Cómo, por qué hacer algo para redimir a estas gentes y darles lecciones de decencia, de pulcritud y de honestidad? Jamás las aprovecharían. Otra cosa, por último, que me ha de decidir a callarme es una lectura casual que hice anteanoche del magnífico libro de Gastón Boissier, el historiador para damas de mundo-que le llamaban sus émulos- y minucioso biógrafo de Tácito, y de quien cuenta León Treich una anécdota bastante original y muy divertida. Quiero recordarla.

Boissier era huésped de Napoleón III en Compiegne junto con Buloz, el famoso director de La Revue de Deux Mondes y otros notables personajes de la época. Y quiso Buloz jugarle una mala partida a su colaborador y le publicó en esos días un severo estudio sobre los emperadores romanos. Lo leyó Napoleón y se contentó con decirle a su huésped durante el almuerzo:

- Es usted muy duro para los Césares

Y un Ministro de Estado quiso congraciarse con el Emperador y agregó:

- Tácito es un panfletario y Suetonio no es sino un ayuda de Cámara.

Y Boissier, que era muy cortés y muy fino, se mostró cruel en esta ocasión, pues dijo simplemente.

- No, no, nada de eso. Suetonio era el secretario particular del Emperador, algo así como un ministro de Estado en estos tiempos....

Napoleón estalló en una carcajada, pero desde entonces el ministro no volvió a saludar a Boissier

Tal es la bonita anécdota que refiere Treich.

Entre las obras del historiador francés, hay una que se lee con placer y mucho provecho: es la biografía de Tácito. Y allí he leído esto del incomparable historiador latino, que también voy a copiar y que me ha inclinado a callarme para dedicar algo de mi tiempo a seguir anotando lo que me parezca interesante.

Tácito era orador en los últimos años del Emperador Domiciano, y cuando la tiranía del déspota traía aterrorizados a los romanos, Tácito iba al Senado y no podía hablar y era su gran tortura...

"Activo como era, de espíritu curioso y abierto, no podía quedarse sin hacer nada. ¿Y qué hizo realmente? No es nada probable que se haya ocupado de la elocuencia, que hasta ese momento había sido su gran pasión. La elocuencia es un arte que no se basta a sí mismo. Necesita un público y no se preparan discursos que no tendrán oportunidad de pronunciarse. Poro hay otros estudios que se acomodan a la soledad y al recogimiento y a los que uno se acomoda y de los que se goza en el hogar, mismo para contentase a sí mismo, sin tener necesidad de comunicarlos a nadie. La historia pertenece a este número, y se puede siempre, con la ayuda de algunos buenos libros, darse el espectáculo del pasado cuando se desea apartar su pensamiento del presente.

Y el cuadro que en seguida traza Boissier del ambiente que dominaba en Roma me ha llenado de angustia, porque lo veo reflejado, en mínima escala, en escala infinitesimal, en estos momentos en este mi país. Y copio: "Había... una razón particular que debía en esos momentos inclinar a Tácito hacía la historia. Nada era más penoso para las gentes de esta triste época que ver realizarse los más grandes crímenes sin resistencia y casi con el asentimiento general. Todo se aceptaba sin quejarse, nadie se atrevía a hablar en público y ni aun entre amigos el espionaje había suprimido la intimidad. En medio de este silencio no se escuchaba sino las adulaciones del Senado temblante y los elogios de los poetas mercenarios. Y como por desgracia estos poetas, sobre todo Estacio y Marcial, eran gentes de talento, se podía temer que su voz, después de haber engañado a sus contemporáneos, engañasen también a la posteridad.

Para hacerle saber la verdad no podía contarse sino con la historia. ¿Acaso no es de ella que verdaderamente puede decirse que es "la conciencia de la humanidad"? Permitido es creer que fue entonces que Tácito, entristecido por sus reflexiones entristecidas y solitarias, tomó definitivamente la resolución de escribir la Historia" (pag. 51)

"Quiso, agrega en otro sitio Boissier, restablecer la verdad indignamente disfrazada por las mentiras oficiales, porque Tácito ha sido el contemporáneo de la generalidad de los hechos que refiere y no estaba separado de aquellos que no había visto sino por una generación... Tenía 14 o 15 años cuando Nerón fue reemplazado por Galba. Ha sido, entonces, el testigo muy despierto de todo lo que refiere en la primera parte de sus grandes obras. En cuanto a los sucesos que llenan los Anales, si no asistido él mismo, ha podido conocer las gentes que los vieron. Ha charlado en su juventud con los sobrevivientes de la época de Tiberio... y, curioso como era, ha debido hacerles hablar y no ha olvidado lo que le refirieron. En muchas circunstancias alega su testimonio: He 'escuchado decir a los ancianos'; 'repito lo que los ancianos me han dicho'; 'es así como hablan las gentes de esa época que han vivido hasta nuestro tiempos..." (id-80)

Ahora bien, si Tácito, con alma de romano, se resignaba a callar para salvar el pellejo, no veo por qué yo, que algo de indio debo llevar en mis venas aunque con mucho de español, tenga que lanzarme lanza en ristre para atacar a malandrines y malhechores y en defensa de cínicos, logreros, oportunistas y vividores...

 

La Paz, agosto 4 de 1944

Todos los periódicos han publicado ayer, con grandes caracteres, la noticia de que la casa Hoschild ha ofrecido un millón de pesos al o a los que conduzcan a su casa a los desaparecidos...

No es la recompensa para los que denuncien el paradero del jefe de la casa sino para el que lo entregue a domicilio, que es diferente.

Todo el mundo vive temblando y es una ola de pánico que corre por la ciudad. Es el sistema del asesinato que se ha implantado en las prácticas políticas de este país. ¿Puede una logia de unos cuantos individuos desorganizar la vida social de un país y violar impunemente las más sagradas leyes de la seguridad personal y del respeto a la vida? ¿Pueden la vida y la fortuna de los hombres estar subordinados a la voluntad de unos cuantos que no tienen fortuna y sienten desprecio por la vida ajena cuidando como un supremo bien la propia?

La respuesta a estas preguntas tiene que darla, de inmediato, la Convención reunida en estos momentos y que se ocupa de organizar su cuerpo directivo.

 

Buenos Aires, noviembre 30 de 1944

Visita al editor Losada con mi amigo Atilio García Mellid, que está empeñado en hacer reeditar Raza de bronce.

Acudo a la cita con cierto temor y marcada desconfianza, pues me ha lastimado un poco la ruptura algo brusca con el editor Zamora, que me pareció hombre serio, reposado y cabal en mi primera visita y que encontré categórico, rotundo y dominador y engreído en la segunda y última... Temo hallarme con otro personaje igualmente pagado de sí, exigente, imperioso, engreído y, sobre todo, muy amante del dinero, cual me habían asegurado algunas personas hablándome de Zamora.

En la sala del piso superior me espera García Mellid, que me hace notar mi retardo en la cita debido a la marcha retardada de mi reloj. A poco de hablar, aparece un señor, al que llama Mellid, para presentármelo, y resulta ser mi amigo don Pedro Henriquez Ureña, uno de los fundadores de la casa. Los tres nos llegamos a la puerta del despacho directorial, que se abre para dar paso a un hombre joven, de risueño aspecto. Es el editor, y me lo presentan.... Poco, casi nada, se habla del libro; pero uno de sus lectores tiene noticias de él y el director le recomienda leerlo cuanto antes...

Arturo Capdevila, el poeta, me lleva en la tarde a una sesión privada de la Academia de la Lengua en homenaje al filólogo y eminente erudito don José Rufino de Cuervo.

Preside la Academia el señor y gran caballero don Carlos Ibargüen. Y tengo algunos amigos entre los académicos, como el poeta Luis Alberto Arrieta, el escritor Melian Lafinour y otros. Afectuosa es la acogida del Presidente y simpáticas son las palabras de bienvenida que me dirige al inaugurar la sesión.

Excelente el discurso del Padre Rodolfo M. Ragucci sobre Cuervo. Cuenta algunas fases de la vida moral e intelectual de ese verdadero gran señor del espíritu, y su trabajo es serio, bien meditado y bien escrito.

 

Buenos Aires, diciembre 2 de 1944

"La Nación" me consagra algunas líneas de afectuoso saludo respondiendo a la visita que me hizo hacer al principal redactor literario, Mallea, mi amigo y compatriota el joven escritor Oscar Cerruto, empleado en la Embajada y muy metido entre las gentes de pluma aquí...

A las cuantas horas, recibo un telefonazo de un redactor del periódico "La Razón", en que me pide una entrevista... Me dice que ocupó buena parte de la mañana en averiguar por mi paradero a todos los hoteles de Buenos Aires, ya que mi dirección no está registrada ni en la Embajada ni en el Consulado, y que por fin se le ocurrió dirigirse a Costa du Rels

 

Buenos Aires, diciembre 4 de 1944

"La Nación" de hoy trae en una de sus páginas la noticia de la muerte de muchos personajes en distintos países en edad madura o avanzada.

En Montecarlo, el príncipe Andrés de Grecia, hijo del rey Jorge I, a la edad de 63 años.

En Milán, el poeta Marinetti, a los 67 años.

En Nueva York, el músico José Lhevine, a los 69.

En Santiago, el polemista español Rodrigo Soriano, a los 76.

En Londres, el novelista y dramaturgo Max Halbe, a los 79.

En El Paso, el político Alberto Fall, a los 83.

En Roma, el padre Bello, a los 62.

Y es que pasando de los 60 es útil, prudente y hasta necesario tener preparadas sus cosas, en orden los asuntos y en paz la conciencia. Poco tengo que arreglar yo: algo de los asuntos y algo de mis escritos. La conciencia queda libre y sana.

Justamente hace un momento he recibido una llamada telefónica de la casa Losada citándome para las once y media. Y como ayer recibí otra del amigo García Mellid, en que se me anunciaba que los editores le habían manifestado su deseo de publicar Raza de bronce, creo que sea para fijar las bases del contrato...

Para eso era, pero no me entendí con Losada, sino con su representante Guillermo de Torre, quien, a nombre del editor, me propuso lo siguiente:

Tirada en edición popular de 5 a 6.000 ejemplares.

Diez por ciento como derechos de autor.

Precio de venta, uno o dos pesos, según las páginas.

Derechos de traducción reservados al autor.

Pago de la mitad de los derechos al aparecer la obra y el resto en liquidaciones trimestrales.

Autorización para una sola edición y, en caso de agotarse la obra, nuevo contrato.

 

Buenos Aires, diciembre 12 de 1944

Anoche fuimos agasajados con una comida en el Jockey Club el director y dueño de "El Comercio" de Lima, Aurelio Miró Quesada y yo...

El grupo era pequeño -22 personas- pero selecto, y otra vez, como la otra noche, en la comida a Chávez, el paraguayo, encontré gente amable conmigo, afectuosa y muy comedida.

En esa comida a César Chavez, que fue ministro en Bolivia y vive ahora en Buenos Aires como exilado político y metido a editor, hubo enormidad de gente y en algún momento, al final de la comida y en la hora de los discursos, me vi en serios aprietos porque muchas voces se elevaron pidiendo oír mi voz; mas entonces el presidente Levene se puso en pie y cortó felizmente el chorro de la palabrería fácil...

Anoche todo fue discreto y elegante. El presidente volvió a sentarme a su diestra y Miró ocupó la diestra de su ministro, a nuestro frente y en la mesa ovalada. Tenía yo a mi derecha a un personaje de gran actualidad en la Argentina y aun en toda América en estos momentos, el Dr. Benjamín Villegas Basavilbaso, encargado por el gobierno, con otros tres jurisconsultos, para redactar un proyecto de estatuto orgánico de los partidos, porque aquí también, a raíz de la revolución del 4 de junio, y como en Bolivia hace años, se había declarado, por decreto, la muerte de los partidos políticos... y el gobierno quiere ahora resucitarlos...

- Ante todo hay que ver la realidad -me dijo - de cada país y apartarse de las teorías. Es el único medio de llegar a crear algo positivo y que responda a las necesidades de un país.

Creo lo mismo.

 

Buenos Aires, diciembre 13 de 1944

Confieso que me ha impresionado la frase que me dijo hoy un hombre inteligente, pulcro, honesto y batallador, el ex senador Benjamín Villafane, amigo mío.

- Le compadezco a usted que vive y escribe en un medio tan pequeño como La Paz...

Nada más dijo y fue bastante para fortalecerme en el propósito de revisar cuanto antes mi novela concluida y hacerla publicar, porque en ella se estudia el drama del escritor y del hombre capaz y pulcro que actúa en un escenario pequeño y corrompido... Se estudia el fracaso del hombre decente.

 

Buenos Aires, diciembre 16 de 1944

Hoy, sábado, en la mañana, se han embarcado mi hija Clelia en un barco argentino, el Río Tunuyán, para viajar con su marido a Venezuela.

Ella me llamó y por ella vine. Al irse, he tomado alojamiento en el hotel Richmond, de la calle Florida, la más concurrida arteria de esta ciudad enorme y por la que no circulan los coches desde las once de la mañana hasta altas horas de la noche. Los empleados me han recibido como a ningún cliente porque a un acaudalado amigo de Rafael, ruso, le he caído en gracia desde que le he hablado de mi predilección por los escritores de su país y le he dicho que Turguenieff era uno de los más grandes creadores, y el ruso me ha ofrecido su amistad y me ha abierto las puertas de su casa, y sabiendo que pensaba venir a alojarme en este hotel, él mismo se ha presentado a la dirección para pedir que se me atendiese con toda solicitud. Y el empleado me ha acogido con estas palabras:

"Ha venido a hablarme de usted un hombre al que yo y los míos le debemos mucho. Desde niños nos ha protegido y es para nosotros don Marcos como un padre. Bienvenido, señor: está usted en su casa... Debo decirle que don Marcos nos ha dado instrucciones para que el lunes le tome un billete y lo despache a Mar de Plata y de eso me ocuparé esta tarde misma".

Así lo hizo. Y en la tarde me entregó un billete de ida y vuelta y el lunes conoceré esa famosa playa.

Arturo Capdevila reúne en su casa unos cuantos amigos en mi honor. Hay varias señoras y a la única que conozco es a la viuda de Soto Hal. Entre los escritores amigos están Roberto Levillier y Ricardo Rojas, que me conduce en coche de alquiler hasta muy cerca de mi casa. Hablamos largo con él sobre asuntos editoriales y me confiesa que la edición de algunos de sus libros, como El santo de la espada, ha pasado la cifra de 120.000 ejemplares, cosa verdaderamente excepcional en nuestra América.

Ricardo Rojas es una de las figuras más interesantes del mundo intelectual argentino, y no precisamente por su obra -varia, densa y fuerte- como por su actitud señoril en la politica, su rectitud moral, su honestidad de pensamiento. A Rojas todos le respetan, lo consideran y le admiran. A nadie he oído hablar mal de él.

 

Buenos Aires, julio 1 de 1945

Almuerzo en casa de Pinto Escalier y té en la de Manuel Gálvez. A ambos amigos les llevo Raza de bronce.

Tarde oscura; tarde de domingo, silenciosa y vacía. Cuando salgo de la casa del escritor, cerca de las siete, una lluvia menuda ha vaciado las calles y bajo la lluvia llego a mi hotel. A la hora siento que la lluvia arrecia y oigo repicar en el techo las pesadas, y en la calle la persistente llamada de los automóviles.

Penosa o trabajosa charla con Gálvez.. Tengo que gritar sobre un receptáculo para que me oiga, pues su sordera parece que aumenta en los días húmedos y grises, y a poco hablar siento que las heridas de la garganta se ponen más sensibles y cada trago de té es un suplicio para mí. Hallo un momento de reposo cuando me deja solo y lo empleo en revisar las traducciones de sus libros en una infinidad de idiomas exóticos (fuera de los corrientes) y que mi amigo guarda en un estante especial. Hay traducciones al ruso, al sueco, al checo, al búlgaro y hasta al yidisch.

En su charla siempre hay la nota dolorida del hombre que no vive satisfecho en su ambiente y me promete enviarme su novela Hombres en soledad, en que se plantea el problema de este drama del hombre insatisfecho, desterrado moral e intelectualmente del medio en que vive y que él ha puesto mucho de su propia vida...

 

La Paz, agosto 10 de 1945

Estas notas han corrido la contingencia de quedar interrumpidas indefinidamente hace pocos días.

Una noche, la del domingo pasado, me metí en cama como de costumbre, bien, y pocas horas después, a las doce y media en punto de la noche, desperté con un fuerte ataque a la cabeza...

Me eché de la cama para ganar la puerta de salida y llamar a alguien en mi ayuda, y no pude vestirme. Tras muchos esfuerzos logré calzarme las babuchas, endosar un abrigo y arrastrarme con paso de ebrio hasta la puerta, pero cuando la abrí caí al suelo y, a gatas, pude llegar hasta el estanque en medio del jardín, de donde llamé al viejo sirviente y a mi hijita Clelia.

Me acudieron a tiempo, por fortuna, porque luego sentí que arreciaba el ataque y que el estómago se me volcaba y que se me iba el conocimiento...

Así estuve todo el día lunes y los médicos que me atendieron lograron al fin darse cuenta de mi mal y acudir para ponerle remedio... Entretanto en estos pocos días han ocurrido trascendentales sucesos en el mundo.

Rusia le ha declarado la guerra al Japón y sus ejércitos avanzan impetuosamente a lo largo de la frontera con Manchuria; los americanos han lanzado una bomba sobre una ciudad japonesa y han extirpado toda manifestación de vida dentro de un gran radio de acción: es la bomba atómica, con una potencia destructiva dos mil veces superior a cualquier otra bomba conocida y el nuevo e infernal descubrimiento de los hombres de ciencia alemanes dicen que no pudieron aplicar a tiempo y antes del colapso de su país y que los americanos han perfeccionado con un resultado verdaderamente aterrador.

Y, por fin, la última noticia de esta tarde, la más importante y que encierra un gran alivio para la humanidad y es que el Japón ha manifestado su propósito

de rendirse a la sola condición de que se respete la dinastía reinante y de que no se atente contra las prerrogativas de su Emperador.

 

La Paz, agosto 14 de 1945

La máquina que se descompone ya no vuelve a funcionar con la precisión y la regularidad de una máquina bien ajustada y que, aunque vieja, marcha sin grandes tropiezos, regularmente... Esto sucede con la máquina de mi cuerpo. Está ya desarreglada y dudo que los médicos la compongan.

Una semana y más de mi ataque. Todos los días guardo cama y me levanto sólo por momentos, en las mañanas, para tomar y bañarme en el buen sol de otoño, luminoso y tibio en estas alturas. De noche duermo bien y no falta el apetito; pero mi estado de postración y debilidad es muy grande. Apenas puedo andar y siempre necesito el apoyo de un brazo. Me rodean mis tres hijas y me siento feliz.

La advertencia está dada. Ahora hay que prepararse para ordenarlo todo y no dejar enredos.

Lo que supongo que ya no pueda es corregir, modificar y componer mis libros inéditos. Y si no puedo nada en ellos, mejor es que los destruya. Estos libros son El vencido o El fracasado y Crepúsculo de oro.

 

La Paz, agosto 21 de 1945

Una música lenta, triste, desolada, que se acomoda bien al estado de mi alma. No sé de quién será; pero tiene trémolos desfallecientes, acentos dolorosos. Y pienso en todo lo que pudo ser y no fue; en mi vida sin accidentes, sin movimiento y sin pasión, monótona, casi vacía; pero siempre acuciada por la ambición del nombre y de la obra, aun sabiendo que son meros espejismos, burbujas de jabón. ¿Para qué, al final?

Pues... para esto, es decir, para verme abandonado por las fuerzas; convertido en una piltrafa y sin aliento para nada, a no ser para arrastrarme con paso lento y vacilante de la cama al sillón y del sillón a la cama.

Esta tarde he querido visitar mi huerto en la parte baja del barranco para ver en qué estado se encontraban los ocho almendros que hice traer hace algunos días de La Portada y plantar a lo largo del camino; pero las fuerzas me faltaron en la mitad de la primera zeta y hube de volver trabajosamente a mi alcoba, sin fuerzas para nada, agotado...

Creo, pues, que se acerca el fin...

Miedo, no tengo; pero sí una enorme aflicción. Me dan pena, una pena enorme mis hijas y mis nietecitos. Habría querido verlos formados a los pequeños, hechos unos hombrecitos, bien educados, fuertemente sometidos a los dictados del deber, del honor, de la responsabilidad, de la independencia del espíritu, de la dignidad personal...

 

La Paz, octubre 7 de 1945

Muchos días descompuesto por una inyección de Gortulina ferozmente destructora del organismo. No bien me la pusieron, sentí mareos, luego náusea, después calofríos y, por fin, tuve que meterme en la cama con fiebre... Cuatro días llevo ya con esto y no me pasa el malestar al estómago ni han desaparecido las náuseas....

Me dediqué a leer.

Los papeles de la tierra me producen repugnancia. Leer la crónica de debates con las sandeces de un Otazo, de un Arce, de un Siles, de un Finot, es enfermar de asco y de indignación. Lo único que interesa en estos papeles cobardes y serviles son las noticias de la Argentina. Allí el movimiento por la vuelta a la normalidad constitucional va tomando más cuerpo todo los días y ha habido en días pasados una intentona de revuelta militar que ha sido sofocada por el gobierno. Inmediatamente se ha vuelto a decretar estado de sitio y los refugiados en Montevideo que hacía pocos días habían regresado a sus hogares tuvieron que emigrar nuevamente o buscar el asilo de las legaciones. A la vez los estudiantes de todas las universidades se declararon en huelga y se apoderaron de los edificios de los que fueron desalojados a la fuerza. Hubo un estudiante muerto y su entierro sirvió para una nueva manifestación y más grandes alborotos en las calles.

Aquí los estudiantes organizaron una manifestación de solidaridad y desfilaron anteayer lanzando protestas contra el gobierno de Villarroel. "No queremos gobiernos de asesinos" dicen que era el grito predominante. Y nadie les dijo nada.

Es que esta gente vive ahora cohibida y acobardada. El ejemplo de la Argentina las trae locas y aturdidas. Saben, ya han visto que Estados Unidos y todos los pueblos de América se han pronunciado contra el gobierno militar de Farrel y Perón y esperan de un día para otro su caída. Y como saben que la caída de los soldados argentinos arrastraría, más o menos tarde, la suya, no se atreven ya a tomar ninguna medida que descubra sus procedimientos nazis y hasta permiten que la prensa diga algo sobre el asesinato de Calvo, Capriles, etc.

Y la prensa del interior habla sobre esto; pero ha sido tal el terror que con sus salvajismos han inspirado a la prensa sarcásticamente llamada independiente de esa ciudad, que ni un solo periódico se ha atrevido, que yo sepa, a recordar las circunstancias del asesinato estúpido y salvaje.. .

Pero lo que más me irrita a mí es la sangre fría y la despreocupación con que muchos escritores siguen llenando las columnas de los periódicos no sé si por ver sus nombres impresos en letras de molde o por ganar los cuatro reales que hoy acostumbran ya pagar algunos periódicos. De todos modos, su actitud me choca y me repugna porque yo tengo la idea fija de que escritor que se despreocupe de los sucesos que ocurren en el medio donde se desenvuelve y que influyen decisivamente en el bienestar material y moral de los suyos y que se lanza por los caminos de la fantasía para divertir a sus lectores, no cumple con su verdadera misión y emplea mal las dotes de su talento, es decir, que comete una mala acción.

Justamente en estos días de pena y quebranto he querido divertirme o distraerme recordando las características que algunos críticos y estudiosos señalan a la literatura de un pueblo que en estos días ha sorprendido al mundo por su sólida organización militar, su eficiencia técnica, su desarollo industrial y su intenso y abnegado patriotismo: el ruso. He leído el libro de Iván Strannik, El pensamiento ruso contemporáneo, y allí he encontrado que lo que distingue a la literatura rusa de las demás de Europa es su afán por la exactitud y la ausencia total de coquetería, que no proviene de una incapacidad estética de los escritores, "sino de un desprecio razonado del arte inútil".

"Quien sabe en ningún otro país el escritor está tan profundamente convencido de la importancia y de la utilidad de su obra y tan resuelto a llevarla a cabo, cueste lo que cueste. Y, sin embargo, en ningún país su acción es tan difícil y su tarea de apóstol más ingrata".

Ante todo, tiene que luchar contra la indeferencia del público, porque las clases superiores únicamente leen a autores extranjeros -ingleses, alemanes, franceses- que no reproducen la menor realidad social del país y el pueblo, las clases bajas no lee nada, en los campos y en las ciudades no existe la costumbre de la lectura de periódicos, o no existía, mejor, en 1903, hace más de cuarenta años, que es cuando se publicó la traducción francesa del libro de Strannik. "Jamás en Rusia -dice- se ve a un cochero, un obrero, un labrador, leer una hoja pública".

Luego, tiene la censura. "Por su severidad y sus caprichos desconcertantes, es un terrible impedimento a toda manifestación literaria e intelectual". Todos los escritores, desde los más grandes, comenzando por Puschkin, han sido víctimas de esa atroz tiranía. En tiempos de la Gran Catalina, el formidable escritor Radistchev fue privado de sus bienes, de sus títulos de nobleza y de su libertad por haber publicado su libro Viaje de San Petersburgo a Moscú y tuvo, por fin, que matarse en 1802 antes que volver a Siberia, donde había sido destinado. Tiempo después, otros escritores de fama en el mundo, Tolstoy, Dostoievski, Turguenieff, Lermontov, Gorki, etc., etc., hubieron de pasar miserias y padecer angustias por escapar a las persecuciones policiales.

De ahí que "el verdadero escritor ruso es un apóstol. Ante la tarea que se ha impuesto, permanece valeroso y grave. Es ávido de verdad, cuidadoso de una documentación justa" (pag. 15). El crítico ruso reclama de todo escritor una profesión de fe e intenciones didácticas. El escritor debe pertenecer a una escuela, a un partido y hacerse el apóstol de una doctrina. No tiene el derecho de elegir sus asuntos al grado de su fantasía por la simple alegría de narrar con arte para emocionar o divertir simplemente: se le pide cuenta de sus tendencias políticas y sociales.

Y esto tiene que ser así, después de todo, porque si el escritor cobra relieve en un medio, representa un valor y es alguien, es un deber intervenir en el manejo de los negocios públicos, opinar libremente sobre ellos y sobre todo no callar sus protestas por las iniquidades que se cometen en ese medio y que afectan el honor, la prosperidad y la vida de los componentes de un país.

 

La Paz, diciembre 31 de 1945

Último día del año...

Corrí el riesgo de no verlo y sería aventurado concebir ningún plan para el año de 1946. Dicen los médicos que mi sangre está alterada y que la abundancia de glóbulos rojos podría producir una nueva congestión...

He resuelto, por tanto, poner término a esta manía de tomar notas diarias y lo más que haré será, de hoy en adelante y mientras pueda, consignar escuetamente lo más importante que se produzca en el país

Ahora mismo acabaré de copiar las últimas paginas correspondientes a este año, que en pocas horas más se hundirá en los abismos del tiempo, y mañana me ocuparé de establecer el índice de materias para en seguida encuadernar los volúmenes destinados a las bibliotecas extranjeras. Luego emprenderé la ruda tarea de refundir en uno o dos volúmenes más, el cuarto y el quinto, los materiales que en mala hora fueron separados hace quince años, en Bogotá, al hacer la primera copia de este Diario. Se puso entonces aparte y se separó lo puramente individual de lo colectivo y lo general, y ése fue un grave error, porque vino a desvirtuar completamente la índole de este género literario.

Los materiales políticos fueron reunidos en tres volúmenes marcados (1A, 2A y 3A), y fue en Bogotá y en mayo de 1930 que se cometió este pecado.

Ahora hay que repararlo, o más bien continuar la tarea comenzada en Cara-cas y en 1943 y seguir, repito, refundiendo las notas de los volúmenes 2A y 3A en los tomos cuarto y quinto, que están por copiarse. ¿Tendré tiempo de hacerlo?

Lo dudo y Dios dirá...

 

Notas

1 Con este título Arguedas escribió esta introducción en 1930, luego de hacer transcribir en varias copias los volúmenes de su Diario escritos hasta esa fecha. Nota del editor.

2. A Chirveches, como es fama, se suicidó en 1926. Nota del editor.

3. Bogotá, donde escribió Arguedas este texto, como queda dicho. Nota del editor.

4 Un prurito de precisión tiene que haber jugado su papel en el ánimo de Arguedas para haber iniciado su diario nada menos que el primero de enero de 1900. El Diario de Arguedas se ha hecho célebre en la literatura nacional por ser la más voluminosa literatura testimonial de escritor alguno boliviano. Por eso y por inaccesible, pues el propio Arguedas dejó expreso deseo de no publicarlos sino hasta cincuenta años después de muerto, es decir, en 1996.

Sin embargo de ello, en su momento vio por conveniente usar una parte de ellos como materia prima de La danza de las sombras, especialmente la parte correspondiente a su estada de un año en Colombias entre 1929 y 1930, en funciones diplomáticas. Y luego Moisés Alcázar consiguió sacar algunos otros fragmentos, publicado en 1963. Pero ambas sólo son una muy pequeña muestra de los doce volúmenes de diarios que dejó Arguedas. Ésta sería entonces la tercera entrega parcial de este Diario. Hemos seleccionado dos extensos tramos, el primero de la época juvenil de Arguedas, y el segundo correspondiente a los últimos años de su vida.

5 Juan francisco Bedregal. Nota del editor.

 

Creative Commons License Todo el contenido de esta revista, excepto dónde está identificado, está bajo una Licencia Creative Commons