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Ajayu Órgano de Difusión Científica del Departamento de Psicología UCBSP

versión On-line ISSN 2077-2161

Ajayu vol.17 no.2 La Paz ago. 2019

 

ARTÍCULO

 

LA FUNCIÓN DEL DESEO EN LA PRIMERA ENSEÑANZA DE LACAN PARA EL PSICOANÁLISIS DE ORIENTACIÓN LACANIANA

 

THE FUNCTION OF DESIRE IN THE FIRST TEACHING OF LACAN FOR LACANIAN ORIENTATION PSYCHOANALYSIS

 

A FUNÇÃO DO DESEJO NO PRIMEIRO ENSINO DE LACAN PARA A PSICANÁLISE DE ORIENTAÇÃO LACANIANA

 

 

Erick Marcelo Fernández Durán[1] y Gabriela Urriolagoitia[2]

Universidad Católica Boliviana “San Pablo”

 

 


RESUMEN

La presente investigación fue realizada con el propósito de estudiar el estatuto del concepto de deseo dentro de la primera enseñanza de Jacques Lacan. Busca identificar y articular algunas conceptualizaciones que atañen a la noción del deseo a partir de los primeros textos que desarrolla Lacan, en tanto guardan una relación con la teoría de los sueños de Freud y las nociones de deseo que desarrollaron Hegel y San Agustín. De tal modo, se identificó la noción de deseo para Freud; se desarrolló la génesis del concepto de deseo para el psicoanálisis de orientación lacaniana, de modo que se estudió la noción de deseo para Hegel y San Agustín; y se planteó la constitución del sujeto en relación al concepto de deseo según Lacan. Del análisis realizado se concluye que la función que el deseo tiene para el psicoanálisis de orientación lacaniana es la de hacer operativa la falta en el sujeto. De tal modo, el deseo es un factor clave para el despliegue de la clínica psicoanalítica porque permite la localización del “sujeto deseante”, a partir del cual es posible emprender un análisis.

Palabras clave: Deseo, Jacques Lacan, Sigmund Freud.


ABSTRACT

This study was made with the purpose of reviewing the concept of desire within Jacques Lacan’s first teaching. The investigation tries to identify and articulate some conceptualizations that concern the notion of desire from the first texts developed by Lacan, while these are related to Freud's theory of dreams, and the previous notions of desire developed by Hegel and St. Augustine. In this way, the concept of desire for Freud was identified; the origin of the desire concept for lacanian orientation psychoanalysis was developed; and the constitution of the subject was explained in relation to the concept of desire according to Lacan. The study concludes that the function that desire has for the lacanian orientation psychoanalysis is that it makes operative the lack in the subject. In this way, desire is a key factor for the deployment of the psychoanalytic clinic because it allows the localization of the "desiring subject", from which it is possible to undertake an analysis.

Key words: Desire, Jacques Lacan, Sigmund Freud.


RESUMO

A presente investigação foi realizada com o objetivo de estudar o status do conceito de desejo na primeira ensino de Jacques Lacan. Desta forma, a noção de desejo na Freud foi identificada; a noção de desejo de Hegel e Santo Agostinho estudou desenvolvidos; e a constituição do sujeito foi proposta em relação ao conceito de desejo segundo Lacan. A análise conclui que o papel que o desejo de psicanálise de orientação lacaniana é operacionalizar a falta no sujeito. Assim, o desejo é a chave para o desenvolvimento da clínica psicanalítica, pois permite a localização do "sujeito desejante" a partir do qual é possível realizar uma análise.

Palavras-chave: Desejo, Jacques Lacan, Sigmund Freud.


 

 

INTRODUCCIÓN

Freud encontraba en el deseo una explicación de la formación del síntoma, como un recurso que evite las causalidades biologicistas y dé paso a la comprensión del inconsciente. Para vislumbrar esta idea, nos remontamos a “La interpretación de los sueños”, obra en la que el “Wunsch” (deseo; que también puede ser traducido como anhelo) halla su lugar en la obra de Freud finalmente y en que se resalta la importancia de la palabra del sujeto. A partir de este momento, se desprende la clínica freudiana y se agudiza el alcance de sus conceptos. Este avance no pudo haberse dado si Freud no habría puesto en manifiesto que existe una realización de los deseos en los sueños. Más aun, Freud comprendía que existen deseos que causan la formación de los sueños y los vinculaba con una realización espontánea de su meta, a manera de una realización alucinatoria. Por tanto, estos deseos para Freud, no son más que energía sexual insatisfecha, que encuentran su realización por medio de los sueños.

A partir de este primer punto, cabe observar dos características clave del estatuto del deseo para Freud. Primero, el autor advertía la existencia de un plural de deseos y no así desde la singularidad. Segundo, Freud adquiere la perspectiva del “Wunscherfüllung” (cumplimiento de deseo) como la vehiculización de la realización de los deseos. En consecuencia, a partir del Wunscherfüllung Freud halla en el mismo, un valor de transacción muy característico a lo largo de su enseñanza, que hace que esta energía sexual insatisfecha, se halle representada y realizada mediante el sueño.

Por otro lado, desde la óptica de Kojève, Hegel comprendía el deseo como el deseo de reconocimiento por el otro. Es decir, que el deseo es un punto clave para que el hombre sea hombre, pues esto sólo puede suceder ante los ojos del otro. Resultando, en un hombre completamente enganchado al otro mediante el deseo. Así lo indica Kojève, en “Introducción a la lectura de Hegel” (1947) cuando señala: “El deseo es humano solamente si uno desea, no el cuerpo, sino el deseo del otro (…) es decir, si quiere ser “deseado” o “amado”, o más bien “reconocido” en su valor humano (…) En otras palabras, todo Deseo humano, (…) es como en última instancia una función del deseo de reconocimiento” (Kojève, 1947, p.66).

Es sobre la base de este razonamiento, que se llega a la idea de que “el deseo es el deseo del otro”. Porque “el deseo hacia un objeto natural siempre estará mediado por el deseo de otro dirigido al mismo objeto: es humano desear lo que los otros desean, porque ellos lo desean” (Kojève, 1947, p.14). De esta manera, Hegel explica que el ser humano siempre estará subordinado a la interacción social y su vida se regirá de acuerdo al poder del otro. Más aun, ya que el hombre se encuentra oprimido bajo este poder del otro, para lograr el reconocimiento de su deseo, necesita luchar por su propio prestigio “arriesgando su propia vida”. Esta lucha por el deseo propio es conocida como la dialéctica del Amo y del Esclavo.

Para Hegel, esa acción que el hombre hace para dirigirse al otro, es la que forma el Yo y la idea que se forma de sí mismo. Una acción, a manera de lucha encarnizada que el hombre desata; en la que puede terminar como vencedor (Amo) o vencido (Esclavo). El Amo es aquel que ha logrado la dignidad humana, es decir, el que alcanza el reconocimiento de su deseo y ha sometido al otro débil. Mientras que el Esclavo es quien perdió y fue sometido; condenado a retornar al ser-dado de la realidad natural y satisfacer el deseo del otro. Lo que mueve la acción es el deseo, por tanto: es el motor de la historia y del mundo, pues el vínculo Amo-Esclavo es una relación social fundamental. Este vínculo denota que ambos, el Amo y el Esclavo son dependientes el uno del otro. Pues el Amo consume lo que el Esclavo le brinda, y el Esclavo produce por el sometimiento del Amo.

En síntesis, todos estos conceptos antes mencionados permitieron que Lacan construya su propia orientación hacia la clínica psicoanalítica brindando un concepto fundamental para su obra; el deseo. Se permite entonces, entrever que Lacan hizo un intento de formalizar el Wunsch freudiano por medio de recursos filosóficos basados en las ideas de Hegel. Teniendo como resultado, el resurgimiento de un concepto que, durante los años posteriores a Freud, no había sido valorado en la teoría psicoanalítica.

En este sentido, la presente investigación pretende identificar la función del deseo en la primera enseñanza de Lacan para el psicoanálisis de orientación lacaniana. Examinando la génesis de su concepto de deseo, estableciendo el concepto de deseo propuesto por Freud y situando la articulación que existe entre la noción de deseo y la constitución del sujeto para el psicoanálisis de orientación lacaniana.

 

MÉTODO

La presente investigación es de tipo bibliográfica y recurre a un modo de investigación planteado desde el psicoanálisis. Freud, desde un principio plantea al psicoanálisis como un modo de investigación y no solamente como un modelo de intervención clínica. Sin embargo, para comprender el carácter que la investigación en psicoanálisis tiene, se debe determinar correctamente las bases epistemológicas del psicoanálisis en oposición de la ciencia positivista contemporánea. Con este fin, Lacan busca delimitar el área del psicoanálisis atañéndolo al campo de las “ciencias de la subjetividad”, como un modo de enfatizar que, a diferencia de las ciencias exactas, el psicoanálisis se orienta hacia el sujeto (Solíz y Unzueta, 2010).

El psicoanálisis se funda sobre la base de una epistemología discontinuista, dentro de la cual se comprende que existe una ruptura entre la realidad y los sentidos; es decir, existe una discontinuidad temporal en el conocimiento (Mansur, s.f.). Por lo tanto, bajo esta epistemología los conceptos y teorías producen saberes que no invalidan los saberes anteriores a estos, sino que los resignifican a base del contexto en el que se encuentran. Así, se permite la concepción del inconsciente como un lenguaje que puede devenir como objeto de estudio. El psicoanálisis es una disciplina que cuenta con un rigor epistemológico, en tanto los conceptos mayores que la fundamentan cuentan con una cierta coherencia interna que permite el despliegue de la teoría. Del mismo modo, la teoría psicoanalítica sigue una lógica que permite el estudio de la estructura de los conceptos y los fundamentos en los que se basa.

La presente investigación pretende ahondar en el saber de la teoría psicoanalítica pero no en la verdad. El saber y la verdad son distintos, el saber corresponde meramente a la dimensión conceptual; mientras que la verdad es singular y no corresponde a una teorización como la que se logra en una investigación. En ese sentido, el saber remite a un orden imaginario de significaciones, es decir, recae sobre una lógica de significantes con significados precisos. La verdad atañe a la historia singular, producto de la sobredeterminación inconsciente de cada sujeto. En ese sentido, se puede plantear que no puede existir una epistemología de la verdad subjetiva en tanto esta constituye un límite para la teoría del conocimiento. Esto se debe a que no existe un sujeto de la ciencia en sí, sino sólo problemáticas y fenómenos con un orden a ser investigados, profundizados y discutidos.

La investigación en psicoanálisis forma un eje indispensable para la práctica analítica. Mediante la investigación se puede enriquecer, precisar y fortalecer el corpus teórico de la clínica. Con este fin, se permite coadyuvar a la eficacia de la intervención clínica; tanto cuanto todavía hace posible mantener un campo de intervención útil en la época contemporánea. En este sentido, la investigación contribuye a que la teoría psicoanalítica se mantenga actualizada respecto a su utilidad en la época actual. Para ello también es necesaria la revisión de textos fundamentales de autores que, si bien pueden ser considerados anticuados desde una óptica continuista, contienen claves que esclarecen la problemática de los fenómenos actuales en tanto la teoría es resignificada a la luz de la clínica actual.

Por esta razón, el estudio de los textos de Lacan o de Freud requiere un cierto rigor crítico que permita aportar a la construcción de una teoría actual. En este sentido, la investigación en psicoanálisis no consiste simplemente en recolectar citas de cada autor para así formar conceptos. La revisión de conceptos no se basa puramente en la conjunción de enunciados, sino que trata de cuestionar qué es lo que cada autor quiso decir durante ese momento de su enseñanza (Miller, 1997). Por lo tanto, la investigación busca interpretar y analizar las citas de los autores según el contexto de cada enseñanza; para así localizar, construir y explicar lo que quiere decir cada texto. Hacer un estudio cronológico e histórico de las enseñanzas no permite dar cuenta de la utilidad de la teoría en la clínica actual y por esa razón, la presente investigación no pretende hacer un estudio de esa índole. Investigar es un acto, tanto cuanto consiste en construir un saber que responda a las problemáticas actuales.

Del mismo modo, ninguno de los conceptos o matemas que Lacan formuló cuentan con una significación unidireccional. Al contrario, todos ellos son susceptibles de ser interpretados de diversas maneras. Es por ese motivo que cada investigación debe localizarse en determinados momentos de la enseñanza de Lacan para así obtener resultados consecuentes. Tal es el caso del concepto de deseo, cuyo significado ha transcurrido por diferentes contextos y se ha relacionado con distintas nociones dependiendo de la obra freudiana y lacaniana. Tal es el motivo de elegir un momento preciso de su enseñanza para así emprender una investigación clara y consecuente.

Con este fin, para que en la presente investigación se pueda explicar la función del deseo en la primera enseñanza de Lacan para el psicoanálisis de orientación lacaniana, se abordó la obra del autor desde los años 1957 hasta 1960. En síntesis: se hizo una revisión del Seminario 5: “Las formaciones del inconsciente” (1957- 1958), “La dirección de la cura y los principios de su poder” (1958), Seminario 6: “El deseo y su interpretación” (1958- 1959) y “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo en el inconsciente freudiano” (1960). Además, también se investigó los textos: “Interpretación de los sueños” (1900) de Freud, “Introducción a la lectura de Hegel”, “La dialéctica del amo y el esclavo en Hegel” y “La idea de muerte en Hegel” de Kojève (textos de su enseñanza de 1933 a 1939). Por otra parte, también se tomaron en cuenta los siguientes seminarios: “Los divinos detalles” (2010) y “Donc: La lógica de la cura” (2011) de Jacques-Alain Miller.

Así mismo, como fuentes secundarias, se investigaron los siguientes textos: “El concepto de objeto en la teoría psicoanalítica: Sus incidencias en la dirección de la cura” (1988) de Diana Rabinovich, “Presentación del Seminario VI” (2013), “El Otro sin Otro: Una lectura del Seminario VI” (2013) de Jacques-Alain Miller, entre otros.

 

LA GÉNESIS DEL CONCEPTO DE DESEO PARA EL PSICOANÁLISIS DE ORIENTACIÓN LACANIANA

Para comprender el estatuto que el deseo tiene para el psicoanálisis de orientación lacaniana, primeramente, es necesario hacer un rastreo del origen que este término tiene. El deseo, desde la lengua castellana, francesa e italiana; proviene del latín “desiderium” y del verbo “desiderare”. Verbo que significaba “esperar a lo que las estrellas nos traigan” o “pedir el tiempo o las condiciones atmosféricas favorables al crecimiento de las plantas” (Corominas, 1987, p.208). Mientras que en el caso de la lengua alemana, existen las palabras “Begierde” y “Wunsch”. Si bien ambas hacen referencia al deseo, a la vez tienen connotaciones diferentes. Pues, “Begierde” significa apetito o apetencia; mientras que “Wunsch” expresa deseo, voluntad o anhelo. “Wunsch” es el término que Freud utiliza para hablar sobre el deseo inconsciente, al contrario, el término “Begierde” es utilizado por Hegel para hablar de la dialéctica del deseo. A propósito de esto, Lacan (1957- 1958) encuentra curioso que Hegel utilice “Begierde” cuando habla del Amo y del Esclavo, ya que es un término “demasiado animal” (p.388) a diferencia del tema que Hegel trata en su obra.

Además, cabe recalcar que Freud, en ocasiones, también utilizaba el término “Lust” para referirse al deseo. Este, sin embargo, connota un deseo orientado más hacia una acción que hacia un objeto (Macey, 1995). Mientras que “Wunsch” fue utilizado para el contexto de la interpretación de los sueños, tal como se lo desarrolló anteriormente. Por otro lado, Lacan utiliza la palabra “Désir” cuando desarrolla su concepto de deseo. Este término, dadas sus características etimológicas, implica una categoría más abstracta y amplia que el término que utilizaba Freud. En efecto, “Désir” tiene la connotación de fuerza continua, que evoca una mayor relación con el “Begierde” hegeliano que con el “Wunsch” freudiano (Macey, 1995). Este nuevo término que Lacan utiliza, engloba tanto el “Wunsch” como el “Lust” que Freud empleaba y unificó al deseo como un concepto crucial para el psicoanálisis. Si se lo ve desde esta perspectiva, esta también fue una movida que Lacan aprovechó para reorientar la teoría que Freud, en un principio, había planteado.

Sin embargo, otras referencias que Lacan toma no dejan de aportar antecedentes para el entendimiento del deseo según el psicoanálisis. Pues, como él señala, quienes han dado más importancia al deseo han sido los poetas y los filósofos. En cuanto a poesía y literatura, Lacan cita la obra de John Donne, Shakespeare, Cazotte, entre otros; para ubicar en su obra el lugar fundamental que el deseo juega en la vida humana. Sin embargo, obviamente, su obra no conlleva una conceptualización propia de cada autor, sino que ella se esgrime desde la interpretación que Lacan hizo de ellas. De este modo, a continuación, se introducirán las nociones propias de deseo según San Agustín y Hegel respectivamente. Debido a que la obra de ambos autores es la que más influyó en la concepción del deseo para el psicoanálisis lacaniano. Nótese, entonces, el acento sobre la idea del deseo como un afecto que provoca tensión interna para San Agustín y sobre la idea de deseo de reconocimiento en Hegel.

El anhelo en la obra de San Agustín

La filosofía agustina (siglo IV) acentúa la importancia de las pasiones en la moral. En este sentido, San Agustín pone en relieve la existencia de un mundo afectivo en el ser humano, el cual es el que permite que el hombre piense, sienta, entienda, desee y ame. Para comprender mejor este mundo afectivo, San Agustín sigue la clasificación que los filósofos platónicos hicieron sobre los afectos o pasiones. Los afectos son cuatro: deseo (cupiditas), alegría (laetita), miedo (metus) y tristeza (tristitia). Los afectos constituyen el fundamento más íntimo del ser humano, pues son lo que San Agustín llamaba “movimientos del alma”. Estos movimientos de los afectos o pasiones dependen de una tensión temporal de la interioridad, la cual se juega dentro de la relación con las cosas que el hombre tiene y el movimiento del futuro al pasado (Chávez, 2010).

Entre estos afectos o pasiones, está el deseo entendido como una apetencia. Este deseo es un amor que codicia tener lo amado, por lo cual es un afecto que tiende al futuro. Al respecto, San Agustín entendía que los afectos que mueven al alma dentro de una temporalidad, tal como lo es el caso del deseo, provocan en el hombre una inquietud permanente. Es decir, perturban el alma. El deseo (cupiditas) es deseo de lo que no se tiene, y es una herida del alma porque lleva a la angustia incesante de la dialéctica del tener-perder cosas temporales. Al contrario, dice San Agustín, el camino hacia la tranquilidad afectiva consiste en desear algo que no se puede perder. Este camino, desde luego, es por la vía de Dios.

De esta manera se devela una característica fundamental del deseo en la filosofía agustina: el deseo genera tensión en el alma. Los afectos, si bien en un primer momento son entendidos como perturbaciones del alma, son en realidad parte importante de la condición humana finita y frágil. Su ausencia, por otro lado, no significa la rectitud moral del hombre; sino que denota insensibilidad, dureza y arrogancia de su parte. Esto pues, en el entendido que los afectos son parte necesaria para convertirse al camino recto en comunión a Dios, pues ellos permiten que el hombre sienta dolor al ver la miseria de su mundo. De este modo, surge un segundo momento en el cual el deseo halla una función aún más importante. El deseo no es malo en sí, al contrario, depende de su orientación según la voluntad de cada hombre para ser malo o bueno.

Cupiditas, por tanto, es deseo de lo propio, mientras que caritas es deseo de Dios. El deseo de posesión acarrea la angustia y conduce al hombre al apego a todo lo que es desmedido. Al contrario, lo que el alma humana necesita es el deseo del bien total. De este modo, San Agustín logró construir una verdadera fenomenología del deseo o anhelo, anudados por el amor y la voluntad. Proponiendo que el origen de la angustia son las desviaciones del deseo, pero a la vez definiendo al hombre principalmente como un anhelo de felicidad. De este modo, San Agustín revela las principales características del deseo para él. Este deseo es principalmente una tensión en el hombre, que siempre es deseo de algo que lleve al gozo y al deleite de esta tensión. Además, otro aspecto fundamental del deseo agustino, es que siempre estará mediado por la voluntad. En la medida que la voluntad es la que permite al deseo tomar un espacio en la acción del hombre.

El deseo de reconocimiento en la obra de Hegel

Uno de los principales estudiosos de la obra de Hegel fue Alexandre Kojève, quien aportó con su propia interpretación de la “Fenomenología del espíritu” y dictó cursos en Francia, donde impartía sus hallazgos. Fue a razón de estos cursos que Kojève dictaba, que Lacan se sumió en el pensamiento de Hegel y adoptó un encuadre dialéctico para utilizarlo en su teorización del psicoanálisis. Al igual que en todo el pensamiento francés del siglo XX, la filosofía hegeliana fue adoptada hondamente por Lacan, así como también lo fue el concepto de deseo que Hegel desarrolló a lo largo de su obra. Esta identificación con la problemática del deseo para Hegel fue un bastión a partir del cual Lacan trabajó su propia conceptualización, hasta el punto en que se puede decir que la noción de deseo “le viene más de Hegel que de Freud” (Miller, 2011, p.197). Por lo cual, es imperante hacer una revisión sobre los conceptos que Hegel aplica para desarrollar su noción de deseo (Begierde), de manera tal, que posteriormente sea posible entender las diferencias y similitudes entre el deseo para el psicoanálisis y el deseo de la filosofía hegeliana. Teniendo entendido, en primer lugar, que Hegel utiliza la palabra “Begierde”[3] para hablar sobre deseo y no así la palabra “Wunsch”[4] tal como lo hace Freud.

La filosofía hegeliana se despliega a través de numerosas tríadas que explican la realidad. Entre estas tríadas, se estudió: la dialéctica de la consciencia, la dialéctica del Amo y del Esclavo y la dialéctica del deseo; ya que ellas fueron retomadas por Lacan al momento de plantear su propia noción de deseo. Si bien en el primer caso, de la dialéctica de la consciencia, es factible afirmar que Lacan la utiliza para explicar la identificación primordial durante el estadio del espejo, también esta es usada por Lacan para exponer la dinámica del deseo que se juega en esa misma corriente dialéctica. Es decir, la dialéctica del deseo no se puede entender sin la dialéctica de la consciencia, pues lo que se juega en la dialéctica de la consciencia es el reconocimiento de uno por el otro y viceversa. Para Hegel, la consciencia está ligada al reconocimiento reciproco del deseo en la relación del sujeto con el otro.

Sobre este principio de la dialéctica de la consciencia es que se despliega el estatuto que el deseo tiene dentro de la dialéctica del Amo y del Esclavo, pues el deseo surge gracias a la contradicción con respecto al objeto. Para Hegel, la consciencia comienza en forma de deseo: el Yo necesita ser reconocido por otras consciencias para tener una plena consciencia de sí (Kojève, 1947). A este punto Kojève (1947) agrega que el humano se distingue de lo animal; el ser se distingue de la naturaleza, porque el deseo no se dirige a un objeto, sino que es deseo del deseo del otro. El “ser-dado” (tesis) debe transformar el objeto de la naturaleza, niega lo natural (antítesis) para devenir en el hombre creador o histórico (síntesis) (Kojève, 1934). Es decir, esta propiedad negadora del hombre es lo que hace de él un “Yo que piensa y habla”, totalmente separado de la conexión natural que le da la existencia. Con el fin de explicar ese carácter negador del hombre, Hegel introduce la dialéctica del Amo y del Esclavo, como una forma de enfatizar la necesidad de lucha que tiene el hombre. La importancia que la dialéctica del Amo y del Esclavo tiene para la filosofía y el pensamiento moderno, es que esta dialéctica explica la relación social fundamental, en la medida que cada sociedad se compone por dos comportamientos humanos distintos.

De este modo se puede comprender que la dialéctica del reconocimiento recíproco se establece en la dialéctica del deseo. Que el deseo sea “deseo del deseo del otro”, significa que toda consciencia desea ser reconocida en el otro, en la medida en que el otro desea reconocerse en ella también. El individuo solamente puede reconocerse como consciencia “de sí” por intermedio de otro. Sin embargo, para que esto ocurra, el individuo debe negar al otro en tanto consciencia deseante. Esa es la única manera de satisfacer el deseo; mediante la oposición a otra consciencia deseante, de la que el hombre exige ser reconocido. Esta es la fórmula que Lacan posteriormente tomará para explicar que el deseo inconsciente, el deseo humano, se basa en una dialéctica de desear ser deseado. En la dialéctica del deseo como “deseo de deseo del Otro” es que se puede comprender el verdadero estatuto del hombre histórico: el Hombre-del-Deseo (Kojève, 1947, p.437). Ese es el verdadero hombre para Hegel, porque ese es el hombre insatisfecho con lo que es y quien es capaz de transformar lo dado mediante la lucha y el trabajo.

 

LA NOCIÓN DE DESEO EN LA OBRA DE FREUD

La base del desarrollo lacaniano sobre el deseo se cimienta en Freud, esto se debe a que fue él quien comprendió al deseo como una actividad fundamentalmente inconsciente. De esta manera, se devela un estatuto básico para la comprensión del deseo para Lacan: el deseo es el deseo inconsciente y, por lo tanto, el inconsciente es la fuente del deseo. Freud llegó a delimitar las bases del estatuto del deseo para el psicoanálisis, sin embargo, su teorización se avoca principalmente al ámbito del “cumplimiento del deseo” como una forma de tratamiento de los contenidos reprimidos del inconsciente. En este sentido, es necesario comprender que el énfasis que Freud hace respecto al deseo, se enfoca en la relación que el deseo tiene con los sueños.

Para Freud, el deseo inconsciente comparte todas las características que los contenidos exclusivos del sistema inconsciente tienen. De tal forma, se entiende que estos “actos anímicos” tienen la característica de indestructibilidad y constancia. Así señala el autor cuando indica que son deseos “siempre alertas, dispuestos en todo momento a procurarse expresión cuando se les ofrece la oportunidad de aliarse con una moción de lo consciente y de transferir su mayor intensidad a la menor intensidad de esta” (Freud, 1900, p. 545 – 546). Otra característica clave del deseo como parte del sistema inconsciente es el valor retroactivo que este tiene; pues como Freud indica, estos deseos que se encuentran en estado de represión son de procedencia infantil. De esta manera, se revela un punto clave del deseo inconsciente según Freud, pues si bien en un principio él señala que los deseos se originan en la oposición entre la vida consciente y la actividad psíquica que permanece inconsciente (como bien se explica en la introducción de esta obra) el autor posteriormente indica que el deseo es fundamentalmente actividad psíquica reprimida que se habría originado en la infancia (Freud, 1900).

En “La interpretación de los sueños” (1900), Freud descubre que el sueño es una manera de satisfacer impulsos inconscientes que fueron reprimidos en la infancia y que sólo allí hallan manera de expresarse. Así, Freud halla el valor del deseo como un catalizador del sueño, que asociado a otros contenidos de la vida diurna (conscientes) encuentra una vía para ser satisfecho. El deseo se alía a “pensamientos de vigilia” para así superar la censura onírica que demarca la barrera de la represión en el sujeto. De esta manera, para Freud el sueño se presenta como irreconocible en su relación al deseo, pero aun así encuentra una vía para el cumplimiento del deseo. Tomando en cuenta que este proceso ocurre más en adultos, pues la represión ya se ha constituido como parte del aparato psíquico del sujeto. Mientras que, en los niños, el deseo en los sueños se presenta más de manera franca debido a que la separación y la censura entre preconsciente e inconsciente aún no existe (Freud, 1900).

Estos datos nos brindan esbozos para entender que el deseo para Freud, es más una manera que tiene el inconsciente de tramitar los contenidos que se encuentran reprimidos en el sujeto. Bajo esa lógica, podemos concluir que la finalidad del deseo freudiano consiste en que estos contenidos se vean expresados en el exterior mediante el sueño (la vida consciente), porque sólo de esa manera se conseguirá que estos impulsos se vean satisfechos aun cuando se sabe que son impulsos indestructibles y que solo se satisfacen ilusoriamente. Para explicar este fenómeno, Freud argumenta que debe existir una vehiculización de estos contenidos reprimidos para así hallar su expresión en la vida consciente mediante el sueño. Esta vehiculización de contenidos recibe el nombre de “Wunscherfüllung”, es decir “cumplimiento de deseo”.

De este modelo de abordaje al deseo, podemos sustraer algunos aspectos fundamentales para la comprensión de la primera tópica freudiana respecto al inconsciente. En primer lugar, acaece el concepto de la energía psíquica entendida también como energía libidinal, la cual es constante y siempre se encuentra en movimiento dentro del aparato psíquico (sistema inconsciente, sistema preconsciente y sistema consciente). Como ya se lo explicó antes, esta energía siempre se procura expresión en la consciencia, pero para hacerlo debe burlar la barrera de la represión. Con este fin, esta energía libidinal presente en los contenidos inconscientes hace una operación de transacción con los contenidos de los otros sistemas, en la cual se ganan y pierden cargas que hacen que el contenido inconsciente se deforme de tal manera que supere a la represión. Tal es el caso del deseo, que realiza exactamente el mismo proceso para lograr el cumplimiento de deseo en el sueño. Como ya se puede suponer, el resultado son las llamadas “formaciones del inconsciente” entre las cuales se identifica el sueño.

En segundo lugar, podemos también acordar que existe un trabajo de condensación y desplazamiento del deseo dentro de los sueños. En este sentido, los contenidos inconscientes tienen la potestad de encuadrarse en el sueño sin importar la forma en la que el sueño se manifieste, introduciendo una “cantidad puesta libremente a disposición en el volumen adecuado” (Freud, 1900, p.553) del deseo inconsciente en el sueño. Como resultado, Freud afirma que en la mayoría de los sueños puede reconocerse la figuración directa del cumplimiento de deseo, pues cada sueño posee en el centro una particular intensidad sensible. Esta intensidad psíquica, que si bien se muestra mediante pensamientos oníricos (contenidos conscientes) en el sueño, ha sido sustituida, vale decir desplazada, por la intensidad sensorial que sólo el deseo inconsciente tiene.

Dicha afirmación avala la importancia del sueño dentro del trabajo analítico. Pues demuestra que en cada sueño existe un desplazamiento que permite que el inconsciente emerja a la superficie. Dicho en otras palabras, el sueño es una formación del inconsciente y por lo tanto es apto para ser analizado. Esta formación del inconsciente no es otra cosa más que el cumplimiento de deseo, que se difunde en el sueño mediante una esfera de nexos que permiten que este contenido inconsciente se esconda bajo los pensamientos oníricos. Por consiguiente, dado que el cumplimiento de deseo se encuentra escondido dentro de todas las manifestaciones oníricas, no hay importancia si estas expresiones oníricas se muestren contrarias al deseo que ocultan. De tal manera, tal es la fuerza psíquica que tiene el cumplimiento de deseo, que este posee una “fuerza figurante” capaz de difundirse dentro de los elementos del sueño sin importar que estos sean contrarios a la naturaleza del deseo que provocó el sueño.

Hasta este momento de la obra de Freud, es posible comprender que el deseo es fundamentalmente una experiencia de satisfacción, la cual está ligada a una imagen mnémica que busca volver a provocar la satisfacción primera. Por otro lado, posteriormente Freud señala que el deseo también tiene una relación con la pulsión. En este sentido, Freud afirma que lo inconsciente brinda una “fuerza pulsionante” (Freud, 1900, p.556) que permite el cumplimiento de deseo. Mas al contrario, es necesario aclarar que ambos son dos conceptos heterogéneos que en este punto actúan para lograr el mismo fin. Vale decir, que el deseo se sirve de la lógica pulsional para así procurarse el cumplimiento de deseo.

Este nexo entre la pulsión y el deseo es abordado por Freud con más detalle en un texto posterior, más precisamente en “Las fantasías histéricas y su relación con la bisexualidad” (1908), en el cual introduce el concepto de fantasía como una forma de “sueño diurno” y, por lo tanto, también como un cumplimiento de deseo. En este texto, Freud afirma que la fantasía une dos elementos heterogéneos: la satisfacción pulsional y el deseo prohibido, y que esta unión de ambos elementos da lugar a un síntoma neurótico. Sin embargo, más allá de esta relación, el cumplimiento de deseo no deja de estar principalmente determinado por un deseo infantil reprimido, el cual es sin lugar a dudas, la fuente del deseo. Más específicamente, se puede afirmar que el deseo va del lado de lo prohibido, así como también del lado de lo imposible. En efecto, una diferencia esencial entre el deseo y la pulsión que se obtiene de este razonamiento; consiste en que el deseo no puede ser satisfecho, mientras que la pulsión sí.

Para comprender de mejor manera qué son estos deseos infantiles que van del lado de lo reprimido y lo imposible, es necesario abordar la lógica del objeto que el autor instituyó en este momento de su obra. En dicha instancia, Freud habla del “objeto de satisfacción” (Freud, 1900, p.588), haciendo referencia a un objeto que parte de la idea de una satisfacción originaria que a partir de ese momento buscará ser revivida, para recobrar aquella primera satisfacción. En este sentido, el deseo va en busca de una satisfacción originada en la infancia, que es además imposible de recuperar porque la represión ha operado. Esta lógica del objeto de satisfacción es difícil de diferenciar de la lógica del objeto de la pulsión, porque ambos objetos hallan trabajo dentro del sistema inconsciente y se expresan mediante la lógica de la satisfacción.

Más aun, esta noción del “objeto de satisfacción” ya mencionada, será posteriormente reeditada mediante la noción del “objeto perdido”; el cual es mencionado por primera vez en el texto “Acciones casuales y sintomáticas” (1901, p.203). Esta nueva noción hace referencia a un objeto mítico que parte de la idea de una satisfacción originaria que, por consiguiente, también es mítica. En este sentido, el deseo va en busca de algo no sólo perdido, sino además imposible. De igual modo, es una noción que atañe a los objetos de la trama edípica que son de naturaleza incestuosa y por tanto, prohibidos; a la misma vez, que por ser perdidos son también imposibles de recuperar. Sin embargo, la noción de objeto perdido tampoco permite diferenciar completamente al deseo y la pulsión. Este impasse para diferenciar ambos conceptos en la obra de Freud, no será solucionado hasta la obra de Lacan, quien posteriormente atribuirá a cada uno los registros respectivos.

Por consiguiente, el cumplimiento de deseo es en realidad una satisfacción alucinatoria del deseo. Es solamente una realización del deseo que se da mediante los representantes psíquicos, el cumplimiento de deseo es imposible por estructura. Lo que se da es una ilusión de satisfacción que solamente permite que el deseo emerja en la consciencia y esa energía sea transformada. Lógicamente, si el deseo realmente fuera satisfecho, el hecho sería semejante a una alucinación; pues se trata de necesidades insatisfechas originadas durante la infancia que obviamente no pueden ser satisfechas más, pues están perdidas. A razón de esta imposibilidad, Freud puntualiza sobre la diferencia de la experiencia del deseo entre la neurosis y la psicosis. En el caso de la psicosis, la satisfacción de la necesidad es igualmente imposible como en la neurosis, pero ocurre de una manera más primitiva.

En conclusión, si se sigue la lógica del desarrollo freudiano, se llega a entender la importancia que la noción de deseo tiene para la teoría psicoanalítica. Para Freud, el deseo es una moción psíquica que busca reinvestir la percepción de la satisfacción originaria proveniente de la infancia, vale decir; su origen es un deseo infantil sofocado. Mientras que, el cumplimiento de deseo es la reaparición de esta percepción antes mencionada; a manera de una satisfacción alucinatoria que se expresa mediante los sueños y, en su defecto, también mediante el síntoma. Más aun, el deseo propicia la capacidad de fantasear, de imaginar y, por lo tanto, constituye también la base para la articulación fantasmática. Esta será la idea que posteriormente Lacan retomará para edificar toda la teoría de la constitución subjetiva. Pues comprenderá que el deseo es el resto de la satisfacción originaria que deja algo perdido por estructura, y que el resultado de esa operación es el sujeto deseante. Dando paso a una de las nociones fundamentales para el psicoanálisis de orientación lacaniana.

 

LA CONSTITUCIÓN DEL SUJETO DESDE LA PERSPECTIVA DE LACAN

La concepción del deseo para el psicoanálisis, tal como Lacan la entiende, no tendría relevancia si no fuera a partir de la constitución del sujeto. En ella, se encuentran las claves para entender la función que el deseo tiene dentro de la disciplina psicoanalítica, pues es sobre la base de la noción de sujeto que se anuda el deseo dentro de la teoría. El deseo, bajo la comprensión lacaniana, constituye la esencia del hombre y, por consiguiente, la base de la práctica analítica. En consecuencia, surge la noción de “sujeto deseante” como un resultado lógico de lo que Lacan denominó constitución subjetiva. La constitución subjetiva es una sucesión de tiempos lógicos que principalmente articulan los efectos que el Otro tiene sobre el sujeto.

Bajo la perspectiva psicoanalítica, la noción de sujeto no se trata del ser vivo en tanto animal viviente. Sino que alude a una falta, a una división que es causada por el lenguaje. El organismo, por tanto, queda trastocado de manera permanente. De modo que recién sea posible hablar de términos profundamente humanos, tal como lo es en el caso del deseo. La constitución del sujeto puede ser abordada de diferentes maneras y perspectivas. En efecto, Lacan flanqueó esta problemática a partir de distintos puntos de referencia; entre los cuales, aportó con una innovadora explicación del complejo de Edipo a partir de la metáfora paterna. Y con la creación del grafo del deseo para aportar con una nueva visión del psicoanálisis, inédita hasta ese momento. Ambos aportes se complementan de manera tal, que la noción de sujeto pudo ser delimitada para la práctica analítica; y con ella, el concepto de deseo encontró un lugar firme en el cual asentarse.

Metáfora paterna

Es necesario comprender que existe un proceso lógico por el cual el sujeto transcurre desde que está inserto en el universo de los significantes. El resultado de este proceso es la constitución de un sujeto en pleno derecho; de un sujeto deseante, que no es otra cosa más que un sujeto dividido por el significante. Uno de los momentos primordiales para la constitución del sujeto es el complejo de Edipo, donde opera la castración y entonces, acontece en el sujeto una nueva manera de gozar y, por lo tanto, una manera de hacer lazo con el objeto perdido. En estos términos, una operación fundamental para abordar la cuestión del deseo y la constitución subjetiva es la metáfora paterna. Comprendiendo que lo que una metáfora provoca es una sustitución entre la cadena de significantes del nivel superior, que indefectiblemente crea un nuevo sentido a nivel de los significados del nivel inferior que constantemente se están deslizando.

La metáfora paterna o también llamada metáfora del Nombre del Padre que se circunscribe dentro del Edipo, es una sustitución de significantes en la cual el Deseo de la Madre es sustituido por el Nombre del Padre. Si tenemos en cuenta que en el primer tiempo del Edipo el hijo ocupa la posición de falo de la madre, es decir, el hijo es el objeto de Deseo de la Madre (pues el hijo desea el Deseo de la Madre y para satisfacer ese deseo se pone en posición de su subidito) (Lacan, 1957- 1958); en un segundo momento, cuando el padre media esta relación, el padre sustituye el significante del Deseo de la Madre por el significante del Nombre del Padre mediante la operación metafórica que le permite la función paterna. El padre entonces, es el significante que prohíbe, frustra y priva (Lacan, 1957- 1958), vale decir, que acontece en el registro real, imaginario y simbólico; haciendo un corte en esta relación de satisfacción directa entre madre e hijo. El resultado lógico de esta operación de sustitución es el falo negativo; la castración. Dicho de otro modo, es finalmente el Edipo, mediante la metáfora paterna, la explicación lógica de la falta de objeto, que acontece a su manera en los registros real, imaginario y simbólico. Y que finamente permite el advenimiento de un sujeto deseante, vale decir, de un sujeto movido por su deseo.

Grafo del deseo

El grafo parte desde el sujeto mítico (∆), el cual lleva ese nombre porque es una anterioridad lógica, no existente, que sirve para explicar la subjetividad correspondiente a una “pura vida” de un organismo que responde al orden de lo biológico. Al contrario, lo que preexiste al sujeto es el lenguaje, y es en realidad con él con quien parte a encontrarse. Por lo cual, este sujeto mítico parte con la intencionalidad de satisfacer una necesidad de supervivencia. Y es en esta búsqueda de “algo” que se encuentra con el lenguaje (A), el cual le brinda una entrada al “tesoro de los significantes” que en vez de brindarle aquel tan esperando encuentro con el objeto, perturba su existencia como sujeto (∆) y comienza a demarcarse un predominio de lo simbólico.

Tras este encuentro del sujeto (∆) con el lenguaje (A), este sujeto queda subordinado a las leyes de la cultura mediante la utilización de los significantes que ésta le impone. Sin embargo, el significado llega a ser producido de forma retroactiva, cuando es el Otro (A) quien sanciona al dar significado. Vale decir, es un camino de ida y vuelta, en el cual el sujeto toma los significantes del Otro para así poder hacer un llamado a él, y es este a su vez, quien responde a este llamado brindándole un significado al sujeto: s(A). El resultado es el sujeto dividido ($), donde la condición de “pura vida” se pierde. Pues el sujeto se encuentra sumido en el lenguaje y regido por los significantes. La condición de división que deja en el sujeto, se debe a que los significantes no son capaces de llegar a aprehender temas trascendentales relacionados a la vida, la muerte o lo sexual. Esta constitución subjetiva de la falta, se traduce en una profunda ausencia de “ser”; existente no sólo en el sujeto, sino también en el Otro (Otro barrado: Ⱥ) debido a que no es sino de allí de donde el sujeto se adueña de los significantes.

La noción de sujeto

Lacan subvierte la noción de sujeto que el padre de la filosofía moderna había fundado desde la época renacentista y a partir de este cambio paradigmático, Lacan da pie al despliegue de una nueva manera de abordar la existencia del ser. De esta manera, Lacan señala que, en psicoanálisis, no podemos hablar del sujeto en términos cartesianos como “substancia pensante” sino que apelamos a la noción del sujeto del inconsciente. Lacan comprende que existe una separación estructural entre lo consciente e inconsciente que hacen la vida del sujeto y que esta división subjetiva es originada a partir de la función significante del Nombre del Padre. En otras palabras, el sujeto se encuentra escindido por el orden mismo del lenguaje y, por lo tanto, el inconsciente también se encuentra estructurado como lenguaje.

Lacan postula que “el inconsciente es el discurso del Otro” (Lacan, 1957- 1958, p.486). Pues el inconsciente sólo sigue la organización significante que el Otro del lenguaje contiene y, como tal, sólo puede manifestarse dentro de esta estructura. Dado que el lenguaje organiza al inconsciente, los contenidos inconscientes solo pueden manifestarse mediante las leyes del lenguaje; más específicamente, mediante los mecanismos de la metáfora y la metonimia. De tal modo, que los contenidos reprimidos tras la metáfora paterna pueden encontrar expresión a través de las formaciones del inconsciente; constituyendo la única manera que hay para dar cuenta de la subjetividad propia de cada uno. Por consiguiente, vemos que el sujeto solamente puede ser representado mediante el lenguaje, pero es a la vez, este lenguaje el que lo aliena de su propio ser, debido a que el lenguaje proviene del Otro. La alienación significante, por lo tanto, actúa como una máscara (Lacan, 1957- 1958) que presenta al deseo de una forma ambigua y que lo mantiene como un enigma para el sujeto.

Podemos concluir, por lo tanto, que el sujeto no podría ser definido si no fuera por el Otro. Una estructura por sí misma, no alberga un significado propio, y es sólo mediante el encuentro con otra estructura que se concretiza. Sin embargo, ninguna de estas dos estructuras es capaz de definirse completamente. Debido a que, desde el punto de vista de la subjetividad, la falta es una característica inherente al ser humano. Es la falla constituida por la castración que constantemente lo persigue; pero de igual manera, es también el motor que lo lleva a hacer algo con su propia vida. Más aun, es esta falta la que nos hace formar parte de la cultura, la que nos permite relacionarnos con los demás y la que permite la existencia del lenguaje. De forma tal, que es factible afirmar que el sujeto es el resultado lógico del encuentro con el lenguaje. Al respecto, es necesario comprender que el sujeto desde el psicoanálisis es el sujeto del inconsciente; es decir, el sujeto del deseo. Pues el dispositivo analítico busca escuchar al sujeto del enunciado para así emprender la práctica analítica.

Las categorías de Necesidad, Demanda y deseo

Desde un punto de vista más específico, este proceso de constitución subjetiva puede ser profundizado desde la relación entre la Necesidad, la Demanda y el deseo. En la obra de Freud es posible denotar una suerte de confusión o falta de claridad respecto a la diferencia entre la naturaleza de la Necesidad y la del deseo. Para dar una salida a este conflicto teórico, Lacan propone el esquema de estas tres categorías, la cuales permiten aclarar el trasfondo de las estructuras primordiales del lenguaje, básicas para comprender la teoría de Freud. En primera instancia, Lacan señala que Freud demarca una hiancia entre la estructuración del deseo y la estructuración de las necesidades, afirmando que efectivamente ambos términos responden a una naturaleza distinta. Pero a la vez, Lacan asume como algo inesperado y carente de evidencia, el que la misma obra de Freud haya llegado a ser referida como una “metapsicología de las necesidades”. Bajo esta dificultad, Lacan establece las diferencias entre ambos términos, denotando que la Necesidad es una condición que llega al sujeto totalmente refractada por las leyes del significante (Lacan, 1957- 1958).

El descubrimiento lacaniano sobre la teoría del deseo de Freud, señala que el deseo se articula dentro de la cadena significante. Es decir, para que el sujeto de respuesta a su deseo, este debe ser articulado dentro de la Demanda. Sin embargo, para que esta dialéctica confluya, el deseo debe seguir el mismo camino que Freud descubrió respecto al deseo inconsciente en la realización de los sueños; de tal forma, que el deseo se transforme en algo distinto, y así se permita paso al exterior. Al respecto, Lacan afirma: “Ningún deseo puede ser acogido, admitido por el Otro, salvo a través de toda clase de mediaciones que lo refractan, lo convierten en algo distinto de lo que es, en un objeto de intercambio” (Lacan, 1957- 1958, p.71). De tal manera que, así como en los sueños, el deseo halle expresión y su cumplimiento. Sin embargo, dado que en este escenario el deseo se dirige al Otro, lo que el deseo denota ante el sujeto es la existencia de una dificultad esencial; una cierta relación que fracasa. De este modo, “el deseo que debería pasar, deja en algún lugar no sólo huellas sino un circuito insistente” (Lacan, 1957- 1958, p.93).

En efecto, el significante aporta la función de metáfora, permitiendo que el significado de la Demanda sea algo más allá de la Necesidad bruta. Lo que el significante hace, no es traducir la Necesidad sino remodelarla, creando un deseo distinto de la Necesidad. De tal manera, que el deseo “es la Necesidad más el significante” (Lacan, 1957- 1958, p.95). El deseo, como resultado de esta operación, está dentro de la respuesta a la Demanda y dentro de la Demanda verbal misma; complejizando y transformando la Necesidad. Así como Lacan afirma: “el deseo se define por una separación esencial con respecto a todo lo que corresponde pura y simplemente a la dirección imaginaria de la Necesidad” (Lacan, 1957- 1958, p.96). El deseo, al ser un contenido implícito dentro de la cadena significante, provoca en el sujeto un efecto de sorpresa, y es así como lo demuestran las formaciones del inconsciente. El deseo se sostiene dentro de la estructura simbólica y es por eso que se mantiene en circulación en el significante. El cual, como todo contenido inconsciente, se mantiene siempre activo y dispuesto a reaparecer.

 

LA NOCIÓN DE DESEO EN LA PRIMERA ENSEÑANZA DE LACAN

Desde un primer momento, Lacan indica: “de lo que nos ocupamos en el psicoanálisis es de los efectos del deseo en un sentido muy amplio –el deseo no es un efecto lateral” (Lacan, 1957- 1958, p.259). Esto, porque la principal enseñanza que Lacan brinda respecto al deseo, es que el deseo se encuentra en una profunda subducción por el significante. Esto produce una alteridad en el deseo que es inconsciente; pues, así como es deseo de reconocimiento, también se encuentra instalado en la cadena significante. El resultado de esta alteridad, como ya se indica con anterioridad, es un ser dividido por su propia existencia. Por tanto, el sujeto se encuentra constituido por una división, debido a que su ser está presente en otra parte; en un tercer lugar.

Durante el Seminario V, Lacan formula un esquema más complejo que el freudiano para explicar el estatuto que el deseo tiene para el psicoanálisis. De este modo, comprende que el deseo se encuentra articulado en el lenguaje y, por lo tanto, se formula dentro del mensaje que el sujeto dirige al Otro. De tal manera, el camino natural que el deseo debería tener es el de ser dirigido al Otro y a su vez ser recogido por él. Más al contrario, esta operación no acontece; debido a que el objeto ha sido profundamente transformado por el Otro para que así sea admisible por él, dando como resultado al objeto metonímico y no al objeto natural como racionalmente se entendería. En efecto, para que el sujeto dirija su deseo al Otro, dentro del mensaje acontece una metáfora que desplaza el deseo; este movimiento puede resultar y así ser recogido por el Otro, o caso contrario, puede fracasar en la ambigüedad del mensaje (Lacan, 1957- 1958). Es decir, que el Otro se presenta como una alteridad del sujeto, el cual actúa como un receptor que sólo sanciona los mensajes que se formulan mediante la ley del significante. Más aún, a pesar del efecto del mensaje, el deseo seguirá circulando “en forma de desechos de significante” en el inconsciente.

En este punto, la enseñanza de Lacan muestra una pista clave para comprender la función que el deseo tiene en el psicoanálisis: “El discurso inconsciente no es la última palabra del inconsciente, está sostenido por lo que es verdaderamente el último motor del inconsciente y que sólo puede articularse como deseo de reconocimiento del sujeto” (Lacan, 1957- 1958, p.264). Con este comentario, Lacan indica que incluso el inconsciente articula palabras para engañar al analista, pero que a pesar de todo ello, lo que persiste como motor del inconsciente es un deseo de reconocimiento. De tal modo, se devela la complejidad que existe en el análisis de las formaciones del inconsciente, pero se esclarece que la base de ella es el deseo. Pues, si bien en el trabajo que Freud realizó sobre el sueño no se presenta de ninguna manera al deseo como una articulación, Lacan descubre que el deseo que Freud expresa en los sueños que analiza, son deseos en tanto son una alteración de la Necesidad. Desde luego, estos deseos están enmascarados, pues se transforman sobre la base de la estructura significante.

En primer lugar, es necesario mencionar que la concepción de reconocimiento de deseo está presente casi desde los inicios de la obra teórica de Lacan. Esta primera conceptualización del reconocimiento de deseo, es referente a la época de su enseñanza que comprende desde el Seminario II hasta el Seminario V, es una noción que brinda una referencia previa a su posterior elaboración sobre el deseo, y por ese motivo merece ser expuesta. En ella Lacan brinda un primer valor a este fenómeno y una manera de abordarlo. El cual, como se verá, aun no distingue concretamente la dimensión imaginaria de la simbólica, cabe señalar que este primer abordaje será reeditado posteriormente por una postura más completa.

En este marco referencial, Lacan adopta el término “reconocimiento” de Hegel. Para postular que el fin del análisis es el de reconocer el deseo inconsciente en el sujeto. Si bien esta concepción será después reemplazada por otra en su obra posterior, cabe revisar el carácter de este concepto teórico. Pues el reconocimiento de deseo para Lacan, se diferencia de la relación imaginaria especular que consiste en ser reconocido como Amo o como Esclavo tal como lo propone Hegel en su dialéctica. Más al contrario, cuando añade la dimensión simbólica a esta dialéctica, Lacan inaugura una nueva etapa en su obra. En el sentido de que el concepto de reconocimiento de deseo delimita una diferencia entre lo imaginario que remite al eje a–a’ y lo simbólico que pertenece al eje S–A. En este momento, para Lacan la satisfacción del deseo inconsciente consiste en ser reconocido por el Otro (A) y no así por el otro semejante (a’) de la relación imaginaria, y por ese motivo el deseo insiste en la cadena significante. Como conclusión, durante este momento de su obra, el objeto del deseo es el reconocimiento.

Por otro lado, el deseo también tiene una relación con la pulsión. Dado que, como Freud indica desde el principio, el deseo posee una “fuerza pulsionante” que le permite su emergencia. Sin embargo, ambos conceptos son esencialmente muy diferentes; pues la pulsión se satisface en un “más allá del deseo” mientras que el deseo es principalmente un deseo insatisfecho. En este sentido, cabe preguntarse respecto a cuál es el punto en el que ambos fenómenos se entrecruzan. Lo que une a la pulsión con el deseo, para Lacan, es el amor. Puesto que el amor cumple la función de velar el objeto que falta y posibilita el encuentro con el falso objeto con el que se satisface la pulsión, de tal modo que ambos; el deseo y la pulsión se articulen dentro del funcionamiento psíquico. Por otro lado, es pertinente hacer una aclaración respecto a la diferencia entre el deseo y la pulsión. En primer lugar, el deseo proviene del campo del Otro, mientras la pulsión del interior; del cuerpo. Segundo, el deseo es único mientras que las pulsiones son variadas porque se dirige a objetos parciales. En cambio, existe un único objeto del deseo; el cual no es tampoco el objeto al que el deseo apunta, sino su causa. Pues como bien se sabe, el deseo implica la falta del objeto.

A partir de este punto, se vislumbra un avance en la teoría del objeto para Lacan. Pues descubre que hay algo que escapa incluso a la noción de objeto perdido en tanto objeto simbólico u objeto de reconocimiento. Si bien, el concepto de “objeto a” no alcanzará mayor consistencia hasta el Seminario X, correspondiente a otro momento de la enseñanza de Lacan, en el texto “Subversión del sujeto…” y en el Seminario VI, el “objeto a” se comienza a esbozar como algo del orden de lo real, como un resto, un residuo. Este residuo es un residuo del ser, con el cual el sujeto hablante se confronta, pues en efecto, es el resto de toda posibilidad de Demanda (Lacan, 1958-1959); en la medida que este “objeto a” es el residuo de la sustitución de la Demanda sobre la Necesidad (Miller, 2010). Es precisamente en este Seminario, donde Lacan introduce al fantasma como el modo de hacer una conjunción entre el sujeto y el objeto, dando pie a una manera de articular al deseo y su satisfacción a pesar de la imposibilidad que lo caracteriza.

El sujeto encuentra su lugar de objeto deseado en relación al deseo del Otro mediante el fantasma. Es decir, que el fantasma es el término de la pregunta del sujeto con relación al deseo del Otro. Ahí, el sujeto encuentra su identificación como sujeto siempre en tanto que es y no es el falo (Lacan, 1957- 1958). Ante esta presencia del deseo del Otro, el sujeto se encuentra en una posición traumática de desamparo (Lacan, 1958- 1959) la cual deriva en la angustia como su señal. La angustia, señal de un sujeto sin recursos ante el deseo del Otro, ocurre porque el sujeto se confronta con un Otro deseante, que nos implica dentro de su discurso, el cual no puede ser respondido del todo. La respuesta frente a este vacío es lo que se denomina fantasma, pues evoca una forma de hacer lazo con el Otro. La función del fantasma es la de dar al deseo del sujeto una acomodación frente a esa relación traumática que produjo el desamparo.

Bajo estos términos, Lacan hace una vuelta sobre la noción agustina del deseo que indica que el deseo provoca la angustia. Al contrario, Lacan dice que lo que produce la angustia es el desamparo (dètresse) que provoca el encuentro con el deseo del Otro (Lacan, 1958- 1959), así como de la misma manera, el deseo propio del sujeto es a su vez generado por ese deseo del Otro. Sin embargo, lo que permite que el sujeto logre defenderse frente a esta situación de opacidad del deseo del Otro, es el fantasma. En tanto fija al deseo con su objeto, lo acomoda y le permite responder, al menos parcialmente, al Otro. Es decir, el fantasma es la relación sujeto-objeto del deseo inconsciente. El deseo, entonces, no está fijado a un objeto sino a un fantasma. El cual, desde la dimensión imaginaria, permite que el sujeto pueda defenderse ante el otro semejante, ya sea adoptando una posición de sumisión o de derrota ante él. Por esa razón, esta dimensión imaginaria es comparable con la dialéctica del Amo y del Esclavo de Hegel. Pues explica cómo se juega la relación especular entre el sujeto y su semejante (a–a’) basada en una posición fantasmática que, en su interior, aloja al deseo del sujeto.

Al respecto de esta relación entre el fantasma y el deseo, Miller hace una aclaración que es necesaria tomar en cuenta. Dado que el deseo no es un fenómeno natural ni de la realidad, sino que un efecto del significante; su objeto, el “objeto a”, es aquello que escapa a la metáfora paterna, vale decir, a la Ley fálica. Esto significa que no existe tal “madurez del deseo” como Lacan nombra en un primer momento de su enseñanza, pues el deseo nunca logra estar totalmente delimitado por el falo. La relación entre el significante y el deseo deja un resto que escapa a la significación fálica. Aquello significa que el Nombre el Padre no puede reabsorber todo el goce bajo su signo (Miller, 2013) y esos restos son los que se anclan en el fantasma y en su “objeto a”. De modo que existe un goce suplementario al goce fálico, este goce suplementario (lo que posteriormente se llamará plus de gozar) queda atado al deseo inconsciente mediante el fantasma; y es desde ese lugar que opera el “deseo perverso”, tal como se lo explicó con anterioridad.

Dado que el sujeto es falta-en-ser, esa falta lo estimula a buscar un complemento de ser en el Otro. Sin embargo, el Otro también está atravesado por la herida del deseo. Es en este punto que también se puede ubicar al significante de la falta en el Otro S(Ⱥ), en tanto se muestra un Otro que ha sido afectado por la castración. Este matema es de gran importancia para la clínica psicoanalítica porque implica la introducción de un Otro deseante –barrado– como una señal que el sujeto se ha introducido en el campo del deseo al haberse demarcado de la Demanda. Es decir, implica que el sujeto dividido se ha introducido en la dirección de la cura, en tanto se hace evidente la elisión del significante que nombra al Otro, a manera de una ausencia en el Otro. Es en este punto de la teoría de Lacan, que se puede entender el postulado de: “no hay metalenguaje”.

 

CONCLUSIONES

De modo general se puede concluir que el deseo, para el psicoanálisis de orientación lacaniana, es el indicador de la falta. Sin embargo, antes de llegar a este postulado, Lacan hizo un recorrido que va desde la filosofía, pasando por el “wunsch” de la teoría de los sueños de Freud y su primera aproximación al deseo a partir del registro de lo imaginario. A continuación, se desarrollará ese recorrido a modo de conclusiones.

1. La noción de deseo ha transcurrido por distintos escenarios del conocimiento humano y su función ha variado en relación a estos. Encontramos interesantes aportaciones a este concepto de parte de diferentes autores, entre ellos se encuentran importantes filósofos como San Agustín y Hegel. Cada uno de ellos ha servido como referencia para Lacan, en tanto aportaban a la noción básica del deseo inconsciente propuesta por Freud. Por otro lado, Miller hace un señalamiento muy interesante al respecto, al decir que la noción lacaniana tuvo más influencia de Hegel que del mismo Freud. Sin embargo, el aporte original que Lacan hizo, fue el de utilizar el término francés “désir” para englobar dentro de ese concepto tanto al “wunsch” freudiano como el “begierde” hegeliano.

2. La noción lacaniana del deseo ubica los aportes que Hegel y San Agustín hicieron y conforma un diálogo entre la filosofía y el psicoanálisis. Sin embargo, el verdadero mérito que la obra de Lacan tiene sobre dicho tema, consiste en que Lacan pudo diferenciar el estatuto que el concepto de deseo tiene a nivel de los registros real, simbólico e imaginario. En ese sentido, se hace factible verificar que la noción de deseo de reconocimiento dentro de la dialéctica del Amo y del Esclavo corresponde al deseo dentro de su dimensión imaginaria. Y que la noción agustina del deseo como tensión interna, es correlativa a las nociones de deseo insatisfecho y deseo imposible que se asemejan más al registro simbólico del concepto de deseo para el psicoanálisis.

3. Lacan establece una diferencia entre el deseo (Désir) y el Wunsch freudiano. Él señala que el Wunsch no es el deseo en sí, sino un deseo ya formulado. Es un deseo ya articulado en la cadena significante, que “se satisface con ser”. Es decir, el Wunsch no se satisface sustancialmente, sino que solamente se satisface verbalmente en las apariencias del sueño. Lacan descubre que lo que se muestra en el sueño es lo anhelado, vale decir, el enunciado del anhelo. El anhelo, por su parte, es apenas “la máscara” de lo más profundo que hay en la estructura del deseo. Por otro lado, el anhelo alude al Edipo en tanto es el momento fundante en el que se articula el deseo; de tal modo que la metáfora paterna permita un anudamiento entre el significante y su deseo. El anhelo entonces, no es lo mismo que el deseo, sino una más de sus máscaras; que se presenta mediante el sueño, tal como Freud establece.

Freud concibe al deseo como un plural. Es decir, para Freud existen deseos inconscientes, preconscientes y conscientes. Mientras que para Lacan el deseo es fundamentalmente singular en tanto el deseo es el deseo inconsciente, vale decir, reprimido. Al respecto, Lacan aclara la teoría freudiana de la existencia de deseos conscientes al introducir la categoría de la Demanda en la teoría psicoanalítica. En ese sentido, se puede plantear que lo que Freud entendía como deseos conscientes no son otra cosa más que la Demanda, en tanto es una formulación del deseo puesta en significantes. Es decir, la Demanda como un deseo deformado que pierde su esencia para emerger a la consciencia, tal como Freud dijo en un principio, al explicar que todo contenido del inconsciente debe deformarse para procurarse salida al exterior.

Por otro lado, existe otra diferencia entre el concepto de deseo freudiano y lacaniano. Para Freud el origen del deseo es por una satisfacción originaria, mientras que en Lacan es por la falta. Si bien ambas ideas corresponden a un momento lógico dentro de la infancia, ambas se diferencian principalmente por el aporte que el Complejo de Edipo tiene sobre el tema. “La interpretación de los sueños” es una obra relativamente contemporánea al momento en el que Freud empieza a desarrollar el Complejo de Edipo dentro de la teoría psicoanalítica, pero es un concepto que durante ese tiempo todavía se hallaba en una etapa incipiente y por lo tanto no es un recurso que Freud utiliza habitualmente dentro de esa obra. Lacan comprende la falta a partir del Edipo, donde, tras la operación de la metáfora paterna, el sujeto se constituye como sujeto deseante. La satisfacción originaria, en cambio, alude a una pérdida de objeto que hace del deseo un impulso hacia la satisfacción. Esta noción puede traducirse mejor desde el primer momento del Edipo, en tanto el objeto que se pierde es el falo imaginario. De este modo se comprende que la noción freudiana del Edipo corresponde más a un mito, es decir perteneciente a su dimensión imaginaria.

Finalmente, mediante Freud se puede considerar cinco características básicas del deseo: a) el deseo es un deseo imposible, en tanto es siempre insatisfecho, b) el deseo es inconsciente, pues es un deseo que ha sido reprimido tras la trama edípica, c) el deseo es un deseo infantil, dado que hace referencia a la satisfacción originaria perdida para siempre, d) el deseo es un deseo indestructible y e) el deseo posee una fuerza constante. El inciso d) y e) hacen referencia a la “fuerza pulsionante” que el deseo tiene, en tanto ambas son características propias de la pulsión. Si bien Freud indica que ambos conceptos son heterogéneos, la relación entre deseo y pulsión no ha sido explicitada por completo en su obra, pero es posible comprender que ambos fenómenos se asocian en tanto ambos son contenidos del inconsciente. Todo contenido del inconsciente debe poseer aquella fuerza pulsionante para así burlar la barrera de la represión y procurarse salida al exterior. Sin embargo, aún es posible verificar que en la teoría de Freud existe un impasse para establecer la diferencia entre ambos conceptos.

4. La problemática conceptual entre el deseo y la pulsión puede ser abordada con mayor claridad a partir de la propuesta teórica de Lacan. A partir de ella es posible concluir que existe tanto una relación entre ambos como un límite que los diferencia. En cuanto a las diferencias se encuentran principalmente dos: a) el deseo es solamente uno, mientras que las pulsiones son variadas y b) el deseo es particularmente un deseo insatisfecho, mientras que la pulsión siempre halla satisfacción. En este sentido, la pulsión se orienta a cuatro objetos parciales, mientras que el deseo no se orienta hacia un objeto, puesto que no existe el objeto del deseo. Dicho esto, tras demarcar las diferencias entre ambos conceptos, Lacan explica que también existe una relación entre ambos, pues se asocian para cumplir con sus fines. Lacan explica este impasse mediante el concepto de amor, pues el amor cumple la función de velar el objeto que falta y posibilita el encuentro con el falso objeto con el que se satisface la pulsión, de tal modo que ambos; el deseo y la pulsión se articulen dentro del funcionamiento psíquico a través del amor.

Esta problemática revela una diferencia fundamental entre la noción de deseo para Freud y la noción de Lacan. Esta diferencia alude a la conceptualización que ambos hicieron sobre el objeto. Para Freud, el objeto es fundamentalmente un objeto perdido que responde a la noción de la satisfacción originaria que ha quedado reprimida. Bajo esta lógica es comprensible que Freud haya confundido al deseo con la pulsión, pues la noción de objeto perdido implica la idea de un sujeto que pasa el resto de su vida buscando hallar ese objeto imposible de recuperar; de tal modo que el objeto de la pulsión pueda confundirse con el objeto del deseo. Al contrario, Lacan siguió otro camino para abordar dicha problemática:

a) En un principio, él comprendía al deseo como deseo de reconocimiento; por lo tanto, el objeto imaginario del deseo es el reconocimiento.

b) Posteriormente, amplió su perspectiva hacia el registro simbólico; en el cual señaló la existencia de la falta simbólica y que, por lo tanto, el objeto simbólico del deseo es el falo simbólico como significante que representa la falta en el Otro.

c) Hasta que finalmente propuso que la falta de objeto no sólo alude al registro simbólico sino también a lo real. Bajo esa perspectiva desarrolló la noción de falta de objeto e inventó el “objeto a” como objeto causa de deseo, dando así solución al impasse generado por Freud.

5. La primera perspectiva de Lacan para abordar el deseo fue desde el registro imaginario, en ese sentido, el deseo es deseo de reconocimiento. La noción de deseo como indicador de la falta, no estuvo tan presente desde el principio de la obra de Lacan. A lo largo del periodo que comprende su primera enseñanza, Lacan desarrolló dos formas de abordar la noción de deseo: la primera desde una óptica imaginaria y la segunda desde una mirada simbólica. En un primer momento, Lacan desarrolla la noción de deseo a partir de lo imaginario, desde esa perspectiva, el deseo es deseo de reconocimiento por el deseo del otro; haciendo referencia a que se juega en el eje imaginario a–a’. En ese sentido, el deseo es un deseo de deseo, en tanto el sujeto “desea ser deseado” para así ser reconocido como sujeto por el otro. Bajo esa lógica, Lacan plantea el reconocimiento de deseo como un fin del análisis, pues advierte que el deseo de reconocimiento es el motor del inconsciente. Sin embargo, la teoría del deseo aún no había alcanzado la madurez que posteriormente alcanzaría, debido a que durante ese periodo lo imaginario estaba preñado de una dialéctica simbólica, pero ambos no se distinguían entre sí.

El reconocimiento de deseo, sin embargo, puede ser una fuente de malentendidos o malinterpretaciones en la clínica analítica. Pues, al pensarse que el fin del análisis consiste en reconocer el deseo del sujeto, se puede interpretar erróneamente que el objetivo de la cura analítica es la de hacer consciente al deseo inconsciente. Lo cual es estructuralmente imposible de realizar, principalmente porque el deseo alude a la falta inherente al significante. De este modo, una mala interpretación del reconocimiento de deseo lacaniano, hace equivalentes este postulado con el aforismo griego de “conócete a ti mismo”. Convirtiendo al psicoanálisis en una suerte de práctica de autoconocimiento que no podría distar más de la realidad. El reconocimiento, entonces, no pretende crear una nueva forma de expresión del deseo como tal, sino que lo que busca es traer al deseo a la existencia mediante el análisis.

6. El deseo desde la perspectiva del registro simbólico es el indicador de la falta simbólica. En este sentido, posteriormente Lacan introduce una etapa con mayor influencia de lo simbólico para la conceptualización del deseo. Es de ese modo que desarrolla la metáfora paterna, para establecer la primacía del significante en la lógica del sujeto y así anudar la falta simbólica a la dialéctica del deseo. Dicho planteamiento esclarece en qué punto de la constitución subjetiva se origina el deseo y cómo la constitución subjetiva depende del deseo del Otro.

El deseo se presenta mediante dos paradigmas: a) el paradigma del deseo histérico en tanto deseo insatisfecho y b) el paradigma del deseo obsesivo en tanto deseo imposible. Ambos paradigmas producen el mismo efecto enigmático para el sujeto porque son dos caras de un mismo fenómeno. En ese sentido, se puede comprender el lugar que el deseo ocupa en la teoría, ya que el término deseo en Lacan, ocupa el lugar de la verdad. En el entendido que va al lugar en el que el efecto de verdad ocurre; es decir, ocupa el lugar del efecto de significación. A partir de eso, Lacan hace una aproximación simbólica al entendimiento de este concepto. Pues establece la oposición entre el significante; el enunciado y el significado; la enunciación. Desde ese paradigma, logra aproximarse al estatuto de enigma que el deseo ocupa para el sujeto. Pues es una instancia que opera por debajo de la barrera de la represión y que se opone principalmente a la Demanda. Al respecto, se puede concluir que no hay ningún significante que pueda expresar el deseo.

7. El primer esbozo del “objeto a” en la obra de Jacques Lacan introduce una relación entre el deseo y lo real. Durante el tiempo que comprende su primera enseñanza, Lacan indicó que el complejo de castración deja una marca sobre el deseo, y que esta marca permite al deseo entrar en una etapa de madurez marcada por el falo. De tal modo, se puede pensar en una relación entre el significante y el deseo, en tanto es una relación mediada por el falo simbólico. Sin embargo, Miller hace una aclaración al respecto de esta concepción, al decir que no existe la madurez del deseo, pues el deseo también da cuenta de algo que escapa al significante. Esta noción, por otro lado, corresponde a una enseñanza posterior de Lacan en la que propone que “no hay Otro del Otro”; es decir, que el Nombre del Padre no alcanza a aprehender por completo a lo real. El hecho interesante, es que esta noción de lo real como límite de la construcción simbólica que Lacan hizo hasta el momento, ya empezó a esbozarse a partir del Seminario VI. Esto dará lugar a que en los años posteriores Lacan pueda formalizar la noción de “objeto a” como un objeto que escapa al orden simbólico y que hace referencia más a un agujero en lo real que a la falta simbólica que desarrolla durante ese tiempo.

El concepto de “objeto a” u “objeto causa de deseo” de Lacan, logra dar un paso por delante de la noción freudiana. Pues va más allá de la noción de castración que provoca la falta simbólica, ya que el “objeto a” no es un objeto representable como en el caso del objeto imaginario o simbólico del deseo. El objeto causa de deseo señala la falta en lo real; en tanto es el más allá del Otro. De este modo, Lacan supera la idea de un deseo que busque ser satisfecho, al contrario, Lacan aporta con una nueva noción del deseo en el sentido de una pura ausencia que orienta la clínica hacia el encuentro con el vacío del significante. Este nuevo aporte que corresponde al concepto de “objeto a”, es considerado como el mayor invento y aporte de Lacan a la teoría psicoanalítica.

8. El deseo no es lo mismo que la “potencia sexual”. La “potencia sexual” entendida como apetito sexual, atracción intersexual o instinto sexual es un concepto propio de la psicología, y que es constantemente asociado a la noción de deseo. Esta ya es una primera diferencia entre el concepto de deseo según la psicología y el psicoanálisis, dado que la psicología entiende al deseo como el apetito sexual que permite la unión sexual entre las parejas. Al contrario, el psicoanálisis lo entiende como un concepto central para la constitución de la realidad inconsciente del sujeto. El deseo es el más allá de la Demanda, porque el deseo tiene un carácter absoluto que designa la imposibilidad de ser satisfecho, por esa razón no admite una complementariedad en la relación a­–a’ entre dos semejantes. Según la lógica intersexual es posible demandar amor, pero no es posible demandar deseo; pues la Demanda de amor es Demanda de los signos de la presencia del Otro, es decir, busca una satisfacción simbólica.

9. El deseo tiene la función de hacer operativa la falta en el sujeto. En este sentido, el deseo funciona como una brújula en la clínica psicoanalítica, en tanto guía al analista para localizar la falta y permite que esa falta haga funcionar al sujeto. Es decir, que la falta despliegue la localización del sujeto deseante, un sujeto inquieto por dar respuesta al enigma de su deseo. No por otra razón, Lacan llegará a decir que la ética del psicoanálisis es la ética del deseo, pues el deseo orienta la práctica analítica.

El deseo es una barrera contra la pulsión de muerte porque el deseo permite que la falta sirva para algo. La clínica psicoanalítica se orienta hacia el deseo porque el deseo tiene la función de hacer que el sujeto sea capaz de hacer cosas con su vida, que por un lado estén orientadas a intentar dar sentido al enigma de su deseo, pero que también, sea a coste de soportar la angustia de descubrir que no hay manera de satisfacerlo. El deseo permite volver funcional la falta, eso significa convertir la falla estructural del lenguaje en un motor. Al hacer de la falta estructural algo funcional, se logra que la falta no abata al sujeto y al contrario este pueda hacer frente a esa falta. Del mismo modo, al nivel del Otro, permite que el sujeto viva ese enigma como una pregunta acerca de lo que el Otro quiere de él o acerca de lo que el sujeto es para el Otro. En otros términos, la función del deseo también consiste en hacer una dialéctica de la relación del sujeto con el Otro.

Dado que el sujeto es falta-en-ser, esa falta lo estimula a buscar un complemento de ser en el Otro. Sin embargo, el Otro también está atravesado por la herida del deseo. El objeto del deseo es un objeto metonímico, por lo tanto, el deseo siempre es deseo de Otra cosa. Esta dimensión del deseo de Otra cosa es una muestra del padecer del sujeto y así, cuando la falta no logra ser operativa a través de la función del deseo, ocurren fenómenos que pueden ser considerados como “patologías del deseo”. Tal es el caso del aburrimiento y la tristeza, como dos de los afectos humanos más comunes. Así, se encuentra una explicación para la depresión, el tedio y el aburrimiento dentro de las actividades humanas, en la medida que ninguna actividad u objeto es fuente de satisfacción del deseo, debido a que el deseo por naturaleza es metonímico y, en consecuencia, lleva a que el sujeto ceda en su deseo.

Una vez presentadas todas las consideraciones y argumentos sobre el tema, es posible corroborar la importancia que el concepto de deseo tiene para el psicoanálisis de orientación lacaniana. La función de dicho concepto alude a un principio básico para la clínica psicoanalítica, de modo que posibilita el encuentro del sujeto con su propia falta y pone en marcha la dimensión del sujeto deseante. La función del deseo para el psicoanálisis de orientación lacaniana consiste hacer que el sujeto tome responsabilidad de la falta que en un principio lo dominaba. De tal manera, permite la aparición de la implicación subjetiva, en tanto el sujeto da cuenta de la falla estructural en el lenguaje y lo moviliza para dar respuesta a la incógnita de su falta-en-ser y de la falla en su relación con el Otro. Dicho de otro modo, en términos hegelianos, el deseo tiene la función de poner en marcha la “fuerza negadora” propia del ser humano, para que así este pueda convertir la realidad dada en una realidad histórica.

 

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Recibido: 5 de junio del 2019

Aceptado: 28 de junio del 2019

SIN CONFLICTOS DE INTERÉS



NOTAS

[1] Licenciado en Psicología por la Universidad Católica Boliviana “San Pablo”. Contacto: ericko.fd@gmail.com

[2] Docente del Departamento de Psicología de la Universidad Católica Boliviana “San Pablo”. Contacto: gabrielaurriolagoitia@hotmail.com

[3] Palabra que se traduce como deseo de asimilar un objeto (físico), impulso, instinto o apetencia; de hacer suyo un alimento o deseo sexual.

[4] Palabra que se traduce como deseo, anhelo o voluntad.

 

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