Sr. Editor:
La pandemia por COVID-19 generó cambios en diferentes ámbitos de la vida de la población mundial y, particularmente, en los jóvenes universitarios. Tanto durante el confinamiento como en el periodo posterior, se evidenciaron modificaciones en los estilos de vida, asociadas al sobrepeso y la obesidad, así como al consumo de sustancias nocivas como cigarrillos y alcohol. Estos problemas deben ser atendidos como factores de riesgo para enfermedades no transmisibles, que, si no son tratados a tiempo por equipos multidisciplinarios del sector salud y educación, podrían afectar la calidad de vida y el aprendizaje del universitario (1).
Además, los estudiantes universitarios suelen presentar comportamientos inadecuados en sus estilos de vida saludables, lo que incrementa las tasas de morbilidad y mortalidad en este grupo poblacional. A pesar de que muchas instituciones educativas y universidades cuentan con centros de salud y bienestar orientados a promover hábitos saludables, es necesario reforzar estos programas para mejorar la salud física y mental de los estudiantes, permitiéndoles un mejor desempeño académico y personal (2).
Un estudio realizado en Bogotá dispuso espacios programados dentro de la institución universitaria que brindaron herramientas teóricas y prácticas, talleres, frases motivacionales, videos y consejos difundidos en redes sociales, así como carteles físicos y virtuales dentro del campus. Los resultados mostraron efectos estadísticamente significativos y sugieren desarrollar programas orientados a mejorar los hábitos de vida, no solo enfocados en la actividad física, sino también en otros aspectos de manera integral y sostenida en el tiempo (3).
Los estudiantes universitarios pasan varias horas frente a pantallas, teléfonos móviles y redes sociales, lo que contribuye al sedentarismo. Es necesario incentivar una alimentación balanceada mediante programas de dieta y actividad física, estrategias educativas sobre ejercicio, talleres de promoción de la salud, seguimiento a través de aplicaciones móviles y campañas sobre consumo responsable de alcohol y tabaco(4).
Asimismo, resulta indispensable implementar políticas y prácticas sustentadas en la investigación, que orienten al sistema educativo hacia la salud integral del estudiante, proporcionando guías para influir en políticas educativas en salud, ejecutadas con estrategias adaptadas al contexto social y cultural. Dentro de los modelos administrativos en educación, se distinguen diversos enfoques de intervenciones focalizadas en cambios conductuales, cuyo análisis detallado debe valorar su eficacia y sostenibilidad en distintos contextos socioeconómicos (5).
Si bien los estudiantes universitarios presentan variaciones en sus estilos de vida saludables a lo largo de su formación, es fundamental implementar programas educativos continuos durante las distintas etapas académicas. La formación por competencias permite prevenir enfermedades, promover el bienestar y mejorar la calidad de vida, fomentando hábitos positivos como la alimentación saludable, el manejo emocional, la regulación del sueño y la prevención del consumo de sustancias, con un impacto positivo tanto en su desarrollo personal como en la comunidad.














