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Punto Cero

versão On-line ISSN 1815-0276

Punto Cero v.13 n.17 Cochabamba  2008

 

Movimientos sociales, comunicación y cambio social

Lázaro M. Bacallao Pino 

Cubano, Licenciado en Comunicación Social (2003) y Master en Ciencias de la Comunicación (2006), por la Universidad de La Habana. Profesor asistente y coordinador de la Disciplina “Problemas conceptuales del periodismo”, en el Departamento de Periodismo de la Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana.  Actualmente, becario doctoral en la Universidad de Zaragoza, España.

bacallaopino@yahoo.es


Resumen

A partir de una indagación en determinadas características de los actuales movimientos sociales, el artículo presenta un análisis de las posibles consecuencias negativas de un cierto “determinismo comunicacionista” en sus prácticas y estructuras, y ofrece una perspectiva que permita trascender estas posiciones, y lograr una armónica inserción de las dimensión comunicativa en procesos de cambio social.

Palabras clave: Estructura, Determinismo, Cambio, Sociedad, Comunicación

Resumo

A partir de um inquérito sobre certas características dos movimentos sociais atuais, o artigo apresenta uma análise das possíveis consequências negativas de um certo “determinismo comunicação” em suas práticas e estruturas, e oferece uma perspectiva que permite ultrapassar estas posições, e alcançar uma integração harmoniosa da dimensão comunicativa nos processos de mudança social.

Palabras chave: Estrutura, determinismo, mudança, sociedade, Comunicação

Abstract

Beginning from an analysis of some characteristics of social movements, this article aims to analyze the possible negative consequences of certain “communication determinism” on social movements’ actions and structures. It also aims to present a point of view that would allow avoiding these positions, and then to consider communication in relation with all the other dimensions of the social change processes.

Key words: Structure, Determinism, Change, Society, Communication


Los análisis de las interrelaciones entre lo comunicativo y el resto de las dimensiones sociales, ha atravesado una cronología de movimientos pendulares entre las sobrevaloraciones deterministas y las subestimaciones de su espesor en el entramado de las relaciones y vínculos sociales. Estas tergiversaciones han tenido diversas causas, pero siempre han estado ligadas al largo debate, que data de los orígenes mismos de la filosofía, en torno al lugar de las subjetividades en los procesos societales y la historia humana. La ubicación de lo comunicativo, de manera esencial, en ese espacio que – a partir de la frase marxiana- se ha dado en llamar la superestructura, ha marcado las aproximaciones teóricas a lo comunicativo y su encargo socio-histórico.

De una parte, los menosprecios acerca de lo superestructural en los procesos de transformación social –a favor de las dimensiones económicas, es decir, estructurales-, han marcado a ciertas perspectivas de las teorías sociales, derivando hacia un economicismo chato y descomplejizante. Si bien en la obra de los fundadores del marxismo, se manifiesta una tendencia a centrarse en lo estructural –ante la necesidad de oponerse a, y mostrar la invalidez de, las posturas idealistas-; estas posiciones economicistas obviaron que, como aclarara el propio Engels, aunque “el factor que en última instancia determina la historia es la producción y la reproducción de la vida real”, sería una tergiversación pretender que “el factor económico es el único determinante, [pues esto] convertirá aquella tesis en una frase vacua, abstracta, absurda. La situación económica es la base, pero los diversos factores de la superestructura que sobre ella se levanta (…) ejercen también su influencia sobre el curso de las luchas históricas y determinan, predominantemente en muchos casos, su forma. Es un juego mutuo de acciones y reacciones entre todos estos factores (…)” (ENGELS 1969: 748, 749).

De otra parte, las conexiones entre lo comunicativo y lo político -y una visión de este último cosificada, ligada a “el poder” y “el Estado”, así como a unas formas determinadas de manifestación y organización: los partidos-, ha contribuido a ciertos enfoques omnipotentes de la comunicación –en particular en su nivel masivo. Igualmente, los vínculos de la comunicación masiva a las técnicas, ha coadyuvado a análisis marcados por un determinismo tecnologicista –también presente en ciertas perspectivas del cambio social-, el cual refuerza una imagen todopoderosa de aquella, hasta llegarse a hablar de una tiranía y una violencia comunicativa. Los enlaces que se agregan, con la llegada de las más recientes tecnologías de la información y la comunicación (TICs), y el creciente atractivo económico de la industria mediática, encuentran eco en una renovación –no exenta de argumentos y ejemplos, como las megafusiones en el sector- de estos puntos de vista totalitarios sobre lo comunicativo.

Por ello, deslindar –hasta donde sea posible- el lugar y espesor de lo comunicativo en los procesos sociales –y, por ende, en el cambio social-, resulta una de las condiciones de posibilidad de un pensamiento crítico que acompañe, como momento imprescindible, la praxis transformadora de estos actores sociales emergentes. Aquí radica uno de los principales desafíos que presenta el actual movimiento social mundial.1

Ante una realidad en que las conexiones de la comunicación con los procesos de dominación global adquieren un mayor significado, a partir de su colonización por la racionalidad económica, aquella se presenta como espacio central en la emancipación. La visibilidad inherente a la comunicación hace que devenga escenificación privilegiada de esta opresión, y la mejor expresión de un dominio cuyo eje central es precisamente la unidimensionalidad del pensamiento –es decir, la pretensión del establecimiento de un grupo de postulados únicos, en torno a los valores, características y objetivos generales asociados al proyecto civilizatorio capitalista, que resulten funcionales a este, se anclen en las prácticas cotidianas de los sujetos, y excluyan de facto toda posibilidad de gestación de un ideario contrario al mismo.

Incluso, se ha llegado a afirmar, en los análisis de las sociedades contemporáneas, que las “batallas culturales” – que se libran principalmente en y por los medios de comunicación - son “las batallas del poder en la era de la información” (CASTELLS 1999: 382). Tales posturas, sin embargo, pueden derivar, en su grado extremo, hacia un determinismo culturalista, al considerar la cultura como fuente de poder, a este como fuente de capital, y “ubicar”  las relaciones de poder (y el poder mismo) exclusivamente en “las redes de intercambio de información y manipulación de símbolos, que relacionan a los actores sociales, las instituciones y los movimientos culturales, a través de iconos, portavoces y amplificadores intelectua­les” (ÍDEM).

Ciertamente, una perspectiva compleja del ejercicio del poder implica analizarlo, como propone la perspectiva gramsciana (Cf. ACANDA 2002), en tanto que control cultural; ello supone que el cambio no deben ser pensado solo en términos de “asalto al poder” y ataque de sus centros de violencia, sino también en tanto cuestión de sentidos, de legitimación de una ideología o visión del mundo, a partir de un conjunto de valores sociales y normas, así como de  “una ‘mística’ o ‘religión popular’ (...) que vincule a los dirigentes y a los dirigidos” (GONZÁLEZ CASANOVA 1984: 18). Por tanto, las instituciones dadoras de sentido resultan un soporte esencial en los procesos de “ejercicio normal” – aclaración importante, consideramos – de la hegemonía (GRAMSCI 1997: 134). Entre estas instituciones, tienen particular peso los llamados órganos de la opinión pública – entendida como “el contenido político de la voluntad política pública que podría ser discordante” (ÍDEM: 151), el punto de contacto entre la sociedad civil y la sociedad política, entre el consenso y la fuerza.

Sin embargo, aun cuando los procesos hegemónicos implican “no solo objetivos económicos y políticos unificados sino también una unicidad intelectual y moral, no solo a corto plazo sino a largo plazo” (GONZÁLEZ CASANOVA 1984: 18), ello no significa una subvaloración de los procesos estructurales, pues si bien la hegemonía “es ético-política, no puede dejar de ser también económica, no puede menos que estar basada en la función decisiva que el grupo dirigente ejerce en el núcleo rector de la actividad económica” (Gramsci, en ACANDA 2002: 275). La pertinencia y necesidad de esta perspectiva de análisis, radica en su incongruencia con una visión comunicacionista de la dominación y, en oposición, de la liberación. Este punto de vista, que ha hallado asidero en algunas posturas de –y teorizaciones sobre- los movimientos sociales, encuentra su orígenes en ciertos enfoques sobre los procesos de cambio social que han marcado a estas organizaciones y sus prácticas.

Los (nuevos) movimientos sociales: una visión del poder y la comunicación

La génesis de los llamados nuevos movimientos sociales, generalmente ubicada en la década de los 60 del pasado siglo, se suele considerar punto que marca la desilusión y pérdida de confianza con respecto a los dos tipos específicos de “movimientos antisistémicos” que, desde la segunda mitad del siglo XIX, habían protagonizado la oposición al capitalismo: los movimientos “sociales” (básicamente, partidos socialistas y sindicatos) y los movimientos “nacionales” (aquellos que, por diversos motivos, combatían por la creación de un Estado) (Cf. WALLERSTEIN 2003, 2004). Esta decepción tenía su correlato y argumento central en las insuficiencias en el segundo momento de la estrategia revolucionaria “en dos pasos” seguida por aquellos, sintetizada en dos etapas: 1) tomar el poder, para luego 2) transformar el mundo. La confirmación de las deficiencias (el fracaso, para muchos) de este modelo de “camino a seguir” en el denominado período de transición, llegaría con la debacle realsocialista de la última década del siglo XX.

Esta pérdida de la creencia en el Estado como mecanismo de transformación y la condena de la “vieja izquierda” por este motivo, habría marcado, asimismo, un giro en las reivindicaciones revolucionarias tradicionales, que apuntarían en los movimientos sociales al cuestionamiento de las formas y límites del poder, sin que ello significara la pretensión de “tomarlo” – el objetivo era “cambiar la vida” -, dado que el acceso a las instituciones estatales se consideraba cooptador del movimiento, y la construcción de un nuevo Estado revolucionario como su perversión (Cf. SERVAN-SCHREIBER 1968; DE VILLENA 1975). Este planteamiento antiestatal o no-estatal, se mantendría como rasgo disponible para los intentos posteriores en la búsqueda de un movimiento antisistémico de un tipo “mejor”, desde los distintos maoísmos y los nuevos movimientos ecologistas, feministas o pacifistas, hasta los movimientos contrarios a la globalización capitalista neoliberal (Cf. WALLERSTEIN 2003).

Junto a esta postura acerca de “lo estatal”, también serían herencias de las protestas de los ‘60: la negación de un modelo revolucionario que incluya una “vanguardia”, en tanto esta se considera territorio para la incubación de una nueva clase dominante: la burocracia; un carácter fundamentalmente libertario, su arista anárquica y su  condición utópica (en su acepción tergiversada de hecho o circunstancia imposible); el desmarcamiento de la política de derecha/izquierda de la era industrial y su acentuada separación del movimiento obrero tradicional. Todos estos presupuestos, encuentran su articulación en la aspiración, característica de muchos de los movimientos sociales, de devenir espacios de gestación de un anti-poder o contrapoder, de cuya mano llegaría el cambio social de largo aliento, gestado en el espacio-dentro de estos, en su realidad interior y cotidianidad, lejos de la mirada estatal (Cf. ZIBECHI 2004).

Por tanto, resulta pertinente y necesario, indagar en las conexiones entre estos principios asumidos, con frecuencia, por los movimientos sociales, y el lugar que se otorga a la dimensión comunicativa en sus estructuras y dinámicas. El mayor obstáculo para ello radica en que el análisis del aspecto mediático en las distintas conceptualizaciones acerca de estas organizaciones, ha sido “pseudo-teorizado y pseudo-investigado” (KAVADA 2005: 73). Un repaso de las distintas teorías que intentan explicar el surgimiento de los movimientos sociales –perspectiva de las explicaciones globales, enfoque del proceso político o la estructura de oportunidades políticas, teoría de la privación relativa, teoría de la movilización de recursos-, confirma la ausencia de un examen y consideración sustancial en torno a esta dimensión comunicativa y su articulación problémica con el resto de las mediaciones y relaciones que tejen el entramado de la socialidad.

Contradictoriamente con esta carencia conceptual, la articulación de una “agenda social en comunicación” (BURCH 2003) se considera aspecto imprescindible en los planteos de sus objetivos y demandas de los movimientos sociales. Durante la primera y segunda ediciones del Foro Social Mundial (FSM), la democratización de las comunicaciones se incluyó dentro del eje temático “La afirmación de la sociedad civil y los espacios públicos”; y en el III FSM, el tema   “Medios, cultura y contra-hegemonía”, ya fue incluido como uno de los cinco ejes temáticos a analizar.

De hecho, el propio FSM resulta esencialmente comunicativo, al definirse en su Declaración de Principios como “un espacio abierto de encuentro” para la reflexión, el debate y la elaboración de propuestas, “de entidades y movimientos de la sociedad civil que se oponen al neoliberalismo y al dominio del mundo por el capital y por cualquier forma de imperialismo”, un evento abierto al pluralismo, diversificado, no convencional, no gubernamental y no partidario. Su propósito es la construcción de un movimiento internacional aglutinante de alternativas al neoliberalismo y en pro de un nuevo orden social, que propicie la articulación y convergencia de propuestas múltiples y diversas, pero sin pretender convertirse una instancia de representación de la sociedad civil mundial, ni tener carácter deliberativo – es decir, que no se constituye en instancia de poder.

Las conexiones entre las posturas respecto a “el poder” y a “lo político”, y el lugar esencial que se otorga a lo comunicativo por los movimientos sociales, deben ser analizadas en sus múltiples implicaciones y consecuencias, así como a la luz de unas conceptualizaciones acerca de los vínculos entre comunicación y procesos de desarrollo/cambio social, que muchas veces terminaron en visiones instrumentalistas de aquella, a partir de la perspectiva y concepción de “desarrollo” que se asumía como referente y meta a alcanzar. Asimismo, han de considerarse las ya mencionadas visiones sobre el propio poder de la comunicación –ligadas, en la modernidad capitalista, a los análisis sobre la prensa y los mass media–, que han estado marcadas por una pertinaz tendencia a valorar como omnipotentes a los medios –recordemos los postulados de la Teoría Hipodérmica, o la difundida y profundamen­te aceptada Teoría del Cuarto Poder, integrada a la cultura política a tal punto que ha devenido lugar común que opera activamente en el horizonte conceptual y práctico de la información, aun cuando se maneje sin demasiada exactitud (Cf. SORIA 1994).

A estos tradicionales presupuestos conceptuales, se agrega la renovada dimensión cultural –y, por ende, comunicativa- de los procesos dominadores del capitalismo contemporáneo, en particular sus estrategias neoliberal y neoimperial (Cf. ANDERSON 2004), así como la creciente colonización de lo mediático por la racionalidad económica (comercialización y mercantilización de la comunicación), y su ensamblaje cada vez mayor con las dinámicas hegemónicas de la economía global, especialmente financieras, TICs mediante.

Posibles distorsiones y desafíos de la dimensión comunicativa en los movimientos sociales

Pero ese real incremento del espesor de lo comunicativo en el entramado de los procesos de dominación, a la luz de la inherente visibilidad de esta dimensión social y la habitual penumbra que ha caracterizado a otros campos de construcción de hegemonía –como el económico, cuyos términos, estructuras y mecanismos de funcionamiento, a más de intrínsecamente complejos y de difícil comprensión para los no expertos, han sido tradicionalmente oscurecidos por el propio sistema capitalista, con el propósito de dificultar su deconstrucción analítica, fundamento ineludible de cualquier empeño antagónico-, pudieran resultar en un sobredimensionamiento del encargo comunicativo en los mecanismos de la opresión.   

Si a ello se agrega que la ideología dominante neoliberal tiene su núcleo fundamental en la proclamación del fin de las ideologías y de la historia –lo cual la convierte, “oficialmente”, en el único discurso y pensamiento posible-, entonces una de las necesidades esenciales (sentida a veces como la más importante) de toda cosmovisión del mundo alternativa, radica en lograr su propia visibilidad –lo cual implica demostrar su existencia misma, a la par que la falsedad de la condición única de aquella doctrina- como recurso de legitimidad inicial.

Pero si bien la concentración mediática global impide el acceso a los grandes medios de aquellos discursos y representaciones de la realidad disidentes con respecto al orden hegemónico, este cometido de la dimensión comunicativa, ligado a la visibilidad, no resultaría el más complejo para los movimientos sociales. Habría otros encargos de la comunicación cuya solución de continuidad representan un mayor desafío, dada su vinculación con el logro de objetivos que devienen cuestiones imprescindibles para la propia supervivencia y crecimiento de estas agrupaciones; a saber: la gestación de prácticas y estructuras democráticas, así como la generación de articulaciones en los distintos niveles, desde lo local hasta lo global.    

Ahora bien, el particular énfasis que, de forma general, se hace en esta funcionalidad visibilizadora de los espacios de comunicación –al extremo que, en ocasiones, muchas acciones suelen terminar en el espectáculo de la rebeldía-, no solo debe analizarse a partir de las condiciones externas mencionadas, sino que además está asociada a aquella posición “anti-estatal” y “anti-partidista” asumida como marca identitaria por muchos de ellos. Recordemos que esta postura tiene su expresión teórica más conocida en la noción de “cambiar el mundo sin tomar el poder”, propuesta por John Holloway (Cf. DEL ROJO 2004) justamente a partir de su indagación y conceptualizaciones sobre una experiencia particularmente comunicativa: el zapatismo.

Un proyecto otro, que se propone emerger en espacios sociales distintos al estatal –estructura principal del espacio público en la sociedad moderna capitalista-, implica la necesidad de unos recursos y estrategias de visibilidad particulares, otras, que permitan dar testimonio social de su presencia y posibiliten su expansión hacia otras áreas y grupos sociales. En buena medida, la renuncia al poder estatal (y a sus dinámicas visibilizantes) se intentaría suplir con el poder comunicativo –esencialmente, en su cualidad visibilizadora de la acción y el proyecto de estos actores sociales.

Claro que esta funcionalidad visibilizadora está ligada, de forma inherente, al desarrollo de procesos de articulación inter-movimientos –en tanto aquella resulta una de las condiciones para estos-, pero se trata de establecer la distinción entre una visibilidad articulante y una articulación visibilizadora, y de pasar de la primera a la segunda. En la medida que se realice este tránsito, se ganará en preeminencia de la articulación sobre la visibilización, y se avanzará en la superación de una perspectiva relacional de “funcionalidad externa” entre comunicación y movimientos sociales, a la cual se ha llegado debido, en principio, a dos motivos:

a) el “sentimiento excluyente” que se les atribuye (Cf. MURO y CANTO 1991), dado que elaboran su proyecto en función de sus actores específicos y, en consecuencia, no se trata de proyectos globalizantes para toda la sociedad; y

b) su carácter público, definido a partir de su característica común de haber vuelto visibles a un conjunto de actores sociales en la escena pública, por lo que, una de las cuestiones de fondo en su naturaleza es “el conflicto por las representaciones legítimas de los sentidos sociales de la vida y el monopolio sobre el espacio público” (REGUILLO 1994: 81).

Un punto de vista de “funcionalidad interna” –complemento de aquella “exterior”-, pasa, de manera intrínseca, por una inserción armónica de lo comunicativo en procesos de democratización y establecimiento de relaciones de poder participativas, como parte de una nueva socialidad. No se trata de “reinventar” solo otra comunicación, sino todo un proyecto civilizatorio alternativo -desde la economía, la política, la cultura, la ética, la educación; es decir, todos los campos sociales.

Asumir una centralidad de la comunicación en las prácticas de los movimientos sociales, hasta el extremo de anular o disminuir otras esferas de la actuación cotidiana, puede conducir a una tergiversación sobre las capacidades de cambio social de las acciones comunicativas –lo cual nos remite a la conocida teoría habermasiana, cuyos límites han sido criticados precisamente debido a su “escamoteo” del resto de las dimensiones sociales como parte, y escenarios, de los procesos de transformación emancipatoria. Por supuesto que el cambio del mundo y de las representaciones del mundo, deben ser dos procesos necesaria e ineludiblemente paralelos e interrelacionados –recordemos los llamados de los fundadores del marxismo a que la revolución renombrara las cosas; o los certeros análisis de Michael Foucault acerca de las conexiones entre saber y poder-, pero la sola inversión del segundo, no implica directa e inmediatamente la del primero. La praxis revolucionaria –en tanto que convergencia de la transformación de la realidad y del propio hombre, es decir, del sujeto transformador (Cf. MARX 1969)-, supone la imbricación de aquellos dos momentos. 

Conclusión: hacia una integración compleja de lo comunicativo en las prácticas de los movimientos sociales

Trascender los determinismos comunicacionistas que se han instalado en ciertos movimientos sociales –y teorizaciones sobre ellos-,  resulta imprescindible para arribar a una perspectiva que tome en cuenta tanto a la comunicación en sí misma, como a la comunicación para y como parte de qué –sin que esto signifique un retorno a ciertas lecturas funcionalistas e instrumentales de lo comunicativo al interior de lo social. Este posicionamiento, estaría en correspondencia con una ubicación compleja de lo comunicativo como mediación de procesos igualmente tan problémicos como la articulación respetuosa de la diversidad –asumida como marca de identidad por los movimientos sociales, y una de sus principales fortalezas-, o la configuración de nuevas formas organizativas y estructuras distintas a las fórmulas implantadas como receta de “partido político” en ciertas izquierdas del siglo XX –signadas por el centralismo verticalista y la burocracia-, pero que no nieguen “lo político”, situándolo como antagónico e irreconciliable con “lo social”.

La superación de estas estrechas visiones -críticamente analizadas desde la propia izquierda, dadas sus posibles derivaciones funcionalidades a la dominación, y su probable consecuencia, en el largo plazo, en una condena del movimiento social a sí mismo a la irrelevancia (Cf. BORÓN 2004)-, pasaría por una nueva visión y espacio para lo político, que debe contemplar el elemento clave de lo público, desplazando así la polarización estatal/privado y quebrando la dualidad Estado/sociedad civil, para comprender la política como “un espacio de acumulación de fuerzas sociales, culturales y directamente políticas” (SADER 2001). Es decir, se trata de recuperar la perspectiva gramsciana de lo político, en tanto labor de estructuración y desarrollo de la hegemonía de una clase sobre la sociedad, que incluye a lo cultural e identitario como una de sus dimensiones esenciales (Cf. ACANDA 2002).

Este punto de vista, ofrece el soporte para una ubicación contextualizada de lo comunicativo al interior de los procesos de cambio social que, si bien encuentran asidero en prácticas no vinculadas directamente a las estructuras estatales, tampoco pueden considerarse totalmente desligadas/desancladas del resto de la socialidad, incluido lo estatal-político. Y es que una de las “puertas de entrada” – quizás la más susceptible de derivar en posiciones instrumentales y mecanicistas – de la comunicación a las dinámicas de los movimientos sociales, deriva, en buena medida, de aquella concepción que iguala de forma inexorable lo político a determinadas estructuras partidistas jerárquicas, no participativas, centralizadas y lastrantes de la democracia.

En el propósito de lograr una dinámica participativa real – y de concebir estructuras “inherentemente” participativas -, se suelen asumir formas organizativas bastante simples, cuya función cohesionadora es sustituida por la presencia de solidaridades fuertes (Cf. MURO y CANTO 1991: 11-12). Considerada elemento cohesionador/democratizante, se establece una relación directamente proporcional entre comunicación participativa y democracia, pero muchas veces desde una visión que se sustenta sobre la condición tecnológica de la primera –rozando cierto neodeterminismo tecnológico asociado a las TICs, e igualando interactividad (una cuestión tecnológica) y participación (de naturaleza cultural).

Tal postura olvida que si bien la democracia, en las organizaciones populares, pasa en buena medida por la comunicación, es imposible establecer correspondencias mecánicas entre concepciones organizativas y comunicativas, pues los hábitos comunicacionales tendrían un anclaje más profundo que los organizacionales (Cf. KAPLÚN 2001). De ahí que, solo desde una perspectiva holística del cambio social -conectada con una renovada concepción de lo político-, se podrá considerar el encargo de la dimensión comunicativa, en el entramado complejo de los procesos simultáneos de transformación de los sujetos y su realidad, que se generen como parte de las prácticas de los movimientos sociales. 

Nota

Aun cuando se está consciente de la generalidad y probable ambigüedad del término “movimiento social mundial”, se propone este como noción-marco, que permita la inclusión dinámica en el mismo de aquellos movimientos sociales que han emergido o se han consolidado en las dos últimas décadas, en particular a partir del enfrentamiento al proyecto de globalización neoliberal. Por movimientos sociales (en ocasiones, se suele agregar el calificativo de “nuevos”) se entiende a aquellos agentes sociales colectivos de cambio social cuya emergencia se suele ubicar a mediados del siglo XX (década del 60), con manifestaciones iniciales en el ecologismo, el pacificismo, los movimientos por la diversidad sexual, entre otros. Se establecía así la distinción con respecto a los “clásicos” o “tradicionales” movimientos sociales antisistémicos –por lo general, el movimiento obrero-sindicalista y los partidos políticos, así como otros de liberación nacional- que habían sido los actores principales de las luchas anticapitalistas desde mediados del siglo XIX. Los “nuevos” movimientos sociales se suelen caracterizar, según la bibliografía al uso, por formas novedosas de organización (se resalta su espontaneidad), un “distanciamiento” de “lo político” (y, por ende, unas nuevas estrategias de militancia), una naturaleza interclasista, una diversidad de temas/demandas en torno a los cuales se estructuran y el otorgamiento de un particular peso a lo cultural-comunicativo en sus prácticas. Existen numerosas teorías que intentan explicar la emergencia y características de los movimientos sociales: de la movilización de recursos, de la acción colectiva, de las oportunidades políticas, la sociología de la acción (o accionalista), entre otras. Sin embargo, su diversidad –asumida como una de sus “marcas de identidad” principales-, suele dificultar la posibilidad de generalizaciones teóricas que se adecuen a distintos contextos sociohistóricos. Para una comparación de los “tradicionales” y “nuevos” movimientos sociales antisistémicos, véase WALLERSTEIN (2003).

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