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Punto Cero

versión On-line ISSN 1815-0276

Punto Cero v.13 n.16 Cochabamba  2008

 

Jóvenes imaginados: La disputa por la representación (Contra la esencialización)

Rossana Reguillo

Mexicana, Doctora en Ciencias Sociales, área de Antropología e Historia. Magister y Licenciada en Ciencias de la Comunicación, ITESO Guadalajara. Profesora-investigadora del Departamento de Estudios Socioculturales, ITESO.

rossana@iteso.mx

Para la Doctora Florencia Saintout,

(un guiño) cómplice en estos avatares


Resumen

La gran cantidad de transformaciones que se generan en el terreno sobre el que se desenvuelven los diversos actores sociales, solicitan un análisis profundo para comprender el "ser joven" en la actualidad. La autora plantea el esbozo de dos posturas que dibujan al joven como un ente inadecuado y tras comprender ambas visiones concibe la imprescindible necesidad de una "desencialización" de la participación juvenil en un campo social donde el Estado y el mercado van marcando los pasos a seguir.

Palabras clave: joven, visión sobre la juventud, modernidad, Estado, mercado, instrumental.

Resumo

A grande quantidade de transformações que se geram no terreno sobre o que se desenvolvem os diversos atores sociais, solicitam uma análise profunda para compreender o \\\"ser jovem\\\" na actualidade. A autora propõe o esboço de duas posturas que desenham ao jovem como um ente inadequado e depois de compreender ambas visões concebe a imprescindível necessidade de uma \\\"desencialización\\\" da participação juvenil num campo social onde o Estado e o mercado vão marcando os passos a seguir.

Palavras chave: jovem, visão sobre a juventude, modernidad, Estado, mercado, instrumental. 

Abstract

The large number of transformations that are generated on the terrain over which diverse social actors develop, request a profound analysis to understand “being young” in the present time. The author establishes a sketch on two postures that draw a young person to be an inadequate entity and after understanding both visions conceives the essential need of a "desencialización" of the juvenile participation in the social area where the state and the market set the pathway.

Key Words: young, the vision of youth, modernity, State, market, instruments.


[...] El nomadismo se convierte en un cliché antes que en un modo de experimentar la diversidad en la sociedad posmoderna. Tal vez contrariamente a sus intenciones, la teorización sobre el nomadismo desarrollada por Deleuze y Guattari parece haber incentivado la fascinación de sus lectores por la figura del nómada como un trasgresor romántico, como un rebelde heroico y solitario que se niega a rendirse ante un mundo bien ordenado. En una veta diferente, el nómada como un vagabundo cultural es una imagen adecuada de lo que Vattimo (1989) parece considerar el prototipo de una existencia más liberada en un mundo posmoderno. Sin embargo, la realidad del nomadismo podría ser mucho menos fascinante.

Benjamín Arditi

En el contexto de los cambios sociales derivados de la llamada crisis de la modernidad, que de manera sintética puede entenderse como el quiebre o desdibujamiento de la institucionalidad y de los relatos que han dado cohesión y sentido al pacto social, la pregunta por los jóvenes se vuelve cada vez más compleja en la medida en que los acercamientos a la realidad empírica demandan una “toma de posición” frente a esa crisis, en el sentido de la necesidad –no siempre asumida– de construir una postura frente al conjunto de estructuras, representaciones, modos de interacción, entre otros elementos, que se encuentran en acelerada reconfiguración.

El repliegue del Estado benefactor, la fuerza creciente del mercado, la irrupción de los medios de comunicación, el descrédito de las instituciones y actores tradicionales (partidos, iglesias, sindicatos), la globalización, la migración, la fuerza del narcotráfico y del crimen organizado, constituyen no solamente un escenario, sino un entramado complejo, sistémico, multidimensional que son dimensión constitutiva en la que los jóvenes –como categoría socialmente construida, situada, histórica y relacional–, se configuran como actores sociales. El contexto, deviene así “texto” fuerte; y no es posible eludir la relación entre inclusión y acción juvenil y, estructura (sistema) social.

En la literatura especializada en torno a los jóvenes, se percibe hoy una tensión interpretativa. Sin pretender agotar la complejidad de esta tensión, lo que me parece clave para colocar la discusión en torno a lo que es considerado como “el problema de la inclusión juvenil” en el escenario de las sociedades contemporáneas, es el desencuentro entre lo que llamaré “la postura instrumental” y de otro lado, la “postura desdramatizada”, como discusiones representativas del problema que significa abordar en el marco del colapso social la participación juvenil.

La incorporación y su otro

En primer término, resulta imposible soslayar las evidencias de una exclusión mayúscula de (ciertos) numerosos actores juveniles de los espacios definidos como claves y sustantivos para el ámbito de la reproducción social. Los índices de desempleo, la deserción escolar o la franca imposibilidad de acceder a los espacios formativos, el endurecimiento de las políticas punitivas de los gobiernos de un lado y, de otro, la distribución de culpas a los jóvenes a quienes se acusa de manera general de hedonismo, de desimplicación y falta de interés y de “banderas defendibles”, tiende a configurar un pensamiento “normativo”, muy preocupado tanto por producir estrategias y respuestas para contrarrestar la exclusión como por intervenir los imaginarios juveniles.

El núcleo de este pensamiento se articula a la discusión en torno al quiebre de los espacios “tradicionales” de participación-inclusión juvenil: la escuela, el mundo del trabajo y la política formal.

Sin desconocer que hasta “nuevo aviso” el trabajo y la escuela siguen siendo instituciones centrales para la producción-reproducción de la vida social y que la democracia electoral es una plataforma importante para el impulso de la transformación de nuestras sociedades, se percibe una tendencia a colocar estas tres dimensiones como un dato dado, desplazando todo el peso del análisis (o de la intervención) hacia lo que llamaré provisoriamente “la incorporación a cómo de lugar”, que termina por pactar con el modelo o proyecto de sociedad que ha provocado la exclusión y la marginación de los jóvenes, cayendo así en una conceptualización de carácter instrumental que propone “educación para el trabajo; trabajo para la consecución de una ciudadanía normalizada; ciudadanía como categoría estable de derechos y obligaciones”, posición que resultaría inapelable si por un lado estuviéramos en lo que Bourdieu llamó “el periodo de las trayectorias estables”, y por otro, si se compartiera con los portavoces de esta posición de que realmente educación-trabajo-ciudadanía, configuran una trilogía a disposición del grueso de la población juvenil en el continente.

Dos cuestiones me parecen relevantes aquí. De una parte, la ausencia de problematización o vacío crítico –que suele prevalecer en estas posiciones–, sobre la propia estructura, como si la escuela, el mundo laboral y el mundo de la política fueran contenidos homogéneos y estáticos, y todo el problema consistiera en expandir sus alcances, en hacer la crítica de su insuficiencia y en “traer” a los jóvenes a estos ámbitos. Y, de otra parte, una escasa discusión en torno al agotamiento del sentido que las sociedades depositaron en estas instancias, lo que ocasiona, entre otras cosas, que se invisibilice en el debate, el derecho de los jóvenes (y de los no tan jóvenes) a decir no a la escuela, no al trabajo, no a la política, en sus características y expresiones actuales1. El peso excesivo en “la incorporación a cómo de lugar”, termina por acallar las voces juveniles con respecto a sus críticas –no siempre explícitas– al modelo social que nos hemos ido dando como sociedad y, por extensión a mantener en un “más allá de la crítica” a las instituciones.

El “no – así” demanda más y profundos análisis, así como una mayor visibilidad en la discusión y producción de conocimiento en torno a los jóvenes. Y es un “no-así” que debe alcanzar también a las instituciones, a la escuela, al mercado, a los partidos políticos, a las instancias de gobierno, que en lo general aceptan la interpelación sobre su insuficiencia estructural pero se muestran incapaces de asumir la crisis más honda que las sacude: la del sentido2.

El reto en este nivel, me parece, es el de no sustraer el análisis de la “participación juvenil” a la teoría crítica de la modernidad reflexiva3, que caracteriza al momento actual como aquel en el que la modernidad, con todos sus excesos, es capaz de tomarse a sí misma como objeto de reflexión y crítica4. Lo que quiero decir con esto, es que no considero que el análisis y comprensión de esta participación juvenil, generalmente entendida mucho más como “acción” por parte de los jóvenes que como posición5, pueda seguir centrado en la reproducción de estructuras modernas cuya capacidad estructural y simbólica se agotan.

El cansancio y el desencanto juvenil frente a las instituciones, desborda el problema “cuantitativo” de la carencia de espacios. Pensar la participación de los jóvenes exclusivamente como un problema de exclusión o marginación de carácter económico, estructural, al margen del análisis cultural, pospone o aleja la posibilidad de someter a crítica reflexiva un “proyecto” que no parece capaz de resistir más tiempo.

Colocar el asunto en estos términos sería equivalente a pensar que más policía, más armamento y mayores controles son suficientes para contrarrestar la inseguridad y la violencia creciente en nuestras sociedades o, en otro plano que más estaciones de televisión y radio garantizan más información, o aún, asumir que más partidos políticos representan más democracia.

Es indudable que hay que documentar la exclusión y hay que señalar –hasta el cansancio– las desigualdades de un modelo de desarrollo que se fortalece a costa de la expulsión de millones de personas (jóvenes muchas de ellas) hacia los márgenes, hacia los límites de lo tolerable, pero al mismo tiempo es urgente colocar la pregunta del para qué de la inclusión.

El costo que muchos jóvenes están teniendo que pagar para incorporarse a la sociedad, puede ser documentado en diversos escenarios6, que señalan el efecto simulacro que esta “incorporación a cómo de lugar” provoca al mantener el asunto como una cuestión de extensión de “beneficios”. El problema estriba en cómo atender lo urgente sin descuidar lo importante.

La desdramatización o el sujeto feliz

La otra tensión de lectura que percibo se sitúa en aquellos acercamientos a las expresiones culturales juveniles que con no poca frecuencia, se deslizan hacia una conceptualización del sujeto joven centrada en el placer, en el nomadismo (como un valor epocal) y en prácticas que no parecerían tener otra razón de ser que la perpetuación indefinida de un goce sin tiempo y sin espacio.

Es importante señalar aquí que yo misma he recibido una crítica por mi visión contraria a estas perspectivas y sobre todo, por mi insistencia en torno a la dimensión política de la que son portadoras las culturas juveniles7 (muchas veces pese a sí mismas). En libros y artículos he sostenido y sostengo desde una investigación empírica de larga data que las culturas juveniles, a las que entiendo como “conjunto heterogéneo de expresiones y prácticas socioculturales8” operan como símbolos del profundo malestar que aqueja a las sociedades y que en los gestos más espontáneos y lúdicos, radican pistas claves a ser desentrañadas desde la teoría crítica. Ello, por supuesto, no equivale a negar la capacidad de goce, ni a visualizar (o confundir) las culturas juveniles con movimientos sociales, la distinción analítica resulta fundamental, aún.

La producción y el consumo cultural, las adscripciones identitarias alternativas, las manifestaciones artísticas, el uso social de internet y otros dispositivos tecnológicos, el deambular por territorios diversos (incluido el centro comercial), la adhesión itinerante a causas y procesos sociales9, se inscriben, al igual que otro conjunto de prácticas más “tradicionales”, en un contexto de acción y en un universo simbólico. Ello significa que ninguna práctica está “fuera de lo social”, lo que en términos de análisis debiera traducirse en la capacidad del analista de ubicar el conjunto de expresiones, procesos, acciones, objetos que estudia, en el entramado de las gramáticas que los hacen posibles o los obstaculizan.

En tal sentido considerar que las expresiones juveniles pueden sustraerse al análisis sociopolítico de la sociedad en la que se inscriben, es asumir de un lado, una posición de exterioridad (jóvenes más allá de lo social) y, de otro, una comprensión bastante estrecha de lo político (reducido a sus dimensiones formales, más bien “la política”).

La desdramatización de las expresiones juveniles –a las que llamaré de aquí en adelante performatividad juvenil–, provoca una sobreatención de las dimensiones tribales: códigos, emblemas, valores y representaciones que cohesionan al grupo, en detrimento de las dimensiones institucionales y del papel del mercado como rearticulador de los sentidos de pertenencia y ciudadanía10 y, de manera especial, generarían una invisibilización analítica de lo que Chantal Mouffe11 ha denominado “los antagonismos políticos”, el conflicto. Al clausurar la dimensión del conflicto, las perspectivas “desdramatizadoras” se colocan en el mismo plano que las posturas instrumentales, al negar a los jóvenes, por vías diferentes, capacidad de agencia y al colocarlos ya no en la posición de aceptación-negociación implícita o explícita con el sistema, sino en una posición más vulnerable aún: la exterioridad, por muy gozosa que ella pudiera resultar, quizás más para el analista que para los propios jóvenes.

Las canciones, el no a la política, el (aparente) desentendimiento del mundo, el instante que se fuga, el uso del cuerpo, no pueden dejar de expresar performativamente, una posición con respecto a la sociedad en la que se habita. La cultura anarco-punk, la raver o electrónica, la gótica y, sus constantes réplicas, expresan de otra manera el mismo malestar que los movimientos juveniles anti-globalización: una crítica sorda, un malestar que se disfraza de ironía, una angustia afásica12 travestida de gozo.

“Yo, de lo que tengo miedo es de tener un hijo” , me dice un joven piquetero de la Corriente Clasista y Combativa, a la alumbre de un mate que espanta los fríos del invierno en su casita de cartón y al lado de su compañera con 20 años a cuestas, una morocha hermosa y elocuente.

“Yo, de lo que tengo miedo es de que la policía me ponga una retroputiza una noche en el barrio”, me dice un joven grafitero que se acerca a los 20, una tarde en que todos gozamos del concierto de rock en el “DF”.

“Yo, de lo que tengo miedo es del desamor”, me confiesa la universitaria de 22, enfundada en sus jeans y lista para el siguiente reventón, condones incluidos.

El “sujeto feliz” se desvanece en el aire y sólo puedo retener la incertidumbre sorda que habita a estos jóvenes que al tomar posición, participan; comunican el agotamiento de un proyecto y de un modelo cuya profundidad no puede ser captada negando el polemós, lo político, el antagonismo y el conflicto, como bien señala Mouffe13.

La performatividad es una clave de lectura fundamental, pero ello no significa, no puede significar eludir el drama en que estos “nómadas” construyen cotidianamente, cuesta arriba, sus opciones. Proyectar nuestras propias fascinaciones sobre un nomadismo romantizado, un tribalismo radical (el nosotros ensimismado), atribuirle a los jóvenes el deseo libre, el gozo momentáneo e inconsciente, puede fortalecer un “mundo múltiple de mosaicos, de fragmentos aislados y autoreferenciales” y peor aún, un mundo en el que “el esencialismo y el ‘endurecimiento de las fronteras’ entre los grupos obstaculizan la permeabilidad y la contaminación mutua, y facilitan el separatismo al crear mundos encerrados en sí mismos” como apunta Arditi14.

¿Falsos dilemas?

Con la agudeza que lo caracteriza, Zygmunt Bauman ha señalado que “apartar la culpa de las instituciones y ponerla en la inadecuación del yo, ayuda a desactivar la ira potencialmente perturbadora o bien a refundirla en las pasiones de la autocensura y el desprecio de uno mismo o incluso a recanalizarla hacia la violencia y la tortura contra el propio cuerpo15”.

Las dos posturas que he tratado de esbozar como ejemplo de las tensiones analíticas en el campo de estudios de la juventud, se intersectan en lo que Bauman denomina la “inadecuación del yo”, es decir, la insuficiencia biográfica, la narrativa precarizada de la propia vida, la sensación de ser culpable de algo inaprensible.

Por distintas vías, se dibuja un actor juvenil “inadecuado”, herencia quizá de las teorías metropolitanas de la desviación social. Desde el lado instrumental, se enfatiza en lo que Beck llamaría “la solución biográfica a las contradicciones sistémicas16”, el deslizamiento hacia la respuesta y la responsabilidad individual. Del lado desdramatizado, se enfatiza en el derecho a no saber, a la inconciencia –también individual– que autoriza un placer sin consecuencias.

El joven imaginado17 por el pensamiento que lo piensa se ve atrapado así en una disyuntiva entre una inclusión que no admite negociación ni resistencia o una exterioridad que se resiste a reconocer su capacidad de agencia y a leer los signos de su crítica. Como en los efectos diversos de las drogas, en un caso se trata de agudizar la “responsabilidad” biográfica del joven y en el otro, de silenciar o atenuar esta responsabilidad. Pero me parece que al invisibilizar “el proyecto”, se abren las puertas para instalar en la discusión un falso dilema: el de la representación legítima (unívoca) de lo que significa “ser joven”.

“Ser joven” no es un descriptor universal ni homogéneo, tampoco un dato dado que se agota en la acumulación biológica de años. “Ser joven” es fundamentalmente una clasificación social y como toda clasificación supone el establecimiento de un sistema (complejo) de diferencias. La articulación de esas diferencias es lo que otorga características precisas, contenidos, límites y sentido al continente “ser joven”. Y vale la pena quizás, recordar lo que significa “articulación”: se trata, señala Grossberg de la “construcción de un conjunto de relaciones a partir de otra; muchas veces supone desarticular unas relaciones con el fin de rearticular otras. La articulación es una lucha continua por resituar prácticas dentro de un campo de fuerzas cambiante, por redefinir las posibilidades de vida redefiniendo el campo de relaciones –el contexto– dentro del cual se localiza una práctica18”.

Si se acepta que “lo joven” es una construcción social vinculada a ese contexto del que habla Grossberg y que líneas arriba llamé “texto fuerte”, se habrá avanzado, me parece, en la desencialización del concepto “juventud” y se habrá dado espacio analítico al conjunto de fuerzas que operan y luchan en ese contexto para “redefinir las posibilidades”. En este sentido, tal vez podríamos acordar, sin demasiadas complicaciones, que el objeto en disputa es el “cuerpo joven” y que además del mercado y del Estado, también las ciencias sociales, las humanidades y sus practicantes, estarían operando como “fuerzas cambiantes” que luchan para rearticular el significado de “ser joven”.

Así, tendríamos en este falso dilema una rearticulación de corte más tradicional que maximiza el valor productivo del cuerpo joven como clave de la inclusión/participación y de otro lado, una rearticulación, que se asume postmoderna, que estaría maximizando el goce como clave para redefinir al cuerpo joven y a sus portadores. Nada nuevo bajo el sol, trabajo y placer como categorías escindidas en la definición de lo humano. Cada una apostando a su definición unívoca, a su interpretación correcta.

Pero quizás lo sustantivo en este momento de rearticulaciones19 no estaría centrado tanto en la generación de pensamiento en torno a los jóvenes, sino precisamente en dos fuerzas que las más de las veces logran pasar inadvertidas por su capacidad de desplazar hacia la “inadecuación del yo”, la factura del quiebre societal que enfrentamos. Me refiero al Estado y al mercado.

En el caso de América Latina cuya población menor de 24 años representa alrededor del 30%, la pregunta fundamental, creo, es cual es la “articulación” que ha producido el Estado en los años del aceleramiento de la crisis, a la clasificación “ser joven”. Se habla con bastante tranquilidad del “bono demográfico” de la región, expresión que siempre consigue ponerme nerviosa en tanto indica que los jóvenes son considerados como una especie de “premio extra”, cuya fuerza está disponible para los momentos de mayor oscuridad productiva. Lo que resulta paradójico es que esta conceptualización no logre expresarse en las políticas cotidianas y que lo que sea posible de retener en el transcurso de los tres últimos lustros sea la contradicción más flagrante entre los cuerpos jóvenes como “bono” y esos cuerpos como enemigos o, peor, como cuerpos prescindibles. La retórica de la inclusión sigue elevando a slogan publicitario “su amor por los jóvenes” que puede resumirse en “jóvenes más educados para mejores trabajos”, pero por la vía de los hechos, avanza el cierre de espacios y de manera más preocupante, el aumento de la brecha entre las ofertas (infinitas) y las posibilidades reales de acceso y elección para millones de jóvenes en la región.

Con Foucault sabemos que el significado más acabado de disciplina es el de la optimización de las capacidades del cuerpo en función de un proyecto y, seguimos aquí trabajando a favor de un mayor disciplinamiento del cuerpo joven en aras de un Estado, cada vez más debilitado en el ámbito de la legitimidad (pero no en el ámbito del control) que pretende salvarse a sí mismo escapando de su responsabilidad como garante de la sociabilidad (la sociedad estructurándose).

Y el mercado por su parte, travestido de gozo y de inconciencia feliz, avanza, arrasando a su paso los más elementales sentidos de socialidad (la sociedad haciéndose), escondido en la fascinante (y poderosa) sensación de independencia que los consumidores de estilos y de “looks” creen conquistar con su pernormatividad alternativa, dura, “mala”. Circuitos “undergrounds”, piratería, resistencia pasiva o desentendimiento del mundo que sucede, nada ni nadie está a salvo del control panóptico de un mercado que ha descubierto en el “bono demográfico” un espacio inagotable de opciones: manantial de la juventud, eterna fuente para perpetuarse en el giro que se presume desdramatizado. El nómada feliz y a veces enojado de las narrativas que hacemos venir para pensar, que todavía, es posible mantenerse al margen.

La cuestión de fondo se sitúa más allá de la disputa por la representación legítima de que lo que hoy significa e implica ser joven.

Territorio fértil para desplazar los miedos y las esperanzas de la sociedad, las culturas juveniles, los jóvenes se han convertido en receptáculo y contenedor de la impotencia social frente al avance inexorable de un modelo debilitado por un cuestionamiento creciente, a veces ruidoso, a veces silencioso.

Pensar a los jóvenes en el contexto del “texto fuerte”, desafía las facultades del lenguaje, ni héroes alternativos ni soldados, los jóvenes narran –todavía– el declive de una sociedad que a la manera de Mathieu Kassovitz20, director de La Haine (El Odio), hace decir a uno de los protagonistas, en tono de burla frente una sociedad que se precipita hacia abajo y que ante la caída sólo puede recitar “hasta aquí todo va bien” anticipando “juguetonamente” –lo que no significa, sin dolor ni miedo–, el colapso final. Romper el estribillo de “Jusqu’ ici à tout va bien” que pronuncia para tranquilizarse el suicida que va cayendo pisos abajo de un rascacielos y que sabe que, inexorablemente, se estrellará contra el piso, es quizás el desafío por venir.

No todo va bien y llegados a esta orilla de la historia, quizás valga la pena echar mano de la idea de Rosenau acerca de las cascadas, como “secuencias de acciones en un mundo multicéntrico que de pronto ganan fuerza e impulso, pierden velocidad, se detienen, revierten su curso o vuelven a suceder nuevamente mientras sus múltiples repercusiones no cesan de expandirse y desplegarse a través de sistemas y subsistemas enteros21.

“Ser joven” no es “estar joven”. Ser joven alude a complejos procesos de construcción sociohistórica, a sistemas de clasificación. Por tanto “ser joven”, no puede agotarse ni ser contenido en la univocidad de una interpretación. El desafío estriba en atender los procesos que modelan y modulan la condición juvenil para reconocer lo que tienen de común –de cara a los proceso de globalización–, y lo que tienen de especificidad, –de cara a la densidad de las memorias y culturas locales–. Así, en la región y a finales del siglo XX, los jóvenes se volvieron visibles en el espacio público como “identidades problemáticas”: pibes chorros (jóvenes ladrones de las villas miseria de la Argentina), bandas (agrupaciones juveniles de los barrios marginales en México, Estados Unidos y Centro América), sicarios (jóvenes al servicio del narcotráfico en Colombia) y de manera más reciente las maras (pandillas centroamericanas conocidas por su extrema violencia y crueldad). La irrupción de la categoría “jóvenes” (y las narrativas dominantes sobre ellos), se produce en el marco de la crisis estructural por la que atraviesa la región, lo que no es gratuito, ni espontáneo. Las repercusiones del pensamiento que piensa a los jóvenes se despliegan y se expanden en un mundo cada vez más agotado y más perplejo, que se resiste a asumir que quizás, pese a sí mismos, los jóvenes operan como signos de lo político y, a veces, de la política.

Notas

1.     De manera constante aparece en el espacio público “la sorpresa indignada” de actores políticos o empresariales que no logran entender por qué los jóvenes no aceptan procesos de capacitación o empleos esclavistas y mal remunerados.         [ Links ]

2.     Para una discusión sobre la crisis de sentido ver P. Berger y T. Luckmann, Modernidad, pluralismo y crisis de sentido. La orientación del hombre moderno. Paidós Studio, Barcelona, 1997.         [ Links ]

3.     Scott Lash, La reflexividad y sus dobles: estructura, estética, comunidad, en U. Beck, A. Giddens y S. Lash, Modernización reflexiva. Política, tradición y estética en el orden social moderno. Alianza Universidad, Madrid, 1997.        [ Links ]

4.     Para un análisis de estos elementos ver R. Reguillo, “Gestión del riesgo y modernidad reflexica”, en Nómadas, No. 17, DIUC, Universidad Central. Santa Fe de Bogotá, Octubre 2002. pp. 80-89.        [ Links ]

5.     En otro lugar he desarrollado un análisis de este concepto, R. Reguillo, Jóvenes y esfera pública, en José Antonio Pérez Islas (coord.) Jóvenes mexicanos del siglo XXI, Encuesta Nacional de Juventud 2000. IMJ, México, 2002.         [ Links ]

6.     Como por ejemplo aceptación de empleos mal remunerados; empeño de sus vidas en aras de una capacitación instrumental que los mantendrá atados a una situación de desigualdad insuperable; negociación de su fuerza electoral por planes y proyectos electoreros; construcción de pertenencias vinculadas al consumo, al mercado; renuncia a sus emblemas identitarios en función de un lugar en la sociedad.         [ Links ]

7.     Ver Martha Marín y Germán Muñoz, Secretos de mutantes. Música y creación en las culturas juveniles. Siglo del Hombre / Universidad Central – DIUC, Santa Fe de Bogotá, 2002         [ Links ]

8.     R. Reguillo, Emergencia de culturas juveniles. Las estrategias del desencanto. Norma, Buenos Aires, 2001.         [ Links ]

9.     He señalado en otra parte que una característica de las culturas juveniles es la de sus compromisos itinerantes y un fuerte interés en participar más que en orgnanizaciones, en causas. R. Reguillo, Jóvenes y esfera pública, Op. cit., p. 305.         [ Links ]

10.  Néstor García Canclini, Consumidores y ciudadanos. Conflictos multiculturales de la globalización. Grijalbo, México, 1995.        [ Links ]

11.  Chantal Mouffe, El retorno de lo político. Comunidad, ciudadanía, pluralismo, democracia radical. Paidós, Barcelona, 1999.         [ Links ]

12.  En este momento estoy re-mapeando la producción de graffiti en varias ciudades de la región y puedo sostener que este ha ido “perdiendo” espesor comunicativo y se ha fortalecido en sus dimensiones irruptivas y cifradas. Cuando hablo metafóricamente de la afasia en algunas expresiones juveniles, no me refiero a una “pérdida” del lenguaje, sino a un silencio voluntario que actúa como significante mucho más que como significado.         [ Links ]

13.  Op cit., p. 14.        [ Links ]

14.  Ver Benjamín Arditi, El reverso de la diferencia, en B. Arditi (ed) El reverso de la diferencia
Identidad y política
. Nueva Sociedad, Caracas, 2000. Desde otra perspectiva, he venido sosteniendo los riesgos implicados en la fragmentación creciente de las identidades juveniles, Ver, Analía Roffo, “A fondo: Rossana Reguillo, especialista en estudios culturales: “En América latina, los jóvenes están viviendo en guetos”, en Clarín, 8/10/2000

15.  Zygmunt Bauman, La sociedad individualizada. Cátedra, Madrid, 2001; 16.        [ Links ]

16.  Ulrich Beck, La sociedad del riesgo: hacia una nueva modernidad. Paidós, Bercelona, 1998.         [ Links ]

17.  En el sentido dado a esta expresión por Benedict Anderson, Imagened communities. Verso, London, 1983.         [ Links ]

18.  Lawrence Grossberg, We gotta get out of this place: Popular conservatism and postmodern culture. Routledge, London, 1992. Ver el análisis que de esta formulación hace Z. Bauman en La sociedad individualizada, Op cit.         [ Links ]

19.  He intentado ofrecer un balance de las articulaciones dominantes en torno al “ser joven” a partir de 1950 y de manera especial a partir de la revolución mundial del 68, en R. Reguillo, Emergencia de culturas juveniles. Las estrategias del desencanto. Op. cit.         [ Links ]

20.  La Haine/Hate. Francia 1995. 95mins. Director: Mathieu Kassovitz. Cast: Vincent Cassel, Hubert Kounde, Saïd Taghmaoui. Producer: Christophe Rossignon. Script: MathieuKassovitz Camera: Pierre Aïm. Editor: Mathieu Kassovitz & Scott Stevenson.         [ Links ]

21.  James N. Rosenau, Turbulence in world politics. A theory of change and continuity. Princeton University Press, New Jersey, 1990.         [ Links ]

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