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Punto Cero

versión On-line ISSN 1815-0276

Punto Cero v.10 n.11 Cochabamba jul. 2005

 

Comunicación y conflictos culturales en Bolivia

El papel de los comunicadores en la reconstrucción de la hegemonía

Antonio Gómez Mallea

Comunicador y cientista político. Actualmente, coordina el Diplomado en Gestión de la Comunicación Estratégica Pública y Privada

de la Universidad Andina Simón Bolívar, en la ciudad de La Paz.

agomez@uasblp.edu.bo


Resumen

El tema: “Comunicación y conflictos culturales en Bolivia” sugiere múltiples espacios de abordaje. Este artículo se consagra al tratamiento de un aspecto fundamental y oportuno a raíz de la crisis social que vivimos en Bolivia con la defenestración del gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada en octubre de 2003. Es decir, a la relación existente entre hegemonía, comunicación y cultura. De lo que se trata, es de plantear que la crisis de gobernabilidad que vive el Estado boliviano y la crisis de identidad que viven los bolivianos puede analizarse desde el ángulo de la comunicación y la cultura, y que este análisis, comunicacional y cultural, puede llenar los numerosos vacíos explicativos en que la ciencia política o la sociología boliviana han caído cuando se trata de analizar los sucesos de octubre de 2003 y la actual situación del país.

Palabras clave: Comunicación, cultura,política

Resumo

O assunto:"uma comunicação e os conflitos culturais em Bolívia" sugere espaços boarding do distribuidor. Este artigo é devotado ao tratamento de um aspecto fundamental e oportuno em conseqüência da crise social que nós vivemos em Bolívia com a queda do governo de Gonzalo Sanchez de Lozada em outubro 2003. Aquele é dizer, à relação existente entre a hegemonia, a comunicação e a cultura. Trata-se de propor que a crise do governo que vive o estado bolivian e a crise da identidade que vivem os bolivianos pode ser analisadado ângulo da comunicação e da cultura, e que esta análise, communicational e cultural, pode encher os vácuos explanatórios numerosos em que a ciência política ou o sociologia boliviana caíram quando analisa os eventos de outubro de 2003e a situação atual do país.

Palavras Chave: comunicação, cultura,politica.

Abstract

The subject: "Cultural Communication and conflicts in Bolivia" suggest manifold boarding spaces. This article is devoted to the treatment of a fundamental and opportune aspect as a result of the social crisis that we lived in Bolivia with the fall of the government on Gonzalo Sanchez de Lozada in October 2003. That is to say, to the existing relation between hegemony, communication and culture. Which one is, it is to raise that the government crisis that lives the Bolivian State and the identity crisis that the Bolivians live can analyze from the angle of the communication and the culture, and who this analysis, communicational and cultural, can fill the numerous explanatory voids in which political science or Bolivian sociology has fallen when it is to analyze the events of October of 2003 and the present situation of the country.

Key words: Communications, culture,politics


 

Se me ha pedido una exposición sobre el tema: “Comunicación y conflictos culturales en Bolivia”. Al respecto, puede decirse mucho, pues el tema de la cultura, vinculado a la comunicación y el conflicto, sugiere múltiples espacios de abordaje.1

Por ejemplo, uno de los temas más recurrentes en torno a los conflictos culturales en Bolivia es el vinculado a la relación entre las culturas precolombinas y la cultura española, teniendo a la comunicación como uno de sus ejes.

Otra vertiente está en la relación, casi siempre conflictiva, entre la cultura “oficial” o dominante con las culturas populares.2 Y así, podríamos enumerar diversas materias tratadas o por tratar cuando se habla de comunicación, cultura y conflicto en Bolivia o en América Latina.

Sin embargo, en esta exposición me consagraré al tratamiento de un aspecto que me parece fundamental y oportuno a raíz de la crisis social que vivimos con la defenestración del gobierno de Gonzalo Sánchez de Lozada en octubre de 2003. Me refiero a la relación existente entre hegemonía, comunicación y cultura.

De lo que se trata, es de plantear que la crisis de gobernabilidad que vive el Estado boliviano y la crisis de identidad que viven los bolivianos puede analizarse desde el ángulo de la comunicación y la cultura, y que este análisis, comunicacional y cultural, puede llenar los numerosos vacíos explicativos en que la ciencia política o la sociología boliviana han caído cuando se trata de analizar los sucesos de octubre de 2003 y la actual situación del país.

Mi hipótesis radica en que las actuales explicaciones que la ciencia política y la sociología bolivianas dan sobre la actual crisis de gobernabilidad y de identidad, aduciendo que el problema se debe a un agotamiento del sistema de gobierno y de representatividad política, llevan a un punto muerto, porque no se plantean, al respecto, salidas válida y realizables.

Es decir, ni la ciencia política ni la sociología ha podido proponer modelos alternos al actual sistema democrático representativo basado en el sistema de partidos, pues la supuesta democracia participativa inaugurada con la apertura de la participación en las elecciones municipales a asociaciones ciudadanas no ha dado los frutos esperados.

En otras palabras, el sistema de partidos no se ha abierto a otro tipo de actores, sino lo que ha sucedido es que, bajo el nombre de asociaciones ciudadanas, están ingresando al sistema de partidos movimientos sociales que se están “partidizando”, es decir, convirtiendo en nuevos partidos, funcionales y no contestatarios al sistema.

Mi hipótesis plantea que la crisis de gobernabilidad y de identidad puede explicarse porque las clases dominantes, desde 1985 a la fecha, se han empeñado en una destrucción sistemática de las colectividades sociales que hacían viable al sistema democrático representativo, que tenía como eje a un Estado de cariz social, fundado en 1952.

Por lo tanto, concluyo que la crisis actual no se superará con la anulación del Estado y el traspaso de sus funciones a otras organizaciones sociales, sino con el refortalecimiento del mismo como eje de la articulación social, como única organización de nivel nacional que nos permita alcanzar fines colectivamente pensados.

Es decir, será el Estado boliviano el único ente que puede reunir a los bolivianos en un fin colectivamente deseable y provechoso, y para ello deberá ser capaz de reformular las condiciones básicas de la conciencia nacional, volver a imponer (comunicar) una cosmovisión común boliviana (una cultura boliviana) en todo el territorio y proyectarla al resto del mundo.

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Para el sustento de esta hipótesis analizaremos el proceso mediante el cual las clases dominantes bolivianas hicieron el intento de imponer una nueva cosmovisión (cultura) de corte neoliberal, para luego pasar a explicar qué papel podemos cumplir los comunicadores en la reconstrucción del Estado nacional.

No es que crea que la ciencia, por sí misma, deba tener un fin político,sino que creo que el trabajo científico y sus resultados no pueden caer en el vacío, pues la justificación de su existencia está dada por su utilidad social. Y no encuentro mayor utilidad social que la contribución positiva a la mejora de las condiciones de vida de los bolivianos, en medio de una crisis que –por el momento– parece no tener salida.

1. La hegemonía como comunicación de la cultura

El tema de la hegemonía ideológica en la sociedad como una imposición cultural comunicada por la clase dominante ha sido tratado ampliamente por Carlos Marx y Federico Engels, bajo los conceptos de ʻalienación' y la dualidad ʻclase en sí-clase para sí'.3

Acá la definición de comunicación que utilizamos necesita de unas precisiones. No nos es útil la definición de comunicación como dialógica y democrática, por oposición a información, unidireccional y antidemocrática. Ello por la razón de que este concepto no ha resultado operativo desde su popularización a partir de los trabajos, sobre todo, de la Escuela Crítica Latinoamericana.

En otras palabras, comunicación, como diálogo horizontal y democrático, no ha servido más que para fundamentar la necesidad de un cambio del paradigma no democrático de la información.

En mi opinión, tiene más valor explicativo concebir a la comunicación como la capacidad de “hacer compartir mi mensaje”, “hacer internalizar mi mensaje” por mi auditorio. La información no tiene esta capacidad pues no suscita esta puesta en común de los sentidos.

Por lo tanto, en la sociedad es posible lograr una comunicación cuando mi contraparte hace suyo mi mensaje, cuando hace suyo el sentido que yo le estoy proporcionando. Y ello ha ocurrido y ocurre innumerables veces, como cuando las clases dominantes hacen creer a las clases dominadas o subalternas que la visión social que les proponen es la única posible científicamente. O, en palabras de Marx, cuando se da el fenómeno de la alienación.

De esta suerte, el concepto de ʻalienaciónʼ de la clase obrera no hace referencia, como ideológica en la sociedad como erróneamente se pensó, a una suerte de idiotez social de las clases trabajadoras para comprender el mundo, sino a la victoria de las clases dominantes que lograron hacer pasar su forma de concebir el mundo como la cosmovisión hegemónica en la sociedad.

Entonces, la democracia liberal y la economía de mercado fueron vistas, no como el resultado de un proyecto político específico, sino como el fruto de un desarrollo social histórico, complejo pero perfectible, hacia el cual debieran tender, tarde o temprano, todas las sociedades, en su afán de profundización democrática.4

La democracia liberal y la economía de mercado fueron y siguen siendo vistas como el “one best way” (el mejor camino) del desarrollo social y no como el resultado del triunfo del proyecto hegemónico capitalista, lo que ha significado la derrota ideológica de la posición marxista sobre la imposición cultural de la clase dominante.

Acá, la derrota ideológica del marxismo se debió, en mi opinión, a la vinculación explícita que trató de hacer Marx entre ciencia y acción política,y el vínculo que hizo Lenin entre esta última y el socialismo real. Al evidenciarse los fallos del socialismo real y su posterior caída, cayó también el enfoque marxista, pues su verificación histórica había fallado.5

Sin embargo, hoy, a pesar de la caída del socialismo y del olvido de Marx, no es posible aceptar que la democracia liberal y la economía de mercado constituyan, dentro de un enfoque desideologizado y con pretensiones científicas, el “one best way” de lo social. Ello se evidencia por dos simples argumentos.

En primer lugar, la democracia liberal basada en el voto universal pretende que no hay mecanismo de participación más equitativo que la igualación de todos los ciudadanos por el sufragio, donde el voto de cualquiera vale lo mismo que el de otro, independientemente de su condición social o económica.

Esta igualación debiera traducirse por el principio de que todos somos electores y todos somos elegibles, aserto que no se cumple en la práctica, precisamente, porque el voto universal se practica dentro de la abstracción completa de las condiciones sociales y económicas de su realización. Es decir, en virtud de la inequidad de las condiciones sociales y económicas concomitantes a la democracia liberal, todos somos electores pero pocos, muy pocos, pueden ser elegibles.

En segundo lugar, el voto universal encontraría su correlato en la economía de mercado donde, igualmente, las decisiones individuales serían libres y soberanas.  Pero, acá también existe una trampa: Para que las decisiones individuales en condiciones de mercado es necesaria una libre disponibilidad de bienes de capital … lo que ha ocurrido sólo en los libros de textos con el nombre de “competencia perfecta”.

En la práctica, los bienes de capital están concentrados en poquísimas manos lo que hace que las decisiones individuales en el mercado no sean posibles, sino estén condicionadas por los intereses de los detentadores del capital. En consecuencia, el mercado es completamente contradictorio a la democracia, porque es precisamente el lugar de expresión de los interesesde los privilegiados.

Finalmente, en democracia no todo es elegible. La dualidad democracia liberal-economía de mercado hace imposible siquiera el planteamiento de la elección de otro tipo de sistema, como –por ejemplo– una economía estatal, aún si ésta pudiera ser la decisión soberana de la mayoría.

Por todo ello, cabe concluir que la democracia liberal es un logro comunicado hegemónicamente por la clase dominante y no el resultado de un progreso social que, a pesar de su imperfección, fuera el más deseable de todos los sistemas posibles.

Con estas precisiones, recién podemos comprender el alcance real de la hegemonía como la comunicación de una cultura, donde ésta estaría constituida por:

“… los procesos de producción y transmisión de sentidos que construyen el mundo simbólico de los individuos y la sociedad. Estos procesos comprenden la producción organizada de bienes simbólicos ("textos" en general; conocimientos, informaciones, imágenes, modas, ídolos, currícula, "bienes de salvación", interpretaciones, concepciones del mundo, etc.) y la continua producción de sentidos a nivel de las relaciones cotidianas mediante las interacciones situadas en que los individuos se ven envueltos con otros y consigo mismos.” (BRUNNER, 1980: 2).

2. Los proyectos hegemónicos bolivianos y el buen ciudadano

Ahora bien, a lo anterior debo añadir que la aceptación ideológica racional de la cosmovisión de la democracia liberal tiene, además, que traducirse en dos tipos de acciones, según Brunner (1980): Un consenso activo y un consenso pasivo.

El primero, el consenso activo, es el que las clases dominantes (o el bloque en el poder para hablar en términos de Poulantzas) deben mantenerse sobre un proyecto nacional común, a objeto de mantener su hegemonía (y de ser necesario imponerlo por coerción) y realizarlo en la práctica.

En Bolivia, hemos visto una sucesión de proyectos de las clases dominantes a partir de la misma Independencia, cuando los terratenientes criollos liderados por los abogados de Charcas, supieron imponer a los guerrilleros y al mismo Libertador Simón Bolívar la necesidad de un país independiente de la Gran Colombia o de las Provincias Unidas del Río de La Plata, que se disputaban el hoy territorio boliviano. Sólo por mencionarlos, son también plenamente identificables los proyectos hegemónicos de los mineros de la plata (a finales del siglo XIX, con Gregorio Pacheco) y del estaño (con Simón Patiño, en la primera mitad del siglo XX).

Estos proyectos generaron un evidente consenso entre las clases dominantes del Occidente del país, pero mantenían al margen a la mayor parte de la población nacional, la que, sin embargo, no pudo rebelarse con éxito por sí misma, sino que se adscribió a sectores disidentes del bloque en el poder y conformaron el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), el que con la Revolución de 1952 fue el primero en realizar un amplio consenso, activo y pasivo, alrededor de concepción autoritaria del mundo y de Bolivia.

El consenso pasivo, a diferencia del acuerdo entre las clases dominantes, es el que el bloque en el poder debe lograr, según Brunner (1980), entre los ciudadanos que no militarán activamente en favor del sistema, sino que le concederán la legitimidad y actuarán en consecuencia dentro de lo establecido por ley.

En otras palabras, las clases dominantes bolivianas lograron generar, por primera vez a escala nacional (con la inclusión del Oriente del país y de los sectores obrero y campesino), un consenso activo y pasivo alrededor de su proyecto hegemónico con la Revolución del 52, que sentó las bases de una democracia liberal pero de una economía de mercado restringida, donde el Estado tenía, además, del papel regulador un gran rol productor.

Este papel productor del Estado aseguraba a una buena parte de la población boliviana condiciones mínimas de estabilidad y beneficios laborales, que aseguraron la pervivencia del Estado nacional desde 1952 hasta 1985.

Por tanto, se puede afirmar que el proyecto nacional del MNR fue comunicado con éxito por las clases y sectores dominantes (como el militar) que alternaron en el gobierno durante el período antes mencionado y mantuvieron la comunidad de sentido iniciada en 1952 con la idea de la Revolución Nacional.

3. La destrucción sistemática de la socialidad boliviana

Prefiero llamar la “idea” de la Revolución Nacional porque no pretendo discutir la amplitud de los cambios ocurridos en la sociedad boliviana a partir de 1952, como el voto universal, la nacionalización de las minas o la reforma educativa.

Sin entrar en debate sobre la profundidad de las anteriores transformaciones, se puede aceptar que el 52 inauguró una nueva idea de Bolivia, la de un país en permanente cambio hacia una mejoría de las condiciones de sus habitantes, los que para ello debían enfrentarse a sus enemigos externos e internos.

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Este fin común (la Revolución Nacional), que se basaba en la mejoría de las condiciones políticas y sociales de la población (y alguna vez económicas), se convirtió en el elemento aglutinador del Estado nacional y de la Nación, se convirtió en la base de su socialidad.

Esta hipótesis es la de la socialidad; sus expresiones pueden estar ciertamente muy diferenciadas, pero su lógica es constante: el hecho de compartir un hábito, una ideología, un ideal, determina el ser conjunto y permite que éste sea una protección contra la imposición, venga de donde venga.

Es decir, la idea de la Revolución Nacional más sus logros permitieron a los bolivianos enfrentar una serie de adversidades, como gobiernos militares, caídas internacionales del precio de su principal materia prima (el estaño) y otros, pues se confiaba en que éramos partícipes de un proceso de cambio social positivo.

Esta concepción fue frenada en seco en 1985, cuando el mismo MNR, que había iniciado la Revolución Nacional echó la culpa al Estado nacional de la agonía económica y social de Bolivia. “Bolivia se nos muere” había comunicado en 1985 el mismo presidente que treinta años atrás auguraba un porvenir venturoso al país como resultado de la Revolución Nacional. El desastre anunciado por el MNR en 1985 era tan grande y tan inminente que se avecinaba, según ellos, una época en la que cualquier sacrificio podía ser insuficiente para salvar al país.

Fue un gran triunfo comunicacional e ideológico. El anuncio de un desastre total, sumado a una crisis gubernamental y económica que ni de lejos fue la mayor de la historia nacional,6 permitió al MNR matar al paciente para curar la enfermedad.

Sumándose al movimiento neoliberal internacional, a partir de 1985, se procedió a la destrucción sistemática del Estado nacional y de las colectividades bolivianas que lo habían asentado y fortalecido, destrucción que ha sido retratada ya por Pierre Bourdieu:

El movimiento, que ha sido posible por la política de desreglamentación financiera, hacia la utopía de un mercado puro y perfecto, se desarrolla a través de la acción transformadora y, hay que decirlo, destructora de todas las medidas políticas (de las que la más reciente es la AMI, Acuerdo Multilateral sobre las Inversiones, destinado a proteger, contra los Estados nacionales, las empresas extranjeras y sus inversiones) que apuntan a cuestionar todas las estructuras colectivas capaces de poner un obstáculo a la lógica del mercado puro: Nación, cuyo margen de maniobra no cesa de decrecer; grupos de trabajo, con, por ejemplo, la individualización de los salarios y de las carreras en función de las competencias individuales y la atomización de los trabajadores que de ello resulta; colectividades de defensa de los derechos de los trabajadores, sindicatos, asociaciones, cooperativas, incluso la familia, la que, a través de la constitución de mercados por grupos etéreos, pierde una parte de su control sobre el consumo.

Esta destrucción de las colectividades que conformaban el cemento social, la socialidad boliviana, tuvo su expresión más evidente en:

  • La marginalización de la Central Obrera Boliviana (COB) del escenario político boliviano, con el despido masivo de trabajadores en 1985, con la llamada “relocalización”, privándola de casi la totalidad de su base popular minera. Desde entonces, la COB es un ente marginal al sistema político boliviano.
  • La descapitalización y privatización de las empresas estatales, a partir de 1993, con la irónicamente llamada “capitalización” de las empresas estratégicas estatales: Empresa Nacional de Telecomunicaciones, Empresa Nacional de Ferrocarriles, Lloyd Aéreo Boliviano, Yacimientos Petrolíferos Fiscales Bolivianos, entre otras.
  • La supresión de los contratos colectivos con la desregulación del empleo y la libre contratación de trabajadores, lo que convirtió al trabajo en un privilegio escaso y precario.
  • La desaparición del sistema de seguridad social solidario y universal y su reemplazo con el sistema individual de capitalización, para un reducido número de beneficiarios como resultado de la liberalización del empleo.
  • La banalización y desideologización de la política a partir del Acuerdo Patriótico (1989-1993), con el que la impensable alianza entre la izquierda y la derecha fue consumada.
  • La liberalización de la economía con la supresión de todo tipo de subvenciones a la industria nacional, sobre todo a los pequeños productores.

Estas medidas, y otras más, no sólo empeoraron las condiciones sociales y económicas de los bolivianos, sino dieron un duro golpe a la economía moral y orgullo nacionales, pues nos estaban diciendo que la ilusión de un mejor y más igualitario Estado no eran ya posibles, pues a lo sumo teníamos que contentarnos con sobrevivir en un mundo donde no había lugar para la solidaridad, pues la lucha era de todos contra todos.

La institución práctica de un mundo darwiniano de la pelea de todos contra todos, en todos los niveles jerárquicos, que nutre sus fuerzas para la adhesión al trabajo y a la empresa en la inseguridad, el sufrimiento y el estrés, sin duda no podría triunfar tan claramente si no tuviera a mano la complicidad de las disposiciones precarizadas que produce la inseguridad y la existencia, en todos los niveles de la jerarquía, e incluso en los niveles más elevados, sobre todo entre los ejecutivos, de un ejército de reserva de mano de obra docilitada por la precarización y por la amenaza permanente del desempleo (BOURDIEU, 1999: ).

En consecuencia, a partir de 1985, las clases dominantes bolivianas procedieron a la destrucción de la socialidad nacional, a la imposición de una cultura que es una negación de la cultura en lo que tiene de sentido compartido, a una violencia comunicacional basada en el anuncio permanente del desastre. No era extraño que tarde o temprano el verdadero desastre pudiera llegar.

4. El silencio de los comunicadores

Merece una especial atención hacer un paréntesis acerca del papel de los periodistas en los hechos que acabamos de enumerar. Al respecto, si bien no sería justo decir que no hubo cobertura de los mismos, causa asombro que la misma no haya salido de lo superficial y no haya profundizado en el análisis de la destrucción del Estado nacional boliviano.

Salvo algunos medios marginales dedicados al análisis social, los medios de comunicación masivos se contentaron con una cobertura ocasional, sensacionalista y superficial de lo ocurrido. Lo que sucede en los sectores populares se cubre mal o se destina a la crónica roja.

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Baste para ejemplo mencionar que en ocasión de un debate convocado por la Asociación de Periodistas de La Paz, los jefes de redacción de los dos principales órganos de prensa paceños, La Razón y La Prensa, coincidieron en “no haber estado preparados” para la cobertura ni el análisis de los hechos de octubre de 2003.7

En el caso de la televisión, lo popular se ha identificado directamente con la crónica roja y, salvo algunos programas de comunicadores con experiencia, la cobertura de noticias es completamente superficial y anodina. Los medios de comunicación no han sido capaces de crear su propia agenda de cobertura, salvo la radio en contadas ocasiones.

Salvo excepciones, desconozco casos de persecución de periodistas por coberturas que hayan develado hechos relacionados con el poder. El último pronunciamiento de solidaridad de los periodistas con uno de sus colegas fue el que se produjo a raíz de la osadía que tuvo un conductor televisivo para mostrar los genitales de un candidato a la alcaldía paceña.8

El periodismo boliviano está recorriendo el camino de la cotidianidad superficial, la banalidad y el sensacionalismo.

5. De la incomunicación a la resistencia

En consecuencia, mi hipótesis radica en que la razón fundamental de la crisis radica en que las clases dominantes han destruido la socialidad que se había formulado, de manera incompleta, a partir de la Revolución de 1952, y ello en medio de un silencio social cómplice.

De esta suerte, los sectores populares bolivianos están incomunicados y no son capaces de comunicar una cosmovisión, una cultura que los identifique y les dé un sentido de futuro. Estos sectores viven en el reino de la abulia y la monotonía de la cotidianidad vaciada de sentido.

Por otro lado, algunos sectores de las clases dominantes, sobre todo a partir de octubre 2003, tienen en mente la preocupación de cómo reconformar el consenso necesario para la estabilidad del Estado boliviano.

Sin embargo, no se avizoran respuestas en el horizonte, pues parece no posible, en el actual escenario democrático neoliberal la conformación de puntos comunes, que generen consensos. Más aún cuando el desmantelamiento del Estado sigue practicándose activamente, ahora desde cacicazgos regionales como los de Santa Cruz o Tarija, en una política que conduce al suicidio nacional, porque si habrán de surgir puntos de unión entre los bolivianos no saldrán ni de los partidos políticos, ni de los sectores regionales, ni de los sectores empresariales.

Por su obsecuencia con sus intereses personales, los anteriores sectores son incapaces de producir los fines colectivos ahora tan necesarios y llevarlos a la práctica. Sólo nuestro viejo Estado lo podrá hacer, aunque volver a un esquema estatal nos valga el calificativo de conservadores.

PERO estas mismas fuerzas de “conservación”, que es tan fácil de tratar como fuerzas conservadoras, son también, bajo otras relaciones, fuerzas de resistencia a la instauración del nuevo orden, que pueden convertirse en fuerzas subversivas. Y si se puede, entonces, conservar alguna esperanza razonable, es que existen todavía, en las instituciones estatales y también en las disposiciones de los agentes (sobre todo, en los más apegados a esas instituciones, como la pequeña burguesía estatal), tales fuerzas que, bajo la apariencia de defender simplemente, como se les reprochará inmediatamente, un orden desaparecido y los“privilegios” correspondientes, deben, de hecho, para resistir la prueba, trabajar en inventar y construir un orden social que no tenga como una ley la búsqueda del interés egoísta y la pasión individual del beneficio, y que acogería las colectividades orientadas hacia la búsqueda racional de fines colectivamente elaborados y aprobados (BOURDIEU, 1999: ).

La incomunicación debe tener un término. Es hora de que nos demos cuenta de que el único organismo a nivel nacional que puede garantizarnos la generación de fines colectivos es el Estado, ya sea a nivel municipal, departamental no nacional.

En consecuencia, se trata de no sólo parar el desmantelamiento del Estado, sino de devolverle su voz y su rol productivo dentro de la sociedad boliviana. Es hora de recuperar la idea de que los intereses del Estado son los intereses de las grandes mayorías y que los intereses particulares serán siempre sólo eso: particulares, personales, individuales, privados, específicos, exclusivos, reducidos.

El principio humanista democrático de que el interés particular debe ceder al interés general debe recuperarse, pero para ello habrá primero que librar una batalla ideológica/cultural donde los comunicadores –como formadores de opinión– podemos tener un gran papel:

  • Desmintiendo que el sistema neoliberal de acumulación sea la única solución posible a la crisis y afirmando que se trata de sólo un camino, en este caso, de maximizar los beneficios del capital financiero internacional.
  • Saliendo de la pasividad que significa caer en la ilusión de ser comunicador “imparcial”, pues el establecimiento mismo de una agenda de cobertura noticiosa ya significa una predisposición hacia cierto sector de la sociedad.
  • Recuperar el análisis periodístico, como resultado del anterior punto y volver a introducir, en el mismo, conceptos de gran valor explicativo que ahora se encuentran ausentes, como ser: clase, dominación, hegemonía.
  • Replantear una agenda de investigación comunicacional pero multidisciplinaria que incluya, política y sociológicamente, el análisis del sistema político y su devenir.
  • En fin, recuperar los postulados de la Escuela Crítica Latinoamericana de la Comunicación y cuestionarlos y ponerlos al día a la luz de los nuevos acontecimientos, porque tenemos que darnos cuenta de que no es posible practicar una profesión social sin una definición política, que no es lo mismo que decir identificación partidista.
  • Participar activamente con los anteriores puntos en la recuperación y fortalecimiento de nuestras organizaciones de comunicadores y periodistas, pues no podemos reducirnos al papel de testigos mudos del grave decurso que están tomando los acontecimientos.

En otras palabras, los comunicadores tenemos un gran papel además del de ser testigos, porque como decía Maquiavelo, cuando trataba de fundamentar la necesidad de acción política, es preferible hacer y equivocarse mil veces, que nunca haber hecho nada y quedarse con la duda de qué hubiera pasado si hubiéramos intervenido (DE GRAZIA, 1994:355 a 416).

Bibliografía

1.     BRUNNER, José Joaquín.( ) “Modernidad y transformaciones culturales”. Dia-Logos de la Comunicación. Lima. FELAFACS, Edición digital: www.felafacs.org        [ Links ]

2.     BRUNNER, José Joaquín. (1980), “La concepciónautoritaria del mundo”, en: Revista Mexicana de Sociología. UNAM, Ciudad de México D.F., Año XLII, Vol. XLII No. 3, julio-septiembre 1980.        [ Links ]

3.     BOURDIEU, Pierre.(1999), “La esenciadel neoliberalismo”, en: Le Monde Diplomatique. París.         [ Links ]

4.     DE GRAZIA, Sebastián. (1994), “Maquiavelo en el infierno”. Bogotá, Colombia, Editorial Norma.        [ Links ]

5.     GARCÍA CANCLINI,Néstor, ( ) “Ni folklórico ni masivo. ¿Qué es lo popular?” En Dia-Logos de la Comunicación, FELAFACS, Lima. Edición digital: www.felafacs.org        [ Links ]

6.     MAFFESOLI, Michel.(1987(, “La hipótesis de la centralidad subterránea”. Revistade Occidente Nº 73, junio, Madrid.         [ Links ]

7.     POPPER, Karl. (1992), “La sociedad abierta y sus enemigos”. Barcelona, Planeta-Agostini.        [ Links ]

Notas

1. Además de innumerables trabajos, uno de los más recientes es el trabajo que se encuentra realizando el Dr. Luis Ramiro Beltrán, con el concurso del Centro Interdisciplinario Boliviano de Estudios de la Comunicación (CIBEC), con objeto de catalogar y analizar los numerosos instrumentos y técnicas de comunicación que eran utilizados por los pueblos precolombinos antes y al poco tiempo de la llegada de los españoles a América (trabajo aún en curso de realización).

2. Véase el trabajo de Néstor García Canclini:“Ni folklórico ni masivo. ¿Qué es lo popular?

3. Ver el cuarto tomo de El Capital de Carlos Marx y el libro La familia, la propiedad privada y el Estado de Federico Engels.

4. Éste es el planteamiento central de Francis Fukuyama en su famoso libro El fin de la historia.

5. Sobre la derrota ideológica del marxismo ver: POPPER, Karl. La sociedad abierta y sus enemigos.

6. A diferencia de otras veces (como luego de la Guerra del Chaco ó en 1952; en 1985, el país no se encontraba saliendo de una guerra internacional o civil).

7. “Jornadasde Reflexión. El Periodismo en Octubre”. Auditorio de la Asociación de Periodistas de La Paz, 25 de octubre de 2004. Participaron por La Prensa,Helen

Álvarez, y por La Razón, Grover Yapura, además de otros periodistas.

8. Varios periodistas se pronunciaron solidariamente en favor del conductor de Unitel, Gonzalo Cárdenas, que mostró desnudo al candidato del Movimiento de Izquierda Revolucionaria a la alcaldía paceña, Jaime Paz Pereira. Hay que reconocer, sin embargo, que otros periodistas condenaron, tímidamente, la actitud de su colega.

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