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Punto Cero

versão On-line ISSN 1815-0276

Punto Cero v.09 n.09 Cochabamba jun. 2004

 

ARTICULO

IMAGENES DEL CUERPO JOVEN

Gabriel Kaplún

gkaplun@chasque.net

Educador y comunicador profesor de la Universidad de la República. Doctorante Estudios Culturales Latinoamericanos Universidad Andina Simón Bolivar


- “Mens sana in corpore sano” reza el eslogan de la Asociación Cristiana de Jóvenes,una de las más antiguas y extendidas instituciones dedicadas a la educación física de la juventud.

- El cuerpo de una muchacha joven es el señuelo televisivo para la compra de un automóvil y el de un joven deportista sirve para recordarnos la sed específica de un conocido refresco.

- Una adolescente se mira al espejo y aún se encuentra gorda y, por lo tanto, fea, aunque sus padres están desesperados porque el diagnóstico médico es ya inapelable: anorexia.

- Un delincuente juvenil cae abatido por los balazos de la policía en una villa miseria de Buenos Aires y un sicario mata a alguien por encargo en un barrio de Cali.

- Miles de jóvenes gritan y bailan en un festival de rock en el mismo estadio donde algunos de ellos alentaron ayer a su equipo deportivo.

- El festival termina en “graves desórdenes” que saldrán en el diario de mañana. Un editorial junto a la noticia los compara con los protagonizados anteayer por estudiantes izquierdistas. Algunos son los mismos, afirma. Y tal vez tiene razón.

Imágenes de cuerpos jóvenes. Saludables y deportivas, enfermizas o peligrosas, sumisas o rebeldes, son imágenes actuales. Pero son también imágenes que tienen una historia, que llevan la marca de una historicidad que se inscribe en los cuerpos. Intentaremos aquí dar cuenta de algunas de esas historias y de las marcas que las delatan.

1. El cuerpo tenso

Pensar en el cuerpo implica, necesariamente, pensar en los discursos que sobre él se dicen, en las representaciones que de él se elaboran en cada tiempo y lugar. Pero no sólo porque estos discursos y representaciones nos hablan sobre cómo fue pensado el cuerpo, sino también porque han sido decisivos en la propia construcción del cuerpo. O más concretamente de los cuerpos. Es decir: el cuerpo no es simplemente un dato dado sobre el que hablar y pensar, sino que es construido socialmente. Los cuerpos son domados o domesticados, mutilados o liberados, disciplinados o regulados de distintos modos en cada tiempo y lugar. Pero a la vez esos mismos cuerpos son agentes de sus transformaciones y regulaciones, de sus procesos de liberación o sometimiento.

Algunos verán principalmente los procesos de sometimiento y regulación. Foucault, por ejemplo, nos hablará del disciplinamiento del cuerpo y de los procesos de regulación de la población, el biopoder que actúa a través de la norma progresivamente internalizada. Merlau Ponty por su parte pondrá el acento en el cuerpo como agente de su propia transformación y de la transformación de su entorno, en su actividad y en su capacidad como agente, como actor de cambio. Tenemos aquí dos miradas posibles, en principio contrapuestas: el cuerpo inscripto, marcado por el poder, y el cuerpo como el lugar de lo vivido. Una mirada sobre lo que se hace con el cuerpo, otra sobre lo que él puede hacer. (Crossley 1996) ¿Podemos combinar estas dos miradas? Por nuestra parte creemos que no sólo es posible sino también necesario. El cuerpo es un lugar tenso, condicionado pero no determinado. No lo puede todo, pero puede transformar y transformarse.

Y el cuerpo joven es hoy un lugar particularmente tenso. Entre la libertad y la represión, el cuerpo joven es quizás uno de los campos de batalla preferidos de la modernidad. Intentaremos entonces reconstruir algunos de los episodios de esta batalla que, generalmente sin saberlo quienes la viven, se acumulan en su cuerpo como palimsestos: textos que aparecen debajo de otros textos, en sucesivas capas que se han ido acumulando. Sólo vemos la última, pero las otras están debajo.

Por otra parte nuestra lectura partirá de los jóvenes que conocemos más: los latinoamericanos, y en particular los uruguayos. Sin embargo, las vivencias y las marcas de otros jóvenes también inciden en ellos, aún sin saberlo muchas veces. Los de occidente en general y aún los no occidentales. Un joven uruguayo actual tal vez graffitea en un muro una consigna que se parece mucho a la de un lejano mayo francés. O tal vez enciende un incienso hindú, como parte de un gesto new age, en busca de algo que llama “armonía corporal”...

2. ¿La juventud, invento moderno?

Aunque la palabra juventud es muy vieja, no ha significado siempre lo mismo, ni significa lo mismo en todos lados. Para muchos de nosotros hoy y aquí se asociará con una cierta edad, pero sobre todo con cierta situación: la del hombre o la mujer que, teniendo ya casi todas sus posibilidades vitales desarrolladas, no tiene todavía todas las responsabilidades del adulto. Más concretamente: no tiene todavía hijos. Con frecuencia se dirá que el día que los tiene ya es un adulto, aunque siga siendo “joven”.

Este joven y esta idea de juventud tienen sentido hace apenas un siglo. En efecto,como señala Barrán (1996), en el siglo XIX la entrada en la pubertad coincidía con el matrimonio para las mujeres y con el trabajo para los hombres, al que seguiría no mucho después también el matrimonio y la procreación. A comienzos del siglo XX se crea eso que conocemos como adolescente: un joven inseguro, culposo y culpable, que vive con angustia el placer y el deseo. Esta invención, señala Barrán, se enmarcaen un proceso de disciplinamiento que requiere retrasar la edad del casamiento como un modo de controlar la natalidad y asegurar que se asuman mejor las crecientemente complejas responsabilidades asignadas a la familia, que incluyen eso que da en llamarse la educación de los hijos. Se impone entonces evitar los “excesos”, reprimir las “pasiones de la carne”, sin lo cual no habrá una familia estable ni un trabajo suficientemente productivo.

En el pasado los jóvenes asumían sin mayores conflictos la herencia de sus padres, incluidas sus ideas y sensibilidades. Los castigos corporales de padres a hijos eran frecuentes y estaban socialmente aceptados, pero los conflictos generacionales no existían. Los hijos seguirán sin mayores cuestionamientos los modos de vida de sus padres, cantarán sus canciones y seguirán sus banderas políticas. A comienzos del siglo XX comenzará a convertirse en norma y no en excepción el hecho de que, en la etapa juvenil, los hijos cuestionen las tradiciones que sus padres intentan legarles. Nacen ahora los conflictos intergeneracionales.

Claro que además las edades se multiplican: preadolescencia, adolescencia, juventud.... La dimensión tiempo marca los cuerpos inventando en cada época y lugar las edades, que se multiplican en la modernidad. Y aunque el adulto está en la cima imaginaria de la curva vital, la juventud es quizás la edad emblemática, por ser el momento del ascenso pero sobre todo por marcar una de las características principales de la modernidad: la capacidad –real o imaginada- de construirse a sí mismo, “progresando” respecto a la generación anterior.

Esa marca del tiempo será también diferente para cata época y lugar. El tiempo perdido que buscará el romántico pequeño burgués al rememorar su juventud se parecerá poco a la vida rápida del delincuente juvenil, que juega siempre al borde de su fin abrupto. Y, paradójicamente, cuando la juventud parece ganar terreno hasta convertirse en la edad central de la posmodernidad, la “moda retro” se impone. La posmodernidad aparece como la época en que el pasado y el presente conviven con mayor naturalidad.

3. Cuerpos educados, saludables, deportivos

Hasta fines del siglo XIX el discurso de la urbanidad fue central para disciplinar los cuerpos... o al menos para intentarlo. Pero aunque no lograran su objetivo para el conjunto de la población, lograban sí al menos su efecto diferenciador. Quien conociera y siguiera las reglas establecidas por la urbanidad podía demostrar su superioridad social. (Pedraza 1999). Saber cómo saludar a cada quién, cómo y por dónde caminar, cómo vestirse en cada ocasión, qué cubiertos usar, cómo sentarse y hasta cómo dormir, cómo comportarse en fin en cada momento de la vida; quien supiera todo esto estaría demostrando su “señorío”, su superioridad. Por eso, en lo que respectaa los jóvenes, el discurso de la urbanidad estaba dirigido en los hechos fundamentalmente a los hijos de la naciente burguesía. (Barrán1990).

Pero ahora surgen dos discursos que tendrán un efecto mucho más masivo: el discurso higienista y el pedagógico, en estrecha asociación uno con el otro. El saber médico se convertirá crecientemente en poder médico, actuante tanto sobre los cuerpos individuales como sobre el cuerpo social, eso que empieza a llamarse población. El saber médico se convierte en el referente principal a la hora de conocer y mejorar la vida social. En aras de la higiene pública comienzan a difundirse una serie de normas sobre la alimentación y la sexualidad, la vivienda y la limpieza, los horarios de sueño y vigilia, etc. (Pedraza 1999; Nouzeilles 2000).

Los educadores tendrán por un lado un papel importante en la difusión de estas normas a partir de la niñez incorporando inicialmente lo que venía del discurso de la urbanidad y agregando más tarde la educación física. Pero su papel va más allá, en la medida en que los nacientes sistemas educativos reciben o se atribuyen la tarea de perfeccionar moralmente a niños y jóvenes. El proceso civilizatorio y el combate a la “barbarie” encuentran en la escuela uno de sus principales instrumentos. Junto con el poder médico buscarán “dominar las pasiones” presentes en el bárbaro habitante de estas atrasadas tierras: ambos se presentan como el discurso del progreso y la modernidad. (Barrán 1990, Pedraza 1999)

Curiosamente los médicos vendrán a sumarse a los curas en el combate a los “excesos” sexuales, a la contención de las “pasiones de la carne”. Ambos lograrán que la adolescencia se llene de culpa por los deseos que, aflorando continuamente, deben ser reprimidos. Los argumentos médicos señalarán que los matrimonios “precoces” generan hijos raquíticos, que los “excesos” sexuales causan todo tipo de enfermedades, que la masturbación debilita hasta la idiotización y la muerte. La sexualidad toda debe entonces vivirse con culpa, convirtiendo la vigilancia de los adultos en autovigilancia, introyectando los mecanismos reguladores, que se supone más eficaces que los castigos físicos (Barrán 1996).

Para esta contención de las pasioneslos médicos recomendarán un recurso cuyos efectos son físicos y morales: la educación física, que actúa sobre el cuerpo y, a la vez, “forma el carácter”. Un cuerpo sano va de la mano –y asegura en buena medida- una “mente sana”, como reza el eslógan de la ACJ que recordábamos al comienzo. Pero, al menos inicialmente, la educación física se bifurca socialmente: gimnasia para los sectores populares, deporte para las clases altas (Pedraza 1996).

Cuando más tarde los pobres invadan algunas esferas del deporte como el fútbol –hoy visualizada como una de las pocas vías posibles de ascenso social para los jóvenes pobres latinoamericanos- la diferenciación se basará en el deporte elegido: no cualquiera juega al tenis o al golf. Los deportes masivos por su parte se transforman desde mediados de siglo en un enorme negocio, que trasciende a los eventos deportivos y su difusión, para incluir todo lo “deportivo” como objeto de consumo. Vestirse con ropa deportiva es un modo de sentirse joven a cualquier edad...

Volviendo a la educación es importante recordar que los discursos se acumulan como palimsestos. Aunque ya no tenga la misma centralidad, el de la urbanidad continúa hasta hoy, asociado precisamente a la educación aunque en sentido amplio, incluyendo a la escuela pero también a la familia. Un niño o un joven “maleducado” es precisamente aquel que ignora o viola las normas de urbanidad. Esto se vuelve particularmente importante dentro de las instituciones educativas, que sustancialmente no han cambiado en un siglo en cuanto a definirse como el lugar de la quietud: estar muchas horas sentados, quietos, escuchando y escribiendo es la principal actividad en este ámbito, salvo en el limitado espacio de la educación física y en los pausas obligatorias de recreo.

La escuela, en tanto institución escrito-céntrica (Huergo 2000), propone una gramática que niños y jóvenes aceptan con dificultad. En el caso de los jóvenes esto es hoy especialmente importante: el lenguaje corporal y una oralidad con códigos y gramáticas propias juegan un papel muy importante en la comunicación entre pares. Un lenguaje difícil de leer para los educadores o, en todo caso, censurado como expresión de violencia o promiscuidad. Tocarse, empujarse, establecer contacto de diversos modos, forma parte del lenguaje adolescente que los adultos rechazan. Las incomprensibles jergas juveniles terminan de cerrar con frecuencia un círculo del que el educador adulto queda excluido. Un factor más para la pérdida de centralidad educativa de la escuela, en tanto los medios de comunicación ganan terreno en la vida cotidiana de niños y jóvenes, ocupando un espacio educativo informal de gran importancia (Martín Barbero 1998).

También el cuerpo saludable construido por la medicina será puesto en cuestión por los jóvenes, y en particular por las jóvenes. Bulimia y anorexia pueden ser leídos en este sentido no sólo como un síntoma patológico individual sino como un grito de sorda resistencia a los modelos higiénicos y estéticos dominantes.

4. Cuerpos deseables y sexuados

El cuerpo joven es también ese oscuro objeto del deseo. Oscuro parece haber llegado a ser precisamente gracias al proceso de disciplinamiento/regulación de las pasiones y represión del deseo que condujo a la institución de la culpay la creación de la adolescencia que describíamos más arriba. Hay que evitar que los jóvenes gasten a tontas y ciegas tanto el dinero familiar como el semen, en el caso de los hombres, o que pierdan la virginidad y ya no puedan ser “colocadas”, en el caso de las mujeres. Esta culpa internalizada se expresa en las mujeres en desmayos y ataques de histeria cuando el deseo que emerge debe reprimirse. La honra debe ser defendida especialmente del acoso de los hombres, so pena de ser despreciadas por el acosador en caso de ceder. La norma implícita establece también que ellos pueden desfogarse con sirvientas y prostitutas. La literatura se llenó de amores “puros”, donde afectividad y sexualidad quedaban escindidas, negándose u ocultándose esta última, a la que se reservaba como único papel la reproducción. Pero también hay mucha literatura que delata este ocultamiento y la hipocrecía montada. (Barrán 1996).

Luego, a lo largo del siglo, se construyeron también discursos y prácticas que buscaron “aclarar” este oscuro objeto del deseo y convertirlo en sujeto activo de su sexualidad. Al médico seguirá el psicoanalista y más tarde el sexólogo. La sexualidad aparece en el centro de la teoría psicoanalítica de múltiples modos. Desde las pulsiones básicas de vida o muerte –eros y thanatos-hasta el juego entre Ello y Superyo en la construcción del Yo, desde las fases evolutivas –anal, oral, genital- hasta el complejo edípico. Una autocomprensión profunda de la propia sexualidad resulta pues imprescindible en los procesos terapéuticos psicoanalíticos, que tienen a su vez incidencia en la vida sexual del individuo psicoanalizado.

Desde los años 40 el psicoanálisis empieza a ser desplazado en este terreno por la sexología que, al menos en su tronco inicial, es básicamente lo que podríamos llamar una “orgasmología” (Béjin 1982). En efecto, su preocupación no está en el aparato psíquico sino en el exitoso uso del aparato genital, éxito medido fundamentalmente por la calidad y cantidad de orgasmos obtenidos. Sade parece finalmente triunfar:“No tengo conciencia de tener alma, sólo sé lo que experimento con mi cuerpo” (cit. por Fergusson 1997:5). El psicoanálisis, demasiado preocupado por esa “alma” llamada inconsciente, pierde terreno.

Desde las investigaciones de Master y Johnson en los 50 se desarrolla toda una terapéutica que busca optimizarlas posibilidades orgásmicas mediante un doble proceso de deshinibición y control:“fundirse el propio cuerpo con el fin de ʻdejar que vengaʼ el placer sin el control inhibidor de la conciencia; pero también hay que distanciarse del propio cuerpo para poder controlar mejor los procesos que él se desarrollan ya sea con vistas a la propia satisfacción como a la del partenaire” (Béjin 1982:297). La sexología parece finalmente terminar imponiendo el deber del orgasmo y el “rendimiento” sexual como nuevo imperativo social.

Los jóvenes de los países centrales –y en menor medida los latinoamericanos- protagonizaron en los 60 y 70 un movimiento de liberación sexual que, aunque apagado en los 80, dejó también huellas. El movimiento hippie ponía en cuestión la estructura familiar al llegar, en algunas de sus versiones, a proponer formas de vida comunitaria en que los hijos fueran de todos. En su mística prefirieron generalmente al Kama Sutra más que a Master y Johnson, en la medida en que el primero ofrecía, otra vez, un reencuentro cuerpo-espíritu.

La invención y difusión de nuevos métodos anticonceptivos y la batalla –nunca saldada- en relación al aborto,contribuyeron a la afirmación del placer sexual como instancia independiente de la reproducción y la familia. Claro que también sirvieron para grandes operaciones eugenésicas mediante el control de la natalidad de las poblaciones pobres. Entretanto la educación sexual siguió siendo una materia pendiente en los sistemas educativos o limitada a descripciones anatómicas y fisiológicas. Los medios de comunicación exacerbaron crecientemente el deseo, pero el poder médico volvió por sus fueros de la mano del sida. También de las infinitas manipulaciones gimnásticas, dietéticas y quirúrgicas sobre el cuerpo femenino para ajustarlo a normas de belleza duras de cumplir, frente a las que las anoréxicas se rebelan-someten, al extremo de poner la vida en juego. Es difícil decir finalmente si un siglo de luchas sobre el cuerpo deseante condujo a una mayor libertad o a una mayor esclavitud sexual. O ambas cosas en ambigua mezcla... Ya no habrá culpa tal vez, pero la angustia persiste.

El otro gran tema ligado a lo sexual es el del género. Si el sexo es en principio fácil de definir a partir de la constatación de una realidad biológica, el género en cambio sólo puede pensarse como una construcción social y cultural, histórica y espacialmente situada. Pero esta construcción construye también los cuerpos. (Bourdieu 1998:19, Connell 1987:83). Así por ejemplo, el desarrollo muscular no puede ser explicado sólo en base al sexo, sino a las tareas socialmente asignadas a hombres y mujeres. Esta relación de ida y vuelta entre sexo y género, entre biología y sociedad, entre “naturaleza” y “cultura”, ha hecho particularmente compleja la discusión sobre el tema, al corporizar las desigualdades y confundirlas con las diferencias.

El siglo XX vivió una larga batalla, que continúa hoy, por cuestionar el patriarcado en tanto sistema de dominación masculina. Una dominación por cierto compleja, en tanto impone al dominador deberes también duros: el hombre que no llora, la honra femenina que debe ser defendida, etc. Las luchas feministas, que cobraron auge a partir de los 70, producen efectos en al menos dos direcciones. Por un lado el ingreso de las mujeres a nuevos campos laborales, profesionales y políticos, con los riesgos que ello implica de asimilación al patriarcado en tanto aceptación de sus lógicas. Por otro lado una politización de lo cotidiano, en tanto la lucha feminista devela los mecanismos de poder actuantes en terrenos hasta ese momento vistos como “privados” y por tanto no pasibles de discusión pública, con los riesgos totalitarios que esto implica en cuanto a no dejar ningún área vital fuera de la regulación social (Heller y Fehér 1995:49).

No conocemos estudios sobre las hijas de las feministas de los 70, 80 y 90, que son jóvenes a comienzos de este siglo XXI. Pero da la impresión que, bajada la marea, algunas cosas quedaron y otras no. Ni las madres ni las hijas parecen ya buscar en el aspecto externo un borramiento de las diferencias. El patriarcado aparece cuestionado desde la cama a la cocina, desde la escuela al trabajo, pero esto parece más claro en las capas medias intelectuales que en otros sectores de la sociedad. Quizás la huella más perdurable del feminismo haya sido la introducción de las “políticas del cuerpo”, que trabajan desde lo cotidiano, buscando transformar el hoy y no sólo apostar a la revolución que todo lo cambie.

Los jóvenes varones por su parte, parecen haber quedado un poco más a la intemperie, faltos de un movimiento teórico y político propio que los ayude a procesar un nuevo rol, tendiendo a refugiarse mayoritariamente en un “neomachismo” disimulado, en el caso de la capas medias intelectuales. Y en el viejo machismo patriarcal en otros sectores, pero en un contexto nuevo, donde muchos mecanismos disciplinarios y reguladores perdieron fuerza. Las estadísticas sobre violencia doméstica tal vez hablen de los largos coletazos del patriarcado.

Finalmente un aspecto “frívolo” de la cuestión: las modas unisex inquietan a los adultos no sólo por igualar a hombres y mujeres sino también por violar a la vez dos normas muy arraigadas: todo varón se vestirá iguala los demás varones, toda mujer se vestirá diferente a las demás mujeres. Al menos la ropa juvenil cuestiona los estereotipos de género. No importa, dirán algunos: “Cuando crezcan ya se vestirán como Dios manda”.¿O no?

5. Cuerpos productivos, consumidores y consumidos

El cuerpo es a la vez un recurso para el capital –en tanto fuerza de trabajo- y un capital en el que cada individuo invierte. Y esta inversión, a su vez, confiere al cuerpo una investidura que se le incorpora (Bourdieu 1977). El cuerpo como capital físico es portador de un valor simbólico, valor que se realiza en el trabajo, en el placer y en múltiples esferas de la vida social. Los espacios en que habitan, los lugares sociales que ocupan, el trabajo que realizan, los habitus y gustos de cada clase y grupo social crean cuerpos diferentes. Las desigualdades sociales también se corporizan. Hasta desnudos son diferentes el aristócrata y el comerciante, el obrero y el profesor.

Hay cuerpos que se educan para el trabajo físico y otros para el intelectual. Si este último tiene además cierto estatus social cuidará tambiénsu elasticidad, que no pondrá en juego en el trabajo sino en el deporte. También el género se corporiza en relación a la producción: el proceso civilizatorio de fines del siglo XIX y principios del XX conformó al homo homo œconomicus y la mujer doméstica y domesticada.

Hoy un/a joven-buena-presencia buscará cierto tipo de trabajo, y un/a muchacho/a fuerte- y- trabajador/a buscará otro. Su “currículum vitae” está en el cuerpo y no sólo en sus credenciales educativas. Aunque la juventud-inexperiencia será común a ambos en principio, los itinerarios posibles para su inserción serán muy diferentes. Y ahora el límite superior también apremia: antes de los 25, pero también después de los 40, las posibilidades de trabajo formal y estable disminuyen fuertemente, imponiéndose la precarización. La carrera laboral se parece a la del futbolista: en muy pocos años hay que hacerlo todo o ya será tarde.

Los cuerpos de los trabajadores importan para el capital en tanto cuerpos productivos, pero sobre todo en tanto cuerpos consumidores. No solo porque los cuerpos deben ser alimentados y vestidos: las industrias del cuerpo, de su cuidado estético, tienen hoy un peso económico propio enorme. Jabones y champúes, perfumes y cosméticos, tratamientos adelgazantes o hidratantes, antiarrugas o antioxidantes, gimnasios y liposucciones y toda una larga lista de productos se encuentran en el mercado y encuentran compradores.

Pero a la hora de publicitar estos productos el cuerpo joven importa más como consumido que como consumidor. Su exhibición publicitaria será el anzuelo imprescindible, porque precisamente la mayoría de las tecnologías en oferta prometen la eterna juventud... o la recuperación de la juventud perdida. (Siempre queda además la opción de disfrazarse con ropa joven). Los jóvenes venden bien productos para adultos hechos por adultos. No tendrán (buenos) trabajos, pero sí lugar en las pantallas. Inclusión abstracta, exclusión concreta. En tanto su capacidad de consumo no crezca, poco importarán. Y si no pueden consumir serán desechables. Incluso peligrosos.

6. Cuerpos peligrosos

El lugar de los jóvenes es conflictivo no solo a nivel social sino en el sentido más elemental del espacio físico. El adolescente “torpe” no cabe en su propio cuerpo, pero tampoco “cabe” en su casa ni en las diversas instituciones que intentan contenerlo pero que suelen expulsarlo. Finalmente encuentra su lugar en la calle, el lugar del peligro del cual todos los programas “para jóvenes” intentarán sacarlos, generalmente con poco éxito.

Barras, maras o pandillas, los jóvenes marcan su territorio callejero y lo disputan entre sí (Reguillo 1991). Las paredes del barrio se irán pintando con las señas de identidad, a veces (casi) secretas (Russi 2001).  El graffitti urbano irá desde el jeroglífico a la poesía, desde el cómic a la pintura abstracta. Sus temas van desde la simple firma del grupo hasta e lgrito social, pasando por el amor, el sexo, la música o el fútbol.

Habrá maras o pandillas delictivas, pero también las mansas barras de esquina que comparten cervezas o marihuana darán miedo a los adultos. A primera vista todos son potenciales delincuentes juveniles para la mirada adulta que no distingue entre la violencia de un robo, la desatada en una tribuna del estadio o en un festival de rock. Violencia juvenil y basta. Ser joven es uno de los motivos principales para detener a alguien en una redada policial.

Pero el ojo policial caerá más sobre unas zonas que sobre otras y, sobre todo, más sobre unos cuerpos que sobre otros. Rápidamente sabrá distinguir quien baila en el Lawn, en el boliche universitario o en el Sudamérica3 . Aunque la mezcla musical incluya muchas piezas iguales en todas partes, el protagonismo de Rolling Stones, Limp Biskit, Molotov, Ruben Blades, Manu Chao o Chocolote serán bien diferentes. Pero sobre todo serán diferentes los usos del baile que la música motiva. Para algunos será el lugar de la diversión, la mirada,el contacto, el encuentro; para otros la sexualidad en acción.

Aunque el éxito de la “música tropical” y su expansión a sectores sociales que la veían con desprecio hace una década4 parece mostrar el triunfo del cuerpo: la música-para-bailar se impone sobre la música-para-escuchar. De todos modos consumirla –y llegado el caso venderla- no es lo mismo que producirla.

Si se es joven y además pobre se entra al círculo de la alta peligrosidad que debe ser permanente sometido a control y represión. Ese círculo del que una y otra vez vuelve a discutirse el tamaño cuando se proponen leyes para bajar la edad de imputabilidad penal. Es decir, para determinar hasta que edad se puede ser “menor infractor”, cuando “delincuente juvenil” y cuando delincuente a secas.

7. Cuerpos virtuales, cuerpos reales

Con la modernidad el cuerpo ha ganado lugar y el alma ha caído en el olvido. Pero la promesa de la liberación del cuerpo parece no haberse cumplido: el cuerpo ha quedado prisionero de múltiples regulaciones sociales, sutiles e invisibles, pero enormemente efectivas. El espíritu es ahora la prisión de cuerpo, diría Foucault.

En ese contexto lo virtual puede ser visto como un nuevo intento de escapar a la prisión. O un nuevo intento de reunificar algunas de las viejas dualidades en que vivimos escindidos: cuerpo-alma, cuerpo-espíritu, cuerpo-mente. El ciberespacio es un lugar de encuentros ¿entre mentes?, ¿entre espíritus? Suelen nombrarse como encuentros entre personas, lo cual parece muy adecuados: cada uno muestra la máscara que quiere mostrar5, inclusive inventándose un cuerpo. Podemos imaginar cualquier cuerpo detrás del nickname que chatea con nosotros. La edad y hasta el sexo pueden ser inventados. Pero los efectos son sin embargo muy reales: las emociones pueden llegar al llanto, la excitación al orgasmo. Y todo esto sin un contacto físico, material: basta establecer la comunicación, esa cosa inmaterial, para que todo se desencadene. El espacio y la materialidad desaparecen o son reabsorbidas en este nuevo espacio virtual (Galindo 1997).

Los jóvenes, para quienes el cuerpo material parece tan importante son, sin embargo, los habitantes mayoritarios de este espacio. Claro que no todos: hay que tener una computadora o el dinero para pagar horas de cibercafé. Quienes tienen la posibilidad navegan allí con una gramática y un vocabulario propios, donde el inglés invade cualquier idioma y las palabras se contraen o se convierten en íconos. El zapping hipertextual adquiere dimensiones planetarias e imprevisibles. El navegante es absorbido por la red, pero también puede surfear en ella sin dejar de escuchar o grabar su música, contestar mails y comer.

Aunque los muchos estudios sobre el tema oscilan entre la fascinación acrítica y la demonización, entre tecnofilias y tecnofobias, es claro que la sociedad red (Castells 1997) ha modificado en forma decisiva nuestra manera de habitar el mundo. Pero no todos lo habitamos del mismo modo. Como decía Margaret Mead (1971), los jóvenes son “los primeros habitantes de un país nuevo” en el que los adultos se sienten mucho más extraños, cuando no directamente exiliados. En el caso de Internet esto ha sido particularmente notorio. Un elemento más para que la escuela y los padres pierdan legitimidad como educadores. Los pares desplazan a los adultos en los procesosde socialización juvenil.

8. Cuerpos rebeldes

El conflicto intergeneracional estaría adquiriendo entonces características nuevas, al percibir los adultos esta deslegimitación, que crecientemente los inhibe de “orientar” o “aconsejar” a la generación que le sigue. Por el contrario, los padres tratan de imitar a sus hijos, desde la ropa al lenguaje, la música y los gestos (Perdomo 1996). Algo que por cierto molesta a jóvenes y adolescentes, que deben desplazarse una y otra vez para volver a diferenciarse.

Esta aparente inversión del orden de las generaciones tal vez sea una marca de la posmodernidad, del mismo modo que el conflicto intergeneracional lo es (¿fue?) de la modernidad. Un conflicto paradójico, en la medida en que al mismo tiempo negaba y afirmaba la sociedad. La negaba en tanto cuestionamiento, la afirmaba en cuanto ratificación de un principio esencial de la modernidad: la noción de progreso llevaba implícita la idea de que cada nueva generación superaría a la anterior. El sujeto moderno es precisamente alguien con capacidad de inventarse a sí mismo.

Ser joven equivale entonces en la modernidad a ser rebelde. Durante el siglo XX los jóvenes se constituyeron como sujeto social también a través de la emergencia de movimiento específicamente juveniles. Desde los estudiantes de Córdoba en 1918 a los de ParísMen 1968, desde los hippies norteamericanos de los 60 y 70 al movimiento anti-razzias uruguayo de los 80 y 90 (Zibechi 1997). Crecientemente los movimientos juveniles cuestionaron a los biopoderes establecidos. Discuten el lugar de la sexualidad y las clasificaciones de la población. Se desplazan progresivamente de la búsqueda de un cambio político futuro a un cambio biopolítico inmediato, o al menos buscan combinar ambos objetivos.

Sin embargo “si eres joven y rebelde Coca-Cola te comprende”, como decía un graffiti en los 80. Es decir: la sociedad adulta y los biopoderes establecidos han tenido gran capacidad de absorber la protesta juvenil y convertirla en un buen negocio, comercializando sus gestos y formas y descartando intenciones y contenidos. Los hippies, por ejemplo, llegan a muchas partes del mundo como una moda en la ropa y el pelo más que como un cuestionamiento al statu quo.

Pero las apropiaciones pueden ser de doble vía. El rock pierde su carácter contestario al comercializarse a gran escala, pero muchos grupos rockeros latinoamericanos reinventan versiones locales que instalan otra vez discursos cuestionadores.

De paso nótese la importancia   que ha ido cobrando lo específicamente cultural en la constitución de identidades juveniles. Más que en torno a movimientos políticos o propuestas ideológicas, los jóvenes tienden crecientemente a agruparse en torno a géneros músicales y/o prácticas deportivas, por ejemplo. Ser metalero, rapero o skater define hoy una (auto) identidad. El “siento,luego existo”, parece primar sobre el “pienso, luego existo”(Pedraza 1999).

El mundo adulto y políticamente correcto mira estas construcciones identitarias con escepticismo o desazón: “Ya no quedan jóvenes realmente rebeldes...” La historia dirá cuánto de adaptación resignada y cuánto de resistencia había en las construcciones juveniles de este comienzo de siglo.

En este sentido vale recordar que, en mi país, una de las acusaciones más frecuentes de los jóvenes hacia el mundo adulto se sintetiza en la palabra “careta”. Quizás más que un cuestionamiento a la máscaras que toda persona construye para presentarse en la vida (Goffman 1981), lo que hay es la percepción, bastante certera, de que los adultos creemos muy poco en el papel que estamos representando.

Si es así, los jóvenes todavía tienen rebeldía para ofrecer y la modernidad algo para dar.

Sus cuerpos no son sólo objetos de regulación sino también agentes activos de (auto) transformación.

NOTAS

1 Este trabajo es un avance para la tesis “Culturas juveniles y educación”, en el marco del doctorado en Estudios Culturales Latinoamericanos de la Universidad Andina Simón Bolívar de Ecuador. Fue elaborado para el curso “Cuerpo y modernidad: discursos y representaciones en América Latina”, dictado en Quito en julio de 2002 por la profesora Zandra Pedraza, a quien agradezco sus comentarios elogiosos y también críticos. Esta primera reflexión parte de experiencias de la realidad uruguaya que conozco por mi trabajo con jóvenes y educadores. La mayor parte de las afirmaciones no están todavía basadas en investigación de campo, por lo que deben considerarse sólo como hipótesis de trabajo, aunque no estén puestas en condicional para no hacer más cansadora la lectura.

2 Educador y comunicador uruguayo, profesor de la Universidad de la República. gkaplun@chasque.net

3 El Lawn Tenis, un club exclusivo para las clases altas, el Sudamérica, uno para los sectores más pobres montevideanos.

4 Nos referimos aquí al caso uruguayo, donde la denominación “tropical” incluye una diversidad de géneros, desde la salsa a la plena, la cumbia o el merengue.

5 Personare: máscara en griego

BIBLIOGRAFÍA

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