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Punto Cero

versão On-line ISSN 1815-0276

Punto Cero v.8 n.7 Cochabamba jul. 2003

 

Ponencia

FORO: EL CARNAVAL TRAS LAS MÁSCARAS*

La domesticación del carnival cochabambino

 

Gustavo Rodríguez O.

- Economista - Historiador - Sociólogo - Docente Universitario

 


El carnaval se vive, se oye y se baila, pero rara vez se lo estudia. La historiografía tradicional boliviana y cochabambina ha desdeñado olímpicamente escrutar la cultura popular e incluso la señorial para seguir las huellas del pasado. Prefiere en cambio pasar revista a" presidentes, fusiles y urnas’, para ofrecernos una banal y modélica historia política. Sin embargo, en los últimos años los historiadores de otras latitudes han prestado una singular atención a la fiesta carnavalera, una manera quizá más viva e intensa que las anécdotas presidenciales o los epígrafes de los "notables" para explicar y comprender el pasado. Trabajos del calibre de Mijail Bajtin en su análisis de la "Cultura popular en la obra de Francois Rabelais". o por Harvey Cox en "La Fiesta de los Locos', Enmanuel Le Roy Ladurie en el "Carnaval de los Romanos' o Roberto Da Matta en "Carnavales, Malandros y Héroes" o los historiadores de Baranquilla(Colombia) son muestras claras de los beneficios que supone seguir este derrotero.

Sucede que por su propia naturaleza, las fiestas -oficiales, religiosas o mundanas- son momentos culturales claves para el científico social. Y es que en ellas lo que normalmente yace oscuro aflora con nitidez inusitada y cristalina. El orden y el desorden se abren al observador mostrándole un mundo diferente al que se vive cotidianamente. Durante las fiestas se expresan las mentalidades, los sueños y contradicciones de los amplios sectores sociales que los protagonizaron en el pasado. La fiesta, para el antropólogo o el historiador es una forma de ruptura, de transgresión de liberar pulsiones reprimidas y de exceso cuando liberamos las pulsiones reprimidas, nos comportamos de una manera distinta de lo habitual y nos hacemos ilusiones respecto a lo otros. La fiesta carnavalera es el tiempo del juego, la farsa y de la ruptura de todas las convenciones sociales. Por consiguiente en toda su extensión; es decir, los lugares por donde transitan, su música, la vestimenta de sus participantes y el orden de su aparición en escena la fiesta carnavalera nos ilustra sobre el manejo cultural de la ciudad. Al contraponerlas con actos más serios y menos mundanos como las procesiones cívicas y religiosas nos permitan ver cómo se ordena el espacio urbano, cómo se colocan dentro de él las fronteras, los límites permisibles por consiguiente del manejo del tiempo y el espacio.

El carnaval constituye pues una verdadera puesta en escena de lugares sociales, de instrumentos de reproducción social, de relaciones sociales, de jerarquías o de utopías prácticas. Permite entonces enfocar y analizar lo gestual, los comportamientos colectivos, las sensibilidades, en fin el imaginario colectivo. Constituye en resumen un "maravilloso observatorio', pues como afirma Michel Vovelle desnuda: " el ' momento de verdad en que un grupo, o una colectividad investida, en términos simbólicos, para una representación de sus visiones del mundo, purga metafóricamente todas las tensiones de las que es portador. Por otra parte, la dramatización festiva es en sí misma un componente esencial de la vida humana. Por ello mismo encontrar las raíces de la fiesta, buscar sus caminos perdidos y las razones de este extravío no constituye una banal pérdida de tiempo ya que lo que está en juego es nuestra propia identidad y nuestras fantasías como sujetos sociales e históricos.

El carnaval, celebrado en febrero ó marzo, junto a la Semana Santa y celebraciones patrias de agosto y departamentales septembrinas conforma el tríangulo más importante del calendario festivo regional y nacional. Hay una diferencia, sin embargo, entre la festividad oficial y el carnaval, que me gustaría enmarcar, a partir del trabajo del brasileño Roberto Da Matta ya señalado. Los desfiles militares o las procesiones, están organizados desde el poder para crear un sentido de unidad, mediante la dramatizacion de gestos, de acciones y verbalizaciones idénticas marcadas por la contingencia gestual. Por otra parte, la masa popular solamente puede ver y no participar de un desfile en el cual, por lo demás, se imponen rígidamente las jeraquías sociales y estamentales y donde los partícipes asumen los mismos roles que tienen en la vida cotidiana.

En el carnaval en tanto predomina la polisemia y la pérdida de jerarquías. Las voces son variadas, improvisadas al son de la danza, mientras que los grupos sociales se mezclan permitiendo se establezca una suerte de tregua social y la disolución de los papeles sociales, la que, como dice Joan Manuel Serrat, en una de sus canciones, durará mientras dure la fiesta. Ya entrando en materia señalamos que desconocemos cuándo y cómo se creó el carnaval en Cochabamba, pero sin duda es una fiesta traida desde españa bajo un patrón de tipo medieval y que se desarrolló en el crisol de una sociedad andina. Históricamente los sus orígenes del carnaval se remontan incluso a la era precristiana, probablemente a los saturnales romanos.

En el caso de la ciudad de Cochabamba, hasta mediados del siglo XIX, el carnaval que mantenía rasgos españoles matizados de la influencia andina, sufre una severa mutación que presentaremos en nuestro trabajo, para establecer un punto que nos permita entender el sentido del carnaval que actualmente vivimos. Veremos entonces cómo el carnaval, en la aquella Cochabamba decimonónica de no más de 25 mil habitantes, la mayoría mestizos artesanos o pequeños comerciantes, fue perdiendo aquellos rasgos que permitían participar conjuntamente en la fiesta a todos los sectores sociales y que trastocaran, en el dominio de la calle, con la música y con los gestos, los órdenes sociales. Para fijar un punto de referencia recurriremos a una descripción realizada en 1847 que nos permitirá reconstruir las líneas maestras del carnaval cochabambino en el periodo inmediatamente posterior a la independencia de España. Señala un anónimo cronista cochabambino en 1847:

"Sólo veremos el carnaval de aldea haciendo una que otra excursión en nuestras calles, ostentando toda la gala de vestidos rústicos, trayendo flores y frutas en la cabeza, y danzando al son de un tamboril y una flauta de pastores”.

Se puede deducir que en aquel momento todavía predominaba el carnaval colonial, fuertemente enraizado en tradiciones agrarias, las que posiblemente se enlazan con tradiciones indígenas vinculadas al culto a la Pachamama. Las máscaras y los disfrazados eran frecuentes en las calles: "Las caretas son sensillas: consisten en colorinas de almidón encarnados en las caras de los hijos de carnaval. (...) Esta nueva especie de máscaras tiene otro disfraz, que consiste en vestidos blancos de especial fabricación, eribados de sacos de inmensa capacidad. Estos sacos van llenos de agua de coloña(sic) o  de lavanda, de coetillos montados en balitas de cazar avestruces(...) de huevos llenos de almidón y aguas olorosos". ¿Quiénes se cubren con las máscaras, a quienes interesa, aprovechando el momento de carnaval dejar de ser ellos mismos e intentar ser otros, para vivir una segunda vida , así sea por un fugaz momento.

"Muchachos recién llegados a la pubertad, que han desertado por dos días de la casa paterna, o sastres, que han cuidado de igualar sus vestidos a los vestidos de los señoritos, o  unos i otros juntamente" La fiesta sirve por tanto para evadir, para permitir a los plebeyos, en este caso los sastres, representarse como otros, llegar a un status que normalmente no es el suyo. Mientras tanto, mientras lo plebe ocupaba las calles ¿a qué jugaba la élite?. Nuestro anónimo cronista señalaba al respecto: " El carnaval urbano (..) hoi no sale al público; saca apenas las narices de la ventana. Su festín es allá dentro de casa: la hora del banquete es la hora del estallido; antes de terminar la comida se levanta de golpe y como por encanto la comitiva , rompe la música y entónase un coro al divino Baco. Empieza la danza en una rueda entremezclada de hombres y mujeres, asidos todos por las manos y se entabla desde luego un comercio recíproco de cantares al son de una guitarra que jira en torno de la rueda convidando a cada uno de los bardos improvisados."

Sólo el martes tomaba el carnaval carácter de "dominio público" . "Nada de bailes ni de canto, todo eso se deja a las ruedas mui populares". No existían tampoco mascaradas pero la élite se diviertía en un juego y contrajuego de ataques y contra ataques entre varones y mujeres. Este proceso modernizador, de combate contra la picaresca carnavalera plebeya, que emprenderán los sectores dominantes urbanos cochabambinos que comienzó gradualmente a cristalizarse desde mediados del siglo XIX se halla magníficamente descrito por el médico Julio Rodríguez, quien en 1877 escribía lo siguiente:

" Nuestros abuelos pasaban el carnaval: el día, con las grotescas escenas de una plebe que cantaba y bailaba en las calles, embriagada de placer, de lucro y desverguenza(...) Nuestros padres vieron disminuir las ridículas escenas callejeras de la plebe que comenzó a tener vergüenza y se retiró a divertirse al campo. Las calles vacías en los días de carnaval atrajeron el ardor de nuestros padres, que, apuestos mancebos entonces se lanzaron a guerrear con cascarones de huevos y cohetillos .(....)los bailes de la noche cambiaron de carácter: abolido el chocolate dio paso a los exquisitos vinos y el suculento ponche; (...) el minué y el "londú', se transformaron en las brillantes cuadrillas y vertiginosas polkas".

El conocido médico local, ya embebido del espíritu modernizador, se preguntaba luego: 'En la época del vapor, del telégrafo y de los globos aerostáticos, ¿quiere Ud. que nos divirtamos tomando Chocolate o bailando el "pas pies"?. En 1876 se dió un primer paso reformista al realizar un baile de máscaras en el Teatro Achá, ( y más tarde en el Club Social) bajo el control de una comisión municipal. Esta modalidad garantizaría- se dijo- la "honorabilidad' de los danzantes. "Así se evitan muchos desagrados y chasgos picantes; lo que no sucede aceptando en las casas particulares máscaras de toda clase, como es costumbre. Nada más fastidioso para las familias en los días de carnaval que esa invasión tártara de máscaras de toda clase, decentes y no decentes, que cual oleadas incesantes se renuevan á cada paso, poniendo a las señoritas en situaciones embarazosas, pues no saben las más de las veces si están danzando con su pongo, ó su zapatero ó bien con un caballero".

Ocurría ía que como durante el carnaval del siglo XIX, las casas eran territorios abiertos a todos y por eso propician mezclas no deseadas, la máscara permitía a la plebe escapar de situación social y aspirar, por un momento y gracias al anonimato, confundirse con la "gente bien". Con la anterior medida se tendía a cortar este "peligro" creando un espacio cerrado y erigiendo una frontera que garantice que el anonimato discurriera únicamente con la garantía de ser entre iguales socialmente. En los años 80 del siglo XIX, quizá por la experiencia traumática de la derrota con Chile, la élite local se hizo discursivamente más "ilustrada" de manera que el pasado plebeyo mestizo le pesaba y buscó ensayar nuevas formas de vida y pensamiento en todos los ordenes, aferrarse a la idea de nación como una "comunidad imaginada " anclada- esta vez- en el hábito honorable del trabajo y la honra a los símbolos patrios. En ese espíritu periódico local el "El Heraldo" sugiere por ejemplo trasladar el carnaval al 6 de agosto. La Unión, "órgano de la juventud" recogió la posta y sostiene que la Municipalidad debería "hacer todo lo posible para llevar a cabo un cambio radical".

"Es tiempo de que nos preocupemos de enseñar al pueblo a conocer y respetar las glorias pasadas (...) El carnaval no recuerda nada y (...) es perjudicial para un pueblo como Cochabamba, que sólo sobrevive por el trabajo. Refundámos, pues, todas esas pequeñas fiestas en una sola, pero en una sola fiesta grande que nos recuerde el gran día de la patria". Otras mentes, quizá más prácticas, introducen otros cambios que lo conservan modernizándolo y civilizandolo. Mantuvieron el carnaval pero lo oficializaron, lo hicieron más aceptable a los pre requisitos de la modernidad a la que aspiraban. En 1887 un ciudadano alemán avecindado en Cochabamba introdujo por primera vez una "entrada"carnavalera a la usanza germana que, según dice la prensa, "tiene que hacer época en Cochabamba'. Disfrazados"con lujo y gracia" como gauchos, marineros británicos y en góndolas chinas, los jóvenes de la élite local festejaban la nueva ocurrencia. Una década mas tarde, en 1898, se inauguró la tradición del "Corso de Flores" tal como "se verifica en las poblaciones mas adelantadas". Esta instancia marca el debut de las mujeres en las calles.

En 1904 un nuevo personaje se agregó a la fiesta: los niños. La "entrada" de carnaval se convierte en una fiesta familiar , desactivada de toda peligrosidad lúdica o subversiva. Sin embargo, el corso resultará el tiempo los gestos subrepticios, ocultos., sensuales, de doble sentido. Un espacio público y socializado para el enamoramiento. No eran las palabras las que mandaban allí sino una ""gimnasia de miradas " que produce una verdadera "cacería de corazones” gracias a "las serpentinas enlazadoras q' vienen y van; q' atan y rompen". Los protagonistas fueron nuevamente los sectores de la élite, son ellos los que viven y se regocijan con el dios Momo, el bajo pueblo, como estaba sucediendo en las festividades oficiales, simplemente observaba pasivamente pues de actor se ha transformado en simple espectador.

Casi a la par las "guerras de cascarones" entre varones y "feminas" recrudece ocupando el centro de atención "civilizada". En estos combates como en las mascaradas en el Club Social (fundado en 1890) y las casas particulares, la cotidianidad nuevamente se rompería y el orden simbólico se quebraría, aunque solamente dentro los sectores dominantes.

Fueron, en efecto, las mujeres de la "clase alta" las que protagonizaron esta huida , esta ruptura de las relaciones jerárquicas de género, logrando liberarse transitoriamente de su secular reclusión. Durante el Carnaval, a la par que los varones, las mujeres eligían su propia reina y establecían durante esos días un poder diádico compartido con los varones. Gracias al anonimato de las máscaras podían además tomar iniciativa en los bailes y pasar de "casadas a cazadoras" Con todas estas y otras manifestaciones el carnaval cochabambino se conviertió entonces en "una fiesta de la aristocracia'; de tal suerte ofrecía ahora, por lo menos en el centro de la ciudad, pocos espacios compartidos entre los plebeyos y los "notables" locales.

En respuesta, los artesanos, los pequeños comerciantes mestizos e indios; en suma el "bajo pueblo" para quienes la verdadera fiesta comenzaba el miércoles de ceniza y duraba una semana, debían refugiarse en las campiñas aledañas. No es casual que en 1896 se inventara un día más de diversión: el domingo de Tentación que se celebró desde entonces en Calacala. La campiña quedará así transformada en el único espacio donde era posible exprerar manifestaciones "antiguas plebeyas" "danzando -dice la prensa local- al son de su imperfecta música y su picaresma rima '. Al realizar un balance a principio de siglo, la misma prensa puede por consiguiente saludar satisfecha y con afan moralizador, por la "civilización" del carnaval plebeyo cochabambino en manos de los sectores dominantes pues: en 1901 se escribe que "Van modificándose las costumbres(...) a las estruendosas algazaras de otros tiempos, van sucediéndose más tranquilas manifestaciones de regocijo y entusiasmo" en 1902 se dice que ' El pueblo, la clase artesana, no ha dado ni una sola nota de alegría. Los cantares populares, no se dejaron escuchar, mucho menos las ruedas animadas de otros tiempos".

En 1905 se sostiene "El pueblo no ha concurrido con su jovialidad a celebrar a sus dioses favoritos". En 1914 se concluye que: El pueblo va olvidando la sentida fiesta, la animación que antes se mostraba en las calles y plazas desaparece; las populares ruedas han dejado de presentarse; la guitarra, el charango y la kene(sic) , no han sido sacados a relucir" En síntesis, la calle, a diferencia de lo narrado por nuestro anónimo cronista de 1847, ya no pertenece más a la plebe. La élite la ha desalojado de ella y ha recluido la fiesta al espacio privado y al salón. Tardará mucho, hasta fines de los 80s del siglo XX, antes de que la plebe y el rutilante carnaval puedan retornar masivamente a la escena pública y con ello el dominio de la risa, la mistura social, el placer, el erotismo y la alegría gane nuevamente las calles.

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