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Punto Cero

versão On-line ISSN 1815-0276

Punto Cero v.7 n.5 Cochabamba jul. 2002

 

HOMBRE Y MEDIO AMBIENTE

 

Andreu Viola Recasens

 


Antropólogo Profesor del departamento de Antropología Social, Universidad de Barcelona (España). Docente invitado de la Universidad Católica Boliviana (unidad Cochabamba) para impartir un curso de “Antropología Ecológica” en el marco del programa de cooperación universitaria “Intercampus” auspiciado por el Instituto de Cooperación Iberoamericana. Texto correspondiente a su intervención durante la segunda sesión inaugural del segundo semestre académico de la UCB, Cochabamba, 2 de agosto de 1997.

El título propuesto para esta reflexión, “Hombre y medio ambiente”, posiblemente sea juzgado oportuno por alguno de ustedes, y tal vez oportunista por otros, pero en cualquier caso, resulta de innegable y candente actualidad. Solamente tenemos que revisar las páginas de la prensa local durante los últimos meses para encontrar numerosas e inquietantes informaciones sobre el estado de los recursos naturales del país: talas masivas y deforestación incontrolada de los bosques; el alarmante grado de comunicación hídrica en el lago Titicaca y los ríos Piraicito, Choqueyapu, Pilcomayo, Rocha o Desaguadero; el tráfico y virtual extinción de diversas especies de la fauna nativa; la erosión que avanza de forma implacable en gran parte del país y que ya está adquiriendo proporciones catastróficas en los valles mesotérmicos, y por último, el conflictivo y acuciante tema del agua en Cochabamba, resultado del proceso de involución ecológica experimentando por esta región desde la llegada de los conquistadores españoles hasta nuestros días.

En la actualidad estamos asistiendo a un creciente descrédito y una profunda revisión del concepto de “Desarrollo”, la gran quimera de la segunda mitad del siglo XX. Mientras algunos se dedican a buscarle adjetivos edulcorantes o cosméticos a dicho concepto, cuyo significado seguramente ya está viciado desde sus orígenes, la Antropología más bien ha optado por tratar de analizar y desenmascarar las premisas, los axiomas o los dogmas que han fundamentado la visión desarrollista del mundo: una visión que ha idolatrado el crecimiento económico sostenido e ilimitado y la constante introducción de nuevas tecnologías, pero sin tener en cuenta los problemas ocasionados por los residuos tóxicos, la contaminación atmosférica o el previsible agotamiento de los recursos no renovables. Una visión en definitiva, que tomaba el grado de urbanización como indicador per se del “Progreso”, la “Modernización” y el “Desarrollo”, y a las megápolis como símbolo por excelencia del avance de la humanidad, sin pensar que una ciudad como México D.F. llegaría a generar más de 20.000 toneladas diarias de basura y unos niveles insoportables de contaminación atmosférica.

No es ninguna casualidad que el surgimiento y posterior institucionalización de la Antropología Ecológica en tanto que especialidad reconocida, se produzca en forma simultánea a la aparición de los primeros movimientos ecologistas a finales de la década de los setenta, a la publicación del famoso Informe del Club de Roma, y a la crisis del petróleo de 1973. La constatación de que nuestro estilo de vida (el de la llamada “civilización occidental”), y más específicamente, nuestros patrones de producción, de consumo y de gestión de residuos eran insostenibles y de que en caso de no ser corregidos urgentemente terminarían por devastar el planeta, propiciaron una actitud de cierta curiosidad, al principio, y de creciente respeto posteriormente, hacia aquellas sociedades denominadas “tradicionales” o”primitivas, a las cuales durante tanto tiempo hemos contemplado con cierto desdén o compasión, pero que sin embargo, han demostrado sobradamente su capacidad para poder habitar un ecosistema durante miles de años sin provocar en él ningún desequilibrio ambiental significativo.

Así, por ejemplo, las sociedades de cazadores-recolectores, que han sido percibidas habitualmente como meros vestigios o fósiles vivientes del Paleolítico, encarnando un supuesto “grado cero” en la escala de la evolución humana, a medida que han sido estudiadas de  forma sistemática han comenzado a aparecer como aquello que realmente son: como culturas basadas en un modelo alternativo de organización social(caracterizado por la reciprocidad, el igualitarismo y el rechazo a la acumulación de bienes) y de relación con la Naturaleza, en base a un prodigioso conocimiento de su hábitat ecológico y a un modo de subsistencia regido por el normalismo y una explotación sostenible de los recursos naturales de los cuales obtienen una dieta rica y variada.

Las tribus que practican la horticultura itinerante de tala y quema en los bosques tropicales húmedos de América Latina, Africa ecuatorial, el Sudeste Asiático y Oceanía, han resultado ser, no los practicantes de una agricultura primitiva,  ineficiente y ecológicamente nociva(como se había creído durante tanto tiempo), sino los inventores de un sistema de cultivo altamente adaptado a las particularidades ecológicas de la selva tropical (y en especial, de sus pobres en nutrientes y saturados de aluminio), de una mayor eficiencia energética que la agricultura convencional y, por sobre todo, mucho más sostenible que los métodos “modernos” de la agroindustria capitalista que durante los últimos veinticinco años han esquilmado más de un millón y medio de hectáreas entre ríos Grande y Piraí de Santa Cruz. El estudio de las estrategias productivas de estas poblaciones tropicales nos demuestra, en definitiva, que entendían y respetaban la bio­diversidad mucho antes de que nosotros llegáramos a siquiera crear dicho concepto, ininteligiblemente para la concepción  atomista, mecanisista y determinista que ha dominado la cinncia occidental desde los albores de la Modernidad hasta hace relativamente poco tiempo.

¿Y qué podríamos decir a propósito de las civilizaciones andinas precolombinas, condenadas  por el eurocentrismo de las teorías evolucionistas al “estadio medio de la Barbarie” por el simple hecho de haber desarrollado formas propias de tecnología y organización social, económica y espacial totalmente ajenas a las adoptadas por los estados europeos? Hoy estamos en condiciones mucho mejores para entender y valorar las complejas formas de adaptación implementadas por las antiguas poblaciones andinas para adecuarse a las severas restricciones ambientales de una región como los Andes Centrales, que a pesar de factores adversos como las sequías, las heladas y una abrupta topografía, se convirtió en uno de los principales focos de neolitización de todo el planeta, llegando a mantener grandes poblaciones incluso en áreas tan inhóspitas como la que sirviera de asiento a Tiwanaku. !Qué gran ironía de la Historia que haya tenido una institución tan lejana como la NASA la principal instigadora de la investigación (y posteriores programas de recuperación) de cultígenos andinos de tan extraordinario valor nutritivo como el millmi(amaranto), el tarwi o la quinua, al tiempo que las instituciones oficiales de los países andinos seguían deslumbradas por las ilusorias promesas de la llamada “Revolución Verde”, cuyos resultados  pueden considerarse nefastos en lo económico, en lo social y, sobre todo, en lo ecológico¡ Los sorprendentes resultados obtenidos por los experimentos de recuperación de sistemas precolombinos de cultivo como “Waru-Waru” o camellones en el altiplano lacustre nos llevan a pensar que al igual que en las lenguas quechua y aymara, en las cuales el futuro queda a las espaldas del sujeto hablante, va a ser necesario que para planificar el futuro agropecuario de las regiones andinas miremos hacia atrás, para aprender de las culturas precolombinas, antes que seguir mirando hacia afuera de forma tan irreflexiva como se ha venido haciendo hasta ahora.

El hombre, contemplado en una dimensión estrictamente biológica y ahistórica, seguramente sea la especie animal peor adaptada físicamente a la mayoría de ecosistemas del planeta : asi, por ejemplo carecemos de una gruesa capa de piel y pelo que nos permita soportar bajas temperaturas, y nuestro organismo no puede sobrevivir sin ingerir agua regularmente, a diferencia de determinados animales adaptados a la aridez del desierto; sin embargo, desde hace miles de años que el hombre ha sido capaz de sobrevivir en las zonas más gélidas del planeta, como el círculo Polar ártico o Siberia y también ha podido subsistir en los desiertos más inhóspitos. Esto explica por la capacidad estrictamente humana para construir y desarrollar estrategias culturales de adaptación a su medio ambiente, que nos han permitido -a diferencia de cualquier otra especie animal- colonizar la totalidad de ecosistemas del planeta. Pero una de entre las innumerables culturas que configuran la diversidad humana, tuvo la osadía de romper, durante los últimos cuatrocientos años, los vínculos afectivos religiosos que unían con la Naturaleza, para comenzar a representarse a sí misma en un plano de superioridad y dominio sobre ella, y desde entonces, comenzar en nombre del “Progreso” a desencantarla, desacralizarla, diseccionarla y esquilmarla.

El gran mensaje que podemos y debemos retomar de las culturas “tradicionales” es su actitud global frente al medio ambiente, regida por las leyes de la reciprocidad y por la profunda convicción de que el hombre y su entorno forman una unidad esencial y que la destrucción de este último comportaría necesaria e inexorablemente, la desaparición del primero.

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