Señora editora:
La Carta publicada por Chávez-Soliz1 titulada: «Iniciando una cultura en semilleros de investigación», en la cual se aborda la relevancia de iniciar una cultura investigativa desde el pregrado mediante la implementación de semilleros de investigación, resulta especialmente interesante y es coincidente con otras experiencias docentes e investigativas, siendo el objetivo de esta Carta complementar y reforzar este valioso planteamiento.
Los semilleros de investigación son una estrategia formativa esencial en la educación médica actual. Más allá de una actividad extracurricular, constituyen entornos de aprendizaje activo, en los cuales el estudiantado desarrolla habilidades de investigación fundamentales, tales como: formulación de preguntas, búsqueda de información científica, diseño metodológico, análisis crítico, escritura científica y comunicación de resultados (Tabla 1). Su carácter colaborativo permite, además, cultivar competencias transversales como el trabajo en equipo, la autogestión y la ética investigativa2,3.
Los semilleros de investigación, como espacios que vinculan la investigación científica con la docencia de pregrado -y también de postgrado-, no solo enriquecen el proceso formativo individual, sino que generan comunidades académicas jóvenes que se nutren mutuamente y consolidan una cultura científica institucional2,3,4. En países como Colombia, los semilleros de investigación se han institucionalizado como política pública universitaria, mostrando un impacto positivo en la producción científica estudiantil, en la calidad de los trabajos de titulación y en la continuidad hacia posgrados académicos5. En Chile, varias instituciones de educación superior han implementado semilleros de investigación donde participan estudiantes de las distintas carreras del área de ciencias de la salud4.
Sin embargo, en muchos contextos latinoamericanos, y en particular en Bolivia como bien expone Chavez-Soliz1, la investigación estudiantil aún enfrenta barreras estructurales, culturales y financieras que limitan su desarrollo; a pesar de estas dificultades, iniciativas como las descritas en la Universidad Mayor de San Simón constituyen un hito destacable y replicable.
Sugerimos que las instituciones de educación médica avancen hacia una integración curricular y extracurricular de los semilleros de investigación. Para ello, es clave estructurar estos espacios con principios de progresividad, secuencialidad y articulación disciplinar, apoyados por tutorías académicas y recursos institucionales. En este contexto, el cuerpo docente debe asumir un rol de mentoría activa, brindando orientación metodológica y retroalimentación continua5.
El estudiantado, por su parte, debe ser reconocido como sujeto activo en la construcción del conocimiento, con derecho a investigar, reflexionar, equivocarse y aprender4. Este enfoque fomenta una alfabetización científica integral, entendida no solo como lectura e interpretación crítica de la evidencia, sino también como producción significativa de nuevo conocimiento con pertinencia social6; lo anterior para dar respuestas innovadoras a problemáticas emergentes.
Finalmente, se concluye que los semilleros representan una oportunidad para reconfigurar la relación entre docencia e investigación, y para cultivar en el estudiantado el deseo genuino de indagar, cuestionar y aportar a la salud de sus comunidades4. En este sentido, la iniciativa de Chávez-Soliz1 se sitúa como punto de partida para una agenda transformadora en la formación científica temprana en Bolivia y en la región.















