INTRODUCCIÓN
Soy una mujer sucrense y durante un año cursé mis estudios universitarios en La Paz. Obviamente, la presencia de un estudiante del interior del país siempre despierta curiosidad en el resto de los jóvenes; sin embargo, en mi caso ocurrió un fenómeno interesante. Sin la necesidad de haber hablado conmigo, mis compañeros paceños implícitamente me percibieron como una persona arrogante y excluyente. Este evento, en mayor parte no fue por un tema personal, más bien fue causado por un fenómeno profundamente arraigado en la percepción del oriundo paceño respecto al sucrense; dicho fenómeno es conocido como regionalismo. A pesar de que suene un tanto anticuado y abstracto, el regionalismo existe y sobre todo persiste en la sociedad boliviana, en algunas zonas más que en otras.
El regionalismo y la rivalidad entre Sucre y La Paz son una enorme problemática arrastrada desde hace más de dos siglos, que está cimentada en intereses políticos y un imaginario profundamente arraigado, que históricamente dio cabida libre al uso selectivo de este discurso para el beneficio de facciones políticas. El regionalismo no estuvo presente desde el inicio de los tiempos; éste se construye y se adapta a las necesidades del que pueda emplearlo para conseguir un fi n: poder. Por eso, algo tan simple como la inocente percepción de un grupo de jóvenes evidencia las profundas raíces de un histórico resentimiento regional; no hace falta ser expertos en historia para conocer lo perjudicial que fue para el desarrollo de ambas ciudades, departamentos, y cómo no, del país.
ORÍGENES DE LA DISPUTA
Desde la época colonial, había dos ciudades que detentaban alto poder dentro de la Real Audiencia de Charcas: La Plata y La Paz. Por un lado, La Plata, sede jurídico- administrativa de la Audiencia, de alta importancia por su estratégica cercanía a Potosí y la opulencia de la plata. Por otro lado, La Paz, un centro económico de altísima importancia por su posición estratégica gracias a su mayor cercanía al océano a través de una relación comercial con Arica. La actividad económica impulsó un mayor crecimiento de la ciudad de La Paz: “En 1825 contaba con 35 mil habitantes, mientras que Chuquisaca tenía solo doce, y Potosí nueve” (Roca, 2007, p. 53). Por este antecedente, es evidente que había altos deseos por establecer la capital en La Paz, y no en la entonces Chuquisaca.
Al nacer la república, se estableció que la capital llevaría el nombre del libertador Antonio José de Sucre, mas no se estableció dónde se situaría. Tanto Bolívar como Sucre no se encontraban del todo de acuerdo en brindarle a Chuquisaca el título de capital, por una cierta reticencia a las élites que gobernaban dicha ciudad, y también por las atribuciones favorables, que hacían a La Paz, para ellos, una mejor candidata. Por eso, el Mariscal de Ayacucho propuso la edificación de una nueva ciudad, en las cercanías de Cochabamba, para establecerla como capital (Roca, 2007, p. 57). En este contexto, el conocido personaje Casimiro Olañeta empleó una medida casi salomónica: propuso establecer “temporalmente” la capital en Chuquisaca, para luego decidir la determinación del asiento de la capital de la naciente república. Esta medida favoreció a los chuquisaqueños y evitó enojar en demasía a los paceños, partidarios de su ciudad como capital de la república. A pesar de dicha solución temporal, no se podía tapar el sol con un dedo y negar la importancia, ya no solo económica, sino también política, de La Paz. El establecimiento de Chuquisaca como ciudad capital generó un extraño fenómeno institucional, que el historiador José Luis Roca explica a través de dos conceptualizaciones: Sucre, una ciudad nonata, y Chuquisaca, una capital de facto (2007, p. 58)
El 12 de julio de 1839, en el gobierno de José Miguel de Velasco, después de un largo periodo de dilatación del tema, se estableció formal y finalmente que la capital de la república se situaría en Chuquisaca, desde ese momento y hasta ahora Sucre. Los primeros años de la república fueron bastante conflictivos para el país, por la inestabilidad política desde la renuncia de Antonio José de Sucre a la presidencia, la polémica Confederación Perú-boliviana y el inicio de la era del caudillismo en Bolivia. Adicionalmente, las rencillas y polémicas sobre dónde debería situarse la capital estaban ligadas a rencillas y polémicas entre chuquisaqueños y paceños, que fueron extrapoladas al escenario político. Así, Norte y Sur estaban constantemente enfrentados. Andrés de Santa Cruz (Norte) y José Miguel de Velasco (Sur) en tiempos de la Confederación Perú-boliviana; José Miguel de Velasco (Sur) y José Ballivián (Norte) en una de las varias pugnas entre caudillos, llegando hasta Isidoro Belzu, que dio fin a las fricciones entre el Norte y el Sur, declarando ganadora implícita a La Paz, después de tomar la decisión de gobernar desde esa ciudad.
La historia puede estar sujeta a interpretaciones, empero la evidencia física adquiere un carácter más objetivo. Para entender la verdadera dimensión y profundidad del discurso regionalista a lo largo de la historia boliviana, se pueden analizar contenidos de prensa, titulares de periódicos y sus transcripciones. En este caso, el historiador José Luis Roca expuso un fragmento del periódico La Época, editado en la ciudad de La Paz:
Es preciso confesar y no dudarlo, los pérfidos sucrenses si nos vencen, no solo nos azotarán, sino también harán de nosotros y de nuestros bienes lo que su barbaridad, odio y rapacidad les sugiere. En una palabra, debe desaparecer Sucre o sepultarse eternamente La Paz bajo sus gloriosas ruinas cual otra Sagunto y Numancia. Si esto último no es posible, debemos castigar la crueldad y corrupción de esos bandidos haciendo capital a Cochabamba, pueblo céntrico, valiente, industrioso, ilustrado, y al que nos ligan vínculos de fraternidad, comercio, etc. Mas si no se pueden realizar los dos remedios anteriores y es derrotado el ejército del norte, basta ya de pertenecer a la republica a que pertenece el pueblo de Sucre. No necesitamos del sud. Bastante seremos Cochabamba, Oruro y La Paz: entre bárbaros del norte haremos la suya. Y si Cochabamba y Oruro no quisiesen abrazar nuestro partido, aún nos queda otro remedio: borrar para siempre el nombre de bolivianos que nos ha causado y causa la dependencia chuquisaqueña (citado en Roca, 2007, p. 67).
La prensa de la época se caracterizaba por este tipo de contenido, amarillista y arbitrario, que de alguna manera alimentaba el imaginario social de ciertos sectores, como en este caso, el de la población paceña respecto a la población sucrense.
ENTRE GUERRAS Y PARTIDOS POLÍTICOS
Escasos años después, Bolivia se vería enfrentada a Chile en la compleja guerra del Pacífico. Después de la renuncia del presidente Hilarión Daza tras la retirada de Camarones, ascendió al poder de forma provisional Narciso Campero, quien convocó a una convención nacional, para mayo de 1880, evento que tenía el objetivo de discutir maneras de sacar a Bolivia de la crisis en la que se veía sumida. Estaban presentes distintos personajes influyentes de la Bolivia de la época, como los principales mineros de la plata, mineral que vivía un gran auge. Esta solemne convención pronto se convirtió en un espacio de debate sobre un tema que definió directa e indirectamente el futuro del país para los próximos años: la guerra, con la disyuntiva de continuarla o no. En este contexto surgieron dos grupos: uno liderado por el paceño Eliodoro Camacho, que defendía la continuación de la participación de Bolivia en la guerra del Pacífico, y otro grupo conformado por los mineros de la plata, encabezados por Narciso Campero, todos provenientes del Sur, que veían como lo óptimo el cese de la guerra, que si bien tenía de trasfondo la necesidad de los empresarios mineros de cuidar sus importantes relaciones comerciales con Chile, utilizaron un argumento y razonamiento “quizás más realista y pragmático de que el país no podía seguir enfrascado en un pleito en el que no existía la mínima posibilidad de triunfo” (Mendieta, 2015, p. 198). Una vez más, los inconclusos rivales, el Norte y el Sur, se veían envueltos en una disputa, que dio como resultado la creación de los partidos Liberal y Conservador.
El liberal defendía los intereses de las élites del Norte, y el partido conservador estaba de lado de la élite del Sur.
A pesar de las polémicas y opuestas opiniones sobre la disyuntiva bélica del país, terminaron sobreponiéndose los pacifistas del Sur por sobre los guerristas del Norte. Con esa primera victoria, se inauguró el periodo “oligárquico-conservador” (Mendieta, 2015, p. 199), que duró casi dos décadas, entre 1880 y 1898, periodo que también coincide con el auge de la minería de la plata. Ambos factores le aseguraron más poder a Sucre como capital y sede de gobierno, poder que hacía muchos años no tenía en manos. A pesar de la parcial victoria del Sur frente al Norte, las élites políticas paceñas, en profundo desacuerdo con el ordenamiento político del país, no pararon de criticar el régimen conservador en todos sus años de vigencia.
LA GUERRA ENTRE NORTE Y SUR
Las críticas del partido liberal al régimen conservador de Sucre se acentuaron más por el extremo centralismo perpetuado con la Ley de Radicatoria de 29 de noviembre de 1898, promulgada en el gobierno de Severo Fernández Alonso. Esta ley establecía que el poder ejecutivo permanecería en la capital, es decir, en Sucre. En sus tres artículos, declara:
Artículo 1°. El Poder Ejecutivo residirá permanentemente en la Capital de la República, salvo los casos determinados por la Constitución Política del Estado.
Artículo 2°. Si llegaren los casos previstos anteriormente, el Ejecutivo sólo podrá permanecer fuera de la Capital de la República durante el período de las funciones legislativas, debiendo restituirse á su asiento ordinario, inmediatamente después de la clausura de las sesiones.
Artículo 3°. En los casos excepcionales señalados en los artículos precedentes, el Ejecutivo expedirá el decreto de convocatoria dentro de los sesenta días anteriores al designado para la apertura de las sesiones.
La promulgación de esta ley enardeció a las ya conflictuadas élites paceñas, que se apoyaron en este suceso para atender a sus intenciones aún vivas de trasladar la capital a La Paz, iniciando revueltas y levantamientos en contra de esta medida, bajo el lema de ¡Viva la federación! (Mendieta, 2015, p. 240). Esta sumatoria de factores condujo al estallido de la guerra federal, un enfrentamiento entre conservadores y liberales a raíz de que la facción liberal proponía el federalismo para el país, es decir, una descentralización en la organización política de Bolivia. El federalismo era sólo un pretexto utilizado por las élites paceñas que deseaban el cese del poderío de Sucre. Un elemento destacado de este episodio de la historia nacional es la alianza de los liberales con facciones indígenas, lideradas por el conocido Pablo Zárate Willca. Esta situación, bastante descabellada para su época y contexto, fue propiciada por José Manuel Pando: “Paceño pero diputado por Chuquisaca, había votado a favor de la controvertida Ley de Radicatoria sucrense que tanto exaltó los ánimos en La Paz” (Brun, 2011, p. 343). Este personaje, junto al partido liberal, se encargó de prometer a los indígenas la solución a un problema arrastrado desde tiempos inmemorables: la restitución de sus tierras comunales. Los indígenas, liderados mayormente por Zárate Willca, fueron fundamentales en las acciones del bando liberal durante el desarrollo de la guerra. No obstante, se debe dejar en claro que fueron altamente instrumentalizados para la consecución de fines que no los beneficiarían en nada.
Dos episodios se resaltan de esta guerra, aunque uno más que otro respondiendo a lógicas regionalistas: las masacres de Ayo Ayo y Mohoza. A fi nes de enero de 1899, un escuadrón sucrense, lleno de jóvenes de alta sociedad, fue masacrado en la población de Ayo Ayo, como un acto vengativo tras acciones de saqueo y distintas arbitrariedades en la población de Coro Coro. Por otro lado, a fi nales de febrero del mismo año, en Mohoza, los pertenecientes a los cuatro ayllus de dicha población confundieron a un escuadrón venido de La Paz y tomaron alrededor de 100 vidas, pensando que el escuadrón venía del bando enemigo. Ambas masacres fueron y son igual de importantes, no por quién las propicia o bajo qué argumentos, sino porque se trata de las vidas de bolivianos, del Norte, del Sur o del centro, pero bolivianos al fi n, que llegaron a extremos mortales por atender a discursos regionales disfrazados de “progreso”. Lamentablemente, los sesgos regionales han penetrado sobremanera en los libros y manuales de historia. En el cuarto tomo de los libros “Bolivia, su historia”, se relata la guerra federal y los sucesos de Ayo Ayo y Mohoza. Sin embargo, es posible percibir cierto sesgo en dichos relatos. Cuando la autora de dicho capítulo, Pilar Mendieta (2015), relata la masacre de Ayo Ayo, identifica:
Las innecesarias crueldades de los soldados unitarios también provocaron en respuesta una terrible masacre en la iglesia de Ayo Ayo donde el escuadrón constitucional “Sucre” fue muerto en manos de los indígenas. […] La muerte de lo más selecto de la juventud sucrense en Ayo Ayo fue un golpe difícil de olvidar para los chuquisaqueños y provocaría uno de los artículos periodísticos más racistas en contra de la población aymara, titulado “Lugentes Campi” escrita por el expresidente Mariano Baptista (p. 243).
Respecto a la masacre de Mohoza, dice:
… y la segunda en la localidad de Mohoza. situada en la provincia de Inquisivi del departamento de La Paz. En este lugar, los indígenas, pensando que se trataba de un escuadrón enemigo, masacraron en la iglesia al llamado “Escuadrón Pando” que tenía
como misión reforzar las filas liberales en Cochabamba. La masacre de Mohoza fue uno de los momentos más crueles de la Guerra Federal. En el transcurso de la noche del 28 de febrero al 1 de marzo de 1899 murieron más de un centenar de soldados que fueron atacados por los indígenas de los cuatro ayllus de Mohoza al mando del apoderado Lorenzo Ramírez, apoyados por ciertos sectores mestizos del pueblo quienes, vestidos con trajes originarios, azuzaron a los líderes indígenas. Lo ocurrido en Mohoza es muy complejo y responde a una serie de situaciones de malestar por los que estaba atravesando aquella población ante la expansión latifundista (p. 244).
Mientras la masacre de Ayo Ayo es interpretada como un golpe de ego a la población sucrense, la masacre de Mohoza es desglosada, explicada y tratada como un evento altamente duro en la historia boliviana. Sobresaltar un evento sobre el otro es imponer un juicio de valor, imponiendo que uno importa más que el otro.
GUERRA FEDERAL Y CONSTRUCCIÓN DISCURSIVA
La guerra federal fue aprovechada para la construcción discursiva por parte de La Paz que, de la mano de la prensa, creó un discurso maniqueísta que mostraba a Chuquisaca como “intransigente, mala y egoísta” (Brun, 2011, p. 352), y que impedía el plan federalista del “patriótico” pueblo paceño. Periódicos como El Comercio de La Paz, publicaron un sinfín de notas y datos informativos completamente arbitrarios, acomodados a conveniencia de la facción liberal, que tenía alta influencia en dicho medio de prensa. El doctor en historia Percy Boris Brun Torrico, en su proyecto de tesis doctoral (2011), muestra las idas y venidas y la lucha mediática en el contexto de la guerra federal:
A fin de reforzar la furia guerrera del paceño, se publicaron notas aparecidas en la prensa chuquisaqueña con un contenido fuertemente denostativo para La Paz. Por ejemplo, en base a cartas de unas mujeres madres de soldados chuquisaqueños, se “desvelaron” las intenciones del “Ejército invasor de Alonso” según consejos que les daban desde Sucre: aniquilar y destruir La Paz; fusilar a sus habitantes; confiscar sus bienes; volverla sólo corregimiento; incendiar; matar; degollar; que la hagan desaparecer de la faz del globo. Alonso debería entrar a La Paz cuando esté convertida en cenizas y nadando en sangre. Pueblo rebelde y maldito. Se reflejaba el odio de Sucre a La Paz, odio imposible de encontrar en la historia, dijo El Comercio, al tiempo de enfatizar que los paceños no habían pensado jamás en tan atroces venganzas. Por el contrario, la conducta del paceño se enaltecía con la humanidad y afecto otorgado a los vencidos, realizando así uno de los principios proclamados por la Junta de Gobierno: “no hay enemigos sino en el acto del combate; después de él todos son hermanos, porque todos son hijos de Bolivia”. El bueno y el malo bien descritos. Los malos tenían el objetivo de destruir a La Paz (p. 358).
Así como la prensa paceña construía un discurso arbitrario, la prensa sucrense hacía lo mismo, aprovechando el imaginario elitista de una parte de su población para ensalzar los esfuerzos y motivaciones de la capital:
Importante anotar que el discurso de la prensa chuquisaqueña utilizaba el rasgo indígena de La Paz para disminuir a su contrincante. Por ejemplo, el periódico La América respondía con denuestos contra La Paz: raza aimara perversa y estólida; por el contrario, la raza quichua era noble y varonil. En el enrarecido discurso, se junta lo regional con la cuestión indígena; para atacar a La Paz se la tipificaba como indígena aymara incivilizada. Por el contrario, Sucre era esclarecida y culta (Brun, 2011, p. 361).
La coyuntura político-económica del siglo XIX encontró por conveniente la construcción de un discurso regionalista impulsado hacia el odio entre las regiones de La Paz y Sucre, por pugnas de poder. La guerra finalizó con la victoria de los “federales”, que lejos de establecer un estado federal, propiciaron un centralismo tal vez mayor, con la única diferencia de que la sede de gobierno estaría desde ese momento y hasta hoy, en La Paz. A Sucre le quedó la atribución de capital de Bolivia, acunando a uno de los poderes del Estado, el judicial; mientras que La Paz se llevó los poderes ejecutivo y legislativo. Con la conclusión de la guerra federal se quebraron las alianzas entre liberales y campesinos, así como se desmanteló el proyecto federalista; sin embargo, fue imposible desmantelar el regionalismo y rencor entre ambos departamentos.
EL REGIONALISMO CIMENTADO EN UN IMAGINARIO
Cuando se habla de “región” en Bolivia, se la entiende como sinónimo del elemento de distribución administrativa: el departamento. “La fuerte personalidad de las regiones se explica por el hecho de que Bolivia es el único país hispanoamericano donde se mantiene la estructura político-administrativa básica que fuera diseñada por los reyes borbones en el siglo XVIII” (Roca, 2009, p. 77). El hecho de que los departamentos de Bolivia estén organizados de la misma forma que hace cuatro siglos evidencia la herencia colonial a la hora de construir una identidad nacional y, de igual manera, identidades regionales que abren paso al regionalismo. La construcción imaginaria de “regiones” altera tanto sus percepciones propias como alternas, hecho que permite que discursos erróneos calen en los aspectos más negativos de cada región, que frenan su desarrollo. Varios elementos de la época colonial se mantienen hasta la actualidad, como las profundas relaciones comerciales en la zona altiplánica, el menosprecio hacia la zona de los llanos bolivianos o incluso el carácter de superioridad de la capital de la Audiencia de Charcas: La Plata (actual Sucre). Estos hechos desembocaron en rencillas interregionales, como la pugna entre Norte y Sur (evidenciada en la guerra federal), o la actual rivalidad entre Oriente y Occidente (provocada por otras tantas pugnas políticas). Estos elementos condujeron a la creación de estereotipos regionales peyorativos, como el del “colla sumiso”, el “camba flojo”, o el “sucrense sangre azul”.
Sucre, la “ciudad de los cuatro nombres” tiene varios elementos coloniales arraigados en su imaginario, como su carácter de ciudad “culta”, por la presencia de la Universidad San Francisco Xavier y la Academia Carolina. Jóvenes de todo el continente (se dice incluso de Europa) viajaban hasta Charcas, para cursar sus estudios en estas instituciones. Por ende, su gente era letrada, y no podía ser menos, dado que Charcas era la sede administrativo-jurídica de la Audiencia de Charcas. Mientras las otras intendencias eran zonas comerciantes, mineras, Charcas era un ente intelectual, donde convivían personas de la clase más selecta. Fueron estas personas las que pensaron y gestaron el conocido levantamiento del 25 de mayo de 1809 y los subsecuentes. Todos estos elementos construyeron un imaginario que hizo que el sucrense se autoperciba como superior. A partir de una sucesión de hechos históricos, se creó la percepción del chuquisaqueño, y sobre todo del sucrense, como elitista, e incluso racista, como el humorista y escritor potosino Jorge Mansilla refiere en tono satírico:
Mis padres, que eran sucrenses, solían jactarse de la sonoridad chuquisaqueña del idioma quechua. “Soy sucresa” ironizaba mi madre aludiendo a la cursi alcurnia de sangre azul de la que presumían ciertos descastados hasta mediados del siglo pasado. “Sucresa, como decir inglesa, francesa…”, aclaraba ella y estallaba la risa familiar (2013, p. 50).
La construcción del imaginario sucrense, cimentado en un gran sentimiento histórico de superioridad, ha dado paso libre a la perpetuación del discurso de odio interregional. Esta autopercepción de superioridad generó el rencor en otras regiones, que llevaron a eventos poco agradables. Es necesario regresar al escenario de post guerra federal, cuando se llevaba a cabo el juicio a Zarate Willca y sus seguidores: “Fue llevado a juicio por los sucesos de Mohoza y Peñas; extrañamente, no se lo juzgó por el caso Ayoayo, seguramente la vida de los unitarios no merecía la misma justicia como la de los federales” (Brun, 2011, p. 375).
EL SESGO REGIONALISTA A TRAVÉS DE LA HISTORIOGRAFÍA
La construcción del discurso regionalista permitió una alteración y alta manipulación de la historiografía boliviana, en un afán de perpetuar el mismo. Así como la prensa fue un buen instrumento para la construcción discursiva a corto plazo, el medio utilizado a largo plazo fue el estudio de la historia. La historiografía boliviana está plagada de sesgos regionalistas, dados por la selectividad a la hora de especificar eventos o incluso llegar a alterarlos. La disputa Sucre-La Paz refleja una pugna sobre qué región detenta mayor importancia política para el país. Un primer momento en el cual esto se evidencia es en otro de los muchos altercados interregionales: El primer grito libertario, y si este se dio en una u otra ciudad. La
controversia histórica alrededor de este evento ocurre gracias a la manipulación en torno a la sustentación de cuál fue la sede del primer grito libertario. Entre la documentación de la época juntista de la Real Audiencia de Charcas, existen documentos de “literatura subversiva clandestina” (Roca, 2017, p. 248), entre los que destaca uno en especial, la “Proclama a los valerosos habitantes de La Paz”, documento alterado premeditadamente casi un siglo después para sustentar la idea de historiadores regionalistas y sesgados de que el primer grito se dio no en Sucre, sino en La Paz (Roca, 2017, pp. 249-250).
CONFLICTOS REGIONALES EN LA ACTUALIDAD
Todos los hechos compilados datan de hace más de 200 años, por lo que el tema del regionalismo parece hasta obsoleto; lamentablemente, se vio exacerbado a partir de nuevas motivaciones. El rencor de Sucre hacia La Paz por la guerra federal y la pérdida de los poderes legislativo y ejecutivo nunca desapareció realmente. En 2006, y con el ascenso de Evo Morales junto al Movimiento Al Socialismo (MAS) al poder, se abrió paso a la convocatoria para establecer una nueva Constitución Política del Estado. Un constituyente chuquisaqueño puso en la mesa la propuesta de la capitalía plena para Sucre, es decir, el retorno de los poderes ejecutivo y legislativo a Sucre. La población sucrense obviamente apoyó esta iniciativa, y salió a las calles a mostrar su adhesión; estaban de acuerdo con la propuesta porque era “lo justo”, argumento basado más en las añoranzas de lo que un día fue que en la efectividad de tal medida. La bancada paceña desde un inicio demostró su oposición a la propuesta, refl ejada en la consigna “La sede no se mueve”. Varios comités cívicos y bancadas departamentales, encabezadas por Santa Cruz, apoyaron la petición sucrense, más por coyunturas políticas que por empatía o convicción. Durante casi dos años, Sucre se vio plagada de manifestaciones y marchas pidiendo la capitalía plena, mientras el Gobierno ponía toda clase de impedimentos para eliminar la posibilidad. Así, una vez más, el Norte y el Sur estaban enfrentados por el mismo tema de siempre: la aglutinación de poder.
A lo largo del conflicto, la imagen de Evo Morales se vio sumamente deteriorada en Sucre. El conflicto regionalista llegó a su clímax el 24 de mayo de 2008, en vísperas del aniversario del ya de por sí conflictivo primer grito libertario:
En el marco de las celebraciones de la efeméride departamental de Chuquisaca; el 24 de mayo, el Gobierno nacional anunció la llegada del presidente a la ciudad de Sucre, quien iba a participar de una concentración campesina en el Estadio Patria, donde se haría entrega de ambulancias y otros materiales a autoridades de los diferentes municipios de Chuquisaca. (Los Tiempos, 2008 citado por Plaza, Reinoso y Arciénega, 2014, p. 272).
Decenas de campesinos llegaron a Sucre para este evento. A partir de la gran polémica entre Sucre y el gobierno central, porciones de la población sucrense, en su mayoría élites, asociaron a los campesinos asistentes como “traidores”. Por eso, en una sucesión de hostilidades, cierto número de campesinos fueron tomados presos, dirigidos a la plaza 25 de mayo para ser agredidos y humillados, forzándolos a recitar cantos racistas. Por este y otros motivos, el pueblo sucrense exacerbó la percepción del país hacia él como racista y elitista. No se puede ni se debe negar o matizar los hechos de 2008; sin embargo, algo que se debería dejar en claro es que, si bien dichos eventos fueron impulsados por un discurso claramente racista, no fueron propiciados por la población en general, sino por una élite conservadora que mantenía (y aún mantiene) un fuerte sentimiento elitista y de superioridad, gracias al obsoleto “imaginario colonial” (Plaza, Reinoso y Arciénega, 2014, p. 275). El imaginario de esta élite fue aprovechado por facciones políticas para desvirtuar la imagen de una ciudad entera, no para denunciar el racismo, sino para atender a intereses políticos
Además de revivir las rivalidades con La Paz, los hechos de la asamblea constituyente que se produjeron entre 2006 y 2008 demostraron los alcances del regionalismo. Este fenómeno no sólo es un concepto abstracto, ya que tiene consecuencias visibles y materiales en el desarrollo dentro de las zonas afectadas. A pesar de las interminables manifestaciones en torno al regreso de los poderes a Sucre, esta ciudad se quedó sin capitalía plena y se ganó el resentimiento de una parte de la población boliviana. Con estos hechos señalados, se puede notar que los eventos de 2008 son parecidos a los de 1898, más de cien años después. Los discursos políticos no hacen más que afectar a una región para beneficiar a otra. Lamentablemente, los actores políticos son temporales, mientras que los discursos calan en la población y son complicados de desmembrar. La población sucrense aún es vista como elitista y racista a pesar de incontables hechos que no condicen con estos calificativos.
Si la ciudad es racista, cómo es que, en las elecciones presidenciales del 2005 y en las de constituyentes gana el MAS. Si el racismo es el aspecto que moviliza a los sucrenses bajo el mito fundante… cómo ésta se presenta en las capas populares y migrantes cuyos referentes identitarios no están fundados en referencia al hecho histórico que desconocen y no tiene idea de que por sus venas corre sangre azul (Flores, 2012 citado por Plaza Reinoso y Arciénega, 2014, p. 278).
CONCLUSIÓN
Si bien el conflicto relatado sólo incluye a dos departamentos de Bolivia, el país está plagado de conflictos regionales, con características y orígenes en mayor o menor medida similares. El regionalismo es un fenómeno difícil de eliminar, por estar entrelazado en las raíces de la identidad de las sociedades paceña y sucrense. Este discurso evidentemente maniqueísta fue construido gradualmente, calando hasta el último rincón de la conciencia de las personas. Por eso es tan difícil deshacerse de él.
Existen hechos innegables y obvios a lo largo de la construcción histórica del país; sin embargo, es necesario actuar y pensar de forma crítica, ya que, en cuestiones sociales, muchas veces se esconden motivos políticos. Es necesario ver más allá, comprender qué hay detrás de un discurso, una nota de prensa, un lema, un prejuicio, y comprender que todo tiene un trasfondo, un porqué. Es de suma importancia comprender los procesos históricos que construyeron la identidad del boliviano, porque estos se reflejan en todos los aspectos, incluso en la percepción de un grupo de jóvenes paceños hacia una compañera “sucresa” (Mansilla, 2013, p. 50).














