El 17 de julio de 1935 moría el expresidente boliviano Daniel Salamanca, bajo cuyo mandato se había iniciado la Guerra del Chaco, conflicto bélico que enfrentó a Bolivia y Paraguay por casi tres años. Al día siguiente, camino a Villamontes en Puesto Merino, se encontraron los comandantes de los ejércitos en disputa: el paraguayo Félix Estigarribia y el boliviano Enrique Peñaranda, ambos generales. Esta fue la primera de tres reuniones que tuvieron hasta acordar el cese de hostilidades. Aquel 18 de julio, tras el saludo y las palabras de rigor, Estigarribia ofreció a Peñaranda la pistola que lo había acompañado durante la campaña. El comandante boliviano, que llegaría a ser presidente del país en 1940, aceptó el arma con un apretón de manos con su par paraguayo. Este momento marcó el fin de una guerra que dejó más de 90.000 muertos, heridos y mutilados, además de innumerables vidas afectadas por el sufrimiento de los años de enfrentamiento. El proceso de paz culminó el 21 de julio de 1938 con la firma del Tratado de Paz, Amistad y Límites entre ambos países.
Los discursos nacionalistas, contemporáneos y posteriores a la guerra a lo largo de todo el siglo XX, exaltaron y justificaron el sacrificio y la propia muerte de la población bajo la consigna del “deber patriótico”. Se homenajeó a quienes fueron consagrados como héroes y se erigieron monumentos a la memoria de los combatientes. No obstante, el trauma del horror vivido era innegable en los sobrevivientes, en sus familiares, y su huella aún perdura en la memoria colectiva del país. Esto nos recuerda que las memorias de la Guerra del Chaco están hechas de vivencias humanas, marcadas por la osadía y la valentía, pero también por el dolor, el cansancio, la sed, el miedo y la desesperación.
El número 53 de la revista Ciencia y Cultura: “Guerra del Chaco: fin de una generación” surgió como una invitación para ir más allá de las narrativas cívico- nacionalistas; para explorar, desde múltiples enfoques, las complejas memorias y miradas que la guerra despertó y que aún despierta en los bolivianos. En este sentido, se llamó al rescate de testimonios, reflexiones y análisis que permitan entender no solo el dolor que vivieron las generaciones que experimentaron la guerra, sino, también, aquello que sigue resonando en el presente.
La convocatoria propuso a la comunidad académica, de estudiantes y profesionales, a presentar trabajos que aborden el suceso histórico que nos concierne desde diversas disciplinas. El objetivo es crear un espacio de reflexión crítica y multifocal de un conflicto que marcó el devenir de la historia boliviana y paraguaya. Las contribuciones que presentamos a continuación abarcan una amplia gama perspectivas que buscan comprender y hacer visibles diferentes facetas de esta guerra.
La sección de artículos y estudios arbitrados reúne contribuciones de investigadores con diferentes niveles de formación y trayectorias, sobre el conflicto armado y sus secuelas. Airton Chambi analiza el papel de los capellanes católicos en el Chaco y conecta con la propuesta de Jaime Vargas, quien reflexiona sobre la devoción a la Virgen de Charagua, nombrada Generala del Chaco. Por su parte, Rodrigo Burgoa y Amanda Alurralde, docente el primero y estudiante la segunda, ambos de la U.C.B., comparten sus criterios sobre la que llaman “posmemoria” de la guerra entre jóvenes universitarios paceños, estableciendo vínculos con otros trabajos realizados por sus compañeras de la misma casa de estudios. Entre estos, María de los Ángeles Barrón revive la memoria de su abuelo en el “infierno verde”; Luciana Nazareth López examina críticamente los efectos de la narrativa nacionalista que, a menudo, busca ocultar el dolor bajo el peso de medallas y homenajes; y Sara Torrez aborda el impacto del trauma psicológico en los excombatientes y el silencio discreto en que muchas familias trataron de mantenerlo en los años posteriores a la guerra. Estos textos, producidos en el marco de la materia Historia de Bolivia II, reflejan el compromiso de la universidad en la formación de un pensamiento crítico que trascienda la historia memorística. Ampliando el espectro a estudiantes de otras universidades, Luis Fernando Aruquipa presenta un artículo sobre las madrinas de guerra, aportando una perspectiva fresca y comprometida.
Brilla por la singularidad de sus fuentes, material de alto valor afectivo e histórico, el texto de Alejandra Echazú, quien nos sumerge en la correspondencia íntima e inédita entre Yolanda Bedregal y sus amigos poetas y artistas en el frente de batalla. Por su parte, Virginia Ayllón rescata la experiencia de Laura Villanueva, más conocida como Hilda Mundy, y su trabajo periodístico durante la guerra. Ayllón nos presenta el estilo irónico y anárquico de la escritora, desafiante de las narrativas convencionales de aquellos años.
Puesto que la memoria de la guerra no se limita a las palabras escritas, sino que ha dejado huella en imagen, Federico Ignacio Fort explora el dolor del conflicto a través de la obra pictórica de Cecilio Guzmán de Rojas. Santusa Marca también se detiene en los recursos gráficos de la guerra atendiendo el trabajo de pintores y fotógrafos que aparecen en Homenaje a la sección de hierro. Campaña del Chaco, libro publicado en 1935 y que forma parte de la Colección Familia Arauco en el Archivo de La Paz. Tatiana Suárez y Juan Gabriel Morales por su parte analizan cinco retratos de Raúl Bravo Portocarrero, mostrando el antes y el después de la guerra en la expresión de este destacado personaje.
En la sección denominada “Ideas y pensamientos”, Alan Castro reflexiona sobre el imaginario alegórico del Chaco, subrayando la relación entre imagen y escritura en la construcción de horizontes históricos. Las composiciones musicales son recuperadas por Jenny Cárdenas, quien analiza boleros, cuecas y huayños creados durante y después del conflicto, recordándonos que se trata de formas particulares de resistencia y memoria.
Desde el ámbito literario, Gabriel Mamani Magne se adentra en Sangre de mestizos (1936) de Augusto Céspedes, quien propuso la figura del “soldado mestizo” como símbolo de unidad nacional, precursor de una conciencia revolucionaria que se dejaría ver con fuerza en 1952. Rafael Bertón por su parte, revisita el cuento “El pozo” del mismo autor, contrastándolo con “La isla en peso” de Virgilio Piñera para destacar el eco de aislamiento y opresión que se percibe en ambos. En la misma sección, Carlos Crespo explora el vínculo entre el ejercicio militar durante la guerra y la propuesta política de la Revolución Nacional a través de la experiencia del militar y político Clemente Inofuentes; mientras que Ignacio Vera Rada aporta notas críticas a las confesiones del teniente Carlos Soria Galvarro.
Este número de Ciencia y Cultura cierra con una sección de testimonios invaluables, pocos sin duda entre los cientos que atraviesan nuestras historias familiares: los recuerdos de la familia Saravia, recuperados por su bisnieto Franz Ballesteros; aquellos de la familia Montenegro Soria que vio a sus jóvenes hijos Wálter y René partir al frente y aquí son recuperados por su descendiente, el sociólogo Pablo Montenegro. Las páginas de esta entrega vienen hilvanadas con hermosas fotografías de distinta fuente, de los años de la guerra o posteriores a ella.
Sirva este esfuerzo de memoria para traer al presente la experiencia de nuestros abuelos y abuelas, asumiendo la responsabilidad comprometida de no tolerar escenarios similares ni glorificar la violencia que los engendró.
La Paz, 16 de noviembre de 2024
Docentes de la Universidad Católica Boliviana “San Pablo”













