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Revista Ciencia y Cultura

versión impresa ISSN 2077-3323

Rev Cien Cult  n.24 La Paz jun. 2010

 

Artículos Originales

 

Adela Zamudio: imagen y escritura*

 

 

Alba María Paz Soldán

* Una primera versión de este artículo aparece en Paz Soldán (2003).

 

 


Resumen:

Este artículo revisa la imagen pública de Adela Zamudio: el impacto de sus textos polémicos, su ingreso en el debate, el reconocimiento final del que es objeto, para establecer la importancia que tiene como mujer escritora en el panorama cultural y político de la Bolivia de principios del siglo XX. A partir de una lectura de los textos de la escritora, la autora argumenta que la imagen del velo, tan presente en su escritura, puede ser entendida como metáfora de su escritura.

Palabras clave: Literatura y escritura femenina, mujer, metáfora.


Abstract:

This article reviews Adela Zamudio’s the public figure: the impact of her polemic texts, her presence in a newspapers debate, the later honors she was granted with in order to assess her importance as a woman writer in the cultural and political Bolivia of the early XXth century. Reading some texts of Zamudio, the author argues that the veil, as an image present in her witing, can be taken as a metaphor of her writing.

Key words: Literature and feminine writing, woman, metaphor.

 


 

 

1. Mujeres en Cochabamba de principios de siglo XX

La figura de Adela Zamudio (1854-1928) ha cautivado a críticos y escritores del siglo XX y ha corrido una suerte que se ha imbricado con la del feminismo, pues ha sido “incorporada” y “legitimizada” en la vida de la literatura boliviana en una medida semejante a aquélla en la que el feminismo ha ingresado en el discurso de los estudios sociales. No es pues casual que el día de la mujer en Bolivia sea el 11 de octubre, por el nacimiento de Adela Zamudio el 11 de octubre de 1854 (Ocampo, 1977; Taborga, 1981; Guzmán, 1986). Se puede decir que ella ha abierto la posibilidad de una mayor participación de las mujeres en general en la vida pública, y ha sido un modelo para ello. Pero lo que destaca es la significación de su escritura para la transición de la sociedad entre el siglo XIX y el XX, y desde el punto de vista literario, si bien dialoga con el romanticismo, tiene la particularidad de superar ese lenguaje y de adelantar los que serán desarrollados posteriormente. Además, su poesía y su prosa fundan una conciencia --más moral que crítica, es necesario decirlo-- al denunciar los vicios de un ambiente provinciano y colonial. De cualquier manera, Zamudio es una pionera en el debate público y en ver a la sociedad desde un punto de vista liberal y moderno, al considerar al individuo enfrentado consigo mismo.

Dos años antes de su muerte, en 1926, la autora es reconocida públicamente por el Estado y es coronada por el presidente de la Nación1. Pocos escritores han sido objeto de un homenaje equivalente en Bolivia, por eso mismo es interesante indagar las circunstancias que lo hacen posible. Si bien desde finales del siglo XIX aparecen poemas de Zamudio, con el pseudónimo de Soledad en diferentes revistas literarias, son las primeras apariciones polémicas de principios del siglo XX las que la ponen en un primer plano. La primera con el poema “Quo Vadis” que, en 1903, al apostrofar con esa pregunta a Dios, cuestiona las conductas sociales de la Iglesia y levanta “en la placidez del ambiente cochabambino, la agitación de una tempestad” recibiendo fuertes críticas de las voces públicas más importantes del momento; lo cual, según Gustavo Adolfo Otero, equivale a su primera coronación (Otero, 1953). La segunda aparición, en 1913, cuando hace pública su opinión en el texto “Reflexiones” a raíz de una representación realizada por niñas y niños de una escuela de Cochabamba en la que éstos repetían los moldes más tradicionaes de la sociedad. Se trataba de una escuela que postulaba encarnizadamente la enseñanza obligatoria de la religión. Adela estaba en desacuerdo con esa imposición (Taborga, 1981) pues a la sazón dirigía una escuela fiscal de niñas, menos notoria, en la que trataba de imprimir un espíritu de libertad.

Este texto suscitó una polémica en la que intervino gran parte de la pequeña sociedad civil de entonces; por una parte estaban Zamudio y algunos intelectuales que la apoyaron, y por otra los que reaccionaron en contra del texto de Zamudio: el padre Pierini y aquellos grupos incondicionales de la Iglesia, especialmente de señoras de asociaciones de beneficencia. El Consejo Universitario de la UMSS interviene emitiendo un voto de apoyo a Rodolfo Montenegro, quien fue el primero en entrar abiertamente a defender a la escritora. Se parcializaron también los mismos periódicos que divulgaron las notas del debate, sobre todo en Sucre: La Mañana defendía a Adela de los “ataques clericales” calificando de “postreros rezagados de la evolución humana” a los que escribían en La Capital, los que a su vez no vacilaron en utilizar la injuria y llegaron a desprestigiar a la escritora y postular que no estaba habilitada para la educación por no haber sido madre y por ser soltera2.

Es interesante contrastar la gran reacción pública que produce esta polémica con la poca atención que reciben ese mismo año dos libros de la autora: Ráfagas, una colección de poesía, e Íntimas, la única novela de Zamudio, que recién a fines del siglo XX será muy celebrada por la crítica. Mientras estas dos publicaciones habrían de esperar que pase mucho tiempo para ser reconocidas, aquellas que abrieron el debate sobre aspectos de educación y religión tuvieron gran repercusión en una sociedad que empezaba a querer sacudirse de algunos patrones coloniales de pensamiento.

El reconocimiento público mayor a Adela Zamudio, aunque puede ser atribuido en su origen al poema crítico y a la polémica ya mencionada, vendrá después en la forma de dos hechos de significación nacional. El primero, en 1915, cuando el Círculo de Bellas Artes de La Paz, una institución civil, la nombra Mantenedora de los Juegos Florales, que según La Mañana (1915) de Sucre era “el único (juego floral) serio, de valía y prestigio”. En esa ocasión recibe los halagos tanto de los hombres de letras como de los distintos órganos de prensa de La Paz. Por ejemplo, el periódico El Tiempo (1915) dice: “Su nombre tan conocido es en la ciudad como en las demás capitales americanas. Y sus ideas tan amplia y liberalmente expuestas hacen honor a la educación y pensamiento del feminismo boliviano”3. Es necesario decir que ya antes, en 1898, el Círculo Literario de La Paz, dirigido por Rosendo Villa-lobos, designó a Adela Zamudio y a Manuela Gorriti de Belzu como “Socias de Honor” (Ocampo, 1977).

El segundo y gran reconocimiento que recibe Zamudio es la coronación de manos del Presidente de la República, hecho sin precedente en América Latina, tal como lo reconocen las notas que le dedican a este hecho La Nación de Buenos Aires, la revista El Hogar de la misma ciudad y el periódico El Imparcial de Montevideo. El único antecedente en América Latina sería el del reconocimiento que se le hace en Cuba a Gertrudis Gómez de Avellaneda, en 1860, pero no se trata todavía del Estado de una nación independiente. La coronación se realiza en 1926, Adela Zamudio está cerca de cumplir los 72 años y ha sido jubilada contra su voluntad. Sus biógrafos y comentadores señalan insistentemente la relación entre la jubilación forzosa y este reconocimiento como compensación. Como complemento del acto oficial, elitista de la coronación que se llevó a cabo en los salones del Teatro Achá, Adela Zamudio fue aclamada por el pueblo en la Plaza 14 de septiembre, inmediatamente después. Luego se llevó a cabo una “soireé” en el Club Social con las autoridades nacionales. En este espacio por definición casi exclusivamente masculino emerge la preferencia de una mujer que tiene voz propia. Sin embargo, revisando la prensa de la época se puede ver que se trata de un hecho más complejo en el que intervienen una serie de circunstancias interesantes de considerar, sobre todo para poder apreciar el papel activo que tiene la literatura en la construcción de imágenes sociales. Veamos.

El gobierno de Hernando Siles, elegido en 1925, año del Centenario de la Independencia, enfrenta tensiones y luchas por el control de los espacios citadinos y necesita mostrar, hacia el exterior, una imagen de progreso y civilización, actitud que asumirá como una política de Estado. En Cochabamba, las tensiones han puesto en el centro del debate la imagen de la mujer y el proceso de inventar o elegir los rostros de los héroes de la independencia. El presidente Hernando Siles viaja a Cochabamba el 27 de mayo de 1926 con dos objetivos: coronar a Adela Zamudio e inaugurar el monumento a las Heroínas de la Coronilla (El Republicano, 1926) con el que, después de una ardua lucha, la sociedad civil ha logrado desplazar el monumento que había sido colocado en 1910 en la punta del cerro más alto y más significante de la ciudad, el cerro de San Sebastián. Este monumento honraba a los héroes y a las luchas independentistas de Cochabamba con un cañón y un arcabuz sobre una columna de piedra; no singularizaba a ningún personaje, más bien se inscribía en una forma simbólica liberal de concebir la independencia.

Si bien esta escultura había sido realizada siguiendo literalmente una sugerencia que aparece en la novela Juan de la Rosa (1885), de Nataniel Aguirre, la que en esta fecha la sustituye recoge más vívidamente los personajes femeninos que describe esa misma novela. Implica una lectura más radical de la novela al apropiarse del gesto de la abuela Chepa, ciega, que dirige a las mujeres del pueblo en la lucha contra los españoles. Además, en la base del monumento aparecen en bronce tres escenas de la misma novela que acentúan el valor de la abuela y de otras mujeres del pueblo, cuya imagen no es otra que la de las mujeres, llamadas cholas, que venden en el mercado.

Estas imágenes femeninas son el trasfondo del surgimiento de la personalidad de Adela Zamudio, una mujer que escribe desde sus propios sentimientos, que se permite pensar y que lucha por mejoras en la educación boliviana. Sobre esas mujeres de la ficción de Juan de la Rosa, mujeres como la abuela Chepa o como Merceditas, la esposa del narrador, surge una mujer escritora (Paz Soldán, 2003: 127-128). Tampoco es coincidencia que en el curso del festejo del monumento a las Heroínas, el mismo día de la coronación de la Zamudio, las mujeres del pueblo hayan llevado hasta la Coronilla a la Virgen de las Mercedes, símbolo de la patria y de la mujer en la novela de Aguirre4.

Como complemento de la coronación, acto oficial y por lo tanto elitista que se llevó a cabo en los salones del Teatro Achá, Adela Zamudio fue aclamada por el pueblo en la Plaza 14 de Septiembre, inmediatamente después. Se llevó a cabo una “soireé” en el Club Social con las autoridades nacionales. En este espacio por definición casi exclusivamente masculino emerge la presencia de una mujer que tiene voz propia.

Estos dos actos oficiales: la coronación y la inauguración del monumento de la Coronilla coinciden con otro que ha resonado menos, pero que está también unido en la significación a ellos: la inauguración del mercado 25 de mayo, el espacio comercial más importante de la ciudad que hace gala de modernidad y de un diseño francés con decoraciones trabajadas en acero y mesadas de mármol5. Éste es otro espacio del centro de la ciudad que las mujeres del pueblo logran ocupar en la fecha, y precisamente una de ellas es la que dio uno de los discursos de inauguración del Monumento a las Heroínas.

La coincidencia de la coronación de Adela Zamudio con la inauguración del monumento que honra a las mujeres del mercado ha sido interpretada como una manera de contrarrestar esa imagen femenina, equilibrándola con la de una mujer portadora de otros valores asociados por la mentalidad de la época con mayor énfasis a la modernidad y al progreso (Gotskowitz, 2000). Aunque es cierto que los dos actos ocuparon espacios sociales opuestos, la significación política y cultural es elocuente en cuanto proyecta esa tensión y complementación que ha caracterizado al siglo XX en Bolivia, con el correspondiente avance de las clases populares hacia la democracia. En el discurso de Zamudio, como Mantenedora de los Juegos Florales de La Paz, se puede leer una alusión a esta relación, cuando dice:

Suele el obrero ser llamado a depositar ante el altar de la patria las pruebas de su industria, fruto preciado de la libertad. Es esa faz significativa y elocuente de las fiestas patrias, la que se ostenta a nuestros ojos en este festival de reinas, damas, trovadores y pajes; festival aristocrático en la forma, pero democrático en el fondo. Aquí el poeta, obrero del pensamiento, confía al criterio de un jurado, los frutos de su ingenio y en ellos la manifestación más elevada y más sintética de la cultura de un pueblo6. (Ocampo, 1977:38).

El día de la coronación, su trabajo de escritura, ‘los frutos de su ingenio’, entregado a la opinión pública durante medio siglo de vida, recibe un voto de admiración. Lo que queda ahora es volver a hacer una lectura de su obra que, de alguna manera, ha sido opacada por los destellos de la gloria, y tendremos que reconocer que su mirada precisamente intentó descubrir y denunciar aquello que estaba detrás de los gestos de sociedad. En ese momento, la imagen de la mujer está al centro de la lucha social. Y en esta nueva significación la escritura de Zamudio ha cumplido un papel importante. No olvidemos que es una de las primeras personas que habló de los beneficios de la tolerancia y denunció los efectos de los prejuicios sociales así como los estragos del fanatismo en nuestro medio.

Hay dos detalles que subrayan la actitud de Adela Zamudio y que nos permiten ver a la persona más allá de la figura pública. En realidad, son dos gestos que trascienden la circunstancia y marcan el criterio y la personalidad de esta mujer. Uno es el gesto de enviar una nota telegráfica a Juan Francisco Bedregal, en La Paz, pidiéndole que asista a la ceremonia, con las siguientes palabras: “Su presencia fortalecerame en tan duro trance”; y el otro es el significativo silencio con el que recibe la corona en un acto en el que emiten su discurso un sinnúmero de personalidades de la cultura (además del presidente de la República, el Ministro de Instrucción, Tomás Monje Gutierrez; Augusto Céspedes, representando al Ateneo de Bellas Artes de Cochabamba; la señora María Soria Galvarro de Zuazo, del Círculo de Bellas Artes de La Paz, etc.). También dicen poemas en su honor poetas, como Gregorio Reynolds, y hay quienes se los envían desde otras regiones: desde Santa Cruz, Leocadia I de Barberi (El Demócrata, 1926), y desde Buenos Aires, Julie T. Montagnac Bott, delegada para América de los juegos florales de Languedoc, qiuen le envía un poema en francés titulado “Apotheose” (La Nación, 1926)7.

El delicado pedido a Bedregal, a quien muy poco conocía8, y quien finalmente la acompañará al escenario a recibir el Laurel de Oro de manos del Presidente, muestra entre otras cosas que ella no vive este reconocimiento como un elogio personal ni como la culminación de un camino individual, sino como una honra a esa parte de la sociedad civil que dedica su vida a la literatura y al arte; ella es sólo una representante que tiene que pasar por ese “duro trance” y está lejos del “entusiasmo delirante” que reporta la prensa9. Por otra parte, el que se haya quedado en silencio al recibir el homenaje refuerza esta actitud de querer diluirse en el grupo de intelectuales que la honran y en la fiesta que es su coronación. Pero también podemos tomar ese elocuente silencio, en esas circunstancias, como un dejar que su obra hable, como el dejarnos frente a aquella escritura, que es lo que cuenta cuando una escritora es la homenajeada. Y creemos que no se trata, como nos dejarían creer los comentarios que contraponen el reconocimiento a la Zamudio con la celebración del monumento a la Coronilla, de una escritora de salón, sino de una mujer consciente y crítica de esas posiciones y que se concibe como una luchadora. Leyendo algunos fragmentos de la carta que le escribe a una amiga, casi diez años antes de ser coronada, y que hace referencia, más bien, a su trabajo como educadora, podemos percibirla mejor:

El que tú llamas monótono trabajo, es combate incesante en q’ agoto mis fuerzas físicas y morales en frente de enemigos de toda especie –enemigos de dentro y de fuera. (...) Con todo, estoy más satisfecha de mi labor pedagógica, por lo menos, los pedagogos no me honran con elogios tan risibles como los que me prodigan los bates (sic) bolivianos. (...) me prestó algunas revistas en las q’ leí artículos y versos de las literatas chilenas, q’ no me encantan. Escriben bonito pero no dicen nada. Según lo declara la misma presidenta de ese club, son señoras de la aristocracia que se propusieron instruirse y escribir, por no ser superadas intelectualmente por jóvenes oscuras que se preparaban en colegios fiscales. Es decir, escriben por añadir un adorno más a su educación brillante, son literatas de lujo. En sus escritos no puede pues campear la idea que nace a impulsos del dolor y de la lucha. (Soria Galvarro, 1990).

Estos últimos son rasgos que caracterizan su propia escritura. Pero esa franca actitud crítica hacia las actividades sin compromiso, y esa confrontación consigo misma (“enemigos de dentro y de fuera”) son también marcas de lo que encontraremos en toda su obra.

Dos años después de recibir el homenaje del presidente de la república, muere Adela Zamudio y el Gobierno “dispone que sus funerales sean celebrados por cuenta del Supremo Gobierno”10, pues se trata ya de un acontecimiento nacional. La vida privada de esta mujer se ha diluido para formar parte de la vida pública, de la historia del siglo XX de Bolivia. Los dolientes son, además de la familia, por supuesto, las más importantes instituciones democráticas del momento: la universidad y los intelectuales, representados por Manuel Céspedes. Gonzalo Portugal hace una interesante lectura de estos hechos:

Según el artículo de Carlos Montenegro, fechado el 7 de julio de 1929, el ataúd estaba cubierto por la bandera nacional y el Laurel de Oro es llevado delante del séquito por Manuel Céspedes.

Deteniendo la mirada sobre ese “convoy fúnebre” a punto de partir de las puertas de la Universidad, sobre los deslices de la bandera por un viento de las cinco y en ese Laurel de Oro, podemos recrear una de las primeras imágenes en nuestra historia, donde conciencia poética y nación confluyen sin herirse, y permiten vaticinar entendimientos entre poesía, nación y mujer (Portugal, 1999:125).

Evidentemente se trata de una imagen elocuente y con una proyección que permite leer, y volver a leer, los encuentros y desencuentros de la poesía con las instituciones democráticas y la mujer.

No obstante todo ese reconocimiento, es lamentable que hasta hoy la publicación de sus obras no haya sido objeto del rigor y el cuidado que tal prestigio y el carácter de su obra requieren. No existe hasta ahora una edición cuidada de su obra, al margen de los dos libros de poesía que ella misma editó en vida: Ensayos Poéticos (1887) y Ráfagas (1914), e Íntimas, obra de la que últimamente ha salido una muy buena edición (Zamudio, 1999). Aunque es cierto que tanto su poesía como sus cuentos han sido incorporados en las lecturas de la escuela secundaria y que la autora tiene su lugar en el panteón de los escritores nacionales, no se ha ahondado en la lectura de sus obras ni se ha realizado una edición crítica de toda su obra. Aunque se han escrito más de tres biografías sobre esta autora, son muy pocos los estudios que se ocupan de poner en perspectiva su obra literaria o de caracterizar su valor. En cuanto al tema de las ediciones de la obra de Adela Zamudio, es muy interesante leer el capítulo XI del libro de Taborga (1981), quien habría sido la responsable de las versiones que conocemos hasta hoy de Novelas cortas y Cuentos Breves, mal nombradas, según esta autora. La misma responsable de estas ediciones señala que no han sido objeto de un serio trabajo de edición, el cual debería haber sido realizado por Gustavo Adolfo Otero, puesto que ella, a la sazón, era muy joven y no tenía la formación para esa tarea (Taborga, 1981:122-127).

 

2. El velo: metáfora de una escritura

Si hay una imagen en la obra de Adela Zamudio que puede ser considerada la llave de los sentidos que se extienden por toda su obra y que la identifican, ésta es la imagen del velo. Es interesante notar que la última edición de Íntimas lleva en la portada un cuadro de Guiomar Mesa que pone en primer plano una mujer con un largo velo; sin embargo, el estudio crítico de García Pabón en ningún momento hace alusión a esta imagen (Zamudio, 1999). El velo aparece con evidencia en el cuento “El velo de la Purísima” (Zamudio, 1979) y también en el artículo periodístico titulado “Por una enferma” que escribió la autora para denunciar ante la sociedad la situación miserable en que vivía, en el convento de las clarisas, una mujer considerada loca11. Si bien este último es un texto periodístico, despliega tanto en el lenguaje como en las imágenes la madurez del estilo de la escritora. El velo, en ambos casos, es un objeto elaborado por el trabajo de mujeres y muy preciado para la vestimenta, pero la capacidad sugestiva va mucho más allá. No en vano esa palabra, en la expresión “tomar el velo”, significa encerrarse y dejar el mundo.

En el cuento “El velo de la Purísima”, el velo es en realidad un objeto inexistente alrededor del cual giran las ilusiones humanas. En principio, sería el trabajo especializado de las manos de una mujer, Concha, “la bordadora”, quien es la que tiene la habilidad para hacerlo, y para doña María de la Concepción sería la mejor de las ofrendas que ella podría hacerle a la Virgen de su nombre. El velo se convierte, en el cuento, en una expresión de los deseos de estas mujeres. Para doña Concepción, el velo encarna las ilusiones de conseguir un mejor trato de parte de los sacristanes, de lograr despertar la envidia de las otras señoras y poder recibir el agradecimiento de los canónigos. En cambio para Concha, aceptar el encargo que quiere hacerle doña María de la Concepción de bordar ese velo y recibir el pago que significa, concretaría sus ilusiones, tan diferentes, de pagar el alquiler, de asegurar un porvenir para su hermanita, y para ella misma resultaría una posible alternativa a lo que se plantea como la ‘pérdida de la virtud’. Como, finalmente, el velo no llega a hacerse, ninguna de estas ilusiones se hace realidad; doña María de la Concepción, en lugar de recibir el respeto de su comunidad religiosa, es invadida por el arrepentimiento, y Concha entrega a su hermanita al cuidado de su madrina, mientras ella tomaría el camino que la llevará a ‘perder la virtud’.

A propósito del nombre, es interesante notar que las tres mujeres involucradas tienen el mismo nombre con las modificaciones de virgen y doña Concepción, y el respectivo apócope familiar y más popular de Concha. Como si el nombre, la palabra que sirve para identificarlas, fuera algo semejante al velo: una forma que, en cada caso, vela distintas significaciones a partir de las necesidades y los deseos de cada uno de estos personajes sujetos a carencias. Pero la dinámica de concebir ilusiones y luego perderlas resulta, en la escritura de Zamudio, siempre un modo de quitarle el velo a la realidad.

En el artículo “Por una enferma”, el velo está relacionado también con una actitud de trabajo que implica salud, salvación; pero está rodeado de todo el horror que la escritora quiere develar ante la sociedad cochabambina en relación con la mujer insana que sufre el encierro y el confinamiento totales:

Nada más horripilante que el presente que hizo a una hermana suya que consiguió hace poco despedirse de ella al ausentarse del país.

Muchas personas lo han visto. Los dedos, estremecidos, se niegan a tocarlo.

¿Qué es? Un velo. Un finísimo velo de color sombrío. ¿Es que después del acto de su ingreso, le permitieron guardar las pesadas y sedosas trenzas de su cabellera de un rubio oscuro? ¿Es que en los catorce años de rebeldía su cabellera ha crecido extraordinariamente?

De un modo u otro, la verdad es que la noche tormentosa de su neurosis tuvo por fin un triste amanecer; que el instinto de conservación reaccionó en ella y que, por largo tiempo, se refugió en el trabajo. Arrancando una por una las hebras de su cabellera ha tejido un velo (en Ocampo, 1977:98-99). El velo es, en este caso, el grito de dolor de la mujer que lo bordó, es la expresión que revela esa situación, al mismo tiempo que permite levantar una serie de preguntas al respecto, es decir, deja ver algo al trasluz, los indicios, pero no todo lo que hay que saber. Aquí sí el objeto tiene existencia, pero está impreso de las vivencias que la escritura trata de develar, de reconstruir. Es el lugar, el objeto, donde se puede leer lo sufrido por una mujer sobre la que han recaído las injusticias o errores de la sociedad. Entonces, el velo aquí también supera en mucho el uso corriente del objeto, dice y hace más que el cubrirse la cabeza en señal de respeto para entrar a la Iglesia.

En ambos textos el velo es el producto de las manos de una mujer y expresa algo muy íntimo de sus vivencias. Está involucrado con el trabajo de las mujeres, pero también con su expresión, es un objeto que revela ese interior que esta escritura quiere alumbrar, o bien es algo equivalente a esta escritura. El velo proyecta a la mujer en sus dos facetas: la que muestra y la que oculta, es la metáfora más elocuente de la escritura de Zamudio, porque va más allá de lo femenino, es una característica de “la historia humana”, como se puede ver en “Baile de máscaras”:

En el baile del mundo nuestra alegría es traje deslumbrante de fantasía, La incógnita tristeza reprimimos.

Y cuando entre las turbas enmascaradas publica su contento con carcajadas, un dolor en el alma el hombre siente que le desmiente (Zamudio, 1965:114)

Así la historia humana es “teatro que nunca cierra” y que oculta el dolor, o es “este sainete humano/ que danza sobre el fétido pantano”, en “Peregrinando” (Zamudio, 1965:7-10), donde podemos ver que, en realidad, no se trata de una dualidad mecánica entre el ser y el parecer, sino de un recorrido por la vida que se inicia con la ilusión de ser feliz, motor de la vida, pero que poco a poco tiene que enfrentar el desencanto y que sólo halla solución en la muerte, ya que irremediablemente desemboca en ella. Toda alegría es en verdad una ilusión que vela, que esconde el dolor que significa vivir. Pero también en el revés de la ilusión se puede encontrar la verdadera esperanza, y es la imagen de la violeta la que traducirá este rasgo optimista:

Así, cuando perecen en la vida, deshojadas en flor, las ilusiones, cayendo sobre el alma dolorida el hielo de las duras reflexiones

Como se abriga en el desierto prado esa flor, sin el sol de primavera, aún en el corazón más desolado se abriga una esperanza postrimera (Zamudio, 1965:101).

Aun si esa esperanza está en la muerte, como aparece en “Peregrinando”, vemos que no se trata sino de la inexorable ruta del alma, como lo expresan las reflexiones sobre el suicida:

¡Pobre loco! Pensaste en tus quimeras que, apagando la luz de tu pupila te lanzabas al fondo del abismo para dormir en lobreguez tranquila.

¿Dónde está el fondo de ese abismo, dónde? ¿quién el confín del infinito alcanza? ¡mentira! El alma sigue su destino por la ruta inmortal de la esperanza

(Zamudio, 1965:97).

Y es precisamente la esperanza la que permite ir más allá del dolor para hallar aquello que será el principio que rige tanto la vida de Zamudio como su escritura y su labor educativa. Es decir, una absoluta creencia de que en el interior de todos los seres humanos existe una tendencia a la verdad, que todas las conciencias pueden escuchar el mismo llamado.

Allá, en la intimidad de las conciencias donde hay siempre más penas que dolor, ¿quién no abriga un instinto generoso que tiende a la verdad? (Zamudio, 1965:91)

Sin embargo, esta poesía oscila entre la esperanza y la duda, pues admite que la conciencia puede ser engañosa, sobre todo cuando se enfrenta a esas creencias que reducen la vida a dos extremos, el del bien y el del mal:

me arrodillé a los pies de la Religión y confesé sinceramente mis pequeñas culpas, mas no aquella, que, a fuerza de sofismas, se había convertido a mis ojos, en una acción laudable

(Zamudio, 1965:111).

Así, con un toque de ironía, aparece la crítica a aquella manera de pensar la conciencia con relación a ese Otro (con mayúscula) y no como un mirarse a sí misma, sin la imposición de dualidades peligrosas. No hay aquí ninguna ingenuidad al respecto, el tema es el planteamiento de la conciencia como ese lugar de la intimidad, de la persona confrontada consigo misma, y es ahí donde radica el problema o el espacio conflictivo que pretende indagar esta escritura.

Sin embargo, las ilusiones, además de ocultar o de velar el dolor que parece compartir con la conciencia, ese íntimo lugar, también ocultan y auspician el ensueño, aunque sólo sea “en la edad feliz de la esperanza”:

Y entonces, en el fondo de mi mente, de la ilusión tras el movible velo, surgía entre misterios y esplendores el encantado Edén de mis ensueños

(Zamudio, 1965:15).

Pero esta escritura no está solamente hecha con la conciencia del dolor, sino que es activada por una confianza que rige todo lo que hay en ella: es la confianza en el lenguaje, que le da la fuerza de querer actuar con la palabra, de ir más allá de la superficie o del velo que impone la sociedad. Confianza en la palabra poética, como en el caso de “Quo Vadis” o de “Nacer hombre” pero también en la más cotidiana y prosaica que actúa en la prensa, como en “Por una enferma”. Esta confianza la lleva a obrar, a realizar el acto poético expresado así: “Yo no puedo, no puedo/ponerme la careta del engaño” (Zamudio, 1965:8). Pues es el poeta, el escritor, el que descubre, el que indaga en el interior de las conciencias humanas:

Buzo audaz que ha probado los embates Del oleaje social, el escritor Sabe hallar esa perla de las almas, Escondida en la concha del dolor

(Zamudio, 1965:91).

El lenguaje es el que puede rasgar el velo, para ver o mostrar más allá, es como el oro que con su peso –en el sueño de Doña María de la Concepción, de “El velo de la Purísima”– rasga el velo, revelando algo de lo que ella no quiere saber y que precisamente el velo le serviría para ocultar: “...Un sueño en que todas las ideas del día anterior se habían enredado y confundido. Concha triste, desalentada, enferma, el velo de la Purísima rasgado por el peso del oro...” (Zamudio, 1979:102).

Y por eso también, la escritora le pide al poeta que siga con la tarea de ese descubrimiento, de ese develamiento

¡Oh, bardo del dolor! Llegas a tiempo

Pulsa el laúd, alza la voz profética;

De las grandezas de la edad presente

Muestra la falsedad y la miseria...

...

También tú, tributario de este siglo,

Tienes el alma y la conciencia enfermas,

¡poeta del dolor! Llegas a tiempo

Cantor de la verdad, ¡pulsa esa cuerda!

(Zamudio, 1965:15)

Y finalmente, para cerrar el círculo, vemos cómo el trabajo de la bordadora del velo –ese punto medio, esa valla entre la ilusión y el dolor, entre lo que se muestra y lo que se esconde, que sirve para cubrir pero también para, de alguna manera, expresar–, trabajo propiamente femenino de bordar y coser, está asociado a la escritura. En el segundo episodio de “Días aciagos”, la narradora esta cosiendo y sufre las constantes interrupciones de las visitas que la buscan a ella o a su vecino, pero que no le dejan terminar el vestido que se ha propuesto regalar a una amiga, y de repente recuerda:

-¡Dios mío! Para colmo de angustias me acuerdo de que es viernes y que tengo que escribir una carta urgentísima. ¿La dejaré para el otro correo? ¡Imposible! Van dos semanas que difiero su respuesta...

-Dejo la aguja y me dispongo a escribir

(Zamudio, 1979:188).

La historia de las interrupciones prosigue sobre esta continuidad que se establece entre el trabajo con la aguja y la escritura, que no podemos dejar de marcar, pues a lo largo de toda la obra de Zamudio es constante la imagen de mujeres que están cosiendo o bordando; y alrededor de esa actividad van aflorando los secretos de la intimidad —como ocurre, por ejemplo, en el poema narrativo “Loca de hierro”— de manera semejante a lo que ocurre con esta escritura. Y las interrupciones que hacen aciago a este día son las de la vida corriente que, a tiempo de alimentar la escritura, la cortan:

Tal es mi desazón y aturdimiento que a tiempo de terminar mi carta le he puesto un borrón. La dejo para borrador y saco copia, pero en este momento se oye un gran tropel de caballos en el patio

(Zamudio, 1979:192).

Así, el coser, el bordar, pero también el escribir, son actividades de reconcentración, que alejan del bullicio cotidiano y que auspician el ensueño y el encuentro con la intimidad, no en vano se trata, en este texto, de la escritura de una carta. El producto puede ser un vestido, un velo o una carta, objetos estos que siempre dicen o expresan algo de quien los hizo, pero asimismo encubren o esconden el interior o las entrañas. El juego de las cartas es muy explícito en la novela Íntimas, construida sobre la base de cartas entre dos amigos y cartas entre dos amigas, pero, a la postre, son las cartas de las mujeres las que descubren toda la intriga que ha expuesto y lastimado la intimidad de Evangelina Paz. Pero de este texto no me ocuparé aquí.

Ahora bien, a partir de esta lógica del velo que al correrse muestra algo, pero que en sí mismo oculta, la escritura de Zamudio, en su continuo develar, también oculta algo que quizás está relacionado con su propia interioridad o con su propio cuerpo, algo que permanece mudo detrás de la escritura, y que esa Ley Moral que la rige también ayuda a cubrir. Así en su escritura está también cifrado, de alguna manera, ese gesto de silencio con el que Adela recibe el homenaje de los intelectuales y la corona de manos del Presidente.

 

Notas

1 Ver “Interesantes detalles de la coronación de la poetisa señorita Adela Zamudio”. Además: Molins (s.f.).

2 Ver “La moral católica y la educación de la infancia… Las tontas salidas de La Capital”.

3 Ver “El Tiempo con Adela Zamudio. Carta intervieu con la distinguida poetisa boliviana”.

4 Ver “La colectividad cochabambina celebra con gran júbilo la inauguración del monumento a las heroínas de la colina de San Sebastián y la coronación de Adela Zamudio”.

5 Ver “Invitación al pueblo de Cochabamba”.

6 El énfasis es mío.

7 Ver “La colectividad cochabambina…”.

8 Bedregal (1928) escribe, a la muerte de la poetisa: “Bedregal, el del ASNO- le había dicho mi compañero al presentarme y ella sonreía rememorando gentilmente los asnales alejandrinos a que aludía Céspedes; y, entre jovialidades amables y ruidosas, inicié mi primera y última conversación con la talentosa y dulce poetisa cochabambina”.

9 Ver “La colectividad cochabambina...”.

10 Ver “Del Ministro de Instrucción, Dr. T. Monje Gutierrez”.

11 Ver “Por una enferma” (El Heraldo, Cochabamba, agosto de 1914). Fue reproducido casi en su totalidad por Guzmán (1986:129-133), y posteriormente en Ocampo (1977).

 

Referencias bibliográficas

1. Bedregal, Juan Francisco. “Adela Zamudio”, El Republicano, 30 de junio de 1928.

2. Gotskowitz, Laura. 2000. “Commemorating the Heroinas”. En: Hidden histories of gender and the state in Latin America. Durham-London: Duke University.

3. Guzmán, Augusto. Adela Zamudio. (1955) 1986. La Paz: Editorial Juventud.        [ Links ]

4. Molins, W. Jaime. s.f. “La primera coronación de una mujer intelectual en la América del Sur” (Nota periodística del archivo de la familia Torrico Arias).

5. Ocampo Moscoso, Eduardo. 1977. Adela Zamudio, poetisa, educadora, polemista. Cochabamba: Honorable Alcaldía Municipal.        [ Links ]

6. Otero, Gustavo Adolfo. “Vida y obra de Adela Zamudio”. Los Tiempos, Cochabamba, 14 de octubre de 1953.

7. Paz Soldán, Alba María. 2003. “Memoria, imagen y ciudad en Juan de la Rosa de Nataniel Aguirre”. En: Hacia una historia crítica de la literatura en Bolivia. Tomo II, La Paz, PIEB, 127-128.

8. Portugal Tarifa, Gonzalo. 1999. “Adela Zamudio: encuentro por ausencia”. En: Ana Rebeca Prada, Virginia Ayllón y Pilar Contreras (eds). Diálogos sobre escritura y mujeres. Memoria. La Paz: Editorial Sierpe.

9. Prada, Ana Rebeca, Virginia Ayllón y Pilar Contreras (eds). 1999. Diálogos sobre escritura y mujeres. Memoria. La Paz: Editorial Sierpe.

10. Soria Galvarro, Carlos. 1990. “Adela Zamudio: escribir a impulsos del dolor y de la lucha”. Última Hora, La Paz, 17 de enero de 1990.

11. Taborga de Villarroel, Gabriela. 1981. La verdadera Adela Zamudio. Cochabamba: Editorial Canelas.

12. Zamudio, Adela. 1965. Poesías. Cochabamba: Editorial Canelas.

13. Zamudio, Adela. 1887. Ensayos poéticos.

14. Zamudio, Adela. 1914. Ráfagas.

15. Zamudio, Adela. 1999. Íntimas. La Paz: Editorial Plural.

16. Zamudio, Adela. [1942] 1979. Novelas cortas. La Paz: Editorial Juventud.

 

Artículos de prensa

17. “Interesantes detalles de la coronación de la poetisa señorita Adela Zamudio”, La Razón, Oruro, 150 marzo 1926

18. “La moral católica y la educación de la infancia. Ataques clericales a Adela Zamudio. Las tontas salidas de La Capital”, La Mañana, Sucre, 30 de septiembre de 1913.

19. “El Tiempo con Adela Zamudio. Carta intervieu con la distinguida poetisa boliviana”. El Tiempo, La Paz, 16 de agosto de 1915.

20. “La colectividad cochabambina celebra con gran júbilo la inauguración del monumento a las heroínas de la colina de San Sebastián y la coronación de Adela Zamudio”, La Nación, Oruro, 27 de mayo de 1926.

21. “Invitación al pueblo de Cochabamba”, El Comercio, Cochabamba. 2 de junio de 1926.

22. “Del Ministro de Instrucción, Dr. T. Monje Gutierrez”, El republicano, Cochabamba, 28 de Mayo de 1928.

 

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