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Revista Ciencia y Cultura
versión impresa ISSN 2077-3323
Rev Cien Cult n.9 La Paz jul. 2001
Entrevista a Fernando Medina Ferrada

Durante la investigación denominada Hacia una Historia Crítica de la Literatura en Bolivia, se sostuvo una serie de entrevistas con escritores que considerábamos podían plantearnos un panorama inicial de escritores, momentos, obras y regiones literarias fundamentales. Las conversaciones giraron en torno a temas regionales, a las obras y vidas de los entrevistados y, sobre todo, a tratar de extraer información respecto a los "territorios literarios" que debíamos indagar, amén de improvisaciones y digresiones propias de cualquier conversatorio. Publicamos aquí extractos de algunas de estas entrevistas.
En un viaje a Caracas, Blanca Wiethüchter y Alberto Villalpando tuvieron la oportunidad de conocer a Fernando Medina Ferrada y realizaron esta entrevista que consideramos importante, pues revela la palabra de un escritor y de una obra no suficentemente conocidos en nuestro país, aunque ha obtenido el Premio Casa de las Américas por su novela Los muertos están cada día más indóciles en 1972. La conversación también aporta detalles interesantes sobre la experiencia de este autor como escritor y teatrista en la Bolivia de los años 40 y 50.
Blanca Wiethüchter
Alberto Villalpando
Caracas, agosto 28 de 1999
B.W. ¿Y dónde escribió la novela, aquí o en La Paz?
F.M. ¿Cuál novela?
B.W. Los muertos están cada día más indóciles.
F.M. La empecé a escribir más o menos en el año 66, 68 por ahí, unos cuatro años de trabajo. Simplemente yo lo consideraba como un documento, más que como una cosa literaria estética, una especie de documento histórico de una etapa en Bolivia, es decir, no podía aspirar a más, yo no soy un literato, soy un tipo que vivió ciertas circunstancias y las escribe. ¿Me entiende? No podía aspirar, simplemente lo que yo buscaba era alguien que me publique eso y tenía el libro bajo el brazo; entonces le doy a leer el libro a un amigo, a un dramaturgo, muy valioso aquí en Caracas y el tipo entusiasmado, a las seis horas de que le doy el libro, a eso de las dos, tres de la mañana me llama y me dice Acabo de leer el libro, Fernando, y te sugiero una cosa, mándalo a Casa de las Américas, mañana o pasado se cierra el plazo. Él mismo me ayudó a buscar a un señor, un amigo, que viajaba al día siguiente a la Habana, nadie mejor pues, porque ya por correo era imposible; entonces le entregamos el libro con la seguridad de que cuando se cerraba el concurso, llegaba el libro.
B.W. Y así fue.
F.M. Los nervios de este amigo y de otros venezolanos, esperando el resultado del jurado, esperando saber quién iba a salir premiado. Mira, esa noche nos pegamos la gran farra, algunos de esos muchachos me dicen Ni te conocíamos, solamente por él, pero nos emocionó tanto que tu estuvieras en Venezuela. Y otro tipo a las seis de la mañana me dice Fernando acabo de leer el periódico y me leyó el articulito de prensa. Entonces la gran sorpresa. Anuncian que había ganado mi novela. ¡Sorpresa! la gran sorpresa, además entre sesenta y no sé cuantos.
B.W. Entonces retrocederemos pues, usted ha nacido en La Paz.
F.M. Sí, ¿usted?
B.W. Perdón, has nacido en La Paz, en...
F.M. En 1924, el 19 de septiembre.
B.W. ¿Virgo entonces?
F.M. Virgo, Virgo, a Dios gracias.
B.W. ¿Entonces tenemos algo en común?
F.M. ¿Ah, tú también?
B.W. Cuéntanos algo de tu infancia, de tus...
F.M. Mira, soy el producto de un matrimonio que en Bolivia es histórico, pues el divorcio de mis padres fue el primer divorcio que se dictó, la primera sentencia de divorcio que se dictó en Bolivia, no sé que año sería, pero mi madre contaba eso como una anécdota, en todo caso está en los libros asentado. Bueno, somos dos hermanos, una hermana que hace más de cuarenta años vive en Estados Unidos, ya casi no sé nada de ella, hemos dejado de comunicarnos hace mucho tiempo. Bueno, pasé la infancia en Bolivia con mi abuela que tenía una chacra en Miraflores, en un lugar que no me acuerdo que se llama, estaba muy cerca al río.
B.W. En El Guindal posiblemente.
F.M. No, no me acuerdo, pero tiene otro nombre. Está a unas tres cuadras de la avenida, hacia adentro, y en esa época no habían edificaciones, eran casitas así más o menos. Y esta casa, esta chacra, era una chacra realmente con una casa de unas: una, dos, tres, cuatro, cinco, cinco habitaciones de dos pisos y era de mi abuela. Donde puede vivir mejor que en esa chacra un muchachito. ¿Con su abuela no? Mi abuela fue la que me crió, y mi abuela ya para esa época era muy anciana y me hizo autosuficiente, desde encender el carbón, hacer pasar café, cuándo se pone las papas a la olla, todo eso, autosuficiente. Lavar, todo eso. Abandonados, una viejita abandonada por sus hijos, con su nieto. Mi hermana con mi madre en la calle Colón, en una casa ahí. Ir al colegio, ¡qué va! No sé cómo un día se les ocurrió que tenía que ir y me metieron primero a un colegio; Americano, creo que se llamaba.
B.W. Claro, el Instituto Americano.
F.M. Instituto Americano, del Prado, por ahí arriba, pero semi interno, y yo no soporté, estuve como tres o cuatro meses aguantando eso y me escapé y no fui más y volví donde mi abuela, porque era mi madre la empeñada en que estudiara, mi padre no. Me arranqué y desaparecí, mi madre buscándome, etcétera. ¿Dónde está? Y un día me encontraron, estaba otra vez con mi abuela. Otro esfuerzo más, me pusieron en el San Calixto porque cerca vivía una tía, etcétera y bueno, era imposible meterme en un aula.

¿Qué hacemos con este tipo? Yo tendría, no sé, ocho, nueve años y mi abuela sí me había enseñado a leer, porque me leía cuentos. La Biblia me la leía como si fuera una novela y llorábamos los dos todo aquel vía crucis, mi abuela empezaba a llorar y yo lloraba con ella, me acuerdo mucho. Pero como me forzaban a ir al colegio, llegué a ser un vagabundo, pues simplemente me escapaba de la casa, ni con mi abuela, ni con nadie, vagabundeando en las calles, no sé dónde dormía, no sé dónde comía, pero me perdía temporadas largas, hasta que finalmente me encontraban. Un día deciden este tipo es un problema, no hay colegio que lo aguante, ni que él aguante y decidieron mandarme a Chile para dejarme interno en un colegio de la Fundación Santa María, un colegio de curas, de estos Salesianos.
B.W. ¿En Santiago?
F.M. No, en Valparaíso. Daban clases estas normales de estudio, y hacíamos trabajos técnicos, carpintería, zapatería, etcétera, alternando. A mí me gustaba mucho la mecánica y la carpintería, entonces alternaba eso, pero tampoco aguanté, creo que a los seis meses me arranqué, me escapé.
B.W. ¿Y dónde fue?
F.M. Ahí, me quedé en Santiago, es decir, de ahí me fuí a Santiago, no sé cómo viví tres años, tenía 11, 12 años. Bueno, lavaba autos. En El laberinto, he mezclado algo de esa aventura. Yo tenía un tío, hermano de mi padre, que por no ir a la Guerra del Chaco se había ido a Chile y se quedó a vivir allí. Yo tenía la imagen de un príncipe de la aventura, era una persona muy simpática, muy especial, por fotografías. Un día estaba trabajando en una farmacia como repartidor, me acuerdo, la farmacia estaba frente a la Universidad Católica, frente al cerro Santa Lucía y estaba llegando con mi bicicleta y veo a un señor ahí parado que me parece cara conocida, una persona que más o menos me parecía que era él, entonces yo le dije ¡Héctor, Héctor! - a ver cómo reaccionaba. Y el tipo vuelve, me mira ¡Fernando!. El tipo ya tenía noticias de que yo me había arrancado o sea que andaba atento. Ven sobrino querido me dice, me da besos y abrazos. Yo vivo aquí cerca, vamos caminando. Le digo No, tengo que entregar esto. No, no importa, nos vamos. Bueno, entregué la bicicleta etcétera y me voy con él. El tipo me traicionó, avisó a mi casa, pero para entonces yo ya había pasado tres años sólo. Lavaba autos, me hice amigo de los mozos, de los porteros de las boites. Allí me distraía oyendo la música, viendo a la gente que entraba y salía, se divertía, etcétera. En una de estas boites, que estaba en la Plaza de Armas justamente, en un sótano, un día se fue el que atendía el toilette y me dice aquí puedes empezar a trabajar Todos me consiguieron el uniforme, un cepillo etcétera se portaron una maravilla. Yo tenía 12 ó 13 años entonces y vivía igual que un adulto, íbamos a los prostíbulos, nos emborrachábamos, etcétera. Así.
B.W. Qué historia.
F.M. Qué historia ¿no? ¿Estudiar? ¡qué va! ¿Qué edad tendría entonces? 17 años ya.
B.W. Y vuelve a La Paz.
F.M. Vuelvo a La Paz. ¿Qué hacer? estudiar, ¿qué voy a estudiar? Mi mamá era muy hábil, tuvo una educación muy especial, sabía bordar, sabía tocar el piano, sabía tejer, pintaba cosas muy bellas, era una persona de mucha sensibilidad y descubrió que podía ser una buena modista y puso un taller de modas, no sé quién le aconsejó, alguien para quién le hizo un vestido le dijo pero tu puedes ser modista. Entonces se hizo modista, puso un taller de modas y me enseñó a coser, a hilvanar, etcétera Yo pasaba ahí, a esa edad, ayudando a mi madre en esas cosas sencillas y todo el día escuchando radio El Mundo de Buenos Aires, Radio Belgrano, ¿qué programas? Radio Teatro. Eso era, yo conocía los horarios de cada novela que comenzaba más o menos a las cuatro de la tarde hasta las once de la noche, día tras día oyendo eso. Cuando un día descubro que ahí en La Paz, también se estaba haciendo radioteatro, que había un señor Peñaranda, Celso Peñaranda, que las hacía. Y una noche voy a un sucucho con un microfonito así, con alambritos, una cosa más triste, y veo al grupo, frente al micrófono haciendo el radioteatro. Eso me fue trabajando, me gustaba toda esa cosa de la locución. Un día, no sé cómo llegué a ser locutor en radio Illimani, ahí me inicié y tenía un programa especial, así que hacía mis libretos, cartas de amor, tenía otro que se hizo famoso: Una pausa para la meditación y el recuerdo.
Era a las 10 de la noche, con mi vozarrón, "escucha amiga". Era un diálogo. Entonces cuando aquello empezó llegaban telefonazos y cartitas, era de lo más cómico.
B.W. Pero emocionante también.
F.M. Bueno, ahora que lo recuerdo. Entonces yo me sentía un rey, te estoy hablando de los años cuarenta y pico. Me reconocían, a esa edad, regalado. Por ahí un día dije, bueno, voy a ir a una escuela de teatro. Averiguo y me dicen Sí, hay una escuela de teatro, la dirige Carlos Cervantes. Voy, me inscribo, él era entonces un actor ya de mucha trayectoria, había viajado por toda América Latina con esas compañías de entonces pero él había formado incluso parte de compañías españolas que llegaban, él se metía adentro y viajaba.
B.W. ¿Él era boliviano?
A.V. Claro, claro.
F.M. Sí, uno de los pioneros del Teatro en Bolivia.
A.V. Muchos años fue director del Teatro Municipal.
F.M. Entonces, resulta, que este señor me estaba enseñando teatro, bueno, ¿a qué se reducía eso? Un poeta, Diez de Medina, era nuestro profesor de literatura.
B.W. ¿Cuál, Fernando?
F.M. No, no era Fernando, un hermano de él, pero tan mediocre como Fernando o más todavía. Nos hacía recitar poesías, pero declamar, y Carlos Cervantes que era el actor de teatro concreto, nos hacía montar estas piecitas cortas cómicas, sainetes. Ahora mandan las mujeres fue mi debut.
A.V. ¡Ah!, Claro, famosa.
F.M. Ensayábamos, dos tres meses, se presentaba ahí, en los colegios, etcétera. Nos sentíamos actores y así fue. Entonces me retiré un año, de eso, monté mi propio grupo, pero de radioteatro en radio Illimani. ¿Cómo aprendí literatura? resulta que yo había oído grandes programas de radioteatro por radio El mundo especialmente. El Conde de Monte Cristo, Cumbres Borrascosas, Sangre y Arena, La Casa del Odio, no sé qué tantos y así, grandes novelas que yo las escuchaba con tanta atención que comprábamos libros y yo hacía mis propias adaptaciones. Entonces presentábamos Cumbres Borrascosas, versión libre de Fernando Medina Terrado, dirección Fernando Medina Terrazas, actuación, Fernando Medina. Yo era todo, el hombre orquesta. Bueno, eso duró bastante tiempo, como cinco o seis años de trabajo, así. Entonces dije voy a hacer teatro y formé un pequeño grupo, quise hacer una escuela de teatro experimental y conseguí el apoyo del Ministerio de Educación, me pagaban a mí y a nadie más, ni un centavo para nada, todo lo teníamos que hacer con papel periódico, conseguir los muebles prestados etcétera cuando hacíamos montajes. Esos montajes los hacíamos lógicamente en el Teatro Municipal o en algún liceo donde había un pequeño escenario y así me fui entrenando. Después este Carlos Cervantes que había sido mi profesor, hizo una compañía nacional de teatro y entré a trabajar con él, ya como actor profesional digamos. Bueno ahí tuve relaciones con toda la gente de teatro, aquellos que hablábamos de Tupiza, Borda, etcétera toda esa gente.
B.W. ¿Y a Jaime Saénz cómo lo conoció?
F.M. Bueno, entre eso, Jaime Sáenz ya hacía diez años que era compañero de borracheras. Teníamos una especie de "grupito". Eramos Jaime Sáenz, Sergio Suárez, Oscar Alandia Pantoja, un muchacho de Tarija, poeta...
A.V. ¿Édgar Ávila? o ¿más bien Antonio Ávila Jiménez?
F.M. Édgar Ávila, el otro pintor, ¿cómo se llama?, que vino aquí.
B.W. Enrique.
F.M. Enrique Arnal, quién más.
B.W. ¿Y el Toqui Borda estaba ahí?
F.M. No, no el Toqui era mayor que nosotros, mucho mayor que nosotros, era nuestro amigo pero de borracheras, él ya estaba alcohólico, total, pero era nuestro amigo, era compañero.
B.W. ¿Y era regio tipo?
F.M. Era, bueno lo que es un borracho artista, que mientras está iluminado es un iluminado de Dios, es un ángel pero en cuanto pasa la hora, tú no sabes qué va a pasar; te desconoce, te manda al demonio, se pone insoportable, hace escándalos, etcétera. Pero ves, éramos, en ese medio, en ese contexto, éramos ese grupo. Si uno conseguía trabajo, era el que se ocupaba del resto del grupo y la pandillita, los tres mosqueteros, el perro era el cuarto...
B.W. ¿Y donde chupaban?
F.M. En cualquier cantina, empezando en la Yungas, hasta la Tumusla, hasta la Buenos Aires.

B.W. Hasta ahí arriba.
F.M. Justamente, hoy terminé un capítulo que no sé si va a ir, tu dirás si va o no va, que yo le puse Canción de la tierra, que fue una especie de despedida con Jaime, fue cuando yo ni sospechaba que iba a salir de Bolivia, ni sospechaba, de tantas borracheras. Esa noche nos pegamos una farra horrorosa, que a mí, hubo un momento que me dio miedo, me asusté porque veía a lo que podía llegar Jaime, a la locura total, la transgresión total de todo, me asustó, no sé si percibe eso, y terminamos en una placita frente a la Universidad, sentados en un banco al amanecer, todavía con los humos del alcohol, habíamos bebido pero así como locos, habíamos robado unas escobas del mercado Camacho, a él ya le gustaba mucho la cocaína, entonces asaltamos la asistencia pública buscando cocaína, agarraba los frascos, habían puras aspirinas, qué iba a encontrar cocaína ahí; fue una locura, realmente esa fue la despedida, a los, no sé, veinte días; porque Jaime no era de los permanentes, se perdía un mes, dos meses, dejábamos de verlo y de pronto aparecía en las situaciones más inverosímiles, se venía por ejemplo con un perramos que le llegaba hasta aquí, que se veía, esto del pantalón, los zapatos, debajo no había nada, era un pantalón cortado prendido así, había vendido su pantalón. No había caso de comprarle zapatos, al día siguiente amanecía sin zapatos, con hojotas, tenía en su cuarto un famoso saco del aparapita que él...
B.W. Lo he conocido.
F.M. Era así, él cambiaba su ropa por eso y una botella de pisco. Pero era un ángel, era un ángel de simpatía, de lealtad, un tipo realmente hermoso. Eramos un grupo con Sergio Suárez Figueroa también. Y yo tuve la suerte, no sé qué casualidad se dio, que cuando yo salí exiliado a la Argentina, cuando cayó Villarroel, Sergio me dice Andá a visitar a mis padres y me da la dirección. En Buenos Aires fui a su casa, conocí a sus padres. Bueno me sorprendió horriblemente, es decir, cómo aquel tipo que era mi amigo venía de allí. Era un lugar, un barrio por las afueras de Buenos Aires, que se llama Río Cuarto, que está casi a orillas del río de la Plata. El padre había trabajado toda su vida en una lanchita llevando carga, maletas, etcétera de los barcos, esa era su profesión. La casita era una casita de zinc, es decir, ¡una miseria! en los suburbios, suburbios olvidados de Buenos Aires. Comprobé entonces realmente, lo que Sergio nos había dicho que su infancia había sido vender periódicos, ser lustrabotas, etcétera.
B.W. ¿Y él escribía teatro no? Yo vi La Peste Negra.
F.M. Exacto, sí.
B.W. ¿La pusiste tú alguna vez?
F.M. No, tú sabes que en esa época yo estaba con otros montajes, estaba montando una cosa de Gogol creo que era. El Inspector o algo así. Pero ya había leído las cosas que él escribió y estaba viendo la forma de trabajar en ellas pero resulta que ¿cuál es mi gran sorpresa? Que veinte, treinta años después, veo que Sergio Suárez es un anticipado del teatro del absurdo. Imagínate tú, la única cosa dramática, más o menos desde un punto de vista digamos tradicional de teatro, era algo que tenía que ver con uno que había sido secretario de Villarroel. Villarroel hablaba con el diablo, con este diablo que lo tenía ahí en su salón. Luto en el Palacio se llamaba, era una obra en tres actos, un drama increíble con unas figuras negras, con unas mantillas negras, una especie de fantasmas que rodeaban cuando Villarroel se ponía a hablar con la máscara hermosa. Y otra que se llamaba La Azotea que son unos adolescentes que se reúnen en una azotea, y hay uno que hace cosas de magia, cosas hermosas y treinta años después me sale un francés inventando eso ¿no? Extraordinario. También llegaba con poemas para que yo le corrija, le saqué las comas, le ponía comas, etcétera.
B.W. Yo no lo conocía, tú lo conociste ¿no?
A.V. Sí, mucho.
F.M. Era una persona tan especial, de una delicadeza tan grande, una pureza de espíritu de lealtad, increíble. Ahora claro, también aun cuando no era un bebedor consuetudinario, ni era pichicatero pero tenía cosas congénitas, perdía el sentido, y eso era periódico nunca podía él saber si era ese mes o cuándo. El momento menos pensado aparecía en otro lugar. Él decía me acuerdo que estaba en la Plaza Murillo, y de pronto aparezco en Obrajes, no sé cómo he llegado ahí, ni qué día estaba en la plaza.
B.W. ¿Y eso no tenía que ver con la bebida?
F.M. No, no.
Sra. Eso es un cuadro de tipo psicológico de lo que se llama amnesia por estados, estados estructurales que no se llegan a superar, entonces se pierde en estos estados amnésicos. Fernando, en la novela, hace referencia a esto.
F.M. Es una novela, tú vas a captar rastros ahí que más o menos te van a dar si esto es así o si esto no es, simplemente doy pequeñas claves.
B.W. ¿Y cómo era la recepción esa época en La Paz?
F.M. Nada, además que éramos, tú sabes; que habían estos intelectuales del estado, del status ¿no? que después fueron ministros de educación, fueron cancilleres, fueron esto, fueron lo otro. Entonces, cuando había la oportunidad se acercaban a nosotros, nos halagaban y nosotros los extorsionábamos moralmente.
B.W. ¿Y qué hacían?
F.M. Ellos nos pagaban la bebida, la comida, y los extorsionábamos. ¿A quién vamos a dar el sablazo hoy? Eso era al abrir los ojos para ir a comer un picante y tomar una cerveza, vamos donde fulanito. Entonces teníamos una galería, hoy le toca a éste, a éste, para que no sea muy frecuente, vivíamos así. ¿Darnos un empleo? imposible, imposible o sea que vivíamos así, nos aburríamos y empezábamos a viajar, tomábamos el tren en una estación y no sabíamos dónde íbamos a bajar, pero éramos los cuatro o cinco mosqueteros, como se nos conocía, etcétera. Llegábamos a Oruro y ahí sabían quiénes éramos, que fulanito era un pintor, que fulanito era un poeta, etcétera, y nos recibían y nosotros explotábamos eso. Pero vivimos siempre en esa marginalidad, esa ha sido digamos la generación mía, el Oscar Pantoja que es hoy, el Jaime Sáenz, etcétera.
B.W. Poderoso grupo.
F.M. Pero hecho así, por marras.
B.W. ¿Y paralelamente no estaban los de Gesta Bárbara? Medinaceli...
F.M. No, nosotros éramos los desclasados, Gesta Bárbara era una élite, eran universitarios...
B.W. ¿Tú no hablabas aymará?
F.M. No, eso nos viene después porque en mi casa habían a veces mujeres de servicio que eran cholas, indias ¿no? Cocineras. Y mis padres, mi abuela hablaba con ellas en aymará. Si yo hubiera sabido, porque después, yo quise hacer teatro en aymará; la temporada que estuve con ese Teatro Nacional Popular, dentro de mi proyecto estaba hacer teatro en aymará y llevarlo al campo, pero lamenté pues no haber podido hacer eso. Bueno, ¡qué va a saber uno!
B.W. A ver cuéntame de Gesta Bárbara.
F.M. Del que fui muy, muy amigo, entrañable, fue de Medinaceli, de Gustavo, el que se suicidó.
B.W. ¿Se suicidó?
F.M. Sí, sí, se pegó un balazo. Tendría en esa época treinta años más o menos. Trabajaba en la universidad, era Director de Cultura, además de profesor de literatura. Gustavo Medinaceli, uno de los fundadores de Gesta Bárbara.
B.W. Claro, de la segunda Gesta Bárbara.
F.M. Sí, fue entrañable, entrañable, yo lo amaba, él me amaba; era la excepción dentro del resto de Gesta Bárbara, es decir, él era el único que se permitía estar con nosotros, éramos demasiado bohemios para ellos.
B.W. No, los bohemios eran ellos, ustedes eran otra cosa, por lo menos en el trabajo que estoy haciendo, estoy haciendo una diferencia, porque estos bohemios en general siempre han usado todas sus transgresiones como propaganda de sí mismos. Mientras tú, el Jaime, el Toqui Borda, Carlos Medinaceli, etcétera, no usaban su entre comillas "bohemia " para hacer comercio o para hacerse propaganda.

F.M. Sí, sí para venderse.
B.W. En cambio los gestos de Gesta Bárbara fueron generalmente, aquí estamos, somos transgresores, mírennos. Yo los he llamado, para explicarte un poco: los laris.
F.M. ¿Ah, sí? los laris.
B.W. Que son la gente marginal, medio salvaje, son marginales pero forman una especie de comunidad para hablar de la vida, para vivir, es otra cosa, no hacen propaganda de sí mismos.
F.M. No y además, este grupo, es decir, había la otra vereda donde estaban los oficiales de siempre, los pintorcitos, estos pitucos; nosotros éramos la hez de todo eso, pero me pregunto ¿dónde está cada uno de los que conocí? Los que estaban en esa acera que te digo, ¿cuál llegó a tener cierta proyección internacional? Ninguno de ellos, ninguno. En cambio los zaparrastrosos, empezando por Sergio Suárez, que aún ni siendo boliviano, se hizo boliviano. Eso, sí. Quién iba a pensar, ahora claro, desde mi perspectiva, ver la trayectoria de estos entrañables míos, aveces han sido golpes muy amargos para mí; es decir, ¡cómo! después de haber pasado todo lo que pasábamos, pero fue un anticipo a lo que después sucedió en toda América Latina con la gente de izquierda, nosotros éramos revolucionarios por esencia, no teníamos una doctrina pero estábamos contra la injusticia, así porque sí, entonces resulta que..., ¿que te estaba por decir? ¡Ah! y ver después la claudicación, después de haber pasado todo eso, venderse a los mismos contra los que tú habías empeñado tu vida ¿no? Aquí en Venezuela también me sucedió eso, gente que al llegar yo aquí -porque dije aquí voy a realizar la revolución que no pude hacer en Bolivia- estaba en la guerrilla y entonces, el primero de estos fue hasta hace poco ministro de economía, es decir, sirviendo como ministro al mismo gobierno contra el que él tomó las armas, contra el sistema contra el que él tomó las armas, pero así de frente, con metralleta en la mano, entonces verlo ahora de ministro, de un social cristiano ya moribundo, pero eso ya lo había sufrido con mis amigos de Bolivia. De pronto me llega la noticia de que a fulanito de tal lo nombraron alcalde de tal parte, a sutanito de tal, jefe no sé que, de la cultura en tal parte. Entonces he quedado solo, solo, atrincherado aquí escribiendo. Ahora viene esto de Chávez, que Chávez es una cosa seria, y mira que alrededor de Chávez, es decir, en el entorno de países, están temblando, que esto no vaya a servir de semilla, estoy seguro que va a ser así, y este tipo está demostrando que no era un bruto.
A.V. Para nada.
F.M. Que no es un bruto, no es un folklórico cantor de charango ni nada, que es inteligente y muy intuitivo e inteligente, yo lo negué desde un principio, porque para mí, militares ni en pintura como decimos. Pero está demostrando otra cosa, está inquietando a medio mundo. Cuando llegué aquí en el año 60, que los Venezolanos acababan de salir de una..., de una... ¿cómo se dice?... de Pérez Jiménez, se estaba viviendo un proceso de democratización, dije, éste es mi sitio ¿no? y resulta que al cabo de unos años viene a resultar lo que resultó Acción Democrática; los "adecos" que les dicen aquí, pero resulta que los adecos bolivianos o venezolanos, son tan adecos como los bolivianos y como los de Figueres, más allá. Eran un triunvirato, Paz Estensoro, Betancur y Figueres, un triunvirato pseudo ¿no? en lo que terminó pues aquí. Entonces para mí es como una tercera derrota y ahora mi temor es ¿tendré que vivir otra derrota más? Este señor cambiará las cosas, estoy en eso, pero por suerte ya más tranquilo, pero sigo con eso adentro. Dime tú.
B.W. ¿No has escrito teatro?
F.M. Sí, resulta que se iba a hacer la reforma agraria en Bolivia y yo trabajaba en la secretaría privada con Paz Estenssoro.
B.W. Tú eras militante.
F.M. No, no, pero resulta que esto de la radio, hacer los libretos, las relaciones me fueron llevando a eso y el entusiasmo de que se iba a hacer la revolución.
B.W. Claro, como al Jaime.
F.M. Exactamente eso, me comprometí, entonces Fellman era el secretario privado, y yo era Oficial Mayor, es decir, yo era el secretario del secretario. Un día me dice, Fernando, trabaja y haz algo que explique: Qué es la reforma agraria. Bueno, ahí en palacio de gobierno, en mi oficina, empecé con eso, porque lo que yo hacía ahí era revisar la correspondencia privada de Paz y responder para que Paz firmara, nada más, no sé, poco y me puse a hacer una obra de teatro que explicara qué es la reforma agraria.
B.W. ¡Qué desafío! ¿ah?
F.M. Y, me salió un dramón de esos así pero de telenovela y el título Bocas hambrientas, con linchamiento de campesinos y todo. Increíble, pero gustaba, tú sabes, emocionaba.
Sra. Sí, pero cómo fue que terminó, que tu agarraste y ...
F.M. Sí, resulta que, ¿que pasó?... viajé no sé a donde, estuve fuera como seis meses y un día regreso a Bolivia y encuentro en la cartelera Bocas Hambrientas de Fernando Medina, ¡ah!, la daban en cada aniversario de la reforma agraria y ahí trabajaba justamente de actor un muchacho teatrista que está aquí hace muchos años Pepe Arellano.
A.V. ¡Ah! Claro.
B.W. Sí, lo conocemos.
F.M. Él era actor y Carlos Cervantes era... no sé, gamonal, pero era la compañía de Carlos Cervantes. Bueno, voy al teatro a ver mi obra y veo que la convirtieron en un panfleto, en un panfleto tan asqueroso, tan asqueroso, con cohetes, con vivas a Paz Estensoro. Yo no hablaba ni de partido, ni de ninguna bandera, sin cohetes sin nada, era la cosa puramente humana y entonces, ¿tú sabes que hice? Entré a los camerinos a agarrar libreto que encontraba y los llevaba al patio. Hice un montón así y le prendí fuego delante de Carlos Cervantes, todos los actores ahí, los tipos ni se explicaban qué había pasado. ¿Por qué?, él es el autor decía Carlos Cervantes. Y yo le decía ¿no te da vergüenza haber hecho esto? ¿Quién te dio autorización? yo escribí esa obra pero no para hacer propaganda a un gobierno, ni Paz Estensoro, ni nadie y le prendí fuego. Fue simbólico.
B.W. ¿Y se perdió totalmente?
F.M. No sé, yo no tenía...
Sra. Sí, eso se perdió...
F.M. Alguien tendrá, olvídalo. Tres actos, drama en tres actos.
B.W. ¿Y eso fue lo único que escribiste?
F.M. Sí, lo único que hice de teatro.
B.W. ¿Cómo entraste a la novela?
F.M. Bueno, lo primero que escribí era un librito que lo había comenzado en Bolivia, que es Laberinto que era más o menos, mezclando, mi experiencia en Chile de niño y en Buenos Aires el exilio de años. Es una cosa terrible, porque el tipo termina loco comiendo sus propios excrementos; y la he revisado porque la novela como experimento, como juego novelístico se presta para mucho y a mí me salió una noveleta de 100 páginas y actualmente tiene como 250 páginas; la revisé pero quedó muy linda.
B.W. ¿Sí?
F.M. Tú vas a leer el original.
B.W. Yo voy a tratar de que se edite, vamos a estar en contacto ¿no?
F.M. ¡Ah, no! desde luego, imagínate, la necesidad que tengo yo de tener contacto con alguien que vive en Bolivia, ya te digo, yo sé de Bolivia cuando aparecen masacres o cosas así o golpes de estado, es la única vez que se sabe de Bolivia.
B.W. Claro.

F.M. Es el olvido total de ese país.
B.W. Porque no se llegó a publicar Laberinto obviamente.
F.M. Sí. No, es que yo revisé. Hice una edición revisada.
B.W. Claro, porque la primera se editó.
F.M. Te voy a dar la primera.
B.W. Ya.
F.M. Pero vas a ver ahí, la posibilidad de explotación que hay ¡es hermosa, hermosa! Esa fue la primera novela.
Sergio Suárez inició una revistita literaria, no me acuerdo cómo se llamaba, estaba pagada por el departamento de prensa de la presidencia de la República. Él trabajaba ahí como redactor y habló con no sé quién y le permitieron hacer la revistita, y claro nosotros, lógicamente, éramos los colaboradores y eso fue el principio de un cuentito y el cuentito se convirtió en una novela, ¿te das cuenta? O sea que ya lo tenía bastante tiempo bajo el brazo. Un día lo leí aquí a algunos amigos, en casa de un boliviano justamente y les gustó mucho. Para obviar problemas, no sé como, ellos la publicaron, o sea que es una edición privada, tuvo buenos comentarios que tampoco esperaba, muy buenos comentarios, se agotó, yo tengo unos cuantos y ya está.
B.W. Después de Laberinto, ¿qué vino?
F.M. Después vino esto de los muertos, sí, ya la empecé a escribir aquí más o menos en el 66, habré trabajado unos tres años más o menos, se publicó en el 72.
B.W. Después, tú me contabas que la habían reeditado aquí.
F.M. Ah, sí, sí, además de la Casa de las Américas la reeditaron y la tradujeron al checo y al italiano.
B.W. Qué regio.
F.M. Tengo ahí.
B.W. Y en La Paz apenas la conocen, hay contados que conocen esa novela. Y luego, hubo otra novela más ¿no?
F.M. No, publicada ya no, ahí se acabó.
Sra. Ahí tiene escritas, pero publicarlas... ha sido difícil.
F.M. He probado.
Sra. Tiene Moribundia que esa es la que tiene como más de diez años escribiendo y después de Moribundia escribe Rastros y Retrato y otras Intimidades que es la última.
B.W. Entonces, Moribundia, Rastros...
Sra. Él dice que es como una especie de...
B.W. Un cuarteto.
Sra. Sí, una, casi como... sería primero Los Muertos, Moribundia, Rastros, tendría Los Muertos, Moribundia, Retrato
B.W. ¡Ah!, Retrato.
Sra. Retrato y otras intimidades que es distinta. Moribundia es como una especie, para mí, de contrapunteo, o sea de situación de aquí pero que a la vez lo hace ir hacia él. Rastros es más político, Retratos es un poco lo que sucedió aquí cuando la época de las guerrillas, es decir, la consecuencia de lo que pasa con las guerrillas.
F.M. Sí, es a través de un personaje, una guerrillera chilena que vino aquí.
Sra. Y después tiene otro, que él le hizo, él mismo, hizo el libro y todo, que se llama, ¿qué? ¿qué lo llamas?
F.M. Retorno imaginario al país natal.
Sra. Y a mí me gusta porque es una cosa así como muy...
F.M. Poética.
Sra. Muy poética y a la vez como medio esotérica, porque es como un retorno imaginario a Bolivia.
B.W. ¿Y todo eso sin salir de la casa?, digo, sin publicarse, sin...
Sra. Hemos, se ha tratado, mira, he mandando a concursos, yendo a editoriales le han dicho, le han aceptado pero le han pedido que corte, que le quite cosas, sobre todo lo que no les gusta aquí, como que yo veo que no les gusta ese aspecto.
F.M. Social.
Sra. Como yo te digo, que su novela siempre tiene un trasfondo afectivo, siempre hay una situación de una pareja, pero que alrededor de esa pareja se teje todo, entonces claro, siempre aparece lo político.
F.M. Y, justamente, yo, créeme que lo he hecho inconscientemente. He puesto la parte afectiva, erótica, como una especie de anzuelo, pero para mí lo más importante es lo político, lo social, y resulta que me piden que quite lo social, lo político y deje lo erótico, pero hasta la desvergüenza de quitarle a un libro el veinte por ciento de lo que es. No, prefiero morir y que quede eso ahí. No porque sea muy...
B.W. Quisquilloso.
F.M. No, no quisquilloso, no, pero ya es el colmo de la sinvergüenzura y el rechazo general es que no está dentro de la política de la línea editorial y punto, chau.
B.W. Nosotros estamos en un proyecto editorial...
Sra. Yo creo que a él lo que le pasa es que también a nivel literario es un exiliado, un exiliado literario.
B.W. No, seguro.
Sra. También a nivel existencial, es un poco eso, porque yo le digo... -claro, yo he sido lectora de todas sus novelas- y llega un momento de fastidio con él.
F.M. Sí, satura.
Sra. En el sentido de que me saturo y de repente, después le digo, mirá, cuando las termines me las das para darles una leída, porque él lo que hace de repente es modificarlas, transformarlas. Para lo que escribe muy intimista, muy interior, una introspección. La anécdota existe pero es secundaria, no es un libro lineal que uno lee: ta, ta, ta, o sea que hay una propuesta, una resolución y ... y después, yo le decía, que en la época posterior Los Muertos..., se entró mucho con todo ese aspecto del realismo mágico, después vino la novela histórica donde yo creo que tocó lo que significó la pareja, o sea la intimidad, lo que significa el ser y el hacer una pareja y las relaciones. Y después, que es verdad, él siempre dice que lo que escribe es como un testimonio, yo le digo no, ya esto es libro, ya no son testimonios él nunca se ha querido aceptar como un literato, como escritor. Es algo como que él quiere dejar documentado, testimoniar épocas.
F.M. Eso.
Sra. Y yo le digo que ya es. Yo creo también que se ha ido aislando, su vida es aquí, como los samuros, como el samuro, porque él en la mañana se levanta a las siete y lo ves quedarse paradito, esperando que yo me vaya y que los hijos se vayan para él, entonces, empezar su forma de expurgarse, exorcizarse. Ha llegado un momento en que él ya casi vive en función de la escritura, ese es su mundo, él ha ido perdiendo ese contacto con lo externo. Entonces, de repente la gente se sorprende cuando lo ve salir, parece un fantasma que aparece y desaparece... Aunque yo digo, a mí, sus novelas me gustan, realmente me gustan.
B.W. Bueno, yo sólo leí lo de los muertos hace muchos años y me gustó mucho.
F.M. Mirá otra cosa, resulta que en los años 60, cuando yo llegué aquí, había la euforia guerrillera. Entonces me vinculé con toda la gente que participaba afectivamente o intelectualmente de la guerrilla, me identifiqué con esa gente y esa gente era el núcleo de poetas, pintores y novelistas venezolanos jóvenes que estaban o por lo menos simpatizaban con la guerrilla, con Cuba, etcétera. Fue en esa época del 60 al 70 que me vinculé con toda la flor y nata intelectual de Venezuela, pero después devinieron en lo que yo había dejado atrás en Bolivia, pasó la guerrilla y volvieron a ser lo que acababa de dejar en Bolivia. Y no voy a volver a eso, pues, entonces me distancié, lo mío siguió un proceso interior, es decir, seguí con mi revolución pero interiormente. Hace poco estuve organizando unos talleres populares de teatro en unos barrios; quise montar diez talleres en diez distintos barrios pero para lograr estabilizar los grupos de acuerdo al proyecto yo necesitaba tres semestres; resulta que al final del segundo semestre cambió la autoridad que era la alcaldía nacional, cambió el alcalde y echaron por tierra todo lo que yo ya tenía más de un semestre trabajando. Todo un proyecto importante que tenía un criterio de renovación, porque el teatro en Venezuela se ha quedado en una etapa muy elemental, desde el punto de vista técnico y conceptual, aquí se sigue haciendo teatro, todo el teatro y el mejor teatro que se hace aquí es como el teatro que se hacía en Europa en el siglo pasado, esas famosas compañías españolas, etcétera artesanal, sin ninguna base técnica, teórica, conceptual, etcétera Y yo quería renovar eso y todavía ese proyecto lo tengo pendiente ahí, esperando que las cosas se tranquilicen un poco para llevar ese material y ofrecerlo. Resulta que di un taller en la Universidad Católica, entonces un día trabajando con los muchachos, no teníamos material teatral y se me ocurrió llevar fragmentos de mis novelas, más o menos hice una pequeña selección y les aclaré a los muchachos miren, esto es literario pero vamos a ver si es posible su transposición al teatro fue un éxito, claro fue interno, no se hizo público pero fue como un experimento de laboratorio. Entonces ya aquí en la casa, después del taller ese, se me ocurrió hacer una selección de material y en base a eso hacer un libreto pero ligado a una aplicación teórica, técnica de ese material, es decir también hacer una guía, para montar esto y me basé en una ampliación y profundización de algo que Stanivslavsky llamó el método de las acciones físicas que es como un último trabajo que hizo.















