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Revista Integra Educativa

versión On-line ISSN 1997-4043

Rev. de Inv. Educ. v.6 n.3 La paz dic. 2013

 

EDUCACIÓN CIUDADANÍA AMBIENTAL

 

La crítica ecosocialista al capitalismo1

 

The eco-socialist critique of capitalism

 

 

Jorge Riechmann
Profesor titular de filosofía moral
Universidad Autónoma de Madrid (UAM)
Ensayista, poeta y traductor literario
http://tratarde.org/
Recibido / Received: 10/11/2013
Aceptado / Accepted: 14/12/2013

 

 


RESUMEN

Hay que buscar la causa fundamental de la devastadora crisis ecológica actual en el sometimiento de la naturaleza a los imperativos de valorización del capital. La dinámica de funcionamiento del capitalismo conduce a un mal diseño de la tecnosfera (para el cual se propone como "remedio" el principio de biomímesis) y a un problema de excesiva expansión de los sistemas humanos (frente al cual se sugiere autocontención bajo la forma del principio de gestión generalizada de la demanda). Construir un modo de producción ecosocialista implicaría pasar de la actividad económica entendida como producción y consumo de bienes y servicios en un contexto de expansión mercantil, a la actividad económica entendida como la satisfacción de las necesidades humanas con el mínimo de trabajo social necesario y en un marco de sustentabilidad ecológica. En el texto se cuestiona la plausibilidad de un "capitalismo natural" y se exploran vías de transformación ecosocialista.

Palabras clave: capitalismo, productivismo, tecnosfera, sustentabilidad, biomímesis, ecología industrial, producción limpia, capital natural, problemas de los mercados, metabolismo, ecosocialismo


ABSTRACT

We must find the fundamental cause of the devastating ecological crisis in the subjugation of nature to the imperatives of capital accumulation. The operational dynamics of capitalism leads to poor design of the technosphere (for which it is proposed as a "remedy" the principle of biomimicry) and a problem of excessive expansion of human systems (against which suggests self-containment in the form of generalized principle of demand management). Building an eco-socialist mode of production would go from economic activity defined as production and consumption of commodities and services in the context of commercial expansion, to economic activity understood as the satisfaction of human needs with the minimum of social work required and a framework of ecological sustainability. In the text the plausibility of a "natural capitalism" is questioned and eco-socialist transformation pathways are explored.

Keywords: capitalism, productivism, technosphere, sustainability, biomimicry, industrial ecology, cleaner production, natural capital, market problems, metabolism, ecosocialism.


 

La tradición histórica es, por así decirlo, de ayer; en ningún lugar hemos superado realmente lo que Thorstein Veblen llamó la fase predatoria del desarrollo humano. Los hechos económicos perceptibles pertenecen a aquella fase e incluso las leyes que podemos obtener de ellos no se aplican a otras fases. Ya que el propósito del socialismo es precisamente superar y avanzar más allá de la fase predatoria del desarrollo humano, la ciencia económica en su estado actual puede arrojar muy poca luz sobre la sociedad socialista del futuro.

Albert Einstein (1995 [1949])

La cuestión ecológica, en mi opinión, representa el gran desafío para una renovación del pensamiento marxista a comienzos del siglo XXI. Exige de los marxistas una ruptura radical con la ideología del progreso lineal y con el paradigma tecnológico y económico de la civilización industrial moderna. Es verdad que no se trata de poner en entredicho la necesidad de progreso científico y técnico, y de elevar la productividad del trabajo: se trata de condiciones irrenunciables para dos objetivos irrenunciables del socialismo: la satisfacción de las necesidades sociales y la reducción de la jornada de trabajo. El desafío estriba en reorientar el progreso de manera que se torne compatible con la preservación del equilibrio ecológico del planeta.

Michael Löwy (en Harribey y Löwy, 2003)

 

1. Un conflicto de fondo entre ecología y capitalismo

¿Por qué, a pesar de toda la concienciación sobre los problemas ecológicos y todas las medidas de política ambiental que las naciones más adelantadas en este campo vienen aplicando desde hace más de un tercio de siglo, la devastación prosigue imparable? ¿Por qué tanta charla sobre el medio ambiente, tanta sosteniblablá como dice Robert Engelman (2013), tanta afirmación de valores proambientales, tanto derecho ambiental con sus normas y sus leyes, tanta decisión para intentar enmendar el lamentable curso de las cosas, parecen resultar tan ineficaces? A mi entender, las razones se hallan principalmente en un conflicto de fondo entre el modo de organización socioeconómica que prevalece y las exigencias de protección ecológica (y social), conflicto que podemos representar por medio del siguiente diálogo de besugos entre una ciudadana y un empresario, o quizá un ciudadano y una empresaria:

"-Debe usted respetar el medio ambiente.

-Tengo que obtener beneficios.

-Debe usted tener en cuenta a las generaciones futuras.

-He de obtener beneficios.

-Debe usted tomar en consideración los derechos humanos.

-Tengo que obtener beneficios..."

-Debe usted materializar su supuesto compromiso con la democracia.

-Pero tengo que obtener beneficios..."

Etc., etc. Él o ella tienen, en efecto, que obtener beneficios, so pena de quedar fuera de los mercados capitalistas competitivos donde se desenvuelven. Intentaré mostrar que el problema está más bien en este marco de acción: y podemos conjeturar que sólo una transformación profunda en el modo de organización socioeconómica, que "dome" o domestique o someta al capitalismo hasta poner en sordina algunos de sus aspectos esenciales, será capaz de detener la devastación ecológica que hoy sigue progresando imparable.

En mi opinión, efectivamente, la actual economía capitalista mundial es incompatible con la preservación de una biosfera capaz de acoger, en condiciones aceptables, a la humanidad futura (por no hablar del resto de los seres vivos con los que compartimos el planeta). Así, defiendo que la política y la ética han de prevalecer sobre la economía: dicho con más precisión, las políticas públicas democráticas orientadas por valores como la sustentabilidad ecológica y los derechos humanos tienen que establecer el marco dentro del cual tenga lugar la persecución del interés propio en mercados competitivos -y no al revés. Hoy, la crisis ecológica es una de las razones más fuertes de que disponemos para la crítica radical del capitalismo2.

 

EL SOCIALISMO PUEDE LLEGAR SÓLO EN BICICLETA

El pensador socialdemócrata alemán Erhard Eppler, uno de los pioneros en la reflexión ecologista desde comienzos de los años setenta, ha indicado que quizá el acontecimiento más importante de la historia moderna haya sido la liberación de la economía de todas las ataduras sociales, políticas y morales. Tras esta "revolución" teórica -consumada en simultaneidad con los comienzos de la Revolución Industrial-, se consideró que el desarrollo y el crecimiento de la economía sólo había de responder a sus propias leyes: a sus criterios de productividad, eficiencia y rentabilidad. La crisis ecológica muestra a las claras los desastrosos efectos de esa violencia teórica y de las prácticas que la acompañaron. Digo violencia porque ninguna actividad económica se agota en su dimensión de productividad y rentabilidad, sino que tiene siempre, al menos otras dos dimensiones: una dimensión ecológica y una dimensión social (véase sobre este punto Barceló, 1991). "Ahora se puede demostrar que la humanidad en su conjunto, si desea sobrevivir, no puede permitirse por más tiempo una economía que, en vez de tres dimensiones, solamente está preparada para reconocer la existencia de una dimensión. Incluso la propia economía está amenazada si se niega a aceptar la dimensión social y ecológica. Si volvemos la vista atrás en la historia, vemos que la época de una economía más o menos autónoma fue muy corta. Ha durado entre dos y tres siglos, un breve minuto en comparación con la historia humana. Fue simplemente un error pensar que la humanidad se lo podía permitir. Lo que necesitamos no es algo sorprendente o espectacular, sino algo que en la historia humana no sea la excepción sino la regla" (Eppler, 1991: 116). No podemos seguir permitiéndonos el productivismo, vale decir la unidimensionalidad de la economía: urge que vuelva a tener vigencia lo que para la mayoría de las sociedades humanas ha sido una trivialidad, la sumisión de las actividades económicas a criterios morales, la vuelta a primer plano de esas dos dimensiones hoy "ocultas" de la economía: la dimensión ecológica y la dimensión social. El intento de pensar, y el esfuerzo por llevar a la práctica, una transformación mundial que subyugue la miope racionalidad económica capitalista a una lógica de sociedad distinta, alternativa, en la que esas dos dimensiones social y ecológica reciban la primacía que les corresponde, es acaso lo que podemos llamar ecosocialismo.

Fuente: Riechmann (1991)

2. Examinemos más de cerca este conflicto

En una obra anterior ("Sobre biomímesis, autocontención y la necesidad de reinventar lo colectivo", epílogo a Riechmann, 2005), he señalado cómo cabe rastrear las causas de la crisis ecológica sobre todo en dos problemas: un problema de mal diseño de la tecnosfera (para el cual propongo como "remedio" el principio de biomímesis) y un problema de excesiva expansión de los sistemas humanos (frente al cual sugiero autocontención bajo la forma del principio de gestión generalizada de la demanda). Ahora bien, cabe preguntarse si no subyacerá a esos dos problemas (que sugerí llamásemos problema de diseño y problema de escala) alguna causa más profunda. Creo efectivamente que es así: que en la raíz de ambos problemas se encuentra la dinámica de funcionamiento del capitalismo. De forma que habría que buscar la causa fundamental de la crisis ecológica actual en el sometimiento de la naturaleza a los imperativos de valorización del capital3.

En cuanto al mal diseño de la tecnosfera, podemos indicar al menos cuatro fenómenos significativos. El primero es que las dificultades del capitalismo para considerar la "racionalidad global" de los procesos, y su tendencia a parcelarlos y dividirlos cada vez más (pues ello es lo que permite a los "emprendedores" hallar nuevas fuentes de beneficio en cada una de los nuevos subprocesos), es una potente y persistente causa del mal encaje de los procesos productivos en la biosfera. El capitalismo escinde los ecosistemas para que progrese la expansión del valor; en cambio, una economía sostenible debería promover la integridad ecosistémica.

En segundo lugar: construir deforma generalizada "ecosistemas industriales" de acuerdo con criterios biomiméticos, y seleccionar tecnologías sometiéndolas a evaluación previa de impacto ambiental (y social), exigiría un tipo de intervención deliberada y racional en la organización de la producción que choca violentamente contra principios de funcionamiento del sistema (señaladamente, contra la libertad del capitalista a la hora de decidir sobre las inversiones). Por ejemplo, el rediseño de la famosa fábrica suiza "Röhner Textil" con criterios biomiméticos llevó a examinar unos ocho mil productos químicos de uso común en la industria textil convencional,y de estos ocho mil sólo 3 8 pudieron conservarse (al aplicar estándares de elevada compatibilidad con la salud humana y ambiental) (Braungart yMcdonough, 2005: 102). Parece claro que si esto pretendiese generalizarse como iniciativa pública, en lugar de tratarse de una -rara— autorrestricción empresarial privada, los clamores en defensa de la libertad de empresa nos dejarían sordos a todos -y luego vendrían cosas mucho peores que el clamor... (De hecho, la modesta iniciativa de la UE llamada REACH, que intenta introducir algo de racionalidad en la producción y el uso de sustancias químicas, ha sido objeto de un feroz ataque por parte de la industria química de todo el mundo)4

Hace cuatro decenios, Commoner señalaba que la transición hacia una economía sostenible requeriría destinar la mayor parte de los recursos de inversión del país, durante una generación como mínimo, para la tarea de la reconstrucción ecológica (Commoner, 1973: 236). Es decir: todas las nuevas inversiones en la producción agrícola e industrial, así como en el sector servicios y en el transporte, tendrían que regirse primordialmente por criterios ecológicos (y no por la búsqueda del beneficio privado). Está claro que esto equivale, en buena medida, a poner fuera de juego el capitalismo...5

En tercer lugar, la innovación tecnológica bajo relaciones de producción capitalistas -potente motor del sistema para lograr nuevas fuentes de beneficio— tiende a causar problemas ecológicos. En efecto, el mantenimiento de altos márgenes de beneficio requiere la introducción continua de nuevos productos y servicios -ya que en los mercados "maduros" los beneficios son más bajos-—, por lo general sin tiempo ni esfuerzo suficiente para comprobar su compatibilidad con los ecosistemas. De nuevo, no se trata de un problema con el que acabemos de topar: ya lo denunciaba Barry Commoner, analizando el caso paradigmático de la industria química, hace más de tres decenios:

Durante cuatro o cinco años, a partir del momento en que un nuevo producto químico es lanzado al mercado, los beneficios son muy superiores al término medio (las empresas innovadoras consiguen aproximadamente el doble de ganancias que las que se resisten a la innovación). Esto se debe al monopolio efectivo de que goza la empresa que ha inventado el material y que permite la fijación de un elevado precio de venta. (...) El índice extraordinariamente alto de ganancias de la industria química parece ser el resultado directo del desarrollo y producción, a rápidos intervalos, de materiales sintéticos nuevos, y generalmente antinaturales, que, al penetrar en el medio ambiente, suelen contaminarlo. Esta situación es una pesadilla para el ecólogo, ya que (...) no hay literalmente tiempo bastante para estudiar los efectos ecológicos. Inevitablemente, cuando llegan a conocerse estos efectos, se ha producido ya el daño, y la inercia de la fuerte inversión en una nueva tecnología productiva hace extraordinariamente difícil la marcha atrás. (Commoner, 1973: 217)

Hoy, cuando científicos-empresarios como Craig Venter se preparan para dar el salto desde la biología molecular descriptiva a la biología de síntesis6 -donde los impactos ambientales y sanitarios podría dejar chiquitos a los de la química de síntesis-, darnos tiempo para pensar y deliberar democráticamente -quizá bajo la forma de moratorias inspiradas por el principio de precaución— parece más necesario que nunca.

Por último, hay un interesante análisis de estos problemas en términos del choque entre los tiempos y ritmos de la naturaleza y los del capital que en general los biólogos han sabido ver mejor que los economistas. Sucede que el "cortoplacismo" del proceso de valorización choca con el largo plazo de las condiciones de sustentabilidad, y los rápidos ritmos de la circulación monetaria colisionan con los ritmos peculiares y no acelerables de los ciclos naturales. Es un problema que ya fue agudamente señalado por el propio Karl Marx7, sobre el que insistió Barry Commoner (véase el recuadro siguiente), y que he tratado con cierto detenimiento en mi ensayo "Tiempo para la vida" (Riechmann, 2004; capítulo 9).

EL ANÁLISIS DE UN ECÓLOGO

El grado total de explotación del ecosistema del planeta tiene cierto límite superior que refleja la limitación intrínseca de la velocidad de rotación del ecosistema. Si se supera esta velocidad, el sistema acabará derrumbándose en definitiva. Esto ha sido firmemente comprobado por todo lo que sabemos acerca de los ecosistemas. De aquí se desprende que existe un límite superior al grado de explotación del capital biológico del que depende todo sistema de producción. Como el grado de empleo de este capital biológico no puede superarse sin destruirlo, es lógico que el grado real de empleo del capital (es decir, el capital biológico más el capital convencional) sea también limitado. Así pues, tiene que existir algún límite al crecimiento del capital total, y el sistema productor debe llegar en definitiva a una condición de 'no crecimiento', al menos con respecto a la acumulación de bienes de capital encaminados a explotar el ecosistema, y de los productos obtenidos gracias a ellos.

En un sistema de empresa privada, la condición de no crecimiento significa que no hay que acumular más capital. Si, como parece ser, la acumulación de capital a través de la ganancia es la fuerza impulsora básica del sistema, resulta difícil comprender cómo puede éste seguir funcionando en condiciones de no crecimiento.

(...) El ecosistema plantea otro problema al sistema de empresa privada. Los diferentes ciclos ecológicos varían considerablemente en su ritmo natural intrínseco, que no debe superarse si se quiere evitar un rompimiento. Así, el grado natural de rotación del sistema del suelo es considerablemente más bajo que el grado intrínseco de un sistema acuático (por ejemplo, una pesquería). De ello se desprende que, si estos diferentes ecosistemas tienen que ser explotados simultáneamente por el sistema de empresa privada, sin provocar rompimientos ecológicos, tienen que funcionar a diferentes ritmos de rendimiento económico. Sin embargo, el libre manejo del sistema de empresa privada tiende a elevar al máximo el ritmo de rendimiento de las diferentes empresas. (...) Las empresas 'marginales', es decir, operaciones que rinden un beneficio sensiblemente inferior al que puede conseguirse en otros sectores del sistema económico, serán en definitiva abandonadas. No obstante, en términos ecológicos, la empresa que se basa en un ecosistema con un ritmo de rotación relativamente lento tiene que ser, porfuerza, económicamente 'marginal', si tiene que operar sin degradar el medio ambiente. (...) Un procedimiento enmendador es el de las subvenciones; pero, en algunos casos, éstas deberían ser tan importantes que equivaldrían a una nacionalización, cosa que estaría en contradicción con la empresa privada.

Fuente: Commoner (1973: 228-229)

Así pues, hay que concluir que el funcionamiento normal del capitalismo tiende a generar problemas de "mal diseño" de la tecnosfera y dificulta la aplicación de principios biomiméticos (asunto tratado con más profundidad en Riechmann, 2006). ¿Y qué sucede en cuanto al segundo de los problemas, el problema de escala -los daños ecológicos creados por sistemas humanos que crecen demasiado? Ahí, el comportamiento del capitalismo es todavía peor.

2.1. Subordinación de la naturaleza a la valorización del capital

En las formas precapitalistas (y postcapitalistas) de producción, el fin de la actividad productiva es crear valores de uso, es decir, bienes o servicios capaces de satisfacer necesidades humanas. Frente a ello, lo característico del capitalismo -como puso Marx de manifiesto en el libro primero de El capital- es la producción para la valorización del capital. La producción no se organiza en función de los valores de uso, sino de los valores de cambio. El que la circulación mercantil no sea posible sin que las mercancías tengan también valor de uso -esto es, sirvan para satisfacer necesidades humanas- es secundario desde el punto de vista del capitalista. Para él, lo principal es la propia circulación mercantil productora de un beneficio, y -como la aspiración de beneficio- esencialmente carente de término y medida. Esta última constatación no ha revelado su verdadera importancia sino en la era del "mundo lleno"y la crisis ecológica global.

La circulación del dinero como capital es (...) un fin en sí, pues la valorización del valor existe únicamente en el marco de este movimiento renovado sin cesar. El movimiento del capital, por ende, es carente de medida. (...) Nunca, pues, debe considerarse el valor de uso como fin directo del capitalista. Tampoco la ganancia aislada, sino el movimiento infatigable de la producción de ganancias. (Marx, 1984: 186-187)

Aquí aparece una diferencia radical. Mientras que la producción precapitalista o postcapitalista tiene límites en la satisfacción de las necesidades, la producción capitalista de mercancías para incrementar la ganancia no tiene límite alguno.

En los Grundrisse se dice que lo esencial de la nueva sociedad es que ha transformado materialmente a su poseedor en otro sujeto y la base de esa transformación, ya más analíticamente, más científicamente, es la idea de que una sociedad en la que lo que predomine no sea el valor de cambio sino el valor de uso, las necesidades no pueden expandirse indefinidamente. Que uno puede tener indefinida necesidad del dinero, por ejemplo, o en general de valores de cambio, de ser rico, de poder más, pero no puede tener indefinidamente necesidad de objetos de uso, de valores de uso. (Sacristán, 1983a)

Así, la compulsión a la creación continua de nuevos deseos de consumo -para que no se detenga la rueda de la circulación mercantil- es intrínseca al capitalismo.

En el capitalismo histórico, esto ha conducido a depredar los recursos naturales a un ritmo como nunca se había conocido antes en la historia de la humanidad, dañar a gran escala la biosfera y cosificar a los seres humanos y al resto de los seres vivos.8

Pues el sistema capitalista tiene una serie de características básicas; también promueve rasgos humanos y relaciones sociales específicas. He aquí diez aspectos clave del capitalismo, tal y como los sintetiza Fred Magdoff:

DIEZ RASGOS CLAVE DEL CAPITALISMO

El capitalismo tiene que crecer (o entra en crisis) y su auténtica lógica y fuerza motivadora impele al crecimiento.
No tiene otra fuerza motriz que la acumulación de cantidades cada vez mayores de capital.

Mediante la creación de las así llamadas "externalidades" (o efectos externos) inflige daños tanto a los humanos como a la biosfera y a los sistemas de soporte vital necesarios para la humanidad y otras especies. En palabras de Paul Sweezy: "Por lo que se refiere al medio ambiente natural, el capitalismo no lo percibe como algo que tiene que ser amado y disfrutado sino como un medio para los fines primordiales de conseguir beneficios y una aún mayor acumulación de capital"

Promueve el uso de recursos no renovables sin tener en cuenta las necesidades de las generaciones futuras, como si no tuviesen fin, y abusa incluso de recursos renovables como los pesqueros y los forestales.

Crea una gran desigualdad de ingresos, riqueza y poder tanto dentro como entre países. No solo la clase, sino la raza, el género y otras desigualdades constituyen sus leyes de movimiento.

Requiere y produce un ejército laboral de reserva —personas conectadas precariamente a la economía, la mayor parte en la pobreza o casi pobreza— de forma que haya trabajadores disponibles durante las fases de crecimiento económico y puedan ser fácilmente despedidos cuando no son necesarios en los negocios.Promueve la competición económica y política entre países y el imperialismo, lo que conduce a guerras por el dominio y el acceso a los recursos.

Patrocina y recompensa aquellas características humanas particulares que son útiles para prosperar o simplemente para existir en una sociedad tan posesiva e individualista —egoísmo, individualismo, competición, avaricia, explotación de otros, consumismo— mientras no permite la plena expresión de aquellas características humanas necesarias para una sociedad armoniosa (la cooperación, el compartir, la empatía y el altruismo).

Conduce al colapso de la salud humana dado que la población opera en una sociedad jerárquica, en la que muchos trabajan bajo condiciones peligrosas y físicamente debilitantes o en trabajos que son repetitivos y aburridos; y a la vez están sometidos a la pérdida de empleo o al miedo a perder su empleo (hay muchos efectos sanitarios adversos a largo plazo que siguen a la pérdida de empleo).

Conduce al colapso de comunidades sanas porque la gente se vuelve más solitaria en sus perspectivas y conducta y la cultura indígena es reemplazada por la cultura y perspectiva capitalista nacional o internacional dominante. La gente se dedica a conseguir más para ellos mismos y sus familias y depender menos de las relaciones recíprocas con otros

 

Fuente: Magdoff (2012)

2.2. Un sistema intrínsecamente expansivo

En resumidas cuentas, un rasgo básico del capitalismo es la necesidad imperiosa de expansión (tanto en términos de producción total como en términos geográficos, hasta ocupar la totalidad del planeta) para mantener la incesante acumulación de capital. A este rasgo se suma otro de gran importancia a la hora de valorar las perspectivas de un "capitalismo sostenible" o verde: como ha subrayado Immanuel Wallerstein, "para los capitalistas, sobre todo para los grandes capitalistas, un elemento esencial en la acumulación de capital es dejar sin pagar sus cuentas. Esto es lo que yo llamo los trapos sucios del capitalismo" (Wallerstein, 1998: 56). Una parte de estos "trapos sucios" han sido identificados por la teoría económica desde hace decenios bajo la forma de las externalidades (costes sociales y ecológicos "externos": Kapp 1966, Mishan 1971).

De esta forma, la expansión del sistema capitalista mundial (buscando la máxima rentabilidad por varias vías, entre ellas la generación de "externalidades" que no se quiere "internalizar") choca contra la estabilidad de los ecosistemas y los equilibrios ecológicos. Sin poner trabas a la acumulación no puede atajarse esta dinámica: pero poner trabas a la acumulación quiere decir cuestionar los fundamentos mismos del sistema.

El capitalismo, como sistema basado en la búsqueda del beneficio reiterado -con la jerarquía, la opresión y la desigualdad como supuestos necesarios-, es intrínsecamente expansivo. Ahora bien: si "capitalismo no expansivo" es una contradicción en los términos -y lo es-, entonces "capitalismo sostenible" es una expresión infinitamente problemática, ya que el estado estacionario (en términos biofísicos) es una condición necesaria de sustentabilidad ecológica.

La naturaleza intrínsecamente expansiva del capitalismo choca contra los límites de una biosfera finita. El capitalismo, con su sueño de crecimiento indefinido de los beneficios (que exige el crecimiento indefinido de la producción y el consumo), es una revuelta contra el principio de realidad. Si crece, devasta (lo ecológico); si no crece, devasta (lo social). Es una máquina infernal. Nos ha situado ya a un paso del colapso civilizatorio. No podemos seguir tolerando esta demencial manera de organizar los asuntos humanos. No se trata de poner en marcha cambios de pequeña envergadura (ahí, de hecho, hay que reconocer el fracaso de los infructuosos esfuerzos políticos realizados durante los decenios últimos9): la "cuestión del sistema" está sobre la mesa.

2.3. Excurso: idea de la producción ecosocialista

Cabe apuntar, al hilo de lo anterior, que construir un modo de producción ecosocialista implicaría pasar de la actividad económica entendida como producción y consumo de bienes y servicios en un contexto de expansión mercantil, a la actividad económica entendida como la satisfacción de las necesidades humanas con el mínimo de trabajo social necesario y en un marco de sustentabilidad ecológica.10

...la idea de que en una sociedad en la que predomine el valor de uso de los productos y no el valor de cambio, no hay ninguna necesidad dinámico-estructural, ninguna necesidad interna para que se produzca una necesidad ilimitada de plustrabajo. Marx quería decir con eso lo siguiente. Él no está negando la conveniencia y la positividad del aumento de las necesidades del individuo. Tanto él como uno de sus yernos, Lafargue, precisamente consideraban que las necesidades que siente un individuo son un índice de su maduración, de su progreso, de su desarrollo, pero Marx piensa que necesidades las hay de dos tipos: elementales y lo que con una palabra alemana (geistig) entre espiritual e intelectual, podríamos llamar superiores. Y es claro que Marx está refiriéndose a una expansión de las necesidades superiores y respecto de las elementales piensa que su multiplicación o, como a veces se dice, su producción a puño, es fruto no de una expansividad ilimitada natural de estas necesidades sino de la necesidad de conseguir constantemente plustrabajo. Es decir, no debida a un aumento de la necesidad de productos cuanto a un aumento de la necesidad económica de producir. (Sacristán, 1983b)

Privilegiar la producción ecosocialista de valores de uso, para satisfacer directamente necesidades humanas básicas, frente a la producción capitalista de valores de cambio (para obtener beneficios crematísticos), no es un arreglo cosmético: se trata de un cambio de modelo, un cambio sistémico. Son palabras mayores. Como ha subrayado Immanuel Wallerstein, los problemas principales son que los capitalistas "dejan de pagar sus cuentas" en primer lugar, y que la incesante acumulación de capital es un objetivo sustantivamente irracional, en segundo lugar. Como escriben desde América Latina el economista chileno Max-Neef y sus colaboradores, "un Desarrollo a Escala Humana, orientado en gran medida hacia la satisfacción de las necesidades humanas, exige un nuevo modo de interpretar la realidad. Nos obliga a ver y evaluar el mundo, las personas y sus procesos de una manera distinta a la convencional" (Max-Neef, 1993: 38).

Estamos hablando entonces en términos de revolución -transformación radical de las formas de producción y consumo, y revolución cultural en el ámbito de los valores y los deseos.

 

3. Problemas de compatibilidad entre capitalismo y economías sostenibles en el plano "micro"

Las consideraciones anteriores se situaban en el plano "macro". Pero, ya en el terreno de la microeconomía, topamos con el problema de que sustentabilidad implica cambios estructurales, lo cual choca contra fuertes inercias de los agentes económicos. Albert Recio ha señalado que las empresas topan con dificultades para transformar su campo de actividad, lo que les lleva a adoptar como principal línea de actuación la organización de campañas y presiones para boicotear o posponer los ajustes hacia la sostenibilidad (logrando, a veces, el apoyo de una parte de los trabajadores para sus estrategias retardatarias).

La especialización de las empresas no es un mero producto del capricho: en general tener éxito exige un proceso de aprendizaje en un campo concreto de actividad, y a menudo el empleo de bienes de producción especializados. De hecho ello viene a menudo reforzado por las propias estrategias de supervivencia empresarial, tendentes a encontrar un 'nicho de mercado' poco expuesto a la competencia. (...) La historia empresarial reciente esta repleta de fracasos en las políticas de diversificación de grandes grupos (desde la fallida entrada del sector petrolífero en la minería metálica a finales de los setenta hasta el espectacular desastre del grupo Vivendi Universal al tratar de pasar de las prestaciones de servicios públicos a los medios de comunicación). Es por ello bastante lógico que dado el peligro que las grandes empresas perciben en cualquier política de racionalización ambiental dediquen todo tipo de esfuerzos a boicotearlo, posponerlo, frenarlo etc. (Recio, 2004)11

Por otra parte, y ya en el ámbito de la psicología social, hay que señalar que en las modernas sociedades capitalistas, el consumo de mercancías, además de sus funciones puramente económicas, desempeña un importantísimo papel en la formación de identidades y la reproducción de la jerarquía social. El mecanismo de emulación en el consumo -keeping up with the Joneses, que cabría traducir: "no ser menos que los Martínez"-, bien recogido en el eslogan "no te conformes con menos", dificulta extraordinariamente la implantación de valores ecológicos. Lo mismo cabe decir de la búsqueda de satisfacciones compensatorias en el consumo, para evadirse de una vida pobre y horra de sentido.

La expansión del consumo de masas en todas sus variedades ha generado hábitos de comportamiento no solo difíciles de cambiar a causa del comportamiento inercial que preside nuestras acciones (las costumbres, los valores inconscientes, etc), sino también por otras razones. En gran medida los hábitos de consumo son en parte impuestos por determinantes estructurales que quedan fuera de la posibilidad de elección personal. (...) Una gran parte de nuestros comportamientos están influidos por nuestro entorno, por cómo nos ven los demás, como nos clasifican, etc. Y nuestros hábitos de consumo forman parte de este mecanismo relacional. En parte nos viene promovido por nuestra posición social y en parte por los intentos de asimilarnos a nuestros superiores. Al fin y al cabo la emulación forma uno de los más poderosos mecanismos de aprendizaje desde nuestro nacimiento. Y en parte la expansión del consumismo debe ser considerada una respuesta igualitaria de una parte creciente de la sociedad que exige tener los mismos derechos, no sólo políticos, que las clases privilegiadas. Y el problema, en términos ecológicos, es que los privilegios no se pueden universalizar (a menudo ni siquiera generalizar a una parte de la población). (...) Difundido por los medios de comunicación, se genera un —-al menos en apariencia— imparable movimiento social en pro de la ampliación sostenida del consumo a escala planetaria. Sin duda que desactivar esta bomba acumulativa requiere muchas y variadas políticas; mi sugerencia es que una de ellas debe partir de la reconsideración de las formas de organización del trabajo y de la reducción de estructuras jerárquicas en nuestra sociedad. (Recio, 2004)

3.1. No identificar capitalismo con "economía de mercado"

Así pues, cuando se excava un poco hacia las raíces de la crisis ecológica global, aparece el gordo raigón negro del capitalismo industrial: su consustancial dinámica expansiva; la dirección y el ritmo que impone al desarrollo tecnocientífico la búsqueda del beneficio privado a corto plazo; el control privado sobre las decisiones de inversión y de producción; la tendencia a "dejar las cuentas sin pagar".

No debemos dejar de señalar que hay un sesgo ideológico importante en la identificación de "capitalismo" con "economía de mercado" (al menos en el sentido de que son posibles economías industriales no capitalistas en las que los mercados desempeñan un importante papel: Oskar Lange, entre otros, andaba escribiendo sobre socialismo de mercado ya en los años veinte de nuestro siglo). El modo de producción capitalista incluye al menos: a) la propiedad privada de los medios de producción más importantes, b) la acumulación de capital como principio motor del sistema, c) decisiones privadas sobre la inversión y la producción, guiadas por la lógica del beneficio a corto plazo, d) el encauzamiento de la fuerza de trabajo por las vías del tráfico mercantil, como caso central del más amplio fenómeno de mercantilización progresiva de todas las esferas de la existencia humana, y e) mercados más o menos competitivos.

De este modelo se deriva una irrefrenable tendencia a la expansión económica, de donde se sigue a su vez la compulsión a generar continuamente nuevas necesidades al menos entre los seres humanos con demanda solvente (mientras que al resto, o sea la mayoría de la humanidad, tendencialmente se le excluye de la condición de "ser humano": un observador con perspectiva marciana seguramente consideraría que lo que llamamos "humanidad" consta en realidad de dos especies animales diferentes, los "humanos" del Norte y los del Sur).

Ahora bien: nunca se repetirá lo suficiente que no es posible la expansión económica indefinida dentro de una biosfera finita. El capitalismo, movido por el acicate de la búsqueda competitiva de la máxima ganancia, depreda la biosfera y agota los recursos naturales. Su cultura expansiva -"más es mejor"- se opone frontalmente a la cultura de la suficiencia -"suficiente es mejor"-, de la mesura, de la sobriedad, del autodominio, que caracterizaría a una sociedad ecologizada. Cualquier tipo de desarrollo sostenible, cualquier clase de modo de producción ecológicamente compatible, exigiría tantas limitaciones de los rasgos a), b), c) y d) que por muchos mercados más o menos competitivos e) que tuviese (y algunos tendría, desde luego), no veo mucho sentido a seguir llamándolo "capitalismo"12.

3.2. Mecanismos de coordinación: planes y mercados

Por lo demás, vale la pena dedicar un instante adicional de reflexión a la cuestión de los mercados. Uno de los grandes problemas de la política y la economía es el de lograr la coordinación, el acuerdo en las tareas comunes, de manera que los seres humanos -animales sociales por excelencia— podamos juntos convivir, satisfacer nuestras necesidades y mejorar nuestra vida. En las sociedades que solemos llamar "postradicionales", esos mecanismos de coordinación no vienen impuestos por la fuerza de tradiciones y costumbres, sino que se tornan objeto de deliberación y elección explícita.

Planes y mercados son los principales mecanismos de coordinación en las sociedades modernas. Hay que insistir en que ninguna sociedad industrial puede prescindir de emplear ambos tipos de herramientas: ni siquiera el capitalismo neoliberal, pese a toda su ideología enemiga de la planificación y exaltadora del libre mercado, puede prescindir de planes y programas (empezando por la enorme cantidad de planificación interna a las grandes empresas).

Ahora bien, los mercados son buenos para algunas cosas. Son buenos para procesar grandes cantidades de información a través de los precios y para coordinar decisiones económicas descentralizadamente; y (en ciertas condiciones, dentro de ciertos límites) también sirven para asignar recursos con eficiencia. Pero también son malos para algunas cosas. Plantean problemas -enormes problemas- como los que resumo en el cuadro siguiente:

 

LOS PROBLEMAS DE LOS MERCADOS

A)   TENDENCIA DE LOS MERCADOS A SOCAVAR SUS PROPIOS FUNDAMENTOS

1.   La competencia tiende a eliminarse a sí misma; los mercados competitivos tienden a degenerar en mercados oligopólicos.

2.   El egoísmo y el individualismo del homo economicus corroen la "sustancia moral" de la sociedad, los valores morales comunitarios sin los cuales el propio mercado tampoco funciona.

3.   Los mercados no pueden proveer los bienes públicos que las sociedades precisan para subsistir.

4.   Los mercados generan costes externos o "externalidades" (tanto localizadas como generalizadas) de tipo social y ecológico, como la contaminación, el agotamiento de recursos y la degradación de los suelos fértiles. Típicamente, las economías de mercado actúan socializando costes y privatizando beneficios.

5.   La acción irrestricta de los mercados provoca ciclos de auge y recesión, y de vez en cuando grandes crisis económicas.

B) PROBLEMAS DE JUSTICIA

6.   Ni las generaciones futuras, ni los humanos actuales sin demanda solvente, ni el resto de los seres vivos con quienes compartimos la biosfera pueden hacer que los mercados tomen en cuenta sus intereses.

7.   A través de prácticas como el "descuento del futuro", los mercados privilegian el presente y el corto plazo frente al futuro y el largo plazo.

8.   La asignación eficiente (si se da) no implica una distribución justa. Las economías de mercado actúan socializando costes y privatizando beneficios.

9.   La acción irrestricta de los mercados agrava las desigualdades entre las personas, y también las desigualdades interregionales e internacionales.

10.  El dinamismo irrestricto de los mercados crea desequilibrios macroeconómicos que resultan en graves problemas como el paro, la inflación y la deuda externa.

C) PROBLEMAS DE ESCALA (SUSTENTABILIDAD)

11.  El dinamismo irrestricto de los mercados, impulsado por la búsqueda de beneficios, empuja a las empresas y al conjunto de la economía al crecimiento —-chocando contra los límites biofísicos de los ecosistemas.

12.  La asignación eficiente (si se da) no implica una escala óptima de la economía en relación con la capacidad de sustentación de la biosfera.

Pensemos en un problema de fondo, como el que aparece con el número 6 en mi recuadro: los mercados sólo resultarían un mecanismo de coordinación razonable si todos los intereses enjuego se expresasen como demanda solvente. Pero evidentemente esto es imposible: los intereses de los animales no humanos, de las generaciones por venir, o de los pobres que carecen de dinero para hacer oír su voz en los mercados, están excluidos de entrada del mecanismo de coordinación.

Doy por sentado que el socialismo no tiene esencialmente que ver ni con la estatalización de los medios de producción ni con la planificación estatal (espejismo histórico alimentado por el modelo estaliniano de economías con planificación central imperativa). Lo esencial del socialismo, en lo que a economía se refiere, tiene más bien que ver con el control consciente de la vida económica por parte de los trabajadores y las trabajadores; y por consiguiente se asocia más con la democracia económica que con los planes quinquenales. Hay que convenir con Enric Tello en que:

...tras el derrumbe de la Unión Soviética el debate sobre modelos económico-sociales alternativos parece retomar el hilo perdido en el debate de los años veinte y treinta del siglo pasado, superando las viejas confusiones entre socialismo y estatalización, o entre capitalismo y mercado. La mayor parte de las nuevas propuestas de socialismo factible se vuelven a concebir como un proceso de democratización económica que conduce a un socialismo o cooperativismo con mercados. (Tello, 2005: 92)

3.3. El trabajo y la naturaleza no deben ser mercancías

Desde la Antigüedad han existido mercados de bienes; pero bajo el capitalismo los mercados han adquirido cada vez más importancia. El proceso de mercantilización amenaza hoy con extenderse a todos los factores de la vida social y económica, con gravísimas consecuencias. Pues el movimiento obrero sabe que la fuerza de trabajo -indisociable de su soporte físico, el trabajador- no puede ser una mercancía como las demás sin poner en peligro la vida y la salud de los trabajadores. Ahora bien: de la misma forma, la naturaleza no puede ser una mercancía como las demás sin poner en peligro la integridad y la salud de la biosfera, la vida de la vida, de la cual nosotros (y las demás especies que habitan nuestro planeta) dependemos absolutamente.

Ni el trabajo ni la naturaleza pueden mercantilizarse sin perjuicio de los seres humanos y de la biosfera, para cuya supervivencia y bienestar han de darse ciertas condiciones independientes de la economía. Pero precisamente el capitalismo se caracteriza por mercantilizar los factores de producción trabajo, naturaleza y capital.

 

UNA CUÑA CONTRA LA DINÁMICA EXPANSIVA DE LA
MERCANTILIZACIÓN DEL MUNDO

En la primera edición del Foro Cultural Mundial que se inauguró el 30 de junio de 2004 en Sao Paulo, los ministros de cultura de varios países -Gilberto Gil por Brasil, y Carmen Calvo por España, entre otros— han aprobado una importante Carta de Sao Paulo, que se propone sentar las bases para una nueva política cultural mundial. Uno de los puntos más sustantivos es que piden la "exclusión de los bienes y servicios culturales" de las férreas garras del mercado. Literalmente, se comprometen a "defender la exclusión de los bienes y servicios de la cultura de la liberalización comercial en curso en la OMC (Organización Mundial del Comercio)", y es la primera vez que se oye semejante reivindicación en un documento de los ministros de cultura, y no en boca del movimiento "alterglobalizador".

La ministra española dijo: "no es lo mismo vender música que vender camisas". ¡Bravo por la iniciativa! La cultura no es una mercancía como las demás mercancías. Pero no nos quedemos ahí, porque a poco que agucemos nuestro sentido crítico nos daremos cuenta que la fuerza de trabajo no es tampoco una mercancía como las otras, ni lo es la naturaleza, ni lo es el capital (esto es, los factores de producción no son mercancías como las demás mercancías producidas). Y tampoco los alimentos, el agua potable, las medicinas o el suelo edificable son mercancías como las demás (es decir, los satisfactores de necesidades humanas básicas no pueden recibir en los mercados tratamiento de mercancías cualesquiera). Con esto ya tenemos tres amplísimas categorías de bienes que deberían situarse fuera de la OMC, y someterse a regulaciones especiales atentas al bien común antes que al provecho del aprovechado: factores de producción, satisfactores de necesidades básicas, y bienes y servicios culturales.

En definitiva: la "excepción cultural" no debería ser una excepción que confirme la regla, sino más bien la ocasión para repensar a fondo a qué ámbitos deben extenderse los mercados y qué líneas no deberían traspasar nunca. Una excepción, por tanto, que abra camino a otras necesarias excepciones: una cuña contra la dinámica expansiva de la mercantilización del mundo.

Fuente: Riechmann (2008)

El fin de la economía no puede ser la eficiencia productiva en abstracto (definida en función de los valores de cambio y la maximización del beneficio privado), sino el bienestar de los seres humanos (que incluye en primerísimo lugar la preservación de una biosfera habitable). Una economía que en nombre de la eficiencia productiva dañe irreversiblemente a los seres humanos y la biosfera constituye una perversión absoluta.

Por ello las condiciones de sustentabilidad ecológica y las exigencias sociales de justicia tienen que operar como límites externos para los mercados, independientes de los mercados.

En general, la existencia de límites ecológicos ha de traducirse en medidas de regulación y control. Lo que estos límites vienen a decir es: hay cosas -muchas cosas-que no deben hacerse, aunque parezca exigirlas la miope "eficiencia económica" que supuestamente resultaría del "libre juego de las fuerzas del mercado".

Dicho de otra forma: ecologizar la economía exige poner trabas al librecambio y la operación de los mercados, al poder del capital, a la mercantilización del trabajo y de la naturaleza. Fernando de los Ríos dijo en cierta ocasión: "si queremos hacer al hombre libre tenemos que hacer a la economía esclava". Hoy podemos añadir: si queremos conservar el mundo, si queremos detener la destrucción de la biosfera y los seres que la habitan, tenemos que hacer a la economía esclava. Expresado en forma muy general, una economía ecológica ha de superar el déficit de regulación en el metabolismo entre sociedades industriales y biosfera que padecemos en la actualidad.

3.4. Superar el déficit de regulación en el metabolismo sociedad-naturaleza

En el capitalismo, es la combinación entre déficit de planificación, mal diseño de la tecnosfera y constricción al crecimiento lo que produce efectos ecológicos fatales. Los supuestos "óptimos" económicos definidos por el "libre juego de las fuerzas del mercado" no coinciden con óptimos sociales... pero tampoco coinciden necesariamente —y esto es lo que aquí nos interesa más— ni siquiera con mínimos ecológicos (los límites de sustentabilidad que es necesario respetar).

En efecto: si algo ha mostrado con claridad la historia del siglo XX es que ni el capitalismo puede superar su tendencia intrínseca a la autodestrucción sin planificación, ni resulta imaginable la construcción de algún tipo de socialismo sin mercados. Los gobiernos capitalistas planifican para controlar la inflación o -en otros tiempos- planificaban para lograr el pleno empleo; las multinacionales planifican para desbancar a la competencia, abrir nuevos mercados y rebajar el precio de la mercancía fuerza de trabajo en el mercado mundial; así las cosas, ¿por qué no habrían de planificar democráticamente los ciudadanos para preservar la insustituible biosfera que habitan?

Precisamos, por tanto, planificar democráticamente en varias formas y niveles, más descentralizadamente en unos que en otros, de forma indicativa (y no imperativa) las más de las veces. Lo que interesa controlar son los efectos macroeconómicos de la actividad económica, y no tanto los métodos microeconómicos concretos, donde hay que dejar margen suficiente de libertad a los agentes económicos.

 

SISTEMAS SOCIOECONÓMICOS A LA VEZ COMPLEJOS E
IGUALITARIOS

¿Qué futuros alternativos son más deseables? El hecho es que el sistema educativo moderno en todo el mundo predica en su superficie los valores de un mundo democrático e igualitario. Casi parece gratuito defender sus virtudes. Y, sin embargo, esta prédica se lleva acabo con tan obvia sonrisita hipócrita que, de hecho, cuando se tercia es menester hablar de estos principios morales tan básicos.

Los argumentos a favor de la inevitabilidad de la jerarquía social se derivan de la irreductibilidad de los diferenciales humanos (siempre hay personas más inteligentes o competentes que otras) y/o de la necesidad de coordinación que tienen todos los procesos complejos, coordinación que, a su vez, precisaría de la jerarquía. Me parece que la argumentación es débil en ambos casos. (...)

Hemos estado inventando estructuras institucionales por lo menos diez mil años y las posteriores nunca fueron previstas en los estadios anteriores. La sociabilidad humana es demasiado joven como fenómeno biológico como para que podamos anunciar pomposamente que la complejidad sólo puede coordinarse mediante la jerarquía. Sabemos, a pequeña escala, que eso no es necesariamente así. Encima, las dificultades técnicas de reunir, archivar recuperar información compleja están simplificándose enormemente en nuestros días. Aquí hago una llamada a nuestro conocimiento de la adptación biológica para afirmar que es imposible excluir que podamos crear un sistema histórico que sea a la vez complejo e igualitario

Fuente: Wallerstein (1997: 36-37)

4. La propuesta del "capitalismo natural"

En la segunda mitad de los años noventa, algunos investigadores estadounidenses vinculados con el ecologismo intentaron hacer la idea de sustentabilidad más digerible para el mundo de los negocios, "vendiéndola" con el tipo de lenguaje que economistas y ejecutivos de las grandes empresas entienden. Realizaron, de entrada, una crítica del "capitalismo convencional" cuyos elementos básicos pueden compartir muchos anticapitalistas. Así, para ellos:

...el capitalismo, tal como se practica, es una aberración insostenible, aunque económicamente lucrativa, en el desarrollo humano. Lo que se podría llamar 'capitalismo industrial' no se ajusta del todo a sus propios principios de contabilidad. En realidad, liquida su capital y lo llama ingreso. No tiene el cuidado de asignar valor alguno a las más grandes reservas de capital que utiliza -los recursos naturales y los sistemas vivos-, ni tampoco a los sistemas sociales y culturales que son la base del capital humano. (Hawken, Lovins y Lovins, 1999: 5)

Hawken y los esposos Lovins señalan que estas insuficiencias no se pueden corregir con la simple asignación de valores monetarios al capital natural, por tres razones:

• Primera, para muchos de los servicios que recibimos de sistemas vivos no existen sustitutos conocidos a ningún precio; por ejemplo, la producción de oxígeno por las plantas verdes.

• Segunda, la valoración del capital natural es un ejercicio difícil e impreciso en el mejor de los casos13.

• Tercera, igual que la tecnología no puede reemplazar los sistemas vivos del planeta que son el soporte de la vida, tampoco las máquinas son capaces de proveer un sustituto para la inteligencia, el conocimiento, la prudencia, las habilidades de organización y la cultura del ser humano.14

A continuación, en su libro, desarrollaron una interesante argumentación a favor de un capitalismo natural basado en cuatro principios esenciales: a) incremento radical de la productividad de los recursos naturales, b) biomímesis, c) vender servicios en lugar de productos, y d) invertir en capital natural (Hawken, Lovins y Lovins, 1999: 10-11). Veámoslo con detalle en el recuadro siguiente.

LOS CUATRO PRINCIPIOS DEL CAPITALISMO NATURAL

El primer principio, incrementar sustancialmente la productividad de los recursos, restablece la lógica capitalista básica de economizar recursos escasos, pero considera las nuevas escaseces relativas. Cuadruplicar la productividad de los recursos es actualmente la base de la política de desarrollo económico para un número cada vez mayor de países. Ahora bien, tal eco-eficiencia es sólo la primera etapa. Aumentar la eficiencia también incluye el desarrollo de modelos de negocio innovadores que se centren en satisfacer las necesidades de los consumidores, de modo que se necesiten menos productos manufacturados y se recompense a las empresas por reducir su impacto medioambiental.

(...) El segundo principio, el biomimetismo, describe un sistema para la industria basado en la sabiduría de la naturaleza. Este sistema utiliza los 3.800 millones de años de experiencia en diseño de los seres vivos para guiar a la innovación industrial, eliminar residuos mediante un mejor diseño y evitar el uso de materiales tóxicos. Se centra en la creación de sistemas de ciclo cerrado (como los de la naturaleza) de modo que se eliminen los residuos y las toxinas de los procesos empresariales. En los negocios, el biomimetismo reclama un cambio desde los métodos de fabricación convencionales de 'calentar, golpear y tratar', que requieren enormes cantidades de energía y que con frecuencia crean subproductos tóxicos. En su lugar, enfatiza la producción basada en modelos derivados de los procesos productivos naturales, generalmente más benignos, de los seres vivos.

(...) El tercer principio es transformarla industria desde el modelo de negocio de fabricar y vender productos a otro basado en satisfacer los deseos de bienes y servicios de los consumidores, de modo que proporcione el flujo de servicios y valor que realmente quieren los clientes, no necesariamente vendiendo más productos. (...) Por ejemplo, en Europa y Asia, la empresa Schindler arrienda servicios de transporte vertical en lugar de vender ascensores, porque cree que sus ascensores utilizan menos energía y mantenimiento que otros. Al ser propietario de los ascensores y pagar sus costes de funcionamiento, Schindler puede proporcionar a sus clientes, con un beneficio mayor y un coste menor, lo que realmente quieren, que no es un ascensor sino un servicio de subida y bajada. Análogamente, Electrolux de Suecia arrienda el funcionamiento de equipos de limpieza profesional de suelos y servicios comerciales de alimentación en vez del equipo mismo, y está experimentando con el alquiler de 'servicios de lavandería' domésticos cobrados según el peso de la ropa lavada, del mismo modo que muchos servicios de fotocopias se cobran por página. Dow alquila servicios de disolución en vez de vender disolventes; de hecho, toda la industria química americana tiene ahora un grupo de trabajo explorando este modelo de negocio. La mayoría de los edificios comerciales franceses los calientan chauffagistes, 'contratistas de calefacción' que ofrecen el servicio de confort térmico. En todos estos casos, tanto el cliente como el proveedor se benefician de minimizar el flujo de energía y de materiales.

Y finalmente: ninguna pérdida neta de capital natural o humano. Este principio anima a las empresas a comportarse de modo que restauren la capacidad de la tierra y de la sociedad para mantener la vida, invirtiendo en capital humano y natural. Invertir en el medio ambiente y en la comunidad asegura que estos recursos prosperarán y estarán accesibles para proporcionar los aportes necesarios para las empresas del futuro. Las empresas que quieran prosperar en las próximas décadas tendrán que comportarse de modo que restauren la capacidad de la tierra para mantener la vida incrementando el capital natural (siempre y cuando ellas, y no los competidores independientes, puedan captar la mayoría de los beneficios que tales inversiones generen). Los balances, en su forma actual, no captan con exactitud el valor económico real del capital natural y social. Sin embargo, éstos son componentes vitales de nuestra infraestructura. Para conseguir una genuina prosperidad y una economía sostenible, es esencial asegurar que ni el capital natural ni el social disminuyan.

Por ejemplo, la Asociación de la Industria del Arroz de California se asoció con grupos ecologistas para cambiar de quemar la paja del arroz a inundar los arrozales después de la recolección. Ahora inundan el 30% de los arrozales de California, recogiendo una combinación mucho más rentable de aves de caza, cultivo y fertilización gratuitos por millones de patos y ocas salvajes, licencias de caza lucrativas, paja de alto contenido en sílice, recarga de aguas subterráneas y otros beneficios, con el arroz como subproducto.

Fuente: Hudon, Lovinsy lovins (2004: 24-25)

Ahora bien: aunque se trata de cuatro principios muy razonables en cualquier estrategia de avance hacia la sustentabilidad, lo que resulta más dudoso es que su aplicación conjunta -si realmente se impulsase con vigor— vaya a desembocar en un modelo de capitalismo sustentable. Veámoslo.

4.1. Vender servicios en lugar de productos

Para escapar del atolladero ecológico que causa la dinámica intrínsecamente expansiva del capitalismo al operar dentro de una biosfera finita, la vía de salida más plausible que el defensor de un "ecocapitalismo" puede señalar es la idea de vender servicios en lugar de productos, "desmaterializando" así los ciclos de producción y consumo. Esto se puede ilustrar bien con el ejemplo de la "silla de oficina eterna" que traen a colación los autores de Factor 4 (Weiszäcker, Lovins y Lovins, 1997: 125). Si los elementos estructurales de la silla (el "pie", la "pata", la mecánica del asiento...) se optimizan en cuanto a su calidad ergonómica, comodidad, robustez y fácil reparación, y son diseñados para separarse con facilidad de los elementos más visibles y perecederos (el tapizado) con el fin de poder cambiar estos últimos de cuando en cuando, entonces obtenemos una silla de oficina casi eterna. La objeción es inmediata: ¿qué fabricante estaría interesado en vender sillas así? Una vez cubierta la demanda, ¡adiós negocio para toda la eternidad! La respuesta es interesante: vender sillas de oficina eternas puede ser efectivamente un mal negocio, pero alquilarlas sería un negocio fabuloso.

¿Existe una fórmula para interesar tanto a los fabricantes como a los comerciantes en este concepto de la longevidad? La respuesta está en el leasing. De este modo, la solidez del producto se convierte en algo que tiene un interés comercial directo. El paso de la venta al leasing, que optimiza el rendimiento puede tener amplias consecuencias para la sociedad industrial. Puede ser la señal de partida para encaminarse hacia una sociedad de servicios que prime el rendimiento y la solidez de los productos. (Weiszäcker, Lovins y Lovins, 1997: 126)

Este paso de la venta de productos a la venta de servicios -una especie de eco-leasing generalizado- es concebible, ciertamente, dentro de la lógica del sistema. Pero, si se generalizase tal estrategia, toparíamos de inmediato con otro factor limitante: ya no el "espacio" ecológico finito, sino el limitado tiempo vital de cada uno y cada una. Los productos materiales pueden acapararse, atesorarse y acumularse sin usarlos (dentro de ciertos límites), y el dinero puede acumularse sin límites: en cambio, el consumo de servicios no puede dilatarse en el tiempo, sino que sucede "en tiempo real", y el día tiene 24 horas para todos y todas. El problema puede visualizarse bien si piensa en la diferencia entre comprar libros o cintas de vídeo, y acumularlos aun sin leerlos o visionarlas (porque nos engañamos pensando que "algún día tendremos tiempo para hacerlo"...), frente a sacar libros prestados de la biblioteca o ver películas transmitidas por cable mediante un sistema de pay per view: en el segundo caso, acumular no es posible y la realización del beneficio capitalista topa con el límite infranqueable de las 24 horas que tiene el día.

Además, la estrategia de "vender servicios en lugar de productos" topa con otro límite importante en el tipo concreto de capitalismo que ha emergido de la reestructuración de los años setenta-ochenta, con una enorme y creciente cantidad de poder político-económico concentrado en un puñado de grandes empresas transnacionales. En efecto: el "ecocapitalismo utópico" de las "sillas de oficina eternas" exigiría una redistribución de poder en beneficio de las comunidades locales y de los trabajadores, y en detrimento del gran capital. Lo ha explicado con claridad meridiana el ex -director de la Agencia Europea de Medio Ambiente, Domingo Jiménez Beltrán:

Todo esto {vender servicios en lugar de productos} no interesa al sistema productivo, a la oferta, sobre todo a la gran empresa, al consorcio internacional, cuya movilidad y capacidad de maniobra y respuesta ante presiones locales o sindicales está mejor servida por el suministro de productos (que se pueden almacenar y transportar) y con más energía y materias primas (con movilidad en aprovisionamientos —debido a los bajísimos costes del transporte, por no internalizar los costes ambientales-— lo que crea mercados a precios cada vez más bajos, deseconomías en los países en desarrollo y explotaciones abusivas de recursos naturales e impactantes ambientalmente) que por el de servicios (intensos en mano de obra, menos movibles y especuladores)." (Jiménez Beltrán, 1997: 12)

Las economías de un "ecocapitalismo utópico" como el arriba esbozado tenderían a ser economías más autocentradas, con mercados locales y en cierta medida cautivos, con menos libertades para el gran capital. Por eso, si bien un "ecocapitalismo" que apuesta por vender servicios en lugar de productos es concebible, su materialización contraría los intereses de los mayores poderes del mundo en el que vivimos: las grandes corporaciones transnacionales.

4.2. Invertir en capital natural

Como mencioné antes, el cuarto principio del "capitalismo natural" anima a las empresas a invertir en capital humano y natural, de manera que se contrarreste la fuerte tendencia del capitalismo a socavar la capacidad de la tierra y de la sociedad para mantener la vida (analizada magistralmente por Karl Polanyi, 1989). Ahora bien, invertir en el medio ambiente y en la comunidad sin duda es deseable, y necesario si se desea evitar un colapso catastrófico del sistema: pero el problema es que cada capitalista individual tiene todo el interés en que alguien efectúe esas inversiones para proteger o restaurar los bienes públicos, cualquiera, excepto él mismo. La falta de inversión privada en bienes públicos es precisamente uno de los problemas estructurales del capitalismo que torna necesaria la intervención pública en la vida económica de cualquier sociedad industrial: no se solucionará con apelaciones bienintencionadas a la ética de los empresarios.

Éste es probablemente el momento adecuado para evocar la notable reflexión de James O'Connor sobre la "segunda contradicción" del capitalismo. A la contradicción entre fuerzas productivas y relaciones de producción que identificó la teoría marxista clásica, según el politólogo estadounidense, se añade una segunda contradicción entre las fuerzas y relaciones de producción capitalistas, y las condiciones (ecológicasy sociales) de esa producción (O' Connor, 1990).

La categoría clave en este análisis "marxista-polanyista" es la de condiciones de producción, y estas son de tres tipos: la fuerza de trabajo, las condiciones comunitarias (espacio urbano, comunicaciones, infraestructura de transportes, etc.), y las condiciones naturales (espacio físico, recursos naturales, sumideros para los residuos, etc). En los estados industriales modernos, las primeras remiten hoy a los servicios educativos y sanitarios; las segundas a infraestructuras, sistemas de comunicación, etc; y las terceras al estado de los ecosistemas.

Las condiciones de producción se caracterizan por no poder ser producidas como mercancías, aunque -en un sistema capitalista— pueden ser tratadas como tales.

Ello requiere la intervención del Estado: según O'Connor, todas las actividades del Estado democrático liberal que no tienen que ver con la administración, el orden público o las fuerzas armadas pueden situarse bajo la rúbrica regulación y suministro de las condiciones de producción.

Ahora bien: el suministro de condiciones de producción es altamente conflictivo, porque el capitalismo socava los fundamentos de ese suministro y así da lugar a que los costes de su reproducción sean crecientes.

La causa fundamental de la segunda contradicción es la apropiación y la utilización autodestructivas de la fuerza de trabajo, el espacio, la naturaleza o el medio ambiente exterior. Las crisis actuales de la salud, de la educación, de la familia, la crisis urbana y la crisis ecológica son ejemplos de esa autodestrucción. (O' Connor, 2003)

La política del capital, a nivel individual, estriba en intentar reducir al máximo los costes productivos; pero ello daña las condiciones de producción y así aumentan los costes para el capital en su conjunto (salud, educación, protección social, transportes, extracción de recursos naturales, servicios de los ecosistemas...). Al aumentar los costes productivos a causa de la segunda contradicción, se agrava la crisis fiscal del Estado, y ello también actúa como freno a la acumulación de capital. O'Connor subraya que Marx nunca consideró la posibilidad de que el capitalismo dañase o destruyese sus propias condiciones de producción (una buena compilación de textos en O'Connor, 1998).

Volviendo al cuarto principio del "capitalismo natural": invertir en capital humano y natural es urgentemente necesario, pero no se trata de una tarea para empresas privadas capitalistas (más allá de medidas cosméticas), sino para el Estado y las organizaciones de la sociedad civil. Es un principio coherente con una estrategia ecosocialista y contraría el funcionamiento normal del capitalismo.

4.3. Escasa verosimilitud de un "capitalismo sustentable"

Recapitulemos. Según el análisis de Barry Commoner que comparto, la causa de la crisis ecológica global hemos de buscarla en una tecnosfera en guerra contra la biosfera; por ello "el tema de nuestro tiempo" es ¿cómo rediseñar la tecnosfera, o las tecnosferas, de manera que encajen armoniosamente dentro de la biosfera? En realidad aparecen dos dimensiones del problema: una de escala, y otra de estructura (o diseño). Padecemos sistemas socioeconómicos humanos demasiado grandes en relación con la biosfera que los contiene (para lo cual "recetamos" autocontención en forma de gestión generalizada de la demanda), por una parte; y sistemas mal adaptados, sistemas humanos que encajan mal en los ecosistemas naturales (para lo cual "recetamos" biomímesis). Ahora bien, ha llegado el momento de preguntarse por la compatibilidad de estas dos "recetas" con el sistema socioeconómico capitalista dentro del cual vivimos: y la respuesta ha de apuntar hacia su compatibilidad escasa.

En efecto, mientras que el principio de ecoeficiencia casa razonablemente bien con los valores y las prácticas del capitalismo, autocontención y biomímesis encajan mal con los mismos. Puesto que el carácter intrínsecamente expansivo del capitalismo choca con la autocontención, y la prerrogativa del inversor privado sobre sus decisiones de inversión -uno de los puntales del sistema: si se pone en cuestión, se está cuestionando de hecho el capitalismo— choca contra la biomímesis.

Habrá quien afirme con mayor rotundidad: "capitalismo verde" es un oxímoron (Husson, 2013: 182; véase también Tanuro, 2011).

4.4. ¿Y qué sucede con las empresas que practican la producción limpia?

Pero, se podrá argüir, ¿acaso no existen ejemplos de incipientes transformaciones hacia el ecocapitalismo? Casos como el de Röhner Textil, la pequeña empresa suiza de Heerbrug (valle del Rin, cerca del lago Constanza), indican un camino interesantísimo15. Es uno de los ejemplos logrados, junto con el "ecosistema industrial" de Kalundborg en Dinamarca y algunos otros -muy publicitados, precisamente porque no hay tantos— de transformación hacia la producción limpia (algunos otros ejemplos estimulantes en Blount, Riechmann y otros 2003).

Estos casos de producción limpia desbordan el marco de ecoeficiencia dentro del que tiende a quedar restringido el "capitalismo verde" y desarrollan reformas que incorporan también el principio de biomímesis, y el principio de precaución.

Ahora bien, ¿podemos pensar en producción limpia de forma generalizada bajo el capitalismo? En mi opinión no: como ya indiqué antes, haría falta un grado tal de coordinación social (no sólo mediante mercado sino también mediante planificación), de vigencia de valores alternativos y de sometimiento de las decisiones de inversión a criterios ajenos a la rentabilidad de los capitales privados, que nos sitúan en otro marco socioeconómico.

Así que hay que insistir en la cuestión del "cambio de modelo": la sostenibilidad de un sistema (en particular, de la economía española, por ejemplo) no tiene demasiado que ver con las mejoras marginales en su eficiencia (lo cual no quiere decir que no tengamos que perseguir con tesón la ecoeficiencia, por las razones que apunté anteriormente): tiene que ver más bien con su metabolismo básico, con las pautas de intercambio de materia y energía entre el sistema y su entorno. Los ejemplos de Röhner Textil o Kalundborg son esperanzadores porque inciden precisamente en eso: el metabolismo industrial.

Si los análisis anteriores son correctos, por tanto, las posibilidades de que se desarrolle un "capitalismo ecológico" resultan harto escasas. Una estrategia ecocapitalista intentará apoyarse sobre los principios de ecoeficiencia y biomímesis -enlazando este último con la idea de "vender servicios en lugar de productos"-, pero topará con importantes dificultades a la hora de ponerlos en práctica por las razones anteriormente expuestas; y no sabrá qué hacer con las ideas de autocontención.

De manera que la idea de un "ecocapitalismo" sigue sin resultar demasiado convincente. En cualquier caso -y sea cual fuere la respuesta que uno aventure en aquel debate inconcluso y no poco abstracto-, de lo que no puede caber ninguna duda, tanto a ecocapitalistas como a ecosocialistas, es que la continuación de la dinámica expansiva puede anular todos los beneficios de la "revolución de la eficiencia" (como indican repetidamente los mismos autores de Factor 4). Supongamos que la revolución tecnológico-económica del "factor 4" tenga éxito en el próximo medio siglo. Pues bien, si hacia el 2050 la población del planeta se estabiliza en 10.000 millones de habitantes (una previsión razonable) y la eficiencia con que empleamos la energía y los materiales se ha multiplicado por cuatro, pero durante este período el consumo mundial per capita ha ido creciendo a un modesto 1'5% anual (y pensemos que desde 1978 el crecimiento anual de China ha sido superior al 9% en promedio), entonces el consumo per capita se habrá duplicado en el 2050, con lo que el aumento de la población y el consumo absorberán todos los beneficios del factor 4, sin que disminuya en absoluto el impacto sobre los ecosistemas.

Podemos hacer más con menos, pero también tendremos en muchos casos que hacer menos (lo cual no quiere decir necesariamente vivir peor, sino vivir de otra manera: pero aquí la discusión sobre los cambios materiales desemboca en la de los cambios culturales... y en el cuestionamiento de las estructuras de poder y propiedad). De poco (o nada) servirán las reformas para "ecologizar" la producción, y muy particularmente las mejoras en eficiencia, si no se frena el crecimiento material de nuestras sociedades sobredesarrolladas.

4.5. De nuevo la "cuestión del sistema"

El investigador belga Daniel Tanuro, desde su análisis ecosocialista de la crisis climática (Tanuro, 2011), insiste en que constituye un error mayúsculo ajustar las respuestas al calentamiento climático -tanto si hablamos de mitigación como de adaptación, por emplear las expresiones consagradas— a lo que resulta políticamente factible dentro del capitalismo, aceptado como un marco irrebasable. En la gran mayoría de los casos, ni siquiera las más tibias medidas de "internalización de externalidades" han

resultado posibles en los últimos decenios, al chocar contra la resistencia organizada de los capitales privados. Respetando las exigencias de rentabilidad de los capitales privados, no resulta viable estabilizar el clima del planeta, ni siquiera evitar lo peor del calentamiento global. El calentamiento climático -y más en general la crisis ecológico-social— pone inevitablemente sobre la mesa, en efecto, la cuestión del sistema socioeconómico. Pues, en efecto, no se trata de disfunciones parciales sino de una crisis sistémica.16 Como se reconoce incluso desde think tanks más bien inclinados hacia el eco-liberalismo como el Worldwatch Institute,

...hacer las cosas un poco 'mejor' ambientalmente no detendrá el deterioro de las relaciones ecológicas de las que dependen nuestra alimentación y nuestra salud. Mejorar nuestra actuación no estabilizará el clima. No ralentizará el agotamiento de los acuíferos ni la subida del nivel del mar. Tampoco devolverá uno de los rasgos naturales de la Tierra más visibles desde el espacio, los hielos árticos, a su extensión preindustrial. Para modificar estas tendencias son necesarios cambios infinitamente mayores que los realizados hasta la fecha... (Engelman, 2013:29)

Si se parte del enorme asunto del calentamiento climático, hay que reconocer que, se tome como se tome, tratar de resolverlo, aunque sea con herramientas económicas liberales de tipo cap and trade, exige una regulación global de la economía. Más en general, adaptarla economía mundial a los límites biofísicos del planeta (asunto ineludible si la especie humana desea tener un futuro más allá de las crisis del siglo XXI, el Siglo de la Gran Prueba) exige una regulación global de esa economía. Reducir las emisiones de dióxido de carbono en las magnitudes y plazos necesarios, no ya para estabilizar el clima del planeta, sino para frenar lo peor del calentamiento (reducir al menos un 5% anual durante casi cuatro decenios, de 2013 a 2050, de manera que en 2050 supusieran aproximadamente una décima parte de las emisiones de 2011), no es compatible con mantener la rentabilidad que exigen los capitales privados en el sistema de producción capitalista...

 

¿FRENAR EL CALENTAMIENTO GLOBAL?

El recalentamiento de la atmósfera que implica un aumento de la temperatura superior a 1,5° C en relación a la época preindustrial acarreará catástrofes ecológicas y sociales irreversibles. Los desastres ya están en marcha y el ejemplo más visible lo constituyen los fenómenos meteorológicos extremos. Pero aún estamos a tiempo de evitar lo peor; sobre todo, el incremento de tres metros en el nivel de los océanos que obligaría a emigrar en un plazo breve a cientos de millones de personas. Ahora bien, para contar con el cincuenta por cien de probabilidades de que la subida de la temperatura no supere los 2,4°C, los requisitos a cumplir son draconianos: si se quiere lograr alcanzar el nivel de cero emisiones antes del año 2100 (en realidad, ese año las emisiones deberían de ser negativas, lo que significa que el ecosistema Tierra debería absorber más de dióxido de carbono del que emite) es necesario que los países desarrollados dejen de utilizar los combustibles fósiles de aquí al año 2050 y que las emisiones mundiales de gas de efecto invernadero disminuyan entre el 50 y el 85% en ese mismo período. Las energías renovables pueden tomar el relevo. Su potencial técnico es más que suficiente. Pero la transición es extremadamente complicada, porque se trata de reemplazar, en un plazo muy corto, el sistema energético existente por otro completamente diferente y mucho más caro. Los elementos a tomar en cuenta son los siguientes:

•  Si se rechaza la tecnología nuclear -y es necesario rechazarla por muchas razones que no desarrollaremos aquí- y si se respeta el principio de responsabilidades compartidas pero diferentes de los distintos países -que es necesario respetar por razones de justicia Norte/ Sur evidentes-, de ahí se desprende que el éxito de la transición hacia las energías renovables exige reducir la demanda final de energía en torno a la mitad en la Unión Europea y a las tres cuartas partes en los Estados Unidos.

•  Una reducción de tal envergadura no se puede realizar sólo a través de medidas orientadas a ahorar energía. Junto a ello, es indispensable disminuir la producción material y el transporte. Por lo tanto, no basta con equilibrar la supresión de producciones inútiles o perniciosas con el incremento de producciones ecológicas; es preciso que el balance final sea negativo.

•  En términos de emisiones, esto significa que alrededor del 80% de las reservas actuales (de las que se tiene conocimiento) de carbón, petróleo y gas natural no deben ser explotadas. Ahora bien, estas reservas pertenecen a empresas capitalistas y a Estados capitalistas que las contabilizan como activos en sus balances. Su no-explotación equivaldría a la destrucción de ese capital: algo inaceptable para los accionistas. No hay duda.

•  Salvo excepciones, las energías renovables son más caras que las energías fósiles y, grosso modo, lo seguirán siendo durante las dos próximas décadas. En la práctica, el efecto principal del alza de los precios del petróleo es hacer que la explotación de las arenas bituminosas, del gas de pizarra, de los aceites pesados y de las aguas profundas resulten rentables; lo que les hace rentables desde el punto de vista capitalistas pero totalmente destructivas desde el punto de vista medioambiental, a lo que se añade que, a veces, su tasa de retorno energético (la relación entre el input y el output energético) sea muy pequeña.

Globalmente, la transición hacia las renovables no existe. Es la ONU quien lo constata: 'La modificación de la tecnología energética se ha ralentizado considerablemente al nivel de mix energético global [la relación entre el uso de diferentes fuentes energéticas] desde los años 1970; no existe ningún dato empírico que demuestre la idea ampliamente extendida de que la modificación de las tecnologías energéticas esté progresando. (..) Apesar del enorme incremento en la difusión de las tecnologías energéticas renovables desde los años 2000, está claro que la trayectoria actual no va, ni mucho menos, hacia una descarborización total del sistema energético global para el año 2050.' (UN, World Economic and Social Outlook 2011, pp. 49-50).

Una de las razones de esta situación -que contrasta con la imagen difundida por los media- es que la utilización totalmente racional de las renovables precisa de la puesta en pie de un sistema energético alternativo, completamente nuevo, descentralizado, ahorrador y provisto de dispositivos de almacenamiento. En el marco actual de un sistema centralizado y derrochador, 1GW de capacidad eólica intermitente necesita el refuerzo de 0,9 GW fósil; es decir, no se hace más que añadir las energías renovables a las tradicionales. Evitar este solapamiento implica construir en diez años una red 'inteligente', lo que constituye un proyecto 'gigantesco, que precisa de un progreso tecnológico, una cooperación internacional y transferencias sin precedentes' (Ibid., pag. 52).

Las implicaciones económicas y, por tanto, políticas y sociales, del cambio de sistema energético están bien resumidas en este mismo informe de Naciones Unidas: 'Globalmente, el costo de la sustitución de la infraestructura fósil y nuclear actual es de al menos de 15 a 20.000 millardos de dólares [de un cuarto a un tercio del PIB mundial-DT]. Entre 2000 y 2008, China, ella sola, incrementó su capacidad eléctrica basada en el carbón en más de 300GW, con una inversión de más de 300 millardos de dólares. Inversión que comenzará a ser rentable a partir de 2030-2040 y que puede ser que funcione hasta el 2050-2060. De hecho, en las economías emergentes, no es sino recientemente que se han desplegado las infraestructuras energéticas, que son totalmente nuevas y de una durabilidad prevista de al menos 40 a 60 años. Está claro, que es bastante improbable que el mundo (sic) decida eliminar de la noche a la mañana entre 15 y 20.000 millardos de dólares de infraestructuras y reemplazarlos por un sistema energético renovable cuyo precio es más elevado' (UN, World Economic and Social Outlook 2011, p. 53).

Si'el mundo' fueracorrectamente informadoy consultado sobre los desafíos actuales, 'elmundo' decidiría, sin ninguna duda, reemplazar el sistema fósil por un sistema renovable. Pero los Estados capitalistas, aunque disponen de esa información, no tomarán esta decisión. Anivel global, son totalmente incapaces de encontrar una solución humanamente aceptable a la acumulación de las dificultades señaladas más arriba. La ley del beneficio se lo impide. Ni el impuesto sobre los combustibles fósiles, ni el mercado sobre los derechos de emisión aportarán la solución. Para que esas medidas resulten mínimamente eficaces, los impuestos o los derechos de emisión deberían situarse, en sectores como el transporte, en 600 o 700 dólares/tm de CO2, lo que es totalmente impensable. Todos los sectores claves de la economía (automóvil, aeronáutica, construcción naval, química, petroquímica, producción eléctrica, siderurgia, cemento, agroalimentación, etc.) se verían muy penalizadas. Creer que los patronos de las empresas afectadas aceptarán que se toquen sus márgenes de beneficios, creer que los Estados rivales que representan a esos patronos se pondrán de acuerdo para atacar simultáneamente los beneficios de todos los patronos de todos los países, es creer en Papá Noel. Es lo testifica abundantemente el fracaso de las cumbres medioambientales sobre el clima desde hace 20 años (¡veinte años!). ¡Y esta situación no va a cambiar en el contexto de la competencia exacerbada que causa estragos desde 2008!

Fuente: Tanuro (2013)

Como resume Michel Husson su concienzudo análisis, "los objetivos de reducción de emisiones de dióxido de carbono son inalcanzables dentro de un marco capitalista, a causa de una limitación doble. La internalización de los costes ligados a las emisiones queda limitada por la exigencia de rentabilidad, y la disminución del crecimiento [material que sería necesaria] chocaría con la lógica de la competencia y la acumulación sin fin" (Husson, 2013, 182).

Nunca la necesidad objetiva de ecosocialismo fue tan grande como hoy, cuando nos asomamos al abismo de un colapso civilizatorio... Pero, al mismo tiempo, a escala mundial parecen lejísimos de madurar las condiciones subjetivas para avanzar hacia una sociedad así, después de más de tres decenios de neoliberalismo/ neoconservadurismo y del fracaso del experimento pseudosocialista de la URSS y sus países satélites. Tal es la tragedia que caracteriza a nuestro tiempo.

 

5. Para avanzar hacia políticas ecosocialistas

La ecología política, ese saber de los límites impuestos al desarrollo humano por las constricciones naturales, no es "un tema más" para el que tenga que ofrecer su cataloguito de soluciones la política de izquierda (o cualquier otra política). Tomarnos en serio la ecología implica la necesidad de transformar la política entera (y por tanto también la política socialista, comunista o anarquista): redefinir las categorías con que interpretamos la realidad, cambiar las prácticas con que intentamos transformarla.

Manuel Sacristán (1925-1985), el pensador comunista que mejor trabajo en este sentido, escribía en 1983: "Un programa socialista no requiere hoy -quizá no lo requirió nunca- primordialmente desarrollar las fuerzas productivo-destructivas, sino controlarlas, desarrollarlas o frenarlas selectivamente". Con ello queda establecida la primera corrección decisiva a la política comunista tradicional: revisar su adhesión acrítica al tradicional concepto burgués de progreso, y a la cultura productivista generada por el capitalismo (en su doble vertiente material e ideal). Como se ha señalado, ello entraña una verdadera revolución cultural dentro del movimiento obrero, y de las clases trabajadoras en general.

 

LA TEMPRANA LUCIDEZ DE MANUEL SACRISTÁN

[Para Manuel Sacristán en 1972] los 'problemas nuevos, post-leninianos' son las nuevas formas de colonialismo (en un marco general en que los habitantes de los territorios colonizados habían accedido a la independencia política), el uso del armamentismo como elemento motor del sistema económico capitalista y la utilización como multiplicadores económicos de industrias ecológicamente insostenibles. Sacristán señala la dificultad de formular objetivos últimos del partido que incluyeran la solución de estos problemas. E ilustra esta dificultad con una consideración acerca de los modelos de desarrollo de los países llamados 'socialistas': su construcción 'sigue en gran parte en su planificación el camino que en las sociedades capitalistas adelantadas está llevando a un callejón sin salida no sólo ya desde el punto de vista económico, sino también en los terrenos de la civilización o modos de vida y en el de la ecología, o asentamiento de la especie humana en la Tierra'.

Aunque la temática ecológica ya ha aparecido incidentalmente en la obra de Sacristán, ésta parece ser su primera formulación fuerte en un contexto directamente político. (...) El filósofo político y de la ciencia que es Sacristán ha percibido la esencial radicalidad de la temática medioambiental a través del estudio de la nueva ciencia ecológica. Y comprende que las empresas capitalistas seguirán depredando el medio ambiente, al igual que explotan a la fuerza de trabajo, en virtud de la lógica del beneficio que dirige su funcionamiento. Ésta era entonces una percepción claramente innovadora. No se encuentra nada parecido en la reflexión de la izquierda europea de la época.

Fuente: Capella (2005:165)17

Ecosocialismo (reflexión ecosocialista, proyectos ecosocialistas) es socialismo que: a) toma nota del fracaso del "socialismo realmente existente" y del fracaso de las socialdemocracias europeas, b) sigue manteniendo el "núcleo duro" de la identidad socialista (los valores de igualdad, libertad, comunidad y autorrealización, y la tesis de que el cumplimiento de esos valores resulta incompatible con el capitalismo; véase al respecto Ovejero, 2005, capítulos 1 y 2), y c) asume hasta el fondo la falsedad de la tesis de la abundancia, central para los modelos clásicos de socialismo.

Por tanto: asumir los fracasos revolucionarios -y reformistas— del terrible siglo XX, no desnaturalizarse -no renunciar a la identidad socialista ni al anticapitalismo— y conceder a la cuestión de los límites ecológicos la importancia que le es propia.

5.1. Necesidad de una revolución cultural

¿En qué sentido debería orientarse la revolución cultural dentro del movimiento obrero antes evocada? El ensayista francés Alain Bihr ha señalado la necesidad de revisar tanto el sentido de las luchas de clases como las orientaciones estratégicas del movimiento. En cuanto a lo primero, no se puede seguir abandonando la dirección del proceso productivo a la clase dominante, disputando sólo por la porción del "pastel económico" que se recibe, como imponía el compromiso social imperante en el período "fordista" del capitalismo. Las luchas de clases no han de cuestionar sólo el reparto del producto social global, si siquiera sólo el control de los medios de producción, sino que tienen que poder incidir en las orientaciones del proceso social de producción, liberando a las fuerzas productivas no de las "barreras capitalistas" a su crecimiento ilimitado sino precisamente de su sometimiento al imperativo de crecimiento ilimitado; es decir, el movimiento obrero tendría que poder elaborar e imponer mediante sus luchas una lógica alternativa de desarrollo, cualitativamente diferente de la lógica productivista del capital.

En cuanto a lo segundo, las orientaciones estratégicas: para incidir en los fines de la producción y la lógica del desarrollo económico, lo más fundamental no es la conquista del poder estatal (lo cual no significa que esta tenga que desaparecer del horizonte estratégico de los movimientos emancipatorios). Por el contrario, las luchas obreras y ciudadanas tendrían que proponerse imponer a los capitalistas y al estado a la vez: a) contrapoderes capaces de controlar democráticamente el desarrollo industrial y tecnocientífico,(b) proyectos y planes alternativos de producción (asignando un valor especial a la conversión de la industria militar), y c) el desarrollo de una economía alternativa (una "economía moral" orientada no por la compulsión a la reproducción ampliada del capital, sino según criterios de compatibilidad ecológica, utilidad social y autogestión) cuyas fuentes coinciden en parte con las del mismo movimiento obrero (cooperativismo y mutualismo).

El economista y dirigente vecinal Albert Recio ofrece otro conjunto de sensatas sugerencias que nos importa toma en consideración, y que cabe resumir en cinco propuestas: 1) partir de las necesidades humanas, 2) defender los valores igualitarios, 3) crear un marco institucional que favorezca los cambios y adaptaciones, 4) reforzar la democracia (sobre todo en los ámbitos de la empresa privada y los medios masivos), y 5) estimular el cambio cultural basado en valores alternativos.

 

CINCO EJES PARA AVANZAR HACIA UNA POLÍTICA ECOSOCIALISTA, SEGÚN ALBERT RECIO

1.  Tomar las necesidades humanas como punto de partida. "Una política económica de izquierdas debe empezar por plantear la actividad económica desde la óptica de las necesidades. (...) Plantear la organización económica desde el punto de vista de las necesidades supone empezar por discutir cuáles son los niveles de vida que deben garantizarse universalmente, en el sentido propuesto por Doyal y Gough (1987) de permitir a todos los ciudadanos participar normalmente de la vida social. Este enfoque permite también abrir un debate social sobre lo que es básico, lo que es secundario, lo que es un lujo y lo que resulta totalmente inaceptable por los efectos negativos, sociales y ambientales, que provoca en la sociedad. Permite también discutir entre formas alternativas de satisfacer necesidades básicas y romper el determinismo tecno-productivo con el que se defiende la continuidad de las formas actuales de vida. Un enfoque de necesidades conduce a la priorización de actividades sociales y a la penalización (incluida la prohibición) de aquellas que generan un reconocido mal social.1 (...) Un enfoque de necesidades supone también considerar que la actividad laboral mercantil (o realizada para instituciones públicas) debe permitir el desarrollo de la vida personal y unas buenas condiciones de trabajo. Los problemas de encaje entre la actividad laboral mercantil, el trabajo doméstico y la vida social no tienen solución mientras la actividad mercantil siga hegemonizando la organización del tiempo vital. Plantear el trabajo desde este enfoque conduce sin duda a favorecer modelos de organización más cooperativos (y cualificadores). En parte la nueva propuesta de la OIT a favor del trabajo decente, tratando de fijar condiciones mínimas en diversos campos (duración, paga, derechos sociales....) va en este mismo sentido. Supone entre otras cuestiones una lucha contra el subempleo y a favor de condiciones laborales básicamente igualitarias. De hecho, la cantidad total de empleo debería ser ajustable a través de cambios en la jornada laboral, cuya fijación debería obedecer a los cambios en la cantidad de trabajo necesaria para cubrirlas. Y un enfoque de necesidades supone además reconocer que a través del mercado solo se satisfacen una parte de las necesidades sociales. La actividad doméstica y social juega también un papel básico. Por esto la organización de los tiempos debe considerar prioritamente las lógicas temporales que emanan de las necesidades de reproducción social, cuestionando la actual primacía de la empresa privada en la organización del tiempo de vida.

2. Defender el valor de la igualdad. "En los últimos años la única ideología antiigualitaria que ha sido socialmente cuestionada (y que ha conseguido influir en la elaboración de las políticas públicas) es la que se basa en criterios de género, debido a la incesante lucha de las mujeres por romper las ideologías patriarcales. El problema estriba en que los avances que puedan producirse en este terreno pueden quedar neutralizados por el hecho que muchas desigualdades de género se combinan con desigualdades de otro tipo, que al no ser cuestionadas mantienen a muchas mujeres en situaciones indeseables. (...) Una apuesta por el igualitarismo es, en primer lugar un componente básico de lucha contra la subocupación y la precariedad, puesto que esta viene en gran medida legitimada por la baja 'cualificación' de estos empleos. Es también una apuesta por el desarrollo de formas de producción más cooperativas y formativas. Pero es también una necesidad para cualquier desarrollo ecológico serio. En primer lugar porque la única forma de evaluar la sostenibilidad de un modelo productivo es ver si es factible aplicarlo al 100% de la población. De hecho allí donde este criterio no se cumple se puede argumentar que es falaz la idea de igualdad de oportunidades, porque con independencia de los méritos que cada uno cumpla, alguien quedará forzosamente excluido. Pero el igualitarismo es también la única vía por la que pueden eludirse los impactos negativos que generan los consumos posicionales y las pautas de emulación de los ricos."

3.  Crear un marco institucional que facilite los cambios y adaptaciones. "La reconversión ecológica exige importantes ajustes en la estructura productiva de la sociedad, reduciendo o eliminando importantes áreas de actividad y favoreciendo el desarrollo de otros. Los ajustes son socialmente costosos para todo el mundo. Evidente para las personas asalariadas para quienes la pérdida del empleo constituye no sólo un descalabro financiero. En muchos casos significa la pérdida de su reconocimiento profesional. Pero, como ya se ha indicado, también para las empresas privadas el ajuste es difícil y por ello invierten tantos recursos y esfuerzos en bloquearlos. Cualquier diseño institucional alternativo debe partir del reconocimiento de que las resistencias al cambio van a existir y obedecen a razones legítimas. La única forma de hacerles frente es construyendo un marco institucional que minimice los costes del ajuste y ayude a realizarlo sin traumas."

4. Reforzar la democracia, los mecanismos de "voz" colectiva y la participación. Democratizar especialmente los ámbitos de la empresa privada y los medios de comunicación masiva. "Las demandas de participación social vuelven a estar en el panorama político. Pero curiosamente están limitadas a los espacios de gestión pública. Es lógico que la gente pida participación allí donde piensa que tiene derecho, y al fin y al cabo las instituciones democráticas hacen a todo el mundo partícipe potencial de las decisiones públicas. El problema es que por lo que atañe a la actividad económica este derecho de participación es muy limitado, en la medida que el sector privado sigue gobernado por instituciones completamente autocráticas. Instituciones que además tienen un enorme poder de influencia sobre las decisiones públicas. (...) Ampliar los espacios de voz no puede por tanto limitarse a introducir unas cuantas pautas participativas en la gestión menor sino que exige cambiar por completo el ámbito de información y debate. Exige también democratizar la empresa hacia un modelo autogestionario. Aunque ningún modelo puede pensarse como una panacea, resulta bastante evidente que cuanto más participativa y deliberativa sea una organización social, más posibilidades existen de que estos debates hagan aparecer los costes sociales de todo tipo que genera una determinada actividad y favorezcan la cultura de autocontención que exige un proyecto de economía ecológica. Un proyecto participativo real exige a su vez modificaciones importantes en otros cambios, particularmente en la forma como se organizan los grandes debates políticos y en el funcionamiento de los medios de comunicación."

5. Avanzar hacia una sociedad de empleo decente, sostenibilidad y vida social plena exige el reforzamiento de una sociedad civily cultural alternativa que actúe de promotora de este cambio cultural. "A menudo la reflexión, el discurso intelectual más alternativo es reprimido por los partidos y organizaciones (sindicatos, etc.)de izquierdas en aras a mantener una posición en la política cotidiana. Es comprensible que determinadas propuestas se perciban desastrosas cuando se valora el campo electoral o la movilización a corto plazo. Pero al acallarla se está impidiendo una combate intelectual a largo plazo sin el cual no hay ninguna posibilidad de transformación real. La derecha juega actualmente con un modelo más plural de organización que deja una parte de la formación de opinión a instituciones no partidistas (desde la Iglesia Católica hasta la proliferación de fundaciones y grupos de opinión).

Fuente: Recio (2004)

5.2. Socialismo antiproductivista

El capitalismo es un sistema económico social cuyo resorte esencial es la acumulación incesante de capital a través de la mercantilización de todo. "El mundo no es una mercancía", gritaban los manifestantes de Seattle en 1999, luego organizados en constelación de movimientos "altermundialistas". "No somos mercancía en manos de políticos y banqueros", proclamaban en la primavera de 2011 los manifestantes del movimiento 15-M en Madrid, Barcelona y otras ciudades españolas. El socialismo, como sistema social y como modo de producción, se define por la aspiración a que el trabajo deje de ser una mercancía, y la economía se ponga al servicio de la satisfacción igualitaria de las necesidades humanas (predominando el trabajo sobre el capital, y el valor de uso sobre el valor de cambio)18. El ecosocialismo añade a las condiciones anteriores la de sustentabilidad: modo de producción y organización social han de cambiar para llegar a ser ecológicamente sostenibles o sustentables. Debemos abandonar lagrowthmania de la que están presas las economías industriales, la locura del crecimiento por el crecimiento -por más contraproductivo que resulte-—: el ecosocialismo es socialismo antiproductivista.

No mercantilizar los factores de producción -naturaleza, trabajo y capital—, o desmercantilizarlos, es la orientación que un gran antropólogo económico como Karl Polanyi sugirió en La Gran Transformación. Desmercantilizar y democratizar: el ecosocialismo trata de avanzar hacia una sociedad donde las grandes decisiones sobre producción y consumo sean tomadas democráticamente por el conjunto de los ciudadanos y ciudadanas, de acuerdo con criterios sociales y ecológicos que se sitúen más allá de la competición mercantil y la búsqueda de beneficios privados.

Sin duda, muchos idearios de izquierda han sido productivistas (como abrumadoramente lo ha sido la cultura política y económica de los últimos dos siglos); pero algunas líneas minoritarias del pensamiento socialista formularon tempranas críticas del productivismo y la noción burguesa de progreso. Destacaría en ello el novelista, diseñador y revolucionario británico William Morris; y también vale la pena rememorar al Walter Benjamin de Dirección única, un libro de apuntes, fragmentos y agudezas publicado en 1928:

Dominar la naturaleza, enseñan los imperialistas, es el sentido de toda técnica. Pero ¿quién confiaría en un maestro que, recurriendo al palmetazo, viera el sentido de la educación en el dominio de los niños por los adultos? ¿No es la educación, ante todo, la organización indispensable de la relación entre las generaciones y, por tanto, si se quiere hablar de dominio, el dominio de la relación entre las generaciones y no de los niños? Lo mismo ocurre con la técnica: no es el dominio de la naturaleza, sino dominio de la relación entre naturaleza y humanidad. (Benjamin, 1987: 97)

Dominar no la naturaleza sino la relación entre naturaleza y humanidad. Dominar nuestro dominio: creo que esta idea sigue siendo inmensamente fecunda en el siglo XXI19. Se trata, de alguna manera, de llevar la enkráteia que encomiaban Sócrates y Aristóteles del ámbito personal al socioecológico, transformando el autodominio del varón prudente en autocontención civilizatoria. Todas las relaciones humanas entrañan ejercicio de poder: insistía en ello un filósofo como Michel Foucault (en la estela de Nietzsche)20. Pero si, en un ejercicio de reflexividad guiado por los valores de la compasión, trato de dominar no al otro sino mi relación con el otro, si trato de dominar mi dominio, de autocontenerme, se abren impensadas posibilidades de transformación. De verdadera humanización para esos inmaduros homínidos que aún seguimos siendo.

Siete tesis para concluir

1 .No puede hacerse frente a la crisis ecológica global sin una reconstrucción ecológica de la economía; estamos hablando, entonces de cambios estructurales profundos.

2.Hay margen para ecologizar el capitalismo (principalmente por la vía de la ecoeficiencia), pero se agotará relativamente pronto (un ecocapitalismo es a la postre inviable), de manera que la "cuestión del sistema" seguirá planteada durante los próximos decenios, y de manera muy intensa, aunque hoy nos parezca tan alejada de lo políticamente factible.

3.Desde criterios y principios ecosocialistas, deberíamos intentar aprovechar esos márgenes de acción, lo más rápida y vigorosamente posible: tanto porque conseguiremos algunas mejoras socioecológicas reales -que son desesperadamente necesarias-—, como para mostrar -por la vía de los hechos— lo limitado de los planteamientos de "reforma interna" del capitalismo. Pues si la ecología política no se torna francamente anticapitalista, está de antemano condenada a la frustración y la inoperancia... Por ejemplo: claro que una consideración racional de las cosas, en la devastada España que ha dejado tras de sí la burbuja inmobiliaria que estalló a partir de 2008, exigiría centrar los esfuerzos en la rehabilitación energética de los edificios ya existentes. Pero eso choca contra la ley del valor y contra el poder estructural del capital: y así lo que este querría es ¡derribar los edificios sobrantes para recuperar los precios altos! (Como se ha hecho en Irlanda y en EEUU, y como se propone para España.)

4.Al final de ese esfuerzo -que puede identificarse con el esfuerzo de llevar a la práctica la Estrategia Europea de Desarrollo Sostenible, por ejemplo, junto con las otras estrategias que de ella se derivan "en cascada" hasta llegar a la Agenda 21 local de la más pequeña aldea— estoy convencido de que nos encontraremos con la "cuestión del sistema" encima de la mesa, y -si hemos sabido realizar durante ese tiempo nuestro trabajo pedagógico y político de "ilustración socioecológica"— con una correlación de fuerzas más favorable para nosotros.

5.Los profundos cambios necesarios implican -entre otras cosas— una reorientación sustancial de las prioridades de inversión, así como un mayor grado de control social sobre muchas actividades económicas.

6.Ello afecta al "núcleo duro" del poder capitalista: el control privado sobre las decisiones de inversión económica.

7.Por tanto, no hay posible solución dela crisis ecológica global sin una política económica ecosocialista, y ésta última supone enfrentarse con el poder del capital.

 

Notas

1 Una versión anterior de este artículo fue publicada en el libro La izquierda verde coordinado por Ángel Valencia (Icaria/Fundación Nous Horitzons; Barcelona, 2006), y luego como capítulo 11 de Biomímesis (Los Libros de la Catarata; Madrid, 2006). Ahora, revisado y actualizado para la presente publicación en la revista Integra Educativa, que pertenece al Instituto Internacional de Integración del Convenio Andrés Bello (La Paz, Bolivia).

2 Otra sería la incompatibilidad entre capitalismo y democracia, a poco que ésta última se tome en serio. El desarrollo sin trabas del primero lleva al desmedro de la segunda, y viceversa. La esencia del capitalismo es la acumulación de capital a través de la mercantilización generalizada; la esencia de la democracia consiste en autogobierno y autonomía colectiva (que cada uno y cada una participe en la elaboración de normas y en la toma de decisiones que le afectan). A más democracia, menos capitalismo, a más capitalismo, menos democracia: en este último proceso las sociedades occidentales llevan decenios retrocediendo. El desempleo o la destrucción de derechos sociales, al mismo tiempo que se protegen por todos los medios las rentas financieras, no son accidentes del sistema, sino el resultado -mediado por muchas contingencias, claro está— de políticas deliberadas puestas en práctica por la clase dominante. Perspectivas interesantes en Schweickart (1997 y 1999); así como en Monedero (2013).

3  Un análisis pionero -y todavía muy útil— de estas cuestiones en Commoner (1973, capítulo 12).

4  En la UE, donde cada año se producen 32.500 muertes por cáncer de origen laboral, la propuesta de normativa REACH (Registro, Evaluación y Autorización de Sustancias Químicas) intentó poner algo de orden en el opaco y peligroso mundo de la industria química. Un solo dato: hay 113.000 sustancias químicas cuya venta está autorizada en los mercados europeos (datos de 2004), y de ellas 2.600 tienen ventas de más de mil toneladas por año. Pues bien: de estas 2.600, sólo el 3 % ha sido adecuadamente caracterizado en lo que a riesgo se refiere. Y de entre las 113.000 sustancias, apenas 28 han completado una evaluación total de riesgos, y de éstas sólo cuatro resultan accesibles al público general. Sin esta completa evaluación de riesgo, ninguna sustancia puede retirarse del mercado, ¡aunque se trate de una verdadera "bomba química"...!

Los costes de poner en práctica REACH que recaerían sobre la industria química fueron estimados por la Comisión Europea en 2.300 millones de euros en un período de 11 años (unos 200 millones al año). Esta cifra puede compararse con los más de 15.000 millones de beneficios que obtuvieron las cincuenta mayores empresas químicas europeas en un solo año (2002), y también con los más de 50.000 millones de euros ahorrados en costes sanitarios que se seguirían de REACH, de acuerdo con una estimación conservadora. A pesar de ello, la industria química europea se opuso tenazmente a REACH -buscando para ello alianzas con las empresas químicas norteamericanas y con el Gobierno de EE.UU.—-, y desnaturalizó este razonable proyecto de normativa cuanto pudo a lo largo de su tramitación... A guisa de ejemplo: consiguió que desapareciese de la propuesta oficial el "deber de diligencia" (duty ofcare en inglés), que dice que las sustancias químicas deben ser producidas o usadas de manera que no produzcan efectos negativos sobre la salud pública ni el medio ambiente. ¡Hasta tal extremo es antisocial y antiecológica la posición de esta patronal!

"La química sostenible es la química del contaminante que no llega a existir", sostiene el catedrático de Química Orgánica Ramón Mestres, presidente de la Red Española de Química Sostenible. No la generalización de las "buenas prácticas" en el uso de los productos peligrosos, sino viviry trabajar sin productos peligrosos. Y a quien nos diga que entonces se tornan imposibles el "progreso" y el "desarrollo" replicaremos: precisamente para que podamos llamarlos progreso y desarrollo tendrán que darse en esas condiciones.

5 En España, Antonio Turiel —científico titular del CSIC y presidente del Oil Crash Observatory, además de autor del excelente blog The Oil Crash (http://crashoil.blogspot.com)- calcula que sustituir los aproximadamente 6 exajulios de energía primaria usada anualmente en España por fuentes renovables implicaría instalar un terawatio eléctrico, de modo que las necesidades de capital de esta transformación se elevarían a 4'12 billones de dólares: tres veces el PIB de España. Si se adoptase una "economía de guerra" que permitiese destinar el 10% del PIB cada año para sufragar esa transición hacia uno de los rasgos básicos de una sociedad sostenible (un sistema energético sostenible), y suponiendo que el territorio nacional pudiese proporcionar toda esa energía renovable (y sin entrar a considerar los problemas de "cuellos de botella" y otras escaseces, por ejemplo en materiales raros, que sin duda aparecerían), se necesitarían 32 años para completarla transformación (y sin tener en cuenta costes financieros y otros gastos indirectos). El propio Turiel comenta: "Es evidente que, en el marco de un sistema de economía de mercado, el capital privado no acometerá una inversión tan grandiosa y de tan dudosa o nula rentabilidad" (Turiel, 2012: 23). Para convencerse de ello -si es que a alguien le hiciera falta— basta con haber atendido un poco a la sañuda ofensiva política de las grandes compañías eléctricas españolas contra las energías renovables, a lo largo de estos años últimos...

6 El 29 de junio de 2005, el Wall Street Journal informa de que Craig Venter —-famoso genetista que compitió como científico-empresario en la secuenciación del genoma humano, y trató de patentar a su favor miles de genes humanos- acaba de fundar la empresa Synthetic Genomics Inc con el objetivo de crear vida artificial. No organismos transgénicos, insertando nuevos genes en organismos ya existentes, sino formas de vida totalmente artificiales, construyéndolas casi desde cero a partir de sus elementos genéticos.

Venter creó en 2003 un organismo vivo en un par de semanas, a partir de ensamblar genes sintéticos -con información obtenida de Internet- y luego colocarlos de la misma forma que el mapa de un microorganismo existente, un bacteriófago. El organismo creado funcionó aproximadamente igual que el modelo original. A partir de esto, Venter y su equipo plantearon al Departamento de Energía de EE.UU. que podrían crear organismos totalmente nuevos para producción de energía y otros fines, y recibieron una subvención de 12 millones de dólares.

Sobre su nueva empresa, Synthetic Genomics Inc., Venter declara: "Es el paso del que hemos estado hablando.
Estamos pasando de leer el código genético a escribirlo".
Y los más desenfadados entre nuestros conciudadanos se apresuran a comentar: "No se trata de decidir si jugamos o no a ser dioses, sino de qué tipo de dioses vamos a ser".

7  Si bien, por desgracia, como anotaciones más bien marginales y no del todo integradas en el cuerpo principal de su reflexión. Véase por ejemplo la siguiente nota a pie de página en el libro tercero del Capital: "Todo el espíritu de la producción capitalista, orientada hacia la ganancia monetaria inmediata, se halla en contradicción con la agricultura, que ha de tener en cuenta el conjunto permanente de las condiciones de vida de las sucesivas generaciones humanas que se van encadenando. Un ejemplo llamativo lo constituyen los bosques, cuya administración no logra acompasarse en cierto modo con el interés general más que cuando están sometidos a la administración del Estado y no a la propiedad privada." (Marx, 1973: 631; la traducción es mía).Sobre el tratamiento de las cuestiones que hoy llamamos ecológicas por Marx, véase Manuel Sacristán, (1983b y 1987); y también Michael Löwy (en Harribey y Löwy, 2003). También yo mismo abordé la cuestión en "La ecología de Marx (y Engels)" (Riechmann, 2012).

8 También los economistas contemporáneos han insistido en que capitalismo y crecimiento económico van de consuno: "Existen bastantes razones para pensar que economía capitalista y crecimiento económico van cogidas de la mano. No por casualidad para diferentes analistas teóricos de la economía (Marx, Kalecki, Von Neumann, Boulding) el beneficio privado se ha asociado a la acumulación. El crecimiento económico es un buen ambiente favorable, pues garantiza nuevas oportunidades de beneficio (y si este es una fracción del valor del producto, cuanto más se venda más se gana) y, dada la tendencia empresarial a sobredimensionar las instalaciones, ofrece la posibilidad de un uso más intensivo de la capacidad instalada. Es también un importante elemento de legitimación social del sistema en un doble aspecto: a) revaloriza el papel social de los empresarios, puesto que ellos son los principales actores de un crecimiento que se supone útil para todos b) permite desplazar los conflictos sociales en la medida que incrementa las rentas de una parte de la población y promete mejoras en el futuro para el resto" (Recio, 2004).

9 Buscando y rebuscando entre los noventa compromisos internacionales más importantes acordados por los gobiernos, los investigadores de NN.UU. sólo lograron detectar avances significativos en cuatro de ellos (incluyendo el freno al deterior de la capa de ozono estratosférico y la mejora del acceso al agua potable). UNEP, "World remains on unsustainable track despite of hundreds of internationally agreed goals and objectives", GEO5, nota de prensa (Río de Janeiro, 6 de junio de 2012).

10 Me atreví a proponer un "Esbozo de una sociedad ecosocialista" (Ver Fernández Buey y Riechmann, 1996).

11 La cita continúa: "Y para ello no sólo utilizan armas tan sucias como la corrupción y la propaganda, sino que a menudo son capaces de generar una verdadera base social que apoya sus demandas bajo el miedo de la pérdida de empleos, la crisis de la economía local o el temor al cambio de hábitos. De aquí que en muchos países los mismos sindicatos formen parte del bloque antiecológico. En gran medida porque perciben que los ajustes que se van a producir van a traducirse en desempleo y miseria para sus afiliados. Una economía ecológica difícilmente puede ser viable en el actual marco de predominio de la empresa privada."

12 El ecologismo es a mi juicio una de las componentes principales de una consciencia anticapitalista contemporánea, pero al mismo tiempo obliga a una profundísima revisión del anticapitalismo tradicional socialista y comunista. A quien quisiere ahondar un poco en esta cuestión le recomiendo Sacristán (1987).

13  Los tres autores recuerdan que en varios intentos recientes se ha estimado que los servicios biológicos que las reservas de capital natural aportan directamente a la sociedad tienen un valor anual de por lo menos 36 billones de dólares. Esa cifra se acerca al producto mundial bruto anual, que es de unos 39 billones (una asombrosa medida de cuánto vale el capital natural para la economía). Si a las reservas de capital natural se les asignara un valor monetario, suponiendo que esos activos produjeran un "interés" de 36 billones de dólares al año, el capital natural del mundo se podría valorar entre 400 y 500 billones, es decir, decenas de miles de dólares por cada persona del planeta. Esa es sin duda una cifra conservadora, considerando el hecho de que todo aquello sin lo cual no es factible nuestra vida y que no es posible reemplazar a ningún precio, se puede considerar como un bien de valor infinito.

14 De nuevo, los tres autores recuerdan que el Índice de la riqueza publicado por el Banco Mundial en 1995 reveló que el valor total del capital humano era tres veces mayor que todo el capital financiero y manufacturado que se refleja en las hojas de balance mundial. También esta estimación parece algo conservadora, ya que sólo toma en cuenta el valor de mercado del empleo humano, pero no el trabajo no remunerado ni los recursos culturales.

15 Quien no conozca la experiencia puede consultar un buen texto reciente coordinado por el Instituto Wuppertal: Seiler-Hausmann, Liedtke y von Weizsäcker, 2004: 130-145, o la página web de William McDonough y Michael Braungart (socios en una consultoría de diseño industrial): www.mbdc.com.

16 Sobre las diferencias entre las tres clases de crisis que suceden en el capitalismo (las crisis periódicas "normales", las crisis de regulación como la que llevó del capitalismo fordista y keynesiano al capitalismo neoliberal, y por último las crisis sistémicas (véase Husson, 2013:217yss).

17 Capella está comentando un comentario -inédito— de Sacristán al "proyecto de introducción" que preparó en 1972 la dirección del PSUC para actualizar el programa del partido (entonces ilegal).

18 Pero véase también la caracterización de Michel Husson: "La diferencia esencial entre capitalismo y socialismo reside en el modo de asignación de los recursos, y sobre todo en el destino del excedente. (...) Bajo el capitalismo, la exigencia de maximización del beneficio determina hacia qué sectores dirigirá la economía el esfuerzo inversor: las prioridades del desarrollo social son constricciones para este cálculo económico. Por el contrario, el socialismo se define como el dominio ejercido por el conjunto de la sociedad sobre sus propias prioridades, a las que queda subordinado el cálculo económico. La razón por la que la economía desempeña un papel desmesurado en el sistema capitalista es que no se limita a seleccionar los medios, sino que contribuye de una forma central a identificar, seleccionar y calibrar los fines. Por su parte, el socialismo conllevaría una limitación de la esfera de lo económico. Rigurosamente reservada a una función de ajuste de los medios a objetivos determinados en otras esferas" (Husson, 2013: 126-127). Y por último, recordemos la definición más política de Castoriadis, en términos de autonomía: "El socialismo, en cualquiera de sus aspectos, no significa otra cosa que la gestión obrera de la sociedad; la clase sólo puede liberarse realizando su propio poder. El proletariado únicamente puede realizar la revolución socialista si actúa de una manera autónoma (...). El socialismo no puede ser ni el resultado fatal del desarrollo histórico, ni una violación de la historia por un partido de superhombres, ni la aplicación de un programa procedente de una teoría verdadera en sí misma, sino el desencadenamiento de la actividad libre de las masas oprimidas..." (Castoriadis, 2005 [1960]: 46). En la siguiente página el pensador greco-francés expone su programa básico de socialismo como autogestión generalizada.

19 Por lo demás, podemos rastrearla también en un famoso pasaje del libro tercero del Capital de Marx: ahí el pensador de Tréveris no define el socialismo como dominación humana sobre la naturaleza, sino más bien como control sobre el metabolismo entre sociedad y naturaleza, regulación consciente de los intercambios materiales entre seres humanos y naturaleza. En la esfera de la producción material, dice Marx en el libro III del Capital,"la única libertad posible es la regulación racional, por parte del ser humano socializado, de los productores asociados, de su metabolismo [Stoffwechsel] con la naturaleza; que lo controlen juntos en lugar de ser dominados por él como por un poder ciego" (en Löwy, 2011: 73).

20 Habría que tener aquí en cuenta la ambivalencia del concepto, que señaló Spinoza, sobre la que no se puede insistir demasiado: poder como capacidad frente a poder como dominación. Spinoza en su Tractatus politicus (1677) establece la importante diferencia entre las palabras latinas potentia y potestas. Potentia significa el poder de las cosas en la naturaleza, incluidas las personas, "de existir y actuar". Potestas se utiliza en cambio cuando se habla de un ser en poder de otro. (En alemán, la pareja de conceptos Macht/ Herrschaft capta la distinción: se ve bien en Max Weber.) Tenemos entonces potentia como "poder para", poder en cuanto capacidad. Y potestas en cuanto "poder sobre otros", poder en cuanto dominación. El primero es más originario que el segundo. Puede verse al respecto también Riechmann, 2011: 33-35.

 

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