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Temas Sociales

versión impresa ISSN 0040-2915versión On-line ISSN 2413-5720

Temas Sociales  no.57 La Paz nov. 2025  Epub 30-Nov-2025

https://doi.org/10.53287/iwnu8963nc13u 

RESEÑAS

LA SEDUCCIÓN SIN CUERPO

Sergio Ramírez Álvarez1 
http://orcid.org/0000-0002-4334-1345

1Sociólogo de la Universidad Mayor de San Andrés, maestro en Estudios Psicoanalíticos y Especialista en Psicología Clínica de la Universidad Católica Boliviana “San Pablo”. Doctorante en Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Publicaciones: Después de mayo. Lacan y el malestar en la cultura, Transitar por la clase media paceña y coautor de Los Nietos del proletariado urbano. Publicó artículos académicos sobre estratificación social, cine, salud, representaciones de género y otras temáticas. Docente de las carreras de Sociología y Trabajo Social (UMSA). Psicoanalista. E-mail: ramirez.sp@gmail.com

Hakim, Catherine. 2011. Capital erótico. El poder de fascinar a los demás. Homedes, J.. Debate,


Aunque quienes se dedican a las ciencias sociales en no pocas ocasiones se percatan de que la belleza y la seducción juegan un papel relevante en la vida social, lo libidinal suele ser puesto de lado cuando aparece como un elemento que podría ser clave para dar cierto sentido al modo en que se establecen determinadas relaciones sociales. Catherine Hakim ofrece una alternativa para estudiar esta cuestión para que el atractivo -y otros elementos que se conjugan con este- pueda ser incluido como un componente protagónico en la configuración de las relaciones de género y en la estructuración de diferencias de clase: ella lo llama capital erótico. Este se refiere a una mezcla de “belleza, atractivo sexual, cuidado de la imagen y aptitudes sociales, una amalgama de atractivo físico y social que hace que determinados hombres y mujeres resulten atractivos para todos los miembros de su sociedad, especialmente los del sexo opuesto.” (pp. 9-10), y a la que cada vez se le da más valor en las sociedades modernas. Para la autora, el capital erótico es tan importante como el capital cultural y el capital social para comprender la interacción social, los procesos sociales y económicos, la movilidad social ascendente, y que es básico para entender la sexualidad y las relaciones sexuales.

La teorización de la socióloga comienza con una Introducción y se despliega a lo largo de ocho capítulos divididos en dos partes. La primera parte titula “El capital erótico y las políticas sexuales modernas” y consta de tres capítulos. En el primero explica qué es el capital erótico y cada uno de sus componentes (válidos tanto para mujeres como para hombres): la belleza, en la que la simetría y la homogeneidad en el color de la piel contribuyen al atractivo de acuerdo al convencionalismo actual (aunque las ideas acerca de lo bello cambien con las culturas y con el tiempo); el atractivo sexual, centrado más en el cuerpo que en lo facial (en tanto este último está más ligado a la belleza clásica), es decir, el sex-appeal, que puede considerarse una manera de estar en el mundo, que incluye la forma de moverse, hablar y actuar, y ”solo puede plasmarse en una película u observarse directamente” (p. 21); la gracia, el encanto, la facultad de caer bien, hacer sentir a los demás a gusto e incluso provocar el deseo (incluye la coquetería y el carisma); la vitalidad, que es una “mezcla de buena forma física, energía social y buen humor” (p. 22); la presentación social, que comprende el modo de vestir, el olor, el uso de cosméticos, el peinado, los adornos y los diversos accesorios, pero también el saber qué atuendo llevar para cada ocasión; y finalmente la propia sexualidad, es decir, la energía, la competencia sexual y el espíritu lúdico, o lo que puede sintetizarse como “ser un buen amante”. De manera adicional, solo presente en algunas culturas, un séptimo elemento sería la fertilidad, exclusivo para las mujeres.

En el segundo capítulo, Hakim desarrolla un factor que se constituye como un cimiento que permite explicar el intercambio del capital erótico con otros bienes, principalmente económicos: el déficit sexual masculino, que ella entiende es sistemático y universal (pp. 46, 228), ya que, en general, “los hombres quieren mucho más sexo del que reciben, a todas las edades. Dado que las mujeres manifiestan niveles mucho más bajos de deseo sexual, así como de actividad, los hombres se pasan casi toda la vida sexualmente frustrados...” (p. 46); esto estaría demostrado por las encuestas, particularmente las realizadas en Europa y Estados Unidos, y otras fuentes secundarias en las que se basa para sus teorizaciones. Las mujeres, también en general, detentarían mayor capital erótico. Así, la constante escasez de los hombres y la capacidad de provocar deseo de las mujeres afectaría de manera amplia las relaciones entre los sexos, tomando en cuenta que “la heterosexualidad continúa siendo la forma abrumadoramente dominante de sexualidad” (p. 51), aunque la autora no deja de tomar en cuenta las percepciones de homosexuales y las comunidades gays. A su vez, este sería el motivo por el cual los hombres intentarían controlar a las mujeres permanentemente. El tercer capítulo refuerza esa tesis, ya que también en el ámbito académico se habría desatendido el capital erótico, porque la sociología y la economía fueron y siguen dominadas por puntos de vista masculinos (p. 82), pero más aun por la estigmatización hacia las mujeres que venden servicios sexuales, en lo cual confluirían el dominio patriarcal y varios movimientos feministas; hay para la autora un control ideológico del capital erótico que, comenzando con la religión, hubiese reforzado la dicotomía virgen/puta que seguiría vigente (p. 88), así como sus efectos morales, con los que se mantendría y promovería la fobia al sexo y la aversión al placer. Mediante el despliegue de esta crítica Hakim llega a una primera conclusión (solución) respecto al déficit sexual masculino que favorecería a las mujeres que potencialmente tienen la posibilidad de reconvertir su capital erótico en capital económico: la despenalización total de la industria del sexo, con la que

El desequilibrio de interés sexual se vería resuelto por las leyes de la oferta y la demanda, como ocurre en otros sectores del ocio. Probablemente, los hombres se vieran en la obligación de pagar más de lo que suelen, y las jóvenes y estudiantes atractivas pero sin peculio pudieran ganar dinero sin temor al acoso policial. En términos generales, aumentaría el poder de las mujeres dentro de las relaciones (p. 105).

La segunda parte del libro se denomina “Cómo actúa el capital erótico en la vida cotidiana” y está conformada por cinco capítulos. La socióloga británica empieza resaltando cuáles son los beneficios del capital erótico en diferentes momentos de la vida, al mismo tiempo que critica la postura de que se dé valor en demasía al capital humano y a los logros académicos para alcanzar el éxito no porque las mujeres no puedan alcanzarlos, sino porque en tanto que el capital erótico se legitime y se valúe (actualmente sería un capital de algún modo devaluado como efecto de la vigencia del dominio patriarcal) les permitirá mayores ventajas a las mujeres al ser permanente el déficit sexual masculino. Respecto a los amores y el mercado matrimonial, menciona que es común que las mujeres intercambien atractivo por riqueza y poder masculino y asciendan así en la escala social, y ya en el matrimonio que las mujeres suelan negociar con los hombres con el acceso al sexo: “Las mujeres casadas ofrecen o niegan sexo para convencer a su marido de que colabore. La eficacia de esta estrategia se debe a que los maridos casi siempre desean más sexo que sus mujeres, y a que el sexo comercial está estigmatizado” (p. 149); esto también se relaciona con las infidelidades de distinto tipo, pero serían más comunes de parte de los maridos. Aquí es donde entra la cuestión del pago por servicios sexuales, mucho más común en los hombres que en las mujeres, pero donde las chicas de compañía (escorts) y las prostitutas pueden obtener amplias ganancias económicas, a pesar de su ilegalidad en muchos países. De todas maneras, cuando se trata de ingresos y mayores posibilidades de ascenso laboral, los hombres con elevado capital erótico hacen valer más su “plus de belleza” que las mujeres, aunque pareciera ser equitativo el castigo a la fealdad (p. 202). Finalmente, Hakim ratifica y continúa ilustrando las conclusiones a las que llegó, aunque es en el último capítulo donde se encuentra uno de sus aportes más interesantes, que se refiere a la división de los mercados, entre el mercado de pareja estable (“mercado del matrimonio”) y el mercado de las relaciones a corto plazo y efímeras (“mercado al contado”), que incluye “las citas, ligues y contactos sexuales esporádicos antes del cortejo propiamente dicho; las aventuras extraconyugales pasajeras y las infidelidades de cierta duración después del matrimonio; los contactos del sector del sexo comercial; y posiblemente a la clientela de ocio” (p. 235), y es en estos últimos en los que se saca a relucir plenamente el valor de la sexualidad y el capital erótico de las mujeres, mientras que “las relaciones estables son acuerdos más complejos” (p. 236). Esta división entre mercados es apropiada no solo para investigar lo que la autora llama “capital erótico” sino que establece una línea divisoria, aunque tenue, para comprender de manera distinta los emparejamientos, las separaciones, los divorcios y las formas en que las mujeres, los hombres y otros géneros se encuentran y desencuentran en el despliegue de la libido.

A lo largo de su exposición, no obstante, Hakim omite dos factores que hubieran resultado fundamentales para consolidar su propuesta. El primero es el concepto de cuerpo: aunque pareciese obvio que lo erótico atraviesa la carne y los poros de la piel y llega a ser simbolizado, aquello que vendría a ser lo erótico como capital resulta como algo etéreo y sin soporte. Esto se debe en parte a las limitaciones metodológicas de la autora ya que solamente se basa en otras investigaciones (de las que obtiene los datos más interesantes), en encuestas de fuentes secundarias y muy poco en datos cualitativos que ella hubiera podido obtener, lo cual, considero, es lo que uno espera de un libro que trata sobre la belleza, la sensualidad, el encanto y, en gran medida, aquello que pasa por la imagen de personas (el mismo Goffman, 1976/1991, hace varias décadas atrás, en un artículo analizó la feminidad mediante fotografías de revistas aunque sea reproducidas en blanco y negro). Lo cierto es que Hakim se limita a presentar tablas con estadísticas, algunos gráficos, determinadas referencias a personas famosas (Madonna, David Beckham, Lady Gaga y otros), breves historias de mujeres “compuestas a partir de muchas personas y hechos reales. Los nombres, y los detalles concretos, son ficticios.” (p. 290, nota 1), sin que tampoco llegue a describir cómo se podría conformar el capital erótico de una persona de manera detallada ni mucho menos. Si bien la autora ejemplifica cada uno de los elementos que componen el capital erótico, este en la mayor parte del texto termina reduciéndose al atractivo sexual, que de hecho es complicado captar como dato sociológico, ya que es difícil de advertir y observar empíricamente, y menos aun cuando solo presenta como datos lo que unos profesores valoraron respecto a sus alumnos, lo que unos encuestados declararon en determinada oportunidad o lo que unos encuestadores calificaron mediante su propia percepción, y sin que aparezca la propia investigadora más que para contar que cuando era veinteañera tomó unas clases gratuitas de maquillaje que ofrecían las grandes marcas de cosméticos, con las que adquirió pericia en ello (p. 116). Al mismo tiempo, son exiguas las referencias concretas a la belleza, la gracia, la vitalidad, el modo de vestir y las diferentes maneras de arreglarse y adornarse.

La omisión conceptual y empírica del cuerpo resulta problemática en el planteamiento de Hakim. Para el antropólogo David Le Breton, por ejemplo, la existencia misma del ser humano es corporal, por lo que “vivir consiste en reducir continuamente el mundo al cuerpo, a través de lo simbólico que éste encarna” (1990/2002a, p. 7), por lo que hay todo un abanico de posibilidades de estudiar este tema, que pueden incluir lo cotidiano, lo médico, lo ritual, lo estético, y también las “técnicas corporales” que incluyen los cuidados del cuerpo, el consumo, las destrezas y varios otros (Le Breton, 1992/2002b, p. 42-44). Para la antropología y la sociología, el cuerpo también es concebido como un instrumento y como tal puede ser entendido como un activo que se puede cultivar (la misma Hakim menciona cómo Arnold Schwarzenegger hizo culturismo (p. 132), pero no lo entiende como capital cultural incorporado, Bourdieu, 1986/2001, p. 139), que fue convertido en otros tipos de capital), que se puede entrenar (Wacquant, 2006, incluso hace referencia a un capital corporal que detentarían los boxeadores), que se puede manipular e incluso modificar en su organicidad: desde los tratamientos de ortodoncia hasta los cambios de sexo, pasando por toda una variedad de posibilidades de cirugías estéticas. A partir del cuerpo, así entendido, se puede obtener una serie de réditos económicos, sociales y hasta políticos. El cuerpo, sin embargo, no tiene un lugar en la elaboración teórica de Hakim, por lo que no es un activo en la economía de las prácticas. Para ella el activo es el capital erótico, etéreo, que se supondría llega a tener relación con el cuerpo (y lo que podría haber denominado lo que en su momento un sociólogo propuso como “capital-apariencia”; Le Breton, 1992/2002b, p. 82), pero está lejos de tomar en cuenta al cuerpo como tal. Esta “falta de cuerpo” se extiende a una manera simplificada de entender el deseo tanto de los hombres como de las mujeres, lo cual le resulta conveniente a la socióloga para establecer la correlación entre déficit sexual masculino y mayor capital erótico femenino. Así, la persona aparece como un homo economicus, pese a que las lógicas de la vida amorosa (Miller, 1991/2009) en no pocas ocasiones escapan a la dinámica comercial.

De cualquier modo, la apariencia o lo erótico como cuarto activo es una conceptualización que se basa en una errónea interpretación de lo que para Bourdieu es el capital -que aunque es de uso amplio su multiplicación es dificultosa e incluso desaconsejable (Spedding, 1999)-, y particularmente el capital simbólico. Para el sociólogo francés, el capital es “trabajo acumulado, bien en forma de materia, bien en forma interiorizada o ‘incorporada’” (Bourdieu, 1986/2001, p. 131), es un poder análogo a la energía, y “esa energía de la física social, puede existir bajo diferentes especies(Bourdieu, 1980/2013, p. 195-196) que son mutuamente convertibles, lo cual Hakim no advierte, pero que se puede aplicar a los famosos que ella misma menciona (pp. 165, 224) que trasladan su capital simbólico de un campo a otro, cotizándolo de manera diferenciada, y que producen determinados efectos en condiciones específicas. Son diferentes especies de poder que Bourdieu los formula como distintos tipos de capital, que pueden ser reconvertidos en otros bajo determinadas condiciones históricas o coyunturas particulares (Ramírez Álvarez, 2024, p. 45). El capital simbólico es lo que de los otros capitales (económico, cultural y social) se exhibe, lo que se constituye en signos, propiedades distintivas que son percibidas y reconocidas; se trata de un “capital legítimo, desconocido en su verdad objetiva” (Bourdieu, 1980/2013, pp. 170-172). Lo que para Hakim es la belleza, el “don de gentes”, incluso el atractivo y los otros elementos que conforman el capital erótico (entre los que estaría el saber maquillarse), son formas de capital cultural incorporado -mediado, en el caso de la belleza, por la herencia biológica (Bourdieu, 1986, pp. 185-186)- y representado mediante el cuerpo en relación al cuerpo legítimo (p. 189), es decir, capital simbólico, la otra gran omisión de la autora a lo largo de todo el libro. En otro sentido, el capital erótico puede entenderse como la manifestación del capital económico: la capacidad de costear cirugías, de comprar ropa o adquirir los servicios en una peluquería son modos consumir para arreglar el cuerpo con los que se termina expresando la capacidad económica. Asimismo, aunque con limitaciones para articularlo con lo empírico, el cuerpo para Bourdieu tiene lugar en su teoría sobre todo como “hexis corporal”, que implica básicamente posturas, gestos y movimientos con los que se expresa el valor social, la condición de clase y mediante lo que el habitus se pronuncia (1998, p. 484; Ramírez Álvarez, 2009).

Aunque con la categoría de capital erótico Catherine Hakim aúna una serie de propiedades y recursos con los que las que las personas efectúan intercambios y se procuran beneficios y ganancias en la vida social, y presenta una original propuesta, es de extrañar que se empeñe en consagrar a lo erótico como un cuarto capital, cuando su teorización es incompleta e insuficiente, ya que si el cuarto capital se agrega a los tres propuestos por Pierre Bourdieu, tal como la autora lo plantea (pp. 26, 44, 228, 246), sorprende que no tome para nada en cuenta cómo se conceptualizan, se constituyen, se componen y se reconvierten los capitales en La distinción (Bourdieu, 1979/1998) (ausente en la bibliografía referida por Hakim), el famoso libro donde el sociólogo francés además analiza la relación entre el gusto y las disposiciones corporales (entre otros varios elementos). Tampoco la autora retoma “Notas provisionales sobre la percepción social del cuerpo”, donde Bourdieu (1986) se refiere al cuerpo como un “producto social” y a la concordancia o discordancia entre el cuerpo real y el cuerpo legítimo, en relación a la mirada y el discurso de los otros (p. 186), es decir, a esquemas de clasificación social “por cuya mediación el cuerpo es prácticamente percibido y apreciado” (p. 193). De todas maneras, Hakim abre una serie de alternativas para realizar investigaciones con los presupuestos que propone para comprender mejor los mercados sexuales, las posibilidades en los vínculos eróticos entre mujeres y hombres, y las consecuencias de las relaciones de seducción, usualmente relegados en diferentes investigaciones sociológicas. Para ello, de uno u otro modo, habría que hacer un paréntesis al trabajo de escritorio y a la revisión de encuestas, por lo que lo recomendable será que se realicen investigaciones cualitativas, con la añadidura -no menor- de que quien las haga se decida a poner el cuerpo.

Sergio Ramírez Álvarez

E-mail: ramirez.sp@gmail.com

ORCID: https://orcid.org/0000-0002-4334-1345

REFERENCIAS

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